déjà vu (por las calles de Budapest)

déjà vu (del francés: ya visto) es esa sensación de que ya viviste en el pasado lo que estás viviendo en el presente (haya ocurrido o no). Algunos dicen que el déjà vu es la memoria de los sueños.

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En todas las ciudades del mundo, en general, se repite la misma historia: una persona nace, crece y pasa gran parte de su vida en ese escenario; quizá viaja por trabajo, por placer, por vocación, y después vuelve, sigue viviendo, trabaja, se enamora, tal vez se desenamora, crece más, tiene amigos, tiene hijos, tiene nietos y tiempo después muere en esa misma ciudad. Para algunos, viajar o mudarse a otra ciudad o país es normal, pero la mayoría de la gente suele quedarse en el lugar donde nació. A veces pasa, sin embargo, que una circunstancia extraordinaria irrumpe el fluir cotidiano de esa ciudad y quiebra la vida de las personas en dos: hay un desastre natural, una guerra o una dictadura, y miles (quizá millones) de personas se tienen que ir a otro lado, tienen que escaparse o exiliarse contra su voluntad, tienen que dejar una ciudad y una vida que quizá no tenían ganas de dejar y están obligados a empezar de nuevo en un lugar distinto. Esto pasa en todas partes del mundo, y esto le pasó a millones de familias húngaras durante las grandes guerras del siglo veinte.

Budapest y el Danubio

Budapest y el Danubio

Todas las fotos de este post  son de Budapest

Todas las fotos de este post son de Budapest

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La primera sensación que tuve al llegar a Budapest fue que había viajado en el tiempo, como si el trayecto en auto desde Francia también me hubiese llevado un par de siglos hacia atrás. “Esta ciudad debería estar en un museo”, me dijo L. cuando vimos el tranvía amarillo y las construcciones antiguas de Buda (porque Budapest es la unión de tres ciudades: Buda, Pest y Óbuda) por primera vez. Habíamos llegado un domingo. Unos días después salí a caminar y me sentí en una Europa muy distinta de la que había conocido hasta el momento. Estaba en una ciudad majestuosa y a la vez descascarada, antigua y melancólica, imponente y un poco descuidada (una dualidad que me fascina y que, para mí, define a las ciudades más lindas). Sentía que Budapest me transmitía una tristeza sutil en suspiros mientras yo la caminaba: “Hola, sí, soy yo, Budapest… ¡pero ay, qué vida la mía!”, como si levantara los hombros, respirara y se desinflara en recuerdos. No tuve mucho tiempo libre para conocerla: enseguida me metí en la vorágine de la rutina (mis estudios de húngaro y todas las actividades complementarias del instituto) y dejé que la ciudad se convirtiera en el telón de fondo de mis actividades durante cuatro semanas.

Hay construcciones así

Hay construcciones así

y así

y así

y puentes

y puentes

castillos

castillos

y frentes descuidados (los que más me gustan)

y frentes descuidados (los que más me gustan)

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y este tipo de construcciones también

y este tipo de construcciones también

Una semana antes de terminar el curso conocí a mi familia húngara (de parte de mi abuelo materno) y nos fuimos al aeropuerto a buscar a mi mamá y a mi papá que estaban llegando de Buenos Aires después de diez meses sin vernos. La familia de mi mamá (tanto mi abuelo como mi abuela) era oriunda de Budapest: mi abuelo era arquitecto-ingeniero civil y pintor, y mi abuela cantante y actriz de teatro y de cine. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron que huir de Hungría por motivos políticos, así que se subieron al último tren de la Cruz Roja —mi abuela, embarazada de mi mamá— que partió de Budapest a Alemania poco antes de que el régimen comunista cerrara las fronteras del país. Hungría quedó del otro lado de la Cortina de Hierro, y mis abuelos dejaron ahí a sus padres, que no quisieron abandonar su tierra y murieron tiempo después sin haber podido conocer a sus nietas. Mis abuelos vivieron los tres años siguientes en distintos pueblitos de la Bavaria alemana, donde nació mi mamá y una de sus hermanas. Después cruzaron en barco a Argentina (país que los recibió como a otros millones de refugiados de guerra e inmigrantes europeos) y vivieron el resto de sus vidas en Buenos Aires. Aprendieron castellano y se adaptaron al modo de vida argentino, aunque mantuvieron las costumbres y el idioma húngaros. Si bien soñaban con volver a Hungría, nunca pudieron hacerlo.

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Cuando volvíamos del aeropuerto hacia el centro de la ciudad le dije a mi papá: “Budapest te va a encantar, no sabés qué linda que es, los puentes son impresionantes, las construcciones son muy antiguas, hay…”, y me interrumpí: “A vos ma no te digo nada porque ya conocés”. Y ahí me respondió algo que nunca jamás en mi vida me había planteado: “No Ani, yo nunca estuve en Budapest”. Al principio no le creí: “¿Cómo que no? Si viajaste a Europa en los 70, cuando viniste a conocer tu pueblito en Alemania, y también viniste a Budapest…¿no?”. Y me respondió algo que rompió todos mis esquemas: “Ani. Esta es la primera vez que vengo a Hungría”. QUÉEEEEE. Toda mi vida di por sentado que mi mamá (húngara, criada como húngara, con nombre húngaro, que habla húngaro perfecto) conocía su país, y resulta que la otra vez que vino a Europa, Hungría todavía estaba bajo el régimen comunista y ella prefirió no conocer. “O sea que estás pisando tu país por primera vez, no lo puedo creer”, le dije. Pero ella estaba en otra: leía todos los carteles en voz alta y me los traducía, y cada vez que veía algo que le gustaba decía “milyen szép!” (¡qué lindo!) con la nariz pegada a la ventana. Ahí, cuando la escuché explicando el significado de algún cartel, fue cuando tuve el primer déjà vu: pará, esto yo ya lo viví, o quizá lo soñé, pero me acuerdo. 

