Vuelve “Viajando en una foto”

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, Viajando por ahí solía tener una sección llamada “Viajando en una foto”.

Era una sección que escribía cada vez que estaba de “no-viaje” (es decir, instalada en alguna ciudad) y que cumplía la función de lo que vulgarmente se conoce como “relleno”, cual jamón y queso de la empanada de este blog (?). Se trataba, básicamente, de postear una “foto del día” y escribir unas pocas lineas al respecto (ya sea la historia o backstage, la cadena de casualidades que me llevó a esa imagen o una simple reflexión derivada de ella).

Últimamente me está pasando algo que me dice que tengo que reinaugurar esta sección: cada vez que reviso mi archivo de fotos (extenso, muy extenso), me encuentro con imágenes que ni recordaba que había sacado y que me sorprenden, me transportan o me hacen preguntarme: “Ay… ¿te acordás de cuando estuviste ahí?” :). Entonces pienso, ¿por qué no compartir estas imágenes sueltas en el blog? ¿Por qué no usar estos meses de quietud (estaré unos meses en Buenos Aires) como excusa para compartir fotos que no tienen que ver con nada (pero que tienen que ver con mis viajes)?

Así que en este solemne acto declaro reabierta la sección Viajando en una foto y me comprometo a compartir mis fotos preferidas (no por eso “las mejores”, sino las que más me gustan y sorprenden) con todos ustedes. Intentaré subir aunque sea una foto por día o cada dos días, como para no perder el espíritu viajero. E intentaré, también, sorprenderlos con fotos que no haya subido nunca a este blog. Esta sección empezó con un bigote, así que quién sabe con qué aparecerá mañana.

Y para reinaugurar, lo hago con mi foto “preferidísima”, con una imagen que tengo impresa y colgada en mi casa y que nunca pero nunca deja de hipnotizarme. Fue una de las primeras fotos que saqué con una reflex. La capturé en las afueras de Kuala Lumpur (Malasia), allá por abril de 2010, cuando recién empezaba mi viaje por Asia. ¿Qué me gusta de esta foto? Esa mirada. Esos ojos negros me transportan inmediatamente a ese templo hindú, a esas escaleras, a esa madre, a mí misma diciéndole “She’s so beautiful! May I take a picture?”, y al click que inmortalizó esas caras. Podré estar en mi casa en Buenos Aires, pero miro esta foto y viajo.

Volando por ahí: de Indonesia a Buenos Aires en 35 horas

Amanece en Ciudad del Cabo (Sudáfrica)

Creo que no hay viaje más largo que el viaje de regreso.

A mí me llevó más de 35 horas y me pareció como estar una semana en un limbo a miles de metros de altura. Pero a la vez, cuando aterricé, sentí que todo había pasado muy rápido.

Vuelo #1: Yogyakarta – Jakarta

Salí de Yogyakarta (Indonesia) a las 12.45 del mediodía del martes 26 de julio. La despedida no fue un “chau hasta nunca”, sino un “Asia, nos vemos pronto”. Como dirían en Indonesia: sampai jumpa lagi (“until we meet again”). El avión #1 (Air Asia) me llevó de Yogyakarta a Jakarta en una hora. Ese mismo camino de 8-10 horas que hice tantas veces en tren esta vez fue rápido y por arriba.

No soy fanática de viajar en avión, me gusta más ir en tren o bus por tierra, pero creo que los aeropuertos son lugares muy interesantes para aquellos que disfruten observar. Los aeropuertos son micromundos: en esos espacios se mezclan personas de todas partes del mundo, de distintas religiones, con distinto color de piel y se escuchan mil y un idiomas. Y cada aeropuerto, además, sintetiza la cultura del país al que pertenece. En el de Indonesia, por ejemplo, entré a una librería y lo primero que vi fueron muchísimos libros de fotografía (a los indonesios les encanta sacar fotos), en Malasia, en cambio, había más libros de actualidad y política. Y los souvenirs, si bien no me gustan, dicen mucho de un país: en Indonesia, el batik habla del arte, en Malasia, la cantidad de free shops y negocios habla del consumismo, en África, los tambores hablan acerca de la música…

Mientras esperaba el segundo vuelo en el aeropuerto de Jakarta me senté en un rincón y me puse a mirar las fotos que imprimí en Yogyakarta antes de irme. Uno de los guardias del aeropuerto se me acercó y me preguntó con cara muy seria: “¿son cuadros?”. Le dije que no, que eran fotos y me preguntó si las había sacado yo. Cuando le respondí que sí no dijo nada más y se fue. A los cinco minutos se me acercaron otros dos: “¿de dónde son esas fotos?”, “de Asia”, “¿y tenés de Indonesia?”, “sí”, y se las mostré. Pero me hablaron con tal seriedad que no sé si me lo preguntaban de curiosos o si era porque esto de trasladar fotos impresas de un país a otro rompía algún tipo de ley.

En el aire

Vuelo #2: Jakarta – Kuala Lumpur

Finalmente, más de 4 horas de espera después, embarqué en el primer tramo del vuelo Jakarta (JKT)  – Buenos Aires (EZE) y, dos horas de vuelo después, llegué a Kuala Lumpur (Malasia).

Durante las 5 horas de espera en el aeropuerto de KL me sentí más en Argentina que en Asia: la mayor cantidad de los pasajeros que esperaban conmigo eran argentinos. Cuando me subí por fin al avión #3 me di cuenta de lo tragicómico de la situación: en un avión repleto de argentinos, ninguno me reconoció como argentina. La primera que me lo demostró fue la azafata (argentina), que directamente me habló en inglés. Y como si fuera poco, al chino que se sentaba al lado mío, que claramente era chino y tenía cara de no hablar inglés, le habló en argentino: “tu asiento es el de la ventanisha”. Más tarde me levanté para ir al baño y un nene, argentino también, me habló en inglés. Respondí de la manera más argentina posible, haciendo énfasis en el “shh” de las “ll” y de las “y”.

Vuelo #3: Kuala Lumpur – Ciudad del Cabo

El vuelo de Kuala Lumpur a Ciudad del Cabo (Sudáfrica) duró unas 10 o 12 horas (ya ni me acuerdo). En esas horas cené dos veces, desayuné dos veces y me sentí completamente perdida en los husos horarios. Además la ansiedad no me dejó dormir.

Ciudad del Cabo desde el cielo

Ciudad del Cabo II

Ciudad del Cabo me pareció muy linda desde el cielo: casitas bajas de colores, montañas arrugadas, la playa y un amanecer naranja. Qué silenciosas que son las ciudades vistas desde arriba.

El avión hizo una parada de una hora y media, así que decidí bajar para ver el aeropuerto. En el aeropuerto éramos todos argentinos. Entré a un negocio de souvenirs típicos de África con la cámara y me puse a mirar los tambores, tazas, manteles y telas que vendían. Cuando salí me crucé con un señor argentino que claramente pensó que yo era de cualquier otro país menos de Argentina, miró mi cámara (tengo una Nikon D90), siguió caminando y dijo en voz alta, con un tono de total desagrado: “¡qué lenteja que tiene! ¡por favor!” como si yo fuese una turista que anda con una lente telescópica apuntando a todo ser que se me cruza. Sí señor, la “lenteja” a la que tan cálidamente se refirió es la lente de 18-105 mm que viene con la cámara. Lástima que en ese momento no supe cómo reaccionar, pero creo que el “qué lenteja” quedó para la historia.

