Asia de la “A” a la “Z”: fin del abecedario

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Se terminó el abecedario.

Pareciera que fue ayer cuando les presenté el proyecto sin saber en qué iba a derivar, sin saber si lo iba a terminar o no, si me iba a resultar fácil o difícil.

Durante 26 días (y 26 letras) hablé de arroz, de coranes, de durian, de ghettos, de mercados, de hospitalidad, de silencios, de todas aquellas palabras e ideas que asocio con Asia. Como les dije en otro post, cada palabra fue una elección totalmente subjetiva.

Quedaron varias palabras afuera que hubiese querido incluir: C de Colonial y de Casinos, G de Graffiti, A de Arte, I de Influencias, M de Motos y de Música, N de Noodles, O de Ofrendas y de Ojos, P de Prohibido, R de Regateo, T de Tradiciones…

Esta es la lista final, con los links, por si se perdieron alguna:

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Ojalá algún día pueda hacer Europa del Este de la A a la Z, Medio Oriente de la A a la Z, África de la A a la Z, Oceanía de la A a la Z, el mundo de la A a la Z.

Mientras tanto, sigo con el blog como antes.

Gracias por leerme :)

Asia de la “A” a la “Z”: Z de Zapatos

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Z de Zapatos

Este post es simplemente un bis, un epílogo, un añadido, ya que considero que concluí el abecedario en el post anterior.

Sin embargo, la Z también existe y viene bien para hablar acerca de una de las costumbres asiáticas que más me gustan: la de sacarse los zapatos antes de entrar a cualquier lugar que no sea “la calle”.

Entrar sin zapatos a los hogares, a muchos negocios y a (la mayoría de) los templos es una regla cultural intrínseca, algo que cada asiático aprende desde chico y que sigue respetando de grande. Los pies son lo más bajo y por ende lo más “sucio” del cuerpo, y toda la suciedad que se acumula en los zapatos no tiene por qué entrar a las casas.

Por eso en la entrada de cada vivienda hay una alfombra, un huequito, una estantería o un placard para dejar los zapatos. NADIE entra con zapatos a un hogar: ni los dueños, ni los visitantes, ni los trabajadores que van a arreglar algún artefacto o a instalar algún servicio. Si hay una fiesta o reunión, lo mismo: todos los zapatos afuera. Y, en mi experiencia, no hay ladrones de zapatos.

Los envidio, juro que en esto los envidio. Yo estoy a favor del no usar zapatos adentro de la casa desde muy chica. Si pudiese andar descalza por la vida lo haría, no hay nada que me guste más que caminar con los pies libres. Pero en Occidente esta costumbre no está muy expandida, es más, los que piden que por favor se saquen los zapatos antes de entrar a su hogar son tildados de “new age”, “raros” o “quisquillosos”. ¿Por qué? Si es muchísimo más limpio entrar sin zapatos, sin la basura acumulada en la suela, sin la contaminación de la calle. El piso se mantiene limpio y el hogar pasa a ser un lugar un poquito más “inmaculado”.

Quiero fundar el movimiento Sacate-los-zapatos-antes-de-entrar-a-mi-casa y que no me miren con cara rara. Ya me imagino las reacciones de mis amigos y familiares: “Claro, ahora te hacés la asiática” :D, o me veo pidiéndolo al fumigador con timidez: “Señor, por favor ¿se saca los zapatos antes de entrar? Es que acabo de volver de Asia…”, o llamando al delivery: “Hola qué tal, mandame una grande de muzzarella y decile al chico que por favor entre a mi casa sin zapatos o se traiga unas pantuflas en la mochila, sino no le pago el pedido”. Me van a tildar de loca, pero no me importa, voy a tener la casa limpia.

¿Tendré éxito en mi iniciativa?

Lo primero que voy a hacer es implementarla yo misma: zapatos adentro de mi casa, NUNCA MÁS.

Firmen abajo los que quieran unirse al movimiento anti-zapatos en el hogar. Juntos podemos erradicarlos. Luchemos por un piso más limpio.

En la foto pueden ver la puerta de entrada de un departamento en Singapur. Adentro había una reunión de couchsurfers de todo el mundo y a ninguno le pareció raro sacarse los zapatos antes de entrar.

Asia de la “A” a la “Z”: Y de Yo (Aniko en Asia)

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Y de Yo

I. Yo

Cada vez que leo un blog (o un libro, o una poesía, o una canción, o cualquier cosa fabricada con palabras), lo primero que quiero saber es quién lo escribe. De dónde viene, qué piensa, qué sueña, qué hace, cómo elige pasar sus días, cuáles son sus objetivos, sus motivaciones. Por eso en este blog también hablo acerca de mí, para que sepan quién es la persona que les está contando lo que les cuenta, que saca las fotos y reflexiona acerca de lo que vive.