Mi mamá llegó el día de Szent István király y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

Mi mamá llegó el día de St. Stephen y vio los fuegos artificiales y festejos en honor al primer rey de Hungría.

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Baldazo de agua fría

Baldazo de agua fría

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Si bien durante las cuatro semanas que duró el curso me moví bastante por la ciudad, empecé a conocerla el día que me dieron el diploma de fin de curso, cuando la rutina ya no me tenía los ojos vendados. Volví a caminarla con la cabeza despejada y redescubrí lugares por los que había pasado todos los días sin mirar. Iba con mi mamá y le dije: “Fahh, mirá esa construcción qué linda, nunca caminé por acá”, y pocos metros después me di cuenta de que estaba a la vuelta de uno de los barcitos donde cené un montón de veces (fue como un déjà vu pero tardío). Cuando uno no mira, no ve. Saqué un montón de fotos de los edificios y las esquinas y decreté que Budapest es una de las ciudades más lindas y fotogénicas que conocí en mi vida, y no solo porque sea Budapest, sino porque no es perfecta ni pretende serlo, y eso es lo que más me gusta de ella. Durante nuestras caminatas descubrí que en ella (como pasa con tantas ciudades) se esconden y conviven otras: yo vi a Madrid, a París y a Buenos Aires.

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Memorial a Michael Jackson

Memorial a Michael Jackson

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

Una de las tantas casas de baño de la ciudad

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Un día antes de irnos de Budapest me senté sola frente al Danubio, en el memorial de los zapatos (dedicado a los judíos que fueron asesinados frente al río y obligados a dejar sus zapatos en la orilla antes de ser fusilados), y me puse a pensar en mi abuelo. ¿Cómo habrá sido su vida en esta ciudad? ¿Por dónde habrá caminado? ¿Se habrá sentado acá alguna vez? ¿Qué hubiese sido de él si se quedaban durante el régimen comunista? ¿Quedará, acá, gente que lo conoció en persona? ¿Lo recordarán por sus obras? (Diseñó, entre otras cosas, el antiguo aeropuerto de la ciudad, varias iglesias y edificios, pero el régimen soviético sacó todas las placas con su nombre). Pensé en todas las cosas que pasaron en esta ciudad (las tomas, las guerras, los bombardeos, la destrucción, los enfrentamientos, la revolución) y entendí un poco el por qué de esa tristeza que me transmitió el primer día. También entendí, después de conocerla más, el por qué de la nostalgia de los húngaros exiliados por su tierra. Budapest es tan linda que duele.

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Y durante esas horas que pasé frente al Danubio pensé que la vida, al final, consiste en dónde pasás tu tiempo y cómo. Al final todo se reduce a eso. Nacemos, recibimos un cuerpo, aprendemos un idioma y con él una manera de entender y ordenar la realidad que nos rodea, tenemos una cultura y una nacionalidad que nos moldea. Hacemos cosas, tenemos historias, pasamos por situaciones difíciles y agradables. Y en este tablero algunos necesitamos el movimiento para ser felices y otros son obligados a moverse y no quieren. Hay quienes nacen en el lugar que sienten correcto y otros en el que consideran equivocado. Y hay miles, millones, que viven con nostalgia del lugar que tuvieron que abandonar: su ciudad, el lugar donde crecieron, su país. Y esa, sospecho, debe ser una de las tristezas más difíciles que nos toca soportar.

[box border=”full”]Les recomiendo el libro “La mujer justa” de Sándor Márai (escritor húngaro). Una misma historia contada por sus tres protagonistas, una reflexión profundísima y excelente acerca del amor, la soledad, la muerte y los mandatos sociales. Y está situada en Budapest.[/box]

Ojos nuevos

I can speak Hungarian, what’s your superpower? / Hablo húngaro, ¿cuál es tu superpoder?
(Mensaje visto en una remera* en Budapest) (*en Argentina, remera —y no ramera ni mujer que rema— es lo que en otros países llaman polo, camiseta, chomba… o en inglés: shirt)

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Por las calles de Budapest

Cuando dije que iba a aprender húngaro muchos me preguntaron para qué. Con el modo sarcasmo activado, me dijeron: “Ah, pero te va a ser muy útil”. Sí, tanto como el poco indonesio que hablo o el catalán que quiero aprender. Nos enseñan a ver los idiomas desde el lado práctico y no desde el humano. Aprender un idioma que se habla en un solo país o región y que no sirve para comunicarse internacionalmente parece una pérdida de tiempo, plata y esfuerzo. Es cierto que en este mundo los idiomas que hay que aprender son otros, pero los que salieron elegidos están en el podio solo por una cuestión de historia. Si las cosas se hubiesen dado distinto quizá todos estaríamos hablando latín, ruso o mandarín (dicen que es el idioma que se viene). Lo lindo de aprender otro idioma (sobre todo si es uno muy distinto al propio) es que a la vez aprendés a ver el mundo con ojos nuevos: a new language gives you a new mindset. Un lenguaje nuevo también te da una manera nueva de pensar y de entender la realidad. Y esa, para mí, es la mayor ganancia.

El tranvía en Budapest

El tranvía en Budapest

Vista de Budapest

Vista de Budapest

Pasé 29 años escuchando a mi mamá hablar húngaro. Como nunca entendí lo que decía, no le presté demasiada atención. A mí me sonaba a idioma inventado: seguro que ella y sus hermanas lo crearon cuando eran chiquitas, jugando, y lo mantuvieron de grandes para poder hablar en secreto delante de todos (como el jeringozo o ese idioma escrito de palitos y puntitos con el que me escribía cartas indescifrables con una amiga en el colegio). El húngaro me parecía un idioma tan imposible que ahora, después de haber hecho un curso de un mes, no puedo creer que ya tengo noción de la gramática, que puedo decir algunas cosas básicas y que puedo leer (y mitad inferir) los carteles más básicos de Budapest. Nada es imposible.