Souvenirs africanos

Vuelo #4: Ciudad del Cabo – Buenos Aires

Finalmente el avión despegó y cruzó el Atlántico para ir de Ciudad del Cabo al destino final: el aeropuerto de Ezeiza. Ese fue el tramo que más largo se me hizo: dormí muy poco, me miré todas las series y películas que ofrecían en el servicio de entretenimiento, leí, me marée, intenté dormir más y miré el reloj mil veces, pero el tiempo no avanzaba. Cuando aterrizamos lo único que pensé fue POR FIN. Fue el viaje en avión más largo de mi vida.

Primera vista de Buenos Aires

Aterrice sobre una Buenos Aires invernal, con árboles pelados y calles frescas. Mi familia me recibió en Ezeiza y cuando íbamos por la ciudad en el auto me pasaron dos cosas que me demostraron que mi chip sigue en modo Asia.

Primero, me sorprendí al ver que todos los carteles estaban en español. Leí todo lo que pude, absorbiendo cada palabra: compostura de calzado, hay maracuyá y arándanos, parrilla argentina, votá a Mauricio, elegí a Filmus, estacionamiento 24 hs, panadería. Pero cuando leí la campera de los recolectores de basura, en vez de leer “Jugá”, leí “Yú-ga”, la misma palabra pero… ¡en indonesio! (que significa “también”).

Y segundo, dije en voz alta, sin darme cuenta de por qué lo decía: “qué vacías que están las calles… ¿dónde está la gente?”. Y unos minutos después caí: en Asia el espacio privado está completamente volcado al espacio público. La gente cocina en la calle, juega a las cartas y al ajedrez en las veredas, las motos y los carritos circulan entre medio de los autos, las personas están siempre afuera. En Buenos Aires esa cultura callejera es mucho más acotada, no es el caos de sonidos, colores y olores que forman el paisaje urbano de las ciudades asiáticas.

Buenos Aires me parece extraña y familiar a la vez, aunque la verdad es que todavía no caigo que estoy acá. Fue todo muy rápido, si bien el vuelo fue larguísimo, siento como si me hubiese teletransportado. Mientras miraba la ciudad a través de la ventana del auto, me dio la sensación de que alguien había fabricado “personajes porteños típicos” con cartón y los había ubicado en lugares estratégicos: el paseador de perros, los carniceros charlando detrás del mostrador, las mujeres con tapados de piel que entraban a las sastrerías, los encargados apoyados contra el marco de la puerta de los edificios, los verduleros que se agachaban a juntar las verduras, los chicos que iban en bicicleta con la guitarra en la espalda, las chicas que iban caminando mientras mandan mensajitos en el celular. Tan rara me sentí que hasta la saqué fotos a una parrilla y a una verdulería, como si las hubiese visto por primera vez en mi vida.

La foto no es muy buena pero sirve de ejemplo. Vi la parrilla desde el auto y me encantaron los colores.

La verdulería

Estoy acá pero siento que estoy metida en un sueño. Como bien me dijo una amiga hoy, “después de un viaje largo, el cuerpo vuelve… pero el alma tarda un poco más en llegar”.

Historias minimalistas de Malasia (III): Sobre naranjas caras

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

viajandoporahi-1-2

Tras pasar doce días en Malasia me di cuenta de algo. Como ya es la cuarta o quinta vez que paso por ese país (por un tema de visas y vuelos baratos), mi mirada cambió: en vez de quedarme boquiabierta con los paisajes y la arquitectura, esta vez me dediqué a “observar” a (y ser observada por) la gente. Lo hice sin darme cuenta, pero lo noto ahora, sentada frente a la computadora, mientras recuerdo todos los diálogos espontáneos en los que participé y todas las situaciones en las que aparecí sin planearlo.

Lo malo de viajar solo, dirán algunos, es justamente la soledad. Lo bueno de viajar sola, digo yo, es que uno está muchísimo más receptivo ante el mundo y las personas. Cada vez que estoy sola en algún lugar del mundo no pasan más de unos minutos hasta que alguien se me acerca y me pregunta, con curiosidad, quién soy, de dónde vengo y adónde voy. Cómo cambia el concepto de normalidad, ¿no? Si en nuestra ciudad alguien se acerca para preguntarnos todas estas cosas, tal vez nos resulte “medio raro” o sospechoso semejante interrogatorio. Pero de viaje, es una situación normal y totalmente esperable.

Me encanta conocer gente. Lo bueno de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas todos los días. Lo malo de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas especiales a las que tal vez nunca volverá a ver. Tras leer el blog de un inglés que también se la pasa haciendo viajes largos comprobé que no soy la única que a veces se siente cansada de repetir el mismo discurso, una y otra vez, todos los días, a personas a las que no volverá a ver: “quéhago-quiénsoy-dedóndevengo-aquémededico-dóndeestuve-adóndevoy”. Sin embargo, uno nunca sabe qué rumbo pueden tomar las conversaciones.

Hacía tiempo que no me alojaba en hostels, ya que siempre me quedo con amigos o en casas de familia, pero esta vez decidí hacerlo, más que nada por falta de planificación y “para estar un poco sola”.

La noche de la bolsa marrón llegué a mi hostel dispuesta a irme a dormir, pero me interceptó un chino-malayo que se estaba quedando en el mismo lugar y me hizo el interrogatorio de rigor. Cuando le dije que era de Argentina se puso feliz: “¡Sos la primera argentina que conozco en mi vida!”. Y por unos microsegundos me vi convertida en figurita, completando un álbum de nacionalidades de un desconocido. Me preguntó de todo: qué se puede ver en Argentina, qué se come, cuánto cuesta viajar, qué se puede hacer, cuáles son los lugares más lindos. Después se despidió y se fue a dormir.

A la mañana siguiente me lo crucé rumbo al baño. Me dijo que había estado hablando con un estadounidense y que aquel viajero le aseguró que lo mejor de Argentina “eran las mujeres”. Ajá. Al rato me buscó y me regaló una naranja antes de irse: “Es para tu viaje, que la disfrutes, mirá que es una naranja muy cara eh”. En la cultura china se regalan naranjas entre amigos y parientes para demostrar respeto y desear buena suerte, especialmente durante el Año Nuevo Chino. Así que la acepté como un lindo gesto.

Guardé la naranja cara dentro de la bolsa marrón (que todavía tenía los Cabsha y alfajores) y me fui rumbo a Penang a visitar a mi amiga Tippi. Y durante las seis horas de viaje pensé que puede que en unos días no recuerde ni las caras ni los nombres de todas estas personas que pasan unos minutos por mi vida, pero todas quedan como parte del paisaje de mis viajes. Por eso, mirar a la gente también es una forma de mirar a un país.

Y pensar que toda este reflexión surgió por una naranja cara que me regaló un chino-malayo en un hostel de Kuala Lumpur.

Historias minimalistas de Malasia: la bolsa marrón

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Me comí el primer Cabsha en el monorriel.

Miré el fondo de la bolsa marrón con respeto. Desde abajo me miraban, impasibles, dos alfajores Cachafaz, tres Cabsha, una oblea Bon o Bon y un mini potecito de dulce de leche Ilolay. Tanto lo pedí que al final se cumplió: después de 14 meses en Asia sin probar nada que se parezca ni remotamente a un alfajor, Marina, una argentina que vive en Kuala Lumpur, me preparó esta sorpresa.

