Desafío Serbia-Croacia #1: buscar tesoros en Zagreb

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Cuando decidimos que empezaríamos el viaje de desafíos en Zagreb, la capital de Croacia, le propuse a Lau hacer una búsqueda del tesoro por la ciudad. Tenía la idea de armar una lista, como habíamos hecho a distancia en Mar del Plata y Biarritz, y salir a buscar cosas como “algo redondo”, “un dibujo descartado”, “algo que nos haga pensar en la infancia”, “objetos amarillos” y así. Sería un juego simple para entrar en calor y conocer la ciudad de una manera divertida. Ninguna de las dos se imaginó que los tesoros de Zagreb nos encontrarían a nosotras, más que nosotras a ellos.

Una de las primeras cosas que nos enteramos, gracias a una lectora, fue que en Zagreb había un sistema solar escondido por las calles. Mirá vos, Zagreb. Enseguida pusimos los nueve planetas en la lista. Después nos contaron que había una máquina del tiempo: otro elemento para la lista. Después alguien nos dijo que había un museo que recolectaba y exponía objetos cotidianos de desamor. Más tarde nos enteramos del restaurante que vendía dulce de leche para argentinos nostálgicos, de los corazones con espejos, de la virgen que no se quemó en el incendio de la ciudad, del dragón que vive en el mundo subterráneo, del fantasma que ordena la ropa, de la reina serpiente, de las brujas, de los faroleros. La lista de tesoros se iba armando sola, y era mucho más original de lo que pensábamos.

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Primeras imágenes de Zagreb. Al fondo, la plaza de St. Mark’s.

El vuelo de Barcelona a Zagreb duró solo dos horas, pero el viaje de cada una para llegar a Croacia fue mucho más largo: Lau se tomó dos aviones desde Argentina, yo hice una combinación de bus + tren + bus + bus desde Biarritz a Barcelona que me llevó un día. Dormimos en el aeropuerto y salimos a las 7 de la mañana del viernes. Cuando llegamos a Zagreb estábamos cansadas —ya nos pega la edad, che— y no llovía: diluviaba. Y hacía mucho más frío del que esperábamos. ¿Qué pasa que no llega la primavera en Europa? O soy yo que llevo el agua a todas partes. Pedimos paraguas prestados en el hostel y salimos a caminar igual, no queríamos que un poco de agua nos frenara.

hola lluvia

hola lluvia, pensé que ibas a quedarte en Francia

Una de las primeras fotos que saqué en Zagreb

Una de las primeras fotos que saqué en Zagreb, en la calle Ilica ul, la más larga de la ciudad.

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Aparecimos en la calle Ilica ul, la más larga de Zagreb, y lo primero que pensé fue que, por momentos, la arquitectura me hacía acordar a partes de Praga y Budapest. Después entendí que las similitudes tenían sus razones históricas: Zagreb tiene más de novecientos años de vida y, al estar en uno de los cruces de caminos de Europa, tiene influencias de varios países e imperios vecinos. Tratamos de seguir el mapa pero nos dimos cuenta de que el centro y la parte alta de Zagreb eran laberínticas. Mejor: las ciudades-laberinto suelen esconder muchas cosas, los recovecos son ideales para guardar tesoros e historias. Ese día, entre el cansancio y la lluvia, decidimos dejar la caminata un poco al azar, así que agarramos curvas, subimos escaleras y aparecimos frente a la plaza de San Marcos, el espacio más importante durante la época medieval. A partir de ese momento, durante los tres días siguientes, los tesoros nos fueron cayendo uno a uno en la cabeza.

Se nos ocurrió, entonces, hacer un contra-desafío: a quienes quieran jugar, los desafiamos a encontrar la lista de cosas que aparecen abajo. A quien encuentre todos —y pueda probarlo con fotos— le mandaremos una postal cada una —con mensajito, obvio—, desde el lugar del mundo en el que estemos. Algunos ítems son más fáciles que otros, vamos a darles varias pistas y la idea es que se diviertan explorando la ciudad y que le presten atención a ciertos detalles que le dan personalidad a Zagreb. Por si quieren imprimirla, acá pueden descargarse la lista completa.

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La contrabúsqueda del tesoro

Si vas a Zagreb, te desafiamos a encontrar:

* Jupiter

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El Sol de Zagreb

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La Tierra

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Saturno

En el centro de Zagreb hay un sol (se llama Prizemljeno Sunce). Fue hecho por el escultor Ivan Kozarić en 1971 y, como ven en la foto, es bastante grande, así que no les va a costar encontrarlo. El artista Davor Preis se inspiró en ese sol y, en el 2004, escondió un sistema solar por la ciudad: llamó a la instalación Devet pogleda o Nine Views. Calculó el tamaño de los planetas y la distancia en proporción al sol y los distribuyó en el mapa. En noviembre de 2004, un grupo de estudiantes salió a buscarlos —la instalación no era conocida entre la gente local— y develó la ubicación exacta de cada uno. A ver si encuentran Júpiter (nosotras no pudimos).

* Un comodín

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Para este tesoro tienen dos opciones. La fácil: ir al Museum of Broken Relationships. La difícil: encontrar el comodín tirado en la calle. Les recomiendo mucho ir al museo, a mí me pareció uno de los más originales que visité: expone objetos cotidianos que quedaron llenos de sentido —y cargados de recuerdos— después de una historia de amor fallida. Van a ver zapatos, libros, jarrones, enanos de jardín, peluches, ropa y hasta un hacha. Cada objeto, además, tiene su historia escrita al lado. ¿Qué hacer con el dolor que queda tras una relación fallida? Convertirlo en un bálsamo para otros.

