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La mirada asiática IV: Observar (por segunda vez y desde otro punto de vista)

Estoy en la isla de Penang (Malasia) por segunda vez en este viaje. Como tuve que esperar 12 días para la respuesta de la visa de la India, preferí quedarme acá, en la casa de mi amiga Tippi, antes que en Kuala Lumpur. No tengo nada en contra de KL, al contrario, me encanta pero me genera un desenfreno consumista alimenticio que no sé si mi bolsillo y mi cuerpo pueden soportar. Además necesitaba trabajar con mis artículos y Penang tiene toda la tranquilidad que busco.

O al menos eso creía. ERROR. El problema de Penang es que siempre hay algo nuevo para hacer: probar una comida nueva, asistir a algún festejo por el año nuevo chino, salir a pasear por la playa o por el casco histórico, irse a la otra punta de la isla…

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La mirada asiática III: Ver (etiquetas)

Charla de taxi en Kuala Lumpur (traducida al español):

– ¿Así que querés ir a la India? (me pregunta el taxista indio-malayo mientras me lleva de la Alta Comisión de la India hasta el Indian Visa Centre en Kuala Lumpur)
– Sí, me muero por ir pero acá en Malasia es muy difícil conseguir la visa, así que no sé si podré…
– Es verdad, cambiaron las reglas porque no quieren que entren terroristas al país. ¿De qué país venís?
– Argentina.
– ¡Ah! ¡Argentina! ¡Pero entonces no vas a tener ningún problema! Argentina es un país pacífico, democrático. Seguro que te la dan.

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La mirada asiática II: Mirar (fijo)

Nada mejor que este verbo para describir la mirada asiática sobre los extranjeros: stare (“mirar fijo”). Acá no existe eso de “No mires fijo que es mala educación” o “mirá a esos dos disimuladamente, cuando estén mirando para otro lado”. Acá te miran todos, padre madre e hijos, la familia entera, sin reparos, sin pudor, con la boca y los ojos bien abiertos.

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La mirada asiática I: Leer

Ayer iba sentada en el colectivo 101, transporte público de Penang (Malasia) (sigo acá esperando mi visa para la India de la cual no hay novedades), escribiendo en mi cuaderno.

Escribir a mano, es, para mí, algo muy personal, es una de las formas más puras de hacer catarsis (así como dibujar o pintar), sin máquinas, teclados ni computadoras de por medio. Así que iba metida en mi burbujita escribiendo acerca de mis miedos, la distancia, la tristeza, las certezas. Cosas mías.

De repente me di cuenta de que mi vecino de asiento estaba leyendo mis palabras descaradamente: tenía la cabeza girada hacia mi cuaderno y creo que por poco me corría la mano para poder leer mejor.

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Si querés viajar, viajá

Al igual que Martin Luther King, vos también tenés un sueño.

Puede que sea un sueñito o Un Sueño. No importa, es lo que deseás para tu vida, lo que harías si pudieras dejar todo atrás y elegir cómo vivir. Pero te sentís atado a un mecanismo del cual ya no podés escapar. O eso creés.

Tu sueño es viajar por el mundo. [O poner un bar en la playa. O ser un artesano en Indonesia. O ser un surfer en Ecuador. O ser un músico itinerante. O ser acróbata de circo. O ser un dios en la India. O ser un comerciante en China. O ser un astronauta en la luna. O ser lo que más quieras. Vamos, todos tienen un ideal, no me digas que vos no.]

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Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero

Te vas de viaje. Un fin de semana, dos semanas, un mes, un año, eternamente. Querés recorrer varios países, o tal vez uno solo. Querés moverte de ciudad en ciudad, o quizá de barrio en barrio. No sabés muy bien cuál será tu itinerario, pero tenés una certeza: no querés quedarte quieto en un solo lugar.

Querés llevar pocas cosas. No querés que el equipaje te lleve a vos. Y pensás: me voy con la mochila. Pero no sabés por dónde empezar. Qué llevar, qué dejar. Tampoco sabés muy bien qué implica viajar con una mochila. ¿Bañarse una vez por semana? ¿No bañarse? ¿Entrenar los tres meses previos para poder cargar 50 kilos de equipaje? ¿No llevar nada?

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Una bule en la feria

El viernes pasado, para variar un poco, nos fuimos a la feria. Una de esas ferias de pueblo, de película, con algodones de azúcar, casa embrujada, rueda de la fortuna y un samba con tracción a sangre. Y eso que Yogyakarta no es lo que se dice “un pueblito”, pero este carnaval me hizo sentir metida en un universo paralelo bizarro. Estos lugares siempre me parecieron entre surreales y tétricos.

Éramos cuatro: Aji (mi novio), su amigo Bobby, su novia Nita y yo, la bule. Porque por más esfuerzo que haga, mientras sea blanca, rubia y/o extranjera, en Indonesia jamás dejaré de ser una bule. Estacionamos las motos en medio del caos de Alon-Alon, parque donde se estableció este carnaval por un mes, y entramos. 3000 rupias cada uno, unos 35 centavos de dólar.