Siempre intento recalcar algo que, para mí, es obvio: todos mis posts son puramente subjetivos. Si quisiera hacer textos “objetivos” (aunque no creo que exista la objetividad), tendría que dedicarme a escribir enciclopedias. Todas las historias y reflexiones que escribo provienen de mi propia experiencia, de mi manera de ver el mundo, de mis elecciones, de mis decisiones, de los lugares a los que voy y de los lugares a los que prefiero no ir.

Por más que dos personas hagan el mismo recorrido, vean los mismos lugares y conozcan a la misma gente, las historias jamás serán iguales (y las fotos ¡mucho menos!). El paisaje puede ser el mismo, pero cada cual lo ve desde un ángulo distinto, a través de todos esos pequeños filtros (o anteojos) que va juntado a lo largo de la vida y a través de todas esas características que la definen como la persona que es.

Yo escribo, por un lado, desde todo lo que soy “por añadidura”: mujer, veinteañera, argentina, sudamericana, occidental, amiga de, novia de, hija de, descendiente de, estudiante de, licenciada en, con experiencia laboral en. Y escribo, también, desde lo que quiero ser: escritora, fotógrafa, viajera, feliz. Quien les escribe es una persona más, como ustedes, que sueña con vivir haciendo lo que la hace feliz, que anhela convertir esa felicidad en su profesión y que desea, sobre todo, inspirar a muchos más a que sigan el mismo camino (que no tiene por qué ser “viajar”).

II. Aniko en Asia

Si me incluyo en una de las letras de este abecedario/rompecabezas asiático, es porque en estos 14 meses yo me convertí en parte de Asia y Asia se convirtió en parte mía. Si bien soy “extranjera”, me resulta imposible separarme del escenario que me rodea por el simple hecho de que al viajar también interactúo y vivo. Si “viajase por ahí” dentro un avión, siempre mirando los paisajes y la gente por la ventana, seguiría siendo un elemento aparte, un personaje externo. Pero estoy en Asia, camino por Asia, viajo por Asia, hablo con Asia, escucho a Asia, me mezclo con Asia y soy parte de Asia.

Siempre soñé con venir a Asia, desde Buenos Aires sentía que este continente me llamaba de lejos. Finalmente me animé y viajé. Pasé más de un año acá, viajé, frené, volví a viajar, volví a frenar, conocí, aprendí, descubrí, entendí, no entendí, acepté, me adapté. Y les transmití mis impresiones de la A a la Z.

De más está decirles que todas las letras de Asia de la A a la Z (y todo este blog) provienen de mis anteojos. Donde yo vi idiomas, tal vez otro vio imperios; donde yo vi Occidente, tal vez otro vio ofrendas; donde yo vi mercados tal vez otro vio motos. Donde alguno vio “aburrimiento”, yo vi “diversión”, donde alguien encontró “algo feo” quizá yo encontré “algo lindo”.

Gracias a este viaje conocí un pedacito más de este mundo y lo “humanicé”: aprendí acerca de las distintas culturas que conforman el continente, logré separar “chinos” de “asiáticos”, vi las religiones desde adentro, probé las comidas, escuché la música, aprecié el arte. Y espero que este abecedario los haya hecho viajar por Asia conmigo y los haya inspirado a conocer este lado del mundo.

Mañana: la Z. Y después, a seguir viajando por ahí.

La foto me la sacó mi amiga Delfi en un templo de Penang (Malasia)

Asia de la “A” a la “Z”: X de “x”

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La X es una incógnita. Es una letra en la que caben muchas respuestas, muchos significados, muchos números distintos. Todo depende de cuál sea la ecuación inicial.

Es una letra difícil, pero es una de las que más usamos al viajar, aunque no nos demos cuenta.

X1. Como escribí alguna vez mientras viajaba por Vietnam, viajar a un lugar desconocido es como acudir a una cita a ciegas: nunca sabés qué vas a sentir hasta que estés cara a cara con el lugar. Te pueden decir que es “el mejor lugar del mundo”, “el lugar más aburrido”, “el lugar más divertido”, pero solamente sabrás qué te genera cuando estés ahí. La ecuación es “yo” (persona que viaja) + “lugar” (algún lugar del mundo) = “x” (misterio, incógnita, la gran pregunta: ¿me gustará?). Un viaje es, al fin y al cabo, una incógnita. Y como cada cual se hace preguntas distintas antes de viajar, no existe una sola respuesta.

X2. La X también se usa para definir tamaños: XS, XL, XXL. Pero, al igual que en el caso de la ecuación anterior, esa “X” sigue siendo relativa. Cuando llegué a China (más específicamente a Chengdú), descubrí el significado asiático de “grande”: los platos de comida tenían el diámetro de un disco de vinilo, los edificios eran bloques de concreto masivos, las veredas eran diez veces más anchas de cualquier vereda que conocí, las cuadras era tres veces más largas que las de Buenos Aires. Así que lo que en un lugar del mundo es considerado “grande”, tal vez en otro sea “chiquito” (y viceversa).

