Carta de despedida a Biarritz

Me cuesta escribir esto sin ponerme triste. Llegué a Biarritz por primera vez hace poco más de un año, el verano pasado, sin saber que me quedaría a vivir por nueve meses, que caminaría tanto por estas calles, que vería el faro cubierto de niebla y cubierto de sol, que odiaría su lluvia y amaría su mar. Vine porque dos personas no conectadas entre sí me dijeron, casi con las mismas palabras, que si quería aprender surf tenía que ir a Biarritz, y a mí esa palabra se me quedó pegada. No sabía nada de Biarritz ni de surf y sin embargo vine, llegué un día en el que estaba a la deriva, en una época en la que me sentía sin rumbo y en la que todo me daba un poco igual. Y a primera vista la ciudad me pareció de las más lindas que vi, pero no me sentí cómoda y quise irme. Unas horas después conocí a alguien y las cosas cambiaron. Y me quedé. Nos quedamos. Nueve meses viviendo juntos acá.

Desde mi cuarto.

Desde mi cuarto.

La vista desde mi ventana

La vista desde mi ventana

Las postales frente a mi escritorio.

Las postales frente a mi escritorio.

Mis grullas.

Mis grullas.

Escribo esto todavía en Biarritz, sentada en mi escritorio de vidrio al lado de la ventana, con vista a un jardín que todavía es mi jardín, mirando la pared llena de postales que aún no despegué. Frené acá porque necesitaba esto: un espacio de trabajo, un hogar y un amor. Me sentía muy huésped y muy sola, y estaba cansada de moverme de un lado a otro sin parar. Mi límite de viaje en continuado es un año, después de eso ya me canso, pierdo la capacidad de asombro, no tengo ganas de ver lugares nuevos y me surge la necesidad de detenerme. Acá volví a tener la rutina que tanto necesitaba: empecé natación, fui al cine, llené las alacenas, jugué al Super Mario, miré películas, me abrí otro blog, recibí postales y escribí mucho, un montón. Escribí otro libro, aunque el capítulo de Biarritz todavía ni lo empecé, dicen que hay que escribir acerca de un lugar cuando uno ya se fue.

Además me compré libros.

Además me compré libros.

y zorritos.

y zorritos.

Amo mi jardín.

Amo mi jardín.

Recibí cartas.

Recibí cartas.

Y ahora me toca despedirme de prepo, porque no sé si nos iríamos si la situación fuese distinta. Acaba de empezar el verano, la mejor época del País Vasco, ya no llueve, el mar está calentito, la gente está contenta, hay luz hasta las diez de la noche y uno casi se olvida de que acá existió el invierno. Pasamos seis meses bajo lluvia, con caracoles trepando por las paredes, hongos expandiéndose por el techo, olor a humedad en el baño, las toallas siempre mojadas, sabañones en los pies, y ahora tenemos que irnos porque la dueña de la casa-cueva cuadruplica sus precios durante los meses de verano y si Biarritz ya era cara en invierno ahora es imposible. Mi casa-cueva ya no esta, será otra, será muchas. Se nos terminó el contrato, el primero que firmé con un chico, sin pensarlo, cuando me dijo quedate a vivir conmigo acá, estemos juntos, quiero estar con vos.

La playa

La playa

Una rotonda

Una rotonda

Cerca de casa

Cerca de casa

Durante estos meses en Biarritz me di cuenta de que el clima afecta mucho mi estado de ánimo. Tuve tristeza de invierno —autodiagnosticada—, lloré cada vez que llovía, me enojé cuando no salió el sol durante dos semanas, me dio rabia ver que el servicio meteorológico anunciaba lluvia con cien por ciento de probabilidades para los próximos diez días, dije un montón de veces que me iba para Argentina, que chau, que empaco todo y ya fue, que no quiero estar más acá, que estoy pasada por agua, que no me banco más el viento y esa garúa fina que me corroe. Me consolé con macarrons, con chocolate, con cafés con leche, con películas y series, con los abrazos de L. Me sentí mejor —y peor, por improductiva— quedándome en la cama hasta tarde, leyendo mis libros con dos frazadas encima. Aprendí que a veces eso también está bien, que no puedo estar todo el tiempo forzándome a hacer cosas, que los descansos son tan importantes como el trabajo.

Vidrieras

Vidrieras

Peluquería

Peluquería

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Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Cosas que veo en mis caminatas de todos los días

Aprendí a medir el paso del tiempo de otras maneras. En esta casa los relojes nunca estuvieron en hora y tampoco tuve calendarios, hasta hace poco, pero supe que los meses pasaban porque vi mi pared llenarse de postales, porque vi el ciclo de las mareas, porque a L. le crecían los rulos, porque el sol fue saliendo cada vez más temprano y escondiéndose más tarde. Supe que había empezado la primavera cuando escuché a dos pájaros cantar al lado de mi ventana a las tres de la mañana y recordé que ese sonido existía. Y ahí me di cuenta de que esta fue la primera vez que pasé un invierno, mejor dicho: que hiberné en una cueva. También me volví más friolenta, supongo que de tanto invierno, y un poco más miedosa, quizá por tanta lluvia.

Junto con la primavera llegó una inquilina nueva a la casa, y ahí empecé a practicar el arte de la paciencia y a decirme ya está, es hora de empacar, con nuestras cosas a otro lado, esta casa ya no es nuestro espacio. Así que me despido sin despedirme, porque todavía sigo acá, aunque en cuenta regresiva, tres, dos, uno. Caeré cuando estemos en la próxima ciudad, en algún lugar sin humedad y sin mar. Nunca, jamás, hubiese pensado que iba a quedarme a vivir en Francia. Ni aunque me lo hubiese dicho mi astróloga, que, si mal no recuerdo, alguna vez me lo mencionó. Tampoco pensé que iba a encontrar mi hogar en un chico francés, siempre dije que los franceses eran lindos pero que no los terminaba de entender, y mirá. Ahora nos toca ir a los dos a mi país, a construir otro hogar transitorio en Buenos Aires y después veremos dónde más. Y por primera vez lloro mientras escribo un post, no sé si de tristeza por la partida, de alegría por irme acompañada, de emoción por volver a Buenos Aires, de felicidad por todo lo que nos espera, de ansiedad por las ganas que tengo de hacer un viaje largo por Argentina, o de hipersensible porque me está por venir (debe ser eso). Pero nunca viví tanto tiempo en otro lugar que no fuese Buenos Aires y todo eso me genera una procesión. Además hace casi dos años que no vuelvo a Argentina, y me parece demasiado.

Arco iris de hortensias

Arco iris de hortensias

La Grande Plage

La Grande Plage

Balcones

Balcones

Chau Biarritz, siempre me despido de personas, ahora me toca despedirme de un lugar. Ni sé cómo hacer: ¿salgo a caminar? ¿Saco la basura por última vez? ¿Me meto al mar? ¿Cómo se le dice chau a un hogar? Te deseo que sigas con buen clima, que los turistas no te maltraten mucho, que alguien se enamore de vos, que cuiden tus hortensias, que sigas recibiendo surfers y que le des un buen susto al hombre que escupe. No sé si volveremos, tampoco sé si será lo mismo si volvemos, pero yo me llevo mi mapa subjetivo de tus calles y toda la inspiración que me diste, y eso para mí es lo más valioso. No te lo quería decir, pero si bien te nombré un montón de veces, hay mucha gente que sigue pensando que viví estos nueve meses en París, y qué tendré que ver yo con París, te estarás preguntando. Nada, estás mucho más cerca de España que de París, sos parte del País Vasco, tenés mar. Solo quiero que sepas que L. y yo siempre tendremos Biarritz. Gracias por eso.

À bientôt ! ¡Hasta pronto!

A.

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Publicado desde Estrasburgo, en la otra punta de Francia, con calor y nostalgia.

Geocaching: la búsqueda del tesoro más grande del mundo

Mañana, 2 de mayo, Geocaching cumple 15 años. Y lo único que me pregunto es cómo no lo descubrí antes. En realidad lo conocía, varias personas me habían hablado acerca de ese juego, pero nunca le di mucha importancia. Era como:

—¿Sabías que hay gente que esconde cosas en todas partes del mundo y da las coordenadas del GPS para que otros las encuentren?

Y yo:

—Ahhh, mirá.

Y nada. Aniko despertate.

Hace unos días estaba leyendo el libro “Turista lo serás tú”, de mis amigos de la Editorial Viajera, cuando la palabra geocaching volvió a aparecer en mi vida. Este libro propone más de setenta juegos para hacer mientras viajás. Uno de ellos, el 27, decía así:

“Tal vez no los hayas visto, pero tu ciudad está llena de tesoros. Tesoros reales aunque simbólicos: objetos ocultos en tarteras —tuppers— (protegidos así de las inclemencias climáticas) en coordenadas muy precisas. Han sido escondidos por personas, pero, paradójicamente, para que sean encontrados. Pero no por cualquiera: solo por aquellos que los busquen en páginas web creadas a tal efecto. Parece un juego, un acertijo, y es así: se trata del geocaching.”

Enseguida lo busqué en internet y me encontré con este video explicativo:

Para jugar, decía, se necesita un GPS o smartphone. Y claro, me dije, la última vez que escuché hablar acerca del geocaching no tenía smartphone, pero ahora sí, así que me bajé la aplicación enseguida para ver de qué se trataba. Se abrió un mapa de Biarritz —la app sabe dónde estás— y aparecieron como treinta puntos verdes. ¿Qué quería decir eso? Que en cada uno de esos puntos había un tesoro escondido. Empecé a saltar de emoción y le dije a L.: “¡Mirá esto, por favor! Biarritz está llena de cosas ocultas, hay tesoros, hay cajas que quizá tengan muñequitos de la infancia de alguien, dados, libros, cartas, secretos. Tengo que salir a buscarlos, esto es espectacular”. Él, que ya se acostumbró a verme levantar cosas del piso —naipes, piezas de rompecabezas, legos, papeles escritos, cintitas, bolsitas y etcétera— y de la basura —o de lo que otros consideran basura— se reía: “Es ideal para vos, era obvio que te iba a gustar”. Pero ese día llovía mucho, así que tuve que esperar.

Me fui hasta la Grande Plage

La Grande Plage de Biarritz, por acá cerca hay tesoros escondidos

Al día siguiente salí a caminar. Como cualquier cosa nueva, esto del geocaching me generaba algunas dudas. No voy a decir miedo, porque no era miedo, pero me daba no se qué estar buscando tesoros sola: ¿y si alguien me veía y pensaba que estaba loca? ¿y si me encontraba con otro geocacher en el mismo punto? ¿y si tenía que explicarle a alguien (¡en francés!) lo que estaba haciendo? Después leí que existe algo así como la ética del geocaching y que algunas de las reglas aceptadas son: no poner en peligro a otros, minimizar el impacto en la naturaleza, respetar la propiedad privada y evitar la sospecha pública.

