Datos y consejos para viajar por Japón

[box type=info] Este post está basado en nuestro viaje de tres meses por Japón, entre septiembre y diciembre de 2016. En esta guía vas a encontrar información y precios de alojamiento, transporte, comida y más. Todos los precios que aparecen son los que vi o pagué, pero tené en cuenta que pueden variar según la temporada y el tipo de viaje que decidas hacer. Los consejos provienen de mi experiencia y son solo sugerencias. Cualquier consulta, por favor dejala en los comentarios así otros lectores también pueden ver la respuesta.[/box]

Esta guía contiene:

1. La fantasía de viajar a Japón
2. El clima y cuándo conviene viajar
3. Visa y tiempo de estadía como turista
4. Tipo de moneda y cambio
5. Vuelos y transporte interno: cómo llegar, cómo moverse y costos. Tipos de trenes. ¿JR Rail Pass sí o no?
6. Alojamiento: opciones y costos
7. La comida: ¿cuánto cuesta comer en Japón?
8. Presupuesto diario estimado y algunos consejos para ahorrar
9. Nuestro itinerario y mis relatos
10. Acceso a internet
11. La seguridad
12. El idioma

Templo en Nara

1. La fantasía de viajar a Japón

Viajar a Japón es una fantasía recurrente entre mucha gente. El país, en mi opinión, genera algo que pocos países del mundo logran: fanatismo. Muchas veces escuché la frase: “El único país del mundo que sueño con conocer es Japón”, dicha por gente que no tiene entre sus prioridades recorrer el mundo. También sé de gente que ya viajó cinco, seis o siete veces a Japón y que seguirá yendo durante toda su vida. Es un país que atrapa. En mi caso, admiro la cultura japonesa desde chica, sobre todo la literatura (uno de mis autores preferidos es Haruki Murakami), los videojuegos (adicción por el Super Mario y cualquier cosa creada por Nintendo), el animé y el arte, y siempre sentí una fascinación por las noticias “raras” que llegaban desde Japón (cafés donde ir a acariciar animales, islas pobladas por gatos, librerías donde se puede dormir, gente que se disfraza como personajes de cómics, hoteles de cápsulas, gente que devuelve la plata que encuentra tirada en la calle…). Me intrigaba mucho conocer un país que, visto de lejos, me parecía tan distinto.

Cuando hice mi viaje largo por el Sudeste Asiático (2010-2011) no visité Japón porque todos me decían que era muy caro y no me daba el presupuesto, así que preferí esperar. En el 2015 me casé con un fan de Japón y me llegó la hora. Compramos los pasajes en junio y nos fuimos en septiembre de 2016 con el plan de pasar gran parte de los tres meses en Tokio y el resto recorriendo el país. Como ambos trabajamos a distancia, tuvimos que combinar el viaje con nuestras horas de trabajo, así que no nos movimos tan rápido. Japón nos gustó tanto que nos fuimos pensando en cuándo vamos a volver. A muy grandes rasgos, mi veredicto es el siguiente: Japón es uno de los países más amables, seguros y fáciles de recorrer que conozco. Es caro, aunque sigue siendo más barato que algunas ciudades europeas y hay varias maneras de ahorrar. Y, sobre todo, es una cultura sorprendente, llena de reglas, contradicciones y enseñanzas. No hubo un día en el que no sintiera que estaba en otro planeta y no creo que me alcance una vida para descubrir todas las sutilezas que esconde.

El otoño en Okayama

2. El clima y cuándo conviene viajar

Japón tiene cuatro estaciones y las más recomendadas y populares para viajar son primavera (marzo-mayo) y otoño (septiembre-diciembre). La primavera japonesa es famosa por el florecimiento de los cerezos y el clima cálido, y el otoño tiene unos colores impresionantes.Eso sí, tené en cuenta que son las temporadas altas, así que todo está lleno de gente y el alojamiento se llena rapidísimo. El verano coincide con la época de lluvias, hay mucha humedad y la temperatura llega a 35 grados. El invierno es frío y suele nevar bastante, aunque no en todo el país.

Nosotros fuimos desde fines de verano hasta fines de otoño y nos encantó porque pudimos ver los colores de las hojas de otoño en la región de Kansai. En Tokio llovió bastante (sobre todo en septiembre) pero en el resto del país tuvimos mucho sol, incluso en diciembre. La temperatura estuvo entre 1 y 25 grados (promedio 15 grados aprox), pero hubo pocos días de mucho frío y no necesitamos ropa extremadamente abrigada, aunque sí tuvimos que andar con paraguas.

Japonesas con kimonos en Arashiyama (Kyoto)

Otoño en Kyoto

Mucha gente por todos lados

3. Visa y tiempo de estadía

Si sos ciudadano de alguno de los siguientes países latinoamericanos podés quedarte en Japón hasta 90 días sin visa: Argentina, Chile, Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras y Uruguay. Ciudadanos de la Unión Europea tampoco necesitan visa. Ciudadanos de los demás países deben solicitar la visa en el consulado japonés de su país antes de viajar. En la web del Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón hay más información al respecto (junto con los enlaces a las webs de las embajadas japonesas en distintos países).

>Para más info de visas, documentación y papeles, podés leer mi post: Cuestiones pre-viaje: visas, pasaporte, pasajes de salida, tiempo de estadía y algunos consejos prácticos<

El castillo de Okayama

4. El cambio y la moneda

La moneda japonesa es el yen. El cambio al 20/1/17 es 1 usd = ¥115. Podés ver las tarifas de cambio actualizadas en XE.com.

[box type=info]Algunas cosas que está bueno saber antes de viajar:

– En Japón es más común pagar en efectivo que con tarjeta de crédito. Hay muchos lugares (alojamientos, restaurantes, negocios, estaciones) que no aceptan tarjeta, así que asegurate de tener bastante efectivo encima siempre, incluso en Tokio.
– Muchos cajeros automáticos no funcionan con tarjetas que no sean japonesas, así que lo mejor es probar en los ATM de los 7-Eleven y de las oficinas de correo, que suelen aceptar tarjetas internacionales.
– A diferencia de casi todos los países del mundo, el cambio que dan en el aeropuerto de Tokio es muy bueno, así que podés cambiar plata apenas aterrizás. Lo mejor es cambiar de dólares o euros a yenes.
A casi todos los precios se les agrega un impuesto del 8%. En algunos negocios te lo devuelven por ser turista (buscá los tax free counters y llevá tu pasaporte siempre encima para pedir la devolución).[/box]

El mapa de trenes de Tokio

5. Vuelos y transporte interno: cómo llegar, cómo moverse y costos. Tipos de trenes. ¿JR Rail Pass sí o no?

Nosotros volamos de Buenos Aires a Nueva York (con American Airlines) y de ahí a Tokio (con Japan Airlines). Un pasaje de ida nos costó 800 dólares, lo sacamos a través de American Airlines tres meses antes de viajar y pudimos extender la escala en Nueva York (de unas horas a una semana) sin costo extra. Obviamente, el precio del pasaje dependerá del origen y de la fecha en la que viajás. Si ya estás en Asia, lo más económico es volar con Air Asia. A veces también resulta más económico comprar los vuelos por tramos separados. Yo siempre uso Momondo, Skyscanner y Google Flights para comparar precios de vuelos, y a veces los compro directamente en la web de la aerolínea.

OJO: es muy común volar a Tokio haciendo escala en Estados Unidos y para eso necesitás tener VISA de EEUU.

Estación de tren en Tokio

* Cómo ir del aeropuerto de Narita al centro de Tokio

Si estás viajando desde otro continente, lo más probable es que llegues a Narita (NRT), el aeropuerto internacional de Tokio, ubicado a 70 km de la ciudad, en la prefectura de Chiba. Hay varias maneras de ir del aeropuerto al centro de Tokio, y está bueno saber cuáles son antes de llegar (nosotros aterrizamos con mucho cansancio y jet-lag y la primera impresión fue un poco abrumadora).

La manera más rápida es tomar el tren Skyliner a la estación Ueno (tarda 45 minutos y cuesta ¥2400 / aprox 22 usd) o el Narita Express a Tokyo Station, Shibuya o Shinjuku (cuesta ¥3190 aprox y tarda 55 minutos, si tenés el JR Rail Pass está incluido).

La más barata es tomar el tren Keisei Limited Express/Access Tokkyu a Ueno y de ahí combinar en metro u otro tren. Cuesta ¥1030 y tarda 70 minutos (más info).

>Si llegás a Tokio y querés info más específica de la ciudad, te recomiendo este post: “Guía práctica para viajar a Tokio: dónde dormir, qué ver y hacer, cuánto vas a gastar y algunos consejos para ahorrar”<

Interior de una estación de tren en Tokio

[box type=star] Dos cosas que recomiendo hacer, una antes de llegar y otra al llegar a Japón:

Antes: descargate la aplicación Hyperdia, la vas a usar durante todo tu viaje para armar los recorridos y ver los precios de cada trayecto. También te recomiendo Google Maps para armarte las caminatas y los viajes en metro o tren dentro de las ciudades.

Al llegar: comprá la tarjeta Suica en cualquier estación. Es una tarjeta magnética recargable que te sirve para pagar casi en cualquier medio de transporte de Japón, así como en muchos negocios y convenience stores (minimercados). Cuesta ¥500 (que recuperás cuando la devolvés) y se puede ir recargando en cualquier estación del país, a través de una máquina. Te va a ahorrar mucho tiempo (ya que no vas a tener que estar comprando cada pasaje manualmente, sino que pasás la tarjeta al entrar y al salir de la estación y la tarifa se deduce sola), además de que el pasaje cuesta unos yenes menos si los pagás con esta tarjeta. [/box]

* Cómo moverte dentro de Japón

El sistema de transporte japonés es excelente: hay mucha frecuencia, es muy puntual, cómodo y limpio y podés llegar a cualquier lado en pocas horas. Eso sí: es caro y será uno de los gastos más grandes de tu viaje. Las opciones son tantas que a veces pueden resultar confusas, así que acá va un breve resumen de medios de transporte para viajar por Japón:

* Trenes. El tren es el medio de transporte más usado por turistas y locales, y fue también el que elegimos nosotros para movernos por el país. Hay varias redes de ferrocarriles, aunque la más extensa y usada es la que se llama JR (Japanese Railways). A la vez, dentro de la red JR hay varios tipos de trenes y servicios:

A) Shinkansen: son los trenes de alta velocidad, van a más de 300 km/h, suelen frenar solo en grandes estaciones, no tienen recorridos nocturnos y son los más caros. Hay seis tipos de Shinkansen:

  • los Nozomi y Mizuho son los más rápidos y frenan solo en grandes estaciones. NO están incluidos en el pase JR (ver recuadro debajo)
  • los Hikari y Sakura tienen más paradas y están incluidos en el pase
  • los Kodama y Tsubame frenan en todas las estaciones de la línea Shinkansen y están incluidos en el pase

Son la mejor opción si querés llegar rápido y de manera directa de una gran ciudad a otra, pero no son indispensables ya que en muchos casos podés hacer los mismos recorridos en otros medios de transporte (con algunas excepciones). Nosotros usamos el Shinkansen dos veces:

* para ir de Tokio a Osaka: compramos un pasaje con descuento para viajar en el Kodama, tardamos 4 horas y pagamos ¥10.300 / usd 90 en vez de ¥14.250 / usd 125. Ir en autobús nos hubiese costado unos ¥8000, pero teníamos que viajar de noche y yo estaba enferma, así que preferimos pagar la diferencia, viajar de día y llegar descansados. El pasaje con descuento del Kodama lo comprás en la estación de Tokio, en la oficina de JR Tours, al menos un día antes de viajar. Más info en la web de JR Tours.

* para ir de Kyoto a Mishima (y de ahí al Monte Fuji). Pagamos ¥11.200 o 98 usd por un viaje de dos horas. Fue el trayecto más caro de mi vida, pero fue más barato tomar ese tren que hacer todo el recorrido combinando trenes locales (según Hyperdia, tendríamos que haber hecho unas 10 combinaciones, íbamos a tardar casi 6 horas y nos iba a costar ¥30.000).

Los trenes “normales”

B) Trenes locales: son más lentos que los Shinkansen y también mucho más baratos. Funcionan dentro de las ciudades y de manera interurbana. Hay varios servicios: regular (paran en todas las estaciones), rapid (se saltean algunas estaciones, no hay que pagar extra), express, liner (se saltean estaciones y hay que pagar extra), limited express (se saltean estaciones, hay que pagar extra y tener reserva). Tienen mucha frecuencia y los precios son mucho más razonables. Para distancias largas hay que hacer trasbordo, pero es muy fácil ya que casi nunca hay que salir de la estación. Nosotros usamos este tipo de trenes siempre que pudimos.

[box type=star] Algunos ejemplos de costos en trenes locales:

  • Viaje en tren dentro de Tokio: entre ¥150 y 500, dependiendo de la distancia
  • Tren de Osaka a Nara: ¥800 / 7 usd (1 hora)
  • Tren de Nara a Kyoto: ¥710 (50 minutos)
  • Tren de Kyoto a Osaka: ¥560 (27 minutos)
  • Tren de Hiroshima a Tadanoumi (para ir a la isla de los conejos): ¥1320
  • Tren de Tadanoumi a Okayama: ¥1900 (1 hora 45 min)
  • Tren de Okayama a Kurashiki: ¥320 (12-17 minutos) [/box]

* Autobuses. También existe la opción de viajar de una ciudad a otra en colectivo (autobús). La ventaja es que son más baratos (aunque a veces la diferencia es poca con respecto a los trenes), la desventaja es que tardan 4 veces más (porque paran a descansar durante 20-30 min cada dos horas), tienen menos frecuencia, cubren pocas ciudades y en muchos casos las webs están solo en japonés. Una de las empresas más conocidas es Willer Express, nosotros la usamos para ir de Kyoto a Hiroshima (pagamos ¥5000 en vez de los ¥11.300 del tren). Reservamos el pasaje a través de la web y lo pagamos en efectivo en un Family Mart. Willer Express ofrece pases para viajar de manera más económica, así que si estás pensando en hacer varios trayectos y no tenés tanto apuro, es una buena opción para tener en cuenta.

En general los boletos para viajar en ferry o tren se compran a través de una máquina

* Ferrys. Hay islas que tienen acceso terrestre y otras a las que solamente se puede llegar en ferry. En general los ferrys salen varias veces al día y no son caros (por ejemplo, para ir de Hiroshima a la isla de Mijayima pagamos ¥360 por el ferry ida y vuelta). El boleto se compra en el momento a través de una máquina.

* Aviones. Si estás pensando en viajar a Okinawa, el avión es una buena opción. Sino, el tren sigue siendo lo más rápido y cómodo para moverse.

En el ferry llegando a Naoshima

Dentro de las ciudades:

– Metro. En Tokio, Kobe, Kyoto, Nagoya, Osaka, Sapporo, Sendai, Fukuoka y Yoyohama hay metro para moverse dentro de la ciudad. Un viaje en metro en Tokio cuesta unos ¥200.

– Buses urbanos y tranvías. Todas las ciudades tienen sistemas de buses urbanos y algunas también tienen tranvías. Pasan cada 20 minutos, más o menos, y se pagan con monedas antes de bajar (adentro hay una máquina que da cambio). En Kyoto, por ejemplo, usamos el colectivo para ir hasta Arashiyama, a una hora del centro (pagamos ¥230), y en Hiroshima usamos el tranvía para movernos de la estación al Memorial de la Paz.

– Bici. La bicicleta es un medio muy transporte muy usado entre los japoneses. En muchos lugares se pueden alquilar (preguntá en los hostels o Airbnb).

Tranvía moderno y antiguo en Hiroshima

[box type= star] JR Rail Pass: ¿conviene o no?

Una de las grandes dudas que teníamos antes de viajar era si sacar o no el JR Rail Pass. El JR Pass es un pase que te permite viajar en casi todos los trenes de la línea JR del país de manera ilimitada por 7, 14 o 21 días consecutivos. Se compra antes de entrar a Japón y está a la venta a través de varias empresas y agencias de manera online, aunque el gobierno japonés quiere implementar la venta dentro de Japón a un precio más alto. El pase de 7 días cuesta ¥29.110 (253 usd), el de 14 días cuesta ¥46.390 (400 usd) y el de 21 días cuesta ¥59.350 (516 usd).

El JR Rail Pass no incluye los trenes Nozomi o Mizuho (los más caros y rápidos) ni los JR Highway buses, pero son dos servicios que fácilmente se pueden reemplazar con otros trenes que sí están incluidos. Con el pase tenés la ventaja de que podés moverte por Tokio de manera ilimitada (siempre en los JR, no en el metro) y no tenés que pagar extra para reservar el asiento en los trenes que requieren reserva. Nosotros al final no lo compramos porque no teníamos un plan muy definido de viaje y no queríamos movernos tan rápido, pero no descartamos comprarlo en un próximo viaje si vamos por menos tiempo y queremos recorrer mucho. En mi opinión, el pase conviene si:

  • tenés planeado recorrer gran parte del país en esa cantidad de días (7, 14 o 21), sin quedarte demasiado tiempo en un mismo lugar
  • querés hacer base en una ciudad y recorrer la zona (aunque en ese caso te conviene averiguar por los pases regionales)
  • pensás hacer varios trayectos de larga distancia (con hacer la ida y vuelta de Tokio a Osaka ya cubriste el costo del pase de 7 días)

Nosotros hicimos cuentas y, en tres meses, gastamos un poco más de lo que nos hubiese costado el pase de 14 días. Nos movimos a un ritmo lento, pero también es cierto que dejamos de ir a algunos lugares porque el tren era demasiado caro.

Algo que no muchos saben es que el JR Rail Pass no es el único pase, hay muchos pases regionales (como el Kansai Area Pass, que sirve para la zona de Osaka – Kyoto – Nara) que son más baratos y se pueden comprar dentro de Japón, y que tal vez te convengan si tenés pensado quedarte en una zona específica del país. [/box]

Para mí, el mejor medio de transporte siempre será caminar.

Consejos finales referidos al transporte:

– En Japón las direcciones no existen (o si existen, no sirven de mucho). Las indicaciones casi siempre se dan con mapitas y referencias visuales. Si salís a caminar, lo mejor para orientarte es usar Google Maps (funciona bien, aunque suele fallar).

Las estaciones de tren de las grandes ciudades suelen ser bastante confusas, al menos para quien viaja a Japón por primera vez: son enormes y están llenas de gente, salen un montón de trenes a la vez, hay carteles por todas partes (en japonés e inglés) y a veces es difícil encontrar la salida a la calle (una vez estuve buscando la salida como por 15 minutos en la estación Shinjuku). Si te perdés, preguntale a cualquier guardia.

Todos los trenes salen en el minuto exacto así que no llegues tarde, sobre todo si tenés que viajar a otra ciudad en un tren específico. Varias veces llegamos corriendo unos segundos antes de que saliera porque no encontrábamos la zona de embarque o porque la plataforma estaba lejos. Una cosa es llegar a la estación a horario y la otra es llegar al tren a horario, andá siempre con un margen de al menos 20 minutos.

En Nara usamos bicis (estaban incluidas en el alojamiento)

6. Alojamiento: opciones y costos

Dormir en Japón es relativamente caro y los alojamientos (sobre todo los baratos) se llenan enseguida, especialmente en primavera y otoño. Japón es un país con muy pocas camas (o futones) en relación a la enorme cantidad de turistas que recibe, así que mi consejo es que reserves con anticipación (al menos una semana o 10 días antes). Lo más barato que vas a encontrar es a partir de 13-15 dólares la noche por persona, aunque lo más común es pagar entre 18 y 25 dólares por noche. Las opciones son las siguientes:

Hostels. Los hostels suelen ofrecer una cama en un dormitorio compartido por ¥2000 – 3000 (17 – 26 usd) pero no son comunes en todo Japón.

Guesthouse. Este tipo de alojamiento no suele tener dormitorios compartidos, sino habitaciones privadas para 2, 3, 4 o más personas con futones. Cuestan en promedio entre ¥3000 y 4000 por persona.

Cápsulas. Los hoteles de cápsulas suelen ser solo para hombres japoneses, aunque hay algunos que aceptan extranjeros y/o mujeres. Los precios empiezan en ¥2000 por noche.

Business hotels. Este tipo de hotel suele estar cerca de las estaciones y cuesta desde ¥6000 la noche por una habitación para una persona.

Ryokan. Los ryokans son los hoteles tradicionales japoneses. Suelen ser casas de madera con habitaciones tradicionales e incluyen comidas muy elaboradas y onsen (aguas termales). Cuestan desde ¥8000 por persona por noche.

Minshuku. Son la versión de bajo costo de los ryokan. La comida es más simple y las habitaciones y baños son compartidos. Cuestan desde ¥5000 (con dos comidas) o desde ¥3000 (sin comidas). En general no están publicitados en internet, así que hay que preguntarle a la gente del lugar si conoce alguno.