Ahora sé que "otthon" significa "en casa", pero el día que saqué la foto no tenía ni idea.

Ahora sé que “otthon” significa “en casa”, pero el día que saqué la foto no tenía ni idea.

Atardeceres desde mi ventana

Atardeceres desde mi ventana

Cuando dije que iba a estudiar húngaro, otra de las cosas que me preguntaron fue: “Y es parecido al alemán, ¿no?”. No. El húngaro no se parece a ningún otro idioma, es como una isla lingüística en medio de Europa. No pertenece a las lenguas indo-europeas (como el inglés, el español, el ruso, el alemán, el francés, entre otros), tampoco a las eslavas (como los idiomas de la gran mayoría de los países de Europa del este); es un idioma de origen urálico, como el finlandés y el estoniano, pero que tampoco se parece demasiado a los de su grupo. “El húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo”, dicen por ahí. Y entiendo por qué: la gramática es complicada, las palabras se forman por aglutinación (se agregan sufijos y prefijos, se pegan dos o tres palabras y se forman palabras nuevas larguísimas), hay 14 vocales, hay que tener bastante memoria para recordar el vocabulario y hay ciertas conjugaciones verbales que parecen raps mezclados con trabalenguas. Lean, por ejemplo, estas palabras en voz alta (y pónganle ritmo y movimiento de mano): tettem tettél tett tettünk tettetek tettek. Felicitaciones, acaban de conjugar el verbo tesz (hacer) en pasado indefinido. Ya pueden decir que saben rapear en húngaro.

Conjugaciones

Conjugaciones

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Este cartel no lo entiendo todo, por ejemplo.

Los idiomas me fascinan. Si pudiera elegir un superpoder creo que cambiaría el de la teletransportación por el de ser capaz de hablar todos los idiomas del mundo. Me pongo a pensar en cómo nacen los idiomas y en cómo es que nosotros nacemos con la capacidad de aprender cualquier idioma y no encuentro respuestas. ¿Cómo fue? ¿Un día un húngaro empezó a señalar cosas y a darle nombres al azar? ¿Y cómo se llegó al acuerdo de que ese elemento, de ahora en más, se iba a llamar así? ¿Y cómo se inventaron las letras? ¿Por qué se le pusieron puntitos y palitos y colitas? ¿Y quién decidió la pronunciación? ¿Y cómo es que un chico, a determinada edad, es capaz de empezar a hablar? ¿Cómo es que entendemos que eso que tenemos adelante se llama así y que eso otro se llama asá?

¿Por qué en un lugar del mundo "panqueque" se dice "palacsinta"?

¿Por qué en un lugar del mundo “panqueque” se dice “palacsinta”?

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o “cine” se dice “mozi”…

Intento imaginarme el origen de cualquier idioma y no puedo, es algo que me sobrepasa. Lo mismo que las jergas: ¿quién inventa el slang? Sí sí, ya sé que es el idioma que se habla en la calle, que es el lenguaje informal, pero alguno debe haber sido el primero que dijo la palabra chamuyar, por ejemplo. No sabés cómo me chamuyé a esa mina, le habrá dicho a un amigo, y el amigo no entendió. Y de repente en otra parte del país alguien usó la misma palabra para la misma acción, pero ¿por qué? ¿Cómo supo? ¿Cómo se dio esa casualidad? Me exprimo la cabeza pensando en estas cosas. Es que amo las palabras y todo lo relacionado (hoy, caminando por Budapest, llegué a una de esas revelaciones obvias: las palabras son mi materia prima, otros trabajan con colores, con sonidos, con papel, con arcilla, con números. Yo trabajo con veintisiete letras que puedo combinar como quiera).

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El cartelito blanco dice “rossz a zár” (cerradura rota)

Hay otras palabras, como "posta", que son más fáciles de inferir.

Hay otras palabras, como “post” o “posta” o “postas” —todas relativas al correo—, que son más fáciles de inferir. El húngaro también tiene varias palabras que provienen del latín.

Y acá encuentro mi nombre por todas partes! :)

Y acá encuentro mi nombre por todas partes! :)

Hasta en las lapiceras estandarizadas.

Hasta en las lapiceras estandarizadas.

Y también me pregunto: ¿el idioma moldea la manera de ver el mundo? ¿O la manera de ver el mundo moldea al idioma? Los húngaros tienen un lenguaje muy musical (algo que, como pasa con cualquier idioma, se pierde en la traducción). El húngaro es un idioma de armonía: cada sufijo, por ejemplo, tiene dos o tres variantes, ya que el elegido depende de las vocales que tenga la palabra raíz (no sea cosa de que desentone). Es un idioma sin un orden estricto de palabras, al contrario, el orden se decide según lo que se quiera enfatizar. Por eso, quizá, es un idioma de poetas, de inventores y de creativos. ¿Será que los húngaros son creativos a causa de su lenguaje? ¿O crearon un lenguaje así porque ya eran creativos? ¿Qué vino primero: el huevo o la gallina húngara?    

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También encuentro mensajes en inglés.

También encuentro mensajes en inglés (acá casi todos hablan inglés).

Mi mamá está feliz porque llegó a un país donde todos hablan su idioma. Se la pasa leyendo y traduciendo carteles y me ayuda a practicar lo que aprendí. Durante este mes de estudio en el Balassi (el instituto donde aprendí húngaro) mi cabeza fue un lío: doy fe de que cuando uno empieza a aprender un idioma nuevo se le vienen a la cabeza todos los idiomas que aprendió alguna vez. Pensé que mi indonesio había quedado sepultado, pero cada vez que buscaba una palabra en húngaro en mi memoria aparecía, sin que la llamara, la versión en indonesio. A veces pienso que guardamos las palabras en otros idiomas como en bolsitas y cuando las buscamos aparecen en todas sus versiones conocidas (—¿Qué buscás? Ah, “gracias”. Mirá, esa la tengo en indonesio, en francés, en italiano, en portugués, en catalán, en inglés… ¿cuál querés?). También estoy aprendiendo francés (aunque por mi cuenta y muy de a poco) y fueron muchas las veces que estuve a punto de decir merci en vez de köszönöm o oui en vez de igen.