Caminé hasta la playa diciéndome “no voy a hacer geocaching hoy, mejor empiezo otro día con alguien” pero no aguanté. Abrí la aplicación del teléfono y vi que muy cerca mío, a unos 100 metros, había un tesoro oculto. Miré la pista: “Está colgado”. Tendrían que haberme visto: empecé a caminar mirando para arriba, esperando encontrarme una caja colgada de algún árbol o de una pared. Al ser la primera vez, no me avivé de que la aplicación tenía un GPS incorporado que me iba indicando con una flecha hacia qué lado caminar. Yo solo veía mi punto moviéndose en el mapa y trataba de acercarlo lo más posible a ese punto verde. Cuando estuve a pocos metros, el teléfono empezó a vibrar: “¡Prestá atención! ¡Estas cerca!”. Busqué, busqué, busqué, pero no veía nada. Ni siquiera sabía qué estaba buscando.

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Pasé por un arbusto y vi un tubito verde muy chico, pero lo desestimé y seguí. Cuando estaba por darme por vencida, miré la foto de alguien que ya lo había encontrado. En la app de Geocaching hay un logbook o libro de visitas online: los que ya encontraron ese tesoro dejan algún comentario (sin spoilers) y a veces alguna foto de referencia. Cuando miré la foto me di cuenta de que el tubito verde era el tesoro. Volví, lo desenganché del arbusto —estaba agarrado con uno de esos alambres para cerrar el pan lactal—, lo abrí y adentro encontré un papel enrollado: era el libro de visitas (todos los caches tienen uno). Lo firmé con nombre y fecha y volví a engancharlo en la misma rama. No sé si alguien me vio ya que era una zona con mucha gente. Volví a casa contenta, pero quería más: quería cajas como las del video.

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Al día siguiente salí a caminar temprano, algo que no hacía hace tiempo. Había estado mirando el mapa y vi que en Biarritz hay una laguna (ni sabía) y que en el bosque alrededor de esa laguna hay como cinco tesoros, varios de ellos cajas (la aplicación suele decir qué tamaño tiene el tesoro que estás buscando). El lugar estaba a 45 minutos caminando de mi casa, así que puse música y fui para allá. Llegué a una zona natural lindísima y pensé que, más allá de que encontrara las cajas o no, uno de los premios del Geocaching era aparecer en lugares así. Seleccioné la primera caja en la aplicación y el GPS me empezó a guiar. Primero me mantuve por el sendero, pero después la flecha me dijo que subiera y me metiera en el bosque. Me empecé a reír sola porque me sentía una boy-scout caminando entre la maleza. La pista decía: “Está en un árbol hueco”, pero como el GPS no es cien por ciento exacto, una vez que estás a pocos metros tenés que explorar todo. Así que me puse a mirar los árboles uno por uno, a buscarles huecos, hasta que por fin apareció mi primera caja.

Por calles así me fui llevando el GPS

Por calles así me fui llevando el GPS

Después entré acá

Después entré acá

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Encontré el árbol susodicho

Y la caja

Y la caja

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La abrí y me desilusioné. Estaba llena de publicidad (?): tarjetas ofreciendo servicios de peluquería y cosas así. Yo quería encontrarme objetos personales y con valor sentimental. Guardé todo donde estaba y me fui a buscar el próximo punto verde. El GPS me llevó por un camino que desembocó directo en la laguna. La pista de esta caja era: “Está debajo de una piedra”, así que me puse a levantar todas las piedras que encontré. Este tupper me gustó más: tenía una ficha de dominó, una pulsera, una flor seca, un pasaje de tren y un cuaderno para firmar. Dejé mi nombre y aporté una pulsera a la caja. Después me fui a sentar un rato frente a la laguna.

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Para llegar a la segunda caja seguí por acá

Y aparecí frente a la laguna

Y aparecí frente a la laguna

Después de revisar piedras, la encontré

Después de revisar piedras, la encontré

Caja que encontré en el bosque

Caja que encontré en el bosque

Ya que estaba ahí, aproveché para seguir paseando por el lago, busqué una caja más y volví a casa. En total estuve dos horas y media caminando en busca de tesoros.

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Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

Si no hubiese sido por el geocaching, ni me enteraba de que tenía un lugar así tan cerca.

con patos y todo

con patos y todo

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Y bosque

Y bosque

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La tercera caja estaba acá

La tercera caja estaba acá

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Adentro de la caja había un aviso: “Si descubrís esto sin querer, por favor dejalo donde estaba, sin vandalizarlo. Esta caja forma parte de un juego mundial con GPS que se llama “geocaching”. Podés encontrar toda la información en el sitio web”

Supongo que esto se hace vicio muy fácil. En el libro de visitas online vi que alguien había escrito: “Lo encontré, es mi cache número 200″. Y me dije que qué pena que no supe de esto antes, porque hubiese buscado cosas en todos los países que estuve. Geocaching es la búsqueda del tesoro más grande del mundo: hay más de 200 millones de cosas escondidas en 200 países y territorios, así que se puede jugar casi en todos lados. Yo creo que de ahora en más, cada vez que llegue a un lugar nuevo, no aguantaré la tentación de abrir el mapa y ver cuántos puntos verdes hay a mi alrededor.

[box type=”star”]Más información del Geocaching

* Si bien la aplicación de Geocaching está por cumplir 15 años, este no es un juego nuevo. El geocaching es parecido al letterboxing, un juego que existe hace más de 160 años y que consiste en dejar cajas con sellos y dar las pistas a través de catálogos impresos o sitios webs. Luego, quien encuentra la caja usa el sello para estampar su propio cuaderno y demostrar el hallazgo.

* Dave Ulmer, de Oregon, fue el primero en esconder un cache y dar las coordenadas de GPS el 3 de mayo del 2000. Posteó la ubicación en una web y tres días después ya había registros de que dos personas lo habían encontrado. Hoy, en ese sitio, hay una placa conmemorativa.

* Yo estoy usando la aplicación de geocaching.com, pero hay varias webs que muestran dónde están los tesoros, como  opencaching.com o Open Caching Network (tienen distintas webs para distintas regiones del mundo).

* Hay un montón de otros juegos parecidos, también al aire libre, con pistas y en todo el mundo: book crossing, bike crossing, benchmarking… Ya los probaré y después les cuento.

* Y si quieren ideas para viajar distinto, les recomiendo “Turista lo será tú. Setenta y tantas propuestas para viajar de otra manera”, publicado por La editorial viajera (la misma de “Viajeras”). [/box]

Exploración #3: la búsqueda del tesoro

Cuando era chica, uno de mis juegos preferidos era la búsqueda del tesoro. Solíamos jugarlo en los cumpleaños, en las colonias de vacaciones y puede que en el colegio, aunque de eso no me acuerdo. El objetivo era ser los primeros en encontrar un tesoro oculto, y para descubrir dónde estaba escondido teníamos que ir siguiendo pistas. Nos dividíamos en equipos y nos daban un papelito con la primera pista a cada grupo: decía, por ejemplo, andá al tercer árbol de la esquina del colegio y mirá bien entre sus ramas, entonces íbamos corriendo al árbol para buscar la pista siguiente. Después de diez o quince pistas llegábamos al tesoro, que a veces era una bolsa de golosinas y a veces eran libros. Los domingos de Pascua de mi infancia también eran búsquedas del tesoro: mi mamá se levantaba temprano y escondía huevos de chocolate en el jardín y yo salía corriendo a buscarlos.

Cuando empecé a viajar y a mirar la realidad con otros ojos me di cuenta de que cualquier espacio público está lleno de tesoros. Es cuestión de prestarles atención. Así encontré un montón de naipes por el mundo —casi una baraja entera—, legos amarillos y piezas de rompecabezas en Barcelona y todo tipo de cosas en las calles de París. Objetos que algunos habían desechado por considerarlos basura, para mí eran hallazgos. Me llevó tiempo, sin embargo, animarle a levantarlos: sentía que la gente me miraba o que muchos me juzgarían por agarrar cosas que estaban tiradas en el piso. Pero un día me animé y desde que empecé no paré.

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Hace unos meses me compré el libro [eafl id=”21149″ name=”The pocket scavenger” text=”‘The pocket scavenger'”] (de Keri Smith) y empecé a recolectar y a pegar todos mis tesoros en un mismo lugar. Keri Smith da una lista de 75 elementos para buscar en la calle, entre ellos un dibujo, algo imaginario, un cupón, algo roto, una postal, un origami y cosas así. Al final del libro da ideas para jugar a la búsqueda del tesoro con amigos: encontrar diez cosas en diez minutos, elegir un objeto y encontrar varios ejemplares, hacer una lista de cosas e intercambiarla con una amiga. Y cuando pensaba en jugar a la búsqueda del tesoro, la primera persona en la que pensaba era Lau. Como no sabíamos cuándo íbamos a estar juntas en un mismo lugar, decidimos jugar a la distancia. Armamos una lista entre las dos y cada cual salió por su ciudad a buscar cosas.

La consigna: encontrar todos los elementos de la lista en espacios públicos. La interpretación de cada cosa era libre: podía ser un barco de verdad, uno de juguete, un dibujo de un barco, la silueta de un barco.

Lugar de mi búsqueda: Biarritz (Francia), con lluvia y en invierno. Aproveché los pocos momentos de sol para salir, y otras veces busqué objetos bajo la garúa. Lau buscó los suyos en Mar del Plata (Argentina), que es una especie de alter-ego de Biarritz, y en verano, así que fueron búsquedas cruzadas.

La lista:

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Después de sacar esta foto agregamos tres elementos más:

– algo que no sepas que es
– un dispenser
– algo que nos hubiese gustado que esté en la lista

Estos son mis resultados, en orden cronológico:

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] graffiti

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Lau: me hubiese divertido más que estés acá para hacer la búsqueda juntas. Pero esto de buscar los mismos elementos a la distancia también me generó intriga: ¿qué habrás encontrado vos por allá?

El graffiti fue fácil, fue el primero que encontré. Ya lo tenía visto: está a una cuadra de casa hace meses, así que empecé con ventaja.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un boleto

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Esta ciudad es bastante limpia y pensé que eso me iba a jugar en contra en la búsqueda, pero el boleto apareció al toque.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que parezca una cara

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A esta le digo “la casa que ríe”.

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Esta es “la moto bonachona”.

