Historias minimalistas de Malasia (IV): Torero

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Voy en el asiento de atrás del auto de Tippi. Ella, su amigo y yo vamos rumbo a Georgetown, el barrio histórico de la isla de Penang (Malasia), para caminar un rato y comer en nuestro restaurante de comida india preferido.

Tippi prende su iPod y escucho, a todo volumen: Toreeeeeeeero, eres la violencia en televisión, toreeeero, eres asesino por vocación, toreeeeeeerooo… ¡¿Qué?! ¿¿¿Mi amiga china escuchando Ska-p en Malasia??? ¡Qué momento que jamás pensé que iba a existir! Me empiezo a reír y le pregunto si sabe lo que dicen las canciones, me responde que no tiene ni idea, pero que un alemán le copió algunos temas en su computadora y los escuchas porque le gusta cómo suena. Me pongo a traducir las letras y el resultado es cómico: “…esta habla acerca de los toreros; en esta critican al gobierno, a Estados Unidos, a todas las instituciones que se les ocurra; en esta comparan al Papa con una mosca (¿cómo traducir “cojonera”?); en esta dicen que McDonald’s es una…”

Me doy cuenta de que por más que les explique las letras, hay ciertos aspectos culturales que son muy difíciles de traducir. Supongo que es como cuando escucho las canciones de L’arc en Ciel, una banda de rock-pop japonesa: me gusta cómo suena pero no tengo idea de lo que dicen, y por más que traduzca el contenido, hay muchos significados culturales intrínsecos que jamás voy a captar.

Seguimos charlando en el auto y sale el tema de mi blog. Tippi, siempre tan pragmática ella, me dice que “lo mejor” es que de ahora en más empiece a escribir en chino mandarín o algún idioma indio, ya que más de un quinto de la población mundial proviene de esos países. Sí, como poder podría agarrar el Google translate, traducir todo y promocionarme en la blogósfera india (?) pero dudo que tenga éxito, ya que es como intentar traducir las canciones de Ska-p al inglés. Hay cosas que son intraducibles.

Esa tarde, mientras caminaba por Georgetown, me encontré con estas postales cotidianas esperando ser fotografiadas. Y me di cuenta de una de las expresiones verdaderamente universal es la imagen, por eso la fotografía es un arte que llega a tanta gente sin importar el idioma o el contexto cultural.

Así que pongo estas fotos acá en mi blog, con la esperanza de que algún chino o indio las vea y catapulte mi blog a la fama en sus países. Ni traductor voy a necesitar.

Asia de la “A” a la “Z”: K de Kek Lok Si

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

K de Kek Lok Si

Creo que para cualquiera que viaje a Asia, la pregunta será inevitable: y… ¿cuál te gustó más?

Y la respuesta, obligada. Hay que elegir uno.

Por más que acá se repitan a montones —al igual que las iglesias en América latina— siempre habrá alguno que nos llamará más la atención por su arquitectura, su paz, sus estatuas, sus detalles, sus personas, su historia.

En mi caso, encontré varios que aún recuerdo “a la perfección” (tengan en cuenta que debo haber entrado a unos cien, mínimo), que me gustaron por su silencio y su ambiente de meditación.

Pero este, el de la foto, fue todo lo opuesto.

Alguien me lo describió como “el Disney de las luces y los Budas”.

Es que durante el Año Nuevo Chino lo decoran con 10.000 luces azules, verdes, violetas y lámparas amarillas y rojas.

A las 10.000 lámparas sumenle la Pagoda de los 10.000 Budas, una estatua de bronce de más de 30 metros de alto, familias tirando monedas contra algún Buda, mujeres rezando frente a la velas y ¡ta-dá! ¡Disney!

Así que si me preguntan ya saben la respuesta.

Uno de mis templos preferidos de Asia es Kek Lok Si.

Pero no por su olor a Disney, sino porque ahí pude ver, bien de cerca, cómo se festeja el “lado religioso” del Año Nuevo Chino.

Bueno, y las lámparas de colores también me gustaron. :)

El templo Kek Lok Si está ubicado en un cerro en Penang (Malasia). Su nombre significa “Templo de la Felicidad Suprema” o “Templo de Sukhavati”. Es el mayor templo budista del Sudeste Asiático y un lugar donde se puede ver la mezcla entre el Budismo Mahayana y los rituales chinos tradicionales. Se construyó en 1890 y cada Año Nuevo Chino es decorado con más de 10.000 luces durante 30 días.

 

Mis 10 lugares en el Sudeste Asiático y China

Creo que para darnos cuenta de cuáles son los lugares que, después de un viaje, quedan entre “nuestros preferidos” o “los más especiales” se necesitan dos cosas: tiempo y distancia. Mientras estamos viajando todo nos deslumbra (o por lo menos debería ser así, creo que ese es uno de los fines del viajar: deslumbrarse ante el mundo) y recién una vez que volvemos podemos ver todo “de lejos y desde afuera” y darnos cuenta de cuáles fueron esos lugares donde nos sentimos más felices.

Si bien sigo en Asia, considero que un año es un buen tiempo para tomar distancia de muchos de los lugares que conocí y armar un top 10 de mis preferidos. Tal vez también sería buena idea imprimirme tarjetitas con el link a este post y dárselas en mano a cada uno de los que me pregunte, cuando esté de vuelta en Buenos Aires: yyyyy…. ¿¿¿¿qué fue lo que más te gustó???…. Tarjetita. Es imposible resumir todo lo que me gusta del mundo en cinco minutos.

Mientras recordaba los pueblos y ciudades por los que estuve me di cuenta de algo: esos lugares por los que sentí amor a primera vista fueron los que hoy pasaron a formar parte indiscutible de esta lista. Mi intuición no se equivocó. Una vez escribí que llegar a una ciudad nueva es como asistir a una cita a ciegas: por más que te la describan, que te hablen re bien, que te hablen re mal, que te digan que es así o asá, jamás vas a saber qué sentimientos te genera hasta que la tengas en frente.

Así que con ustedes, mis amores a primera vista asiáticos.

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1. Savannakhet (Laos)

Este fue el caso de enamoramiento más fuerte que tuve en Asia: Savannakhet.