Tras nuestra cena de comida india en la capital de Malasia, me subí al monorriel con la bolsa casi atada a los dedos: que a nadie se le ocurriera arrebatarme mi bolsa marrón. La bolsa o la vida. Espié: todo seguía ahí. ¿Por cuál empezar? Y agarré un Cabsha.

Lo abrí como si estuviese llevando a cabo una ceremonia o ritual: con cuidado, con dedicación, con respeto. Me lo comí.

Tenía sabor a Argentina.

Dejé el resto para más tarde, tal vez con ansias de que esa bolsa durara para siempre.

El monorriel… ¡con la publicidad de Sugus!

Mientras el monorriel me llevaba de KL Sentral (la estación central de Kuala Lumpur, capital de Malasia) hasta la estación Imbi (donde está mi guesthouse) miré a los pasajeros. Al lado tenía un indio malayo que se movía sobre el asiento con impaciencia, más allá, uno de nacionalidad desconocida (para mí tenía cara de iraní) iba en musculosa, con los pelos que se le escapaban por todos lados y una expresión de estar soñando despierto. En el asiento de enfrente, tres adolescentes: dos chinas malayas que hablaban inglés con el típico acento malayo y un chico rubio (parecía australiano o tal vez estadounidense) que también hablaba inglés con el típico acento malayo. ¿Hijo de expatriado tal vez? A mi costado, tres indios malayos pre-adolescentes iban vestidos muy punk y (probablemente para ellos) muy cool. Nadie me prestó atención. Acá los occidentales no son un elemento raro ni exótico.

De lejos, por la ventana del monorriel, vi a las Torres Petronas iluminadas. Ah sí, las Petronas, lindas. Y me di cuenta de que ya vine tantas veces a Kuala Lumpur, que empecé a mirar todo con otros ojos: con los ojos de la normalidad. Hoy mi realidad es Asia: las veredas llenas de puestos de comida, las motos, la comida india servida sobre hojas de planta de banana, las torres gemelas más altas del mundo, los templos y las mezquitas. Y es una realidad que me gusta, que me hace sentir cómoda, me hace sentir en el contexto adecuado.

Madre e hija mirando por la ventana del monorriel (la foto la saqué durante el día, claramente)

Lo único que me recuerda que no soy de acá es la bolsa marrón que llevo entre las manos.

Vengo de un lugar muy lejano donde se comen alfajores y dulce de leche. Y no es lo mismo comer un Cabsha en un monorriel en Kuala Lumpur que comer un Cabsha en la línea D (o C, o B, o la que sea) o en cualquier colectivo de Argentina. Allá el Cabsha es algo tan normal que pasa desapercibido, nadie se plantea teorías acerca de la inmortalidad del Cabsha. Acá, el susodicho bocadito es un elemento metafórico que me recuerda que vengo de otra realidad.

Si este Cabsha supiera la cantidad de significados que carga

Me bajé del monorriel, caminé la cuadra y media hasta mi guesthouse tranquila, sabiendo que aunque fueran las 11 de la noche era muy improbable que alguien quisiera robarme. Era viernes y todos estaban sentados al aire libre en los kopitiam (restaurantes locales), tomando teh tarik (té con leche), comiendo un roti canai y charlando en Manglish, una simpática mezcla de inglés y malayo, lah.

Esa noche soñé que el embajador de Argentina en Kuala Lumpur se comía mis alfajores sin permiso adentro de una mezquita. Y yo le decía, casi llorando, “No, no, por favor, dejame algo, ¿sabés hace cuanto que no como un alfajor?”.

Mis 10 lugares en el Sudeste Asiático y China

Creo que para darnos cuenta de cuáles son los lugares que, después de un viaje, quedan entre “nuestros preferidos” o “los más especiales” se necesitan dos cosas: tiempo y distancia. Mientras estamos viajando todo nos deslumbra (o por lo menos debería ser así, creo que ese es uno de los fines del viajar: deslumbrarse ante el mundo) y recién una vez que volvemos podemos ver todo “de lejos y desde afuera” y darnos cuenta de cuáles fueron esos lugares donde nos sentimos más felices.

Si bien sigo en Asia, considero que un año es un buen tiempo para tomar distancia de muchos de los lugares que conocí y armar un top 10 de mis preferidos. Tal vez también sería buena idea imprimirme tarjetitas con el link a este post y dárselas en mano a cada uno de los que me pregunte, cuando esté de vuelta en Buenos Aires: yyyyy…. ¿¿¿¿qué fue lo que más te gustó???…. Tarjetita. Es imposible resumir todo lo que me gusta del mundo en cinco minutos.

Mientras recordaba los pueblos y ciudades por los que estuve me di cuenta de algo: esos lugares por los que sentí amor a primera vista fueron los que hoy pasaron a formar parte indiscutible de esta lista. Mi intuición no se equivocó. Una vez escribí que llegar a una ciudad nueva es como asistir a una cita a ciegas: por más que te la describan, que te hablen re bien, que te hablen re mal, que te digan que es así o asá, jamás vas a saber qué sentimientos te genera hasta que la tengas en frente.

Así que con ustedes, mis amores a primera vista asiáticos.

[singlepic id=2490 w=700 float=center]

1. Savannakhet (Laos)

Este fue el caso de enamoramiento más fuerte que tuve en Asia: Savannakhet.

¿Savannaqué? ¿Dónde queda eso? ¿Por qué jamás escuché hablar de ese lugar? Porque es una de esas joyas ocultas que no se publicitan demasiado por ser lugares donde “no hay nada para hacer”. Es uno de esos pueblos que no tiene mercados turísticos, ni danzas típicas, ni shows, ni playa, ni turismo aventura, ni parapente, ni volcanes, ni nada. Es un pueblo colonial laosiano donde las paredes se están viniendo abajo, donde los nenes juegan al fútbol en la calle y las nenas remontan barriletes mientras andan en bicicleta, donde los templos están siempre abiertos y los monjes están felices de poder charlar con gente de otros países. Es un lugar desde donde podés ver cómo atardece sobre Tailandia y podés alquilarte una bici sin que te pidan más depósito que una sonrisa. Es, sin dudas, uno de mis lugares preferidos de Laos y de Asia.

[Este fue el post que escribí sobre este lugar mágico: I ♥ Savannakhet]

[singlepic id=2483 w=700 float=center]

2. Penang (Malasia)

En Penang empezó todo: mi viaje (considero que mi viaje empezó dos semanas después de haber llegado a Asia y no el día que aterricé en Bangkok), mi obsesión por la comida india, mi interés por la mezcla de culturas de Malasia, mi amistad con chinos-malayos, indios-malayos, malayos-malayos, mi primera vez haciendo Couchsurfing.

Volví a Penang dos veces, viví con mi amiga china durante un mes, me recorrí toda la isla en auto con un estadounidense expatriado y su suegra, celebré el Año Nuevo Chino en las calles del barrio histórico, comí el menú vegetariano de comida india por 5 ringgits tantas veces que ya perdí la cuenta, aprendí a tolerar (y a disfrutar) el curry picante, conocí la mezquita flotante, los templos chinos, los templos hindúes, recibí la visita de mi amiga argentina, fui al museo del juguete donde afloró mi fanatismo por Star Wars (a que esa no la tenían eh, fanática de Star Wars episodios 4, 5 y 6). En la isla de Penang encontré otro hogar asiático.