Airbnb. Airbnb es un sistema de alquiler de departamentos o habitaciones en casas de familia. Nosotros lo usamos bastante y fue lo más conveniente: siempre estuvimos en buenas ubicaciones y pagamos entre 13 y 25 usd cada uno por noche, es decir que por el precio de dos camas en un hostel tuvimos cuartos privados con acceso a la cocina y/o a toda la casa. En Kyoto, por ejemplo, pagamos 13 usd cada uno por un departamento entero para nosotros.

Camping. Fuera de las ciudades hay muchos lugares donde se puede acampar desde ¥500. Hay que tener en cuenta que los campings están en zonas alejadas y a veces no es tan fácil llegar. En Japón está prohibida la acampada libre.

Comic book stores (manga kisa). En las grandes ciudades existen tiendas de comics / cibercafés que están abiertas las 24 hs y cobran entre ¥1500 – 2500 por 8 horas de estadía. No te dan una cama sino un sillón y un cubículo privado. Sirve si perdiste el último tren (sobre todo en Tokio, donde te cuesta menos que pagar un taxi).

Workaway. Workaway es una web que promueve el intercambio de alojamiento y comida por trabajo. Suele haber varias oportunidades en Japón, sobre todo en áreas rurales.

Couchsurfing. Alojamiento gratuito en casas de familia. Nosotros no usamos Couchsurfing en este viaje ya que como ambos pasamos gran parte del día trabajando en la compu, nos pareció importante tener un espacio de trabajo y privacidad. Acá cuento qué es y cómo funciona Couchsurfing.

Housesitting. De vez en cuando surge alguna búsqueda de cuidadores de casa y/o mascotas en Japón, así que si querés hacerlo estate atento a las notificaciones de las webs de housesitting. En este post cuento mejor de qué se trata esto de cuidar casas.

Sala de estar de Kamp Hostel, en Okayama

La cocina de Orange Guesthouse fue nuestra oficina durante los días que pasamos en Kawaguchiko

En Nara nos encontramos con amigos y compartimos un departamento enorme que alquilamos por Airbnb y nos costó menos que dos cuartos privados en un hotel

Cuarto compartido típico de un hostel (este corresponde a Kamp)

En Japón es muy común dormir en futones sobre el tatami, como ven en la foto (esto es en LNK Osaka)

Muchos hostels, como Osaka Nest Guesthouse, tienen cocinas compartidas

La mejor casa en la que nos quedamos fue la que conseguimos a través de Housesitting (venía con dos perritas que tuvimos que cuidar por unos días!)

Este es el cuarto que nos tocó en un hotel de Kujukuri

En algunos hostels hay shows de música en vivo. En On the Marks Kawasaki hay noches de jazz casi todas las semanas.

7. La comida: ¿cuánto cuesta comer en Japón?

Lo más caro en Japón es dormir y trasladarse. En cuanto a la comida, depende: en comparación con algunas ciudades de Europa, Canadá y Australia comer en Japón no es tan caro. En comparación con el Sudeste Asiático, donde comés muy bien por 1-3 usd, es caro.

Algunas observaciones y precios:

  • Los restaurantes más baratos (y muy buenos) suelen estar dentro o en las cercanías de las estaciones de tren. También hay buenas opciones en los subsuelos de los department stores.
  • Una comida o set menu en un local o restaurante te cuesta alrededor de ¥1000 (como mínimo).
  • Un bowl de ramen cuesta unos ¥700-850 (más si le agregás extras).
  • En todos los restaurantes el agua está incluida.
  • Una de las opciones más baratas y rápidas es comer en los convenience stores o konbinis (minimercados como el 7-Eleven, Family Mart, Lawson, K-Mart y otros). Ahí conseguís bandejitas de comida hecha por ¥250-650, cosas de panadería, yogur, jugos, etc. Las bebidas cuestan entre ¥120 – 200. Hay konbinis en todo el país, nosotros nos volvimos habitués, aunque la verdad que varias veces nos cansamos de comer siempre lo mismo.
  • En cuanto al sushi, hay de varios precios: en el mercado de pescado de Tokio pagamos ¥1200 (10 usd aprox) por 5 piezas y fue el mejor sushi de mi vida, en otros lugares pagamos más o menos lo mismo por unas 6 piezas y estuvo bien, pero no fue algo que comiéramos todos los días. Hay locales de sushi más baratos, donde las piezas van girando en una cinta transportadora alrededor de la barra. Y si te gusta el sashimi, nosotros lo encontramos muy barato en los supermercados.
  • Otra buena opción para ahorrar (o para variar) es comprar los ingredientes en el supermercado y cocinarte. A veces los supermercados no son tan fáciles de encontrar, así que preguntale a la gente del lugar.
  • Podés comprar bebidas en cualquier máquina expendedora (hay en cada cuadra).

El mejor ramen que comí en Tokio. Un amigo japonés nos llevó al puestito al que va con sus amigos “después de una borrachera”. Me costó mucho terminarme el plato.

En casi todos lados, la comida se pide a través de máquinas como esta (nosotros pedíamos ayuda o usábamos la función fotográfica de Google Translate para entender)

En muchos restaurantes venden un set. Este costó unos ¥1800 / 15 usd y fue lo más caro que pagamos por comer

En Tokio es muy común ver puestos de comida donde cabe muy poca gente.

Si te gusta el sushi, no dejés de probarlo en el mercado de pescado de Tokio. Este fue el mejor sushi que comí en mi vida, especialmente el “aburi toro” (la segunda pieza vista desde la izquierda)

En las estaciones de tren venden las “bento box”, cajitas con comida lista para comer en el camino. Cuestan unos ¥800 – 1000

Las bandejitas de los minimercados nunca fallan. Son baratas y están disponibles a toda hora.

A la mañana solía comprarme un yogur, una fruta y algo de panadería antes de empezar a caminar

8. Presupuesto diario estimado y algunos consejos para ahorrar

Tus gastos dependerán del tipo de viaje que quieras hacer pero, a grandes rasgos, es muy posible que gastes unos ¥4000 – 5000 (35 – 45 usd) por día de viaje:  ¥2000 – 4000 por noche de alojamiento (en hostels o Airbnb) y ¥1500-2500 en comida por día (alternando los convenience stores con restaurantes o supermercados). A eso hay que sumarle los gastos extra como el transporte (podés hacer cuentas con Hyperdia), alguna entrada, una compra, un snack, onsen y/o pases de tren.

Obviamente, si viajás a dedo, hacés Couchsurfing o workaway, comés siempre en los minimercados o te cocinás, recorrés todo caminando y no entrás a nada que sea pago tus gastos diarios van a ser muchísimo más bajos. (En este post comparto consejos para ahorrar durante un viaje).

[box type=star] Consejos para ahorrar:

  • Hacé algunos recorridos en los buses nocturnos para ahorrarte una noche de alojamiento.
  • Viajá en temporada baja. Durante la época de lluvias hay mucho menos turismo y los precios son más económicos.
  • Usá los trenes locales en vez de los trenes de alta velocidad. Vas a tener que hacer más combinaciones y vas a tardar más, pero vas a ahorrar mucho.
  • Hacé couchsurfing (alojate en casas de gente) o workaway.
  • Tomá agua de la canilla (grifo). Yo hice eso, me compré una botellita reutilizable y la fui llenando en cada baño o cocina. El agua de Japón es potable y segura, jamás me enfermé.
  • Viajá a dedo. Japón es un país muy seguro, tal vez la dificultad más grande sea el idioma, pero todo se soluciona con un cartel escrito en japonés y un mínimo conocimiento de algunas expresiones básicas.
  • Andá al supermercado un rato antes de que cierre, ya que rebajan los precios de las bandejas de comida preparada y podés conseguirlos a mitad de precio e incluso menos.
  • Comé en los convenience stores. Hay mucha variedad de comida preparada y es más barato que cualquier restaurante.
  • Visitá los templos y jardines gratuitos. Entiendo que si estás en Kyoto puede ser muy tentador entrar a todos los templos de la ciudad, pero tené en cuenta que no hace falta ver todo para disfrutar de la experiencia. Yo solamente pagué para entrar a los templos y/jardines que me interesaba y visité muchos que eran gratuitos e igual de impresionantes.
  • Comprá en los “100 yen stores”. En casi todas las ciudades vas a encontrar este tipo de tiendas, donde (casi) todo cuesta 100 yenes. Una de las más populares es Daiso.
  • Caminá. Lo que más me gustó de Japón fue caminar por los pueblos y ciudades y ver la vida cotidiana de la gente.
  • Acá hay algunas ideas de cosas para hacer gratis en Tokio. [/box]

Andá a ver a “los Elvis” todos los domingos en Yoyogi Park (Tokio)

Disfrutá los colores del otoño (o de la primavera)

Cansate de mirar el Monte Fuji

Mirá las esculturas al aire libre de Naoshima

Encontrate con animales en las ciudades

Sentate a mirar

Este jardín fue uno de mis preferidos de Japón, se llama Isuien Garden y está en Nara. La entrada cuesta ¥800. Fue el único que pagué para ver.

Tené en cuenta que Japón es un país muy turístico, así que lo más probable es que compartas muchos lugares con miles de personas

Y los japoneses son adorables, así que aprovechá el viaje para entrar en contacto con ellos!

8. Nuestro itinerario y mis relatos

* Tokio y Kawasaki. Pasamos casi dos de los tres meses en Tokio (y una semana en Kawasaki), moviéndonos de un barrio a otro. La ciudad nos encantó y queremos volver. Estos son los posts que escribí al respecto: Rompecabezas de Tokio, 6 cosas para salir a buscar (gratis) en Tokio, Nuestra primera experiencia de housesitting en Tokio, Guía práctica para viajar a Tokio.

* Kujukuri. Queríamos pasar unos días frente al mar, así que nos fuimos a Kujukuri, en la prefectura de Chiba. Esto escribí al respecto: ¿Qué vamos a hacer diez días acá? Prácticas de slow travel en Kujukuri.

* Osaka, Nara, Kyoto, Kobe. Pasamos unos 15 días en la región de Kansai, donde vimos las hojas de otoño más espectaculares de nuestra estadía en Japón. Podés leer el relato acá: En busca de las hojas de otoño en Osaka, Nara y Kyoto.

* Hiroshima y Mijayima. Pasamos cinco días tranquilos en Hiroshima. Visitamos el Memorial de la Paz y la isla de Mijayima. Esto fue lo que escribí: Domingo en Hiroshima.

* Okunoshima (la isla de los conejos). No podía no ir a conocer una isla repleta de conejos amorosos. Acá mi post: El día que fui a Okunoshima, la isla de los conejos en Japón.

* Okayama, Kurashiki y Naoshima. Mucha gente pasa de largo estas ciudades, sobre todo si el viaje es corto. Kurashiki tiene un centro histórico con un canal y góndolas, y Naoshima es una isla repleta de arte contemporáneo e instalaciones al aire libre. De Kurashiki escribí: Un corazón de washi tape (o redescubrir obsesiones en Japón).

* Kawaguchiko. Hicimos base en este pueblo para recorrer la zona de los cinco lagos que rodean al Monte Fuji. Mi post: El Monte Fuji en mi ventana.

* Tokio. Y volvimos a Tokio para tomar el vuelo a Kuala Lumpur.

También escribí: Todo lo que me llevo a Japón, Primeros acercamientos a JapónLo más raro, divertido y curioso que encontré durante mi viaje por Japón.

9. Acceso a internet

Hay varias opciones para tener internet durante tu viaje:

– Wifi. Suele haber wifi gratuito en muchos konbini, department stores y estaciones, así como en los hostels y alojamientos.

– Tarjeta SIM. Nosotros nos compramos una tarjeta SIM cada uno para poder tener internet en nuestros teléfonos. Pagamos ¥4000 por una tarjeta SIM con 2 GB de datos y 3 meses de validez (no incluía número de teléfono, pero podíamos hacer llamadas por whatsapp). Si te quedás menos tiempo, hay opciones más baratas. 2 GB no es mucho para 3 meses, pero si lo usás poco y solo para lo necesario (Google Maps, Hyperdia, whatsapp, Google Translate, alguna consulta en Chrome), alcanza.

– Pocket wifi. Los pocket wifi son unos aparatitos de wifi portátil que cuestan unos ¥800 por día.

10. La seguridad

Japón me parece uno de los países más seguros que visité (sino el más seguro) junto con Islandia. Incluso en una ciudad gigante y tan poblada como Tokio, la gente se queda dormida en el tren con el teléfono en la mano, los chicos van solos al colegio (los ves subirse a los trenes con seis años como si nada) y la gente deja el teléfono, la computadora o la cartera en los cafés o restaurantes para indicar que la mesa está ocupada. Yo caminé sola y acompañada de día y de noche y nunca me sentí insegura. Nunca está de más ser precavido, pero Japón es un país en el que me relajé mucho. Si perdés algo de valor en la calle, volvé sobre tus pasos: seguramente va a estar donde se te cayó, sea plata, una billetera o un teléfono. Sino, andá a la comisaría más cercana, ya que la gente tiene la costumbre de llevar cualquier objeto perdido (incluso plata) a la policía.

Lo más inseguro que tiene Japón son los desastres naturales. El país es muy propenso a los terremotos, tsunamis y tifones. Es probable que sientas algún temblor durante tu estadía (nosotros sentimos varios a lo largo de tres meses, el más fuerte fue de 5.3 grados). Si hay alerta, seguí las indicaciones de la gente y andá a las áreas de evacuación.

Alguien perdió una llave y ahí quedó, esperando a su dueño

11. El idioma

Nos dijeron que no saber japonés podía ser un problema para viajar, sobre todo en zonas rurales donde no se habla inglés (después de mi experiencia viajando por China sin saber el idioma, creo que ya nada me asusta). Nosotros no hablamos japonés y pudimos viajar bien usando el inglés. Casi todo está señalizado en varios idiomas, las máquinas tienen la opción de inglés, los japoneses hablan un poco (y si no lo hablan, intentan ayudarte igual) y Google Translate nos salvó en varias oportunidades (sobre todo para entender los menúes que estaban solo en japonés y pedir la comida correcta). Cada vez que pedimos ayuda, la recibimos. Pero por no saber el idioma nos perdimos de tener conversaciones con gente que tenía interés en charlar con nosotros, entramos a lugares sin saber si eran restaurantes o casas particulares, no entendimos un montón de carteles y no pudimos conocer tan a fondo la cultura japonesa. Tomamos una clase introductoria de japonés en el hostel de Osaka y nos quedamos con ganas de aprender más (ojalá hubiese un superpoder que me permitiese hablar todos los idiomas del mundo…).

En el Osaka Nest Guesthouse tomamos una clase introductoria de japonés

Y por último, les dejo una web con info muy interesante de lugares no tan conocidos para ver en Japón: Atlas Obscura.

Seguramente me falte cubrir muchos aspectos, así que pregunten lo que necesiten en los comentarios o compartan las experiencias que crean útiles para otros lectores. ¡Buen viaje!

Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor considerá reservar alguno de los siguientes servicios a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como esta. ¡Gracias!

Lo más raro, divertido y curioso que encontré durante mi viaje por Japón

Unos meses antes de viajar a Japón escribí una lista en mi cuaderno. La titulé “Búsqueda del tesoro bizarra” e incluí todas las cosas raras que quería encontrar en Japón. Algunas salieron de mi imaginario popular japonés, otras de lo que me fue diciendo la gente, otras de lo que leí en internet. Vista desde Buenos Aires y, sin haber viajado nunca a Japón, me parecía una lista bastante exhaustiva. Daba por sentado que no iba a encontrar cosas más raras que esas (y tal vez ni esas). Ja. Me alcanzaron unos días en Tokio para darme cuenta de que Japón parece un país salido de otro planeta y allá la normalidad es muy distinta a la que conozco. Les dejo algunas fotos de las cosas más raras, divertidas y curiosas que encontré durante mi viaje de tres meses por Japón, uno de los países más fascinantes que conocí hasta ahora. Seguramente me falten un montón de cosas más porque Japón es una fuente inagotable de sorpresas (me las cuentan en los comentarios).

Esta era la lista inicial, armada con ideas propias y de mis amigos. Encontré más pero me faltó tildarlas.

 

Y todo esto es lo que encontré:

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Paraguas secándose en las veredas de Tokio (algo que no pensaba encontrar en una ciudad de 38 millones de habitantes). Me dijeron, además, que hay muchos paraguas “públicos” que se pueden usar y después devolver en el mismo lugar.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Paraguas mágicos. No vi el “superparaguas” ni los paraguas para los zapatos ni el paraguas al revés, pero entremedio de miles de paraguas transparentes (los más típicos en Japón) encontré algunos muy coloridos, como este. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Esponja para lavar los platos con cara de osito. Lo kawai (cute) está por todas partes, incluso en lo más cotidiano. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Manteca de cacao sabor a Fanta naranja. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Kit-kats y Oreos de té verde (el matcha o té verde es un clásico en Japón).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una especie de selfie-stick para dar el pronóstico del tiempo (visto en una tele que parecía un portarretratos). Unos días después lo encontré a la venta, o sea que debe ser más común de lo que pensaba.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Máquinas para pedir la comida. Japón es el país más automatizado del mundo y las máquinas se usan, incluso, para pedir la comida en los lugares más tradicionales (marcás tu pedido en la botonera, se te imprime una especie de boleto con la orden y se lo das al cocinero).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un auto muy compacto. Los autos japoneses son más chiquitos que los que se ven en Occidente, este es un caso extremo.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Caritas anti estrés (son adictivas). También vi con forma de baguette, banana, medialunas…

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Inodoros supersónicos. Es verdad: los inodoros japoneses están enchufados a la pared, tienen botoneras para controlar las distintas funciones, a veces se abren solos cuando te ven llegar y siempre tienen la tabla calentita. Todavía no saludan… creo.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Máquinas para pescar peluches, muñecos, electrónica, chocolate y otras cosas. Están por todas partes (y siempre se ve gente tratando de sacar algo, sobre todo hombres de saco y corbata).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Perversiones.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Comida en miniatura (hay una obsesión con eso, lo vi a la venta en todas partes).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Espacio público libre de humo. En Japón no se puede fumar en espacios públicos (excepto en las áreas asignadas), pero sí se puede fumar en los restaurantes. Una de las tantas contradicciones japonesas, en mi opinión.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sandalias con medias. Una vez un amigo chino me vio ponerme ojotas (sandalias) con medias (calcetines) y me dijo: “That’s so Japanese!”. Acá un primer plano de nuestro amigo Joji, que nos llevó a comer ramen en Tokio con este calzado.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¿Un bar donde te blanquean los dientes? ¿Servirán tragos con lavandina? Ni me animé a preguntar.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cat cafés. Lugares donde podés ir a acariciar gatos, hamsters, conejos, serpientes y búhos. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Tamagotchis! Siguen existiendo y seguramente son más avanzandos que los que conocí. Tuve uno en los noventa y lo ahogué en el bebedero del colegio (era de una amiga, la obligaron a desconectarlo y como no se podía apagar intentamos con otros métodos).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Caca y sangre de plástico para hacer jodas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Chicos volviendo solos del colegio (andan solos por la calle desde los 6 años, incluso en una ciudad gigante como Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] “Print yourself in 3D” (Imprimite en 3D). Tampoco me animé a preguntar. Además, una vez que te imprimiste, ¿qué hacés con la copia? ¿La ponés de adorno?

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La mopa-zapatilla. Caminá y limpiá a la misma vez.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Animé sexy.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Monedas en una fuente. Ya sé que tirar monedas en las fuentes trae buena suerte, pero esto enceguecía.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] “Cosito” para calcar el relieve de las hojas (seguro que alguna vez lo hicieron con una moneda) (Nara)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Arte en las tapas de alcantarillas (con motivos típicos de cada ciudad). Esta la vi en Nara.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Máquinas expendedoras (en todas partes). Hay más de 6 millones en todo el país, esta la vi en Nara Park.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Ciervos cruzando la calle (en rojo!), en Nara.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El canasto-minion.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Carteles con animales como protagonistas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El doble budín, souvenir típico de Osaka.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Detalles argentinos, en Osaka.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Carteras con caras (ni sé qué personaje es, que alguien me ilumine). (Osaka)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Réplicas gigantes en los frentes de los restaurantes de Osaka.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La entrada al país de las maravillas (en Osaka).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Comida kawai (porque en Japón todo puede ser aún más tierno).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Lámpara hecha de ositos Yummy.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un show de baile de robots (en Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Godzilla. Está en Tokio y es ciudadano oficial de Japón.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cuchillos del tamaño de un nene (en el mercado de pescado de Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Jardines en los entrepisos de los edificios (este estaba en un cuarto o quinto piso de Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Carteles en formato cómic.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Ronald McDonald mandando mensajes de texto frente a su local (capaz estaba poniendo un punto de encuentro). Fue el día de Halloween, vi a varios por la ciudad.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cosplay en Harajuku (Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una ceremonia tradicional (en Yoyogi Park).