¿Savannaqué? ¿Dónde queda eso? ¿Por qué jamás escuché hablar de ese lugar? Porque es una de esas joyas ocultas que no se publicitan demasiado por ser lugares donde “no hay nada para hacer”. Es uno de esos pueblos que no tiene mercados turísticos, ni danzas típicas, ni shows, ni playa, ni turismo aventura, ni parapente, ni volcanes, ni nada. Es un pueblo colonial laosiano donde las paredes se están viniendo abajo, donde los nenes juegan al fútbol en la calle y las nenas remontan barriletes mientras andan en bicicleta, donde los templos están siempre abiertos y los monjes están felices de poder charlar con gente de otros países. Es un lugar desde donde podés ver cómo atardece sobre Tailandia y podés alquilarte una bici sin que te pidan más depósito que una sonrisa. Es, sin dudas, uno de mis lugares preferidos de Laos y de Asia.

[Este fue el post que escribí sobre este lugar mágico: I ♥ Savannakhet]

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2. Penang (Malasia)

En Penang empezó todo: mi viaje (considero que mi viaje empezó dos semanas después de haber llegado a Asia y no el día que aterricé en Bangkok), mi obsesión por la comida india, mi interés por la mezcla de culturas de Malasia, mi amistad con chinos-malayos, indios-malayos, malayos-malayos, mi primera vez haciendo Couchsurfing.

Volví a Penang dos veces, viví con mi amiga china durante un mes, me recorrí toda la isla en auto con un estadounidense expatriado y su suegra, celebré el Año Nuevo Chino en las calles del barrio histórico, comí el menú vegetariano de comida india por 5 ringgits tantas veces que ya perdí la cuenta, aprendí a tolerar (y a disfrutar) el curry picante, conocí la mezquita flotante, los templos chinos, los templos hindúes, recibí la visita de mi amiga argentina, fui al museo del juguete donde afloró mi fanatismo por Star Wars (a que esa no la tenían eh, fanática de Star Wars episodios 4, 5 y 6). En la isla de Penang encontré otro hogar asiático.

[y esto fue lo que escribí al respecto: Y de repente empieza el viaje, Lugares-cebolla, La mirada asiática]

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3. Kuala Lumpur (Malasia)

Kuala Lumpur me descontrola. Ya fui como cinco veces (es un lugar muy conveniente para renovar visas, tomar vuelos, visitar amigos) y siempre me pasa lo mismo. Llego y no sé por dónde empezar a comer: pretzels de queso parmesano, helado de maracuyá, roti canai y teh tarik (comida india), frutas tropicales, hotpot, dim sum (comida china), galletitas de chocochips, sushi, sopa de calabaza… ¡y todo tan barato!  Ya me acostumbré a los noodles y al arroz del Sudeste Asiático, pero cada vez que visito Kuala Lumpur no puedo evitar sentirme como una nena dentro de una juguetería inmensa donde todo está en oferta. Es como el Disney de la gastronomía.

En Kuala Lumpur siento que tengo más vida social que en Buenos Aires: cada vez que voy recibo mensajes de los couchsurfers invitándome a tomar un kopi (café), a comer, a recorrer; siempre me reencuentro con mis amigos y ¿qué hacemos? salimos a comer por ahí. Y eso no es todo. Según la época del año en la que llegue, me choco con nieve artificial y árboles gigantescos de Navidad (en este país de mayoría musulmana), con conejos y lámparas rojas por el Año Nuevo Chino, con música india en honor a algún dios. Kuala Lumpur es un lugar que nunca deja de sorprenderme y al que jamás me aburro de volver.

[y al respecto, dije: Kuala Lumpur en 10 palabras parte I y parte II]

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4. Coloane (Macau – Región administrativa especial de China)

Si alguno fue a Macau, sabrá que es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Macau una pequeña isla de China que fue colonia portuguesa hasta 1999 y cuando pasó a manos de China se convirtió en una ciudad-casino que genera más ingresos anuales que Las Vegas. Para mucha gente, Macau es sinónimo de apuestas. Y seguro que si les menciono Coloane, muchos no tienen ni idea de que este lugarcito es parte de Macau. En Coloane no hay casinos, no hay hoteles cinco estrellas, no hay negocios de souvenirs, no hay turistas. Coloane es lo que ellos llaman “village”, una aldea al estilo chino (no se imaginen chozas de paja porque no es así), un sector que sigue manteniendo vestigios coloniales y es bien silencioso y tranquilo. Un lugar donde te podés cruzar con alguien arreglando un televisor en plena calle, un lugar donde podés caminar sin miedo a que te atropelle un colectivo o una moto, un lugar donde todavía hay una iglesia color amarillo pastel que, no sé por qué, me hace sentir en algún pueblito de Brasil.

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5. Tai-o (Hong Kong – Región administrativa especial de China)

Un lugar que me dejó totalmente anonadada fue Hong Kong. Nunca en mi vida vi tantos edificios juntos en un espacio tan reducido, nunca vi una ciudad tan glamorosa y a la moda en una isla tan chiquita, nunca estuve en un lugar tan “vertical” (en Hong Kong hay tan poco espacio que todo ocurre para arriba en vez de para los costados), nunca tuve esa sensación de estar metida en un shopping gigantesco disfrazado de ciudad. Pero creo que lo que más me sorprendió (y me gustó) de Hong Kong fue saber que la mayor parte de la región es pura naturaleza y está casi inhabitada: la metrópolis (el ruido, el acelere, la locura) está en la isla de Hong Kong y en la isla de Kowloon (aunque en menor medida), pero una vez fuera de esas dos islas principales, el resto de Hong Kong es naturaleza y aire puro. Como Tai-o, una aldea de pescadores a la que fui gracias a Polly, una chica de Hong Kong amiga de mi amiga china Journey. Pasamos el día caminando entre casitas bajas (tan bajas que en la isla de HK ya hubiesen sido demolidas para construir rascacielos nuevos), caminos de tierra, puestitos de comida… Qué lindo saber que si te cansás de la ciudad podés tomarte un “barco público” (como un colectivo, pero en versión barco) y llegar a un lugar así en menos de una hora.

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6. Vigan (Filipinas)

Vigan es un lugar que me dejó con ganas de más. Fui solamente por el día con Father Judy (uno de los curas filipinos que “me alojó” en la parroquia donde trabajaba en Dagupan) y un grupo de seis mujeres (“fieles” de la Iglesia). Si eso suena bizarro, imagínense irse de karaoke todas las noches con un grupo de curas que además de hablar inglés y filipino también hablaban español (“argentino” y “chileno”) porque habían vivido en Sudamérica y querían casarme con cuanto filipino se cruzara en mi camino.