[y esto fue lo que escribí al respecto: Y de repente empieza el viaje, Lugares-cebolla, La mirada asiática]

[singlepic id=2489 w=700 float=center]

3. Kuala Lumpur (Malasia)

Kuala Lumpur me descontrola. Ya fui como cinco veces (es un lugar muy conveniente para renovar visas, tomar vuelos, visitar amigos) y siempre me pasa lo mismo. Llego y no sé por dónde empezar a comer: pretzels de queso parmesano, helado de maracuyá, roti canai y teh tarik (comida india), frutas tropicales, hotpot, dim sum (comida china), galletitas de chocochips, sushi, sopa de calabaza… ¡y todo tan barato!  Ya me acostumbré a los noodles y al arroz del Sudeste Asiático, pero cada vez que visito Kuala Lumpur no puedo evitar sentirme como una nena dentro de una juguetería inmensa donde todo está en oferta. Es como el Disney de la gastronomía.

En Kuala Lumpur siento que tengo más vida social que en Buenos Aires: cada vez que voy recibo mensajes de los couchsurfers invitándome a tomar un kopi (café), a comer, a recorrer; siempre me reencuentro con mis amigos y ¿qué hacemos? salimos a comer por ahí. Y eso no es todo. Según la época del año en la que llegue, me choco con nieve artificial y árboles gigantescos de Navidad (en este país de mayoría musulmana), con conejos y lámparas rojas por el Año Nuevo Chino, con música india en honor a algún dios. Kuala Lumpur es un lugar que nunca deja de sorprenderme y al que jamás me aburro de volver.

[y al respecto, dije: Kuala Lumpur en 10 palabras parte I y parte II]

[singlepic id=2488 h=700 float=center]

4. Coloane (Macau – Región administrativa especial de China)

Si alguno fue a Macau, sabrá que es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Macau una pequeña isla de China que fue colonia portuguesa hasta 1999 y cuando pasó a manos de China se convirtió en una ciudad-casino que genera más ingresos anuales que Las Vegas. Para mucha gente, Macau es sinónimo de apuestas. Y seguro que si les menciono Coloane, muchos no tienen ni idea de que este lugarcito es parte de Macau. En Coloane no hay casinos, no hay hoteles cinco estrellas, no hay negocios de souvenirs, no hay turistas. Coloane es lo que ellos llaman “village”, una aldea al estilo chino (no se imaginen chozas de paja porque no es así), un sector que sigue manteniendo vestigios coloniales y es bien silencioso y tranquilo. Un lugar donde te podés cruzar con alguien arreglando un televisor en plena calle, un lugar donde podés caminar sin miedo a que te atropelle un colectivo o una moto, un lugar donde todavía hay una iglesia color amarillo pastel que, no sé por qué, me hace sentir en algún pueblito de Brasil.

[singlepic id=2494 w=700 float=center]

5. Tai-o (Hong Kong – Región administrativa especial de China)

Un lugar que me dejó totalmente anonadada fue Hong Kong. Nunca en mi vida vi tantos edificios juntos en un espacio tan reducido, nunca vi una ciudad tan glamorosa y a la moda en una isla tan chiquita, nunca estuve en un lugar tan “vertical” (en Hong Kong hay tan poco espacio que todo ocurre para arriba en vez de para los costados), nunca tuve esa sensación de estar metida en un shopping gigantesco disfrazado de ciudad. Pero creo que lo que más me sorprendió (y me gustó) de Hong Kong fue saber que la mayor parte de la región es pura naturaleza y está casi inhabitada: la metrópolis (el ruido, el acelere, la locura) está en la isla de Hong Kong y en la isla de Kowloon (aunque en menor medida), pero una vez fuera de esas dos islas principales, el resto de Hong Kong es naturaleza y aire puro. Como Tai-o, una aldea de pescadores a la que fui gracias a Polly, una chica de Hong Kong amiga de mi amiga china Journey. Pasamos el día caminando entre casitas bajas (tan bajas que en la isla de HK ya hubiesen sido demolidas para construir rascacielos nuevos), caminos de tierra, puestitos de comida… Qué lindo saber que si te cansás de la ciudad podés tomarte un “barco público” (como un colectivo, pero en versión barco) y llegar a un lugar así en menos de una hora.

[singlepic id=2486 w=700 float=center]

6. Vigan (Filipinas)

Vigan es un lugar que me dejó con ganas de más. Fui solamente por el día con Father Judy (uno de los curas filipinos que “me alojó” en la parroquia donde trabajaba en Dagupan) y un grupo de seis mujeres (“fieles” de la Iglesia). Si eso suena bizarro, imagínense irse de karaoke todas las noches con un grupo de curas que además de hablar inglés y filipino también hablaban español (“argentino” y “chileno”) porque habían vivido en Sudamérica y querían casarme con cuanto filipino se cruzara en mi camino.

Judy fue una de las mejores personas que conocí en este viaje, como bien lo describió mi amigo Nico (quien nos puso en contacto) “el hombre con el corazón más grande del mundo”. Durante mi estadía en Filipinas, varias veces agarró la combi de la parroquia, invitó a un grupo de gente y nos llevó de road trip por la península de Luzón (el norte del país). En uno de esos viajes llegamos a Vigan, una ciudad colonial que sigue tal cual la dejaron los españoles. Un lugar que me fascinó (no todos los días se ve una ciudad tan latina en Asia) pero en el que me hubiese gustado quedarme mucho tiempo más…

[singlepic id=2492 h=700 float=center]

7. MNN (Laos)

Íbamos en una balsa a motor que parecía estar a punto de hundirse. Yo estaba viajando con un grupo de alemanes e ingleses, nuestro destino final era un pueblito llamado Muang Khua, en Laos, pero cuando el barco paró en el pueblito anterior nos bajamos sin pensarlo. Imaginen que van navegando por el río en una embarcación de madera bien rústica, están envueltos por las montañas, si miran a su alrededor ven búfalos de agua, pescadores, monjes remando en sus canoas… De repente el barquito frena frente a un pueblito mínimo donde no hay más que una escalera que funciona de muelle. Se ven casitas de madera y lámparas de colores colgadas en los árboles. No se ven autos ni medios de transporte. No se escuchan ruidos más que el silencio. Hay una hamaca paraguaya colgando de dos árboles… ¿es cierto o lo soñé? En este pueblito no hay electricidad, no hay sistemas de transporte, no hay calles asfaltadas. Cada mañana, muchas mujeres se reúnen en medio de la única calle principal y desayunan en grupo, mientras tanto los nenes caminan solos hacia el colegio, los hombres salen a pescar… Este pueblito es uno de esos lugares que parecieran estar flotando en otra época, sin embargo, existe en pleno siglo xxi… Y todavía no sé si develar el nombre o no. Es mi pueblito sin nombre.