* Algo que tenga que ver con el café (una taza de café, el barista, cafés incrustados…)

Una de las actividades más practicadas por la gente de Zagreb es reunirse en las kavanas (cafeterías) a tomar café y charlar durante horas. El objetivo no es tanto tomar café en sí, sino encontrarse con amigos, familiares y colegas y socializar. La cultura del café en la capital croata es una costumbre adquirida por la influencia austro-húngara, otomana e italiana. Ya lo dije en otras ocasiones, pero sentarme a tomar un café es una de mis actividades preferidas, esté de viaje o en Buenos Aires: cuando estoy sola me encanta aprovechar ese momento para descansar y escribir, cuando estoy con amigas, el café es una excusa para charlar. Les guste el café o no, es muy probable que, entre caminata y caminata por Zagreb, terminen en una cafetería.

* Un corazón

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El corazón es el símbolo de Zagreb (Lau les cuenta más al respecto en su post: “Encontrar el corazón de Zagreb”): el original se llama licitar y es una galleta de miel con forma de corazón, a veces con un espejo en el medio, que se usa como decoración y regalo en las celebraciones. Es uno de los patrimonios intangibles de la cultura croata, y no les va a ser difícil encontrarlo.

* Un candado

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Muchas ciudades europeas tienen sus candados del amor. Zagreb también. Vayan a buscarlos y disfruten la vista. Pista: están en la parte alta.

* Una vidriera retro

Las vidrieras de Zagreb merecen un post aparte. Algunas son, sin proponérselo, muy retro. Presten atención y elijan la más retro que encuentren.

* Un huevo de Pascua pintado a mano (más puntos si es gigante)

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Son otro elemento típico de la cultura croata —y de la húngara también, me acuerdo de mi infancia—. En Zagreb encontré solo este, pero en Koprivnica, cerca de la frontera con Hungría, se exhibe una colección de huevos pintados todos los años, durante la Cuaresma.

* Un tranvía rojo

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Los tranvías en Zagreb son azules, pero de vez en cuando se ve alguno rojo. Estén atentos porque pasan rápido (por eso mi foto está tan movida: ¡tranvía rojo, tranvía rojo! + click)

* Los paraguas típicos de Zagreb

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Los paraguas que estas mujeres tienen en la mano se llaman Šestine y son típicos de la región del mismo nombre. Provienen del siglo 18 y forman parte de la vestimenta tradicional de la gente de Šestine. Son rojos y tienen rayas de colores. Los van a ver bastante, llueva o no. Pista: miren bien en el mercado que está al aire libre.

* Un dispenser de lecha fresca (pista: en el mercado)

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En Zagreb es más barato comprar un litro de leche fresca que un litro de leche envasada. Este señor, por ejemplo, llevó cinco botellas vacías y las llenó todas por menos de un euro cada una.

* Una puerta con algún detalle interesante

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Presten atención a las puertas, van a encontrar todo tipo de trabajos artesanales. Elijan la que más les guste.

* Un cartel

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En el idioma que quieran.

* El farolero de Zagreb

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En la parte alta de Zagreb hay más de doscientos faroles. Cada tarde, antes de que baje el sol, dos faroleros recorren las calles y los encienden, uno a uno. No es una ceremonia ni un show: es un oficio casi extinto que en esta ciudad se mantiene vivo. Eso sí, les recomiendo que estén atentos y se apuren porque los faroleros son muy rápidos y desaparecen antes de que te des cuenta.

* La máquina del tiempo (solo durante primavera y verano)

Todos los sábados de primavera y verano, entre las cinco de la tarde y las ocho de la noche, la plaza de San Marcos viaja al pasado. Dénse una vuelta por ahí y van a encontrarse con Marija Juric Zagorka, la primera periodista de Zagreb, Antun Gustav Matos, poeta y escritor de viajes croata, el repartidor de periódicos, el cartero, la lavandera y otros personajes típicos del Zagreb de hace varios siglos. Son muy simpáticos y te cuentan su historia. Si van en otoño o invierno, tachen este ítem de la lista.

* Algo amarillo

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Yo elegí la Ópera.

* Un ritual (pista: vayan al Stone Gate)

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El Stone gate (puerta de piedra) es lo único que queda de la antigua muralla medieval que protegía a la ciudad de Gradec, hoy parte de Zagreb. Si pasan por ahí van a ver que a toda hora hay gente prendiendo velas y rezando en silencio. ¿Por qué? Porque ahí está el altar de una Virgen milagrosa. En 1731, un incendio destruyó gran parte de la ciudad. En uno de los departamentos de la torre que está encima del Stone gate encontraron la imagen de una Virgen con Jesús que había quedado intacta. El marco había sido destruido por el fuego, pero el resto del cuadro estaba entero, así que la consideraron milagrosa y le hicieron un altar.

* Un fantasma (o un lugar embrujado)

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Dicen que Zagreb es una ciudad llena de fantasmas, lugares embrujados, leyendas y supersticiones. En la farmacia más antigua de Zagreb, ubicada a pocos metros del Stone Gate, se vendía sangre de dragón para hacer pociones. Muchos habitantes creían, además, que había un dragón durmiendo debajo de la ciudad y que la reina serpiente vivía en los túneles junto con sus tesoros. Muchos fueron a buscarlos y no volvieron. Varios escritores y poetas de Zagreb tuvieron a sus propios fantasmas —a uno se le apareció una sombre violeta que le ordenó la ropa del placard—, hay una mujer vestida de blanco que aparece las noches de lluvia, hubo un drácula croata y, hasta no hace mucho, a las mujeres se las acusaba de brujería y se las quemaba en la plaza de St. Mark’s.

Para este tesoro vale todo: lugares embrujados, fantasmas (si los ven), cementerios abandonados (hay uno en la parte alta), una bruja… Si necesitan ayuda, pueden hacer el Zagreb Ghost Tour, un recorrido nocturno por las leyendas y misterios de la parte antigua de la ciudad.