[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El techo loco (es la entrada a un shopping en Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El pasajero misterioso (en el metro de Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Réplicas de comida en la entrada o vidriera de los restaurantes.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sellos coleccionables en las estaciones de metro, lugares turísticos y otros puntos de la ciudad.

 

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Traducciones muy cómicas de Google Translate.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una alerta de emergencia que casi me da un paro cardíaco (vi esto en la pantalla de mi teléfono, seguido por el ruido de una alarma, y pensé que se venía un tsunami o terremoto. Al final era un simulacro, lo dice como siete veces en japonés, pero podrían haberlo puesto en inglés también!).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Media Coca-Cola.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sushi de goma (dentro de una máquina de pescar muñecos).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Hotel de cápsulas (Tokio). No lo vi por dentro, pero cada rectángulo corresponde a una cápsula.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La escalera mecánica más corta del mundo (en Kawasaki). Tiene cinco escalones y no cumple ninguna función de accesibilidad, ya que justo después hay que seguir bajando por una escalera normal.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Hello Kitty hasta en la sopa (o, en este caso, cumpliendo funciones reflectantes, para avisar que hay una obra en construcción).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Fotos de actores en las máquinas expendedoras.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Remolinos de noodles (en el aeropuerto de Haneda).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Objetos perdidos (puestos donde se le cayeron al dueño, para que vuelva sobre sus pasos y los pueda encontrar)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El Kentucky Fried Chicken como lugar de celebración de Navidad (en Japón la Navidad es una fiesta romántica, medio similar a San Valentín).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Dinosaurios fabricados con cacharros.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Kadocchi, uno de los íconos de los domingos en Harajuku (Tokio). Forma parte del grupo de cosplay Hanmyo Project (me enteré de todo esto después de sacarle una foto, porque cuando lo vi no entendí quién o qué era).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un minion en Yoyogi Park.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Perros con ropita.



[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Los Elvis de Yoyogi Park, japoneses que se juntan a bailar rockabilly todos los domingos.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Spiderman manejando un karting (cerca del Monte Fuji). También vi a Mario y Luigi. Pasó demasiado rápido.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Yoshi en un camión de basura (los camiones de basura son un tema aparte, van por la ciudad haciendo música, parecen camiones de helados).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un parque de diversiones abandonado en Nara (se llamaba Nara Dreamland, estuvo abandonado diez años, pero cuando llegamos lo estaban demoliendo y había mucha seguridad, así que no pudimos entrar)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Traducciones un poco sugestivas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Inodoro y lavatorio integrado (cuando tirás la cadena sale agua de la canilla).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este señor con su valijita (en Osaka).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Exceso de packaging. Todo viene muy envuelto, la primera vez que compré un paquete de galletitas me encontré con que cada galletita estaba envuelta por separado.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Detalles tiernos en los tranvías.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una calabaza gigante frente al mar. Es en Naoshima, una isla repleta de museos de arte contemporáneo e instalaciones artísticas, y es obra de Yayoi Kusama.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sandwich de noodles. Paso.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Detalles tiernos en los trenes. Como ya dije más arriba, en Japón todo se puede enternecer aún más.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un corazón.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una especie de cinta transportadora para subir las bicicletas con facilidad.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una isla habitada por más de mil conejos.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cenicero de bolsillo.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una escalera mecánica con curvas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Especie de galletita rellena con forma de hoja (souvenir tradicional de Miyajima).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¿Mosquiteros? ¿Tules?

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La cara de Obama hecha con grullas (en Hiroshima).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este edificio (en Osaka).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un parque de monos (en Kyoto).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Helado de té verde (en Kyoto).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Revistas para adultos en los 7-Eleven.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un mapa del otoño (en Kyoto). Lo vimos en una de las estaciones de metro. Lo actualizaban cada día!

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El gato sorprendido.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] “Tokyo banana”. Un dulce de banana con forma de banana relleno de… banana.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Kit-kat de melón (no encontré los melones de cientos de dólares).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Las publicidades más raras, divertidas y/o indescifrables.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un mapa del baño.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Esto.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Espantapájaros.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Lectoras de mi blog! Son mexicanas, me vieron caminando por Yoyogi Park y se acercaron a saludarme. Nunca jamás en mi vida pensé que me iba a encontrar lectores en Tokio.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Mi lector japonés! Cuando me mandó un mail diciéndome que me leía desde Osaka casi colapso. No pensé que tenía lectores japoneses!! Habla muy bien español y me dijo que practica mirando mis charlas (ya veo que se le pega el acento!).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este muñeco.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Snacks típicos japoneses.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un cine erótico (así, tranquilísimo, en las calles de Osaka)


[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El colegiala de Osaka.


[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Onsen (baños comunes con aguas termales). Son muy comunes en Japón y siempre hay uno para hombres y otro para mujeres. La primera vez que fui no sabía bien qué hacer, ya que hay un montón de reglas a seguir para asegurar la higiene del lugar (deberían adjuntar el manual de instrucciones con la entrada).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sumo (no lo vimos en vivo pero sí todos los días en algún televisor que nos cruzábamos)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Baldes anti-incendios en las entradas de las casas (según leí, están solo en Kyoto, donde hay muchas construcciones de madera).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sandalias para la casa y para el baño. Los japoneses se sacan los zapatos antes de entrar a la casa y tienen dos sandalias: para usar en la casa y para usar solamente en el baño.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Autoservicio (dejás ¥100 en la caja y sacás un poco de comida para los peces). Esto demuestra la confianza y seguridad que hay en Japón.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Prohibiciones de cosas que nunca se me hubiese ocurrido hacer pero que después de ver me dieron ganas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Los expendedores de bombachas (ropa interior femenina) usadas! ¡No eran un mito! Los encontramos el último día en Tokio, en el subsuelo de un sex shop en Akihabara (lo que había en ese sex shop da para una parte 2)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este videoclip que es furor en Japón (yo tampoco entiendo lo que acabo de ver, pero no me lo puedo sacar de la cabeza).

*

No encontré sandías cuadradas, no vi los ventiladores para enfriar los fideos, no fui a la isla de los gatos, no pude ver al abuelo colegiala que pasea por Yoyogi Park ni conocí a nadie que hubiese sufrido el síndrome de París (aunque con tanto fanatismo por lo francés, ya no me parece un síndrome tan raro). Tampoco caminé por el bosque de los suicidios ni me separé de L cuando visitamos la zona de Arashiyama (al parecer las parejas van ahí para terminar sus relaciones). No entramos a los maid-cafes ni a los butler-cafesNo coleccioné las firmas de los monjes ni fui a la estación de tren donde el “station master” es un gato. Pero encontré estos detalles y momentos que me llamaron la atención y me permitieron seguir armando el rompecabezas infinito que es Japón. Lo mejor de todo, es que si googlean “weird Japan” van a encontrar un montón de cosas más (les recomiendo la guía “Hidden Japan” de Atlas Obscura). Esto es solo la punta del iceberg de una de las culturas, para mí, más complejas y fascinantes del mundo.

¿Qué fue lo más raro que viste o te gustaría ver en Japón?

El Monte Fuji en mi ventana

“Mirá”. La chica que estaba parada en el pasillo del tren me tocó el hombro y me señaló la ventana. Parecía holandesa y viajaba con sus dos hijos rubios de cachetes muy rosas; yo iba distraída, leyendo, y si no hubiese sido por ella me lo perdía: el tren avanzaba a más de 300 kilómetros por hora y en mi ventana apareció el Monte Fuji completo. Era la primera vez que lo veíamos en dos meses y medio de viaje por Japón, pocos días antes de volar de Tokio a Kuala Lumpur. Tenía algunas nubes en la cima pero su forma simétrica era reconocible. El Monte Fuji debe ser una de las montañas más identificables del mundo, y por fin se dejó ver en el mismo horizonte que siempre estuvo tapado de bruma. Era mucho más grande de lo que me imaginaba y estaba más cerca de lo que pensé. Unos minutos después, desapareció.

Esta fue una de las fotos que le pude sacar mientras avanzábamos a toda velocidad.

Habíamos dudado si visitar la región del Monte Fuji o no. Nuestro plan original era quedarnos los tres meses trabajando a distancia desde Tokio, pero una vez que llegamos a Japón fue difícil no querer viajar. La excusa siempre era la misma: ya que estamos en ______, ¿por qué no vamos a _______? Total queda cerca. Lo que casi siempre nos terminaba frenando o limitando eran los precios: viajar por Japón es fácil y caro. Si vas con mucho presupuesto es ideal, si querés ahorrar te estresa. Al final llegamos hasta Hiroshima y en el camino de vuelta de Kansai a Tokio decidimos frenar en Kawaguchiko, uno de los cinco lagos ubicados cerca de la base del monte. Total nos queda de paso.

Segunda vista del Monte Fuji, esta vez desde el colectivo.

El tren nos dejó en la ciudad de Mishima, donde nos subimos al colectivo que iba a Kawaguchi. El Monte Fuji nos siguió durante las casi dos horas de trayecto, como la Mona Lisa que siempre te mira o la luna que parece moverse en la misma dirección que uno. Nos bajamos en la estación del pueblo, cruzamos la calle, nos apoyamos contra la pared de un restaurante y nos quedamos mirando hacia arriba durante varios minutos. Hacía 1°C pero no sentíamos el frío. Ahí estaba Fuji-san, más cerca que nunca, con la cima blanca y despejada, cubriendo la mitad del cielo. Durante los días siguientes, lo único que hice fue mirarlo desde distintos ángulos. Lo primero que aprendí del Monte Fuji: hay cosas que nunca voy a cansar de contemplar.

La estación de Kawaguchiko con el Monte de fondo

Mismo lugar, al día siguiente.

“La gran ola de Kanagawa”, de Hokusai

Durante muchos años tuve este dibujo de fondo de pantalla en mi computadora. Era mi obra preferida de Hokusai, un artista japonés que conocía poco pero me atraía mucho. Ahora me doy cuenta de que nunca miré el dibujo con atención, porque recién descubrí que lo del fondo no es una ola más, sino el Monte Fuji. El dibujo pertenece a las “36 vistas del Monte Fuji”, una serie de estampas hechas por el artista a sus 70 años, entre 1830 y 1833. El Monte Fuji es un símbolo cultural, geográfico y religioso de Japón y es considerado sagrado hace siglos. Los japoneses lo relacionan con la inmortalidad y hay una creencia, surgida del cuento del cortador de bambú, que dice que en la cima de la montaña está escondido el elixir de la vida eterna. Hokusai, como muchos otros artistas y poetas, tenía una obsesión con la montaña y durante varios años se dedicó a observarla y retratarla. Cuando pintó la ola, ya llevaba 64 años dibujando. Hokusai empezó su actividad artística a los 6 años y produjo más de 30.000 obras.

En el prólogo de la publicación de “Cien vistas del Monte Fuji”, otra serie de estampas, Hokusai escribió:

“A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos poseerán vida propia”.

Murió a los 89 años. Ver el Monte Fuji a través de mi ventana, y ya no desde una pantalla, me hizo sentir conectada a la obra de un artista que admiro. Segundo aprendizaje del Monte Fuji: se necesita casi toda una vida para aprender a mirar un mismo elemento.

Tapa de alcantarilla vista en Kawaguchiko

Pasé los dos días siguientes yendo en colectivo por los cinco lagos. Hay un sistema de transporte hop-on hop-off que te permite bordear los lagos e ir subiendo y bajando en cada parada sin tener que volver a pagar el boleto. Cuando comprás el pase te dan un mapa con los puntos desde donde se ve el Monte. Fui a casi todos y cada vez que me lo encontré de frente fue como verlo por primera vez. Hasta me daban ganas de hacerle reverencias, de tirarle besos o de demostrarle, de alguna forma, lo imponente que era verlo en vivo.

Esta fue una de las primeras vistas, desde el Oishi Park

Vista con hojas de otoño

Estuvo despejado todos los días y aunque era diciembre, la temperatura llegó a los 20 grados

Al Monte Fuji le falta hablar, y si lo hiciera me hubiese dicho que me calle. Esos días andaba con la cabeza demasiado llena de pensamientos, preguntas y preocupaciones acerca del pasado y el futuro. Estaba dispersa, con la memoria a corto plazo de un mosquito, con la mente en otro lado, siempre pensando en lo que tenía que hacer después. Tenía un monólogo interno que parecía una ventana de Chrome en la que abría pestañas nuevas cada cinco segundos. Ahora que lo veo con un poco de perspectiva creo que estaba al borde del burnout. Me estaba costando mucho combinar el viaje con el trabajo, sentía que nos estábamos moviendo demasiado, salía a caminar pensando en que tenía que volver a trabajar y me sentaba a trabajar pensando en que me estaba perdiendo de muchas cosas. No terminaba de disfrutar por completo de una cosa ni de la otra. Tercer aprendizaje que me llevo de esos días de contemplación del Monte Fuji: estar quieto también es estar vivo. (Pero andá a decirle eso a mi yo-viajero que cree que el movimiento es lo único que vale).

Me compré estas tarjetitas en Nueva York y me voy anotando recordatorios.

Escribo todo esto desde Bali, donde vinimos a quedarnos quietos por un mes y medio, y me doy cuenta de que Japón fue un lugar de transición: de viajar sola a viajar en pareja, de viajar con mochila a sumar una valijita (para llevar cuadernos, acuarelas, lápices y cosas de papelería), de hacer Couchsurfing a hacer Airbnb, de viajar por lugares baratos a viajar por un lugar muy caro, de buscar ventanas con paisajes distintos a querer mirar lo mismo durante mucho tiempo, de querer seguir en la modalidad slow travel a controlar mis impulsos de querer ver y hacer todo. No es fácil encontrar el equilibrio como nómada digital, cuando los viajes y el trabajo se mezclan tanto, cuando no hay bordes entre una cosa y otra, cuando es uno el que tiene que manejarse los tiempos y cumplir con todo (estoy preparando un post al respecto). Japón fue fácil y difícil a la vez, y es uno de los países de los que más aprendizajes me llevo.

La belleza de lo cotidiano

Último otoño en Tokio

Unos días antes de que saliera nuestro vuelo a Kuala Lumpur (que me tuvo aterrorizada durante toda la semana previa) volvimos a Tokio en colectivo. El Monte Fuji nos siguió durante un rato y volvió a desaparecer para no mostrarse más, como si quisiera dejarme una última enseñanza: todo aparece y desaparece en el momento justo. Pasamos los últimos días en Tokio en un cuarto sin ventanas, disfrutando de cada detalle cotidiano como si fuese la última vez, con nostalgia y ganas de frenar el tiempo. Nos fuimos de Japón sin querer irnos y ambos prometimos que vamos a volver. Japón fue el lugar que me terminó de demostrar que sí, quiero seguir viajando, me encanta este estilo de vida y me gusta cambiar de entorno cada tanto, pero cada vez tengo más necesidad de hacer estadías más largas, de mudarme la menor cantidad de veces posible y de tener la misma vista en mi ventana, al menos durante tres o seis meses.

El último día en Tokio fuimos a caminar por Akihabara

Y yo miraba todo con nostalgia y pensaba en que iba a extrañar cada detalle.

Hasta la hora pico en el transporte público

Los carteles-comics.

La ropita para perros.

Los minions

Y la alegría que me dio una alcantarilla cubierta de hojas de otoño

[box type=star] Información útil para viajar al Monte Fuji:

  • El Monte Fuji es un volcán (entró en erupción por última vez en 1708) y es el pico más alto de Japón. Está ubicado a cien kilómetros de Tokio, desde donde se lo puede ver en un día despejado, y más de 300 000 personas lo suben cada año.
  • Cuándo subirlo: la época oficial de escalada es en verano, entre julio y agosto. Si bien durante el día hace calor, el clima de noche es muy frío, por lo que hay que llevar ropa adecuada. Está muy desaconsejado subir el Monte fuera de la temporada oficial, sobre todo sin experiencia previa.
  • Dónde dormir: lo más cómodo para explorar la región (escales el Monte o no), es hacer base en Kawaguchiko. Desde ahí salen los transportes para ir hasta la 5ta estación, el punto desde donde empezar a escalar, y para recorrer el resto de los lagos. Nosotros nos alojamos en Guesthouse Orange Cabin, un lugar recién abierto y a tres minutos caminando de la estación Kawaguchi. Tiene un living-comedor muy cómodo para usar como espacio de trabajo, pero la contra es que no hay cuartos compartidos.
  • Cómo llegar desde Tokio: lo más fácil y barato es ir en colectivo desde Shinjuku a Kawaguchiko Station (sale varias veces al día, tarda 1 hora 45 minutos y cuesta ¥1750).
  • Cómo moverse: nosotros compramos el “Sightseeing pass” del Fujikyuko Bus, válido por 2 días (¥1500 que se amortizan rapidísimo). Hay tres líneas (la roja, la verde y la azul) que hacen tres recorridos distintos. La roja es la que tiene más frecuencia y a la que se suben todos, bordea el lago Kawaguchi y es el recorrido más corto. Les recomiendo que no dejen de subirse a la línea azul e ir hasta el lago Shojiko, desde donde hay muy lindas vista del Monte Fuji. Pueden ver el mapa en la web de Fujikyuko.
  • Dónde comer: Kawaguchiko es un pueblo muy turístico y tiene muchas opciones de lugares para comer. Confieso que nosotros terminamos siempre en el 7-Eleven y Lawson, los minimercados, comiendo las bandejitas preparadas en el día (es lo más barato, entre ¥300 y 600).
  • Por si les divierte el dato, en Kawaguchiko hay un parque de diversiones con montañas rusas que rompen récords: la más larga, la más alta, la más rápida, la más empinada y cosas así, todas con vista al Monte Fuji. Se llama Fuji Q Highland.[/box]

Un corazón de washi tape (o Redescubrir obsesiones en Japón)

“Aniko-san, do you like masking tape?”, me pregunta la chica que nos recibe en el hostel de Okayama.

Le pido que me repita la pregunta porque no sé si escuché bien. ¿Me está preguntando si me gusta la masking tape? (también conocida como washi tape) ¿Sabrá que las washi tapes son mi nueva obsesión japonesa? ¿Se imaginará cuántos rollos estoy cargando en la mochila? ¿Será que L la mandó para hacerme un chiste? ¿O será una pregunta estándar para hacer el check-in? Es casi como si me hubiese preguntado: “Aniko-san, ¿te gusta pegar cosas en tus cuadernos, jugar al Super Mario, comer maracuyá puro, nadar en el mar, mirar videos de stand-up hasta cualquier hora, recibir libros por correo, salir a caminar y acariciar gatos?”. No me dio ni tiempo a dejar la mochila en el piso y ya me está haciendo preguntas existenciales. Que si me gusta la washi tape…

“Sí, ¿por qué?”, le respondo, haciéndome un poco la desinteresada.

“Porque a quince minutos de acá está la fábrica.”

Por si se están preguntando qué demonios es la washi tape, acá van algunas fotos. Es como una cinta scotch hecha de un tipo de papel que se llama “washi” que se puede pegar y despegar fácilmente.

La washi tape (o masking tape) surgió en Japón y se hizo famosa entre los crafters de todo el mundo. Viene en varios tamaños, colores y dibujos y se consigue en todas partes (en Japón).

Un rollo puede costar entre 1 y 5 usd (en general el promedio es de 2-3 dólares) y mide unos 10 metros.

¿Para qué sirve? Para decorar, para pegar en el cuaderno, para embellecer. Es ideal para quienes hacen scrapbooking o journaling.

*

Empecé a interesarme por la papelería mucho antes que por los viajes. Lleno cuadernos desde que aprendí a escribir: primero usé los diarios íntimos de hojas de colores, borde dorado y candadito, después me pasé a las agendas y, cuando empecé a viajar, a los cuadernos. Yo era de las que juntaba figuritas: tenía álbumes en blanco —con tapas de Disney y hojas plastificadas— y los llenaba con los stickers de peluche que me compraba mi mamá en la librería de mi barrio o con las calcomanías medio metalizadas que sacaba de máquinas por un peso (¿qué fue de esas máquinas? Solían estar en los peloteros, supongo que fue algo muy de los noventa). También coleccionaba de los otros álbumes, los que eran temáticos y venían con los espacios rectangulares en blanco para llenar con las figuritas numeradas que se compraban en sobres en los quioscos. Hasta me había hecho socia del Club Panini, que era la marca que los comercializaba, para que los álbumes nuevos me llegaran por correo antes de que estuvieran a la venta.