El instituto donde estudié. Atención gente con familia húngara, si les interesa aprender el idioma investiguen la web del Balassi, hay becas y muchos cursos interesantes.

El instituto donde estudié. Atención gente con familia húngara, si les interesa aprender el idioma investiguen la web del Balassi, hay becas y muchos cursos interesantes.

Collage que hicimos el último día de clases. Tomate se dice "paradicsom" (que en húngaro también significa paraíso). "Alma" es manzana. Gato se dice "cica" (se pronuncia tsitsa), "sör" es cerveza y pálinka es un trago que seguro les van a hacer probar si vienen para acá.

Collage que hicimos el último día de clases. Tomate se dice “paradicsom” (que en húngaro también significa paraíso). “Alma” es manzana. Gato se dice “cica” (se pronuncia tsitsa), “sör” es cerveza y pálinka es un trago que seguro les van a hacer probar si vienen para acá.

Pero lo mejor de haber estudiando un idioma en su país de origen es que vi cómo las palabras cobraban vida. Porque una cosa es aprender el idioma con libros y en clases, saberse la gramática y acordarse algo de vocabulario, pero otra cosa es ver esas palabras convertidas en algo real, casi tangible. Como cuando me senté a la mesa de la cocina de mi familia húngara y les dije lo que era cada cosa en húngaro (vaso, plato, cuchillo, tenedor, ensalada, pollo), o como cuando una húngara se emocionó porque le dije que sabía decir los colores en su idioma y me empezó a mostrar cosas para que le dijera de qué color eran, o como cuando dicté el número de teléfono de mi mamá en húngaro, o cuando le dije a una de mis parientas viszlat! (Chau chau, nos vemos) y me dijo holnap? (¿Mañana?). Pero lo mejor fue lo que me pasó el último día de clases, después de la ceremonia final. Salí del instituto con la cabeza mucho más relajada y por fin me dediqué a mirar de verdad. Leí, como todos los días, el cartel que está frente a la parada del colectivo (que nunca había entendido, pero leía porque estaba ahí), y me dije: “Pará. Elsö significa primero, szénsavas significa con gas, vodkája significa el vodka de y Magyarország es Hungría: ¡El primer vodka gasificado de Hungría!”. Leí mi primer cartel completo el mismo día que terminé de estudiar. Y ahí fue, también, cuando empecé a conocer Budapest.

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Sziget Festival (días 6 y 7): y todo lo demás también

[box border=”full”]Este es el último post de la serie dedicada al festival Sziget de Budapest. No es un error que haya saltado del día 4 al 6: es que el 5 no fui. Mis conclusiones y el lado A (de arte) y B (de be) de este festival.[/box]

Si bien este es el video resumen del Sziget 2013, el ambiente, los escenarios y la decoración fue casi la misma que la de este año. Cambiaron las bandas y el público, pero la esencia del festival se mantuvo. El Sziget —que significa “isla” en húngaro— se hace en la isla Obudai de Budapest y durante siete días es un mini país (o isla-estado) con gente de todas partes del mundo (cuando entrás te dan un pasaporte y todo). Pero que se celebre en una isla no quiere decir que esté aislado de la ciudad/país/mundo que lo rodea. Este año, el Sziget coincidió con tres aniversarios: los 45 años de Woodstock, los 25 años de la caída del Muro de Berlín y del cambio de régimen en Hungría y los 40 años de la invención del cubo Rubik por el húngaro Ernő Rubik. Lo que me parece interesante, también, es que nació como consecuencia de la situación del país.

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Sziget nació en 1993 como un campamento con música, arte y teatro. Fue organizado por un grupo de amigos con el objetivo de reavivar los festivales de verano, eventos que habían quedado sin financiación oficial tras la caída del comunismo en 1989. Lo pensaron como algo para divertirse y lo planearon durante su tiempo libre. La primera edición se llamó Diáksziget (isla de los estudiantes) y reunió, durante siete días, a músicos y artistas húngaros y a 43.000 personas. Era la primera vez que se organizaba algo así en el país y las ganancias no alcanzaron para cubrir la inversión, pero aquel grupo de amigos decidió seguir organizando una edición por año del festival. Recién en 1997 lograron recuperar los costos con ayuda de sponsors. Hoy, veintiún años después, el festival se convirtió en uno de los más grandes de Europa. Pero la esencia, según nos explicaron sus organizadores actuales, sigue siendo la misma: un campamento de amigos con música, arte y teatro.

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En esta edición de Sziget, además de música, hubo juegos y espectáculos. Por ejemplo: una carpa de circo con shows en vivo, un dragón que todas las noches largaba fuego, una carpa de juegos lógicos (cubos rubik, ajedrez, campeonatos de poker), clases de yoga, tai chi y danza; una feria de juegos que imitaba a las ferias de Europa del Este de otra época, teatro callejero, proyecciones de películas, bunjee jumping, clases de húngaro, fogatas para sentarse alrededor, pintadas de arte en vivo, mesas de ping pong, la playa de río. Y además de eventos, hubo muchísima gente: alrededor de 415.000 personas en siete días.

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El Sziget está entre los 10 festivales de música más grandes del mundo (junto con, por ejemplo, el Rock in Río de Brasil, el Coachella de Estados Unidos, el Mawazine de Marruecos, el Exit de Serbia, Tomorrowland de Bélgica). Como puesta en escena me pareció impresionante: la isla estaba muy bien decorada y repleta de luces y colores; el escenario principal se adaptaba al show de cada artista (cambiaba la escenografía y las luces para cada banda); el sonido era impecable; había varios escenarios con distintos tipos de música (reggae, música del mundo, bandas europeas). Sziget se diferencia por su lado artístico y también porque no está encasillado en ningún género musical (otros festivales son solamente de música electrónica, de música indie, o de rock, en cambio Sziget es más de adaptarse al gusto actual de los espectadores).