* La tumba más antigua de Mirogoj (pista: fíjense en la vegetación)

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Nos vamos al cementerio. A mí me gusta mucho visitar cementerios en otros países, pero sé que no es una actividad para todos. El de Zagreb, sin embargo, vale la pena. Se llama Mirogoj y fue diseñado por Hermann Bollé, un arquitecto franco-alemán que, según dicen los locales, le cambió la cara a Zagreb. El cementerio se construyó en 1876 y guarda los restos de muchos croatas famosos y de gente católica, ortodoxa, protestante, musulmana y sin religión. Un lector nos desafió a encontrar la tumba más antigua del cementerio y fallamos: sabíamos el nombre de la persona —fue un croata muy querido— pero lo ubicamos mal en el mapa y le sacamos fotos a otra tumba.

* Un gato (vale doble si es negro y está en el cementerio)

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Hay bastantes gatos, así que estén atentos.

* Un peso argentino (pista: detrás de la tumba de un poeta croata)

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Acá se empieza a poner más compleja la cosa. Hace unos posts les conté de Geocaching, la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de dos millones de caches escondidos en todo el mundo. Se localizan con GPS y tienen distintos tamaños: algunos son como el tubo que ven esta foto, otros son tuppers, otros son recipientes muy chiquitos. Todos tienen un logbook, o libro de firmas, y objetos dejados por la gente. En el cementerio de Mirogoj hay dos (si tienen la versión Pro de Geocaching van a ver más, pero con la versión gratuita se ven dos). En uno de esos dos dejamos una moneda de un peso argentino y nuestras firmas.

(Quedan liberados de este ítem si: no tienen teléfono con gps o si encuentran el recipiente y la moneda y el papel con nuestra firma ya no está.)

* Un delfín (pista: en una avenida larga, cerca de la estación de tren)

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Muy cerca de la estación de tren hay una avenida muy larga toda cubierta de arte callejero. Pregúntenle a la gente en Zagreb y van a saber indicarles. Sabemos que el arte callejero es efímero, así que si el delfín no aparece, vale la foto de cualquier otro animal pintado en esa pared.

* Un lugar abandonado

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Fuera del centro de Zagreb se ven muchos edificios abandonados. Me encanta. Este es, al parecer, un rasgo común de los países de la ex Yugoslavia. Si viajan por esta región van a ver varios por día.

* El río

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Zagreb está atravesada por el río Sava, pero si no lo vas a buscar, no lo vas a ver. No queda muy lejos del centro y hay varios tranvías que te llevan. Además, para encontrar los siguientes tesoros vas a tener que ir para allá y caminar casi por la orilla entre dos de sus puentes: el Jadranski Most y el de la Avenija Većeslava Holjevca.

* Un monumento o construcción de la época socialista

En el paseo del río van a ver bastantes, así que elijan el que más les guste. La historia de cada uno y el mapa detallado lo encuentran en este blog (en inglés).

* Una calle o lugar que haya sido el escenario de una película

Primeras vistas de Zagreb

En Zagreb se filmaron muchas películas y series. En varias locaciones de Croacia se filma Game of Thrones, así que el país en general es un set de cine. En la plaza de la iglesia de St. Catherine se filmaron algunas escenas de El violinista en el tejado (tengo que verla). ¿Qué otras locaciones encuentran?

* Un objeto al azar

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Y acá pueden poner lo que quieran. Yo encontré este libro. Y lo dejé ahí.

Zagreb, la verdad, me sorprendió mucho. En general cuando se habla de ciudades europeas son otras las que están primeras en la lista. Y Zagreb, siento, sigue siendo una ciudad para croatas en la que nosotros, los visitantes, podemos espiar por un rato. Es muy fotogénica y tiene un montón de detalles más que no puse en esta lista para no hacerla interminable, pero si van para allá no dejen de buscar, además, las esculturas, las mujeres vendiendo frutillas, las corbatas (la corbata es un invento croata), el rakija (la bebida típica), los fotocharcos, los reflejos. La cantidad de tesoros es inagotable.

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[box type=”info”]Info útil para visitar Zagreb:

* En comparación con otras capitales europeas, Zagreb no es una ciudad tan cara. La moneda es el kuna y el cambio está a 7.50 kunas por un euro (datos de mayo de 2015).

* La ciudad está bien conectada con el sistema de tranvías, buses y funiculares, aunque podés llegar a casi todas partes caminando. Un viaje en tranvía cuesta 10 kunas y es válido por casi dos horas (podés hacer transbordos sin volver a pagar). De noche es un poco más caro (15 kunas), pero si vas a quedarte varios días podés comprarte la Zagreb Card (cuesta 90 kunas, unos 12 euros): es válida por 72 horas y te permite viajar en transporte público y te da descuentos en museos, restaurantes, tiendas y otros servicios. Pero de verdad: caminen, todo queda cerca.

* Podés comer un plato abundante por unos 40 kuna (menos de € 6) y tomar un café por 10 – 14 kuna. Acabo de descubrir esta página y me pareció muy útil: expatisan.com, te dice cuál es el costo de vida en más de 1900 ciudades del mundo.

* La mayoría de la gente habla inglés y, los que no, tienen muy buena voluntad para comunicarse.

* Una cama en el dorm de un hostel cuesta entre 80 y 130 kuna, y hay bastante oferta de alojamiento. Nosotras nos quedamos en el Swanky Mint Hostel y nos gustó mucho.

* Si quieren recorrer Zagreb con una guía que habla castellano y que sabe muchíiisimo acerca de la ciudad, les recomendamos contactar a Dalma Čipčić: es croata-argentina y vive hace más de veinte años en Zagreb. La contactan por mail a dalmacipcic(arroba)gmail.com (y le mandan saludos de nuestra parte) :)

* Algunos blogs con información interesante de Zagreb y Croacia: Zagreb Honestly, Chasing the Donkey y Yomadic. Una app que les puede servir para recorrer la ciudad: Be There.

