escriviajar

La gente me ve en Buenos Aires y me pregunta: ¿y… cuándo te vas?

Es la nueva pregunta frecuente, y me gusta, pero como no tengo respuesta, me río.

Yo estoy acá, frente a mi ventana, y por ahora solamente escribo.

¿Cuál es tu próximo destino?

No sé. Siempre pienso en el próximo viaje, pero por ahora mi destino próximo es Buenos Aires.

Y escribir.

Tal vez se sorprendan de que no demuestro ganas de salir corriendo.

Es que estoy bien acá. Y quiero escribir.

Porque me di cuenta hoy: escribir acerca de un lugar al que fui es como volver a viajar.

Y en este momento estoy haciendo eso: viajando a través de la escritura.

Entonces, ¿para qué irme de acá?

(Pero ya vendrán destinos reales en breve, estoy segura).

***

La foto la saqué en el Parque Nacional Huascarán, en el Callejón de Huaylas, Perú. Y justamente estuve todo el fin de semana escribiendo acerca de este lugar para una de las revistas con las que colaboro. Cuando la nota esté lista, la compartiré acá con ustedes. Mientras tanto, sigo viajando en botecito por esta laguna.

Por las calles de Barcelona (o Callejeando por ahí, por qué no)

No hay mejor manera de conocer una ciudad que caminarla, perderse y dejarse llevar. Guardar el mapa, seguir el instinto y caminar tras lo que nos llame la atención. Nunca pensé que iba a terminar siendo una “viajera callejera”, que me iba a gustar tanto eso de observar la vida en las veredas, eso de sumergirme en la cultura callejera de cada pueblo y ciudad. Para mí, lo esencial para conocer un lugar no es “ir a tal monumento”, sino caminar. Caminar y observar. Me interesa más lo que está entremedio, el camino en sí, que lo que está en cada uno de esos puntos “que no podemos dejar de visitar”.

Creo que una de las razones por las que Barcelona me enamoró tanto es que si bien es una ciudad medianamente grande, un espacio urbano “ordenado”, aún sigue manteniendo ese “desorden” típico de las ciudades con vida al aire libre. No me cansé de caminar por sus calles, especialmente por la zona del Raval, donde la multiculturalidad de sus habitantes le da un aire especial a la ciudad.

Hoy, entonces, un Viajando en una foto (o en unas cuantas) Reloaded, algo así como un Callejeando por ahí en fotos, versión Barcelona. Un encuentro con las calles de esta ciudad que me tiene tan pero tan hipnotizada y a la que espero volver muy pronto. ♥ (Va con corazón y todo).

ATENCIÓN: nunca metí tantas fotos en un solo post, así que déjenlo cargar unos minutos.

ATENCIÓN bis: ya sé, están hartos de escucharme hablar (o de “leerme escribir”) acerca de Barcelona. Hartos. Ya fue Barcelona. No puedo evitarlo, estoy obsesionada, encontrar un Lugar en el Mundo no es algo que pasa todos los días. Además tenía un montón de fotos que me habían quedado pendientes y quería ponerlas acá. Así que ya está. En el próximo post, nada que ver: Guía para viajar por Marruecos. En este post, un capricho nomás.

Mientras esperan, denle click a este video. Muy callejero y muy Barcelona.

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Cemento con vista al mar

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Empujen con cariño

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Colisión inminente

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El balcón también sirve de portero eléctrico

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Principio de romance, tal vez?

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Bubu, el perro aventurero con siete vidas. Una vez practicó el escapismo y tuvieron que llamar a los bomberos. La leyenda dice, también, que un mendigo se lo robó e intentó venderlo. Nadie lo compró y su dueña lo encontró en la perrera. Bubu renace cada día. Ahora trabaja en una tienda retro.

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Perfect match.

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Mucha geometría. Y un señor.

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Hay de todo y para todos los gustos.

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El misterioso hombre del bombín negro y su perro dinamita.

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Un círculo de Gaudí, intervenido por una mujer.

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Yo le saco fotos a la Sagrada Familia. Tú le sacas fotos a la Sagrada Familia. Él (y ella) la saca fotos a la Sagrada Familia. Nosotros le sacamos fotos a la Sagrada Familia. Ustedes le sacan fotos a la Sagrada Familia. Y ellos son fotografiados por mí mientras le sacan fotos a la Sagrada Familia.

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¡Corré que el baldazo llega hasta acá!

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¿Aló? Hable más fuerte que tengo un paraguas.

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Escena de Chaplin versión Siglo XXI

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Eso de esperarte en The Cemetery Gates ya fue. Yo te espero a la salida del metro.

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Contramano. 

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El artixta también es callejero.