Judy fue una de las mejores personas que conocí en este viaje, como bien lo describió mi amigo Nico (quien nos puso en contacto) “el hombre con el corazón más grande del mundo”. Durante mi estadía en Filipinas, varias veces agarró la combi de la parroquia, invitó a un grupo de gente y nos llevó de road trip por la península de Luzón (el norte del país). En uno de esos viajes llegamos a Vigan, una ciudad colonial que sigue tal cual la dejaron los españoles. Un lugar que me fascinó (no todos los días se ve una ciudad tan latina en Asia) pero en el que me hubiese gustado quedarme mucho tiempo más…

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7. MNN (Laos)

Íbamos en una balsa a motor que parecía estar a punto de hundirse. Yo estaba viajando con un grupo de alemanes e ingleses, nuestro destino final era un pueblito llamado Muang Khua, en Laos, pero cuando el barco paró en el pueblito anterior nos bajamos sin pensarlo. Imaginen que van navegando por el río en una embarcación de madera bien rústica, están envueltos por las montañas, si miran a su alrededor ven búfalos de agua, pescadores, monjes remando en sus canoas… De repente el barquito frena frente a un pueblito mínimo donde no hay más que una escalera que funciona de muelle. Se ven casitas de madera y lámparas de colores colgadas en los árboles. No se ven autos ni medios de transporte. No se escuchan ruidos más que el silencio. Hay una hamaca paraguaya colgando de dos árboles… ¿es cierto o lo soñé? En este pueblito no hay electricidad, no hay sistemas de transporte, no hay calles asfaltadas. Cada mañana, muchas mujeres se reúnen en medio de la única calle principal y desayunan en grupo, mientras tanto los nenes caminan solos hacia el colegio, los hombres salen a pescar… Este pueblito es uno de esos lugares que parecieran estar flotando en otra época, sin embargo, existe en pleno siglo xxi… Y todavía no sé si develar el nombre o no. Es mi pueblito sin nombre.

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8. Luguhu (China)

Pienso en Lugu y todavía me acuerdo del silencio, del viento frío, de las banderitas tibetanas de colores moviéndose rápidamente, de la nena que posó para mis fotos con el monje, del ritual de las mujeres alrededor del fuego, de los templos en las montañas. Pasé tres días en Luguhu (o Lugu Lake) (o lago Lugu) con tres chinas que conocí en el colectivo de ida. Detalle: no hablaban inglés y yo no hablo chino, pero a esa altura ya me daba lo mismo hablar o no hablar. Nos llevamos re bien sin necesidad de palabras.

La sociedad de Lugu es famosa por ser matrilineal (y no “matriarcal”): ahí los hombres jamás dejan la casa de su mamá ni tampoco se casan, los hijos (fruto de lo que se conoce como “matrimonio andante”) son criados solamente por la madre y por su familia, pero no existe el rol de padre ni de marido. En el recorrido que hice con estas tres chinas pude conocer varias casas de estilo tibetano por dentro, comí con las mujeres y hasta me hicieron probar el trago artesanal típico del pueblo.

[pueden leer la nota que escribí acerca de esta curiosa comunidad: El reino de las mujeres]

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9. Xichang (China)

Mi visita a Xichang no estuvo planeada: tenía que ir ahí sí o sí para tomar un transporte a otro pueblo (China es tan inmenso que para ir de un lado a otro casi siempre hay que hacer paradas en el medio), pero apenas llegué me gustó tanto que decidí dedicarle unos días. Era invierno, pero en Xichang no existe otra estación que la primavera. No tenía ni idea de dónde quedarme, pero de casualidad conocí a uno de los pocos expatriados estadounidenses que viven ahí y me ayudó a buscar un lugar “barato y decente”, me consiguió descuento y me dijo qué lugares visitar. Caminando por la ciudad llegué al sector histórico, un lugar sin un solo turista y tan auténtico que me dieron ganas de llorar, abrazar a todos los chinos y decirles GRACIAS, gracias por no haber abierto este lugar tan especial al turismo masivo. También me tomé un colectivo público que por 6 yuan (menos de un dólar) dio toda la vuelta a un lago que está a 15 minutos de la ciudad y fue haciendo las paradas de rigor en aldeas, terrazas de arroz y casitas de campo.

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10. Karimunjawa (Indonesia)

Karimunjawa fue uno de los lugares más importantes e inolvidables de mi viaje. Fui también de casualidad, gracias a un couchsurfer de Jakarta que me invitó a formar parte del grupo de 30 indonesios mochileros que va cada semana. Fui sin expectativas, sólo con el plan de pasarla bien en la playa con mis nuevos amigos. Conocí a tanta gente especial, aprendí tantas cosas en esos escasos cuatro días en aquel paraíso…

Ahí sufrí por primera vez el shock cultural de “nadar en bikini” vs. “nadar con ropa”: algo que de un lado del mundo nos parece tan normal, del otro lado es completamente opuesto (y normal también). En Indonesia (con excepción de Bali, que es muy turístico) jamás se ve a las mujeres nadando en bikini ni a los hombres en el mar sin remera. Es parte de su cultura, al igual que en muchísimos países asiáticos. No muestran el cuerpo por pudor, por preservarse, por cuidarse, por no ser irrespetuosos. Y no es algo propio solamente de los países musulmanes. En Filipinas (país asiático católico) tampoco nadan “sin ropa” y cuando pregunté por qué me dijeron “porque somos muy tímidos para estar mostrándole nuestro cuerpo a todo el mundo”. Y sí, cuando estoy acá, inmersa en la realidad asiática, escucho eso y pienso: Tienen razón. Respeto plenamente esa decisión, esa normalidad que, para mí, marca una de las diferencias más grandes entre Oriente y Occidente: el mostrar vs el no-mostrar.

Viajando aprendí que la “normalidad” no es tan “estricta” ni “inamovible” como creemos. Lo que allá/acá es normal, acá/allá muchas veces no lo es. Y este tal vez sea uno de los desafíos más grandes del viajero: sacarse los anteojos de la “normalidad” que trae puestos de su país de origen y ver que otras maneras de vivir y de comportarse también son posibles y respetables.

***

Viajeros asiáticos, ¡cuéntenme cuáles son sus lugares preferidos!

Y si quieren saber cuáles son los lugares de América latina a los que siempre querré volver,
pueden leer Mis 10 lugares en América latina.

Comiendo por ahí | Capítulo 2: Malasia

No se puede hablar de Malasia sin hablar de comida.

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Malasia es un país al que siempre vuelvo. No lo hago a propósito. Es que desde Kuala Lumpur salen los vuelos más baratos de AirAsia hacia/desde Indonesia (y hacia/desde cualquier destino del Sudeste Asiático). Ya pasé tres veces por acá y jamás deja de sorprenderme.