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Y esta, “la papa expresiva”. No sé si te conté, pero tengo una carpeta de fotos que se llama “cosas que parecen caras”. Debo haber encontrado unas treinta, y sigo sumando.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo de otro tiempo

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Es un palito de helado, pero para mí es algo de mi infancia. Lo vi y pensé en los recreos, en los helados Torpedo que comía en verano, en que siempre me tocaba el vale otro, en las esculturas con palitos que hacíamos en la clase de arte, en el verano y en los juegos.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que no sepas qué es

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No tengo idea. ¿Un pedazo de auto? Si alguien reconoce este objeto, que por favor me ilumine.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo escondido o camuflado

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¿No es espectacular? Las hojas están incrustadas en el asfalto. Digamos que se camuflaron sin proponérselo. Se ve que asfaltaron en otoño y las hojas quedaron ahí, embalsamadas para siempre.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un barco

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Tanto mar acá y yo poniendo un barco que no flota. Pero me gustó. Acá los frentes de las casas tienen detalles así.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo rosa o violeta

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La foto salió muy movida porque llovía mucho. Al principio lo vi y seguí de largo, pero me arrepentí y di la vuelta.

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Y no podía no poner la casa rosa.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un buzón

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Cuando buscaba el buzón pensaba en los buzones rojos de Argentina. Acá el color oficial es el amarillo y este es uno de los buzones de La Poste, el correo francés.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que tenga que ver con la música

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Es mi gomita de pelo y no sé por qué se le dio por enroscarse formando la clave de sol. Me desperté y estaba así, en mi mesa de luz. No la encontré en un espacio público, pero me pareció muy buena como para dejarla pasar.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un papel escrito

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No sabés el viento que había este día. Salí de casa no me acuerdo para qué y encontré este papel cerca de la playa. Fue muy difícil lograr que se quedara quieto. Le saqué la foto y salió volando.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] una bicicleta

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Había encontrado otra, una amarilla a la salida de la pileta, pero esta me gustó más. La vi camino al correo pero iba apurada porque el correo estaba por cerrar, así que la dejé pasar. A la vuelta pensé que esté que esté que esté, y sí, la bici me esperaba ahí.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo redondo

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Puede que no sea un redondo perfecto, pero de lejos parecía una pelotita.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un gato

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A mí también me costó verlo, pero está ahí, asomado. Con los gatos fue la Ley de Murphy: cuando no los buscaba los veía todos los días, cuando pasaron a formar parte de mi lista se deben haber enterado porque se escondieron bien.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] una pelota

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Dónde está la pelota, te estarás preguntando. En la foto no se ve, pero estuvo ahí, en ese pasto. Te cuento.

La pelota fue uno de los objetos que me costó mucho encontrar. Acá no se ven nenes jugando a la pelota en la calle, menos en los días de lluvia que hubo cuando salí a hacer la búsqueda.

Una tarde, L. y yo estábamos en casa y escuchamos que alguien golpeaba la puerta principal. Cuando fuimos a abrir vimos que el picaporte se movía: la persona que estaba del otro lado quería entrar, hubiese gente adentro o no. Abrimos y nos encontramos con un nene de unos nueve años. Sus amiguitos estaban cerca porque se escuchaban las risas. Dijo, con timidez: “Monsieur, excuse-moi, je perdu mon ballon dans votre jardin” (Señor, disculpe, perdí mi pelota en su jardín), y nos pidió permiso para pasar al jardín de atrás y recuperarla. La agarró y salió corriendo. Fue todo tan rápido que no tuve tiempo de sacar una foto. Pero la pelota estuvo ahí: cayó del cielo a mi jardín.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo con forma de flor

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Varias veces me pregunté dónde iba a encontrar algo con forma de flor. Y mirá.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que vuele

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¿Vale? Esas rayas blancas son típicas del cielo de acá. Las hacen aviones que no sé bien qué función cumplen y casi siempre se ven así, en diagonal.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo que haga (son)reír

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Sí, ya sé, no es que ves esta foto y decís JA JA JA QUÉ GRACIOSO POR DIOS, pero hace sonreír, ¿no? Como Biarritz está casi al lado de España, hay muchas casas que ponen sus nombres en castellano. Encontré una que se llama “Chalet Conchita” (y si me sale la argentina boluda de adentro, un poco me río). Pensé que le había sacado una foto pero no la encuentro.

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La casa argentina.

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Y el baño para perros elegantes.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un dispenser

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Bolsitas para el perro.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un teléfono público

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Esta fue una de las figuritas difíciles y como verás hice trampa. No encontré teléfonos públicos en Biarritz, no sé si hay o no, pero esto es lo que más se acerca.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo con una imagen o dibujo

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Este sticker lo vi en varias paredes. Es una especie de estatua de la libertad musulmana, ¿no?

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo muy feo

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Yo no soy nadie para hablar de arquitectura, pero a mí este hotel me parece feo. Lo que se dice feo. Habiendo un estilo arquitectónico tan lindo en Biarritz —y en todo el país vasco—, no entiendo por qué hacen algo que parece una caja de zapatos y te cobran carísimo por dormir ahí. Feo!

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] una textura

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La textura de un tacho de basura. Me encantó.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] algo con etiqueta de “Made in”

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Esta me costó un montón. Intenté encontrar alguna prenda de ropa tirada en el piso para poder sacarle una foto a la etiqueta, pero no apareció nada. Pasé por esta vidriera veinte veces y siempre me paré a mirar, pero me di cuenta del Made in Pays Basque cuando buscaba la bendita etiqueta.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un globo

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Otra foto con trampa: acá no hay ningún globo. Este fue el ítem imposible. Por un rato te envidié porque seguro que en Mar del Plata estaba lleno de vendedores de globos. Acá ni uno. ¿Por qué puse esta vidriera? Porque cada vez que pasaba por ahí y la veía, mi primera reacción era: ¡un globo! Y después: ah no, son esas lámparas. Así que eso: estos son mis falsos globos.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] 5 hojas de árbol

Este debería haber sido el más fácil. Estamos en invierno y las calles están llenas de hojas secas. Las vi por todas partes y les saqué fotos, pero esta mañana, cuando me senté a escribir este post, me di cuenta de que me había faltado una. A la tarde salí para ir al super y agarré la quinta hoja. Acá va la última foto.

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[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] un objeto sorpresa

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Arturito (?). Visto en la vidriera de un vivero.

[wc_fa icon=”check-square-o” margin_left=”” margin_right=””][/wc_fa] cosas que me hubiesen gustado que estén en la lista

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Una palabra

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Una tipografía

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Fósforos (porque ¿a quién se le ocurriría buscarlos?)

[box type=”star”]* Este post pertenece a la serie Viajes sincronizados, un conjunto de juegos a distancia con Lau, de Los Viajes de Nena. Pueden ver los resultados de la búsqueda del tesoro de Lau en su blog.

* Podés hacer esta búsqueda del tesoro en tu ciudad. Compartí los resultados usando el hashtag #viajessincronizados y enlazanos.

* Además de viajar juntas y jugar a la distancia, Lau y yo también escribimos libros, y como nuestros libros nacieron casi a la vez, decimos que son primos hermanos. Como les gusta mucho estar juntos, decidimos venderlos en combo para que no tengan que separarse: podés conseguir un ejemplar de “Caminos invisibles” (el libro de Lau y Juan) + un ejemplar de “Días de viaje” (mi primer libro) + un set de 7 señaladores en mi Tienda. [/box]

Una vuelta por la Provenza francesa

**Spoiler: este post no contiene fotos de los campos de lavanda. Me hubiese encantado verlos pero cuando fui todavía no habían florecido. Lo que sí incluye son muchas fotos de macarons. **

Cuando mi prima Flavia me dijo que venía a Europa y me preguntó si quería hacer un viaje relámpago por la Provenza francesa con ella y dos amigas le dije que sí enseguida. Era junio de 2014, estaba por empezar el verano, yo acababa de volver de Islandia y no tenía adónde ir. Mejor dicho, no tenía nada planeado, así que su propuesta me cayó en el momento justo. Viajé de Lyon hasta Antibes, la ciudad en la costa del Mediterráneo en la que hicimos base, y nos fuimos a recorrer pueblitos en el auto de una de sus amigas. Fueron seis días de playa, rutas, paisajes, charlas, risas y comidas. Y como hay ciertos recorridos que se relatan mejor en imágenes, acá van algunas de las fotos y momentos de ese paseo.

Hicimos base en Antibes, uno de los pueblos de la costa que más me gustó.

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Desde el balcón del departamento donde nos quedamos teníamos esta vista. Todas las noches nos sentábamos ahí a cenar, a picar algo o a charlar. No hay nada más lindo que disfrutar las noches con calor.

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Uno de los primeros lugares de la Provenza que visitamos fue Aix-en-Provence. No teníamos una ruta armada, así que fuimos improvisando según nuestras ganas. Algo que me encanta de Francia es la cantidad de cafés que hay en cada ciudad.

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Faltaba menos de una semana para que empezara el verano, y el calor ya se sentía. Iba a ser mi primer verano en Europa.

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Pasamos la tarde caminando por las callecitas.

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Y miramos vidrieras. Otra cosa que me gusta de Francia: las vidrieras de los negocios, la dedicación que ponen para armarlas.

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Todo me parecía lindo. A mí todos estos adornos y cositas me pueden.

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El olor del pan se sentía a lo lejos.

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Viva la baguette, otro punto para Francia.

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Y ahí, en Aix, cometimos el error de probar los macarons más ricos de nuestra vida. El resto del viaje fue un intento fallido de encontrar macarons mejores que esos. No aparecieron, y eso que probamos un montón.

Para quien no los conoce, los macarons son la versión refinada del alfajor. En realidad no tienen nada que ver, pero de aspecto son parecidos. Los macarons o macarrones son de origen italiano y se hicieron conocidos en el siglo XVI gracias al pastelero de la corte francesa. Se hacen con clara de huevo, almendra molida y azúcar, y se rellenan con lo que quieran: hay con chocolate, pistacho, rosa, caramel, coco, frambuesa, maracuyá, vainilla, café, menta. Lo que los diferencia, para mí, es eso: si el relleno es bueno, el macaron es bueno.

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Hay incluso con foie gras, aunque yo no lo elijo para comer todos los días.

En nuestra obsesión por encontrar el macaron perfecto —juro que hablábamos de eso durante horas— nos dimos cuenta de que había merchandising de macarons por todos lados.

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Al día siguiente fuimos a Grasse, pueblito famoso por ser la capital mundial del perfume y el escenario de la novela El perfume, de Patrick Suskind.

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Lo primero que me llamó la atención fueron las ventanas.
En todas las casas, ventanas como estas. Abiertas, cerradas, todas iguales, pintadas del mismo color.

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Algunas muy decoradas.

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También sus puertas.