[singlepic id=2491 w=700 float=center]

8. Luguhu (China)

Pienso en Lugu y todavía me acuerdo del silencio, del viento frío, de las banderitas tibetanas de colores moviéndose rápidamente, de la nena que posó para mis fotos con el monje, del ritual de las mujeres alrededor del fuego, de los templos en las montañas. Pasé tres días en Luguhu (o Lugu Lake) (o lago Lugu) con tres chinas que conocí en el colectivo de ida. Detalle: no hablaban inglés y yo no hablo chino, pero a esa altura ya me daba lo mismo hablar o no hablar. Nos llevamos re bien sin necesidad de palabras.

La sociedad de Lugu es famosa por ser matrilineal (y no “matriarcal”): ahí los hombres jamás dejan la casa de su mamá ni tampoco se casan, los hijos (fruto de lo que se conoce como “matrimonio andante”) son criados solamente por la madre y por su familia, pero no existe el rol de padre ni de marido. En el recorrido que hice con estas tres chinas pude conocer varias casas de estilo tibetano por dentro, comí con las mujeres y hasta me hicieron probar el trago artesanal típico del pueblo.

[pueden leer la nota que escribí acerca de esta curiosa comunidad: El reino de las mujeres]

[singlepic id=2493 w=700 float=center]

9. Xichang (China)

Mi visita a Xichang no estuvo planeada: tenía que ir ahí sí o sí para tomar un transporte a otro pueblo (China es tan inmenso que para ir de un lado a otro casi siempre hay que hacer paradas en el medio), pero apenas llegué me gustó tanto que decidí dedicarle unos días. Era invierno, pero en Xichang no existe otra estación que la primavera. No tenía ni idea de dónde quedarme, pero de casualidad conocí a uno de los pocos expatriados estadounidenses que viven ahí y me ayudó a buscar un lugar “barato y decente”, me consiguió descuento y me dijo qué lugares visitar. Caminando por la ciudad llegué al sector histórico, un lugar sin un solo turista y tan auténtico que me dieron ganas de llorar, abrazar a todos los chinos y decirles GRACIAS, gracias por no haber abierto este lugar tan especial al turismo masivo. También me tomé un colectivo público que por 6 yuan (menos de un dólar) dio toda la vuelta a un lago que está a 15 minutos de la ciudad y fue haciendo las paradas de rigor en aldeas, terrazas de arroz y casitas de campo.

[singlepic id=2485 w=700 float=center]

10. Karimunjawa (Indonesia)

Karimunjawa fue uno de los lugares más importantes e inolvidables de mi viaje. Fui también de casualidad, gracias a un couchsurfer de Jakarta que me invitó a formar parte del grupo de 30 indonesios mochileros que va cada semana. Fui sin expectativas, sólo con el plan de pasarla bien en la playa con mis nuevos amigos. Conocí a tanta gente especial, aprendí tantas cosas en esos escasos cuatro días en aquel paraíso…

Ahí sufrí por primera vez el shock cultural de “nadar en bikini” vs. “nadar con ropa”: algo que de un lado del mundo nos parece tan normal, del otro lado es completamente opuesto (y normal también). En Indonesia (con excepción de Bali, que es muy turístico) jamás se ve a las mujeres nadando en bikini ni a los hombres en el mar sin remera. Es parte de su cultura, al igual que en muchísimos países asiáticos. No muestran el cuerpo por pudor, por preservarse, por cuidarse, por no ser irrespetuosos. Y no es algo propio solamente de los países musulmanes. En Filipinas (país asiático católico) tampoco nadan “sin ropa” y cuando pregunté por qué me dijeron “porque somos muy tímidos para estar mostrándole nuestro cuerpo a todo el mundo”. Y sí, cuando estoy acá, inmersa en la realidad asiática, escucho eso y pienso: Tienen razón. Respeto plenamente esa decisión, esa normalidad que, para mí, marca una de las diferencias más grandes entre Oriente y Occidente: el mostrar vs el no-mostrar.

Viajando aprendí que la “normalidad” no es tan “estricta” ni “inamovible” como creemos. Lo que allá/acá es normal, acá/allá muchas veces no lo es. Y este tal vez sea uno de los desafíos más grandes del viajero: sacarse los anteojos de la “normalidad” que trae puestos de su país de origen y ver que otras maneras de vivir y de comportarse también son posibles y respetables.

***

Viajeros asiáticos, ¡cuéntenme cuáles son sus lugares preferidos!

Y si quieren saber cuáles son los lugares de América latina a los que siempre querré volver,
pueden leer Mis 10 lugares en América latina.

Elige tu propia historia asiática

Como no es fácil complacer a todo el mundo, el staff de VPA (es decir quien escribe) les ha preparado una selección de historias para que cada cual lea la que más le interese y en el orden que le plazca. Las opciones son:

A. Sobre los distintos significados de la palabra semáforo: ver apartado I

B. Un día en Kuala Lumpur con Stanley, el beisbolista que vive dentro de un sobre: ver apartado II

C. Crónica de un corte de pelo: ver apartado III

D. Amores orientales: ver apartado IV

————————————————————————————————————————————————-

I. EL SEMÁFORO Y SUS SIGNIFICADOS

i) semáforo: objeto de señalización vial que se utiliza en las esquinas para organizar el tráfico e indicar a los peatones cuándo pueden cruzar y cuándo no

ii) semáforo kuala-lumpurense: objeto decorativo que no cumple ningún fin más que confundir a los extranjeros que quieren cruzar la calle sin ser atropellados. Acá los semáforos no sirven, avivensé, no importa si está en verde o en rojo (creo que no existe el amarillo), nadie les hará caso. Son los tips que se aprenden al caminar por la ciudad con amigos locales. “El semáforo está en verde, ¿por qué nadie cruza?”, “Ah, eso, acá nadie respeta los semáforos”, de repente se pone en rojo, “Dale, ahora, ¡corré!”, “Pero, pero, no quiero morir!!!”

iii) semáforo, fiesta del. Reunión en la que cada asistente debe vestirse con un color determinado según su estado civil o disponibilidad: rojo para los comprometidos, verde para los solteros, amarillo para los indecisos

Sí señores, me invitaron a la famosa fiesta del semáforo en Kuala Lumpur, un evento organizado por couchsurfers para couchsurfers (muy exclusiva la cosa).

Ahora, quienes hayan ido a alguna de estas celebraciones en Argentina saben más o menos de qué se trata y cómo termina, así que no entraré en detalles, pero voy a contarles cómo es la fiesta del semáforo en Kuala Lumpur.

Según la invitación que recibí vía Couchsurfing, la fiesta comenzaría a las 16 hs (sic) y se llevaría a cabo en un centro cultural. Invitados confirmados: 20. Una reunión chiquita. Yo llegué a eso de las 21.30, después de cenar con Mooi (mi anfitriona de Couchsurfing), Journey (mi amiga china) y Shirley (su amiga china).

Se preguntarán de qué color fui: fui vestida de mochilera que no tiene más que ropa blanca y sucia, así que mantuve el misterio.

Llegué al lugar, ubicado a unos 40 minutos de la ciudad, en un tercer piso, y había algo así como cinco personas: tres de ellos vestidos de un verde furioso. Nos sentamos en la cocina (¿por qué será que las charlas interesantes siempre son en la cocina?), nos presentamos, y a hablar nomás.

¿Bebidas? Nada de barra, cada cual se compró lo suyo: cerveza “Tiger” por 12 RM (4 dólares) el litro, algunos licores, un vino blanco argentino. Nada de excesos, todos bebieron con moderación (será porque el alcohol es muy caro, tal vez, será porque es otra cultura, quizá).