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El último día no me quedé hasta el final: no me dio el cuerpo. Ahora me arrepiento un poco. Creo que si me hubiese quedado los siete días seguidos acampando ahí (con la mente puesta únicamente en el festival) hubiese sido distinto, pero ir todos los días y volver a la noche para tener que levantarme a la mañana siguiente e ir a clases de húngaro (y cambiar el chip a modo húngaro) fue algo que me agotó. Además tengo un problema: no me gustan los amontonamientos de gente, me lo banco un rato pero después ya no la paso bien. No sé si es algo de la edad, pero me irrita bastante que me empujen, o no poder ver el escenario, o justo al lado tener a un grupo de gente que se la pasa gritando y no me deja disfrutar la música (y no poder moverme de ahí por estar más encastrada en la masa que una pieza de tetris). Pero también sé que estos eventos no serían lo que son sin la gente: lo que es en vivo se disfruta colectivamente (sería ridículo pretender que toquen solo para mí). Así que durante el último día mi lado amante de la música y del arte se peleó un poco con esa señora malhumorada que llevo adentro y que se despierta cuando está atrapada en una masa muy grande de gente.

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Ahora que el festival terminó, mi foco está en Hungría. El curso de húngaro se termina en unos días y si bien no puedo tener más que una conversación muy básica (o ni siquiera eso), por lo menos empiezo a entender la lógica del idioma y soy capaz de leer algunos carteles o cazar palabras sueltas (pero me parece que es cierto eso de que el húngaro es un idioma al que hasta el diablo le tiene miedo). Mi familia llegó hace unos días y pronto empezaremos nuestro viaje por el interior de Hungría y por Alemania. Sé que van a ser tres semanas muy especiales. No sé cuánto publicaré en tiempo real al respecto, pero estoy tomando notas. Este viaje por Hungría es muy mío y creo que me va a costar un poco relatarlo.

[box border=”full”]Este fue el último post de la serie Sziget Festival. Podés leer los otros acá:

Día 1: la isla de la libertad
Día 2: efecto retardado
Día 3: lo que nos define
Día 4: la marea

Más información del festival: szigetfestival.com[/box]

Sziget Festival (día 3): lo que nos define

[box border=”full”]Estoy escribiendo, en tiempo casi real, acerca de Sziget, uno de los festivales de música y arte más grandes de Europa. Cada día elijo alguna banda, tema o detalle que me guste (hay tanto para ver que me sería imposible escribir de todo). Varios de estos textos los escribí de madrugada, después de volver del festival, y puede que no tengan mucho sentido.[/box]

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En la charla de literatura húngara que tuvimos hoy hablamos acerca de qué define a una nación. ¿El territorio? ¿La historia? ¿La comida? ¿La vestimenta? Hay muchos elementos palpables y otros que no se pueden tocar pero que también hablan acerca del modo de ser de un país: la literatura, la música, la danza, el arte. En el caso de Hungría, uno de sus artes más destacados es la poesía, y si bien un poema quizá no dé información concreta o práctica acerca del país, muestra lo que sienten y piensan sus artistas, los temas que les preocupan, las preguntas que se hacen, las luchas internas que tienen, y eso también dice mucho acerca de un lugar. Leímos el poema A Dunánál (“Junto al Danubio”) de József Attila, uno de los poetas más reconocidos de Hungría, y vimos cómo se reconcilió, de a poco, con su hungaridad. “Aceptarse húngaro implica aceptar muchas contradicciones de la historia y muchas paradojas de los sentimientos que compartimos”, nos dijo la profesora: “Como por ejemplo esa sensación muy húngara de sentirte solo en tu propia tierra”. Aceptar el lugar donde uno nació como parte de nuestra identidad puede llevarnos toda la vida.

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Todas las fotos son del festival

Me puse a pensar en qué define a una persona. Muchas cosas nos vienen por default: nacemos en cierto territorio del mundo (y automáticamente somos de tal nacionalidad, queramos o no), nacemos en una época del año y en un período histórico, nos ponen un nombre, tenemos cierto color de ojos pelo piel, somos altos bajos medianos, nos viene una familia y una cultura de regalo (a veces también una religión, una ideología, una educación). Todo eso forma parte de quiénes somos y muchas veces nos definimos así: ¿quién soy? soy la argentina, soy la hija de, soy la alta, soy la porteña, soy la de ojos marrones. Pero si nos despojamos de todo eso, de todo lo que nos viene adjuntado de nacimiento, ¿qué nos queda?, ¿qué nos define? Nuestras elecciones. Los amigos que elegimos, los libros que leemos, los lugares a los que vamos, las cosas que pensamos, los sueños que tenemos, las películas que vemos, las palabras que decimos, lo que decidimos aprender, los trabajos que hacemos. Todo lo que vamos construyendo arriba de eso que somos.

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La música es una de nuestras grandes elecciones y casi nunca es racional. Nos gustan determinados estilos, sonidos, instrumentos, melodías, letras, interpretaciones, ritmos porque nos hacen sentir algo cuando los escuchamos, porque nos tocan por alguna razón que no se puede explicar. Me pasó con Placebo la primera vez que los escuché, a los 16 o 17 años: sentí algo, me sentí parte de un sonido que me hacía bien, me pareció una banda muy relacionada con la identidad, con esa búsqueda de una definición personal. Sus canciones me hablaban de desamor, de tristeza, de sufrimiento, de finales, de equivocaciones, de apariencias, de amores dañinos, de vulnerabilidad, de soledad, de miedos, de ser distinto. Pero sin pesimismo ni depresión, era como si alguien me hubiese dicho al oído: mirá, la vida también tiene estas cosas, sabelo, no estás sola. Y me sentí reconfortada.