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¿Ves? Si vas caminando por las calles de Gracia, su estudio transparente te invita a pasar. Dentro se ve mejor, siempre y cuando abras bien los ojos.

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Cervezafríauneuroamigo, la frase más escuchado por las noches de Barcelona.

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Hay peluquerías, y peluquerías retro con onda, como esta.

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Y ahí, entre medio de tanto color, una puerta.

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Mesas rosas, cuando quieras.

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La báscula quita complejos, para que te peses en medio de la calle y pierdas la vergüenza. No es lo mismo pesar 90 kilos que pesar lo mismo que Pedro Picapiedra. No es lo mismo pesar 60 kilos que pesar lo mismo que Messi sin pelota. Ojo.

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Eso sí: en todos los cementerios, flores.

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Y las sábanas colgando.

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El triunfo de pasar por debajo de este arco.

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¿Y esta quién es?

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El señor era japonés y me cayó simpático.

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Esos árboles pelados me generan algo que no logro descifrar.

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Ella sostiene el edificio con un pie.

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Ambos están elevados, aunque cumpliendo distintas funciones.

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Te espero en el casino.

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Cuando vi esa cúpula de fondo, pensé: ¿Dónde estoy? ¿Caí en Asia? ¿Volví a Marruecos?

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Una especie de Barcelona flashera through the mirror.

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Arte callejero, una de las mejores formas de medir la vida callejera de cualquier ciudad.

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Tendría que haber tocado el timbre o inscribirme ahí, en el happy yoga.

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¿De qué hablarán?

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Eso.

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Mirá qué linda fachada, eh.

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Prohibido, o las arañas se apoderarán de su mente.

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Subidas y bajadas. La eterna rueda de la vida.

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Ese mozo reflejado en la ventana me recuerda a un cuento. O a algo.

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Caras y carritos.

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Una que otra ventana.

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Se prohibe, y si desobedece, le pegaremos en la frente con el helado gigante.

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Hay muchas maneras de matar.

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Por un rato, miro el mundo desde más abajo. Está bueno.

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Viva los pinoys :)

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Hey Ho!

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Camuflados entre flores.

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Cenicero al aire libre.

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Azul y amarillo.

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Escalando.

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Esta foto es un quilombo, le corté las cabezas a todos, pero igual tiene un nosequé.

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Bici con vista a la ciudad.

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2 x 2

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Sí, estoy arrastrando una heladera y qué.

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¿Los ven, ahí hablando?

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Jake & The Cat

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Como ven, los balcones en Barcelona son un espacio multifuncional.

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Las entradas de las iglesias, también.

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Compinches a toda edad.

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Y ópera callejera, el summum de la música callejera.

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El punctum* de la foto está muy claro.

(*punctum, según Roland Barthes: “El punctum de una fotografia es ese azar que en ella me despunta”. Surge de la escena como una flecha que viene a clavarse. El punctum puede llenar toda la foto (….) aunque muy a menudo sólo es un detalle.”)

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Cada vez que veo una gaviota en Barcelona pienso dos cosas: “Esta se perdió” y “Ah, no cierto que acá cerquita está el mar”  Una ciudad con vista al mar. ¿Qué más puedo pedir?

Este fue un Viajando en una foto x 60. Ojalá lo hayan disfrutado.

Encuesta: ¿de qué ciudad/pueblo les gustaría que fuera el próximo “Callejeando por ahí”? ¿Algún lugar de España, de Marruecos, de Asia? Opinen…

Vuelve “Viajando en una foto”

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, Viajando por ahí solía tener una sección llamada “Viajando en una foto”.

Era una sección que escribía cada vez que estaba de “no-viaje” (es decir, instalada en alguna ciudad) y que cumplía la función de lo que vulgarmente se conoce como “relleno”, cual jamón y queso de la empanada de este blog (?). Se trataba, básicamente, de postear una “foto del día” y escribir unas pocas lineas al respecto (ya sea la historia o backstage, la cadena de casualidades que me llevó a esa imagen o una simple reflexión derivada de ella).

Últimamente me está pasando algo que me dice que tengo que reinaugurar esta sección: cada vez que reviso mi archivo de fotos (extenso, muy extenso), me encuentro con imágenes que ni recordaba que había sacado y que me sorprenden, me transportan o me hacen preguntarme: “Ay… ¿te acordás de cuando estuviste ahí?” :). Entonces pienso, ¿por qué no compartir estas imágenes sueltas en el blog? ¿Por qué no usar estos meses de quietud (estaré unos meses en Buenos Aires) como excusa para compartir fotos que no tienen que ver con nada (pero que tienen que ver con mis viajes)?