X3. Y la X también se utiliza como signo de multiplicación. Aunque no seamos demasiado matemáticos, cuando viajamos la usamos siempre y de manera casi automática. “Esto cuesta 9000 rupias, eso sería un dólar, multiplicado por 4…”, “Ese hostel cuesta 5 dólares, está bien, son 20 pesos por noche”, “En Vietnam comí un plato de mariscos por 40.000 dong… algo así como 2 dólares, osea 8 pesos… ¡un regalo!” Creo que es imposible frenar a nuestro cerebro en esta: por más que no querramos, siempre hacemos la cuenta mental para saber cuánto estamos gastando en nuestra moneda.

Y, si multiplicamos la X por 3, sale la famosa XXX.

La X, como ven, es una de las letras más viajeras.

La primera foto la saqué en Singapur y la segunda en Hong Kong.

Asia de la “A” a la “Z”: W de wtf?

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Como bien dijo un lector, “se vienen las letras difíciles”: W y X. No hay muchas palabras del español que empiecen con estas letras (las hay, pero la mayoría vienen del inglés y no las usamos demasiado) y tampoco quería caer en las típicas: waffle y xilófono. No tengo nada que decir acerca de ellos dos.

Mientras pensaba qué escribir con la W (juro que estuve por poner “www” o “wikipedia” y hacer un tratado acerca de internet, pero me pareció aburridísimo e inconcretable), se me ocurrió. Los que me conocen personalmente (y los que leen el blog, también) sabrán que tengo un imán para lo bizarro. Debo emanar algún tipo de energía que se traduce a cualquier idioma y dice: Bizarro Ven a Mí. Por algo inauguré una sección del blog llamada “Situaciones bizarras“. Porque las vi a montones.

Antes de venir a Asia me preguntaba: ¿Será que allá también seré testigo (o participaré) de situaciones bizarras, divertidas e insólitas como en América latina? ¿o lo bizarro estará reservado solamente a los países de habla hispana? ¿o será que todo me parecerá bizarro en Asia? ¿o lo bizarro será tan bizarro que no llegaré a captarlo como tal?

Y una vez acá, aparecieron solos. Los momentos WTF (What the f***?). Personajes extraños que me hablaron desde el asiento vecino del tren y cuestionaron mi vida entera, gente que se abalanzó para sacarme fotos cual estrella de cine en una isla desierta, policías que prefirieron sacarse autofotos y cuestionar mi situación sentimental antes que resolver un caso, chinos que me felicitaron en el subte cuando me vieron cargando la mochila en la espalda (“you! very good! very good!”), preguntas más que atravesadas que me hicieron en varias ocasiones, escenas ambiguas, diálogos de no creer, un trencito de la alegría en una isla en medio de la nada (ver foto).

Reflexionando, llegué a dos conclusiones.

Una, que lo bizarro es en realidad el clásico shock o choque cultural que ocurre al sumergirse en una cultura distinta. Lo que a mí me resulta bizarro, acá tal vez sea normal. Y, en todo caso, para ellos la bizarra acá soy yo. La que anda viajando por ahí con una mochila, rompiendo el fluir cotidiano y normal de los colectivos y subtes asiáticos. Si dos o más personas de lugares opuestos del mundo conviven por un rato en un mismo espacio, es muy probable que lo bizarro aparezca sin que lo llamen.

Y dos, que el mundo, en el fondo, es un lugar bizarro. Hay tantas curiosidades, “anormalidades”, sorpresas, cosas raras… lo que pasa es que a veces estamos muy ocupados “con cosas serias” y no nos damos cuenta. Solamente es necesario ponerse los anteojos de lo bizarro y mirar la realidad a través de otro filtro. Les aseguro que es mucho más divertido.

***

¿Sabían que la palabra bizarro, en español significa “valiente” o “generoso, lucido, espléndido”? (R.A.E. dixit)

Bizarro viene del francés bizarre, que significa “raro, extraño, peculiar, de naturaleza fantástica”.

Asia de la “A” a la “Z”: V de Veredas

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V de Veredas

Uno de los conceptos que más cambió en mi cabeza tras mi paso por Asia fue el de las veredas y sus funciones.

Desde chica me acostumbré a concebir las veredas como un espacio para caminar. Las veredas eran, para mí, esos pocos metros de “la calle” que le correspondían exclusivamente al peatón para circular libremente. Estaba acostumbrada a los “cordones” que marcan la separación entre peatones y tráfico y a las ochavas en las esquinas. Cada vez que andaba en bici por Buenos Aires y me subía, por unos microsegundos, a alguna vereda, recibía los “saludos alegres” de los transeuntes que me decían: “¡Nena! ¡Para algo existe la calle!” (todavía no había bicisendas).