En los cajones de mi escritorio había gomas de borrar con forma de animales y olor a tutti frutti, cartucheras de lata con dibujos de Garfield, sellitos de esos redondos que venían con tapa, biromes de gel de colores pasteles. Una de mis posesiones más valiosas era mi caja de cartón con papeles de carta. Tenía con motivos de flores, de animales, de dibujos animados. Los intercambiaba con mis compañeras de colegio y los que más se cotizaban eran los que tenían perfume. En ese papel le escribía cartas a mis amigas, a mi mamá, a chicas que contactaba por medio de revistas como Billiken o Mickey Total y a Lauren, una estadounidense que había conocido en la pileta de un hotel durante un viaje con mi familia. Una vez cada dos meses, más o menos, aparecía en el felpudo de nuestro departamento una carta de Lauren, que con su letra grande y redonda me contaba qué había estado haciendo en Ohio y me mandaba fotos de la nieve. Guardo todas esas cartas, aunque Lauren y yo nunca más nos vimos ni tampoco nos agregamos en Facebook. Ese intercambio de correspondencia fue mi primera conexión entre los viajes y la papelería.

Cuaderno visto en Japón

Durante mis primeros diez o doce años, además de pasarme los días leyendo, una de mis actividades preferidas era hacer libros artesanales. En las hojas rayadas de mi carpeta escolar escribía cuentos y cartas con biromes de colores, también hacía collages, copiaba canciones o poemas y pegaba fotos. Después fabricaba las tapas con cartulina de color, las perforaba, ataba todo con un hilo grueso y le hacía un moño a modo de cierre para que nadie pudiera espiar sin permiso. Durante varios años les regalé esos libros a mi mamá y a mi papá para cada cumpleaños. Uno de los mejores y peores momentos del año era febrero: lo único bueno de que se terminaran las vacaciones era que teníamos una visita obligada a la librería-papelería para comprar los útiles escolares antes de que empezaran las clases (y ahí se terminaba mi felicidad, porque ir al colegio fue una de las cosas que menos disfruté en mi vida).

No sé si hay algo que me haya apasionado más que la papelería pero, aún así, en algún momento dejé todo ese mundo de lado. Supongo que fue cuando entré en la adolescencia. No iba a estar cargando costumbres de nena en una edad en la que quería parecer lo menos infantil posible, así que mis tesoros fueron a parar a cajas, a manos de otras nenas o —quisiera no pensarlo— a la basura. Me desprendí de biromes, papeles de carta, stickers, sellitos, cartucheras y me quedé con lo más serio, que era la escritura, y la convertí en un medio para hablar(me) de los chicos que me hacían sufrir y de todos los temas que podían preocuparme a esa edad. De esa época de primeros amores y desilusiones me quedan agendas de Maitena que me da vergüenza releer pero que no puedo tirar a la basura.

Cuando empecé la facultad dejé las agendas y pasé a los cuadernos. En el 2008, cuando me fui de viaje por América Latina, me llevé un cuaderno rayado A4 de espirales para usarlo a modo de bitácora. No lo elegí por nada en especial, creo que arrastré la costumbre universitaria de escribir en hojas grandes. En nueve meses completé dos. En Asia fue algo parecido: habré llenado tres cuadernos A4 en 16 meses de viaje. Todo cambió cuando viajé a Europa. En Barcelona, un lector me regaló una moleskine —libretas a las que siempre había mirado con un poco de desconfianza por ser “innecesariamente caras”, según yo— y despertó a la loca de los cuadernos que llevaba en mí. Empecé a escribir a mano y a llenar cuadernos como nunca antes. Cuando me quedé a vivir en Biarritz me desaté: durante ese año me la pasé llenando cuadernos y journals —que no me pesaban en la mochila porque no tenía la mochila esperándome para ir a ninguna parte— y abrí escribir.me, un blog dedicado a la escritura creativa y la papelería. Fue mi manera de aceptar (acá me gustaría usar la palabra embrace) mi pasión por el papel y todo lo relacionado con la escritura y de darle un espacio propio a esos intereses. Aniko viajera por un lado, Aniko stationery fan por otro.

Aunque yo sea una sumatoria de las dos cosas…

Y como si hubiese tenido la necesidad de cerrar el círculo papelería-viajes-papelería y de unir mis dos facetas en una, en septiembre nos fuimos a Japón y todo confluyó. Si ser adicta a la papelería fuese algo peligroso, en Tokio me hubiesen internado. Nunca vi una ciudad (y un país entero) con tanto amor por el papel, las agendas, las biromes, los lápices, los marcadores, los post-its, los stickers (¡los stickers!) y lo “cute”. Pasé horas revolviendo agendas, mirando stickers, probando lapiceras y sellos, tocando papeles y eligiendo washi tapes, que fue lo que más me enloqueció de la papelería japonesa. No pienso confesar cuántas me compré, solo diré que ya tengo una pequeña (ejem) colección y que me la pasaré pegando washi tape en cualquier superficie lisa y distraída que encuentre.

*

La fábrica a la que se refiere la chica del hostel es la de mt (una de las marcas más conocidas) y está en Kurashiki, ciudad donde nació la washi tape, pero solo abre para visitas una vez al año y ya perdí mi oportunidad. De todas maneras quiero ir a conocer el lugar donde se inventó una de mis obsesiones.

El casco antiguo de Kurashiki

Viajo a Kurashiki en tren y descubro que, además de tener negocios de washi tapes, la ciudad tiene canales y garzas y peces y góndolas y un casco antiguo muy bien preservado. Me quedo varias horas.

Paso un día repleto de pequeños momentos:

una japonesa me da una muestra gratis de algo y antes de abrirla le pregunto si es comestible,

la que atiende en uno de los negocios de washi tapes no puede creer que soy argentina y para asegurarse googlea una foto de la bandera y me pregunta si soy de ahí,

en un negocio me dejan hacer un testeo gratis de washi tapes por 10 minutos y ponen un reloj de arena para medir el tiempo mientras yo corto y pego pedazos de washi tape enloquecida,

dos japonesas que hacen el testeo conmigo me preguntan de dónde soy y tampoco pueden creer que vengo desde Argentina,

me siento en el borde del canal a mirar a una garza durante al menos veinte minutos,

saludo con la mano a los que pasan en góndola,

veo a un hombre alimentar a los peces,

encuentro un corazón hecho con washi tape.

No sabía si esto se comía o no.

Los canales de Kurashiki

Las calles de Kurashiki

La garza de Kurashiki

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Veo este corazón en Okayama, al salir del hostel.

Y cuando me acerco me di cuenta de que estaba hecho con pedacitos de washi tape.

En el camino de Okayama a Kurashiki veo otro corazón

Este siempre será el hostel en el que me preguntaron si me gustaba la masking tape

El castillo de Okayama

Los árboles que empezaban a pelarse

Pienso en que desde que estamos en Japón, todos los días tengo un momento de puro presente, un instante en el que soy plenamente consciente de que estoy en Japón y de que me encanta estar acá. Dura pocos segundos pero aparece casi todos los días en los momentos más cotidianos: cuando estoy cruzando la calle, cuando me encuentro con una tapa de alcantarilla pintada, cuando me siento a mirar algo, cuando veo a un japonés hacer lo que para él es lo más normal del mundo. Japón me parece un país muy especial y a veces tengo la sensación de que estoy en otro planeta, o en la Tierra de un universo paralelo. Me costó dejar mi casa para venir hasta acá pero ahora entiendo que por algo tenía que hacerlo. Japón me conectó con un lado infantil que no me había animado a dejar salir del todo, me dio permiso para volver a mi amor por la papelería (y para ser fan, algo que acá es muy común), me demostró que hay muchísima gente con esta misma pasión por el mundo del stationery y que no soy la única loca que siente ataques de felicidad cada vez que entra a una librería. Japón me permitió convertirme en la viajera que lleva una colección de washi tapes en la mochila.

[box type=star]Info útil para viajar a Okayama y Kurashiki:

Okayama está a mitad de camino entre Hiroshima y Osaka y es una buena ciudad para hacer base e ir a conocer islas y pueblos cercanos. Desde ahí pueden ir a Okunoshima, la isla de los conejos, y a Naoshima, la isla de los artistas. Además están a 15 minutos en tren de Kurashiki, la ciudad de las washi tapes, los canales y las góndolas (le dicen “La Venecia de Japón”, aunque su centro histórico es muy chiquito).

Transporte: les recomiendo usar Hyperdia para ver los horarios y costos de los tren en Japón. Algunos precios: Okayama – Kurashiki ¥320 (usd 2.70, 17 minutos), Okayama – Hiroshima en el tren de alta velocidad desde ¥5500 (usd 47, 1 hora), Okayama – Osaka desde ¥3000 (25 usd) en trenes locales.

Alojamiento: nosotros nos quedamos en Kamp, un guesthouse con restaurante y música en vivo. Tiene dormitorios compartidos (¥3000 / usd 25 por persona) y cuartos privados para dos personas (¥3500 / usd 30 por persona) y está muy cerca de la estación.

Washi tape: Y por si les interesa, hay dos negocios de washi tapes en Kurashiki: Nyochiku (web | mapa) y 612 Factory Shop (mapa). Al parecer, cuando abren la fábrica de mt para visitas, toda la ciudad se llena de masking tape… Me lo perdí. [/box]

El día que fui a Okunoshima, la isla de los conejos en Japón

[box type=info] Atención: este post tiene un alto contenido de cuteness. Si sos sensible a este tipo de imágenes, te recomiendo que no sigas leyendo.[/box]

Cuando, hace unos meses, empezó a circular la noticia de que en Japón había una isla con más gatos que personas pensé que era demasiado bueno para ser cierto. Japón estaba cumpliendo mis sueños más delirantes a la distancia: “La isla de los gatos” me parecía algo sacado de un libro de Murakami.  ¿Qué amante de los gatos no soñó con vivir en una isla repleta de felinos? Lo más cerca que estuve de eso fue cuando cuidé a los 13 gatos de una de mis mejores amiga en Lima y me volví loca tratando de mantener todo bajo control (fue muy difícil desayunar, porque mientras impedía que tres gatos se subieran a la mesa, uno aprovechaba para lamer la manteca de mi tostada y otro intentaba escaparse por la ventana). Anoté la isla de los gatos en mi lista mental de lugares para ir alguna vez en la vida (o lugar donde quedarme para siempre, incluso) mucho antes de saber que nos íbamos a Japón. Si Valparaíso me pareció la sede de gobierno de los gatos, aquella isla sería algo así como el primer foco revolucionario de la dominancia mundial gatuna.

Cuando llegamos a Japón me puse a investigar y me enteré de que no hay una sola isla habitada por gatos: hay once. Y también hay una isla de conejos, una aldea de zorros, una isla de tiburones y muchos cafés donde ir a acariciar gatos, hamsters, búhos, serpientes y conejos. En un principio, nuestro plan era estar tres meses quietos en dos o tres lugares de Japón, al menos un mes en Tokio y dos meses en otro lugar. Pero al final terminamos recorriendo mucho más de lo pensábamos y cuando llegó el momento de elegir a qué isla de animales ir, optamos por Okunoshima, la isla de los conejos. Lo malo de viajar por Japón es que trasladarse es muy caro (sea en tren o en bus) y para ir a la isla de los gatos de Ehime (la que salió en las noticias) desde Kansai íbamos a tener que gastarnos entre 200 y 400 dólares cada uno (en trenes de ida y vuelta + ferry + alojamiento + comida). La isla de los conejos, en cambio, nos quedaba de paso en nuestro trayecto de Hiroshima a Okayama. Además, estos videos me convencieron:

La noche anterior casi no pude dormir de la ansiedad. Ya me veía haciendo angelitos de nieve entre cientos de conejos (eso no pasó, claramente) y revoleando conejos por los aires como un Susano tirando los cupones para elegir al ganador de un sorteo (tampoco pasó). ¿Los conejos se me acercarían? ¿Podría acariciarlos? ¿Se me subirían encima? ¿Me querrían más si les llevaba zanahorias y repollo? ¿Sería un hit entre los conejos y todos los nenes me tendrían envidia? Por unas horas, esas fueron mis únicas preocupaciones en el mundo.

Llegamos a Tadanoumi, el puerto desde donde sale el ferry a la isla, a eso de las 10.30 de la mañana y ya había gente haciendo fila, sobre todo muchas familias con chicos chiquitos. Pensé que la isla era un lugar medio secreto y que al ser un día de semana no habría nadie, después me enteré de que era feriado y la isla es más popular de lo que pensaba. Viven más de mil conejos super fluffly y adorables y es un lugar que trae buena suerte y fertilidad, y en una sociedad amante de lo kawaii (tierno) como la japonesa, una isla así es un hit. Mejor que nadie se interponga entre los conejitos y yo porque los tackleo a todos (tanta ternura me violenta). Como estábamos en camino a Okayama, dejamos todo el equipaje en los lockers y llevamos solamente la comida para los conejos y la cámara de fotos. Compramos el ticket en una máquina, nos subimos al barco y quince minutos de navegación después nos bajamos en la isla y vimos a los primeros conejos acercarse en busca de comida.

Esperando a que llegara el ferry

La pregunta es: ¿de dónde salieron todos estos conejos y por qué viven acá? Hay dos teorías y un pasado oscuro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla de Okunoshima funcionó como una fábrica secreta de armas químicas donde se produjo el gas venenoso que Japón usó para atacar en China. Los conejos fueron llevados a la isla para probar los efectos del gas y, cuando la guerra terminó, los trabajadores de las fábricas los liberaron. Algunos creen que los conejos que viven en Okunoshima hoy en día son los descendientes de ese primer grupo, aunque otros lo niegan.

Actualmente, en la isla todavía se pueden ver las ruinas de las fábricas de gas (el acceso está prohibido) y visitar el Museo del gas venenoso, establecido en 1988 con el objetivo de “mostrarle a la mayor cantidad de gente posible las horribles verdades del gas venenoso”. Su curador le dijo al New York Times: “Mi esperanza es que la gente visite el museo de Hiroshima y este para ver que los japoneses fuimos tanto víctimas como agresores durante la guerra. Espero que la gente vea ambas facetas y reconozca la importancia de la paz”.

La segunda teoría, más al estilo Bart Simpson y su rana en Australia, es que los conejos son descendientes de 8 conejos que fueron liberados en la isla por un grupo de alumnos durante una excursión escolar en 1971. Ninguna de las dos está comprobada.

Esa patita!

El repollo fue un éxito, me lo querían robar!

Pasamos varias horas en la isla dándole de comer a los conejos y acariciándolos, aunque algunos se dejaban más que otros. No se me cumplió el sueño de ser perseguida por una estampida de conejos como la chica del video (había demasiada gente para eso, me parece, y la atención de los conejos estaba dividida), pero escucharlos masticar zanahoria en un lugar tan silencioso fue casi hipnótico. Varias veces los tuve que perseguir porque me robaban la bolsa de comida y, en general, tuve la sensación de estar en un lugar irreal. Me pasó lo que suele pasarme en lugares que me gustan mucho: ni nos habíamos ido y ya tenía ganas de volver. Creo que me japonicé porque cualquier cosa tierna me enloquece más de lo normal. L y yo prometimos volver algún día a Japón (y a esta isla, y a la de los gatos) con nuestros hijos. Abajo les dejo info por si quieren visitar Okunoshima.

Cuando vi a estas dos bolitas de peluche me puse a gritar (entiendanme, nunca tuve mascotas)

La isla en sí es muy linda para caminar (lástima que nos tocó un día de muchísimo viento y frío)

En verano se puede nadar

Los conejos están por todas partes y viven en estado salvaje, aunque están acostumbrados a la gente y se acercan enseguida.

Esta es una de las ruinas de las fábricas químicas.

[box type=star] Info útil para ir a Okunoshima, la isla de los conejos, en Japón:

  • Cómo llegar a Okunoshima: tienen que tomar un tren a la estación Tadanoumi (Prefectura de Hiroshima). Desde Hiroshima hay un tren rápido que tarda una hora (con transbordo en Mihara) y cuesta ¥3540 (30 usd al cambio del 14/12/16) o un tren que tarda dos horas y cuesta ¥1320 (11 usd, con transbordo en Hiro). Ambos salen varias veces al día. Pueden ver los horarios, combinaciones y precios para ir desde otras ciudades en Hyperdia.
  • Desde la estación de tren de Tadanoumi hay que ir hasta la estación fluvial, que está a unos 5 minutos de caminata (el camino está indicado en carteles en la estación de tren, abajo les dejo una foto del mapa). Ahí compran el boleto para ir al puerto de Okuno (¥620 ida y vuelta – aprox. 5 usd). Tarda 15 minutos y sale varias veces al día, abajo les dejo una foto con los horarios vigentes en noviembre de 2016 (cuidado porque hay algunos horarios que no son válidos para noviembre – enero y hay ciertos horarios que solamente son válidos para los fines de semana). Lo mejor es llegar temprano.
  • Si tienen equipaje, pueden dejarlo en los lockers de la estación fluvial para no cargarlo mientras visitan la isla. Cobran ¥500 (aprox. 4 usd) por bulto por día.
  • En la estación fluvial venden bolsitas con alimento para conejos a ¥100. En la isla no se vende comida para conejos, así que si quieren darles de comer tienen que comprarla ahí (o comprar verduras frescas en un supermercado). Recuerden no dejar basura en la isla.
  • Más información: esta web japonesa tiene muy buena info para visitar la isla de los conejos y las islas de los gatos, por si se quedan con ganas (fue la única info certera y completa que encontré en internet).[/box]

En busca de las hojas de otoño en Osaka, Nara y Kyoto

Cuando me di cuenta de que ya estábamos en noviembre y no habíamos visto ni una hoja de otoño me empecé a desilusionar. En Tokio la temperatura había bajado pero los árboles seguían verdes y sin intenciones de cambiar de color. Me surgieron preguntas paranoicas del estilo ¿y si este año no hay otoño en Japón? ¿Y si las fotos de “Autumn leaves” que se ven en internet son todas photoshopeadas? ¿y si el “koyo” (las hojas que cambian de color en otoño) es un mito?

El otoño y la primavera son mis estaciones preferidas, espero que nunca me hagan elegir porque no sé con cuál me quedo, aunque hay algo de la melancolía del otoño que me encanta:
las hojas cambian de color, cubren el asfalto y hacen ruido cuando las pisás,
empieza la época de los tés calentitos, las medias gruesas, la lectura con frazada y las bufandas,
la luz matutina que entra por la ventana tiene otra consistencia,
el clima es perfecto para quienes no soportamos el frío ni el calor intenso.

(Mientras escribo esto suena “What a wonderful world” de Louis Armstrong de fondo y pienso en que hay canciones que son otoñales, como esa).

Después de casi dos meses atrapados en Tokio y sin ver el koyo (el cambio de color de las hojas) japonés seguimos camino hacia la región de Kansai, en el centro del país, con la ilusión de ver al menos una hojita seca. Esto fue lo que encontramos.

* Verde en Osaka

Las hojas de Osaka estaban queriendo cambiar de color.

Las hojas de Osaka estaban queriendo cambiar de color.

Lo primero que me llamó la atención de Osaka fue que la gente se paraba del lado derecho en la escalera mecánica y no del izquierdo como en Tokio. Es un detalle que puede parecer insignificante pero que en un país tan lleno de reglas y rituales no es azaroso. En Japón se maneja por la izquierda, se camina por la izquierda y se espera por la izquierda, así que verlos parados del lado derecho con tanta seguridad me hizo acordar a lo que me habían dicho antes de llegar: “Los de Osaka son los rebeldes de Japón”. Osaka fue la primera ciudad que visitamos después de Tokio y, si bien es de las más grandes de Japón, nos pareció mucho más abarcable que la capital.

Durante nuestros seis días en Osaka vimos:
dos señores paseando a sus iguanas,
un hombre vestido de colegiala,
las uñas postizas de una japonesa que viajó de mochilera por Argentina y toma mate,
una réplica de cangrejo gigante montado sobre el frente de un restaurante,
un grupo de pop japonés femenino cantando en vivo frente al canal,
los fans del grupo japonés bailando y aplaudiendo (en su mayoría, hombres grandes),
un hombre de traje arrastrando una valijita rosa de Hello Kitty,
stickers con la cara de Maradona,
carteles de prohibido hacer cosas protagonizados por gatitos,
a mi fan japonés (!),
hojas verdes que querían empezar a ponerse rojas.

El otoño todavía estaba en los camarines, esperando a que alguien le diera la orden de salir al escenario. O quizá se había tomado el tren bala a Tokio y nos habíamos cruzado en alguna estación yendo en direcciones opuestas.

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Osaka estaba más verde que otra cosa

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Este es el castillo de Osaka, que solo miramos desde afuera

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Así estaban los árboles.

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Esto fue lo más otoñal que encontré.

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A la derecha, el grupo de J-Pop, a la izquierda, sus fans.

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Dicen que Osaka tiene la mejor comida de la región (y del país, quizá). Muchos frentes de los restaurantes tienen decoraciones de este estilo.