A lo largo de la noche fueron cayendo más viajeros que jamás recordaré por su nombre pero sí por su nacionalidad: polaca, polaca, inglesa, finlandés, malayo, malaya, hindú-malayo, chino-malayo, malayo musulmán x 3, china-malaya, australiano, alemán, hindú-malayo again. ¿Colores? Algunos verdes, algunos rojos, uno rojo-amarillo-verde (gorro-camisa-pantalón), muchos de negro, otros de blanco. ¿Parejas formadas? Me atrevo a decir cero, aunque me fui un rato antes de que terminara así que no sé con certeza.

Conclusión: reunión muy divertida en la que se usó el semáforo de excusa para juntarse, conocerse, charlar y pasar un buen sábado en Kuala Lumpur. Ah, y el post-fiesta fue en un Mamak Stall, un puesto de comida india-malaya: mis amigos locales comieron arrozconalgo y yo me pedí un panqueque dulce.

Semáforo en KL

Semáforo, fiesta del

————————————————————————————————————————————————-

II. UN DÍA CON STANLEY

Stanley es muy blanco y flaquito, tanto que es capaz de vivir dentro un sobre. Además, no tiene nariz ni ombligo y juega al béisbol. Stanley nació en Estados Unidos y regresará a su ciudad de origen en menos de dos semanas. Llegó a Kuala Lumpur en su sobre papel madera y volverá dentro de la valija de Isaac, su dueño temporario. Pero antes de abandonar Malasia, Stanley debe visitar los principales puntos turísticos de KL y sacarse fotos para subir a su blog. Todos en Estados Unidos quieren saber en qué anda.

Este es Stanley bajo las Torres Petronas

Stanley, Isaac y yo comenzamos nuestro “walking-day-tour” por Kuala Lumpur en Lake Gardens, un gran espacio verde en medio de la ciudad. Caminamos, visitamos el Planetario, pasamos delante del Butterfly Garden, del Bird Garden, del Deer Garden, pero no entramos a ninguno de esos (Stanley no era lo suficientemente alto para entrar).

Desde ahí, nos dirigimos a almorzar a Little India, pequeño distrito a “15 minutos” de donde estábamos.

Nota importante: acá, cuando uno pregunta distancias, jamás le dirán que tal o cual lugar queda a equis cantidad de cuadras, acá no existen las cuadras, sino que la cercanía o lejanía de un punto se mide en cantidad de minutos de caminata. Por suerte, Isaac es local y conoce las rutas más cortas para ir de un lugar a otro, porque si fuera por mí y mi mapa, todo quedaría a dos horas de distancia.

Después de caminar por el mercado de Little India fuimos a hacia KLCC, el parque ubicado en la base de las Torres Petronas.

Stanley posó para la foto y nos fuimos a Bukit Bintang, el distrito top de shoppings y mercados locales de Kuala Lumpur.

Ahí se nos unió Belinda, otra amiga local, couchsurfer también.

Empezó a llover, como todas las tardes que llevo en Kuala Lumpur, así que nos refugiamos en el monorriel (como el de Los Simpsons) y seguimos camino hacia la reunión de couchsurfing de todos los miércoles. Generalmente, todas las ciudades del mundo tienen un grupo estable de couchsurfers locales que se reúnen cada semana para cenar e invitan a todos los viajeros a unirse.

El miércoles pasado fuimos como 30, esta vez, alrededor de 12 personas: un irlandés, un estadounidense, un alemán, una estadounidense, un inglés y el resto locales. Imagínense la cara de sopresa de la gente cuando Stanley hizo su aparición y salió del sobre para sacarse una foto con la comida. Nadie entendía nada.

El irlandés miraba a Stanley y miraba a Isaac, volvía a mirar a Stanley, me miraba a mí y lo miraba a Isaac otra vez. “I have childhood issues (tengo temas de la infancia no resueltos)”, fue la explicación de su dueño. Aunque después el misterio se develó: “Mi primo de ocho años lo hizo y me lo mandó desde EEUU, tengo que sacarle fotos en todos lados y escribir sobre su día como parte de una tarea del colegio de mi primo“. Ahh… ahora entendemos todo. Yo prometí dibujarle una novia antes de irme.

Para terminar el día, Isaac, Belinda, Stanley y yo nos fuimos a comer un postre bien malayo: Mango-loh, me atrevo a decir que fue el mejor postre que comí en mi viaje. Fue un día productivo. Stanley es lo más.

Este es Stanley comiendo Mango-loh

————————————————————————————————————————————————-

III. CRÓNICA DE UN CORTE DE PELO

Hay una escena en The Truman Show en la que Truman entra a la fuerza a la sala de operaciones del hospital donde “trabaja” su mujer, y los “médicos” deben hacer de cuenta que están llevando a cabo una cirugía para que Truman no sospeche que en realidad son actores que no tienen idea de lo que están haciendo. ¿Se acuerdan?

Algo así sentí cuando me senté en la peluquería dispuesta a someterme a la tijera asiática.

El lugar quedaba en un shopping/galería al estilo Bond Street, y me lo recomendó una amiga local (con un corte de pelo decente, así que confié en ella). Me dieron la opción de que me cortara un peluquero “senior” o un peluquero “pro”: 25 pe contra 50 pe. Senior de una, no pienso pagar 50 pesos para que mi cabeza quede, tal vez, desastrosa. Así que me senté sabiendo que, a partir de ese momento, existía la posibilidad de no poder subir fotos mías a internet durante por lo menos dos meses.

Mi peluquero, jovencito, con un corte “canchero”, me preguntó qué quería hacerme. Le expliqué en inglés, claramente: THE SAME STYLE, ONLY SHORTER, JUST A TRIM, PLEASE, NOTHING DIFFERENT.

Así que agarró el peine y estuvo como cinco minutos peinándome los pelos de la nuca (¿con qué fin, por dios?), cuando terminó, agarró la tijera y muy tímidamente me cortó un poquito de pelo de atrás (poquito poquito) y me mostró con el espejo: “Is ok?”.

-Sí…

En ese momento los único que pensé fue: odio a todos mis amigos de Facebook que votaron para que me sometiera a esto, LOS ODIO. Cada vez que el pobre pibe levantaba la tijera, yo le daba una nueva orden: NOT STRAIGHT EH, I WANT IT LIKE THIS y le hacía señas con la mano para que no me lo cortara recto sino más desmechado (que alguien me diga cómo se dice desmechado en inglés porque no tengo idea).

Él asentía como diciendo “no soy estúpido”, pero creo que le di un poco de miedo, porque cada vez que me hacía algo, me mostraba con el espejo cómo iba quedando. Casi le digo que prefería no ver. Le pedí que me sacara unas ondulaciones que se me hacen en las puntas y que no me gustan, pero el atrevido me dijo: NO NO, IF I CUT NOT NICE, YOUR HAIR IS LIKE THAT, I LEAVE IT LIKE THAT.

-Ok…

También me dijo que mi hair estaba very dry, y que si no quería ponerme cera en las puntas.

Después de veinte minutos de cortarme cual nena que le corta el pelo a su Barbi, me mostró el espejo otra vez, y finalmente me explicó: OK, THIS LONG, NOW I STYLE.

Y ahí le dio un poco más de onda al corte y me dejó el pelo bastante mejor de lo que pensé que me iba a quedar.