Así que en este solemne acto declaro reabierta la sección Viajando en una foto y me comprometo a compartir mis fotos preferidas (no por eso “las mejores”, sino las que más me gustan y sorprenden) con todos ustedes. Intentaré subir aunque sea una foto por día o cada dos días, como para no perder el espíritu viajero. E intentaré, también, sorprenderlos con fotos que no haya subido nunca a este blog. Esta sección empezó con un bigote, así que quién sabe con qué aparecerá mañana.

Y para reinaugurar, lo hago con mi foto “preferidísima”, con una imagen que tengo impresa y colgada en mi casa y que nunca pero nunca deja de hipnotizarme. Fue una de las primeras fotos que saqué con una reflex. La capturé en las afueras de Kuala Lumpur (Malasia), allá por abril de 2010, cuando recién empezaba mi viaje por Asia. ¿Qué me gusta de esta foto? Esa mirada. Esos ojos negros me transportan inmediatamente a ese templo hindú, a esas escaleras, a esa madre, a mí misma diciéndole “She’s so beautiful! May I take a picture?”, y al click que inmortalizó esas caras. Podré estar en mi casa en Buenos Aires, pero miro esta foto y viajo.

Viajando en una foto: repetido-repetido-repetido-repetido-repetido

En el mundo hay cosas que se repiten

se repiten se repiten se repiten se repiten

se repiten    se repiten

¿será casualidad?

¿necesidad?

¿o más de lo mismo?

No me importa. A mí me encanta encontrar esos patrones que se repiten y salen bien en las fotos. Estas las saqué, en orden de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo: en Macau, Malasia, Hong Kong, Tailandia, Malasia, Indonesia, Singapur, Macau, Malasia, Tailandia, Singapur, Uruguay (!), Singapur, Singapur, Hong Kong, Tailandia.

Viajando en una foto: Ciudades solitarias

Hong Kong está llena de gente.

Sin embargo a mí me pareció una ciudad silenciosa y solitaria.

Viajé en subtes de última generación, sin conductores humanos y con una precisión horaria impecable y envidiable (ojalá nuestros subtes fuesen así de eficientes).

Pero durante el viaje casi no vi caras de frente, ya que todas estaban mirando hacia abajo, pegadas a la pantalla de los celulares último modelo que sostenían en las manos.

Nadie me cedió el asiento (obviamente no habría por qué hacerlo, pero tampoco vi que nadie le cediera el asiento a un mayor),

Nadie me miró con curiosidad ni me preguntó si necesitaba ayuda para encontrar la estación en la que debía bajarme,

Nadie me alertó que en el subte te morís de frío y que cuando bajás te morís de calor,

Nadie me avisó que cada estación tiene como ocho salidas y que si te equivocás tenés que dar la vuelta al mundo para encontrar la correcta.

Caminé por las calles atestadas de carteles, negocios y personas.

Sin embargo, nadie me frenó para preguntarme si necesitaba ayuda para encontrar alguna calle (y, hola, es obvio que no soy local acá y es obvio que me voy a perder en este laberinto de asfalto),

Nadie se ofreció a acompañarme cuando me vieron perdida y con el mapa en mano

Nadie me dijo que para llegar de un punto a otro de la ciudad iba a tener que atravesar —obligatoriamente— por lo menos cinco shoppings.

Podría decir que me debo haber recorrido toda la isla a pie y nadie me prestó demasiada atención.

Tomé colectivos y mini-colectivos de lo más organizados.

Pero nadie me avisó que se necesita pagar con cambio exacto ya que ni el conductor ni la máquina devuelven plata,

Nadie ofreció ayudarme con las monedas que me faltaban para completar mi boleto,

Nadie me avisó que no podía bajarme en cualquier lado sino solamente en las paradas “obligatorias” y predefinidas del transporte,

A nadie le importó que tuviera que caminar 20 minutos extra porque me pasé de parada y no sabía qué transporte tomarme para volver hacia atrás (no existe eso de “cruzá la calle y tomá el que va para el otro lado”).

Viví (de casualidad y de prestado) en la casa de un súper empresario alemán (que estaba de vacaciones con su familia en Suiza y por ende nunca se enteró de mi estadía).

Viví en lo que debe ser una de las casas más caras y lujosas de Hong Kong (en Hong Kong, el solo hecho de tener una casa y no un departamento ya implica un lujo, allí donde el metro cuadrado es el segundo más caro del mundo después de Nueva York; y cuanto más “arriba” de la montaña vivís, más lujoso, caro y exclusivo aún).

Viví en una casa de cuatro pisos (o más, no lo sé) arriba de la montaña desde donde veía todo Hong Kong desde mi cama.