Pero cuando llegué a Asia me di cuenta de que lo que es considerado “normal” de un lado del mundo, es completamente opuesto en el otro.

En Indonesia, por ejemplo, no hay veredas. Se los juro. Termina la casa y empieza la calle. Ni siquiera hay un desnivel: las casas tienen salida al tráfico. Bueno, en realidad, algunas veredas hay, pero no se usan para caminar: se usan, más que nada, para comer. Hay muchísimos warung (carpas con mesas largas y una cocina en el interior donde la gente se junta a comer), hay carritos estacionados que venden jugos o preparan snacks en el momento y ponen sillitas alrededor para sentarse a comer, hay otros puestos de comida que directamente estiran alfombras del tamaño de un colchón para que la gente coma sentada en el piso. Como acá no existe eso de salir a caminar —ya que todo se hace en moto— tampoco hay necesidad de veredas para realizar dicha actividad. Por ende, casi no hay veredas y las pocas que hay están totalmente bloqueadas por los puestos de comida.

En Vietnam, en cambio, hay veredas de lo más lindas y anchas (tal vez se deba a su pasado colonial francés), pero tampoco se usan para caminar. En Vietnam las veredas sirven para (tomen nota): cocinar, lavar los platos, desayunar/almorzar/cenar, vender, estacionar las motos, lavar las motos, estacionar los carritos de comida, cortar el pelo, arreglar zapatos, lavar ropa, dejar los zapatos afuera de las casas y negocios, sentarse en reposeras a mirar el tráfico pasar. Ah, y para acortar camino con las motos: no sé qué es más seguro para el peatón en Vietnam, caminar por el medio de la calle o caminar por la vereda. Pareciera que la vereda, en vez de pertenecer al peatón, pertenece al dueño de cada casa o negocio, que hace con ese espacio frente a su puerta lo que él o ella disponga, y a las motos, que la pasan por encima sin pedir permiso.

En Camboya las veredas también sirven para colgar hamacas paraguayas y descansar. En Laos, son el territorio de los más chicos, que las usan como canchas de fútbol (veredas Y calles) o para jugar a lo que sea que inventen con su imaginación. En China y Singapur las veredas son sedes de partidos de ajedrez, cartas o mah jong.

En Asia las veredas son multifuncionales.

Después de tantos meses acá, ya me acostumbré a la vida callejera asiática y temo que el día que esté en Buenos Aires las veredas me parezcan… demasiado vacías.

La foto es en Saigón (o Ciudad Ho Chi Minh, antigua capital de Vietnam del Sur). Siento que la mujer me miró como diciendo ¿por qué me sacás una foto? ¿qué tiene de raro que esté cocinando acá?

Asia de la “A” a la “Z”: U de Urbano

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U de Urbano

Descubrí que me gusta mucho viajar por los pueblos y ciudades chiquitas. Y acá, por suerte, hay muchísimo de eso.

Pero también descubrí, después de visitar varias “mega-ciudades” asiáticas, que acá las grandes ciudades no son solamente CIUDADES así con todas las letras en mayúscula, sino que son Ciudades Supersónicas.

Acá las ciudades no se contentan con tener “un par de edificios altos”, no, acá se contentan si tienen “los edificios más altos, más caros o más estrambóticos del mundo”.

Quiero presentarles algunas de las mega-ciudades que conocí junto con los títulos que las acompañan:

  • Para empezar, Hong Kong, la ciudad de las ciudades, la madre de las ciudades, la reina de las ciudades supersónicas (esos títulos se los di yo), también conocida como: “La ciudad más vertical del mundo”, “La ciudad con más gente viviendo o trabajando arriba del piso 14”, “La ciudad con más rascacielos del mundo” (aproximadamente 7650), “La ciudad con el tercer edificio más alto del mundo”, “La ciudad con el skyline más visualmente impactante del mundo”, “La ciudad con el edificio del mal feng shui” (muy polémico), “La ciudad con más shoppings por metro cuadrado” (esto lo digo yo).
  • Al lado de Hong Kong, Macau. “Las Vegas del Oriente” (la ciudad-casino que recibe más ingresos anuales y turistas que Las Vegas), “La ciudad con una de las mayores densidades de población del mundo” (18.560 habitantes por km2), “La ciudad que creció con tierras reclamadas al mar” (sí, agrandaron la isla sacando tierra del fondo del océano), “La ciudad de los casinos más dorados” (otro título mío).
  • Y también, Singapur: “La isla que es una ciudad que es un estado que es un país”, “La ciudad que es el cuarto líder financiero del mundo”, “La ciudad más globalizada”, “La ciudad con mayor población de expatriados”, “La ciudad más limpia del Sudeste Asiático”, “La ciudad con uno de los sistemas de salud más avanzados del mundo”, “La ciudad con una de las gastronomías más variadas del mundo”, “La ciudad con más prohibiciones del mundo” (entre tantas otras cosas, en Singapur está prohibido comer chicle y “no tirar la cadena” del baño).
  • O Kuala Lumpur: “La ciudad de las torres gemelas más altas del mundo” (las Petronas), “La ciudad con el mástil más alto del mundo”, “La quinta ciudad más visitada del mundo”, “La ciudad del monorail”, “La ciudad de los parques”, “La ciudad en la que nunca me canso de comer” (estem… sí, eso lo digo yo también).