Así que para ustedes, las fotos.

Antes

Después

Dentro de todo, bien

Después después

————————————————————————————————————————————————-

IV. AMORES ORIENTALES

Error: este apartado es FALSO.

Yo sabía, SABÍA, que se iban a saltear todas las historias e iban a empezar por ésta.

Esto confirma mi teoría de que tengo amigas muy chusmas. Procedo a dar nombres y que cada cual se haga cargo, corríjanme si me equivoco (o procedan a agregarse a la lista si empezaron por acá): María P, María G, Dafne B, Belén M, Sofi F…

¿Por qué no me sorprende encontrarlas por acá en busca de historias de amor? JAJAJA lo lamento mucho, tendrán que leer el resto de los apartados y prender la tele si quieren culebrones.

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Kuala Lumpur en diez palabras – parte II

6. AIR-CON

Siento que soy la única que sufre realmente los cambios drásticos de temperatura que hay en esta ciudad.

Apenas salgo a la calle, el calor húmedo y sofocante me pega en la cara y en ese momento pienso dos veces si de verdad quiero salir de mi hostel a caminar o no.

Estoy en Asia, no puedo no salir a conocer.

Así que pongo un pie en la vereda y ya perdí como tres litros de transpiración.

Hola malayos, ¿me explican cómo hacen para no sufrir este calor de perros? ¿Por qué están siempre tan impecables y me hacen quedar tan desastrosa en comparación? Al rato, después de unos minutos de caminata, entro a un lugar cualquiera, tal vez un shopping, tal vez un 7-Eleven, tal vez un restaurante y bum: frío polar. Y los peores son los colectivos de corta y larga distancia: tengo que vestirme como para ir a la montaña. ¿Soy la única que se está congelando en este lugar? ¿Cómo hace, señor, para no sentir frío estando en camisa y short, cuando la temperatura no supera los 10 grados? ¿Por qué nadie pide amablemente que apaguen el aire acondicionado?

¿Por qué te crees que salimos con campera a todos lados? me dice una amiga malaya.

Jamás pediremos que bajen el aire, simplemente aceptamos el estado de las cosas y sabemos que cuando vamos a tomar un colectivo de larga distancia, tenemos que llevar guantes y bufanda, me explica otro local.

Yo creo que en el fondo hay cierto deseo de hacer de cuenta que en algunos metros cuadrados de Kuala Lumpur, el invierno existe.

7. MAPA

Una estadounidense me lo advirtió en Penang: el mapa de Kuala Lumpur es extremadamente engañoso, uno cree que puede unir dos puntos de la ciudad mediante una caminata siguiendo una simple línea recta, pero no señor, en medio de esa línea aparecerán calles que no figuran en el mapa ni de casualidad y que harán que uno se desvíe y termine en cualquier otro lugar.

Y si decidimos tomarnos u taxi o colectivo, peor aún: estaremos por lo menos media hora atascados en el tráfico.

Así que esta es una de las grandes decisiones que hay que tomar al enfrentarse a esta ciudad: si camino voy a llegar a destino más rápido pero probablemente me pierda varias veces, y si tomo un transporte, llegaré seguro, pero mucho después de lo previsto.

Por suerte tengo la ayuda de mis amigos locales que siempre saben cómo llegar: ellos jamás usan el mapa, les parece muy confuso, así que simplemente buscan algún edificio con la mirada, lo toman como referencia, y caminan hacia esa dirección.

8. MASJID (mezquitas)

Cuando viajé por América latina, los dos elementos que aparecían en todas las ciudades eran los museos y las iglesias.

Visité tantos que llegó un momento en el que solamente dediqué mi tiempo a aquellos que fueran distintos o especiales porque, seamos sinceros, en algún punto se vuelve un poco tedioso o aburrido mirar siempre las mismas construcciones.

Acá, en cambio, para mí todo es nuevo, y cada vez que veo un templo chino o hindú o alguna mezquita, entro sin pensarlo. Para la gente local, los templos son lo más aburrido del mundo, para mí, son fascinantes. Esos colores, ese mármol, ese estilo, esos detalles…

Entré por primera vez a una mezquita en Penang y realmente me sorprendió: son lugares que transmiten mucha paz, además de ser arquitectónicamente impresionantes. En todas las mezquitas hay un guardarropas con túnicas para que las mujeres extranjeras o no musulmanas se tapen y sólo muestren las manos, los pies y la cara. Al entrar, siempre hay algún voluntario dispuesto a recibir a los visitantes y explicarles acerca de su religión.

Me parece muy interesante poder aprender de primera mano acerca de esta religión de la que se habla tanto.

Un dato que aprendí en Malasia: acá, todos los malays (no los chinos-malayos ni los hindú-malayos, sino los que acá se denominan malays a diferencia de los malaysians que son todos los habitantes del país) son musulmanes por ley. Las mujeres eligen si quieren cubrirse o no, hay algunas que no lo hacen, y tienen prohibido taparse toda la cara, solamente se cubren el pelo. Las mujeres que se ven en la ciudad vestidas totalmente de negro y que solamente dejan ver los ojos y las manos son de otros países como Arabia Saudita.

9. EXPATS

Incluso tienen una revista propia, acá los expats (extranjeros que decidieron instalarse en Malasia) son una gran comunidad.

En Penang, por ejemplo, conocí a un grupo de profesores de China y Gran Bretaña que viven en la isla y enseñan materias en inglés, ya que en los colegios de Malasia hay ciertas materias que deben ser dictadas obligatoriamente en inglés, como Math o Science.

¿Por qué eligen venir acá? Tipi, una chica china de 25 años, me lo resumió de manera muy simple: Acá gano más de lo que ganaría en China haciendo el mismo trabajo. Juan, un neoyorquino hijo de portorriqueños, me contó que está viviendo hace cuatro meses en KL porque quiere triunfar como DJ de salsa, pero todavía no tuvo mucho éxito. Chris, un alemán, está en KL porque la empresa en la que trabaja (Google, no sé si la ubican) lo transfirió a la central de Malasia.

Algunos se sienten atraídos por la cultura, la comida y la gente de Malasia, otros vienen por un tema de sueldo o experiencia, pero lo cierto es que es muy fácil sentirse cómodo en este país: el lenguaje no es una barrera, la gente es muy cálida y curiosa y la comida es excelente y muy barata.

10. DIFERENCIAS

Me costó entrar en clima en KL. Los primeros días me sentí un poco perdida en la gran ciudad y pensé en volver lo antes posible a Penang.

Pero no, tengo que seguir avanzando.

Y ahora, claro, no quiero dejar KL.

Es una ciudad de grandes contrastes: edificios altísimos e imponentes, baches en las calles, gran cantidad de opciones de transporte público, embotellamientos y veredas casi inexistentes, comida de primer nivel, cuervos y ratas en las calles.

Pero lo mejor, como siempre, es la gente. Es lo que hace que un país, pueblo o ciudad sea lo que es.

¿Te molesta que acá todos te miren fijo? me pregunta una amiga local.

Para nada, le respondo.

Es que para nosotros sos muy exótica, y además sos la primera argentina que conozco, al igual que muchos.

Es curioso: para nosotros los asiáticos son raros, distintos, desconocidos, y para ellos nosotros, “White western people”, somos raros, distintos, desconocidos.