De noche, se iluminaba para mí.

De día, me despertaba con su silencio (desde allá arriba no se escuchaba ni un solo ruido).

Y a pesar de que fue una de las mejores casas donde me alojé en mi vida, le faltó esa calidez de hogar chiquito.

No me quejo, amé Hong Kong y pienso volver, es una de mis ciudades preferidas.

Pero qué ciudad solitaria.

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[Colores por el mundo]
AMARILLO

Amarillo

Como un tipo de arroz que acá también se come.
Como los famosos noodles.
Como el durién por dentro.
Como el flan con el que me reencontré en Filipinas.
Como la iluminación nocturna de Macau.
Como el jugo de mango que tanto me gusta.
Como la bocha de helado de maracuyá que venía en el platazo de helado que comimos que Journey un mes antes de mi cumpleaños como “festejo anticipado”.
Como las remeras de Bob Esponja que venden por todos lados (y que estuve a punto de comprarme pero desistí porque no quiero parecer de 12 años).
Como una de las iglesias coloniales de Macau.
Como esa luz tenue que tanto me gusta para sacar fotos.
Como el Buda de Oro de Bangkok (ya se que es dorado, pero si vamos a lo esencial, el dorado es una especie de amarillo con brillo).
Como mi remera que dice From Solo With Love.
Como unos “chips” simil chizitos aplastados que le ponen a muchas comidas acá y que tienen SABOR A PESCADO (yo paso).
Como el puré de papas que acá no existe (excepto que lo prepare yo, obvio) y tanto extraño.
Como el pure de papas instantáneo que compré con mucha felicidad en Yogyakarta hasta que descubrí que tiene menos gusto que el puré Chef y que viene con un condimento con sabor a pollo y chili sauce.
Como el submarino beatle que dibujo por todos lados (a falta de saber dibujar otra cosa).
Como el queso que tanto tanto me falta.
Como el pan con queso que descubrí hoy.
Como la tela de la carpa de un puesto de comida japonesa en la calle (¡y qué comida!).
Como la pizza extra queso y con bordes rellenos de queso que a veces me compro en Pizza Hut.
Como una remera del Submarino Amarillo que vi en una negocio de Hong Kong y que acabo de encontrar entre mis fotos y no entiendo cómo no me la compré.
Como el pote de mostaza que compré emocionada hasta que descubrí que no se parece en nada a la mostaza de Argentina.
Como la mayoría de las comidas que me gusta.
Como todos los carteles de “Cuidado, en reparación” que hay en las calles de Hong Kong.
Como la masa de seguidores de Noynoy Aquino, el nuevo presidente de las Filipinas, en la inauguración presidencial.
Como las tartas portuguesas hechas de huevo y tan ricas de Macau.
Y como estos carteles que vendían números de celular… en Hong Kong, ¿dónde más?