* Agradecemos el apoyo de la Oficina de Turismo de Zagreb que nos dio un montón de información para llevar a cabo estos primeros desafíos.[/box]

[box type=”star”]

Este post forma parte de la serie “Desafío Serbia Croacia”, un viaje de veinte días con Laura, de Los Viajes de Nena, por ambos países. Pueden leer el Desafío #2: encontrar el corazón de Zagreb en su blog. También pueden seguir el día a día de nuestro viaje por Instagram. En los próximos desafíos: Belgrado. [/box]

Geocaching: la búsqueda del tesoro más grande del mundo

Mañana, 2 de mayo, Geocaching cumple 15 años. Y lo único que me pregunto es cómo no lo descubrí antes. En realidad lo conocía, varias personas me habían hablado acerca de ese juego, pero nunca le di mucha importancia. Era como:

—¿Sabías que hay gente que esconde cosas en todas partes del mundo y da las coordenadas del GPS para que otros las encuentren?

Y yo:

—Ahhh, mirá.

Y nada. Aniko despertate.

Hace unos días estaba leyendo el libro “Turista lo serás tú”, de mis amigos de la Editorial Viajera, cuando la palabra geocaching volvió a aparecer en mi vida. Este libro propone más de setenta juegos para hacer mientras viajás. Uno de ellos, el 27, decía así:

“Tal vez no los hayas visto, pero tu ciudad está llena de tesoros. Tesoros reales aunque simbólicos: objetos ocultos en tarteras —tuppers— (protegidos así de las inclemencias climáticas) en coordenadas muy precisas. Han sido escondidos por personas, pero, paradójicamente, para que sean encontrados. Pero no por cualquiera: solo por aquellos que los busquen en páginas web creadas a tal efecto. Parece un juego, un acertijo, y es así: se trata del geocaching.”

Enseguida lo busqué en internet y me encontré con este video explicativo:

Para jugar, decía, se necesita un GPS o smartphone. Y claro, me dije, la última vez que escuché hablar acerca del geocaching no tenía smartphone, pero ahora sí, así que me bajé la aplicación enseguida para ver de qué se trataba. Se abrió un mapa de Biarritz —la app sabe dónde estás— y aparecieron como treinta puntos verdes. ¿Qué quería decir eso? Que en cada uno de esos puntos había un tesoro escondido. Empecé a saltar de emoción y le dije a L.: “¡Mirá esto, por favor! Biarritz está llena de cosas ocultas, hay tesoros, hay cajas que quizá tengan muñequitos de la infancia de alguien, dados, libros, cartas, secretos. Tengo que salir a buscarlos, esto es espectacular”. Él, que ya se acostumbró a verme levantar cosas del piso —naipes, piezas de rompecabezas, legos, papeles escritos, cintitas, bolsitas y etcétera— y de la basura —o de lo que otros consideran basura— se reía: “Es ideal para vos, era obvio que te iba a gustar”. Pero ese día llovía mucho, así que tuve que esperar.

Me fui hasta la Grande Plage

La Grande Plage de Biarritz, por acá cerca hay tesoros escondidos

Al día siguiente salí a caminar. Como cualquier cosa nueva, esto del geocaching me generaba algunas dudas. No voy a decir miedo, porque no era miedo, pero me daba no se qué estar buscando tesoros sola: ¿y si alguien me veía y pensaba que estaba loca? ¿y si me encontraba con otro geocacher en el mismo punto? ¿y si tenía que explicarle a alguien (¡en francés!) lo que estaba haciendo? Después leí que existe algo así como la ética del geocaching y que algunas de las reglas aceptadas son: no poner en peligro a otros, minimizar el impacto en la naturaleza, respetar la propiedad privada y evitar la sospecha pública.

Caminé hasta la playa diciéndome “no voy a hacer geocaching hoy, mejor empiezo otro día con alguien” pero no aguanté. Abrí la aplicación del teléfono y vi que muy cerca mío, a unos 100 metros, había un tesoro oculto. Miré la pista: “Está colgado”. Tendrían que haberme visto: empecé a caminar mirando para arriba, esperando encontrarme una caja colgada de algún árbol o de una pared. Al ser la primera vez, no me avivé de que la aplicación tenía un GPS incorporado que me iba indicando con una flecha hacia qué lado caminar. Yo solo veía mi punto moviéndose en el mapa y trataba de acercarlo lo más posible a ese punto verde. Cuando estuve a pocos metros, el teléfono empezó a vibrar: “¡Prestá atención! ¡Estas cerca!”. Busqué, busqué, busqué, pero no veía nada. Ni siquiera sabía qué estaba buscando.

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Pasé por un arbusto y vi un tubito verde muy chico, pero lo desestimé y seguí. Cuando estaba por darme por vencida, miré la foto de alguien que ya lo había encontrado. En la app de Geocaching hay un logbook o libro de visitas online: los que ya encontraron ese tesoro dejan algún comentario (sin spoilers) y a veces alguna foto de referencia. Cuando miré la foto me di cuenta de que el tubito verde era el tesoro. Volví, lo desenganché del arbusto —estaba agarrado con uno de esos alambres para cerrar el pan lactal—, lo abrí y adentro encontré un papel enrollado: era el libro de visitas (todos los caches tienen uno). Lo firmé con nombre y fecha y volví a engancharlo en la misma rama. No sé si alguien me vio ya que era una zona con mucha gente. Volví a casa contenta, pero quería más: quería cajas como las del video.