Algo que me encanta y que siempre destaco cuando me preguntan acerca de este país es la mezcla de culturas que conforma la demografía del lugar. La sociedad de Malasia está constituida, a grandes rasgos, por una mayoría malay (65%) de religión musulmana (por ley deben ser musulmanes), una gran minoría china (23%) (que emigraron de China hace unos siglos) y  una minoría india (7%). También hay Sijs, expatriados, westerners, inmigrantes asiáticos, de todo un poco. Y la mezcla se ve en la calle, en los templos, en los mercados, en las celebraciones… Y especialmente en la comida.

[singlepic id=1894 w=800] Comida china

[singlepic id=1898 w=800] Comida malay

[singlepic id=1909 w=800] Comida india

¿Ya mencioné lo que siento cada vez que aterrizo en Malasia no?

Me vuelvo loca, siento que la comida me persigue y no sé por dónde empezar: pretzels de queso parmesano, helado de maracuyá, roti canai por 1 ringgit, frutas tropicales, hot-pot, dim sum (comida china)… En fin, me descontrolo. No sólo hay una enorme oferta y variedad de comidas, sino que en Malasia todo tiene que ver con la comida.

Cada vez que me reúno con algún amigo/a local, ¿qué hacemos? Nos vamos a comer malaysian-style: mucho y repetidas veces. Cuando estoy sola, lo mismo: salgo a la calle y hay tantos puestos de comida que es imposible resistir la tentación de comprarme “un snack” (así le digo para no sentirme tan descontrolada) y otro, y otro, y otro. Entro a un shopping y veo un local de postres taiwaneses que es un furor entre la gente de KL y digo “y daaaale, vamos a ver de qué se trata esto”.  A la noche vuelvo caminando, paso de casualidad frente a un puesto de comida india y pienso “un roti canai no le hace mal a nadie”. Y si de noche me agarra algún antojo, seguramente habrá un 7-Eleven, un mamak stall (comida india-musulmana) o un carrito callejero a menos de dos cuadras de distancia y abierto las 24 hs. Lo peor (o mejor) de todo: si al final del día hago cuentas, seguramente no gasté más de 10 dólares en comida (a veces mucho menos).

[singlepic id=1932 w=800] Tippi, mi amiga china, y yo comiendo por ahí…

[singlepic id=1927 w=800] Char Kway Teow: plato muy popular en Malasia, Indonesia, Brunei y Singapore. Son noodles chatos con brotes de soja, salsa de soja, camarones, berberechos y algunas verduras chinas. Delicioso.

[singlepic id=1930 w=800] El postre taiwanés tan popular: hielo picado y otras cosas que no sé bien qué son (pero lo promocionan como calabaza, batata y legumbres dulces). Es más rico de lo que suena.

[singlepic id=1931 w=800] Hay un restaurante en KL donde se come sobre inodoros y las mesas son bañaderas cubiertas con vidrio.

[singlepic id=1928 w=800] La comida me persigue…

Algunas ideas que vienen al caso:

1. En las ciudades como Kuala Lumpur, Melaka, Penang, los puestos de comida forman parte del paisaje: en cada cuadra hay carritos de comida, patios de comida cerrados/al aire libre, mercados grandes y chiquitos, restaurantes, kopitiam (coffee shops), mesitas en la vereda. Se dan una idea ¿no? En Malasia la comida no sólo te persigue sino que te alcanza. Y por lo que veo, la mayoría de la gente local come siempre afuera en vez de cocinar en su casa. ¿Por qué? Es más fácil, más rápido y mucho más barato.

[singlepic id=1899 w=800] Pescado al paso

[singlepic id=1922 w=800] En cada esquina de Penang…

[singlepic id=1904 w=800] A la mañana: Nasi Kandar (arroz con lo que quieras del buffet)

[singlepic id=1907 w=800] Frente al mar

[singlepic id=1908 w=800] Frente a la parada del colectivo

[singlepic id=1891 w=800] Patio de comidas al aire libre

[singlepic id=1934 w=800] En la vereda

2. En Malasia, el comer es un acto cultural. Cada comunidad tiene sus reglas, sus ingredientes, sus sabores. La comida china se come con palitos y, en general, en una comida grupal se piden varios platos para compartir entre todos los comensales. La comida malay se come con la mano derecha (solamente la derecha) y la comida india se sirve, en muchos casos, sobre hojas de planta de banana (y también se come solamente con la mano derecha). Aunque si uno quiere comer con tenedor y cuchara (acá el cuchillo casi no existe) nadie lo prohibe. Cada cual elige la forma que más lo haga disfrutar. Porque es así: la comida en Malasia se disfruta.

[singlepic id=1897 w=800] Comida china: todo se comparte

[singlepic id=1892 w=800] El hot-pot o steambot chino: la comida se elige de un buffet y se cocina en la mesa

[singlepic id=1924 w=800] Restaurante de hot pot (precio por persona: 7 dólares por all you can eat)

[singlepic id=1925 w=800] El buffet del hot-pot

[singlepic id=1893 w=800] Cocinando sate, una de las comidas malay más populares: brochette de pollo asado con arroz y salsa de maní con ají

3. Los festivales religiosos y las celebraciones culturales también incluyen la comida como parte del programa. Durante el Año Nuevo Chino, por ejemplo, se hacen los chinese open house (literalmente “casa abierta”) para celebrar: el anfitrión prepara muchísima comida e invita a sus familiares, amigos y conocidos a comer a su casa. Los invitados llevan algún regalo como agradecimiento (generalmente comida y mandarinas). Uno de los rituales de los chinese open house de Malasia consiste en pararse alrededor de un plato con distintos tipos de ingredientes (preparado especialmente para el año nuevo chino) y mezclar, entre todos, la comida con los palitos mientras se desea feliz año nuevo.

[singlepic id=1915 w=800] Este es el plato que se mezcla entre todos con los palitos.

[singlepic id=1913 w=800] Un chinese open house en una casa de KL

4. Penang es conocida como la Capital gastronómica de Malasia o el Paraíso de la comida. Y lo es. Debe haber más oferta de comida de la que se pueda comer. ¿Cómo surgieron los carritos de comida, parte del paisaje callejero de Penang? Hace 300 años, cuando los primeros inmigrantes chinos e indios llegaron a la isla se dieron cuenta de que una de las maneras más fáciles y eficientes para sobrevivir en el nuevo territorio era cocinar y vender comida de manera ambulante. Pasaron a ser parte inseparable de la rutina de los habitantes, la gente local podía sabe qué hora del día era al ver qué vendedor ambulante pasaba por la puerta de su casa. Con el paso del tiempo los carritos/motos/bicis echaron raíces y quedaron plantados en un solo lugar.