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Pausa (y un poco de arte callejero asiático)

Fe de erratas: en el post anterior, donde dice “India 2011” debería decir “¿India 2011?”.

Quienes hayan viajado a la India saben que se necesita una visa para entrar al país y que en Buenos Aires el trámite para sacarla es muy simple, rápido y gratuito. Vas a la embajada de la India, dejás tu pasaporte y lo retirás esa misma tarde sin pagar un peso (Argentina es uno de los pocos países que no tiene que pagar para obtener una visa india). El problema es que los seis meses de estadía permitidos empiezan a correr desde el día que te otorgan la visa, no desde el día que entrás a la India. Como yo sabía que la India iba a ser uno de mis últimos destinos, decidí sacar la visa cuando estuviera por acá (si la sacaba en Buenos Aires se me iba a vencer antes de entrar). En la embajada me dijeron que no había ningún problema. Perfecto.

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India 2011

Me di cuenta de que estoy totalmente inmersa en la realidad del Sudeste Asiático hace unos días cuando miré el partido de fútbol Indonesia vs. Malasia como si estuviese mirando un Argentina – Brasil. Me pareció de lo más normal y hasta me aprendí el canto de guerra de Indonesia y lo murmuré varias veces sin darme cuenta: Ga-ru-daaa di-da-da-ku! (Garuda es el águila que simboliza a Indonesia y “di dadaku” significa en mi pecho o en mi corazón).

¿Qué sabía de Indonesia y Malasia hace nueve meses, antes de viajar? Lo típico: Sukarno, las Torres Petronas, musulmanes, Bali, playa. Punto.

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Del budismo silencioso de Laos a la Navidad frenética de Kuala Lumpur (en tan solo 50 horas)

Debo haber roto el récord de mayor cantidad de horas del día pasadas sobre algún tipo de transporte: de tres días, es decir de 72 horas, estuve 50 (sí, CINCUENTA) horas en movimiento. Algo que no recomiendo por más divertido que parezca ya que puede traer consecuencias de lo más ridículas y encuentros con personajes bizarros. ¿Por qué me sometí a esto? En pocos días tomo mi vuelo a Indonesia desde Kuala Lumpur, así que de alguna manera tenía que teletransportarme desde Laos hasta Malasia, y como por aire es bastante salado, decidí hacer todo el trayecto por tierra. Y no me arrepiento.

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I ♥ Savannakhet

Voy con la ventana abierta, mirando hacia fuera y pensando que no hay momento que me guste más que este. Estoy viajando en colectivo de Tha Khaek a Savannaketh: es un bus local, de esos con asientos descocidos, con laosianos que me miran curiosos, y que se hacen los distraídos cuando les devuelvo la mirada, con bocinazos a las vacas que se cruzan en la ruta y sin aire acondicionado. Por suerte. Cómo odio el aire acondicionado. Prefiero ir con la ventana abierta, sentir qué clima hace afuera, respirar el mismo aire que la gente local. Como ya conté, amo viajar por tierra, me encanta ver lo que hay entremedio de dos lugares, me gusta sentir que cruzo el país, aunque sea a toda velocidad.

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El encanto laosiano

Laos me gusta. Voy de pueblo en pueblo, de ciudad y ciudad, y aunque no esté acá hace mucho, cada día me gusta un poquito más. Será porque es un país de pocos habitantes y la tranquilidad se respira. Será porque el acoso hacia el turista no se siente tanto (digamos que casi nada). Será por sus pueblitos silenciosos, por las calles vacías, por las construcciones coloniales venidas abajo, por la ausencia de la bocina, por las pocas motos. Será por la importancia del río Mekong, por los monjes caminando en grupo por la calle o andando en bicicleta, por las mujeres que me saludan sonriendo y no intentan venderme nada, por los chicos y su alegría cuando ven a un falang caminando por un lugar poco turístico. Será.

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Sobre paraísos e infiernos

Sobre paraísos e infiernos no hay nada escrito. Sobre paraísos e infiernos viajeros, mucho menos. No creo en las dicotomías pero a veces me encuentro con dos lugares a pocas horas de distancia que me parecen tan opuestos que me tienta la idea de describirlos como paraísos e infiernos personales. Sin embargo, como digo siempre, lo que a mí me pareció fascinante, a otro podrá parecerle aburrido y lo que a mí me pareció decadente, a otro podrá parecerle muy divertido. Además el infierno y el paraíso como tal no existen: nosotros le damos esas categorizaciones en nuestra mente según nuestro estado de ánimo y experiencia. Por eso no se dejen convencer demasiado por lo que digo y, si tienen la posibilidad, experimentenlo por su cuenta y saquen sus propias conclusiones.