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Como muchos lugares de Japón, Osaka es una mezcla de modernidad y tradición.

* Naranja y amarillo en Nara

En el parque central de Nara vimos a un ciervo hacerle una reverencia a una chica. Al principio pensé que me lo estaba imaginando y que los ciervos mueven el cuello de una manera que se parece a una reverencia, pero después leí que algunos de los ciervos de Nara aprendieron a hacer reverencias después (o antes) de recibir una galletita. En Nara viven más de 1200 ciervos y todos andan libres por Nara Park, el parque central de la ciudad. Nara fue una de las capitales imperiales de Japón hace más de 1300 años y de esa época quedan las construcciones históricas y los ciervos, que son considerados mensajeros de dios y se enloquecen si te ven con una galletita o cualquier cosa comestible en la mano.

Después de varios días de frío, en Nara tuvimos un fin de semana de sol, con más de 18 grados, y vimos unos colores que casi me hacen llorar de emoción. “Hace dos años que no teníamos otoño”, me dijo L. Y nuestro último otoño no fue colorido. Esto era todo lo que necesitaba, un otoño así.

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Así estaban los árboles en Nara Park.

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Dentro del Isuien Garden

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Le estaba sacando fotos a una hojita de otoño y...

Le estaba sacando fotos a una hojita de otoño y…

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Nara Park es enorme y tiene varias zonas, algunas más boscosas que otras.

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Tranquilos, cruzando en rojo xD

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Los japoneses no pueden ser más adorables.

 * Y rojo en Kyoto

Lo primero que vimos cuando nos bajamos del tren en Kyoto fue un mapa del otoño pegado en la pared de la estación. En el plano se veía el recorrido de trenes y stickers que marcaban dónde estaban las hojas de otoño y de qué color eran. Japón es el país de los mapas, hay mapas que muestran hasta dónde están ubicados los inodoros en los baños públicos, pero ver estas cosas me sigue sorprendiendo. El mapa del otoño se actualizaba a diario y, por lo que vimos, los colores de las hojas cambiaban bastante rápido.

Salimos de la estación y el mapa no mentía: nos encontramos con una ciudad repleta de amarillo, naranja y rojo. Kyoto fue la exageración en todo sentido: querías otoño, tomá otoño. ¿No querías turistas? Tomá turistas igual. Hay algo de Japón que no me imaginaba al ver las fotos y es que cualquier lugar mínimamente lindo (es decir, casi todo el país) está repleto de turistas, sobre todo de turistas japoneses. Y no hablo de grupos reducidos, son hordas de gente y selfie sticks que avanzan por los jardines, los templos y los bosques. Es muy difícil sacar una foto sin personas o encontrar un lugar “vacío”, al menos en una ciudad tan turística como Kyoto y sobre todo en una época tan colorida y especial como el otoño. A pesar de las masas de gente —de las que también formamos parte— disfrutamos mucho los días y las caminatas en Kyoto. Les dejo algunas fotos de las hojas de otoño y les ruego que si viajan a Japón no se pierdan esta época. Nunca vi un otoño tan cuidado como este.

El mapa del otoño

El mapa del otoño

Primera vista de las calles de Kyoto.

Primera vista de las calles de Kyoto.

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El primer día llovió

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Los días siguientes hizo buen clima y aprovechamos para caminar mucho.

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Kyoto es la ciudad de los templos y los jardines.

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Esta vista era más linda de lo que sale en la foto.

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Hicimos un paseo que se llama “Philosopher’s Walk” y que va de un templo a otro.

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En los jardines imperiales encontramos esto que no sé cómo se llama pero me recordó a lo que hacía con las monedas cuando era chica: les ponía un papel encima y pintaba con lápiz para que se marcara el relieve de los números.

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Templo y gente al atardecer

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El Fushimi Inari Taisha es uno de los templos más famosos de Japón. Tiene miles de torii (los arcos rojos) donados por distintas empresas japonesas.

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Tuve que esperar un rato para poder sacar una foto sin gente.

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En Kyoto se ven muchas chicas vestidas con kimono.

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Algunos templos y/o jardines cobran entrada, como este.

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Hasta los peces tienen los colores del otoño

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En Arashiyama, una zona de río y bosques en el oeste de Kyoto, hay un Monkey Park en la cima de un monte.

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Esto también es en Arashiyama.

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Y el famoso bosque de bambú.

Volvimos a pasar por Nara a fines de noviembre y ya no había colores.

Volvimos a pasar por Nara a fines de noviembre y ya no había colores.

Conozco ciudades de la eterna primavera pero no del otoño eterno. Yo le pondría pausa a estos colores y me quedaría para siempre en esta época.

*

[box type=star] Info útil para visitar la región de Kansai durante el otoño (Osaka, Kyoto, Nara):

  • Mejor época para el momijigari (“mirar hojas de otoño”): de mediados de noviembre a principios de diciembre, dependiendo del lugar. Nosotros estuvimos en Kansai del 6 al 18 de noviembre, vimos las primeras hojas de otoño el 12 de noviembre en Nara y del 14 al 18 de noviembre en Kyoto. Volvimos a pasar por Nara el 29 de noviembre y ya no había colores, así que se ve que el koyo dura muy pocos días.

Alojamiento: 

  • Como en Tokio, en la región de Kansai existen varias opciones de alojamiento de distintos precios: guesthouses, hoteles, alquiler de departamentos, hostels, business hotels, ryokans (alojamientos japoneses tradicionales). Calculen que van a gastar, como mínimo, entre 20-40 dólares por noche por persona, dependiendo de si se quedan en un dormi, en un cuarto privado o en un departamento entero. A veces los precios no son del todo lógicos, porque por quedarnos en un departamento entero en Kyoto pagamos 15 usd la noche cada uno (+ costos de limpieza y servicio) y por una habitación privada pagamos casi el doble. Todo depende de lo que esté disponible: Japón tiene muy poco alojamiento (en comparación con la cantidad de turistas que recibe) y los cuartos se ocupan enseguida así que les recomiendo que reserven con tiempo (al menos una semana o 10 días antes, aunque si buscan con más anticipación seguramente encontrarán mejores opciones).
  • En Osaka nos quedamos en Osaka Guesthouse Nest (un hostel con habitaciones compartidas y privadas, cocina y un staff con muy buena onda) y en LNK Osaka (un guesthouse muy nuevo, todo hecho en madera, que parece una cabaña en la montaña pero en la ciudad). Ambos tenían wifi incluido, como todos los lugares en los que nos alojamos en Japón.
  • En Nara alquilamos un cuarto en la casa de una señora y en Kyoto un departamento entero (por el mismo precio), ambos a través de Airbnb. Lo bueno de Airbnb es por el precio de dos camas de dormi  tenés un cuarto privado o un departamento entero, lo malo es que el check-in suele ser muy tarde (al menos acá en Japón podés entrar recién a las 16 hs y tenés que irte a las 10 am).

Transporte:

  • Ir de Tokio a Osaka cuesta ¥14.250 (unos 125 dólares al cambio del 7/12/16) por un viaje de casi 3 horas en tren bala, pero existe un pasaje con descuento para viajar en el Kodama Shinkansen que tarda 4 horas y cuesta ¥10.300 (90 usd). Lo tienen que comprar personalmente en la oficina de JR Tours de Tokyo Station al menos un día antes de viajar y solo sirve para una fecha y horario específico, si pierden el tren no hay cambio ni devolución. Si tienen el JR Pass no hace falta que compren nada.
  • También hay colectivos (buses) que van de Tokio a Osaka y son un poco más baratos que el tren, pero tardan 8 horas. Una de las empresas más usadas es Willer Express, hay colectivos nocturnos desde ¥6800 yenes (60 usd) y diurnos desde ¥5400 (48 usd).
  • Dentro de Kansai, ir de una ciudad a otra en tren no es caro y es rápido, ya que todo está cerca. Kyoto-Nara cuesta unos ¥700 (una hora de viaje), Kyoto-Osaka cuesta ¥560 (45 minutos) y Osaka-Nara ¥800 (una hora). Les recomiendo Hyperdia para consultar precios y horarios de trenes.
  • Dentro de cada ciudad pueden moverse caminando (todo queda relativamente cerca), en bici (varios lugares alquilan por día o por estadía) o en metro/tren.

Qué ver y hacer – Algunas sugerencias:

  • En Osaka: comer, comer, comer. La comida en Osaka es deliciosa y está por todos lados. Caminar hasta el castillo (nosotros no entramos), pasear por el canal Dōtonbori y pararse en algún puente a mirar el cartel de Glico (que por alguna razón es uno de los íconos de la ciudad) y a la gente.
  • En Nara: caminar por Nara Park, darle de comer y/o acariciar a los ciervos, andar en bici por la ciudad. Nosotros pasamos la mayor parte del tiempo en Nara Park, que es enorme y tiene varios templos y jardines adentro. Uno de los jardines que más nos gustó fue el Isuien Garden (la entrada cuesta ¥900 y en otoño es lindísimo).
  • En Kyoto: hacer el “Philoshoper’s Path” (una caminata que pasa por varios templos), caminar entre los torii de Fushimi Inari Taisha, pasear por el bosque de bambú, ir a la región de Arashiyama, ver alguna geisha en Gion (el barrio de las geishas). Caminar, en general. [/box]

Guía práctica para viajar a Tokio: dónde dormir, qué ver y hacer, cuánto vas a gastar y algunos consejos para ahorrar

[box type=info] Este post está basado en mi estadía de casi dos meses en Tokio, entre septiembre y noviembre de 2016. En esta guía vas a encontrar información y precios de alojamiento, transporte, comida y más. Todos los precios que aparecen son los que vi o pagué y los consejos provienen de mi experiencia. Cualquier consulta, por favor dejala en los comentarios así otros lectores también pueden ver la respuesta.[/box]

Tokio es una de las ciudades más grandes del mundo y armar un viaje a distancia puede ser abrumador, sobre todo si es tu primera vez en Japón. Cuando empecé a investigar, unos meses antes de viajar, no sabía cuál era la mejor zona para alojarnos, cuánto nos iban a costar las cosas, qué íbamos a comer, cómo nos íbamos a comunicar con la gente ni cómo nos íbamos a mover de un lado a otro. La capital japonesa me parecía enorme y me asustaba. Nos estábamos por ir al otro lado del mundo.

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En septiembre de 2016 volamos de Buenos Aires a Nueva York, donde hicimos una escala extendida de una semana, y de ahí a Tokio, las dos veces en vuelos directos. Salimos a la mañana de Nueva York y llegamos a Tokio al mediodía del día siguiente. El jet-lag (el desbalance de mi reloj interno con respecto al horario del lugar) me duró casi una semana: me quedaba dormida a las 7 de la tarde y me despertaba a las 5 de la mañana, de a ratos me mareaba tanto que se me movía el piso y me costó bastante adaptarme a la comida. Tengan en cuenta que si viajan desde lejos, la diferencia horaria puede afectarlos físicamente, así que traten de descansar los primeros días, aunque parezca imposible.

Tokio es un rompecabezas. No hay una sola manera de definirla ni un solo elemento que sea típico: todo es tan distinto que te pone en un estado de atención y asombro constante. A veces siento que Japón es un país salido de otro planeta. Tokio tiene 38 millones de habitantes y es todo lo opuesto de lo que uno se imagina al pensar en una gran ciudad: es una de las capitales más seguras del mundo, los chicos van solos al colegio desde los 6 años, las calles están impecables, no se escuchan bocinazos, no hay autos estacionados en las veredas, no se puede fumar en gran parte del espacio público, la gente es extremadamente amable, se ven muchas bicicletas sin atar y hay muchos espacios verdes y naturales integrados en la ciudad.

Lo mejor que pueden hacer en Tokio es caminar y dejarse llevar por lo que les llame la atención. Estén donde estén van a encontrar algo interesante y siempre van a estar cerca de alguna estación de tren o metro para ir a otro lado. Traten de dedicarle varios días, no solamente el de llegada y el de partida. Tokio es una de las ciudades más fascinantes que conocí en estos ocho años, a nosotros nos tuvo dos meses atrapados y ya queremos volver.

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Los barrios de Tokio

La ciudad de Tokio está dividida en 23 special wards o “barrios especiales”, que son como pequeñas ciudades en sí. Estos son algunos de los que conforman el centro de Tokio y lo que se conoce como “Old Tokyo” y en los que probablemente pasarán la mayor parte de su tiempo explorando:

* Chiyoda: en este barrio está la estación central de Tokio (Tokyo Station), a la que llegan todos los trenes y colectivos, así como Akihabara, la meca geek del mundo, donde hay edificios con pisos enteros de videojuegos y los sex shops más freakys que vi.

* Chuo: es la zona de Ginza, uno de los barrios más populares para hacer compras, y del Tsukiji Fish Market, el mercado de pescado más grande del mundo.

* Shibuya: en este barrio hay muchísimos negocios y vida nocturna, acá está Harajuku, donde pueden ver a los cosplayers los domingos, y Yoyogi Park, uno de los parques urbanos más grandes de Tokio.

* Shinjuku: es considerado el segundo centro de Tokio y es otro de los barrios donde confluyen todos los medios de transporte (la estación Shinjuku es la más transitada del mundo, con más de 3 millones de pasajeros por día). Esta es la parte más luminosa y visualmente recargada de Tokio, con edificios futuristas, tiendas de electrónica, hoteles de lujo y hasta Godzilla.

* Sumida: es una zona más residencial y forma parte de lo que se considera Old Tokyo. Fue el primer barrio en el que nos quedamos y nos gustó mucho, tiene calles curvas, casas bajas y bicis sin atar. Es un muy buen lugar para ver los cerezos durante la primavera.

* Taito: también forma parte de la parte antigua de Tokio y es un barrio de casas bajas por el que me encantó caminar. Lo más conocido es Asakusa, donde está el templo Senso-Ji, y el parque de Ueno, un lindo espacio verde para salir a pasear.

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Cambio:

[box type=star]1 USD = 113 ¥ (27/11/16) – Lo más fácil para calcular es dividir por 100. Podés ver la tarifa actualizada en XE.[/box]

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Transporte – cómo llegar y cómo moverte:

* Costo del vuelo, pasaje de ida con escala extendida

Nosotros volamos de Buenos Aires a Nueva York y de ahí a Tokio con American Airlines. Un pasaje de ida nos costó 800 dólares, lo sacamos tres meses antes de viajar y pudimos extender la escala en Nueva York de unas horas a una semana sin costo extra. El tramo de Nueva York a Tokyo fue con Japan Airlines en uno de los aviones más cómodos que viajé en mi vida. Todo muy japonés: inodoros electrónicos, azafatas súper amables y si hubo turbulencia ni se sintió.

* Cómo ir del aeropuerto de Narita al centro

Si estás viajando desde otro país, lo más probable es que llegues a Narita (NRT), el aeropuerto internacional de Tokio, ubicado a 70 km de la ciudad. Nosotros vimos el mapa de transportes por primera vez cuando aterrizamos y nos sentimos bastante perdidos, además de que teníamos un vuelo de 12 horas encima y mucha diferencia horaria. Es mejor saber cuáles son las opciones de traslado antemano, ya que existen varias maneras de ir del aeropuerto a la ciudad:

– La más rápida es tomar el tren Skyliner a la estación Ueno (tarda 45 minutos y cuesta ¥2400 o 24 usd) o el Narita Express a Tokyo Station, Shibuya o Shinjuku (cuesta ¥3190 y tarda 55 minutos, si tenés el Japan Rail Pass está incluido).

– La más barata es tomar el tren Keisei Limited Express/Access Tokkyu a Ueno y de ahí combinar en metro u otro tren. Cuesta ¥1200 (12 usd). También hay buses que van a Ueno y Asakusa por ¥1000, preguntá en el mostrador de información turística de Narita.

– También se puede ir en taxi pero es muy caro, cuesta entre ¥17000 y ¥30000 (de 170 a 300 usd).

El mapa de trenes de Tokio

El mapa de trenes de Tokio

* Cómo moverte por la ciudad

– Trenes y metro. Estos van a ser los medios de transporte que más vas a usar en Tokio. Un viaje en tren cuesta desde ¥150 (usd 1,50) y un viaje en metro cuesta ¥200 (usd 2), para llegar a ciertos lugares vas a tener que combinar transportes y puede que gastes entre 300 y 500 yenes. Hay un pase ilimitado de metro que dura 24 hs y cuesta ¥600, no hay pases semanales. Existe un pase de tren para viajar por todo Japón que se llama Japan Rail Pass (y que también incluye los trenes de Tokio), en mi Guía para viajar a Japón hablaré al respecto.

– Bicis. Vas a ver que gran parte de los habitantes de Tokio se movilizan en bicicleta y van por las veredas. Si te gusta andar en bici, es una buena opción.

– Caminar. Si bien Tokio es muy linda para caminar, las distancias son muy largas e ir de un barrio a otro puede llevarte varias horas. No hay estaciones en cada cuadra, sino que suelen estar a un kilómetro de distancia entre sí. Lo que hicimos nosotros fue elegir una zona por día, tomar el tren o metro hasta ahí, recorrer todo caminando y volver en tren al alojamiento.

Dentro de una estación

Dentro de una estación

Algunos consejos con respecto al transporte:

– El transporte público en Tokio es muy eficiente pero también un poco confuso. Las estaciones son enormes y están llenas de gente, salen un montón de trenes a la vez, hay carteles por todas partes (en japonés e inglés) y a veces es difícil encontrar la salida a la calle (una vez estuve buscando la salida como por 15 minutos en la estación Shinjuku). Si te perdés, preguntale a cualquier guardia.

– Todos los trenes salen en el minuto exacto así que no llegues tarde, sobre todo si tenés que viajar a otra ciudad en un tren específico. Varias veces llegamos corriendo unos segundos antes de que saliera porque no encontrábamos la zona de embarque. Una cosa es llegar a la estación a horario y la otra es llegar al tren a horario, andá siempre con un margen de al menos 20 minutos.

– El transporte público deja de funcionar a las 12 de la noche y retoma a las 5 de la mañana, tenelo en cuenta si vas a salir de noche porque los taxis son carísimos y cobran recargo nocturno.

– Podés recorrer todo Tokio usando solo la línea Yamanote del JR (es circular).

– Te recomiendo que saques la Suica (o Pasmo), una tarjeta magnética recargable que sirve para pagar (casi) todos los trenes, autobuses y metros del país. Es más fácil y rápido que estar sacando cada boleto por separado. La comprás en las máquinas de las estaciones, cuesta ¥500 que te reintegran cuando la devolvés.

– Estas aplicaciones son muy útiles para armar los recorridos por la ciudad: Google Maps, Hyperdia, maps.me

– Las calles en Japón no suelen tener nombre ni número. Sí, como leíste. Pero con Google Maps y preguntando llegás (casi siempre) a todos lados.

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Alojamiento – dónde dormir, opciones y costos

* Cuál es la mejor zona para quedarse

Cuando nos pusimos a buscar alojamiento no teníamos ni idea de qué zona era la más conveniente y la verdad que reservamos un poco al azar. Primero estuvimos en Sumida, después nos quedamos en Meguro, en Shinagawa, cerca de Tokio Station y por Yoyogi Park. Nos fuimos moviendo bastante y estuvo bueno porque conocimos distintos barrios. Como Tokio es muy grande y tiene muchos centros, no sé si hay una zona mejor que otra, me parece que con que te quedes en cualquiera de los barrios que mencioné al principio del post vas a estar bien ubicado. Tal vez Shinjuku sea donde está la acción, pero en todo Tokio hay cosas para ver y hacer.

* Opciones y costos

Dormir en Tokio (y en todo Japón) es caro. Junto con el transporte, serán tus gastos más altos. Hay varias opciones de alojamiento y lo más barato que vas a encontrar es a partir de 20-25 dólares la noche por persona. Eso sí, reservá con tiempo porque todo se llena enseguida. Y tené en cuenta que Tokio es la ciudad más poblada del mundo y los espacios son reducidos.

– Hostels. Los hostels suelen ofrecer una cama en un dormitorio compartido por ¥2000 – 3000 (20 – 30 usd).

– Cápsulas. Los hoteles de cápsulas suelen ser solo para hombres y japoneses, aunque hay algunos que aceptan extranjeros y/o mujeres. Los precios empiezan en ¥2000 por noche (20 usd).

– Comic book stores (manga kisa). Existen tiendas de comics / cibercafés que están abiertas las 24 hs y cobran entre ¥1500 – 2500 por 8 horas de estadía. Sirve si perdiste el último tren (es más barato que un taxi). No te dan una cama sino un sillón y un cubículo privado.

– Business hotels. Este tipo de hotel suele estar cerca de las estaciones y cuesta desde ¥6000 la noche por una habitación para una persona. Pueden comparar precios y reservar hoteles y hostels en Tokio acá.