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Placebo en vivo en Sziget

La banda se formó en Londres en 1994 por el cantante y guitarrista Brian Molko y el guitarrista y bajista Stefan Olsdal. Habían ido juntos al colegio en Luxemburgo y se reencontraron de casualidad en 1994 en una estación del metro de Londres. Molko vio que Olsdal tenía una guitarra colgada al hombro y lo invitó a verlo tocar en un show local; cuando Olsdal vio la potencia musical de Molko le propuso formar una banda. Y así empezó todo. Molko se había criado en un marco familiar muy estricto: su papá quería que sea banquero y no aprobaba sus expresiones artísticas. Molko se rebeló adoptando una apariencia andrógina, pintándose las uñas, usando delineador, y escuchando punk. Supongo que para él hacer música empezó como una actividad personal, como una manera de definirse a sí mismo, de sentirse bien, de evadirse de un entorno que no lo dejaba expresarse con libertad. Todas las expresiones artísticas, pienso, surgen de una necesidad interna (yo no escribiría si no necesitara hablarme a mí misma). Y cuando eso que hacemos toca a otro, podemos sentirnos muy afortunados: quiere decir que estamos generando una conexión con el otro a través de sentimientos universales.

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En estos veinte años, Placebo grabó siete álbumes, vendió más de 11 millones de copias, tuvo tres bateristas y colaboró con muchísimos músicos. Es difícil definir su estilo: empezó siendo una banda de glam rock o de rock alternativo, pero con los años tomó caminos distintos y fue adoptando algo de cada género (se refieren a Placebo como goth-rock, Britpop, rock electrónico, rock experimental, rock progresivo, post punk, entre otros términos). Pero las definiciones suelen ser palabras estáticas y tanto las personas como las bandas están en cambio y evolución constante. Por eso me parece tan difícil ponerse una etiqueta. Hoy soy esto pero mañana seré otra cosa. Frente a vos soy esto pero frente a él soy otra. A veces me defino por mis acciones, a veces por mis gustos, a veces por mis ideas, a veces no sé. La palabra que usamos para definirnos también nos define, y nunca somos la misma persona para todos los que nos miran de afuera. Estamos en construcción toda la vida. (A todo esto, les recomiendo una película húngara muy buena que habla acerca de estos temas, aunque no sé qué tan fácil será conseguirla: Kaméleon).

En fin, todo esto para decir que vi a Placebo en vivo por segunda vez, esta vez en Sziget, en Budapest, en Hungría, en un país que me está generando demasiadas preguntas, y fue lindo sentirme abrazada por su música en medio de tanta hiperactividad mental. Baby, did you forget to take your meds? Parece que sí. Molko lo dijo: Placebo es una banda de outsiders para outsiders. Y es lindo que sean parte de este mosaico de cosas que me definen.

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Algunas canciones que me gustan:







Sziget Festival (día 2): efecto retardado

[box border=”full”]Intento de post acerca del segundo día del festival Sziget. Escrito muy de noche y con la cabeza a punto de explotar.[/box]

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Arte en vivo

Cualquier cosa nueva que empecemos lleva su período de adaptación: un viaje, un curso, un idioma, una relación. Un festival. El Sziget empezó ayer y si bien lo viví, lo salté, lo disfruté y lo escribí, recién hoy empiezo a caer. Sigo energizada por Blink 182, hoy me la pasé escuchando sus temas hasta en el baño y cantándolos en voz baja durante los recreos (soy estudiante otra vez, estoy combinando el festival con mis clases de húngaro). El festival dura siete días y, como pasa con los viajes (por ejemplo, sobre todo con los que tienen fecha de vuelta preestablecida), uno empieza a meterse de lleno y a disfrutar cuando ya se está por terminar. Al principio hay pasos en falso, cuesta dejarse llevar, hasta que de repente todo se acomoda, la realidad se acelera, uno sube por la curva y empieza a fluir con lo que sea que esté haciendo. Yo estoy en ascenso pero todavía no llegué al punto tobogán.

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Todas las fotos son de hoy

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Es la una de la mañana, estoy agotada y me pregunto para qué decidí escribir un post por día si todo lo que me sale son pensamientos trasnochados. Pero ya estoy en el baile. Igual que con el festival: estoy entrando en calor y no puedo cortar ahora. Lo bueno es que cada día me da la opción de resetearme y hablar de algo nuevo. Seguro que cuando me sienta cómoda ya se va a haber terminado, porque así me pasa con muchas cosas. Cómo quisiera volver a ver a Blink, cómo quisiera repetir tantos momentos, pero el tiempo va hacia adelante y hay que aprender a disfrutar el ahora, lo que está enfrente, y dejar de lamentarse por el resto. Before I die I want to: (complete aquí). La pared estaba repleta de sueños escritos con tiza: “Travel the world”, “kiss”, “find the dragon”, “be happy”. Mejor que empieces ahora entonces, porque eso de “lo haré más adelante, cuando tenga tal o tal cosa” es una excusa.

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Hoy había más que ayer: más gente, más carpas, más actividades, más de todo. Va in crescendo de a poco y algo me dice que el domingo va a explotar de gente. Hoy me dediqué a buscar personajes: vi a Spiderman, al Cookie Monster, a tres que parecían estar en piyama, gente con la cara pintada de colores, tiburones, Bob Esponja, Space Invaders, Pokemones. Hoy tocó Ska-p y fui especialmente para verlos: ya había ido a un recital en Buenos Aires y me pareció una de las bandas más divertidas para ver en vivo. Tocaron a las seis menos cuarto de la tarde, en el escenario principal, con luz de día de Budapest y banderas asiáticas, europeas y latinoamericanas. El pogo fue gigante desde el primer tema (nota mental divertida: en Francia también se dice pogo; en realidad en todas partes se dice pogo, pero yo no sabía. Al parecer el pogo lo inventó Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, durante los años 70 en recitales de punk en Londres y hoy quedó ligado a la movida punk rock, aunque en Argentina se hace pogo en todos los recitales).