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Pueblito sin nombre

Existe un pueblito —llamémoslo MNN— a orillas de un río —llamémoslo RM— en un país de Asia —llamémoslo RDPL— que casi no figura en el mapa. Este pueblito de 800 habitantes es accesible solamente por barco, no tiene calles y por ende no tiene autos, motos ni bicicletas. Podría decirse que allí la rueda todavía no fue inventada. Tampoco hace falta demasiado transporte ya que la calle principal (de tierra) no tiene más de 200 metros de punta a punta. En este pueblo no hay electricidad (excepto de 6 a 10 pm mediante un generador), mucho menos ventiladores, heladeras, agua caliente, computadoras o internet.

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De Vietnam a Laos por la Ruta del Cielo

Me dijeron que era la ruta del infierno, el viaje de la muerte, el cruce de frontera más largo del mundo, que seguro me quedaba varada en algún lado, que con lluvia era lo peor, que el trayecto era todo al borde del acantilado y súper peligroso. Así que compré mi pasaje a Dien Bien Phu (ciudad en la que tendría que pasar la noche obligatoriamente antes de cruzar a Laos) con miedo, resignada, pensando que tal vez no iba a vivir para contarla, que este sería mi último viaje, que la vida sí se compra con plata y que la suerte no existe.

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Final en blanco y negro

Y así, casi sin darme cuenta, estuve 25 días en Vietnam. Empecé en Saigón, deslumbrada y con la mirada idealizadora de quien se enamora a primera vista. Seguí hacia Mui Ne, pueblo costero en el que no hice mucho más que nadar, andar en bicicleta y morir de cansancio en las dunas. Decidí desviarme hacia Da Lat, en las montañas, y me encontré con una ciudad de lo más extraña, con montañas rusas en medio de la naturaleza, Mickey Mouse, flamencos rosas de plástico, el muy kitsch valle de los enamorados y una casa más que bizarra. Pasé unas horas en Nha Trang mirando un partido de fútbol vietnamita en la playa y de ahí seguí hacia Hoi An, ciudad colonial, extremadamente fotogénica y más turística aún. Ahí tuve mi primer encuentro con la lluvia, esa lluvia finita que no para y que te atraviesa cualquier tipo de impermeable.

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La Humana Universal

Si me concedieran un deseo pediría (además de la teletransportación, ser invisible y hablar todos los idiomas existentes) tener un disfraz de persona local para cada ciudad, pueblo, isla y país del mundo. Poder convertirme en la Humana Universal, una especie de Zelig/camaleón viajero capaz de adaptarme a cualquier cultura y entorno. ¿No sería genial? Llego a Mongolia, me pongo el disfraz y chau, soy un mongol más, nadie me quiere vender nada. Voy a Japón, me alargo los ojos, hablo japonés, soy una más, camuflada entre la multitud. Nadie me vería como extranjera, nadie me vería como occidental, nadie me vería como turista [...]

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Halong Bay tour: lo bueno, lo malo y lo feo

Halong Bay es una de las mecas de Vietnam: si estás en Hanoi (capital del país) o en cualquier ciudad del norte, no podés NO ir a la Bahía de Halong, lugar que fue nombrado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco. Es como ir a Misiones y no visitar las Cataratas del Iguazú, o como estar en Santa Cruz y no ir a ver el Glaciar Perito Moreno. Halong Bay es una parada obligada.

Ahora bien, para hacer este tour existen muchas opciones y más agencias de viaje aún, algunas prestigiosas, otras buenas, otras decentes, otras impresentables. El problema es que, sacando las prestigiosas, es difícil saber cuál es cuál.

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Cita a ciegas (fallida) con Hanoi

Hanoi y yo no tenemos onda. No nos llevamos bien, no nos entendemos. No hay feeling ni química. Es como una cita a ciegas que no funcionó. Porque al fin y al cabo, viajar a una ciudad desconocida es como asistir a una cita a ciegas: por más fotos que vea y comentarios que escuche antes, el momento de la verdad ocurre cuando nos encontramos cara a cara. Y en este caso, Hanoi y yo, cara a cara, no funcionó.

Llegué a las 7 de la mañana, después de viajar 12 horas en colectivo desde Hue, después de sobrevivir a la lluvia y a las inundaciones durante varios días. Hue es otra de las “paradas obligadas” en Vietnam: la antigua capital del país, ciudad imperial. Lástima que la recorrí con lluvia y no pude ver tanto. Aunque tuve momentos memorables [...]

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Días amarillos y grises (especialmente grises)

La estoy escuchando ahora mismo de fondo, mientras escribo encerrada en el cuarto de un hotel de cinco dólares la noche con el ventilador al máximo para que se me sequen las zapatillas. Ya no escucho otra cosa. La Maldita Lluvia. Cuatro días sin parar y dudo que afloje. Y ojo que me encanta caminar con mi paraguas transparente por Buenos Aires mientras todos corren desesperados para no mojarse. Pero acá, la estoy odiando. En Buenos Aires, lluvia significa que puedo quedarme todo el día en la cama mirando películas o leyendo sin tener que poner ninguna excusa (si resulta ser fin de semana); significa también que puedo trabajar desde mi cama (si estoy en períodos de trabajo freelance) y mirar las gotitas desde adentro con felicidad sabiendo que no tengo ninguna razón para salir a la calle. En Vietnam, lluvia significa…

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