Airbnb. Airbnb es un sistema de alquiler de departamentos o habitaciones en casas de familia. Nosotros usamos eso durante casi toda nuestra estadía en Tokio y la verdad que fue lo más conveniente: siempre estuvimos en buenas ubicaciones y pagamos entre 18 y 28 usd cada uno por noche, es decir que por el precio de dos camas en un hostel tuvimos cuartos privados con acceso a la cocina y/o a toda la casa. Si hacés tu primera reserva a través de este enlace tendrás 30 usd de descuento.

Couchsurfing. Nosotros no usamos Couchsurfing en este viaje ya que como ambos pasamos gran parte del día trabajando en la compu, nos pareció importante tener un espacio de trabajo y privacidad. Me dijeron que es difícil encontrar couch en Tokio, pero no imposible, así que pueden intentarlo. Acá les cuento qué es y cómo funciona Couchsurfing.

– Housesitting. De vez en cuando surge alguna búsqueda de cuidadores de casa y/o mascotas en Tokio, así que si quieren hacerlo estén atentos a las notificaciones de las webs de housesitting. En este post cuento mejor de qué se trata esto de cuidar casas.

Nuestro primer Airbnb en la casa de una japonesa. En Japón es muy común dormir en futones (los colchones que se ven en la foto)

Nuestro primer Airbnb en la casa de una japonesa. En Japón es muy común dormir en futones (los colchones que se ven en la foto)

Sugerencias de cosas para hacer en Tokio:

Cada viaje es personal y siempre incentivo a que cada uno recorra los lugares según sus intereses y a su ritmo. Acá va una lista de cosas que hice y me gustaron:

  • Caminar. Tokio es ideal para bajarte del tren en cualquier estación y explorar a pie. Siempre vas a encontrar algo interesante.
  • Ir un domingo a Yoyogi Park. Tratá de buscar a “los Elvis”, japoneses que se visten como si fueran extras de Grease y bailan temas de rock de los 50 en la calle. Además vas a estar ahí nomás de HarajukuTakeshita Street, donde podés ver a los cosplayers que salen vestidos los domingos.
  • Ir al Tsukiji Fish Market, el mercado de pescado más grande del mundo. Si te gusta el sushi, probalo ahí. No debe existir pescado más fresco. También podés ir a ver la subasta de atunes que se hace todas las madrugadas.
  • Cantar en un karaoke. Nosotros fuimos con un grupo de japoneses y fue muy divertido. Pagamos ¥1000 (10 usd) cada uno y nos dieron una sala privada con comida, disfraces y shots por una hora.
  • Ir a un cat cafe. En Tokio hay “cafés” donde podés estar media hora y acariciar gatos, conejos, búhos, hamsters y hasta serpientes. Cuestan unos ¥600 (6 usd) los 30 minutos.
  • Pasar horas mirando cuadernos, papeles de carta y washi tapes en las papelerías. Tokio es el paraíso de las papelerías, así que si el stationery te enloquece tanto como a mí, no dejes de entrar a alguna de las librerías-papelerías de esta ciudad. Vas a querer comprarte todo.
  • Cruzar el famoso Shibuya Crossing, cinco sendas peatonales con semáforos sincronizados por las que pasan más de 2500 personas a la vez en hora pico.
  • Buscar a Godzilla. Pista: tiene una calle propia en Shinjuku.
  • Coleccionar sellos en las estaciones de tren. En este post te cuento eso y otras cinco cosas que podés salir a buscar gratis en Tokio.
  • Entrar a los arcades (como shoppings pero solo con máquinas de juegos) y a los sex shops de Akihabara (vas a encontrar cosas que nunca te hubieses imaginado).
  • Recorrer templos (hay varios y suelen estar siempre repletos de gente visitándolos).
  • Ir al cementerio de Yanaka (si te gustan los cementerios) y merodear por esa zona antigua.
  • Pasear por el parque Ueno.
  • Mirar Tokio desde arriba.
  • Entrar a algún department store (va a ser imposible que no entres, están por todas partes y a veces la única manera de llegar de un lugar a otro es atravesarlos).
  • Comer ramen en un lugar donde no se hable inglés (vas a tener que pedirlo a través de una máquina).
  • Pescar peluches de las máquinas.
  • Ir al Museo Ghibli, sobre todo si te gustan las películas de Miyazaki. Eso sí, reservá tu entrada con anticipación porque se agotan un mes antes (nosotros no conseguimos así que nos queda para la próxima).
  • Ver prácticas o campeonatos de sumo.
  • Imprimir fotos de tu viaje. En negocios como Yodobashi Camera hay máquinas donde podés imprimir fotos directamente desde la cámara o el celular. Cuestan unos ¥30 por foto y están listas en dos minutos.
Shinjuku de noche, una de las zonas más turísticas

Shinjuku de noche, una de las zonas más turísticas

En el mercado Tsukiji

En el mercado Tsukiji

En uno de los templos de Asakusa

En uno de los templos de Asakusa

El cruce de Shibuya

El cruce de Shibuya

El mejor sushi que comí en mi vida, en el mercado de Tsukiji (pidan el "aburi toro" para tener una experiencia religiosa) (?)

El mejor sushi que comí en mi vida, en el mercado de Tsukiji (pidan el “aburi toro” para tener una experiencia religiosa) (?)

Otakus en Halloween

Otakus en Halloween

 

Presupuesto y algunos consejos para ahorrar:

– Alojamiento: vas a gastar al menos 20 usd por noche por persona.

– Transporte: dependerá de cuánto te muevas por la ciudad y si tenés el Rail Pass o no. Si hacés un viaje de ida y vuelta al día (y todo lo demás caminando), vas a gastar entre ¥220 y 500, aprox, según dónde te estés quedando y a dónde vayas.

– Comida: comer en Tokio no es barato, pero hay opciones económicas.

  • En general, si entrás a un restaurante o local de comida vas a gastar como mínimo unos ¥750-1000 por persona (y podés gastar muchísimo más, también).
  • Vas a ver que por toda la ciudad hay minimercados o convenience stores (se les dice konbini) como el 7-Eleven, Family Mart, Lawson, K-Mart y otros, donde venden bandejas de comida hecha por ¥ 250-650, cosas de panadería, yogur, jugos, etc (yo suelo desayunar ahí).
  • También hay buenas opciones para comer cerca de las estaciones de tren y en el subsuelo de los department stores.
  • Los supermercados son lo más barato, pero no son tan fáciles de encontrar y vas a necesitar una cocina si querés cocinarte. También venden bandejitas de comida preparada y las ponen a mitad de precio (o con descuento) cuando están por cerrar.
  • Podés comprar bebidas en cualquier máquina expendedora (hay en cada cuadra).
  • El agua se puede tomar de la canilla (grifo), así que comprate una botella y rellenala en cualquier lado.

– Internet: en general suele haber wifi gratuito en muchos konbini, department stores y estaciones. Nosotros nos compramos tarjetas SIM con internet (no habilitadas para llamadas) y la verdad es que nos sirvieron mucho, sobre todo para estar comunicados y poder chequear Google Maps y Google Translate en cualquier momento. Por una tarjeta SIM con 2 GB de datos y 3 meses de duración pagamos ¥4000 (40 usd, unos 13 usd por mes), pero hay opciones más económicas y por menos tiempo. Todos los lugares en los que nos alojamos tenían wifi incluido.

– En Japón casi todo se paga en efectivo y en muchos lugares no aceptan tarjeta, así que traé dólares o euros para cambiar o asegurate de que vas a poder sacar plata del ATM con tu tarjeta. Hay cajeros automáticos en todos los convenience stores (7-Eleven, etc), pero no todos sirven para tarjetas internacionales.

– A casi todos los precios se les agrega un tax del 8%. En algunos negocios te lo devuelven por ser turista (buscá los tax free counters).

– Hay tiendas que se llaman “100 yen stores” donde casi todo cuesta ¥100 (1 usd). Una de las más populares es Daiso. La cadena Don Quijote también es popular para comprar cosas baratas.

Bandejas de comida preparada.

Bandejas de comida preparada.

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Casi todo por 100 yenes

Casi todo por 100 yenes

Hay panaderías por todas partes. No son tan baratas pero son muy ricas.

Hay panaderías por todas partes. No son tan baratas pero son muy ricas.

Lo mejor para comer: los lugares chiquitos.

Lo mejor para comer: los lugares chiquitos.

El mejor ramen que probé. Un plato así suele costar unos 750-800 ¥

El mejor ramen que probé. Un plato así suele costar unos 750-800 ¥

Otras cuestiones:

* Seguridad: Tokio me parece una de las ciudades más seguras que visité en mi vida (si no la más segura). La gente se queda dormida en el tren con el celular en la mano, los chicos van solos al colegio (los ves subirse a los trenes con seis años como si nada), en muchos cafés o restaurantes la gente deja el teléfono o la cartera en la mesa para indicar que está ocupada. Yo caminé sola y acompañada de día y de noche y nunca me sentí ni levemente insegura. Probablemente debe haber algún que otro robo, pero no es algo que pase todo el tiempo. Igualmente, nunca está de más tener cuidado.

* El idioma: con el inglés nos arreglamos bien. Casi todo está señalizado en japonés e inglés, y si bien no todos lo hablan, hay muchos tokiotas que sí. Nosotros usamos mucho la app de Google Translate para sacarle fotos a los carteles, textos o menúes en japonés y traducirlos en el momento. Además los japoneses son súper amables y siempre trataran de ayudarte y de comunicarse.

* Mejor época para visitar Tokio: en mi opinión, lo mejor es ir en primavera o en otoño. Nosotros estuvimos desde mediados de septiembre hasta principios de noviembre. Eso sí, el otoño en Tokio empieza tarde y las famosas Autumn leaves se ven recién a fines de noviembre, además llueve bastante pero el clima es moderado (entre 10 y 20 grados). La primavera es otra época muy popular, ya que todos los cerezos florecen (tendremos que volver para verlo…).

* Visa: la mayoría de los países de Europa y varios países de América Latina (entre ellos Argentina, Uruguay, Chile y México) NO necesitan visa para ingresar como turistas. El período máximo de estadía es de 90 días, que se puede renovar si salís de Japón y volvés a entrar. En este artículo hablo acerca de las visas y de cómo saber si necesitás una o no.

Si estás buscando información práctica para viajar por Japón, te recomiendo este post: Datos y consejos para viajar por Japón.

Niño japonés volviendo solo del colegio

Niño japonés volviendo solo del colegio

Tokio es una mezcla de mundos

Tokio es una mezcla de mundos

Es esto

Es esto

Y también esto

Y también esto

Y esto

Y esto

Y es, sobre todo, gente muy pero muy amable y amigable.

Y es, sobre todo, gente muy pero muy amable y amigable.

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[box type=star] Si querés leer acerca de mis experiencias en Tokio, estos son los posts que publiqué:

* Primeros acercamientos a Japón

* Rompecabezas de Tokio

* 6 cosas para salir a buscar gratis en Tokio

* La ruta de las papelerías en Tokio

* Nuestra primera experiencia haciendo housesitting

[/box]

Nota: le pongo muchas horas de viaje, caminatas, investigación y trabajo a estas guías prácticas y te las ofrezco de manera gratuita porque es lo que a mí me hubiese gustado leer antes de viajar. Si te sirven para planificar tu viaje, por favor considerá reservar alguno de los siguientes servicios (vuelos / hoteles / Airbnb) a través de estos buscadores. Si lo hacés, me dan una pequeña comisión que no se suma al precio final de tu compra y que me ayuda a seguir viajando y publicando guías como esta. ¡Gracias!

 

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Nuestra primera experiencia de housesitting en Tokio

Vi el anuncio de Amanda la misma tarde en la que casi compro dos pasajes de Tokio a París. Un poco harta de los precios del alojamiento en Japón, se me ocurrió mirar cuánto costaba un pasaje de escape a Europa y cuando encontré un vuelo directo a Francia por menos de 300 dólares lo pensé. No es que Francia sea mucho más barata, pero nuestro plan con L es volver a Biarritz dentro de unos meses, buscar casa para hacer base —cómo necesito una casa— y quedarnos un largo rato allá, así que se me ocurrió que podíamos adelantar la partida. Vivir en Japón es caro, pero nuestro plan era estar tres meses y todavía nos quedaban dos, así que en vez de dar por terminado el viaje antes de tiempo decidimos buscar otras opciones que nos permitieran ahorrar.

Entré a la web de housesitting en la que nos habíamos hecho un perfil hacía unas semanas y vi que Amanda buscaba a alguien que cuidara su casa y a sus dos perras en Tokio durante cinco días mientras ella y su marido se iban de viaje al Monte Fuji. Le escribí enseguida, le dije que estábamos en Tokio, que nos encantan los animales, que trabajamos desde casa, que estábamos disponibles. Unas horas después teníamos una respuesta positiva: “Quiero conocerlos con las chicas, encontrémonos en la estación Yoyogi-Uehara a las 8 de la noche”. “Las chicas” eran Doris y Lucy, dos perras australianas de raza labradoodle, mezcla de labrador y poodle (caniche), de 3 y 5 años, que apenas nos vieron llegar se nos acercaron corriendo y nos llenaron de besos. Ellas ya nos habían aceptado como sus petsitters. Amanda y Andrew, su marido, nos llevaron a conocer la casa, nos explicaron cómo funcionaba todo, nos enseñaron a separar la basura, nos dieron las instrucciones para cuidar a las perras y nos dijeron que volviéramos en dos días para instalarnos durante las cinco noches siguientes.

Ellas son Lucy y Doris

Ellas son Lucy y Doris

Housesitting, que significa “cuidado de casas” en inglés, es un sistema de economía colaborativa: un dueño (houseowner) se va de viaje y, como no quiere dejar su casa y/o mascotas sola(s), busca a un cuidador (housesitter/petsitter) que pueda quedarse durante ese período de tiempo y hacerse cargo del mantenimiento de la casa y el cuidado del jardín y/o los animales. No hay plata de por medio pero ambos salen beneficiados: la casa y/o mascotas no quedan sola(s) y el cuidador no paga alquiler. Es un sistema que cada vez más viajeros eligen y hay varias webs que ponen en contacto a los dueños con potenciales cuidadores (al final del post les dejo algunas). No me acuerdo cómo descubrí housesitting, probablemente fue a través de Maga, que viajó durante dos años sin pagar una noche de alojamiento usando esta modalidad. Al igual que cuando descubrí Couchsurfing, me pareció demasiado bueno para ser cierto y durante mucho tiempo no me animé a abrirme un perfil. ¿Viajar y tener una casa y mascotas a la misma vez? Es mi sueño y se alinea mucho con lo que busco ahora: un hogar en distintas partes del mundo. 

El ventanal de nuestra nueva casa

El ventanal de nuestra nueva casa

Dos días después del encuentro con Amanda y las perras nos mudamos a la casa en nuestro nuevo rol de cuidadores. “No puedo creer que vamos a tener cocina y heladera propia, tampoco puedo creer la casa que nos tocó: deben caber seis o siete departamentos japoneses adentro”, pensé. Tokio es la ciudad más poblada del mundo —tiene casi la misma población que toda Argentina— y los espacios son muy reducidos. Hasta ese momento nos habíamos estado quedando en cuartitos o en dormitorios compartidos, así que tener tantos metros cuadrados solo para nosotros iba a ser un lujo. Amanda y Andrew son de Australia pero ella está trabajando en Tokio y la empresa les da esta mansión. La casa tiene un jardín que parece un bosque privado, tiene sillones enormes para acostarse a mirar películas, tiene música, tiene una mesa donde podemos trabajar, tiene una cocina gigante con más de una hornalla, tiene la cama más cómoda que probé. Lo único malo fue que la estadía haya sido tan corta.

Descansando en el sillón

Descansando en el sillón

El jardín

El jardín

Lucy a mis pies

Lucy a mis pies

Pasamos la primera noche en la casa con los dueños, que se fueron de viaje a la mañana siguiente. Apenas quedamos solos, las perras se mudaron a nuestro cuarto, se subieron a nuestra cama y no se nos despegaron más (sobre todo de L, que tiene un imán para los animales). Dormimos los cuatro juntos: Lucy se enroscó sobre mi cabeza, Doris se estiró en diagonal en el medio y nosotros nos acomodamos en los huecos. A las siete de la mañana del día siguiente sonó la alarma perruna: Lucy nos sacudió y Doris golpeó el piso con las patas como si estuviera bailando tap. Les di de comer, las dejé salir al jardín y me acordé de todo lo que nos había dicho Andrew: si Doris se baja de la cama en mitad de la noche y hace ruido decile que se vuelva a subir, si Lucy se para al lado de la ventana del living quiere decir que tiene que ir al baño, denles de comer dos veces al día, Doris come más porque es más grande pero Lucy va más veces al baño, sáquenles las lagañas a la mañana porque sino se endurecen y les pueden lastimar los ojos, acá cerca hay un parque donde las llevo todos los días a jugar, junten la caca en una bolsa y tírenla en este tacho, si salen al jardín y está embarrado límpienles las patas antes de volver a entrar, si salen de noche pónganles los collares luminosos, que no corran en esta parte de la casa porque patina. Nunca tuve mascotas —más allá de un pato durante unos días y algunos animales que cuidé en casas de amigos— así que hice todo con extremada cautela.

Doris

Doris

Lucy y su mirada humana

Lucy y su mirada humana

Durante los días siguientes nos fuimos turnando. A veces L y yo las sacamos a pasear juntos, a veces fuimos solos con las dos perras. Me gustó conocer la ciudad desde la cotidianidad y la óptica de dos animales. Cada vez que íbamos al parque olían todo lo que encontraban en el camino, casi siempre nos cruzábamos con otros perros e intercambiábamos saludos con sus dueños. Arriba (al parque se sube por una escalera) les podíamos sacar las correas y dejarlas correr alrededor de la cancha de baseball. Demostraron ser perras muy obedientes y de a poco fuimos conociendo su personalidad: a Lucy, la más chica, le encanta esconderse entre los arbustos, Doris es experta en desenterrar pelotas de baseball. Como son perros grandes, cuando los nenes japoneses las veían correr hacia ellos se ponían a gritar y se subían a los bancos. Después se daban cuenta de que eran muy amorosas y se les iba el miedo. Con Doris jugamos al interminable “tirame la pelota que la agarro y te la traigo para que la vuelvas a tirar” y Lucy aprovechó las distracciones para esconderse por ahí. Repetimos el ritual del paseo dos veces por día y me gustó tener esos cortes obligatorios durante mis horas de trabajo.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

Jugando.

Jugando.

Los nenes del parque

Los nenes del parque

Todavía no empezó el otoño

Todavía no empezó el otoño

El último día las llevamos a Yoyogi Park, uno de los parques urbanos más grandes de Tokio, a un kilómetro de la casa. Dentro del parque, una mujer anunció por altoparlante, en varios idiomas, que no estaba permitido que los perros fueran sin correa, pero al rato encontramos un espacio off-leash (libre de correas) y las dejamos correr ahí adentro. Se hizo de noche rápido, a las cinco de la tarde ya estaba oscuro, así que les pusimos los collares luminosos para no perderlas de vista y seguimos jugando a la pelota hasta que otro perro nos la robó. Me agaché a buscar la linterna del teléfono en la mochila y un galgo me dio un cabezazo (?).

Volvimos a la casa un rato antes de que llegaran los dueños. Yo que soy bastante obsesiva del orden y la limpieza intenté dejar todo impecable: pasé la aspiradora, limpié la cocina, ordené el living y por poco lustré y perfumé a los perros. Me preocupaba haber separado bien la basura, que en Japón es muy importante porque el camión de basura junta una categoría distinta por día, y no haber dejado nada fuera de lugar. Todo salió bien. Amanda y Andrew llegaron y se encontraron con la casa en orden y dos mascotas felices, y para el dueño eso es lo importante.

La entrada a Yoyogi Park.

La entrada a Yoyogi Park.

Yoyogi Park visto de arriba

Yoyogi Park visto de arriba

Algunas reflexiones acerca de housesitting:

* Como primera experiencia me gustó pero quisiera hacer estadías más largas, cuidar una casa al menos un mes, tener más tiempo de acomodarnos, generar rutinas, disfrutar la casa y vivir el lugar.

* Hacer petsitting es mucho más demandante de lo que pensé, tal vez porque nunca tuve mascotas y no sabía el trabajo que implica cuidarlas. Además, como fue la primera vez que estuvimos a cargo de animales ajenos por tantos días, me preocupé más de la cuenta, pero supongo que es normal. Cuidar mascotas es una responsabilidad enorme.

* Me gusta que exista un intercambio así y que todo esté basado en la confianza: no debe ser fácil para un dueño dejar a su casa y a sus mascotas en manos de desconocidos, pero mientras haya confianza de parte de ellos y responsabilidad y honestidad de parte nuestra, todo funciona.