[Colores por el mundo]
ROJO

Rojo

Como mi mochila.
Como el ají que le ponen a todas las comidas en Indonesia.
Como el “chili sauce” que le ponen a todas las comidas en Indonesia, a falta de ají real.
Como el ají y el chili sauce que le ponen a las comidas para darle un toque “extra picante”.
Como el ají y chili sauce que ruego que no le pongan a ninguna de mis comidas en Indonesia.
Como las zapatillas de Journey que son como zapatos náuticos pero en versión zapatillas y tienen toda la onda.
Como mis All Star preferidas que dejé en Buenos Aires.
Como la insignia de los Red Shirts, el Frente Unido por la Democracia y Contra la Dictadura de Tailandia que hace unos meses salió en todos los medios del mundo (y yo me los crucé en Bangkok antes del estado de sitio).
Como el logo de McDonald’s que aparece en todas las ciudades asiáticas.
Como el logo, también, de Pizza Hut, ese fast-food de pizza que en Argentina fracasó pero que acá me parece la gloria.
Como mi bolsito de tela corderoy que compré en Copán, Honduras, y se vino hasta acá conmigo.
Como ese mismo bolsito que cada día se rompe por algún lado y ya no quiere vivir pero que me niego a dejar por ahí.
Como el color de la ropa de los Sikh en el festival de baile que ofrecieron en Penang.
Como el ají.
Como todas las verduras que no me atrevo a probar porque me suena que son picantes.
Como el color de cualquier barrio chino en cualquier ciudad de Asia.
Como China (digo yo).
Como los carteles de Berhenti que en indonesio y malayo significa Pare.
Como las puertas de los templos chinos.
Como los semáforos inexistentes.
Como los semáforos que existen pero no se respetan demasiado.
Como el Libro Rojo de Mao que encontré a la venta en la calle de anticuarios de Hong Kong.
Como todos los carteles de Prohibido que encontré en Malasia y Singapur.
Como las flores exóticas más lindas que vi pero como no sé de botánica jamás sabré el nombre.
Como las miles de millones de frutillas de todo color, forma, tamaño y material que encontré en Cameron Higlands.
Como la iglesia de Melaka (primera iglesia que vi en este viaje).
Como mi bicicleta de Buenos Aires que tanto extraño.
Como el color de los taxis en Hong Kong.
Como un stencil de Jimi Hendrix que encontré en una pared de Singapur.
Como la remera que se pone uno de mis amigos indonesios para hacer snorkel porque dice que de esa manera pueden verlo desde cualquier lado y ningún barco lo va a dejar abandonado en medio del mar.
Como el corazón de las remeras que dicen I Love Hong Kong.
Como la manzana Dole importada de Chile que comí en las Filipinas.
Como los cangrejos que comí hasta reventar en Bolinao.
Como el camión de bomberos que apagó el incendio de mi vecino en Manila.
Como el ukelele que casi casi me compro en Hong Kong.
Como el jugo de tomate frío que en las venas, en las venas deberás tener.
Como la vela con el número 25 que le pusieron a mi torta de cumpleaños.
Como uno de los colores de la bandera de Indonesia.
Y de la bandera de Malasia.
Y de la bandera de Tailandia.
Y de la bandera de Singapur.
Y de la bandera de Hong Kong.
Y de la bandera de las Filipinas.
Mejor dicho: como uno de los colores de la bandera de todos los países asiáticos que visité hasta ahora excepto Macau.
Como el futón de mi casa donde duermen mis amigas cuando van a visitarme.
Como mi color preferido.
Y como estos tomates cherry que compramos en Cameron Highlands con Journey y que me parecieron extremadamente fotografiables por su color tan… rojo.

[Colores por el mundo]
VERDE

Verde

Como las terrazas de arroz de Banaue.
Como el licuado de palta que preparan en Indonesia.
Como las rodajas de pepino que le meten al arroz en todas las comidas.
Como la pared donde pinté mi primer submarino.
Como el botón de automático de mi cámara.
Como la remera que le uso a mi novio.
Como una remera que dejé en Buenos Aires que me gusta bastante pero que no podría usar acá porque es medio gruesa y me hace transpirar.
Como la sangre de un alien (no sé, digo).
Como las lagartijas que se meten en mi cuarto donde sea que esté.
Como Nepal después de la época de lluvia (eso leí, ya lo comprobaré).
Como el dólar (que a mi nunca me pareció verde pero se lo asocia con ese color).
Como la L de Google (fijate).
Como los ojos del gato de mi vecino de Buenos Aires.
Como las Heineken que ahora solamente puedo compartir con Belu vía skype.
Como el anillo que cambia de color según el estado de ánimo.
Como los ojos de la Niña Afgana.
Como el 59.
Como la lechuga que siempre le saco al sandwich porque mi mamá dice que puede estar mal lavada.
Como la cáscara del mango maduro en Yogyakarta (yo siempre juré que el mango maduro tenía cáscara amarilla).
Como el té que me sirvieron con todas las comidas en Hong Kong.
Como esa verdura extraña que le agregan a los noodles y jamás sabré qué es.
Como una laguna que una vez vi en Bolivia.
Como el relleno de un pan que me compré en Malasia sin saber lo que me esperaba.
Como el pasto después del rocío.
Como el color de la plantita que Wall-E le regala a Eve.
Como el ají que no pica tanto.
Como el mar en Karimunjawa.
Como un “snack” a base de arroz que probé en Penang.
Como los dibujitos-vueltitas de Vero.
Como la cabeza de un gusano rarísimo que encontré investigando mi mochila en un parque nacional de Malasia.
Como la selva que no visité por miedo a las sanguijuelas.
Como el durién por fuera.
Como la hoja de banana sobre la que sirven la comida en los restaurantes indios.
Como el color que no me puse para ir a la fiesta del semáforo en Kuala Lumpur.
Como el color que sí se puso un 90 por ciento de los hombres que fue a esa fiesta.
Como un pantalón que me compré en Malasia porque estaba muy barato y yo no tenía demasiada ropa.
Como las incontables hojas de las incontables frutillas que vi en Cameron Highlands.
Como una remera que vi en algún lado que decía que los hombres son como las cuentas bancarias y que sin mucha plata no generan demasiado interés (y no me gustó pero le saqué una foto igual).
Como Singapur.
Como el wasabi que jamás en mi vida probé ni pienso probar.
Como un tanque de guerra que quedó abandonado en una playa de Filipinas.
Como la toalla que usa sobre el cuello un japonés que conozco cuando hace calor.
Como la misma toalla que usa el mismo japonés sobre la cabeza cuando llueve.
Como el uniforme de colegio de un grupo de nenes que me crucé en Jakarta.
Como un amigo indonesio que se viste en composé al estilo rana cada vez que hace snorkel.
Como las hojitas-canastitas donde los balineses ponen las ofrendas de flores y comida todas las mañanas.
Como el vidrio de un mototaxi al que me subí en Filipinas.
Como la bandera de Macau.
Como el cubrecamas de mi casa en Buenos Aires.
Como la lucecita que me indica que tengo internet.
Como todas estas verduras que encontré en un mercado de Singapur.