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Los carteles antiguos.

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Y las calles que me hacían acordar a las medinas árabes.

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Grasse tiene una industria del perfume desde el siglo 18. Su microclima favorece el cultivo de flores: cada año se cultivan más de veintisiete toneladas de jazmines, por ejemplo, una flor que es la base de muchos perfumes. Muchas “narices” —expertos en distinguir olores— se entrenan en Grasse y son capaces de distinguir más de 2000 aromas.

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Al día siguiente nos fuimos a St. Tropez.

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La zona del puerto, que es la que casi todo el mundo visita, me abrumó. Demasiada gente, demasiados yates, demasiado show off.

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Hasta principios del siglo 20, St. Tropez era una aldea de pescadores y un fuerte militar. Después de la Segunda Guerra pasó a ser un punto reconocido internacionalmente por su afluencia de artistas franceses y estadounidenses. Músicos y actores elegían ese pueblo para pasar el verano o para vivir, y con ellos fueron llegando también los turistas curiosos.

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La zona cerca del puerto me gustó, pero no me encandiló como otros lugares.

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Seguimos caminando y, sin planearlo, llegamos a una zona que parecía ser más antigua y que estaba mucho más vacía.

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Era lindísima. Era la imagen de Provenza que tenía en la cabeza antes de viajar: calles muy angostas, casas pintadas de colores, flores en las ventanas, Vespa estacionadas en las puertas.

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Muchos detalles y colores.

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No conozco Italia, pero de a ratos sentía que estaba en ese país.
La imagen que tengo de Italia es parecida a la imagen que tenía de Provenza.

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Al día siguiente nos fuimos a St-Paul-de-Vence, otro pueblito que fue refugio de artistas, aunque de un estilo muy distinto a St. Tropez.

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Primero, St Paul no está a orillas del mar sino en una cima.
Segundo, casi todas las construcciones están hechas de piedra.

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Hay Space Invanders y todo.

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De todos los pueblitos que vimos, este me pareció el más encantador, mano a mano con Grasse.

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Creo que una de las cosas que más me gustaron fueron los detalles. Como este elefante que hace de manija de una puerta.

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Este buzón medio naif.

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La fuente y el pez.

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(Usada de asiento en los ratos libres)

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El caballo de herraduras.

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Las vidrieras.

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Las decoraciones en las ventanas.

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Incluso en los techos.

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Los ateliers por todas partes.

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Los cuadros en exposición en la calle.

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Los gatos pintados.

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La nena curiosa.

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Y las ventanas llenas de flores.

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No puedo terminar el recorrido sin mencionar Antibes.

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Como dije, fue la ciudad donde hicimos base.

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Y casi siempre suele pasar que uno deja lo que tiene cerca para después. O que lo desestima un poco por ser normalconocido. 

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Y cuando por fin caminamos por Antibes nos dimos cuenta de que fue uno de los lugares que más nos gustó.

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Así que aprovechamos que estábamos ahí y fuimos varias veces al mercado, a la playa y a los rincones que nos gustaron.

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Y también usamos el tiempo para perdernos por ahí.

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Cuando el viaje relámpago terminó y nos despedimos, me tocó elegir adónde seguir camino.

Una amiga de Flavia sugirió Biarritz y como no tenía otras opciones en mente, vine para acá. Así lo conocí a L. y me quedé a vivir acá y todo eso. Pero toda esa parte la cuento mejor en el próximo libro.

Exploración #1: viaje sincronizado

Después de aquel viaje a Islandia, Lau y yo nos quedamos con ganas de hacer otros viajes de ese estilo juntas. A qué me refiero con de ese estilo: con juegos, pruebas, complicidad, azar y risas. El viaje a Islandia fue de desafíos: nos pusimos metas como subirnos a un barco de pescadores, no pagar ni una noche de alojamiento, dar la vuelta a la isla solo a dedo, no perder el avión, abrazar islandeses. Y logramos casi todas. Creo que para las dos, marcó un antes y un después. Después de eso, cada vez que chateábamos, ella en un país y yo en otro, decíamos cosas como qué ganas de volver a Islandia tenemos que hacer otro viaje así juntas. Mirando el calendario, nos dimos cuenta de que iban a pasar muchos meses hasta que volviéramos a coincidir en un mismo lugar. Así que nos dijimos, ¿y si viajamos juntas, pero separadas? Es decir, ¿si hacemos las mismas cosas en distintos lugares? Así surgió la idea de esta serie que hoy inauguramos, llamada “Viajes sincronizados”: seguiremos las mismas consignas en lugares distintos y subiremos los resultados a nuestros blogs.

Estas ideas no surgieron de la nada. Nos inspiraron varios libros, entre ellos: [eafl id=”21109″ name=”Cómo ser un explorador del mundo” text=”Cómo ser un explorador del mundo”] (de Keri Smith), [eafl id=”21143″ name=”Viajes experimentales” text=”Lonely Planet’s Guide to Experimental Travel”] (de Rachael Antony y Joël Henry), [eafl id=”21149″ name=”The pocket scavenger” text=”‘The pocket scavenger'”] (también de Keri Smith), [eafl id=”21152″ name=”Turista lo serás tú” text=”Turista lo serás tú”] (de Pablo Strubell e Itziar Marcotegui). Libros muy distintos con algo en común: invitan a mirar la realidad con más detenimiento, a jugar con lo que nos rodea, a ser exploradores de nuestro propio jardín. Son libros que permiten convertir cualquier viaje en un juego, o cualquier caminata cotidiana en un viaje.

Para esta primera exploración, elegimos el juego que le da el título a esta serie. Acá van los resultados.

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Exploración #1: viaje sincronizado

Materiales necesarios para un viaje sincronizado

Materiales necesarios para un viaje sincronizado

Objetivo: hacer un camino sincronizado con tus amigos.

Elementos necesarios: dos o más participantes, un cuaderno y una cámara.

Método: los participantes deben recorrer una locación elegida por ellos usando una lista de diez pasos o instrucciones comunes. Deben tomar notas y fotografías en cada etapa de la exploración. Si las indicaciones no coinciden con el lugar, improvisar.

Lugar elegido: Biarritz, Francia

Lo esencial: un amigo en otra parte del mundo.

Lo esencial: un amigo en otra parte del mundo.

Pasos o instrucciones comunes a seguir:

1) Este es tu punto de partida

Punto de partida: el número 14.

Mi punto de partida: el número 14.

Salgo. Eso ya es un gran primer paso. Hace varios días que no dejo la cueva, tengo todas las excusas: hoy hace frío, hoy llueve, el invierno es para quedarse adentro, mirá si voy a salir con estas nubes, tengo tendinitis y no puedo caminar mucho. Pero hoy hay sol, que es lo que estuve esperando para hacer esta exploración, así que ya no tengo excusas. Bah, las tengo, pero no me sirven.

Salgo del número 14, miro a mi alrededor y decido empezar en linea recta. Me encanta el sol que hay hoy, parece primavera.

*

2) Caminá en cualquier dirección por 50 o 100 pasos, después girá 180 grados

Todas las fotos de este post están sacadas con un celular. Esta es la calle por la que empiezo a caminar.

Todas las fotos de este post están sacadas con un celular. Esta es la calle por la que empiezo a caminar.

La versión en inglés de estas instrucciones dice walk for 50 to 100 paces. No sé qué es paces, supongo que es pasos, pero quizá es una de esas palabras super específicas para medir la distancia que significa cuarenta y cinco centímetros o tres pasos de pajarito. Decreto que significa pasos normales.

Voy por la calle perpendicular a mi casa. Es una vía privada, acá hay muchas de esas. No sé si eso quiere decir que no se puede caminar, que no pueden estacionar los autos o que no puede pasar nadie que no sea de ahí. Yo la camino igual y nadie me dice nada. Además no hay gente a la vista. Voy contando los pasos: veinte veintiuno veintidós veintitrAH MIRÁ. Ya empiezo a encontrar cosas: una puerta de madera que me gusta por lo distinta que es al resto, un ramo de flores casi secas enganchadas en otra puerta de entrada. Veo cosas azules.

La puerta interesante

La puerta interesante

Flores en la puerta

Flores en la puerta

Cosas azules o celestes

Cosas azules o celestes

No giro 180 grados. Es mi primera trampa: si giro 180 grados voy a volver por el mismo camino y no quiero, así que giro solo noventa grados y voy rumbo al mar.

*

3) Seguí caminando en esa dirección hasta que veas algo azul

Algo azul #1: auto combinando con la casa

Algo azul #1: auto combinando con la casa (esta foto, en realidad, la encontré unas calles después, pero la pongo acá porque me gusta)

Algo azul #2: una calle

Algo azul #2: una calle

Algo azul #3: señalización

Algo azul #3: señalización

Algo azul #4: el mar

Algo azul #4: el mar

Hay muchas más cosas azules de las que pensaba. Están las de siempre, como el cielo, y las que están ahí y uno nunca ve, como los carteles. Todos los nombres de las calles de Biarritz están puestos en carteles azules. Algunos, incluso, explican quién fue el señor en cuestión.

Hay un montón de autos azules estacionados frente a casas con puertas y ventanas pintadas de azul. Acá todo combina.

Voy hasta el mar y lo miro desde arriba. Para ir a la orilla de esta playa hay que bajar muchas escaleras, me duele la rodilla y no sé si quiero, así que me quedo arriba y escucho el sonido de las olas. Hoy está bravo. Hay marea alta, no veo ningún surfer.

*

4) Doblá a la izquierda y caminá 50-70 pasos

Camino paralelo al mar y a los 70+10 pasos quedo parada frente a una máquina para pagar el parking. Estoy estacionada frente al mar. Vi esta máquina muchas veces pero nunca la miré. Tampoco me di cuenta de que esta playa de estacionamiento tiene vista al mar. Bah, ya lo sabía, pero nunca lo pensé.

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Esta es una de esas fotos que nunca se me hubiese ocurrido sacar si no fuese por este juego.

*

5) Caminá en cualquier dirección hasta que veas algo que sea o parezca al número 7 u 11

Si voy a lo fácil, hay un montón de sietes y onces: este lugar está lleno de patentes. Así que busco alternativas. En realidad cualquier cosa que sean dos lineas rectas juntas puede ser un once. El siete es un poco más difícil.

Un 11.

Un 11.

Un 7. Con trampa.

Un 7. Con trampa.

*

6) Doblá en la primera izquierda y seguí caminando hasta que encuentres un lugar donde sentarte

Las instrucciones piden y la realidad otorga: acá debe haber unos quince bancos de plaza para sentarse. Las normas sociales indican que usemos bancos o sillas, pero a mí me encanta sentarme en cualquier lado: barandas, escalones, veredas, desniveles, canteros. Me gusta mucho, por ejemplo, comer sentada en la calle. Me parece algo muy de estar de viaje.