* Cuidar una casa (y mascotas, sobre todo) es un trabajo que demandará varias horas de tu día. Si bien tendrás un lugar gratis donde dormir, también tendrás tareas diarias que te obligarán a cambiar el ritmo del viaje, así que tené eso en cuenta si decidís usar esta modalidad. Me parece que es ideal para viajeros que quieren quedarse quietos por un tiempo.

* En mi opinión, housesitting es para vos si: querés practicar slow travel, no necesitás tener mucha vida social o salir mucho, te gusta estar en casa y hacerte cargo del mantenimiento (limpieza, jardín, correspondencia, etc), trabajás a distancia, querés pasar mucho tiempo en un mismo lugar, te gustan los animales, podés pasar períodos de tiempo largos en casas alejadas (muchas de las casas que se ofrecen para cuidar están en el campo)

* y housesitting NO es para vos si: estás en un lugar exclusivamente para hacer turismo (no podés irte todo el día si estás a cargo de cuidar mascotas), te vas de viaje y ya tenés un itinerario armado o poco tiempo, querés moverte rápido de un lugar a otro, no estás preparado para dedicar gran parte del día al cuidado de la casa y de sus mascotas.

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Info útil para hacer housesitting:

  • Hay varias webs que conectan owners con sitters. Las más conocidas y usadas son:
    • trustedhousesitters.com (cobran una membresía anual de 99 dólares, que se amortiza rápido cuando conseguís tu primera casa, y es una de las webs con mayor cantidad de ofertas.)
    • mindmyhouse.com (online desde el 2005, cobran una membresía anual de 20 dólares)
    • housecarers.com (online desde el 2000, cobran una membresía anual de 50 dólares y te dan un período de 30 días gratis de prueba)
  • Lamentablemente, housesitting no es una modalidad que esté expandida en todo el mundo. Las oportunidades están principalmente en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y algunos países de Europa. Y como hay muchos más sitters que casas, la competencia es alta. Así que si estás pensando seriamente en convertirte en housesitter y viajar usando esta modalidad, te recomiendo que leas La guía de House Sitting – Descubre cómo viajar gratis alrededor del mundo cuidando casas, escrita por Magalí Vidoz. Ahí está todo explicado: qué es el housesitting, en qué países se puede hacer, qué webs usar, cómo ser un buen sitter, cómo armar tu perfil, cómo postularte para una casa, qué hacer si te aceptan, qué información pedirle a los dueños, qué hacer frente a una situación negativa y muchas cosas más. Yo la leí antes de viajar y me ayudó mucho. [/box]

“¿Qué vamos a hacer diez días acá?” – Prácticas de slow travel en Kujukuri

“La gente viene a Japón y recorre la isla… ¿ustedes por qué están quietos acá?”, nos pregunta Qiang, el dueño del hotel en el que vamos a quedarnos diez días. Estamos sentados en un escalón en la entrada del restaurante, frente a la calle de tierra. El cocinero chino nos acaba de invitar dos bowls de noodles, son las seis de la tarde y ya es de noche. Somos los únicos comensales, somos los únicos huéspedes del hotel y me animo a decir que somos los únicos extranjeros del pueblo. Kujukuri, un pueblo de surfers y pescadores ubicado a 60 kilómetros del centro de Tokio, en la prefectura de Chiba, está fuera de temporada. Las leyes del turismo racionalista y práctico indican que no tenemos nada que ver ni hacer acá, que elegimos mal, que estamos por perder nuestro tiempo limitado de estadía en Japón. “Nos gusta pasar varios días o semanas en un mismo lugar, además los dos trabajamos todos los días por internet así que necesitamos estar quietos”, le decimos a Qiang.

Kujukuri

Kujukuri

Vinimos a Kujukuri porque leímos que es lo más parecido a Hawaii cerca de Tokio y su playa forma parte de una de las costas más extensas de Japón: 66 kilómetros de océano Pacífico sin interrupciones, resorts ni condominios. Salimos a caminar por la orilla, que nos queda a una cuadra de nuestro cuarto. La arena es oscura, marrón. El mar también es marrón. La costa está llena de botellas, zapatillas perdidas, vidrios, cartones y peces muertos. Solo vemos a un pescador en bicicleta, hay muchas rocas, hay viento, está fresco, está nublado. Salimos y caminamos por una de las calles principales, paralela al mar. Los pocos lugares que hay para comer están cerrados, la opción más cercana y barata es el Family Mart, un minimercado con bandejas de comida preparada. No hay transporte público. Hay pachinko (algo así como el casino japonés). La zona está rodeada de bosque, caminamos esquivando las arañas mutantes que aparecen colgadas en mitad del aire. Son más grandes que la palma de mi mano, tienen rayas o puntitos amarillos y me retrotraen a mis fobias infantiles. No sabíamos que Japón era el país de los insectos-monstruo. Ya pagamos la reserva de diez días y no hay devolución. La chica urbana que tengo adentro se pregunta qué vamos a hacer diez días en un pueblo donde no hay nada para hacer.

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los "conbini" son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los “conbini” son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato)

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato, por 3 – 6 usd)

Algún lugar de Kujukuri

Algún lugar de Kujukuri

Y una casa

Y una casa

Es mi lucha interna de siempre. En el 2010, en Malasia, conocí a un francés que vivía viajando hacía cuatro años. En alguna charla me contó que había pasado varias semanas en Agra pero no había visto el Taj Mahal. Yo no podía entender. ¿Y para qué fuiste entonces? “No me interesa, busco otras cosas”, creo que me dijo. En ese momento yo viajaba para ver lo que había que ver: si estaba en Camboya, iba a Angkor, si estaba en Perú, iba a Machu Picchu, si estaba en Francia, iba a París. No sé si era lo que quería o no, pero me daba culpa no hacerlo y me sentía menos si no tachaba esos lugares de mi lista. Después pasaron muchas cosas: me aburrí de lo turístico, me cansé de viajar rápido, me cansé de viajar en general, me empezó a gustar más pasar el tiempo en librerías, papelerías y cafés, o paseando por los parques, o viviendo en la casa de alguien, o mirando la vida desde una vereda, o caminando sin rumbo que yendo de un museo, templo, ruina y monumento a otro. Dejé salir a la slow traveler que siempre había estado ahí y acepté que lo mío era viajar para vivir lo cotidiano en otras partes del mundo, no para tener grandes aventuras.

Fue un proceso largo el de entender que nadie me obliga a conocer los lugares más famosos, que no tengo por qué irme de viaje con una lista de imperdibles ajenos, que si voy a tal ciudad y no visito su atractivo principal no quiere decir que no haya conocido nada, que si voy a un país y decido quedarme tres meses en un solo lugar no quiere decir que no haya aprovechado bien el tiempo. Lo sé, lo acepto, lo entiendo, lo elijo y lo practico, pero a veces, todavía, a veces, me agarra la culpa y la ansiedad de hay mucho para ver, no me va a dar el tiempo, no sé qué hago en este lugar mientras debería estar viendo tal cosa en otro. Como si todos los lugares tuvieran que ser productivos o como si ver “lo que hay que ver” fuese sinónimo de “viajé a tal lugar”.

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A pesar de que la primera impresión no es la que esperábamos, nos quedamos en Kujukuri y al día siguiente decidimos darle una oportunidad al mar. Hay sol, me pongo la bikini, armo mi mochila de playa —armo mochilas hasta para ir al baño—, me llevo la libreta amarilla, la cartuchera, algunas washi tapes (mi nueva adicción, son como cinta scotchs con dibujos) y a Cookie Monster (lo rescatamos de una máquina de pescar peluches). Meto los pies en el mar, esperando que esté helado, y no me parece frío. Afuera hay bastante viento y no hace más de 18 grados, pleno otoño japonés, y yo, que soy muy friolenta, empiezo a avanzar por el agua, voy saltando las olas y termino metida adentro. Me sale un grito de alegría: “¡Estamos en el mar!”, salto entre la espuma, me sumerjo cuando pasa una ola, floto, nado. La oceanitis tiene una sola cura posible y es esta, catar mares. A mi alrededor los surfers atraviesan las olas con sus tablas y me acuerdo de la vez que me enamoré del surf y me esguincé la mano derecha la segunda clase. Desde ese día quedé un poco asustada, pero quiero darle otra oportunidad al surf. De golpe siento que está bueno haber salido un poco de la ciudad, volver a la naturaleza, bajar el ritmo, disminuir los estímulos.

Cookie buscando galletitas

Cookie buscando galletitas

Cookie se relaja

Cookie se relaja

Hago un poco de journaling

Hago un poco de journaling (eso con ven con una ballena es una washi tape!)

L se queda en el mar y yo camino por la orilla. Está lleno de almejas. Entremedio encuentro algo que no sé cómo se llama pero que ya vi una vez, en Indonesia, y que tengo guardado en mi cajita de tesoros recolectados durante mis viajes, en Buenos Aires. No sé si es un caracol o una piedra. Tiene dibujada una flor. Volvemos y googleo. No es fácil encontrarlo: “caracol con estrella”, “piedra con dibujo de flor”, “estrella de mar en una piedra” no me tiran los resultados que busco. De pronto aparece. Se llama sand dollar, sea biscuit o galleta de mar y es un animal de la familia de los erizos. Lo que tengo en mi mano es el esqueleto. Se les dice sand dollars porque parecen monedas antiguas, son fundamentales para el ecosistema marino y, cuando mueren, el mar los suele dejar en la costa. Es mi tesoro de Kujukuri.

Al final Cookie encontró su galletita de mar

Al final Cookie encontró su galletita de mar

El resto de los días son más o menos iguales: amanece a las 5 am, se escucha el ruido de la obra de enfrente, pasan pocos autos, miramos el mar por la ventana, vamos al mar, L se mete y yo me vuelvo enseguida porque hace frío, caminamos al Family Mart y comemos sentados en el estacionamiento, extraño tener cocina, extraño tener una casa, pasa alguien en bici, esquivamos arañas, trabajamos, pasa el camión de basura haciendo música, anochece a las 5 pm, me da sueño a las 9, me quedo dormida sobre el tatami mientras miro el capítulo de alguna serie.

Desde nuestra ventana

Desde nuestra ventana

Pero siempre hay un detalle cotidiano que hace la diferencia. Y los recopilo todos en mi cuaderno.

Una mañana, por ejemplo, nos despertamos a las 8 por una alarma rarísima que suena en el cuarto. Me doy cuenta de que es mi teléfono, lo agarro pensando que no puse ninguna alarma anoche y en la pantalla veo que dice “⚠️ Emergency Alert” y un montón de texto en japonés. Dos días atrás hubo un temblor de 5.3 grados y el cuarto se sacudió como una caja de cartón. Salto de la cama, grito “¡terremoto, terremoto!” por segunda vez en este viaje y con las manos temblando googleo Japan Emergency Alert iPhone. Al parecer, la Agencia Meteorológica de Japón desarrolló un sistema que te avisa por teléfono dos minutos antes de un terremoto o tsunami inminente. Japón es el país de los terremotos y es el país del orden, así que si avisan es porque se viene uno grande. Mi primer impulso es empacar mi cuaderno y las washi tapes (Save the washi tapes!). Digo: “No puedo creer que vinimos hasta Japón para estar en un terremoto”. La alarma vuelve a sonar y tengo miedo. Bajamos a la recepción, le mostramos el teléfono a uno de los que trabaja ahí pero es chino y no entiende el idioma. A todo esto ya pasaron más de dos minutos y la tierra no se mueve, no hay pánico en las calles, los surfers siguen entrando al mar, no hay olas, no hay animales corriendo hacia lugares altos, Kujukuri sigue inmóvil. Se me ocurre traducir el texto de la notificación y veo que dice, como seis veces, “simulacro”.

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

Una noche, buscando dónde comer, entramos a un restaurante al borde de la ruta. Esto no es Tokio y acá no hay nada señalizado en inglés, así que muchas veces tenemos que adivinar carteles, abrir puertas y rogar que no estemos entrando a una propiedad privada por error. El cocinero nos pregunta de dónde somos, cuando le digo Argentina hace una pausa, sonríe y pregunta “Argenchin?! OHHH, Argenchin! Maradona!”. Enseguida se acerca un señor que está cenando con su mujer y nos dice que su inglés no es bueno pero que quiere hacernos un regalo: un plato de ostras fritas. “Present from us, welcome to Japan”. Otra tarde volvemos a abrir una puerta sin saber si estamos entrando a un restaurante o a una casa y nos encontramos con una mezcla de ambos. Pido un plato de ramen desesperada, harta de tanta bandejita FamilyMartera. La señora que cocina se nos acerca a charlar y nos pregunta “Umi?” varias veces. Pongo umi en el traductor y descubro que significa mar en japonés.

El restaurante mezcla de cocina y de casa

El restaurante mezcla de cocina y de casa

Detalles del restaurante de la señora

Detalles del restaurante de la señora

¿Ven las arañas?

¿Ven las arañas?

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Una sola vez me doy este gusto

Una sola vez me doy este gusto

Y además:
aprovecho estos días tranquilos y sin tentaciones urbanas para trabajar,
procrastino textos urgentes y rediseño mi blog,
veo a un hombre de traje caminando por la playa,
me como un plato de fideos calentados en el microondas del 7-Eleven mientras camino por la calle (esta debe ser mi postal típica de Japón),
me canso de las bandejitas de comida del minimercado y me pido un set-o menu con todo: arroz, sopa, camarones gigantes fritos y cosas que no sé qué son (no quiero ni mirar la cuenta),
me la paso traduciendo menúes y etiquetas con la función fotográfica de Google Translate (gracias por existir, aunque a veces hagas traducciones rarísimas),
escuchamos gente hablando francés debajo de nuestra ventana y gritamos bonjour, pero nadie responde,
siento muchos deseos de tener una casa propia, de volver a nuestra vida en Biarritz, de hacer base,
intento meditar frente al mar pero me distraigo,
termino el primer cuaderno del viaje,
veo saltar peces,
me acuerdo de mis tardes de “viajoterapia” en Punta Negra frente al mar
y pienso que la viajoterapia bien podría ser una rama del slow travel.

Kujukuri me ayuda a entender que las ciudades me cargan de energía y los pueblos me ayudan a canalizarla.

En mi libro "El síndrome de París" definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

En mi libro “El síndrome de París” definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

¿Qué es y en qué consiste, entonces, el slow travel?

El slow travel no tiene tanto que ver con la velocidad del transporte que usemos para movernos, sino con la mentalidad con la que nos vamos de viaje. El slow travel propone:

* absorber la atmósfera de un lugar, vivir su cotidianidad de manera relajada, tratar de acercarse a la cultura local en vez de ir corriendo de un atractivo turístico a otro y tachando “imperdibles” de la lista

* dedicar todo el tiempo a un solo lugar o región en vez de tratar de ver la mayor cantidad de atractivos y ciudades en un mismo viaje

* desacelerar, respetar nuestros ritmos internos y no agotarnos mental y físicamente tratando de ver/hacer “todo”

* disfrutar el camino entre el punto A y el punto B y elegir medios de transporte adecuados para eso (“Travel, don’t just arrive”, dice Dan Kieran en su libro The idle traveler)

* tener el coraje de no hacer lo que hacen todos cuando visitan un lugar

* armar el itinerario (o el no-itinerario) en función a nuestros intereses personales y no según lo que la industria turística nos dice que “tenemos que ver”

* no tener todo planeado, dar lugar a la improvisación, estar abierto a experiencias nuevas e inesperadas

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Algunas prácticas de slow travel:

* Mirar lo que ya conocemos como si lo viéramos por primera vez, empezando por nuestra ciudad

* Caminar, andar en bicicleta, usar el transporte local

* Hacer estadías más largas en casas de gente a través de redes como Couchsurfing, Airbnb o Housesitting

* Conocer poco y de a poco

* Aceptar que a veces “no hacer nada” es hacer todo

* Sacarse de encima las culpas y los debería y no escuchar esa voz que nos dice “si estoy en _______ tengo que ir a ver ________”

* Permitir que el lugar decida qué nos quiere mostrar

* Entender que cada cual vive y construye su viaje personal e interior

Vivir.

Vivir.

[box type=”star”]Info útil para visitar Kujukuri y/o hacer slow travel:

  • Transporte: nosotros viajamos en el JR local (tren) desde Tokio hasta Togane, la estación más cercana a Kujukuri. El viaje dura una hora y cuarto y cuesta ¥1140 (11,40 usd). Si están viajando por Japón, la web Hyperdia es muy útil para armar los recorridos en tren.
  • Alojamiento: hicimos Airbnb por ¥2000 (20 usd) la noche cada uno. En Japón es muy difícil conseguir un alojamiento que baje de ese precio por persona. En teoría con Airbnb alquilás un cuarto en una casa de familia o un departamento entero, pero en Japón hay muchos hoteles o guesthouses que también usan esa red. Si se suscriben a Airbnb [eafl id=”21125″ name=”The art of travel” text=”Book Depository”], tendrán usd 33 de descuento en la primera reserva (y a la vez me estarán ayudando a viajar, ya que yo obtendré el mismo descuento).
  • Otra buena opción para practicar slow travel es hacer housesitting o cuidar casas mientras los dueños no están. Si quieren saber más acerca de esta modalidad, les recomiendo La guía de housesitting, la más completa en español. Pronto estaré escribiendo acerca de nuestra primera experiencia ya que acabamos de cuidar una casa en Tokio. Hay muchas redes que conectan cuidadores con dueños, nosotros estamos usando [eafl id=”21134″ name=”Trusted Housesitters” text=”Trustedhousesitters.com”].
  • Libros recomendados acerca de slow travel:
    • “The Idle Traveler”, de Dan Kieran, es uno de mis libros preferidos y resume muy bien la filosofía que implica viajar lento. Lo consiguen a través de [eafl id=”21135″ name=”The idle traveler” text=”Book Depository”] y [eafl id=”21136″ name=”The idle traveler (Amazon)” text=”Amazon”].
    • “The Art of Travel”, de Alain de Botton, es otro libro que habla acerca del lado B de los viajes y cómo todo no siempre sale como esperamos. También se consigue a través de [eafl id=”21125″ name=”The art of travel” text=”Book Depository”] y [eafl id=”21137″ name=”The art of travel (Amazon)” text=”Amazon”].
    • “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré, fue uno de los primeros libros de la movida slow, y si bien no es específicamente de viajes, pone en contexto al slow travel como parte de algo más grande. También se consigue a través de [eafl id=”21138″ name=”Elogio de la lentitud” text=”Book Depository”] y [eafl id=”21139″ name=”Elogio de la lentitud (Amazon)” text=”Amazon”].[/box]

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“El síndrome de París”, mi segundo libro, fue escrito frente al mar y es también una celebración a los viajes lentos, interiores y personales. En mi Tienda está toda la info para conseguirlo.

Rompecabezas de Tokio

Cada vez que nos mudamos de zona en Tokio pienso que cambiamos de ciudad. Durante estas tres semanas vivimos en Sumida, Shibuya, Shinagawa y Kawasaki y cada traslado fue como llegar a un destino nuevo. Tal vez esto de pensar que un lugar está desconectado del anterior sea el resultado de viajar bajo tierra o en trenes híper rápidos. El síndrome del metro. Cuando vi Tokio por primera vez, desde la ventana del tren que nos trajo del aeropuerto, me pareció que era todo más o menos igual: cables, edificios, carteles, mucho gris. Al menos desde cierta altura y a toda velocidad se veía así, como el estereotipo de la gran ciudad de cemento. Tampoco sabía qué esperar de una metrópolis donde conviven 39 millones de personas, además de viviendas angostas apiladas una encima de la otra y mucha gente junta.

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Primeros acercamientos a Japón

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Mi película preferida de la infancia era Chatrán, pedía que me la alquilaran siempre en el videoclub. Todavía me acuerdo de cómo sufría cada vez que veía la escena en que el gato se caía al río en una caja de cartón. Tiempo después me enteré de que es una película japonesa.

Crecí jugando al Super Mario, primero en el Game Boy, después en el Super Nintendo, después en el Nintendo 64, ahora en la Wii. Un amigo me dijo que el Super Mario es mi cocaína. Su creador es japonés.

En Perú, mi amiga Olga me hizo ver los videos de Pankun, un chimpancé japonés que se viste de humano y se sube al metro, sale a pasear con su perro y se saca fotos en una cabina.

Desde que un amigo peruano me mandó por correo el libro “After Dark” y me puso en la dedicatoria que presentía que me iba a gustar, no puedo parar de leer a Murakami.

Antes de viajar a Asia en el 2010 entrevisté a Fernando Kabusacki, un guitarrista argentino. Me contó que viajaba mucho a Japón y que tocaba con músicos japoneses: “Yo no hablo japonés y ellos no hablan español ni inglés, pero nos subimos al escenario e improvisamos música juntos”.