Y no me quiero imaginar lo que deben ser las grandes ciudades de China, de Corea, de Japón, de Taiwán. Me quedan tantas ciudades supersónicas por conocer…

La foto es de Hong Kong, una de las ciudades más imponentes que vi en mi vida. Juro que cuando saqué esta foto casi no podía respirar de la emoción: NUNCA ESTUVE FRENTE A UNA VISTA ASÍ.

Asia de la “A” a la “Z”: T de Tuk-Tuk

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T de Tuk-Tuk

Icónico e infame. Pintoresco y despiadado. Amado y odiado.

Te lo firmo: si venís al Sudeste Asiático no vas a escapar de las garras del tuk-tuk.

Desde sufrir el clásico llamado —acosador e insistente— del conductor: “Miss! Mister! Tuk-tuk! Where you go? I take you! Tuk-tuk! Tuk-tuk!!”, hasta darte cuenta de que si no te subías a la vereda en esa milésima de segundo, alguno de estos te pasaba por encima.

En cada país tiene su nombre: en India se llama auto rickshaw, en Indonesia bajaj, en Filipinas triciclo, en Tailandia, Camboya y Laos tuk-tuk, aunque eso no quiere decir que sean iguales.

¿Qué tienen en común? Todos los tuk-tuk son abiertos, (casi todos) tienen tres ruedas (ya que provienen de una moto) y no tienen volante sino manubrio.

Pero en cada país tienen su diseño particular: en Tailandia son “enteros” (como el de la foto), en Siem Reap (Camboya) son motos con una carroza atada atrás (o sea que en ese caso rompen la regla y tienen cuatro ruedas en vez de tres), en Laos hay versiones “jumbo” que llevan hasta 12 pasajeros, en Filipinas el carrito de pasajeros va agarrado del costado de la moto…

Cuando aterricé en Bangkok (primera parada de mi viaje) los evité como la misma peste. Es que me habían contado tantas historias que preferí ni hacer contacto visual. Me habían dicho que los tuk-tuks tailandeses pasean a los turistas, que te llevan a donde no querés ir, que te dicen que el lugar que querés ver está cerrado y te dejan en la tienda de souvenirs del primo.

Pero más adelante los empecé a usar.

Cuando llegué a Siem Reap (Camboya), el tuk-tuk del hostel me fue a buscar al aeropuerto (y no es que me fui a un hotel cinco estrellas, pagué dos dólares la noche por una habitación compartida y aunque no lo crean el precio incluía tuk-tuk privado) y el mismo conductor me llevó alrededor de las ruinas de Angkor en su “carroza” (por unos dólares más, eso sí). Y cuando llegué a Phnom Penh (la capital) sufrí el acoso de los tuk-tuks como nunca en mi vida.

En Laos me sorprendí: cada vez que llegué a alguna ciudad nueva… no se me acercó ni un conductor de tuk-tuk (estaban todos descansando a la sombra esperando que los clientes fueran hacia ellos).

A mí, personalmente, me gusta andar en tuk-tuk. Es abierto y ventilado, es más barato que un taxi (hay que regatear a muerte) y permite ver el paisaje  y compartir algún tramo con una persona local. Y, además, es uno de los transportes más simbólicos de Asia.

Si vienen, salgan a dar una vuelta en tuk-tuk.

Saqué la foto durante mi segunda visita a Bangkok (Tailandia), una mañana mientras hacía tiempo hasta que saliera mi tren a Malasia.

Asia de la “A” a la “Z”: S de Silencio

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S de Silencio

Descubrí el valor del silencio cuando llegué a Laos.

Después de haber pasado un mes en Vietnam, uno de los países más caóticos y acelerados que pisé, Laos me pareció el paraíso de la paz y la tranquilidad.

Para empezar, es una cuestión de números: Vietnam tiene casi 90 millones de habitantes, mientras que Laos no llega a los 7 millones. Y la diferencia se siente.

También, dicen, es una cuestión de religión: Laos es un país Budista y todos los laosianos son practicantes; en Vietnam se practica el Budismo, el Taoismo y el Confucionismo, pero la mayoría de los vietnamitas se considera “no religioso”.