Viajando en una foto: Qué ves cuando me ves

Los descubrí (o, tal vez, ellos me descubrieron a mí) en Banaue, un pueblito en las montañas en el norte de las Filipinas.

Fui ahí gracias a Judy, mi amigo cura filipino, que me puso en contacto con una familia amiga suya de Banaue para que me hospedara y me llevara a recorrer las famosas terrazas de arroz.

Así que nos fuimos, dos filipinos de Banaue, el “taxi-moto” que aparece en la foto y yo a dar vueltas por los caminos de ripio de las montañas en busca de las plantaciones de arroz.

Banaue es un pueblo bien pueblo, uno de esos lugares donde los chicos todavía salen a jugar a la mitad de la calle (sin peligro de que “los pise un auto” ya que estos no abundan), donde las mujeres se sientan en las veredas y trabajan en sus artesanías mientras charlan con sus amigas, donde los hombres se la pasan mascando una raíz y escupiendo saliva roja.

Que aparezca una extranjera sentada dentro de esa carroza azul es todo un acontecimiento.

La curiosidad es más fuerte que ellos.

Cada vez que pasábamos frente a alguna casa, el ruido del motor hacia que la gente interrumpiera sus actividades para salir a la calle a mirar.

Algunos solamente veían la moto con el carrito “atado” al costado y se volvían a meter en sus casas, pero otros me veían a mí adentro de ese carrito y enseguida le pasaban la voz al resto.

¿Qué dirían?

– ¡Miren, una gringa! ¡Miren, una actriz de cine! ¡Miren, una turista! ¡Miren, una embajadora! ¡Miren, una mujer! ¡Miren, una occidental! ¡Miren, una “americana”! ¡Miren, una científica! ¡Miren, un ser humano!

Más tarde frenamos al borde de la ruta a descansar y mientras estaba sacando fotos del paisaje me di cuenta de que alguien me espiaba de atrás.

Primero, el nene.

Después apareció ella.

Y después se sumaron dos más.

Ninguno se animó a hablarme. Solamente me miraban con muchísima curiosidad.

Nota al margen: acá no existe eso de no mires fijo que es de mala educación, acá te miran fijo sin ningún tipo de pudor.

Sin hablar, posaron para mis fotos.

Cuando me subí a “la carroza” para seguir camino, les dije, moviendo la mano, “Byyye!”.

Todos se rieron y emocionadísimos me respondieron el saludo a ocho manos.

¿Qué habrán visto en mí? ¿Qué se les cruzará por la cabeza? ¿Qué idea tendrán estos chicos acerca de “los extranjeros”? ¿Pensarán que soy rica? ¿Que soy famosa? ¿Que salgo en la tele? ¿Que soy superior/inferior porque mi piel es más clara y mi pelo también? ¿Que vengo a comprar tierras? ¿Que vengo a raptar chicos? ¿Que soy mala? ¿Que soy buena?

Yo solamente vi un grupo de chicos filipinos medio tímidos que me observaron atentamente, con esa curiosidad típica de los chicos, con esa curiosidad típica de cuando uno se enfrenta a algo distinto y desconocido.

Pero ahora que miro esta foto otra vez, me pregunto qué habrán visto ellos cuando me vieron a mí.

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[no-Viajando en una foto] o Viajando en una ventana

Estrictamente hablando esta foto no fue sacada en Asia.

Estrictamente hablando (o escribiendo) esta foto fue sacada desde el escritorio de mi casa en Buenos Aires pocos meses antes de viajar hacia el Sudeste Asiático.

Pero, estrictamente hablando otra vez, en aquel momento mis ojos veían Buenos Aires, pero mi mente ya imaginaba Asia.

Cada vez que veo esta foto me veo a mí misma mirando por esa ventana, sentada frente a la computadora con una taza de café, descalza y en silencio, deseando estar en cualquier lugar de Asia (o del mundo) que no fuera Buenos Aires.