[singlepic id=1920 w=800] Comida bicivoladora

[singlepic id=1935 w=800] Motodelivery

[singlepic id=1906 w=800] El mítico carrito

[singlepic id=1905 w=800] Ice Kacang: postre refrescante y muy popular en Penang

[singlepic id=1937 w=800] Vendedor callejero de Penang

5. Y por último algo que tiene que ver conmigo. En este viaje aprendí varias cosas: primero, a comer con palitos chinos (en Argentina no podía usarlos ni aunque me los atara a los dedos); segundo, a comer con la mano (no es tan fácil como parece, hay que usar solamente la derecha para agarrar y cortar la comida y hay que llevarse el arroz a la boca sin que se caiga para todos lados); tercero, cuando salgo a comer con amigos locales, dejo la elección de la comida en sus manos (es decir que confío y me atengo a lo que venga); y cuarto, algo de lo cual me siento orgullosa, mi nivel de tolerancia al picante subió. Antes no podía comer ni pimienta, ahora disfruto el curry indio. Aunque el chili todavía me cuesta, lo admito.

[singlepic id=1929 w=800] Uno de mis postres preferidos: mango-lo (hielo picado con pedacitos de mango natural y una especie de jarabe de mango).

[singlepic id=1919 w=800] Dim sum, uno de los desayunos más populares entre la comunidad china: es masa rellena de carne, pescado o vegetales, hervida al vapor

[singlepic id=1917 w=600] Delicia china

[singlepic id=1910 w=800] Chicken rice, plato muy popular en Penang

[singlepic id=1912 w=800] Banana leaf set: comida india servida sobre hojas de la planta de banana

[singlepic id=1903 w=800] El famoso roti canai: “panqueque” con curry. Se come de desayuno o a la noche.

[singlepic id=1916 w=800] Nasi kandar: arroz con carne y verdura (a elección)

[singlepic id=1926 w=800] Nada de chili por favor…

La mirada asiática IV: Observar (por segunda vez y desde otro punto de vista)

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.[/box]

Estoy en la isla de Penang (Malasia) por segunda vez en este viaje. Como tuve que esperar 12 días para la respuesta de la visa de la India, preferí quedarme acá, en la casa de mi amiga Tippi, antes que en Kuala Lumpur. No tengo nada en contra de KL, al contrario, me encanta pero me genera un desenfreno consumista alimenticio que no sé si mi bolsillo y mi cuerpo pueden soportar. Además necesitaba trabajar con mis artículos y Penang tiene toda la tranquilidad que busco.

O al menos eso creía. ERROR. El problema de Penang es que siempre hay algo nuevo para hacer: probar una comida nueva, asistir a algún festejo por el año nuevo chino, salir a pasear por la playa o por el casco histórico, irse a la otra punta de la isla…

Penang es uno de mis lugares preferidos del Sudeste Asiático. Entre la vez anterior y esta, debo haber pasado 25 días en esta isla.

Cada vez que vuelvo por segunda vez a una ciudad o país me pasan varias cosas. Una es que siento que “técnicamente” no estoy viajando, sino que estoy repitiendo algo que ya vi, entonces me cuesta volver a escribir acerca de ese lugar “viejo” o “ya visto”. Cuando llego a un lugar desconocido, en cambio, todo es nuevo, absorbo paisajes, palabras y personas como una esponja. Pero ¿cómo mirar un lugar donde ya estuve antes?

Y a la vez me pasa que descubro muchas cosas nuevas, distintas, que la otra vez se me habían escapado. Volver a un lugar por segunda vez me sirve para profundizar. Y estos días, caminando por la isla, me encontré con todas estas cosas que no había visto la vez anterior:

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La ciudad vista desde acá, con barquitos y cuervos.

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La mezquita flotante

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Las tres culturas de Malasia (chinos, indios y malayos) charlando en la vereda.

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Los preparativos para la celebración del año nuevo lunar chino.

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Una figura en una puerta.

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Este pequeño altar chino.

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Las aldeas de pescadores chinos en el sur de la isla.

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Una malaya musulmana probándose la cabeza del león (utilizada en el Lion Dance tradicional chino), en un templo chino.

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Este hombre con barba.

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Este templo chino, patrimonio de la humanidad de la UNESCO, escondido en medio del barrio histórico de Georgetown.

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El templo por dentro.

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Los clan jetties, las casas donde se asentaron los primeros inmigrantes chinos hace unos siglos.
Y este hombre pintando el piso de su casa de arco iris.

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Mujeres de regreso de las cascadas.

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El parque de las mariposas.

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El museo del juguete más importante del mundo (el dueño tiene 100.800 juguetes en su colección).

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Un pescador.

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Dos pescadores.

Penang es un mundo.

Estoy viviendo en el departamento de Tippi, una chica china (amiga de mi gran amiga china Journey), que ya me alojó en abril del año pasado, sin conocerme, solamente porque yo también era amiga de Journey. Buscando gente de Couchsurfing que pudiera alojarme para esta visita, “nos reencontramos”: ella se unió hace poco a esta comunidad y, cuando le escribí para saludarla, me invitó a quedarme con ella otra vez.

Esta vez nos hicimos amigas y probablemente viajemos juntas en algún trayecto en China, cuando ella tenga sus vacaciones en marzo. Tippi aloja a tres o cuatro personas por día, así que siempre hay algún europeo, algún asiático, algún “americano” (cómo odio este término) algún freak (los hay, siempre los hay) y yo. Lo bueno es que las charlas de té (no de café, sino alrededor de la mesa de té) siempre son memorables.

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Hace unos días, Tippi y yo hablamos acerca de las relaciones humanas y de las famosas “diferencias culturales” que la gente se esmera en remarcar cuando dos personas de nacionalidades distintas tienen una relación. Y me dijo algo que me dejó pensando. Ella y su novio son de China, pero vienen de dos ciudades con costumbres y tradiciones tan distintas, que, citando sus palabras, “podrían ser dos países distintos”. En un país tan grande y diverso como China, donde cada región tiene su idioma y sus costumbres, es posible que dos personas sufran ese abismo cultural que muchos creen exclusivo de aquellos que pertenecen a países o continentes distintos. Interesante.

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Tippi

(Estoy en la cuenta regresiva para el post número 100… voy por el 95. ¿Hago un mix al estilo capítulo número 100 de los Simpsons?)

Viajando en una foto: Olvidada en la escalera

Mi viaje empezaba a ir sobre ruedas.