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Al día siguiente salí a caminar temprano, algo que no hacía hace tiempo. Había estado mirando el mapa y vi que en Biarritz hay una laguna (ni sabía) y que en el bosque alrededor de esa laguna hay como cinco tesoros, varios de ellos cajas (la aplicación suele decir qué tamaño tiene el tesoro que estás buscando). El lugar estaba a 45 minutos caminando de mi casa, así que puse música y fui para allá. Llegué a una zona natural lindísima y pensé que, más allá de que encontrara las cajas o no, uno de los premios del Geocaching era aparecer en lugares así. Seleccioné la primera caja en la aplicación y el GPS me empezó a guiar. Primero me mantuve por el sendero, pero después la flecha me dijo que subiera y me metiera en el bosque. Me empecé a reír sola porque me sentía una boy-scout caminando entre la maleza. La pista decía: “Está en un árbol hueco”, pero como el GPS no es cien por ciento exacto, una vez que estás a pocos metros tenés que explorar todo. Así que me puse a mirar los árboles uno por uno, a buscarles huecos, hasta que por fin apareció mi primera caja.

Por calles así me fui llevando el GPS

Por calles así me fui llevando el GPS

Después entré acá

Después entré acá

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Encontré el árbol susodicho

Y la caja

Y la caja

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La abrí y me desilusioné. Estaba llena de publicidad (?): tarjetas ofreciendo servicios de peluquería y cosas así. Yo quería encontrarme objetos personales y con valor sentimental. Guardé todo donde estaba y me fui a buscar el próximo punto verde. El GPS me llevó por un camino que desembocó directo en la laguna. La pista de esta caja era: “Está debajo de una piedra”, así que me puse a levantar todas las piedras que encontré. Este tupper me gustó más: tenía una ficha de dominó, una pulsera, una flor seca, un pasaje de tren y un cuaderno para firmar. Dejé mi nombre y aporté una pulsera a la caja. Después me fui a sentar un rato frente a la laguna.

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Y aparecí frente a la laguna

Y aparecí frente a la laguna

Después de revisar piedras, la encontré

Después de revisar piedras, la encontré

Caja que encontré en el bosque

Caja que encontré en el bosque

Ya que estaba ahí, aproveché para seguir paseando por el lago, busqué una caja más y volví a casa. En total estuve dos horas y media caminando en busca de tesoros.

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Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

con patos y todo

con patos y todo

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Y bosque

Y bosque

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La tercera caja estaba acá

La tercera caja estaba acá

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Adentro de la caja había un aviso: “Si descubrís esto sin querer, por favor dejalo donde estaba, sin vandalizarlo. Esta caja forma parte de un juego mundial con GPS que se llama “geocaching”. Podés encontrar toda la información en el sitio web”

Supongo que esto se hace vicio muy fácil. En el libro de visitas online vi que alguien había escrito: “Lo encontré, es mi cache número 200″. Y me dije que qué pena que no supe de esto antes, porque hubiese buscado cosas en todos los países que estuve. Geocaching es la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de 200 millones de cosas escondidas en 200 países y territorios, así que se puede jugar casi en todos lados. Yo creo que de ahora en más, cada vez que llegue a un lugar nuevo, no aguantaré la tentación de abrir el mapa y ver cuántos puntos verdes hay a mi alrededor.

[box type=”star”]Más información del Geocaching

* Si bien la aplicación de Geocaching está por cumplir 15 años, este no es un juego nuevo. El geocaching es parecido al letterboxing, un juego que existe hace más de 160 años y que consiste en dejar cajas con sellos y dar las pistas a través de catálogos impresos o sitios webs. Luego, quien encuentra la caja usa el sello para estampar su propio cuaderno y demostrar el hallazgo.

* Dave Ulmer, de Oregon, fue el primero en esconder un cache y dar las coordenadas de GPS el 3 de mayo del 2000. Posteó la ubicación en una web y tres días después ya había registros de que dos personas lo habían encontrado. Hoy, en ese sitio, hay una placa conmemorativa.

* Yo estoy usando la aplicación de geocaching.com, pero hay varias webs que muestran dónde están los tesoros, como  opencaching.com o Open Caching Network (tienen distintas webs para distintas regiones del mundo).

* Hay un montón de otros juegos parecidos, también al aire libre, con pistas y en todo el mundo: book crossing, bike crossing, benchmarking… Ya los probaré y después les cuento.

* Y si quieren ideas para viajar distinto, les recomiendo “Turista lo será tú. Setenta y tantas propuestas para viajar de otra manera”, publicado por La editorial viajera (la misma de “Viajeras”). [/box]

Exploración #3: la búsqueda del tesoro

Cuando era chica, uno de mis juegos preferidos era la búsqueda del tesoro. Solíamos jugarlo en los cumpleaños, en las colonias de vacaciones y puede que en el colegio, aunque de eso no me acuerdo. El objetivo era ser los primeros en encontrar un tesoro oculto, y para descubrir dónde estaba escondido teníamos que ir siguiendo pistas. Nos dividíamos en equipos y nos daban un papelito con la primera pista a cada grupo: decía, por ejemplo, andá al tercer árbol de la esquina del colegio y mirá bien entre sus ramas, entonces íbamos corriendo al árbol para buscar la pista siguiente. Después de diez o quince pistas llegábamos al tesoro, que a veces era una bolsa de golosinas y a veces eran libros. Los domingos de Pascua de mi infancia también eran búsquedas del tesoro: mi mamá se levantaba temprano y escondía huevos de chocolate en el jardín y yo salía corriendo a buscarlos.

Cuando empecé a viajar y a mirar la realidad con otros ojos me di cuenta de que cualquier espacio público está lleno de tesoros. Es cuestión de prestarles atención. Así encontré un montón de naipes por el mundo —casi una baraja entera—, legos amarillos y piezas de rompecabezas en Barcelona y todo tipo de cosas en las calles de París. Objetos que algunos habían desechado por considerarlos basura, para mí eran hallazgos. Me llevó tiempo, sin embargo, animarle a levantarlos: sentía que la gente me miraba o que muchos me juzgarían por agarrar cosas que estaban tiradas en el piso. Pero un día me animé y desde que empecé no paré.