Hay mesas

Hay mesas

Y bancos con sol.

Y bancos con sol.

Me siento en un banco, ya que están, y me pongo a tomar apuntes. Estoy tan concentrada que no me doy cuenta de que se me acercó un señor y me está mirando. Con voz carrasposa y muy fuerte me pregunta, en francés, qué estoy escribiendo. Me asusto y a la vez me bloqueo. Le respondo, en castellano: “¡Ay, qué susto!”. Y después me sale, en automático, un “je ne parle pas français”, aunque algo hablo, o por lo menos entiendo. Me sigue hablando en francés, me pregunta en qué idioma escribo.

—En español.

—¡Pero hablás francés!

—No, no.

Y se va riéndose. Yo también me río sola.

Escucho un clac clac clac que me suena conocido. A pocos metros, detrás de esos árboles, están jugando a las bochas. Diría que es uno de los deportes o entretenimientos típicos de los días con sol en Biarritz. Me acerco.

*

7) Elegí cualquier dirección y caminá 25 o 50 pasos

Partido de bochas.

Partido de bochas.

Los cincuenta pasos me dejan justo frente a la cancha de bochas. Es una cancha improvisada, aunque siempre juegan acá, lo sé porque cada vez que salgo a caminar los veo reunidos: los señores jugando, las señoras sentadas al sol, charlando. Me acuerdo de la vez que jugamos a las bochas en Campodónico, detrás de una pulpería en medio del campo bonaerense. Fue un viaje en el tiempo.

Tengo un poco de hambre, van a ser las dos y no almorcé. Decido adaptar los pasos siguientes para que el camino me lleve en dirección a casa.

Me cruzo con una mamá canguro: su bebé me mira. Tiene un gorrito de Papá Noel.

*

8) Seguí caminando hasta que veas un forma, color o textura rara. Girá 180 grados.

¿Qué será raro? Acá todo es raro. En cada lugar del mundo, todo es raro. Camino y encuentro cosas como estas:

Flores secas tiradas al lado de un tacho de basura.

Flores secas tiradas al lado de un tacho de basura.

Una sonrisa.

Una sonrisa.

Hello Kitty adentro de un auto

Hello Kitty adentro de un auto

Los colores de esta casa.

Los colores de esta casa.

Esta planta

Esta planta

Esos árboles que parecen brazos

Esos árboles que parecen brazos

Esta no me acuerdo por qué la saqué, pero me gusta.

Esta no me acuerdo por qué la saqué, pero me gusta.

La textura de esta pared.

La textura de esta pared.

Más de cerca.

Más de cerca.

Puede que no sean raras, pero a mí me llamaron la atención.

*

9) Seguí caminando en cualquier dirección hasta que veas un arco o una característica arquitectónica inusual

Puerta con arco.

Puerta con arco.

¿Esta puerta vale como arco, no? Tengo hambre.

Me meto por una calle que nunca caminé y me encuentro con una pared que no tiene que ver con nada. Esas piedras me hacen pensar en Cusco.

Esta es la pared que parece salida de otro lugar.

Esta es la pared que parece salida de otro lugar.

Esa chimenea también me llama la atención.

Esa chimenea también me llama la atención.

Y estas dos viviendas, una al lado de la otra, que no tienen nada que ver.

Y estas dos viviendas, una al lado de la otra, que no tienen nada que ver.

*

10) Volvé a casa, pero en el camino seguí buscando algo que te llame la atención

Vuelvo caminando un poco más rápido, pero sigo atenta.

Hay una casa blanca con ventanas verdes, y asomado a una de ellas hay un hombre vestido de rojo, hablando por teléfono. Está para la foto. La realidad nos ofrece imágenes así todo el tiempo, lo único que tenemos que hacer es prestarles atención.

Veo un auto rojo combinando con casa roja.

Veo un auto rojo combinando con casa roja.

Este muñequito en un auto

Este muñequito en un auto

Me gustaron los colores (hay mucho rojo por acá)

Me gustaron los colores (hay mucho rojo por acá)

Una escultura

Una escultura

Y la casa rosa.

Y la casa rosa.

Al principio de este experimento estaba escéptica, pensaba que conocía el barrio y que no iba a encontrar nada fuera de lo normal, pero encontré cosas que nunca hubiese mirado con detenimiento de no ser por estas instrucciones.

*

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[box type=”star”] * Este post pertenece a la serie Viajes sincronizados, en conjunto con el blog “Los viajes de nena”. Podés leer los resultados de la exploración de Lau en su blog.

* El libro que usamos para esta exploración es [eafl id=”21143″ name=”Viajes experimentales” text=”The Lonely Planet Guide to Experimental Travel”]No es muy fácil de conseguir, yo lo compré usado por Amazon y muy barato, pero la última vez que me fijé los estaban vendiendo como ejemplares de colección y bastante caros. Tampoco se consigue en ebook.

* Si quieren sumarse a este experimento, pueden hacer un viaje sincronizado por su barrio o por una ciudad nueva siguiendo las instrucciones de este post. Pueden compartir el experimento usando el hashtag de la serie, #viajessincronizados, y linkear los resultados de nuestro experimento. [/box]

Mapa subjetivo de Biarritz

The ordinary is extraordinary
(Lynda Barry)

 

I.

Escribí: esta va a ser la primera navidad que voy a pasar en invierno. Y enseguida me di cuenta de que no. Pero me gusta la frase y la voy a dejar. Esta va a ser la segunda navidad que voy a pasar en invierno: la primera fue hace tres años, cuando viajé a España y conocí a mi familia asturiana.

Juré que no iba a pasar otro invierno en Europa. Pero uno hace planes y ellos se deshacen solos. También juré que no iba a vivir en Francia y acá estoy.

L. y yo nos vamos a ir a Estrasburgo a pasar las fiestas con su familia. Otro road-trip juntos, esta vez sin cruzar fronteras.

—Las decoraciones de Navidad que hay allá son impresionantes, te va a encantar. Eso sí, va a hacer mucho frío.

—¿Va a nevar?

—No creo.

Sigue pendiente la Navidad con nieve, entonces.

Acá ya está todo decorado.

Acá ya está todo decorado.

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Hasta en mi pileta es navidad

Hasta en mi pileta es navidad

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II.

Mi hábitat: la casa-cueva.

Vivo en una casa que está a menos de dos cuadras del mar. No salgo mucho. Hace frío, llueve bastante y estoy en período de reclusión creativa. Lo de que soy cíclica lo descubrí hace un tiempo. Antes me parecía mal frenar en medio de un viaje, me daba vergüenza, me sentía menos viajera. Ahora sé que es necesario: para mí, al menos, es necesario.

Desde que frené recuperé la felicidad y la inspiración. Es casi una paradoja. Tuve que irme de viaje triste para poder frenar después de un año y volver a estar contenta. Pero si me hubiese quedado quieta en Buenos Aires no hubiese sido lo mismo: necesitaba el proceso.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Estoy rodeada de las cosas lindas que me están mandando por correo.

Me mandaron flores con olor y todo!

Me mandaron flores con olor y todo!

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Estoy abusando del buzón y comprando libros por internet. Que alguien me frene porque no sé cómo voy a hacer para volver a Argentina con tanto peso.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Me rodeo de cosas que me inspiran. Como los libros de Keri Smith.

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y los textos de Austin Kleon (fuente: austinkleon.com)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos)

Y miro series que me gustan. (Gracias Bea por recomendarme The Flight of the Conchords, estos chicos son mis nuevos ídolos. Pronto lo recomendaré en mi serie de cosas que me inspiran.)

III.

Cada vez que salgo a caminar por Biarritz tengo los mismos pensamientos:

1. No puedo creer lo lindo que es este lugar.

2. ¿De dónde salió esta arquitectura?

3. No me quiero ir. Sé que en algún momento me voy a ir, pero no me quiero ir.

4. Es la primera vez que me quedo tanto tiempo en un lugar.

5. No sé si voy a volver de visita cuando ya no viva acá, este lugar va a quedar tan lleno de recuerdos que me van a dar ganas de llorar.

Magia pura.

Magia pura.

Al menos, esto es magia para mí.

Al menos, esto es magia para mí.

Hay batiseñales.

Hay batiseñales.

Carteles que dicen la verdad.

Carteles con sentimientos.

Pisos psicodélicos.

Pisos psicodélicos.

Casas que me encantan.

Casas que me encantan.

Mi preferida es esta.

Mi preferida es esta.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Decidí empezar a sacar fotos de los lugares y situaciones normales. Este es un negocio que está frente al correo.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

Un espacio en reparación, frente al mercado.

La librería-papelería en la que compro cosas.

La librería-papelería en la que compro sobres, papel y cosas.

Esta casa está justo enfrente del correo.

Esta casa está justo enfrente del correo.

A veces hago la misma ruta y a veces me pierdo. Siempre encuentro cosas en la calle, como por ejemplo:

– Una llave de auto

– Un espejo retrovisor roto

– Un espejo entero, apoyado contra un auto

– Un auto antiguo

– Una casa que me encanta

– Gatos

– Una tarjeta con la dirección de un coiffeur

– Un guante azul

– Un zapato de bebé

– Paraguas

– Un oso de peluche

Una de mis partes preferidas de la ciudad está acá nomás: es un laberinto de calles angostas y casas de colores. Cuando camino por ahí siento que estoy en un lugar que no existe en la vida real.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Encontré un auto con hojitas de otoño.

Detalles del mismo auto.

Detalles del mismo auto.

Banderín.

Banderín.

Un oso encerrado

Un oso encerrado

Un viajero a pie

Un viajero a pie

Fachadas

Fachadas

Gente en el mar

Gente en el mar

Gatos.

Gatos.

Más gatos.

Más gatos.

Mensajes

Mensajes

Cielos

Cielos

Plantas.

Plantas.

Olas.

Olas.

Barcos.

Barcos.

Surfers que se animan con el frío.

Surfers que se animan con el frío.

Y un invierno inminente.

Y un invierno inminente.

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro "Acaba este libro" de Keri Smith)

Y más cosas que dibujé acá (este es un ejercicio del libro “Acaba este libro” de Keri Smith)

IV.

La gente se pregunta (me pregunta) qué hago todos los días en Biarritz, cómo es mi rutina. Creo que se imaginan de todo. Muchos piensan que estoy en París, porque asocian Francia con la capital, y yo estoy casi a diez horas, en el límite con España.

Deberían preguntarme qué hago todos los días en mi casa-cueva, porque mi hábitat ahora es este. Mi rutina acá no es de viajes sino de escritura. Estoy escribiendo otro libro, les digo. Estoy intentando escribir otro libro. Estoy metida en la cueva. Estoy con L. Estoy bien.