Tal vez haya sido una cuestión de tránsito: Vietnam es el país de las motos (y Saigón es la capital de las motos, sin dudas), ahí tenía que esquivarlas y rezar por mi vida cada vez que cruzaba la calle. En Laos, en cambio, podía dormirme una siesta tranquila en medio de una avenida; o podía sentarme al borde de la vereda y mirar a los chicos jugar al fútbol en la calle o a las nenas jugar al supermercado en la entrada de sus casas.

O puede que haya sido una cuestión de apariencia: en Vietnam, apenas me veían (“extranjera = dinero”) me ofrecían de todo y me acosaban de tal manera que muchas veces me peleé con mototaxistas y vendedores. En Laos, en cambio, la gente grande no me daba mucha bola (“sos extranjera = ah qué bueno, sigo haciendo lo mío”), pero los nenes me saludaban de lejos “Sabaidee, sabaidee!” (hola, hola!). En Vietnam conseguí mototaxi en el acto, en Laos jamás apareció un tuk-tuk cuando lo necesitaba.

Pero creo que, en realidad, fue una cuestión de gustos: en Vietnam tuve sentimientos encontrados, me encantó y lo odié a la vez, y en Laos me sentí muy bien desde el momento que llegué y volvería varias veces más.

Mucha gente que me crucé antes de ir a Vietnam me dijo: “Te vas a querer quedar a vivir”. Mucha gente que me crucé antes de ir a Laos me dijo: “Ni vayas, no hay nada para hacer”.

El silencio, entonces, es algo meramente subjetivo.

La foto la saqué en Savannakhet, mi ciudad preferida de Laos y uno de los lugares más relajados que conocí en Asia.

 

Asia de la “A” a la “Z”: R de Religión

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R de Religión

Hay una calle de Penang (Malasia) donde se puede ver, a pocos metros de distancia, una mezquita, un templo hindú, una iglesia y un templo chino.

El domingo pasado salí a dar una vuelta por Yogyakarta (Indonesia) y vi, en la misma cuadra, familias que salían de la iglesia y, del lado de enfrente, familias que salían de la mezquita.

Solamente dos ejemplos de la multirreligiosidad característica de este pedacito del mundo.

Acá todo tiene que ver con religión. Qué religión practicás, que rituales seguís, en qué crees, qué comés o que no comés. Siempre me interesaron las religiones, no tanto como practicante sino como observadora. Me gusta ver los rituales, las construcciones, las vestimentas, los colores de cada creencia.

Y, estando acá, pude conocer varias mucho más de cerca y por primera vez en mi vida.

En Tailandia conocí el Budismo, aunque lo vi con mucha más fuerza —y como parte inseparable de la vida cotidiana— en Laos. Vi templos milenarios y Budas, charlé con monjes y observé algunos de sus rituales. Y en todos los países budistas encontré pequeños templos y altares en las esquinas y en las casas, donde la gente frenaba durante unos minutos a rezar.

Malasia e Indonesia fueron los primeros países de mayoría musulmana que visité (en ambos países la mayoría de la población practica el Islam pero en Indonesia, por ejemplo, hay cinco religiones oficiales). Aprendí a convivir con el llamado de las mezquitas (que después de un tiempo pasa a ser un elemento normal en la banda sonora del país) y pude derribar muchos prejuicios y encontrar respuestas a varias preguntas que tenía en mi cabeza. Me sorprendí al ver que muchas de las mujeres no estaban “tapadas” (ya que eso nos hacen creer los medios: que en todos los países islámicos las mujeres se cubren de pies a cabeza) y aprendí que, en Malasia e Indonesia, el uso del velo es una elección personal de cada mujer. Las mezquitas, además, me parecieron una de las construcciones arquitectónicas religiosas más silenciosas e imponentes que conocí, y el arte islámico me pareció detallado y elaboradísimo.

En Malasia y Singapur aprendí acerca del Hinduismo y de las religiones chinas como el Taoismo y el Confucianismo (en Malasia y Singapur hay comunidades chinas e indias muy grandes y estas, además de conservar su cultura, preservan su religión). En Hong Kong, Macau (y China, claro) aprendí aún más acerca de las filosofías y creencias chinas. Todavía tengo la voz de mi amiga china Tippi en la cabeza hablándome del feng shui “bueno” o “malo” de cada lugar que pisábamos.

En China, además, encontré religiones animistas y chamánicas muy antiguas, como el Dabaísmo en el lago Lugu, práctica que solamente se transmite oralmente. En China también me sorprendí al ver la gran cantidad de comunidades islámicas que hay en el país (antes de viajar a China nunca había asociado “chinos” con “musulmanes”, pero hay varios millones!). Una chica china de Lijiang me dijo que cuando viaja por China siempre va a comer a los restaurantes musulmanes porque son los más limpios (y, para los que no aman comer cerdo tres veces por día, son los únicos que NO sirven esa carne).