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Hace unos meses me compré el libro [eafl id=”21149″ name=”The pocket scavenger” text=”‘The pocket scavenger'”] (de Keri Smith) y empecé a recolectar y a pegar todos mis tesoros en un mismo lugar. Keri Smith da una lista de 75 elementos para buscar en la calle, entre ellos un dibujo, algo imaginario, un cupón, algo roto, una postal, un origami y cosas así. Al final del libro da ideas para jugar a la búsqueda del tesoro con amigos: encontrar diez cosas en diez minutos, elegir un objeto y encontrar varios ejemplares, hacer una lista de cosas e intercambiarla con una amiga. Y cuando pensaba en jugar a la búsqueda del tesoro, la primera persona en la que pensaba era Lau. Como no sabíamos cuándo íbamos a estar juntas en un mismo lugar, decidimos jugar a la distancia. Armamos una lista entre las dos y cada cual salió por su ciudad a buscar cosas.

La consigna: encontrar todos los elementos de la lista en espacios públicos. La interpretación de cada cosa era libre: podía ser un barco de verdad, uno de juguete, un dibujo de un barco, la silueta de un barco.

Lugar de mi búsqueda: Biarritz (Francia), con lluvia y en invierno. Aproveché los pocos momentos de sol para salir, y otras veces busqué objetos bajo la garúa. Lau buscó los suyos en Mar del Plata (Argentina), que es una especie de alter-ego de Biarritz, y en verano, así que fueron búsquedas cruzadas.

La lista:

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Después de sacar esta foto agregamos tres elementos más:

– algo que no sepas que es
– un dispenser
– algo que nos hubiese gustado que esté en la lista

Estos son mis resultados, en orden cronológico:

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] graffiti

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Lau: me hubiese divertido más que estés acá para hacer la búsqueda juntas. Pero esto de buscar los mismos elementos a la distancia también me generó intriga: ¿qué habrás encontrado vos por allá?

El graffiti fue fácil, fue el primero que encontré. Ya lo tenía visto: está a una cuadra de casa hace meses, así que empecé con ventaja.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un boleto

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Esta ciudad es bastante limpia y pensé que eso me iba a jugar en contra en la búsqueda, pero el boleto apareció al toque.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que parezca una cara

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A esta le digo “la casa que ríe”.

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Esta es “la moto bonachona”.

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Y esta, “la papa expresiva”. No sé si te conté, pero tengo una carpeta de fotos que se llama “cosas que parecen caras”. Debo haber encontrado unas treinta, y sigo sumando.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo de otro tiempo

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Es un palito de helado, pero para mí es algo de mi infancia. Lo vi y pensé en los recreos, en los helados Torpedo que comía en verano, en que siempre me tocaba el vale otro, en las esculturas con palitos que hacíamos en la clase de arte, en el verano y en los juegos.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que no sepas qué es

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No tengo idea. ¿Un pedazo de auto? Si alguien reconoce este objeto, que por favor me ilumine.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo escondido o camuflado

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¿No es espectacular? Las hojas están incrustadas en el asfalto. Digamos que se camuflaron sin proponérselo. Se ve que asfaltaron en otoño y las hojas quedaron ahí, embalsamadas para siempre.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un barco

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Tanto mar acá y yo poniendo un barco que no flota. Pero me gustó. Acá los frentes de las casas tienen detalles así.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo rosa o violeta

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La foto salió muy movida porque llovía mucho. Al principio lo vi y seguí de largo, pero me arrepentí y di la vuelta.

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Y no podía no poner la casa rosa.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un buzón

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Cuando buscaba el buzón pensaba en los buzones rojos de Argentina. Acá el color oficial es el amarillo y este es uno de los buzones de La Poste, el correo francés.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que tenga que ver con la música

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Es mi gomita de pelo y no sé por qué se le dio por enroscarse formando la clave de sol. Me desperté y estaba así, en mi mesa de luz. No la encontré en un espacio público, pero me pareció muy buena como para dejarla pasar.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un papel escrito

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No sabés el viento que había este día. Salí de casa no me acuerdo para qué y encontré este papel cerca de la playa. Fue muy difícil lograr que se quedara quieto. Le saqué la foto y salió volando.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] una bicicleta

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Había encontrado otra, una amarilla a la salida de la pileta, pero esta me gustó más. La vi camino al correo pero iba apurada porque el correo estaba por cerrar, así que la dejé pasar. A la vuelta pensé que esté que esté que esté, y sí, la bici me esperaba ahí.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo redondo

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Puede que no sea un redondo perfecto, pero de lejos parecía una pelotita.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un gato

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A mí también me costó verlo, pero está ahí, asomado. Con los gatos fue la Ley de Murphy: cuando no los buscaba los veía todos los días, cuando pasaron a formar parte de mi lista se deben haber enterado porque se escondieron bien.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] una pelota

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Dónde está la pelota, te estarás preguntando. En la foto no se ve, pero estuvo ahí, en ese pasto. Te cuento.

La pelota fue uno de los objetos que me costó mucho encontrar. Acá no se ven nenes jugando a la pelota en la calle, menos en los días de lluvia que hubo cuando salí a hacer la búsqueda.