Y si tuviese que describir un día cualquiera, o una mezcla de días cualquieras, diría que las cosas que me pasan acá son más o menos así:

Me despierto,
a veces con la alarma,
a veces con la luz del sol,
a veces con la luz del ipad de L.
Estaba soñando, le digo.
Soñaba que para hacer cambios en el php teníamos que bailar y actuar una escena,
soñaba que cruzaba a España para ir a una verdulería muy incómoda, con un montón de escaleras caracol,
soñaba que teníamos vacas en el jardín
y que yo estaba en la proa de una lancha y casi salgo volando.
Leo un rato en la cama,
miro videos,
hago una lista en mi cuaderno,
o me doy vuelta,
me acurruco y sigo durmiendo.
Pero en general no quiero que eso pase,
no me gusta dormir tanto,
después no funciono bien.
Me levanto,
abro la ventana,
si hay sol, digo: hay sol,
si llueve, digo: llueve.
Pongo el agua para el té
y lo tomo sin azúcar
y frío,
yo el té lo tomo siempre frío.
Me preparo tres tostadas,
con mermelada de durazno y queso,
y las como en la cocina.
Después llevo la taza al escritorio y me siento:
tengo que escribir.
Primero voy a responder mails,
tengo varios pendientes,
también chequeo si tengo mensajes en facebook,
retuits en twitter,
likes en Instagram.
Leo los diarios, a ver qué pasa en el mundo,
reviso el buzón,
me fijo si la ropa se secó,
miro por la ventana.
Tengo que escribir,
pero se hizo medio tarde, tengo hambre, ¿vos tenés hambre?
Voy a preparar una tarta.
Mientras se cocinan los puerros, limpio.
“Es día de escritura, por eso la casa está tan limpia”, me dijo G.
Ella también escribe, ella me entiende.
Así que paso la escoba,
saco la basura,
lavo los platos,
ordeno.
Abro la heladera:
qué sucios que están los estantes,
esos cajones están llenos de migas,
eso está vencido.
Limpio la heladera,
la limpio a fondo,
saco todo, paso el trapo, vuelvo a guardar las cosas.
Ahora sí:
tengo que escribir.
Pero primero hay que comer.
Estoy por meter la tarta en el horno y se me cae,
se me caen los puerros sobre la puerta del horno y quiero llorar.
Rescato lo que no tocó el piso,
vuelvo a armarla,
la meto en el horno con cuidado.
La tarta caída pasa a formar parte de mi lista de accidentes domésticos, junto con:
la tortilla que se me cayó sobre el fuego cuando la di vuelta,
el arroz del sushi que cociné mal y se desarmó,
el huevo poché que derribé sobre la mesa,
el papel vegetal que se me quemó con la hornalla,
el medio kilo de azúcar que se me cayó adentro del café.
Comemos.
Tengo que escribir.
Vuelvo a revisar el buzón, por si pasó el cartero.
No hay nada.
Salió el sol,
no puedo estar encerrada,
mudo mi escritorio al jardín.
Llevo mis cuadernos y mis libros de escritura creativa
y me siento con las piernas cruzadas sobre la silla.
Miro la casa de enfrente, sus líneas rectas y diagonales.
“Uno mira las cosas bien cuando las dibuja”.
Dibujo, entonces.
Copio las líneas de la casa en lápiz,
no tengo goma así que no puedo borrar.
Más tarde le muestro el dibujo por skype a mi mamá, que es arquitecta, y se pone orgullosa de ese dibujo tan malo.
Tengo que escribir,
pero me duele la espalda: mejor voy a la pileta.
Nadar y escribir son las dos actividades que mejor me hacen sentir y que más me cuesta empezar.
Nado una hora y me lleno de ideas.
No me las quiero olvidar, así que mientras vuelvo caminando a casa se las cuento al grabador del teléfono.
Paso por el supermercado,
entro,
siempre hace falta algo.
Compro chocolate.
Compro más pan.
Compro verduras.
Compro croissants, a veces.
La pileta me da hambre.
Cuando salgo, los dos hombres que están sentados en la vereda me saludan,
como todos los días:
bonjour mademoiselle !
Bonshur,
les digo,
con mi acento tan argentino.
Vuelvo a casa,
lo abrazo a L.,
nos tomamos un café.
Me llegan noticias por whatsapp:
nació S.,
murió S.,
V. volvió a Buenos Aires,
O. ya tiene celular,
A. se está por casar.
Tengo que escribir.
Pero estoy tan cansada,
la natación me agotó,
mejor me meto en la cama y sigo desde ahí.
Mudo mi escritorio al colchón,
respondo mails, reviso facebook, miro twitter, leo los diarios.
Se me ocurre una idea para el libro,
la anoto en mi cuaderno, prefiero desarrollarla a mano.
Pienso en que quiero volver a tener el pelo corto,
la pileta me lo está destruyendo.
Se me pega una canción,
tengo que mirar el videoclip.
Afuera llueve,
hay viento,
ya es de noche.
El cuarto es como una estufa,
el aire está pesado, calentito.
Tengo que escribir.
Se nos pasó la hora de cenar,
qué tarde que es.
Comamos una pizza.
¿Querés ver una peli?
Dale, a esta hora ya no me da la cabeza para escribir.
Y empieza la pelea por la película,
que al final ni importa porque yo me voy a quedar dormida igual,
a menos que sea Star Trek,
The Lost Room,
o alguna de esas que juegan con la temporalidad.
Antes de apagar la luz agarro unos de mis journals,
que tiene una pregunta por día,
como cuál sería tu trabajo ideal del día o qué comiste esta semana
y la respondo.
Y después me quedo dormida,
y tengo un sueño lúcido con un caballo que entiende lo que le digo
y con un cuarto lleno de heladeras.
Y sé que aunque hoy no escribí nada,
estuve escribiendo todo el día.

Mi vida en Biarritz.

Mi vida en Biarritz.

El lugar que me cura.

El lugar que me cura.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

Y más palabras sabias de Austin Kleon.

* Todas las fotos de este post las saqué con el teléfono. Hay más en mi Instagram.

Volver sin volver

Querida Lau:

Acabo de volver de un viaje de tres semanas por Hungría, República Checa y Alemania. En realidad debería decirte: acabo de volver de un viaje de casi ocho meses por Europa. O podría decirte: acabo de volver de un viaje de un año por Sudamérica y Europa. Pero volver a dónde, te preguntarás, si como sabés estoy en Francia y no en Buenos Aires. Será que después de mucho viajar uno se da cuenta de que volver no implica ir a un lugar concreto, sino activar el modo sedentario y quedarse quieto en donde sea. O quizá me equivoco y la única manera de volver del todo es regresar al punto de partida, a nuestro lugar de origen, a la ciudad donde consideramos que está nuestro hogar. No lo sé. Y ya sabés que últimamente soy la campeona del no sé.

Acá estoy ahora.

Acá estoy ahora. La costa está llena de edificios, pero el resto del lugar son casitas.

Lindo, ¿no?

Lindo, ¿no?

Tiene mar...

Tiene mar…

Y playas enormes.

Y playas enormes.

Lo que sí sé es que estoy cansada. Muy. Ya hace un año (este 15 de octubre se cumple) que me fui de Buenos Aires. Hace un año que no paro de moverme: Argentina, Chile, Bolivia, Perú, España, Francia, Bélgica, Inglaterra, Francia otra vez, España otra vez, Islandia (nuestro viaje inolvidable y bizarro), Francia otra vez (nunca pensé que el destino me llevaría tantas veces a este país, si te soy sincera era uno de los que menos me llamaba conocer), Hungría, República Checa, Alemania y Francia una vez más. Viajé en avión, en tren, en auto, a dedo, en blablacar. Me quedé en hostels, en casas de lectores, en casas de amigos, en casas de familias, en campings, en hoteles. Salí de mi zona de confort (¡cómo me costó arrancar! ¿te acordás), me di cuenta de lo importante que es estar, pasé duelos y dolores, presenté mi libro en España, aprendí a hacer surf (y de paso me esguincé la muñeca derecha), viajé al pueblo donde nació mi mamá, fui a Liverpool en busca de algo beatle, encontré un comodín en Chileestudié húngaro, deliré con vos en Islandia, hice 2000 kilómetros en auto de Francia a Hungría, sufrí el síndrome de París, participé en Sant Jordi, cubrí el Sziget Festival en Budapestco-escribí otro libro. Muchas cosas en muchos meses. Pero hoy, recién hoy, puedo decirte que conseguí algo tan simple como un escritorio propio y privacidad para sentarme a escribir. Porque durante un año no paré de moverme y no paré de ser huésped. Y fue agotador. Vos lo sabrás.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

¡Ah! Fui al museo del mazapán. Lejos: el mujer museo de mi vida. Tendrías que haber venido conmigo. Y como si fuera poco, está en Hungría.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

Tenían un montóoon de figuras hechas en mazapán.

A que ahora le tenés un poco más de cariño... (Ya sé lo que estás pensando: "Mientras no tenga que comérmelo...")

A que ahora le tenés un poco más de cariño… (Ya sé lo que estás pensando: “Mientras no tenga que comérmelo…”)

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Este lugar se llama Sopron y fue uno de los que más me gustó en Hungría.

Tenía una "torre del fuego". llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Tenía una “torre del fuego”. Llegamos justo el día de la fiesta del vino.

Te lo vengo diciendo hace un tiempo y sé que me entendés: me cansé de viajar. Bah, no de viajar en sí, sino de viajar tan rápido (si bien me considero del club de los slow travelers, creo que voy a tener que ir extra slow). ¿Sabés de qué me di cuenta? (Y hace tiempo que lo venía sospechando). Creo que necesito quedarme más tiempo en un mismo lugar (que me guste, obvio), vivir dos, tres, cuatro meses y después moverme a otro lado. Al menos por el momento. No sé cuánto durará este momento, pero así como antes deseaba estar avanzando por la ruta de algún país lejano, hoy sueño con tener un lugar tranquilo donde poder escribir, una cocina donde prepararme lo que me gusta, un grupo de amigos que no se desintegre cada dos semanas, una bici para dar vueltas por ahí, un mar que no cambie de lugar enseguida. Mi cuerpo me está pidiendo una sola cosa: quietud. Es la prueba de que nuestras necesidades van cambiando. Además tengo un ama de casa viviendo adentro mío y últimamente anda con ganas de salir a tomar aire. Hoy me desperté y fui caminando al super, después cociné, limpié y ordené todo tres veces (mi lado obse en todo su esplendor, diría Maru; yo creo que es mi procrastinación necesaria para después sentarme a escribir). Supongo que mi manera de vivir es ir alternando estados. Porque también sé que no podría quedarme para siempre acá (ni acá ni en otro lado).