En Filipinas sentí que había sido teletransportada a América latina: todas las iglesias que no vi en Asia las vi ahí, condensadas, ya que es el país de mayor población católica de Asia.

Y si bien Bali (Indonesia) no me “encantó” como destino turístico, tengo que aceptar que es uno de los lugares más coloridos del Sudeste Asiático. En la isla se practica el Hinduismo balinés (que difiere en muchos aspectos del Hinduismo de la India, ya que está adaptado a la cultura indonesia) y, por ende, está repleta de templos, de puertas de colores, de estatuas, de flores, de sarongs (“pareos”) atados a los árboles, de música, de ceremonias, de rituales, de arte.

Y en Bali es imposible no toparse con las ofrendas que los balineses realizan a sus dioses cada mañana: cajitas formadas con hojas y repletas de flores, galletitas, arroz y sahumerios. Si no las vieron, miren hacia abajo, están desparramadas en las calles, en las veredas y en el pasto y forman caminitos de colores por toda la isla.

La foto es en Ubud, Bali.

Asia de la “A” a la “Z”: Q de… ¿Qué?

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Q.

Qué letra difícil.

Hoy estuve todo el día pensando en la Q —acá en Indonesia mi día se termina en menos de media hora, recuerden que estoy varias horas adelantada en el futuro—. ¿Q de qué? ¡¿Q DE QUÉ?!

¿De queso? No, ¿qué puedo decir del queso? ¿Que acá casi no se consigue? ¿Que en el súper está carísimo? ¿Que cuando pedís algo con queso te ponen un queso rallado que ni siquiera se sabe si es queso? ¿Qué para algunos el único queso que existe es el cheddar? ¿Que acá no se diferencia entre quesos?

No. No quiero hablar de queso.

Entonces, ¿Q de qué? ¿De querubín? ¿Qué es un querubín y cómo lo relaciono con Asia? No, nada de querubines. Es como decir Q de querosén o Q de quemar. Palabras totalmente arbitrarias.

Q… Q… ya sé, ¡Q de Q! La Q, dicha en inglés, se pronuncia “kiú”, que significa (en inglés también) lo mismo que queue o “formar fila”. ¿Qué puedo decir? ¿Qué en Vietnam todos se me colaban en la estación de tren? ¿Qué acá no se respetan las filas? ¿Que los únicos salames que hacemos fila somos los extranjeros? ¿Que, según me contaron, la India es el país de las no-filas? No sé si eso merece un post entero. Al menos no ahora, tal vez después de ir a la India sí.

O quizá… ¿Q de Queen? Podría contar acerca de la vez que escuché a un indonesio cantar canciones de Queen en plena noche de Yogyakarta. Pero para eso mejor les dejo el video y listo, no hay mucho más que decir.

Q de qi, Q de qigong, Q de qin y de tantos otros conceptos chinos que no sabría explicarles. No, mejor no hablo de lo que no sé.

Si estuviese en América latina podría decirles Q de Quijote, Q de Quechua, Q de Quesadilla, Q de Quetzal, Q de Quebrada, Q de Quiaca, Q de Quiniela. Pero estoy en Asia.

Y lo que mejor se me ocurrió fue Q de Qu’ran (otra manera de escribir Corán), que tampoco está tan mal, ¿no? Dado que más de la mitad de la población del Sudeste Asiático practica el Islam, no está mal ¿no? :D

Q de Qur'an

La foto es de un Qur’an antiguo que está en exposición en el Museo de Arte Islámico de Kuala Lumpur (Malasia), un lugar muy interesante y con arte excelente.

Asia de la “A” a la “Z”: P de Palitos

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P de Palitos

Cuando llegué a Asia no sabía comer con palitos. En Buenos Aires me había rendido después de varios intentos de agarrar piezas de sushi y pensé que jamás iba a lograr dominarlos.

Tampoco sabía comer con la mano. Mejor dicho, SABÍA comer con la mano (me pasé la vida comiendo empanadas, hamburguesas, pizza y demás con la mano), pero no al estilo musulmán o indio.

Aprendí a comer con palitos en Malasia, gracias a varias amigas asiáticas que me enseñaron con distintas técnicas. Journey (mi amiga china) siempre me decía: “¡Pero es tan fácil comer con palitos! Tenés que agarrarlos así y así”, hasta que de a poco me fue saliendo. Obviamente en cada intento se me patinaba la comida o lograba agarrar de a un noodle por vez. Jolene, una amiga china-malaya, me obligó a aprender de la manera más drástica: me cocinó un almuerzo y me dijo que solamente me iba a dar palitos para comerlo. Jamás comí tan lento y haciendo tanto esfuerzo como aquella vez. Pero después de un tiempo lo dominé.