Esta foto me hace acordar al momento en que decidí que quería (que debía, por alguna razón desconocida) irme a Asia, porque lo decidí mientras miraba por la ventana.

Todos los mails de confirmación del pasaje, la información que leí en internet, los blogs de viaje que investigué, las consultas que hice por chat, los primeros posteos que subí a mi blog, todo eso paso frente a esa ventana.

Todas las dudas, miedos, certezas y preguntas que tuve o me hice antes de viajar ocurrieron mientras miraba por esa ventana.

Todos los pensamientos meláncolicos de voy a extrañar esta vista los días de lluvia, los pensamientos eufóricos de quiero desaparecer en ese cielo dentro de un avión ya mismo, los pensamientos incrédulos de me voy a Asia enloquecí del todo, los pensamientos curiosos de qué vistas veré por las ventanas asiáticas, todos aparecieron en mi cabeza mientras miraba por esta ventana.

Y lo más interesante es cómo cambia el significado de una foto según el contexto desde que se la mira.

Cuando la saqué, esa vista me hacía viajar mentalmente lejos de Buenos Aires.

Pero desde acá me hace volver a mi escritorio, a mi computadora, a mi lámpara, a esos edificios y a ese cielo nublado, aunque sea por un rato.

“Viajando en una foto” describe a esta imagen perfectamente.

Viajando en una foto: Ilación de Hechos en Filipinas

Ilación* de Hechos: o lo que se dice “Estar en El Lugar Correcto en El Momento Justo”

Cada día se fortalece mi teoría de que la vida es una larga larguísima cadena de casualidades.

O tal vez, de casualidades predestinadas, no lo sé, pero que hay algo o alguien que nos va llevando por cierto camino a través de una larga sucesión de causas y efectos, eso seguro que sí.

Me encanta hilar los hechos hacia atrás, ponerme a pensar Si no hubiese hecho Aquello, entonces Eso nunca hubiese pasado, y si Eso no hubiese pasado, entonces no hubiese conocido a Tal, y fue gracias a Tal que fui a Ese Lugar y presencié Ese Momento…

Y así hasta el infinito, es una actividad que no se termina nunca y que me demuestra que el cliché de todopasaporalgo tal vez no sea tan cliché después de todo (yo siempre le creí).

Esta es la cadena de situaciones que me llevó a sacar esta foto.

Para empezar tengo que elegir un hecho concreto en el pasado, porque sino podría decir: “Si mis abuelos nunca se hubiesen conocido, entonces mi mamá no existiría y yo mucho menos, etc.” y el proceso se volvería demasiado extenso e infinito hacia el pasado.

Así que empieza acá.

Si yo nunca hubiese decidido viajar por Latinoamérica (estoy hablando del año 2008) entonces nunca hubiese escrito un blog con mis relatos de viaje

Si ese blog no hubiese existido nunca hubiese recibido un mail de (mi ahora amigo, pero en ese momento desconocido) Nico

Si no fuese por Nico (quien a su vez tuvo que pasar por una larga cadena de casualidades para conocer a quien voy a nombrar) nunca hubiese conocido a Judy, un cura filipino que vivió en Argentina y que me recibió cálidamente en su país hace pocos meses (a todo esto, no olvidemos el “Si yo nunca hubiese decidido irme de viaje por el Sudeste Asiático…)

Si no hubiese sido por Judy nunca me hubiese reunido a desayunar con sus amigos de Dagupan, entre ellos el ex gobernador de aquella ciudad

Si no se me hubiese ocurrido mencionar (quién sabe por qué) en aquel desayuno que tenía ganas de asistir a la asunción del nuevo presidente de las Filipinas en Manila

Entonces Gonzalo (el ex gobernador) nunca me hubiese ofrecido ser parte de la comitiva oficial que asistiría al evento en la Capital en pocos días

Y si nunca hubiese ido a la inauguración con este grupo de gente tal vez nunca me hubiese abierto paso entre la gente con Mira, una de las mujeres de la comitiva, para acercarnos un poco más al escenario

Y si no hubiese sido por ella que me lo señaló tal vez nunca hubiese visto a este hombre parado casi sin ropa en medio de la multitud.

Así fue.

Y lo que pasó después no fueron casualidades sino hechos intencionales.

Mira me explicó que el hombre formaba parte de una comunidad de “habitantes originarios” del país que había venido a la inauguración para demostrar su apoyo a Noynoy Aquino, el nuevo presidente.

Me acerqué a él, siempre con respeto, sin siquiera apuntarle con la cámara.

Lo miré y me miró a los ojos, mantuvo la mirada durante unos segundos.

Después me sonrió con mucha calidez y finalmente levantó la mano, hizo la señal de la L (que identifica a los seguidores del Presidente) y se quedó unos segundos inmóvil.