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

Te mando algunas fotos de cosas lindas que me hicieron acordar a vos, como este elefantito en medio de una calle húngara.

O este gato que me observaba.

O este gato que me observaba.

El monumento a la soda (?)

El monumento a la soda (?)

Una señora en la ventana.

Una señora en la ventana.

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Chicos mirando la ciudad (Praga)

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

Y una lámpara rara en una callecita de un pueblo austríaco en el que nos perdimos.

El otro día me reencontré con una amiga de Budapest en Munich (¡es linda Munich! Fui al Oktoberfest, pero después te cuento) y nos fuimos a caminar y a charlar (cómo fluyen las palabras cuando uno camina, ¿no?). Le dije que para mí la vida es cambio constante, estamos en evolución permanente, el mundo no para de avanzar. Y entendí que algo importante para mi felicidad es escuchar mis necesidades y hacer lo posible para satisfacerlas. Hace tiempo que algo adentro mío no andaba del todo bien, y ayer, cuando el tren me dejó de vuelta en Francia, entendí lo que era. Necesitaba frenar, nada más. Necesitaba saber que durante un tiempo no estoy “obligada” a irme a ninguna parte (ya sé que nadie nos obliga, pero la inercia y esa adicción que generan los viajes hace que sea difícil frenar). Y ahora me siento feliz: feliz de poder poner mis cosas en estantes y en cajones, feliz de tener un mar que me espera todos los días a dos cuadras, feliz de tener una cocina propia, feliz (tan feliz) de tener un escritorio que es solamente mío y en el que puedo dejar todas mis cosas desparramadas. No sé cuánto tiempo me quedaré acá, quizá en unas semanas piro y me voy. Pero por ahora es lo que necesitaba.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Este fue mi escritorio en Zandt, un pueblito de la Baviera alemana. Un adelanto de mi escritorio actual, aunque con otra vista.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Allá veía el valle bien verde. Acá si hago fuerza puedo ver el mar.

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Esta maceta me gustó (la encontré en Hungría)

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Y esta chica escribía un mensaje en el muro de John Lennon, en Praga.

Te cuento algo más. Hace unas semanas, mi alma (¿será el alma?) me está sugiriendo, así bajito, como quien no quiere la cosa: Ey… pst… Ani… ¿y si volvés un tiempito a Buenos Aires? ¿No tenés ganas? Allá tenés a tus amigas, a tu familia… Podés salir a andar en bici, ir a la Masa Crítica, encerrarte a escribir, salir a caminar. Ya sé que no hay mar y que la ciudad después de un tiempo te satura, pero sería por un ratito nomás. Capaz podés hacer cosas allá, presentar más libros, organizar alguna muestra de fotos. Podés pasar las fiestas allá y después ves. Sí, sí, Buenos Aires en verano es horrible, podés freír huevos sobre el asfalto, pero te ponés un buen ventilador y chau. ¿No te dan ganas? Y todos los días me lo repite, no sé si para convencerme de que todo fue idea mía o para ganarme por cansancio.

Y la verdad es que sí, quiero volver a Buenos Aires. Pero antes quiero hacer una prueba. Quiero ver qué pasa si me quedo quieta durante, ponele, dos o tres meses en un mismo lugar, con el modo viajero desactivado. Un viajar sin viajar, digamos. Mis candidatas son Biarritz (donde estoy ahora) y Barcelona. Porque al fin y al cabo lo que necesito es quietud, una rutina, un espacio donde trabajar. Entonces quiero ver si teniendo todo eso —fuera de Buenos Aires— todavía sigo con ganas de volver a Buenos Aires. Es que lo que necesito, también, es tener a mi familia y a mis amigos de siempre cerca, tenerlos a una caminata o un viaje en bondi de distancia, poder decirles “¿vamos a tomar algo?” y unas horas después hacerlo. En Europa también tengo amigos y familia, pero mientras yo me siga moviendo ellos también seguirán estando lejos. Aunque te confieso algo más (ya sé que soy una vueltera, pero ya me conocés): durante estas últimas semanas, mientras seguía en movimiento, pensé mucho en volver a Buenos Aires, pero ahora que estoy acá, instalada en mi casita temporaria, lo estoy pensando dos veces. Por un lado: sí, quiero. Quiero Buenos Aires amigos familia bici río cafecitos charlas. Por otro: me aterra la idea de subirme a un vuelo tan largo (¿te acordás cómo me puse durante el vuelo a Islandia? Pensé que se caía el avión) y tengo miedo de volver, de estar contenta un tiempito, de que Buenos Aires vuelva a enloquecerme (es tan linda pero tan neurótica) y de querer irme otra vez. ¡Además estoy viviendo frente al mar! El sueño de mi vida… Por eso, ya veré qué me dice esa vocecita durante estas semanas.

Por el momento pienso en tener una bici...

Por el momento pienso en tener una bici…

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Y me acuerdo de todos los lugares que visité en este viaje. Como Munich.

Munich otra vez.

Munich otra vez.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

¡El Oktoberfest! Qué bueno que estuvo, era totalmente distinto a lo que esperaba.

Regensburg también me pareció muy linda.

Regensburg también me pareció muy linda.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Y Hungría ni hablar. Esta foto me hace pensar en París, creo que por las chimeneas.

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Test: ¿cuántos maniquíes hay en la foto?

Me gustan los colores de esta foto.

Me gustan los colores de esta foto.

Y el frente de este negocio.

Y el frente de este negocio.

Y las dos mujeres de la mano.

Y las dos mujeres de la mano.

Te extraño. Me encantó tu carta. Me encanta ver que hay gente viajando de tantas formas. Porque con nosotros los viajeros pasa lo mismo que con personas de cualquier otra profesión (fah! profesión mandé!): cuando nos ven de lejos, piensan que todos viajamos igual, que todos somos mochileros o que todos somos escritores o que todos viajamos haciendo couchsurfing. Y no. Hay tantas maneras de desplazarse por el mundo, y lo lindo es que cada uno puede elegir (o inventar) la más acorde a su personalidad. No hay que ser mochilero como tampoco hay que ser escritor para poder viajar. Me llegan mails de gente con todo tipo de profesiones (¡hasta policías!) que quieren saber si es posible combinar su trabajo con los viajes. Yo les suelo responder que se puede, aunque no tengo la fórmula. El cómo ya depende de la creatividad de cada uno. Pero como poder, todo se puede. ¿No te parece?

Es cuestión de pensar positivamente.

Es cuestión de pensar positivamente.

¡Salud!

¡Salud!

Bueno Lau, te dejo. Me voy al barcito de la esquina a encontrarme con amigos. Ja. Ya soy una porteña cualquiera, aunque lejos de Buenos Aires. Hoy estoy feliz. Necesitaba volver a esto. Contame cómo sigue todo por Kosovo. Y cuando quieras huir de Juan por un rato, vení a visitarme. :)

Un abrazo,

Ani

Cosas que podés encontrarte en las calles de París

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París no es como me la imaginaba, y es difícil no imaginarse cosas de París: la torre Eiffel, los cafés y croissants, las callecitas empedradas, los gatos en los techos, artistas callejeros, franceses andando en motitos con baguettes bajo el brazo (nah), romanticismo por todas partes, escritores en los bares, música saliendo de las ventanas, la bohemia, la noche…

La capital francesa debe ser una de las ciudades más representadas por el cine, la fotografía, la literatura, la poesía y la música, y por ende, una de las más metidas en la cabeza de cualquiera que esté en contacto con estas expresiones artísticas.

Pero ningún lugar es tal como lo pintan, al menos no para mí.

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Viajé a París directo de Barcelona en el tren de alta velocidad: casi siete horas de una modernidad y puntualidad un poco apabullante para una chica que no está acostumbrada a que todo funcione tan bien.

Pensaba empezar el recorrido por el sur de Francia e ir subiendo a la capital de a poco, pero no (esto de intentar hacer planes me parece cada vez más difícil).

Unos días antes de salir de España, Dani (un amigo filipino que vivía en París y al que no veía hacía tres años) me dijo que el domingo se mudaba a Milán así que decidí cambiar el itinerario para venir a verlo: me parece que reencontrarnos con nuestros amigos es una gran razón para viajar.

Dos horas y media antes de llegar, dijeron por el altoparlante: “Señores pasajeros, el tren se dirige a París sin escalas”, y fue difícil no sonreír:

— Mi primera vez en París…

Mientras tanto, mi compañero de asiento (francés) le dibujaba un bigote a la modelo de una revista. ¿Por qué tenemos ese afán de poner bigotes en todas partes?

El tren llegó híper puntual a la estación Gare de Lyon y recién cuando estuve ahí, a las once de la noche, me di cuenta de que me esperaba un panorama muy distinto al que me había imaginado.

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Dani me avisó a último momento que no podía ir a buscarme y me mandó un sms con las instrucciones para llegar a la casa del chico que me alojaría las primeras noches.

Salí de la estación y en vez de aparecer en medio de una calle con farolitos y música de acordeón, salí a una zona medio oscura con poca gente.

Se me acercó un hombre y me dijo:

— Miss… Miss… y, cuando lo miré, largó un:

— whassup… (moviendo levemente el mentón hacia arriba, con ese tono de no vas a poder resistirte, nena, vamos a tomar algo).

Sí, estaba en París, pero para mí seguía siendo una ciudad desconocida de noche y yo estaba sola, desorientada y sin conocimientos de francés.

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Fui en busca del metro y lo primero que pensé al ver el plano de las estaciones fue aaaaaaaaa.

El mapa más complicado del mundo. Me costó muchísimo definir el recorrido que tenía que hacer y me pareció imposible recordar los nombres de las estaciones en las que tenía que combinar. Me acerqué a una de las máquinas con la intención de comprar un pase de diez viajes (que es más barato que comprar los diez por separado), pagué y la máquina me devolvió diez papelitos.

Pensé:

— esto debe ser un error, ¿dónde está mi pase? ¿Por qué me dio tantos boletos en vez de uno? Seguro que compré mal…

Después entendí que no, que el metro te da diez papelitos en vez de uno que valga por diez y que los boletos usados están tirados por todas partes y son un ícono tan parisino como los croissants.

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Llegué a lo de mi anfitrión y me fui a dormir sintiéndome mal de la panza.

Fin de la primera escena.

Los dos días siguientes estuve enferma (no sé de qué, pero sospecho que fue un ataque al hígado) así que no comí y casi no me moví de la cama. Cuando por fin me recuperé salí a caminar y ahí empezaron a pasar cosas.