Y apenas nos ponemos a charlar nos damos cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Kuala Lumpur en diez palabras – parte I

1. TRÁFICO (a.k.a. traffic jam)

He aquí mi primer grato encuentro con Kuala Lumpur.

Son las 12.30, estoy viajando tranquilamente en el colectivo desde la apacible isla de Penang hacia la ciudad capital del país.

A qué hora llegaremos, le pregunto al conductor.

A las 5 pm, me asegura.

Qué bien, qué puntualidad, pienso.

De repente, son las 6.30 pm y el colectivo avanza a dos por hora bajo la lluvia y cada vez que le pregunto al pasajero de adelante cuánto falta, mira su reloj, hace algunos cálculos mentales y promete: 15 minutos.

Creo que tardé más tiempo en llegar desde la entrada de KL a la terminal, que desde Penang hasta KL.

Así es: bienvenidos a Kuala Lumpur, ciudad donde, tarde o temprano, todos seremos víctimas del tráfico. Los malayos mismos lo dicen: hay dos maneras de calcular el tiempo de viaje en KL, “con traffic jam” y “sin traffic jam”. Y estos atascamientos de autos, colectivos, motos y taxis son tan comunes y están tan aceptados como algo normal dentro de la rutina diaria, que nadie se molesta en tocar bocina ni quejarse en voz alta y todos salen de sus casas por lo menos 40 minutos o una hora antes de lo previsto para llegar a tiempo.

Es así, si vas a salir con ruedas, bancate el embotellamiento.

Juro que un colectivo que me tomé estuvo parado en un ¿semáforo? durante 15 minutos y nadie dijo nada, todos siguieron mirando televisión tranquilamente (hay tv en el transporte público).

2. PROHIBIDO

Malasia es un país musulmán y como tal tiene varias restricciones… algunas bastante cómicas.

Enamorados, cuidado: nada de besarse ni demostrar cariño en público. Masca-chicles, ojo: está prohibido subir a las Torres Petronas comiendo chicle. Comunidad gay, lo lamento: nada de salir del clóset. Bebedores de cerveza, preparen sus bolsillos: el alcohol cuesta el triple por la cantidad de impuestos. Nada de portarse mal, que la Policía Moral está mirando y las multas serán jugosas.

3. ROMPERÉCORDS (o Malaysia Boleh!)

Aunque ostentan el mástil más alto del mundo, el shopping más grande de Asia y dos torres que en su momento fueron las más altas, para los malayos nada de eso es noticia.

En este país hay todo tipo de récords, probablemente más de uno nuevo cada día: la mayor cantidad de ancianos en un circo, la rana más pequeña del mundo, la mayor cantidad de cabezas lavadas con shampú en un solo día en un shopping (exactamente 1068), la subida de escalones más alta realizada de espaldas (2058 peldaños), el padrino (best man) más frecuente en los casamientos (apareció en 1069 festejos), el primer abogado ciego del mundo…

Más de 1300 hazañas documentadas en el popular Malaysian Book of Records: hechos insólitos, cómicos y bizarros que demuestran que Malaysia Boleh! (Malasia Puede).

¿Y de dónde surgió este afán de romper récords? Del antiguo primer ministro Mahatir Mohamad, quien decidió incentivar a los malayos para que se superaran día a día y convirtieran su país en una nación asiática avanzada.

Ah, y él también ostenta un récord: fue el Primer Ministro que más tiempo estuvo en el poder en Malasia (22 años).

4. LAH

Come on, lah! We’re gonna be late, lah! Hurry up, lah!

Una de las palabras más escuchadas de boca de los malayos, sin importar si son hindúes, chinos o musulmanes, es el simpático “lah” que todos repiten para enfatizar su discurso.Y, por si se lo estaban preguntando, acá todos hablan inglés, uno de los idiomas oficiales del país junto con el bahasa malayo (hay malayos que solamente hablan estos dos idiomas y no los dialectos que corresponden a su raza).

Afortunadamente para nosotros, viajeros que desconocemos el lenguaje del lugar al que vamos, acá todos entienden el inglés a la fuerza, y si no pueden hablarlo con propiedad, lo mezclan con bahasa y forman el Manglish.

Y si entrenamos el oído, terminaremos escuchando frases como bladibarsket (bloody bastard), mamak stall (restaurante hindú) y Got question? (alguna pregunta?). Ni intenten descifrar un cartel en bahasa, es completamente imposible y las palabras, aunque son simples de leer, no se parecen a ningún término que nos suene relativamente conocido: terkenal es alguien famoso, mat salleh es un extranjero, jalan es una calle y Terima kasih es gracias. Queridos lectores: Selamat sejahtera. Nama saya Aniko, Apa khabar? Saya tidak faham bahasa, selamat malam!

5. MALAYSIAN STYLE

En ciudades asiáticas caóticas como Bangkok o Kuala Lumpur, en las que es casi imposible cruzar la calle sin ser atropellado, no queda otra que aprender la técnica de los locales para realizar semejante hazaña.

Cuando llegué a Bangkok y me enfrenté a la vereda por primera vez, casi decido visitar solamente los lugares que se encontraran en el radio de la manzana de mi hostel, lo que fuera con tal de no cruzar.

Como peatona en la capital tailandesa, esta fue mi primera impresión: bien, estoy parada frente al semáforo como corresponde, esperando que cambie la luz para cruzar, como corresponde. De repente la luz cambia, uno de los cinco semáforos que funciona para alguna de las cinco esquinas que confluyen acá acaba de ponerse en rojo, lo que quiere decir que algún auto tiene que frenar obligatoriamente y dejarme el paso.

ERROR.

Algunos autos frenarán, sí, pero de la nada aparecerán (de una dirección desconocida) veinte autos a toda velocidad con prioridad para doblar (esto de tener los lados invertidos para el manejo me sigue confundiendo).

Confieso que hubo veces que llegué a estar parada diez minutos en el mismo lugar, intentando frenar el tráfico con la mirada. Pero logré cruzar: cada vez que aparecía un local dispuesto a cruzar (con suma tranquilidad, porque para ellos la hazaña no es tan grande), disimuladamente me ponía al lado y caminaba hacia la vereda de enfrente a la par. Y en Malasia aprendí a cruzar Malaysian Style: mi amiga Belinda, ciudadana de KL, me explicó que en esta ciudad nadie respeta las sendas peatonales, cada cual cruza dónde, cuándo y cómo quiere.

Eso sí, hay una regla: una vez que empezaste a cruzar la calle, jamás te arrepientas ni vuelvas hacia atrás.

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que siguen? Lee la parte II acá!

[box type=star] Algunos enlaces útiles (y descuentos) para que planees tus viajes:

[wc_fa icon=”hotel” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Alojamiento: te dejo [eafl id=”21127″ name=”Airbnb” text=”25 euros de regalo”] para tu primera reserva en Airbnb.

[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Vuelos: buscá pasajes aéreos al mejor precio con [eafl id=”22601″ name=”Vuelos Skyscanner” text=”Skyscanner”]

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar? ¿O llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por [eafl id=”21091″ name=”Book Depository (general)” text=”Book Depository”]! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Pensando en abrir un blog de viajes? Si buscás un hosting, te recomiendo [eafl id=”22613″ name=”Siteground” text=”Siteground”]. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad [/box]

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google