No dijo una palabra, pero con sus gestos me invitó a que le sacara esta foto.

(*siempre creí que se escribía Hilación con hache porque venía de “hilar” hechos como si fuesen hilos entrecruzados… Gracias Marita por la corrección, ahora sé que la hilación no existe más que en mi cabeza y que el término es Ilación: Acción y efecto de inferir una cosa de otra.)

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Viajando en una foto: Una espía en Singapur

Me gusta espiar a la gente.

Me intriga ver cómo se comportan cuando creen que nadie los mira, cuando actúan con normalidad, cuando sus movimientos son naturales, cuando no posan porque no saben que hay una cámara que los vigila.

No soy muy fan de las fotos armadas, no me gusta hacer posar a la gente, prefiero pasar desapercibida y capturar momentos, guardar los que más me llaman la atención.

Por eso me gusta tanto recorrer las ciudades a pie: al ir más despacio es mucho más probable que vea situaciones que se me escaparían si voy en auto, moto o colectivo.

Y Singapur es la ciudad ideal para caminar: veredas anchas y limpias (no hay que estar mirando hacia abajo para evitar pisar sorpresas), semáforos que se respetan, muchos parques en medio de la ciudad para descansar, nada de caos vehicular, construcciones coloridas y prolijas, gente amable y simpática…

Cuando iba caminando por Little India (uno de mis barrios preferidos de Singapur, el Little India más limpio que vi en mi vida) vi a este hombre asomado por una de esas ventanas amarillas.

Enseguida me transporté a Cartagena de Indias (Colombia), donde muchas de las construcciones son así (de estilo colonial y con colores fuertes) y donde muchos de los hombres practican el mismo deporte: pararse frente a la ventana —sin remera— y mirar hacia la calle.

Al principio no iba a sacarle una foto, creo que me intrigaba más poder ver el interior de esa casa blanca y amarilla, descubrir qué objetos había adentro, con cuántas personas vivía.

Pero bueno, tampoco soy espía profesional, respeto la intimidad de las viviendas y no tenía ningún tipo de largavistas o algo parecido para poder mirar.

Así que seguí caminando.

Obviamente me arrepentí, volví hacia atrás y le saqué la foto lo más rápido y disimuladamente que pude.

Ahora que la veo otra vez, me pregunto a qué o a quién habrá estado mirando este hombre.

Tal vez es medio espía como yo o, mejor dicho, le gusta observar el comportamiento humano, despojado de poses, desde la baranda de su ventana amarilla.

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Viajando en una foto: Olvidada en la escalera

Mi viaje empezaba a ir sobre ruedas.

Estaba en Penang, una de las ciudades más importantes de Malasia, con Journey (para quienes vienen siguiendo mis historias, personaje ya conocido a esta altura), una chica de China que conocí en Tailandia de casualidad y con quien viajaría por varias ciudades más adelante.

Además me había animado a hacer Couchsurfing por primera vez: estaba viviendo en la casa de Chin Chin, una mujer china-malaya muy hospitalaria.

Un domingo, Chin Chin me hizo levantarme a las 5 de la mañana para ver cómo se despertaba la ciudad de Penang; así que salimos en su auto, ella, Journey y yo y nos fuimos de paseo.

La primera parada fue en uno de los parques de la isla, una especie de Rosedal porteño donde la gente estaba haciendo deporte desde temprano y practicando tai-chi.

Me sorprendí al ver la cantidad de facilidades gratuitas que ofrecía el parque: pileta de natación, aparatos para hacer gimnasia, paz y silencio.

Más tarde fuimos al mercado chino para tomar el desayuno, probar frutas y comprar varios snacks, y por último fuimos a conocer Kek Lok Si, el templo budista más grande de Malasia, construido en un monte.

Chin Chin nos dejó en la puerta y prometió pasar a buscarnos más tarde.

Journey fue al baño y yo me quedé esperándola al lado del negocio de souvenirs.

Me senté y la vi ahí, olvidada en la escalera, con una pose sumamente fotogénica y una luz tenue muy tentadora.

La tarjetita del Buda me estaba rogando que le sacara una foto.

Le saqué varias, desde varios ángulos, hasta que conseguí la que más me gustó.

Ni la toqué; era obvio que alguien la había dejado abandonada u olvidada ahí, aunque desconozco con qué fin.

No sé qué habrá sido de su vida, tal vez la tiraron a la basura, tal vez alguien la tiene ahora en su billetera, tal vez su dueño volvió desesperado a buscarla.

Sea lo que sea, mi blog se la apropió y se convirtió en uno de los íconos de Viajando por ahí.

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