Tantas, que no sé ni cómo ordenarlas.

Así que estas son las primerísimas primeras impresiones de mis pocos días en una ciudad que me parece será imposible conocer del todo en una sola vida.

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 *

París no es como me la imaginaba: es más grande.

Quienes viven acá hace tiempo dicen que es chica, pero para mí todo es relativo y cada cual ve las cosas según sus expectativas y parámetros.

Caminar de un punto a otro del mapa no es tan rápido (ni tan fácil) como en, por ejemplo, Barcelona (ya sé, no soy parcial, amo Barcelona por siempre).

Me la paso caminando y me la paso perdida: las calles no son rectas sino más bien laberínticas y nunca tengo idea para qué lado está el río.

(Nota: escribí esto apenas llegué; hoy, unos días más tarde, ya me oriento un poquitito más).

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París es muy callejera: hay gente por todas partes, o por lo menos a mí me tocó verla así, porque apenas llegué salió el sol y la gente tomó las plazas para hacer picnics y todos los espacios públicos para sentarse a leer, fumar o charlar. A eso hay que sumarle los turistas, que siempre están en stock o esperando en el banco de suplentes para salir y reemplazar a los que se van (suelen agruparse en zonas específicas como la base de la Torre Eiffel, el Louvre, el barrio latino y ciertos puentes del Sena).

Todavía es invierno pero está haciendo casi 20 grados todos los días y hay un sol, según los que viven acá, inaudito para esta época.

El cielo parisino, el que yo conocí hasta ahora, es bien celeste. Durante los últimos meses, al parecer, lo único que vieron caer del cielo fue agua.

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París tiene una paleta de colores bastante homogénea: la ciudad es marrón, las construcciones son marrones, el río es marrón, la torre Eiffel es marrón, los puentes son marrones, los árboles siguen marrones.

Vista desde arriba, es más bien azul (por sus techos). Lo que no quiere decir que no haya color: lo hay, pero se lo da la ropa de la gente, la decoración de los cafés, las flores (aunque todavía no hay muchas), los graffitis, las lucecitas colgadas, la gente en sí.

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En París pasa de todo a todo momento: hay una sobredosis de información, de estímulos, de cosas para ver-hacer-probar-visitar-comer-conocer. Tengo una lista interminable de lugares recomendados y no vi ni un tercio. Tengo un montón de actividades sugeridas que sospecho no llegaré a concretar. Tengo decenas de muestras de arte anotadas en mi libreta y quizá termine viendo fotos por internet.

Pero creo que, hasta ahora, lo que más me gusta de París son todas las cosas que uno puede encontrarse por la calle si se dedica a caminar sin demasiado rumbo: los franceses le dicen flâner: pasear para disfrutar de la ciudad, para vivirla.

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*

La primera vez que vi París a través de una pantalla tenía pocos años. Fue cuando mi papá me regaló el VHS del cortometraje Le Ballon Rouge (“El globo rojo”; si no lo vieron, se los recomiendo): la historia (casi sin diálogo) de un nene parisino y su globo rojo. Ese día me enamoré de los globos, del rojo y de las callecitas de París: esa fue la imagen romántica de la ciudad que me quedó en la cabeza durante veintitantos años.

Nunca me puse a pensar que el corto era de 1956 y que París ya había cambiado.

Llegué a la ciudad soñando encontrar un globo rojo grandote y, cuando iba camino a la fiesta de despedida de Dani, me encontré un globo verde en la vereda y lo levanté.

Cuando llegué al departamento, Dani tenía puestas unas orejas de conejo; le regalé el globo y se lo puso de cola. Nada que ver con mi imagen idílica de los globos en París, pero mejor imposible.

 

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Pasé unos días en la casa de Rocío, una argentina que está trabajando en París, y un sábado nos fuimos a pasear con sus amigas.

¿Vieron los patitos de goma? Bueno, yo me encontré un tiburoncito de goma. Lo agarré, lo miré y me pareció algo tan fuera de contexto que lo dejé encallado en una maceta para que lo encontrara algún nene.

Llegamos al Palais Royal, cerca del Louvre, y nos encontramos con decenas de rayuelas de colores: era el homenaje de una artista argentina llamada Marta Minujín y de la Ciudad de Buenos Aires a Julio Cortázar y a su libro “Rayuela”.

Nos pusimos a jugar y al rato apareció Marta en persona (y a todas se nos activó el modo cholulo y nos sacamos fotos con ella).

Y fue como si ese encuentro hubiese abierto una olla de la que empezaron a salir personajes parisinos de todo tipo.

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Jugando a la rayuela (gracias Rocío por la foto!)

Una mañana se me ocurrió ir a pasear al cementerio de Père Lachaise (que acá también es un atractivo turístico) para visitar las tumbas de Jim Morrison, Edith Piaf y Oscar Wilde, entre otros. Caminé tranquila, siguiendo un mapa y disfrutando del día. Estar frente a las tumbas de famosos no me generó demasiado: esas personas no están ahí sino en sus creaciones, en su arte, en su música, en sus libros.

Después de pasar más de una hora caminando (es un cementerio grande), salir al mundo y ver todo tan vivo fue un poco abrumador.

Me bajé del metro en una estación al tuntún y me puse a caminar: aparecí en una zona de inmigrantes con peluquerías, puestos de comida de Medio Oriente, tiendas de teléfonos celulares y muchos tipos reunidos en las esquinas. Seguí caminando, no tengo idea por dónde, y me encontré con esta declaración: l’amour est mort (“el amor está muerto”). ¿Te parece? Yo creo que está tan vivo como siempre. (Ya que estamos, les recomiendo esta charla TED, para que vean que lo que sentimos es lo más universal del mundo).

 

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Con esa frase resonando en la cabeza seguí caminando y llegué a Les Halles.

Me paré frente a la vidriera de una pâtisserie y me puse a mirar los animalitos de chocolate (con ganas de comérmelos a todos pero sin esperanzas de comprarme ninguno: 4 euros cada uno y así de chiquitos).

Desde el otro lado de la vidriera, el chico que atendía me hizo señas de que entrara al local:

— Welcome to Paris madame, where are you from?

Le pregunté de qué sabor eran los macarons (unos dulces típicos de acá, que parecen alfajorcitos pero no son y cuestan un euro cada uno) y le pedí uno de chocolate y otro de caramel.

Me dijo:

— Ok, one chocolat, one caramel, one pistacchio, one rose, y puso cuatro en la bolsita. Le dije, por las dudas:

— Just two… (solo dos), y me respondió:

— Yes, two from you, two from me (“Dos de tu parte, dos de mi parte”).

Mientras me cobraba me preguntó cómo me llamaba y yo me reí pensando esto es demasiado, seguro que se lo hace a todas y salí sonriendo.

Tal vez por algo París tiene tantos clichés de amor a su alrededor.

 

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Caminé hacia el río y escuché una música de trompetas. Cuando me acerqué me encontré con 20 chicos y chicas vestidos de naranja tocando “Can’t take my eyes off of you” con instrumentos de viento y me instalé durante una hora a escucharlos con Notre Dame de fondo.

Cada vez más motivos para decir que París me parece cada día más linda.

El señor que tenía sentado al lado me dijo (así de la nada) que era iraní y que durante la guerra en su país nunca había sentido esta felicidad estando en la calle.

Y así, al parecer, se dan los diálogos en estas ciudad (¡y cuántos me habré perdido por no hablar francés!).

 

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Si caminás por París sin rumbo podés encontrarte librerías, tienditas de cosas lindas, panaderías, artistas callejeros y un montón de cafés con las mesas orientadas hacia el mismo lado: vas a ver que los parisinos se sientan mirando hacia la calle y no mirándose entre ellos.

Es que (y me lo dijo una parisina) mirar a la gente es uno de los pasatiempos favoritos de la ciudad.

 

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Si caminás por París vas a encontrarte, quieras o no, con la Torre Eiffel y puede que te pase como a mí y pienses:

— ah, ahí está la Torre, ya la vi tantas veces… ¿será la real?

Tal vez si no fuese tan parte de la cultura popular mundial, mi reacción al verla hubiese sido ohpordios qué es esa belleza, pero ya la tengo tan sabida de memoria que por un momento creí que estaba viendo una postal que alguien me había mandado desde Francia.

Tal vez no entienda nada de nada, puede ser.

 

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Si caminás por París llega un momento en el que te das cuenta de que por más que la camines y la camines siempre va a haber algo más para ver.

Cada cinco o diez minutos, además, te encontrás con una escalera que te invita a bajar: es la entrada a una de las 303 estaciones del metro.

Y cuando empezás a pensar que ya era suficiente con la París de arriba vas a ver que  hay otra París que se despliega bajo tierra, y en ese mundo subterráneo también pasa de todo.

*

[box border=”full”]Info útil para visitar París:

  • París es una ciudad cara (por lo menos comparada con España, que es lo que conozco hasta ahora), así que vayan mentalizados
  • Transporte: El metro va a todas partes y es el medio de transporte más cómodo para moverse por la ciudad. Les recomiendo comprar 10 boletos juntos por €13,70 (es más barato que comprarlos por separado). Por último podés usar el sistema Velib de bicicletas (se necesita una tarjeta de crédito con chip para poder usarlo): yo no lo probé, pero me dijeron que la primera media hora es gratis y después cuesta €1.70 la hora (hay planes mensuales y anuales)
  • Comida: un sandwich para llevar cuesta unos €5 (en promedio), una botella de agua €1.80, un almuerzo €10/12. En todos los restaurantes ponen una botella de agua de la canilla (grifo) gratis. Un café con leche cuesta entre €2.50 y 3; un croissant o un macaron €1; un vaso de cerveza empieza en €3.50 (y puede llegar a costar €7)
  • Qué ver y hacer: París es ideal para caminar (eso me la pasé haciendo) y para sentarse en las mesitas al aire libre y mirar a la gente pasar. Si les gustan las librerías, les recomiendo Shakespeare and Co. (¡vayan con tiempo!). Si les gusta el arte, algunos de los museos más famosos del mundo están en París, como el Louvre (entrada €13), el Musee D’Orsay (€11) o el Pompidou (€13), entre muchos otros. Y si quieren ir a la Torre Eiffel y subir sin hacer fila, pueden comprar las entradas por adelantado a través de ParisCityVision
  • El AVE (tren de alta velocidad) de Barcelona a París tarda casi 7 horas y cuesta unos €59. Yo estoy viajando con el pase de trenes de Eurail que sirve para moverse por toda Europa y se puede comprar antes de viajar
  • Todavía no viajé por Francia, pero me dijeron que también se usa mucho el sistema de carpooling (autos compartidos). El blablacar francés se llama Covoiturage. [/box]
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