Una tarde, L. y yo estábamos en casa y escuchamos que alguien golpeaba la puerta principal. Cuando fuimos a abrir vimos que el picaporte se movía: la persona que estaba del otro lado quería entrar, hubiese gente adentro o no. Abrimos y nos encontramos con un nene de unos nueve años. Sus amiguitos estaban cerca porque se escuchaban las risas. Dijo, con timidez: “Monsieur, excuse-moi, je perdu mon ballon dans votre jardin” (Señor, disculpe, perdí mi pelota en su jardín), y nos pidió permiso para pasar al jardín de atrás y recuperarla. La agarró y salió corriendo. Fue todo tan rápido que no tuve tiempo de sacar una foto. Pero la pelota estuvo ahí: cayó del cielo a mi jardín.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo con forma de flor

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Varias veces me pregunté dónde iba a encontrar algo con forma de flor. Y mirá.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que vuele

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¿Vale? Esas rayas blancas son típicas del cielo de acá. Las hacen aviones que no sé bien qué función cumplen y casi siempre se ven así, en diagonal.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que haga (son)reír

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Sí, ya sé, no es que ves esta foto y decís JA JA JA QUÉ GRACIOSO POR DIOS, pero hace sonreír, ¿no? Como Biarritz está casi al lado de España, hay muchas casas que ponen sus nombres en castellano. Encontré una que se llama “Chalet Conchita” (y si me sale la argentina boluda de adentro, un poco me río). Pensé que le había sacado una foto pero no la encuentro.

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La casa argentina.

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Y el baño para perros elegantes.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un dispenser

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Bolsitas para el perro.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un teléfono público

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Esta fue una de las figuritas difíciles y como verás hice trampa. No encontré teléfonos públicos en Biarritz, no sé si hay o no, pero esto es lo que más se acerca.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo con una imagen o dibujo

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Este sticker lo vi en varias paredes. Es una especie de estatua de la libertad musulmana, ¿no?

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo muy feo

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Yo no soy nadie para hablar de arquitectura, pero a mí este hotel me parece feo. Lo que se dice feo. Habiendo un estilo arquitectónico tan lindo en Biarritz —y en todo el país vasco—, no entiendo por qué hacen algo que parece una caja de zapatos y te cobran carísimo por dormir ahí. Feo!

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] una textura

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La textura de un tacho de basura. Me encantó.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo con etiqueta de “Made in”

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Esta me costó un montón. Intenté encontrar alguna prenda de ropa tirada en el piso para poder sacarle una foto a la etiqueta, pero no apareció nada. Pasé por esta vidriera veinte veces y siempre me paré a mirar, pero me di cuenta del Made in Pays Basque cuando buscaba la bendita etiqueta.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un globo

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Otra foto con trampa: acá no hay ningún globo. Este fue el ítem imposible. Por un rato te envidié porque seguro que en Mar del Plata estaba lleno de vendedores de globos. Acá ni uno. ¿Por qué puse esta vidriera? Porque cada vez que pasaba por ahí y la veía, mi primera reacción era: ¡un globo! Y después: ah no, son esas lámparas. Así que eso: estos son mis falsos globos.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] 5 hojas de árbol

Este debería haber sido el más fácil. Estamos en invierno y las calles están llenas de hojas secas. Las vi por todas partes y les saqué fotos, pero esta mañana, cuando me senté a escribir este post, me di cuenta de que me había faltado una. A la tarde salí para ir al super y agarré la quinta hoja. Acá va la última foto.

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[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un objeto sorpresa

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Arturito (?). Visto en la vidriera de un vivero.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] cosas que me hubiesen gustado que estén en la lista

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Una palabra

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Una tipografía

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Fósforos (porque ¿a quién se le ocurriría buscarlos?)

[box type=”star”]* Este post pertenece a la serie Viajes sincronizados, un conjunto de juegos a distancia con Lau, de Los Viajes de Nena. Pueden ver los resultados de la búsqueda del tesoro de Lau en su blog.

* Podés hacer esta búsqueda del tesoro en tu ciudad. Compartí los resultados usando el hashtag #viajessincronizados y enlazanos.

* Además de viajar juntas y jugar a la distancia, Lau y yo también escribimos libros, y como nuestros libros nacieron casi a la vez, decimos que son primos hermanos. Como les gusta mucho estar juntos, decidimos venderlos en combo para que no tengan que separarse: podés conseguir un ejemplar de “Caminos invisibles” (el libro de Lau y Juan) + un ejemplar de “Días de viaje” (mi primer libro) + un set de 7 señaladores en mi Tienda. [/box]

Un lego amarillo

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A veces sospecho que el mundo es el escenario de una gran búsqueda del tesoro en la que participamos todos. Las ciudades son patios de juegos donde la gente deja, tira o pierde cosas que para otros las encuentren, las miren, las levanten y se pregunten de dónde salieron, cómo llegaron hasta ahí, qué camino transitaron para haber quedado justo ahí, en medio de dos baldosas medio rotas, o justo ahí, en uno de los escalones de una iglesia, o justo ahí, en el acantilado de alguna alcantarilla. Las cosas abandonadas van pasando de mano en mano, se resetean cuando cambian de dueño, van reescribiendo su historia, se presentan anónimas, puro presente, con un pasado que sólo se puede intuir, imaginar o inventar.

Desde chica tengo la costumbre de caminar mirando hacia abajo, no sé si por timidez, por mala postura, porque en Buenos Aires hay muchas veredas rotas o para no pisar caca de perro. También puede que camine así para encontrar cosas. Antes no me animaba a levantarlas: lo que está en la calle es basura, está sucio, no se toca, no se levantan cosas de la calle, Ani. No sé cuándo crucé la barrera, tal vez cuando levanté el primer naipe abandonado en Laos, quizá cuando me animé a rescatar un paraguas de la basura en Portugal, tal vez cuando vi que mi vecino había tirado un montón de láminas con dibujos y le toqué timbre para preguntarle si no había sido un error, porque la acción de tirar arte a la basura puede ser bien metafórica pero a mí me genera algo raro: ¿lo dejaron ahí para que otro se lo apropie y lo disfrute? ¿O lo abandonaron porque ya no les transmite la emoción que en algún momento sintieron?