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Minutos antes de Ska-p

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En pleno recital

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Y después

Ska-p se formó en 1994 en Madrid y es conocida por sus letras anti sistema y anti todo: una de mis canciones preferidas dice, por ejemplo, desde filipinas a américa central, desde el polo norte hasta madagascar, este puto mundo no es de nadio y es de todos, cinco continentes en un mismo corazón, multirracial oh oh oh ohhh (y no sigo porque me cebo y me dan ganas de escuchar el tema y ponerme a bailar). Este grupo sí que sabe transmitir energía y hacer bailar a la gente, hablen el idioma que hablen. Yo soy bastante quieta pero con ellos no aguanto, los pies me saltan solos, los brazos se me mueven en el pasito ska sin que me de cuenta. Durante el show pasó una bandera argentina, pasó uno sosteniendo una rama de un árbol, pasaron varios fans de mano en mano. Estampida, Niño soldado, Ni fu ni fa, ETTs, Cannabis, Torero, Crimen Solicitationis, Derecho de admisión, Intifada, El vals del obrero, A la mierda y Gato López. Qué gracioso traducirle las letras de esta banda a alguien que no habla castellano.

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Algunos momentos de Sziget

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20.000 globos

Después de saltar me fui a dar una vuelta por la isla y me di cuenta de que me está pasando lo mismo con el húngaro: estoy con efecto retardado. Los primeros días no me acordaba ni una palabra, ahora puedo entender algunos carteles y ya sé que donde dice sült krumpli se venden papas fritas, bejarat es la entrada y kijarat es la salida. El húngaro me parecía imposible pero se ve que mi cabeza empieza a retener términos. Hoy pensé en que estaba cansada y se me vino a la menta la palabra faradt, que significa justamente eso: cansancio. Pero al idioma le dedicaré otro post y ahora estoy demasiado agotada como para pensar. Quién me manda a escribir un post por día a estas horas. Me quejo pero me gusta, es un desafío, aunque me parece que cuando termine esta semana voy a escribir los posts de verdad. Este festival (y Budapest y Hungría y el húngaro y todo lo que me está pasando acá) es una sobredosis de estímulos y necesito que pase un tiempo para poder procesarlos.

En algún lugar entre Biarritz y Budapest

Nací un 29 de julio. En Argentina, eso significa que nací en vacaciones de invierno y que durante mi infancia casi nunca pude festejar mi cumple el día real: o no había nadie o yo tampoco estaba en Buenos Aires. Es bien sabido que uno no elige dónde nacer, pero a veces no nos percatamos de que tampoco elegimos la fecha (y ambas nos moldean de maneras profundas e imperceptibles). Nacer en vacaciones de invierno hizo que, ya desde muy chica, pase muchos cumpleaños fuera de mi casa, de viaje en lugares donde hacía calor y donde solo éramos tres para soplar las velitas. Y si bien al principio soñaba con pasarlo con mis compañeritos del colegio, me acostumbré bastante rápido a pasarlo en el mar o en lugares distintos a los que ya conocía. Mis cumpleaños, entonces, quedaron enmarcados por los viajes sin que yo lo eligiera.

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Como es costumbre ya, post con fotos random. Quisiera poner fotos de mis cumples pero las tengo todas en Buenos Aires. Este mazapán (delicioso, como todo el mazapán) y las roscas de almendra las hizo Marisa, la prima de mi mamá, la mejor cocinera del mundo, mi sponsor oficial de tortas de cumpleaños!

Nací un 29 de julio, día de los ñoquis, pero pasé muchos cumpleaños en lugares donde los ñoquis no eran parte de la gastronomía y donde no pude cumplir con el ritual de poner la plata debajo del plato. No recuerdo todos mis cumpleaños del primero al veintidós: sé que pasé varios afuera aunque no  sé con exactitud cuál fue dónde. Durante esos años todavía estaba medio dormida, empezando a vivir, y cumplir años significaba que de a poco llegaba a verme en el espejo del baño, o quería decir que había alcanzado los famosos quince, o que ya podía votar y sacar el registro, o que era mayor de edad y podía irme de viaje sin el permiso escrito de mis padres. Cumplir años, además, siempre significaba que estábamos de vacaciones. Ese hechizo se rompió cuando decidí vivir viajando y los nombres de los meses dejaron de tener demasiada importancia en mi calendario.

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Nací un 29 de julio y cumplir esa cantidad de años —veintinueve— siempre me pareció algo muy lejano: estaba casi última en la lista, antes de los que habían nacido un 30 o 31 y, como yo, querían jugar a superponer su fecha de nacimiento con su edad. Recuerdo todos mis cumpleaños a partir de los veintitrés: los anteriores se me mezclan. No sé si eso quiere decir que cada vez estoy un poco más despierta o si es que los viajes son el antídoto para mis problemas de memoria. Porque ahora los recuerdo así: el cumple que pasé en Costa Rica, el cumple que pasé en Buenos Aires entre viajes, el cumple que pasé en Indonesia, el cumple que.

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Cumplí veintitres en un hostel de Costa Rica. La fecha también coincidía (por un día de diferencia) con el aniversario de mis primeros seis meses de viajera. Estaba viajando con mi amiga Belu y decidimos pasar el 29 en La Fortuna, un pueblo al pie del volcán Arenal, y darnos el gusto de ir a las aguas termales. Esa noche salimos en busca de algún bar o fiesta y encontramos una especie de bailanta muy local donde nos compramos un trago que no me pude terminar, bailamos unos temas de reggaetón y nos fuimos. No había mucha onda. En el hostel estuvimos varias horas peleándonos con un yanqui, aunque ya ni me acuerdo por qué. Creo que Belu me regaló un alfajor (o algún pastelito) con una velita, me cantó el feliz cumpleaños y me dio 23 tirones de oreja.