Conocí por primera vez a un japonés en Malasia. Mi amiga china Journey, que durante mi viaje por el Sudeste fue mi intérprete cultural de Asia, me señaló a un chico que iba con una toalla en el cuello y me dijo: “He’s Japanese. Japanese people always wear towels”. Era japonés y me lo volví a encontrar unos meses después de casualidad en las escaleras de la salida de emergencia de un edificio en Singapur. Tenía la toalla.

En Singapur viví en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés muy conocido en la ciudad. Cuando lo conocí, en el 2010, ya había alojado a 500 personas. Me pareció muy silencioso y amable. Cocinó empanadas argentinas. Hace unos días soñé que Kuni me llamaba a un teléfono público para decirme qué lugares de Tokio no me podía perder. “Andá a DUMBO”, es lo único que recuerdo de lo que me dijo.

Tuve un novio indonesio que quería ser japonés. En Bali me enteré de que muchas japonesas viajan a la isla para estar con los taxiboys balineses.

En el Jardín Japonés de Buenos Aires me encontré con una convención de otakus y les saqué fotos. A veces creo que los fans de Japón saben algo que yo no.

Siempre amé la papelería sin saber que mucho de eso proviene de Japón. Sigo usando la tijera de Hello Kitty de cuando tenía 6 años. Sanrio, Made in Japan.

Cuando alguien dice sushi ya no puedo pensar en otra cosa.

Un francés me contó que existe un síndrome que sufren algunos japoneses la primera vez que viajan a la capital francesa: el síndrome de París. Tiene que ver con el choque que sienten entre sus expectativas y la realidad. Estuve dos años con ese síndrome.

Entre el 2010 y el 2011 viví casi un año y medio en el Sudeste Asiático. No fui a Japón. No sentía que fuera el momento (y me parecía muy caro).

Las curiosidades que se publican de Japón en internet siempre suelen llegarme por alguna vía u otra: cámaras ocultas rarísimas, islas donde solo habitan gatos, un bosque donde la gente va a suicidarse, hombres que duermen en cápsulas, sabores raros de Pepsi, sandías cuadradas, gente que se disfraza de personajes de animé, dispensers de bombachas, inodoros supersónicos.

También:
este capítulo de Los Simpson,
este video de Saturday Night Live,
las películas de Miyazaki,
los haikus de Basho,
los cuadros de Hokusai,
Pokemon Go
y tanto más.

Diría que casi el 90 por ciento de las veces que dije que mi nombre es Aniko, la siguiente pregunta fue: “¿Es japonés, no?”. ¿Tengo cara de japonesa? Me dijeron Yoko, Amiko, Akiko, Ariko. Hasta me rebautizaron Haiku. Una vez me contrataron en un trabajo por “mi nombre japonés” (mi jefe sabía que yo no era japonesa pero quería una firma exótica en su revista).

Tengo un marido francés que admira Japón desde que es chico y su sueño siempre fue venir acá. Con él miré “Death note” mientras llovía en Biarritz y, una tarde en Buenos Aires, compramos dos pasajes de ida a Tokio.

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***

Me dijeron muchas cosas acerca de Japón:

“Gente: dejen todo y vayan a Tokio una vez en su vida”, me dijo una amiga de la facultad cuando volvió de su primer viaje a Japón,

“No me gustó, los chicos no querían jugar conmigo, parecen robots”, me dijo un nene que fue con su familia,

“Fui a una discoteca donde estaba prohibido bailar”, me dijo un amigo,

“Es todo caro y casi no hablan inglés”, me adelantaron,

“Flashearás”, me prometieron.

“Es otro mundo”, fue la frase más usada.

Yo solo podía preguntar, googlear e imaginar a lo lejos. Durante los tres meses previos al viaje me dediqué a armar una lista: “Cosas bizarras que quiero encontrar en Japón”. Ahora la miro y siento que me quedó muy ingenua.

Videos japoneses en el avión a Tokio

Videos japoneses en el avión a Tokio

La noche antes de viajar, en Nueva York, miré el mapa de Tokio y me asusté. Es el área metropolitana más poblada del planeta con 38 millones de habitantes. Quién nos manda a irnos a vivir a Japón, aunque sea por tres meses. No conocemos a nadie, no hablamos el idioma, todo es carísimo, qué vamos a hacer allá. Nuestra idea era instalarnos un mes en Tokio, seguir trabajando cada uno a distancia en lo suyo (L es programador), recorrer un poco el país y después huir del invierno. Qué teníamos en concreto: nada. Solo dos reservas de Airbnb para los primeros veinte días en Tokio. Yo tenía mucho miedo de sentirme perdida.

El avión japonés en el que viajamos fue un adelanto de lo que nos esperaría al llegar:
los inodoros tenían botones,
los baños eran impecables y muy espaciosos,
las azafatas hacían reverencias,
comimos con palitos cosas que no sé qué eran,
en la tele pasaban programas japoneses con muchas letras sobreimpresas en colores,
los pasajeros eran muy silenciosos,
mi vecino no hablaba inglés,
no hubo turbulencia.

A pesar de todo no dormí. Cuando llegamos a Tokio era mediodía, nuestro cuerpo seguía 12 horas más atrás y yo ya no sabía quién era ni dónde estaba.

Primeras imágenes de Tokio

Primeras imágenes de Tokio

El mapa de trenes de Tokio

El mapa de trenes de Tokio

Primera impresión en el aeropuerto: “No entiendo nada”. Había demasiada información visual. Preguntamos cómo llegar a la casa de nuestra anfitriona, nos dieron el mapa de metros y trenes de Tokio y ahí sentí: “No, ahora sí que no entiendo nada”. Logramos comprar los boletos —ya ni me acuerdo cómo hicimos, creo que cambiamos plata y que en las máquinas había un botón que decía English—, nos subimos al tren y yo seguí sin entender. En los asientos veía japoneses durmiendo, otros mirando el celular, otros leyendo. Ninguno nos miró con especial atención. Detrás de ellos un paisaje verde a toda velocidad. Más de una hora después nos bajamos en Sumida, el primer barrio de Tokio en el que nos quedaríamos. Con un wifi que encontré en la estación pude marcar en el mapa la ubicación exacta de la casa de Rie, la chica que nos alquiló una habitación por una semana. Ahora que ya vi más de Tokio siento que Sumida fue un regalo de bienvenida. Era un barrio antiguo de calles curvas.

En esos diez minutos de caminata vimos:
mucha gente en bicicleta,
más de diez máquinas expendedoras de bebidas al aire libre,
ningún auto estacionado en las veredas,
chicos jugando solos en la calle,
paraguas y zapatos en las puertas,
ninguna reja,
plantas del lado de afuera de las casas,
un espacio público muy cuidado,
bastantes policías controlando el tráfico, que era mínimo,
autos cuadrados y compactos, como comprimidos,
dibujitos muy cute en cualquier cartel o anuncio,
bicis sin atar.

Yo vi un lugar muy distinto al Sudeste Asiático. Nada de caos en las calles, nada de gente viviendo su vida privada en el espacio público, nadie que nos dijera “miss, mister, taxi, where are you from?”.

Sumida y sus bicis sin atar

Sumida y sus bicis sin atar

Plantas en los frentes

Plantas en los frentes

Paraguas secándose

Paraguas secándose

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Máquinas expendedoras

Máquinas expendedoras

Detalles cute en cada cartel

Detalles cute en cada cartel

Mini autos

Mini autos

Todas las noches cuando volvíamos a la casa veíamos esta escena

Todas las noches cuando volvíamos a la casa veíamos esta escena

Rie nos había dicho que no iba a estar en su casa cuando llegáramos y que nos había dejado la llave en el buzón. Intentamos abrir el buzón con la clave que nos dio —que era facilísima y solo requería un movimiento— y no pudimos. Probamos varias veces y no funcionaba. Como las calles en Tokio no suelen tener nombre ni número, tampoco estábamos seguros de que estuviéramos en el lugar correcto. Jet-lag, cansancio, enojo, calor. No sé qué día es, esto no puede estar pasando. Estuvimos unos quince minutos parados delante del buzón viendo qué hacer hasta que saqué una lapicera y entre los dos pescamos las llaves —deja-vu: ya hicimos esto una vez en Biarritz, en nuestro propio buzón, cuando la dueña de la casa se olvidó de darnos la llave y a mí me llegó un paquete—. No es que me sienta orgullosa —o quizá sí— pero logramos sacar las llaves del buzón cerrado y pudimos entrar. “¿Te imaginás si esta no es la casa de Rie y hoy a la noche aparece una familia japonesa y nosotros estamos acá?”, le dije a L. Pero cuando abrimos la puerta y se nos tiró encima un perrito para llenarnos de besos supimos que era ahí. En su perfil de Airbnb, Rie sale con Maron, su perrita. Me acosté a descansar y me quedé dormida hasta el día siguiente.

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Mirando el pronóstico del tiempo (me encanta la manito que señala)

Mirando el pronóstico del tiempo (me encanta la manito que señala)

Caminando por Ginza

Caminando por Ginza

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En el super, tratando de descifrar

En el super, tratando de descifrar

A mi cuerpo le costó acostumbrarse a Japón. Los primeros días dormimos en colchonetas en el piso y me dolían los huesos de la cadera de estar de costado. A las 8 de la noche ya me daba sueño, a las 9 me quedaba dormida y a las 5 de la mañana me despertaba sin saber qué hacer —una vez me puse a ver Lost in translation—. Tenía hambre en horarios raros y no salía pensando que estaba todo cerrado. Cuando salía tampoco encontraba comidas que me encantaran y muchas de las cosas que veía en el supermercado las tenía que adivinar (“que no sea cerdo, que no sea cerdo”). Salía a caminar por la ciudad y me daban unos mareos que el piso se me movía como en un barco. Las estaciones de metro y de trenes me abrumaban de tanta información. El jet-lag me duró como diez días.

Ahora, después de casi 20 días explorando Tokio siento que acá es donde tenía que estar.

————

* En el próximo post hablaré mucho más de Tokio, pero si quieren ir leyendo acerca de mi viaje en tiempo real puede seguirme por Instagram o Facebook.

* Les dejo un cupón de descuento para su primera reserva en Airbnb (si lo usan nos están ayudando ya que nos dan un descuento a nosotros también).

Todo lo que me llevo a Japón

Lo primero que sentí fue angustia. Cómo que ya nos vamos de Buenos Aires, no me puedo ir ahora, no me quiero ir ahora, qué voy a hacer con todo esto, con mis sobrinos que ya me dicen “tía”, mi escritorio nuevo, la luz miel que entra por la ventana a las diez de la mañana, los tés de durazno que tomo parada en la cocina, mis noches aprendiendo a dibujar, los journals que apilo en la mesa de luz, los talleres que doy en Buenos Aires, las presentaciones de mi libro que van a quedar pendientes, los colectivos que me llevan a cualquier punto de la ciudad, la china que me regala caramelos de dulce de leche cuando me ve con tos, las meriendas con amigas, las ilustraciones de Flow que pego en la pared, todo este espacio vital que me contiene. Yo sabía que el plan era un año acá y después Japón y después no sé pero tenía la ilusión de estirarlo, de que de golpe fuese 2017 y oh, seguimos acá, y de que de golpe fuese 2020 y oh, seguimos en Buenos Aires y mirá, nunca más nos fuimos y la escritora le ganó a la viajera definitivamente. Viajé durante dos años —durante ocho— buscando un hogar, solo para darme cuenta de que ese hogar estaba acá, en el punto de partida, de que me fui a dar la vuelta al mundo para poder volver a casa. Y ahora me toca irme otra vez, justo cuando me estaba acomodando. Sentí que estaban por sacarme de mi hábitat, como si fuese un peluche dentro de una máquina y un gancho estuviese a punto de agarrarme para tirarme por un hueco hacia otra realidad.

Estuve tres días así.

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Qué hacer con tanto Buenos Aires

Al tercer día, algo en mi cabeza me dijo: “Pará. ¿Qué te pasa? A vos te gusta viajar. Tampoco es una tortura irse a Japón”. Y me puse a buscar pasajes. Miré todas las opciones que aparecían en los buscadores, comparé, intenté comprar uno y me rebotó la tarjeta y justo apareció Buenos Aires – Tokio con escala en Nueva York a muy buen precio. Ni lo pensé. Llamé por teléfono: “¿Nos pueden estirar la escala en NY para quedarnos una semana? ¿Por el mismo precio? Listo. Dame dos. Solo ida”. Fecha de partida: 6 de septiembre. Faltaban tres meses y diez días. De golpe sentí que me quedaban tres meses y diez días de vida (en Buenos Aires) y algo adentro mío se activó. Como si me hubiesen dado cuerda, empecé a organizar más presentaciones del libro, me decidí a dar los talleres de escritura creativa que venía posponiendo —“total voy a estar bastante en Buenos Aires”—, le mandé mensajes a mis amigas, en tres meses nos vamos quiero verte, terminé trabajos pendientes, empecé proyectos editoriales nuevos, ordené la casa, regalé cosas por Facebook, vendí otras por Mercado Libre, me puse a leer como hace tiempo no leía, sabiendo que mi biblioteca no se va conmigo. La urgencia de aprovechar el tiempo al máximo. Pensé: no puedo creer que nos vamos a Japón, y empecé a llenar páginas de mi cuaderno con cosas que quiero hacer y ver y encontrar en Japón.

Tenemos una cita.

Tenemos una cita.

Cuando digo que me puse a leer...

Cuando digo que me puse a leer…

...quiero decir: me puse a leer.

…quiero decir: me puse a leer.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Y me fui a Mar del Plata a presentar el libro, de paso.

Estuve así —sigo así, hiperactivada— varios días. Pero la angustia no se iba del todo y yo no entendía bien por qué. Lo hablé con mis amigas del colegio.

—Siento que vivo en una dualidad, soy dos personas: la viajera que quiere dar la vuelta al mundo y…

—…y Ani —me dijo Sofi, que me conoce desde sexto grado.

Sí. Y la Aniko de toda la vida que ama leer, escribir en cuadernos, usar resaltadores, tomar apuntes, socializar lo necesario y estar en casa (“Es que tu eres doméstica como un gato”, me dijo una de mis amigas peruanas). La Aniko-escriviviente que se potencia cada vez que vuelve a Buenos Aires y que hace de cuenta que nunca en su vida viajó (esto creo que ya lo expliqué en “viajera duplicada”). La Aniko que a veces piensa que quizá un día deje de viajar y muera aplastada por su propia biblioteca.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Esta es mi biblioteca, hermosamente ilustrada por María Luque.

Y como si esto fuese “En Ushuaia todo se conecta” —En Buenos Aires todo se conecta o En internet todo se conecta—, a los pocos días recibí el mail de una hongkonesa que decía así:

Hola Aniko, ¿qué tal? Soy estudiante de 18 años en Hong Kong y acabo de leer su libro ‘Días de Viaje’. Mi profesora de español lo me dio como un regalo de graduación y verdaderamente es uno de los mejores regalos que he recibido en toda mi vida. (…) No sé si ha leído el libro [eafl id=”21125″ name=”The art of travel” text=”‘The art of travel'”] por Alain de Botton, pero eso es mi biblia de viaje y pienso que a usted le gustaría mucho. Se trata de muchos temas incluso cómo capturar los momentos (a través de pintar, escribir, etc), cómo confrontar la realidad de no poder separar las tristezas de la vida cotidiana con la vida de viaje, por qué viajamos y más. Tiene muchos pensamientos en común con ese autor entonces sería interesante leerlo. (…)

Que me recomienden un libro es uno de los mejores regalos que me pueden hacer, así que salí corriendo a comprarlo (es una manera de decir, porque compré el ebook por Amazon, pero fui corriendo a mi cama para empezar a leerlo). Y entre las reflexiones de Alain de Botton empecé a entender lo que me pasaba: lo que me pone mal de irme de viaje, hoy, es perder todo lo que forma mi hogar, todos estos rituales diarios que fui descubriendo y construyendo de a poco y que me dan una felicidad cotidiana. Los journals, marcadores, lápices, cuadernos, las lecturas, los tés, mi cuartito azul: todo lo que tengo que dejar en Buenos Aires para empezar un nuevo viaje largo (porque pesa, porque uno no se lleva lo cotidiano de viaje, porque a quién se le ocurre cargar la mochila de journals, porque uno se va de viaje para hacer lo que no hace en casa). Y ahí pensé: “Pará. ¿Y quién dice que no me puedo llevar todo esto encima?”.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo.

Mi cuartito azul, mi espacio de trabajo, mi refugio, mi lugar en el mundo. ¿Cuándo inventarán una empresa que haga mudanzas de cuartos a otros países?

Mis revistas Flow.

Mis revistas Flow.

Mis cuadernos.

Mis cuadernos.

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Los cafés con amigas (las manos y el dibujo son de María Luque. El dibujo de abajo es mi copia del menú del bar).

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga.

Uno de los amores de mi vida: la hija de mi mejor amiga. (A ella sí que no me la puedo llevar en la mochila… aunque si mi amiga se distrae…)

Este cielo que cambia.

Este cielo que cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Y cambia.

Una luz que entra así.

Una luz que entra así.

Edificios que se ponen de este color.

Edificios que se ponen de este color.

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Amigas talentosas que hacen proyectos increíbles. Este dibujo es de Vero Gatti y aparece en su serie web “Psicosomática”.

Esa noche o la siguiente revisé mi primer diario de viajes, el del 2008, buscando ideas para escribir un artículo que me habían encargado de Costa Rica. Al releerme me encontré con los textos de alguien que ya no soy yo y entendí que viajar con 30 no va a ser lo mismo que viajar con 20 porque ahora busco y me importan otras cosas. Entendí también que nada me obliga a viajar como antes, que no tengo por qué quedarme atada al fantasma de mi antigua yo, que es momento de soltar mis reglas pasadas y crearme nuevas, de cambiar mi paradigma, de aceptar la transición: ya no “viajar liviana en busca de un hogar” sino “viajar lento y con el hogar encima”, llevármelo en el equipaje, aunque pese un poco más. Y darme cuenta de esto, por más que ahora me suena obvio, me alivió y me sacó la angustia. Tener la certeza de que siempre podré seguir eligiendo cómo viajar, de que no hay una manera correcta o incorrecta, me dio tranquilidad. “Ya encontré mi hogar: L, los cuadernos, los marcadores, los journals, los libros, mi espacio de trabajo. Que irme de viaje no implique perder todo lo que gané y lo que me hace bien”, escribí en mi cuaderno, seguido de: “En realidad nos vamos a trasladar la vida a Japón por un rato”.

Y a veces la transformación viene antes.

Y a veces la transformación viene antes.

El de Japón será el viaje de los cambios:
voy a cambiar mi equipo fotográfico por uno mucho más portátil y liviano,
voy a volver a la fotografía callejera,
voy a reducir todos mis cuadernos a uno solo
(estoy en pleno casting, eligiendo cuál se va conmigo),
voy a llevarme mis rituales cotidianos encima y veré si los puedo adaptar a mi vida allá,
voy a llevarme varios journals y los materiales para dibujar y colorear,
aunque me pesen en la mochila,
momento: ¿voy a llevar mochila?,
empiezo a pensar en otras opciones, aunque la mochila cuesta dejarla.
Ya no quiero moverme tan rápido, L tampoco,
aunque eso implique conocer menos ciudades.
Ya no puedo ser huésped constante.
Me tienta la idea de cuidar casas,
no me tienta: me parece ideal para este próximo viaje
porque como dice Maga, es una manera de viajar y estar en casa a la misma vez.
Nos vamos con pasaje de ida y con el plan de vivir varios meses en cada lugar.
No sé cuándo volveremos
pero sé que siempre existe la posibilidad de volver.
Quiero que mis principales ocupaciones en Japón sean caminar, sacar fotos, escribir:
llenar cuadernos y blogs, pensar en un futuro libro.
Quiero dejar de ser mi propia secretaria,
dejar de posponer tardes de escritura porque tengo que responder mails,
dejar de salir porque tengo que resolver cosas.
Quiero que Japón me devuelva el tiempo libre que Buenos Aires me saca.
Porque el viaje, me doy cuenta, me da eso: tiempo.
Tiempo que en Buenos Aires se llena de cosas urgentes y compromisos y encuentros que no puedo no concretar porque quién sabe cuánto tiempo estaré acá y todo eso.
Quiero reconectarme con mi yo viajero.
Quiero construir mi mapa subjetivo de cada lugar que visite.

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Sepan que si todavía no le vieron la cara a L es porque quiere mantenerse en el anonimato. Pero bueno, lo iré mostrando por partes (no le digan nada). Aquí: sus rulos. <3

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Así que allá vamos, dentro de pocos meses empiezo mi quinto viaje largo y ya hay varias propuestas e ideas: un viaje de prensa a China, un respiro del invierno en el sudeste asiático o en Fiji, por ejemplo, y después, tratar de armar el viaje en función de las casas que aparezcan para cuidar. Ya les contaré qué nos depara la vida en esa región del mundo.

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