Estaba en Penang, una de las ciudades más importantes de Malasia, con Journey (para quienes vienen siguiendo mis historias, personaje ya conocido a esta altura), una chica de China que conocí en Tailandia de casualidad y con quien viajaría por varias ciudades más adelante.

Además me había animado a hacer Couchsurfing por primera vez: estaba viviendo en la casa de Chin Chin, una mujer china-malaya muy hospitalaria.

Un domingo, Chin Chin me hizo levantarme a las 5 de la mañana para ver cómo se despertaba la ciudad de Penang; así que salimos en su auto, ella, Journey y yo y nos fuimos de paseo.

La primera parada fue en uno de los parques de la isla, una especie de Rosedal porteño donde la gente estaba haciendo deporte desde temprano y practicando tai-chi.

Me sorprendí al ver la cantidad de facilidades gratuitas que ofrecía el parque: pileta de natación, aparatos para hacer gimnasia, paz y silencio.

Más tarde fuimos al mercado chino para tomar el desayuno, probar frutas y comprar varios snacks, y por último fuimos a conocer Kek Lok Si, el templo budista más grande de Malasia, construido en un monte.

Chin Chin nos dejó en la puerta y prometió pasar a buscarnos más tarde.

Journey fue al baño y yo me quedé esperándola al lado del negocio de souvenirs.

Me senté y la vi ahí, olvidada en la escalera, con una pose sumamente fotogénica y una luz tenue muy tentadora.

La tarjetita del Buda me estaba rogando que le sacara una foto.

Le saqué varias, desde varios ángulos, hasta que conseguí la que más me gustó.

Ni la toqué; era obvio que alguien la había dejado abandonada u olvidada ahí, aunque desconozco con qué fin.

No sé qué habrá sido de su vida, tal vez la tiraron a la basura, tal vez alguien la tiene ahora en su billetera, tal vez su dueño volvió desesperado a buscarla.

Sea lo que sea, mi blog se la apropió y se convirtió en uno de los íconos de Viajando por ahí.

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Penang: lugares-cebolla

Creo que existe cierto feeling entre el viajero y el pueblo o ciudad a la que llega. Por eso no me guío mucho por lo que me dice la gente: un lugar al que a una persona le puede fascinar, a otra puede transmitirle mala vibra o directamente aburrirle.

Cada cual lo cuenta según cómo lo vivió, y siempre habrá tantas opiniones como personas.

En mi caso, hay lugares del mundo que me atrapan.

Me pasó en Copacabana (Bolivia), me pasó en Lima (Perú), me pasó en Montañita (Ecuador), me pasó en San Blas (Panamá) y me pasa acá, en la isla de Penang (Malasia).

Son lugares que, para mí, merecen su tiempo para ser descubiertos. Lugares-cebolla, tal vez, en los que hay que ir pelando una a una las capas que conforman el todo para llegar al centro de la cuestión. Y cuando encuentro un lugar en el que siento esto, perdón, pero voy a tardar más tiempo en escribir al respecto.

Hay otros lugares, en cambio, que me gustan, me entretienen, me interesan, pero no me generan ningún tipo de sentimiento.

Son lugares por los que paso tres o cuatro días y siento que ya encontré todo lo que tenía para ofrecerme, le saqué la ficha al instante, capté la atmósfera desde el primer día. Es una sensación, nada más, y puramente subjetiva, claro, como cuando conocemos a una persona nueva.

Sé que ni en un vida se puede terminar de conocer la complejidad o simpleza de un lugar del mundo, pero hay pueblos/ciudades por las que paso corriendo y otras por las que paso gateando, mirando todo con asombro.

Mercado musulmán

¿Qué sabemos de Malasia?

Yo, por lo menos, no tenía ninguna imagen mental definida de este país. Me imaginaba… nada.

Muchos orientales, mucho calor, muchas mujeres con burka. ¿Qué me fueron diciendo en Tailandia? Que es un país muy caro, que es un país fascinante, que es un país aburrido, que es un país barato, que es un país así o asá… Hay que tomar cada declaración como de quien viene. Por eso en general prefiero no investigar demasiado sobre el lugar al que voy a ir, me gusta dejarme sorprender e ir aprendiendo a medida que voy conociendo.

¿Se imaginaban, por ejemplo, que en Penang (y en Malasia) conviven tres grandes comunidades?

Los malayos (musulmanes por ley y más de la mitad de la población del país), los chinos y los hindúes.

Cada grupo mantiene sus tradiciones, su religión, su idioma, su comida, sus festejos, sus templos, sus construcciones y sus costumbres. Los habitantes de las tres comunidades conviven en un mismo territorio, en general todos hablan varios idiomas y dialectos (bahasa, mandarín, cantonés, tamil, inglés), trabajan juntos, comen juntos, son amigos, socios, colegas, compañeros de colegio o de universidad, pero jamás se casan entre grupos distintos. Por eso no se ve la mezcla en las caras y es muy fácil saber quién es chino, quién es hindú y quién es malayo.

Las personas de alrededor de 40 años pertenecen a la tercera o cuarta generación de su familia, es decir que sus abuelos o tatarabuelos fueron los que llegaron a Malasia de China o de la India hace varias décadas y se establecieron en Georgetown, capital de la isla. Y ellos son chinos e indios, pero a la vez no lo son: son chinos-malayos e indios-malayos, personas que serían tratadas como extranjeras si fuesen de visita a sus respectivos países de origen.

Same same but different, dirían los tailandeses para referirse a algo que es parecido pero que no llega a ser lo mismo.

Y si un lugar así nos resulta exótico a nosotros, imagínense cuando ellos conocen a alguien de Sudamérica, de aquel continente que está tan lejos de su realidad.

Aunque, tal vez no lo van a creer, pero sacando la comida, la religión, la vestimenta, veo más similitudes que diferencias entre estos dos mundos que creemos opuestos.

Los malayos (sin importar a qué comunidad pertenezcan) son curiosos y siempre me preguntan de dónde soy. Cuando digo Argentina me responden una de dos: “Ohh Argentina! Good football! Messi” o, en su defecto, me cantan “Don’t cry for me, Arshentiiina” (vaya uno a saber por qué, pero la película es muy famosa acá, al igual que Lady Gaga que no para de sonar en las radios).

En estos días que estuve en la isla intenté conocer por lo menos a un miembro de cada comunidad, para ver Penang desde tres (o más) ángulos distintos.