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En Barcelona siempre me encuentro cosas (esta es la vista desde una de las terrazas de Sant Jordi Rock Palace Hostel, lugar que fue mi refugio durante casi dos semanas en Barcelona)

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En París también.

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Hay relojes.

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Chimeneas que parecen instrumentos musicales.

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Y gente que interactúa con las estatuas.

En las calles del mundo, además de gente, hay muchas cosas. En Europa, por ejemplo, es costumbre dejar muebles que ya no se usan en las veredas. Mucha gente que conozco se armó la casa con mesas, sillas y cajoneras que encontró, impecables, en la puerta de algún edificio. Yo en París encontré todo menos muebles. Es que tampoco los buscaba, los muebles no forman parte de mi radar, no puedo amoblar mi mochila. Iba con la mirada abierta, sin buscar nada en particular, y encontré cosas como una bailarina con un brazo roto, un esqueleto sacando la lengua desde adentro de una furgoneta, conejitos de peluche que decidieron ahorcarse, un inodoro con la tapa levantada, una campera de cuero, un vómito en la escalera de Medianoche en París, una pelea callejera frente al Sacre Cour, una trenza cortada y tirada en el asfalto. Cada vez que salgo a caminar por París con vos me encuentro algo, le dije a J. No sé si será casualidad o qué.

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El conejito no pudo soportarlo

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Estas cosas aparecen sobre todo de noche.

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Por mirar el piso también encuentro caras en las cosas.

En Barcelona, hace unas semanas, encontré una pieza de rompecabezas. Estaba sola y era una pieza del medio, no un borde, una pieza que necesita a otras cuatro a su alrededor, una pieza con un dibujo como de flores, una pieza que quizá en ese momento sentía que me faltaba y que encajaba bien con mi vacío, una pieza que tengo guardada en la mochila pero que todavía no sé para qué me servirá. Y hace dos días encontré una pieza pero de Lego, un bloquecito de lego amarillo, rectangular y alargado, con cuatro circulitos arriba y cuatro huequitos abajo, una pieza de ingeniería. Lo levanté del piso sin pensarlo. Cuando tengo que pensarlo es porque ese objeto no está ahí para que yo lo levante. Me lo guardé en el bolsillo para analizarlo después.

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Alguien no va a poder terminar su rompecabezas.

Unos días después, a la una de la mañana, me senté en un escalón de la plaza del tripi y me puse a escribir en mi libreta acerca del lego amarillo. Barcelona tiene eso: podés salir a cualquier hora, sola, acompañada, a un bar, a un escalón, y sentarte a escribir, a cantar, a tocar la guitarra, a lo que quieras. Cada cual a su rollo y la ciudad como patio de juegos a la potencia. Dibujé el lego amarillo en una hoja y le empecé a sacar flechas y a escribir cosas que se me ocurrían, a intentar exprimirlo y vaciarlo de sentido, como a la naranja que Pedro nos puso aquella vez en medio de la mesa y nos hizo mirar de todas las maneras posibles para luego escribir acerca de ella.

Flecha: cuando era chica jugaba con un balde de legos, no sabía construir pero me gustaba encastrar las piezas. Flecha: ¿este de dónde salió? ¿Se le cayó de la mano/mochila/monopatín a un nene? Lo tiró a propósito, lo perdió. Flecha: nos educan para ser legos, piezas del sistema. Flecha: somos piezas distintas y nos necesitamos unos a otros para construir relaciones y armar redes y crear sinergias. Flecha: somos piezas indispensables en la vida del otro y de golpe dejamos de serlo. Flecha: los dos objetos que encontré en Barcelona sirven para construir, aunque ninguno sirve del todo por sí solo, ambos son parte de algo más grande. Flecha: ¿cómo se construye un lego? ¿Cuántos moldes hay? ¿Cómo se piensan las uniones? Determinado número de piezas sólo permite determinado número de uniones. Flecha: el lego no puede cambiar de forma, está condenado a ser la misma pieza por siempre. Nosotros vamos mutando y cambiando de rol. (…)

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La plaza del tripi

—¿Eres artista?

Levanté la cabeza y vi que un chico me miraba mientras escribía.

—Escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que pienso.

—¿Sobre qué?

—Es que encontré objetos en la calle y estaba tratando de ver qué ideas me disparaban.

—¿Me lees algo?

—Es un borrador, no tiene mucha importancia…

Y me puse a leer: flecha flecha piezas sistema flecha niños flecha balde encastrar construir flecha mutando flecha.

—¿De dónde sos?

—De Italia, pero mi mamá es húngara.

—¡No! ¡Mi mamá también! Nunca me pasó esto, qué genial.

Y nos pusimos a hablar: Budapest húngaro agosto Roma no quiero volver todo es igual allá mamá húngara yo no hablo ella sí yo hablo un poco me gusta dibujar hago tatuajes yo escribo el lunes me voy a París un gusto conocerte que sigas bien.

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El mundo está lleno de gente que se encuentra y se desencuentra.

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Y cuando dos personas se enfrentan por primera vez pasa algo así. Es tanto lo que no vemos… (La ilustración es de Vero Gatti)

En la calle también se encuentran personas y, como los objetos, a primera vista venimos como reseteados, con una historia previa que el otro desconoce, con un montón de flechas invisibles que explican por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué pensamos como pensamos, por qué buscamos lo que buscamos, por qué estamos justo en ese lugar de la vereda a esa hora y en esas coordenadas, pero las flechas y todos los globos de texto que salen de cada flecha están con la opacidad al cero por ciento, no se ven a simple vista, casi que ni se intuyen. Lo bueno es que, a diferencia de los objetos, entre personas podemos preguntarnos, escucharnos y dejar las suposiciones —casi siempre erróneas, porque es imposible adivinar con qué mochila carga el otro— de lado. Con los objetos no queda más que usar la imaginación.

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