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Cumplí veinticuatro en Buenos Aires e hice doble festejo: pasé la noche del 28 en un bar con mis mejores amigas, entre ellas Olga y Mirla, mis amigas peruanas (a quienes había conocido en mi primer viaje por Perú), y el 29 hice un festejo en la casa de mi mamá con mis amigos del colegio, de la facultad y de la vida y con mi familia. Después de tantos meses afuera, necesitaba reunirme con toda mi gente. Pusimos globos, compré chizitos y me cantaron el feliz cumple en argentino entre todos. Yo tenía el pelo muy largo, por la cintura, porque había prometido que no me lo cortaría hasta no volver de viaje, y después me emocioné y me negué a la tijera durante casi un año más.

Postales y fotitos de lectores, pegados en mi puerta.

Postales y fotitos de lectores, pegadas en mi puerta.

Mis veinticinco me encontraron en Asia, con blog recién estrenado y pelo corto. Lo pasé en Indonesia con mi novio de aquel entonces (yo había vuelto a Indonesia para pasarlo con él) y nuestro grupo de amigos. Éramos quince, estábamos en Yogyakarta, la ciudad de Java central que fue mi hogar durante meses, y hacía mucho calor (como de costumbre en Indonesia). Me llevaron a un puesto de comida muy lindo (porque en Asia cualquier excusa es buena para reunirse a comer), nos sentamos en ronda el piso, comimos nasi ayam sambal (pollo con arroz) con las manos, tomamos es te (té frío) y me cantaron el selamat ulang tahun en indonesio y en inglés.

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Mi cumple de veintiséis fue raro. Había decidido volver a Argentina después de casi un año y medio de viaje por Asia, y llegué a Buenos Aires uno o dos días antes de mi cumpleaños para pasarlo ahí con mis amigos y familia. Tenía tanto jet-lag, confusión y tristeza que atravesé el 29 de julio como una zombi. Me desperté muy temprano, no porque quisiera sino porque tenía trastornos de sueño. Al mediodía fui a almorzar a lo de mi mamá con ella, mi papá y mis tíos; salí con cara triste en todas las fotos: todavía no entendía por qué había vuelto. A la noche fui a comer empanadas con amigas y me pedí un té para acompañar. Alguien se rió de mí: ¿empanadas con té? En parte lo hice para sentirme un rato más en Asia y en parte porque era la bebida más barata y todo en Buenos Aires me parecía carísimo.

Así amanecía en Buenos Aires

Así amanecía en Buenos Aires

Y así atardeció muchas veces

Y así atardeció muchas veces

Los veintisiete y los veintiocho también los cumplí en Buenos Aires. Mi cumple de veintisiete cayó domingo, y como yo estaba en una etapa muy porteña de mi vida, decidí festejarlo con un picnic en el Rosedal. Invité amigos y lectores, llevamos comida, pusimos manteles en el pasto, colgamos globos de los árboles, hicimos burbujas gigantes, comimos brownies caseros y charlamos de los viajes y la vida. Era invierno pero había un sol calentito y mucha gente al aire libre. A eso de las siete u ocho oscureció y empezó a hacer frío, así que agarramos las bicis y volvimos. Fuimos por una bicisenda medio oscura, la de Retiro, y dos tipos nos persiguieron, nos golpearon y nos robaron una de las bicis. Feliz cumpleaños a mí. Mis veintiocho, en cambio, marcaron un día muy importante en mi vida: ese mismo 29 de julio llevé el archivo final de mi primer libro a imprenta y lo liberé para que nazca y siga su curso, así que ahora que lo pienso, mi libro y yo cumplimos años el mismo día.

Picnic porteño

Picnic porteño

Mi libro recién nacido

Mi libro recién nacido

Una bici

Una bici

Nací un 29 de julio y conozco por lo menos siete personas (amigos) (y un libro) que nacieron el mismo día que yo. Tendría que averiguar qué evento importante hubo a fines de diciembre del 84 para semejante baby boom, porque se ve que es una fecha popular. Nací un 29 de julio de 1985 y eso me hace leonina con ascendente en libra, búfalo de madera en el horóscopo chino, pop y mano solar azul en el horóscopo maya y muchas otras cosas en los horóscopos de otras culturas. Siempre digo que el día que frene va a ser para estudiar astrología, que es algo que me apasiona, y que si no me va bien con los libros me dedicaré a interpretar cartas natales.

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Nací un 29 de julio y, lo que podría haber sido un cumpleaños previsible por el resto de mi vida (en invierno, durante las vacaciones), hoy es una incógnita. Creo que nunca tuve tan poca idea de dónde voy a estar para mi próximo cumpleaños. Estos últimos meses la vida me cambió todos los planes: dije que iba a frenar junio y julio en un solo lugar y si pasé diez días en una misma ciudad es mucho; volví a España para tomar clases de surf y un esguince de muñeca me frustró ese plan (y muchos otros); dije que iba a recorrer todos los países de Europa y sigo atrapada en Francia. Siento, hace un tiempo, que decir la palabra “plan” es una burla hacia mí misma. Todo lo que planeo se desmorona antes de empezar, la vida me está llevando, más que nunca, por otros caminos. Y si lo que me dijo mi amigo español es cierto (“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”), entonces en algún lugar, por allá arriba, dioses de todas las religiones ruedan por el piso a carcajadas cada vez que digo, con inocencia, “tengoelplande”. Así que estoy en etapa de aceptación: si no puedo hacer planes, por algo será.

Acá estoy. Biarritz.

Acá estoy. Biarritz.

Lo único que sé es que mis 29 me van a tener que buscar en algún punto del mapa entre Biarritz (Francia) y Budapest (Hungría), ya que a principios de agosto empiezo el curso de húngaro y ahí sí que no puedo faltar. Pero cómo será ese día y en qué idioma me cantarán el feliz cumpleaños (si es que me lo cantan): no tengo ni idea.

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