Chin Chin y yo en el mercado

Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing, es profesora de Física en un colegio, tiene 50 años, es casada y tiene dos hijas y un hijo que vive y estudia en Singapur. Ella me recibió en su casa de la manera más hospitalaria posible: me preparó un cuarto para mí, me cocinó comida china típica, me llevó a pasear, me hizo mil y un preguntas de Argentina y me contó mil y un cosas de Malasia.

Que los malayos reciben muchos más beneficios de parte del gobierno, que los chinos son los profesores y médicos más prestigiosos y los que ostentan el verdadero poder económico, que para los chinos la educación es lo más importante, que los indios reciben un salario menor que el resto, que en Penang es más barato comer afuera que comprar la comida en el supermercado y prepararla, que la comida de Penang es la mejor del país y por eso se la pasan comiendo a toda hora.

Ang Huah y su remera, sólo para entendidos

Ang Huah, uno de los “líderes” de Couchsurfing en Penang (con más de 150 huéspedes de todo el mundo en su historial), también es chino-malayo y es famoso en otras ciudades por ser LA persona que  más sabe de la cultura china de Penang.

Ang tiene una táctica para que los couchsurfers lo reconozcan: simplemente se para en algún lugar estratégico con su remera negra que dice “Got couch?” sin decir una palabra. Los que saben, entienden el mensaje. Según me cuenta, lo de Couchsurfing es algo “part-time” para él, ya que se dedica a muchas (muchísimas) otras actividades: es profesor de kung fu, organizador de eventos de la comunidad china, estudiante de tai-chi, voluntario en un hogar de gente discapacitada, vendedor de terrenos, escritor. Pero se lo ve rodeado de extranjeros todos los días y a toda hora.

Ang aprovecha Couchsurfing para hacer una investigación para su próximo libro: quiere saber por qué los extranjeros eligen viajar a Penang, qué buscan, qué intereses tienen, cuál es su misión. A sus 50 años, tiene una energía envidiable y una personalidad tan hiperquinética que resulta graciosa y tierna: Ang es capaz de estar en tres conversaciones a la vez, es común que se excuse por “10 minutos” y vuelva tres cuartos de hora después tras haber terminado su clase de tai-chi.

Tiene la capacidad de organizar la agenda de cualquiera de la manera más eficiente posible, porque según él, el tiempo es lo más valioso que tiene y no quiere andar por ahí desperdiciándolo, aunque es normal que cambie de planes constantemente.

Así que el día que me llevó a ver un espectáculo local de ópera china, nuestro itinerario, en principio, iba a ser así: a las 18.30 nos encontraríamos en la puerta del templo para ir a la ópera a las 19, el show terminaría a eso de las 21 así que nos íbamos a quedar hasta el final para poder ir al backstage a sacar fotos.

Pero las cosas sucedieron así: yo llegué temprano al templo y me crucé con un amigo indio de Ang que me pidió que lo acompañara a que una mujer china le leyera la fortuna, después me invitó a tomar Masala Chai, un café de especias y hierbas aromáticas típico del sur de su país, hablamos de la India y me explicó cómo tenía que vestirme cuando viajara para allá para simular que soy una mujer casada; cuando volvimos al templo me encontré con Ang que estaba con una chica de Turquía y un amigo Sikh así que nos fuimos los cuatro a tomar un té chino de hierbas; después de eso me fui con Ang a ver la ópera a eso de las 19.30. A las 20 ya había escuchado algo de ópera, ya había estado en el backstage, ya me había sacado fotos con los actores, ya había tomado otro té y a las 20.30 Ang me acompañó a tomarme el colectivo y se fue de karaoke con sus amigos.

Leyéndole la fortuna a mi amigo…

Ópera china

Así son los días en Penang, no planeo demasiado y las cosas surgen solas.

El día que llegué, como conté, me fui a recorrer la isla en auto con Julio, un mexicano, y Rizuan, un malayo-musulmán que nos llevó a un almuerzo musulmán y nos habló acerca de su religión.

Otro día fui con Journey (mi amiga china), Tipi (su amiga china), el novio australiano de su amiga, una familia de Indonesia, una pareja de Sudáfrica y EEUU, una mujer india-malaya, a comer al hot-pot de Georgetown. El hot-pot es el mejor invento chino que conozco: se trata de un buffet en el que, por aproximadamente 20 pesos argentinos, uno puede comer hasta reventar. Lo divertido es que la comida está cruda y cada cual la prepara en el “hot-pot” (olla caliente) de su mesa: una especie de cacerola dividida en dos con sopa de pollo o sopa de especias en donde se sumerge y cocina la comida.

Al día siguiente fui con Journey y Chin Chin a conocer “el mercado más local” de Penang, varios templos y parques; a la noche fuimos al festival de la comunidad Sikh y terminamos bailando con todos los extranjeros en medio de un grupo de treinta hindúes al ritmo de la música sikh.

Después nos encontramos con el grupo de couchsurfers y una banda de músicos franceses, británicos y españoles y nos fuimos caminando por Georgetown mientras uno de los chicos tocaba el acordeón… Y mañana, quién sabe cómo será mi día.

Es cierto, cuando uno viaja, el tiempo pasa a ser totalmente relativo: los amigos de hace pocas horas ya parecen de toda la vida, una semana es como un mes y la edad, raza o nacionalidad de las personas que uno va conociendo es lo de menos.

Mientras esté acá, no importa cuántos días sean, me seguiré dedicando a pelar esta cebolla de la que se asoman personajes nuevos a cada momento.

Ah, sí, y a comer: cada comunidad mantiene su propia comida y todos quieren que uno pruebe sus platos típicos, así que en Penang, una de las actividades más comunes y que más estuve praticando es comer a toda hora y en todo lugar.

Cualquier excusa es buena para probar algo nuevo.

El hot-pot chino: elegís tu comida (cruda) y la cocinás en tu propia cacerolita en medio de la mesa

Probando comida típica en el festival de los Sikh

Con Couchsurfers de alrededor del mundo

Un almuerzo musulmán en el barrio

Georgetown

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Y de repente, empieza el viaje (o mi primera experiencia fallida de Couchsurfing)

Dicen (digo) que cuando uno entra en el clima del viaje, todo empieza a pasar (mucho) más rápido. Yo entré en clima de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado eufórico de quieroseguirviajandomásmásymás y de quieroconocermásgentemáslocalesmáslugares y de, tal vez, noquierovolverhastahaberrecorridoelmundoentero.

Viajar es un camino de ida, definitivamente.

Mis días en Tailandia fueron tranquilos, por momentos solitarios.

Me dediqué a escribir, a caminar, a nadar, a comer, a mirar. Tengo que confesar que me costó empezar: fue difícil pasar de los 20 grados de abril de Buenos Aires a los 40 grados de abril de Bangkok, fue difícil acordarme de pedir en cada comida not spicy please, fue difícil (y algo cansador) pasar de hablar castellano cotidianamente a comunicarme y pensar constantemente en inglés.

Fue difícil, también, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos para calcular mis gastos, fue difícil no tener un cuaderno para escribir a mano (hasta que decidí comprarme el primero que encontré porque extrañaba demasiado el hábito), fue difícil cargar la mochila llena de ropa sucia todos los días. Pero siento que todo cambió.

Desde que entré a Malasia, mi viaje empezó a acelerarse, a tomar forma y color. Todo se volvió mucho más interesante.

¿Cómo fue qué pasó? Creo que los planetas se alinearon para que mi llegada a Penang, isla ubicada en la costa oeste de Malasia, no pudiese ser peor. Primero, otra vez eso de subirse a un barco, bajarse, subirse a un taxi, bajarse, subirse a una minivan, bajarse, esperar, subirse a otra minivan y tomar la ruta. Trece largas horas de esto, con mucho aire acondicionado (tanto que el conductor, en vez de apagarlo o bajarlo, decidió abrigarse con una campera), cero farangs y mucha lluvia, mi primera lluvia desde que llegué a Asia.

Mi plan era llegar a Penang a eso de las 8 de la noche, llamar a Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing que me iba a alojar, e ir para su casa. Pero mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal, tomarme el ferry para cruzar de Butterworth a la isla (remarco lo de ISLA) de Penang, bajarme en la estación de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona.

Tenía todo calculado.

Entonces cuando el conductor de la minivan frenó frente a un local de comida china, en medio de la inundación provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en tailandés que me bajara, empecé a sospechar que algo no andaba bien. ¿Será que me quedé dormida y cruzamos en el ferry arriba de la camioneta? ¿Tengo que hacer noche acá, quién sabe dónde, y seguir mañana hacia Penang? ¿Quizás el pasaje que compré en Tailandia ya no sirve acá? ¿O acaso estamos en Malasia o nos desviamos y caímos en China?

¿Dónde estoy?

El conductor no supo responderme, todo lo que me decía era “This is your stop, you get down here“. Claro, en medio de la lluvia, de noche, rodeada de gente que tal vez ni habla inglés, sin saber dónde estoy. No señor, no me bajo nada.

Pero los ángeles existen… O al menos creo que what goes around comes around (lo que va, vuelve)

Volviendo a la escena, ahí estoy, en medio de alguna ciudad (todavía en la minivan porque me negué a bajarme), sin manera de poder comunicarme con Chin Chin y sin un peso malayo encima (estaba en Malasia, eso sí, porque me sellaron el pasaporte, pero hasta ahí sabía).

En la misma camioneta que yo viajaba una familia de Indonesia: un chico, sus padres, sus abuelos. Habían venido a Malasia para recibir atención médica, iban a pasar la noche en Penang y al día siguiente volarían de regreso hacia Jakarta. Vieron la situación y me ayudaron: el papá me prestó su celular para que llamara a mi host (anfitriona en el lenguaje Couchsurfing), pero como no pude comunicarme me dijeron que me bajara con ellos en la parada de su hotel para no quedarme sola de noche en la ciudad (estaba en Penang, sí, me lo confirmaron, pero en qué parte, cerca o lejos de lo de Chin Chin, nadie sabía).

Intenté comunicarme otra vez con Chin Chin (que, by the way, es china-malaya), pero me atendía un contestador que me decía muy amablemente que el celular al que estaba llamando le faltaba un número.

El último colectivo público hacia su casa salía a las 22.30 y ya eran las 22. Un taxi hasta su casa me costaría unos 45 ringgits (13 dólares), pero tenía miedo de llegar y que no estuviera ahí, o que Couchsurfing (CS) fuese en realidad una organización internacional de venta de órganos y yo una inocente víctima.

Nos bajamos de la combi y Van Kenny, el chico indonesio, me acompañó al shopping al lado de su hotel para cambiar plata: todas las casas de cambio estaban cerradas.

Fuimos al cajero: no me aceptaba la tarjeta.

Volví a llamar a Chin Chin: me faltaba un número para poder comunicarme.

Quería ir a un hostel: no tenía idea de dónde estaba parada ni adónde podía ir.

Quería tomarme un colectivo: ¿monedas? menos que en Buenos Aires.

Quería tomarme un taxi: me dijeron que por las dudas no me tomara un taxi sola de noche.

Listo, ¿podré dormir en la puerta de su cuarto? ¿o encima de la alfombra del baño?

Van Kenny sacó 50 ringgit y me los dio.

– Mañana me vuelvo a Indonesia, esta plata ya no me sirve, quedatela.

– No, te la cambio por dólares.

– No, por favor.

-Bueno, cuando esté en Jakarta los invito a todos a cenar.

Mientras decidía mentalmente qué iba a hacer de mi vida aquella noche, me invitaron a cenar con ellos al mercado local. Los indonesios y yo: esa loca que andaba con cara de perdida por algún lugar de Asia. Comimos algo muy rico, que jamás sabré qué era. Les conté que era de Argentina, que escribía un blog. Todos en ronda empezaron a decirme sus nombres, “para que nos menciones en tu blog“. Llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me llevara en su auto a buscar alojamiento barato. Así que me despedí y nos fuimos, la indonesia y yo: esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia de Indonesia.

Finalmente encontré un lugar decente y barato manejado por un hindú. Chinos, hindúes, indonesios…

Estoy en Malasia, ¿no? Por ahora no vi ningún malayo… Creo.

Desensillé en el cuarto, me conecté a internet y todo se solucionó.

Encontré el número que le faltaba al celular de Chin Chin, la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y dormí con todo el agotamiento del mundo. A la mañana siguiente vino a buscarme Julio, un chico mexicano que también se estaba quedando en lo de Chin Chin, junto con Rizuan, un malayo musulmán, que nos llevó a recorrer toda la isla en su auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó a una reunión de musulmanes en su barrio, nos infiltró en el mercado local, nos hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presento a un hindú-malayo que baila salsa cubana…

¿No les digo que cuando un viaje se pone bueno, todo empieza a pasar mucho más rápido?

Con Van Kenny, mi nuevo amigo indonesio, cenando en el mercado de Penang

Con Julio, mi amigo mexicano, comiendo durién en el mercado local

Julio y yo en un almuerzo musulmán

Rizuan y su amigo en el mercado

Linggish, el indio que baila salsa, tomando un té con nosotros

 

Cenando con couchsurfers

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