Aprendí a comer con la mano en Indonesia, cuando Rheden, mi amigo couchsurfer de Jakarta me llevó a comer pollo con arroz y me aseguró: “La mejor manera de disfrutarlo es comerlo con la mano”. Parece fácil pero no lo es. En la cultura musulmana se usa solamente la mano derecha para comer (ya que la izquierda se reserva para todo lo que sea “sucio”), o sea que hay que pelar y cortar la comida con una sola mano. Y ni les cuento lo que me costó aprender a agarrar el arroz para que no me cayera entre los dedos. Con el tiempo perfeccioné mi técnica comiendo mucha comida india, ya que ellos también comen solamente con la mano derecha. :D

Aprendí a comer con cuchara y tenedor en Tailandia, apenas llegué a Asia. Algo que me parecía raro antes (esto de comer con cuchara) ahora me parece muy normal: fueron muy pocas las veces que tuve la necesidad de usar un cuchillo en Asia. Acá la carne siempre viene cortada o se corta con la mano, y en general ningún restaurante o puesto de comida tiene cuchillos, los utensilios básicos son la cuchara, el tenedor y los palitos.

En China aprendí a pelar un camarón usando una cuchara y los palitos (sin tocar el camarón con la mano). Juro que fue uno de los desafíos más difíciles de todos.

Un día en Malasia salí a comer comida india con un grupo de couchsurfers. Nuestra anfitriona, una china-malaya, nos estaba enseñando a comer con la mano de la manera más correcta posible: “.. hay que formar una pelota de arroz para que no se caiga para todos lados y tienen que usar el dedo gordo como una especie de pinza para empujar la comida hacia adentro de la boca…”. Y me dijo una frase que me quedó resonando hasta hoy: “Cada comida tiene su manera particular de comerse —alguna con la mano, otra con palitos, otra con cubiertos— y esa manera siempre será la mejor, la que permita disfrutar esa comida en especial al máximo”. No hay nada mejor que comer la comida india con la mano, la comida china con palitos y un buen asado con tenedor y cuchillo.

El plato de la foto fue uno de los primeros que intenté comer con palitos en Malasia. No solo fallé en mi intento sino que me salpiqué toda la remera porque se me patinaba la comida.

Asia de la “A” a la “Z”: N de Niños

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N de Niños

Me encanta encontrarme con algún nene o nena asiátic@ mientras camino por un pueblo o ciudad, y lo bueno de la cultura callejera asiática es que los chicos siempre están jugando en las veredas.

Lo que me encanta es ver cómo reaccionan al verme, qué es lo primero que hacen.

Todos, incluso los que todavía no hablan, se dan cuenta de que soy un “elemento extraño” en el pueblo o ciudad, que vengo de otro lado, que soy de otra parte del mundo.

La primera reacción es la mirada: cuando me ven, dejan de hacer lo que estaban haciendo y se quedan mirándome fijo, algunos con desconfianza, otros con curiosidad, otros con emoción.

Algunos rompen el hechizo de la mirada y me gritan, contentísimos, hello! hello!

Otros se asustan y se van corriendo en busca de la mamá para esconderse de mí (pero me siguen mirando de lejos).

Están los que ven mi cámara e inmediatamente posan haciendo la V con dos dedos sobre los ojos (estos son la mayoría).

Todavía me acuerdo de la nena camboyana que posaba para todos los fotógrafos que se le cruzaran en las ruinas de Angkor.

O de la nena en Laos que se divertía haciendo poses de lo más estrambóticas frente a las cámaras.

Hay nenes que incluso se acercan y me hablan: algunos repiten hello hasta el cansancio, otros me hablan en su idioma (me acuerdo de una nena camboyana que se me trepó y me habló cual amigas íntimas hasta que la mamá, avergonzada, se la quiso llevar), otros inventan un idioma y me hablan en “ballenés” (asumen que entiendo perfectamente lo que dicen).

Otros me señalan y anuncian, en su idioma, para que todo el barrio se entere: ¡extranjera!

Pero todos, en general, lo toman como un juego y se divierten.

Me gusta mucho sacarle fotos a los chicos, son tan espontáneos que uno nunca sabe qué pueden llegar a hacer. Además no tienen tantos filtros ni barreras, son mucho más simples.

Y lo que me encanta de los chiquitos asiáticos es que para comunicarme con ellos ni siquiera necesito un idioma en común. El único requisito es jugar.

Esta foto la saqué en el mercado local de Penang. La nena estaba jugando y riéndose como loca, pero cuando me vio cambió la expresión y se quedó así, espiándome desde abajo de la toalla.

Asia de la “A” a la “Z”: M de Mercados

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M de Mercados

Con la M me costó decidirme.

Pareciera que todo lo que representa a Asia empieza con M: motos, mezquitas, música, miradas, mujeres, mah jong… M de Muchas Cosas.

Pero después pensé que uno de los lugares más “clásicos” y que más me gustan del Sudeste Asiático son sus mercados. Así que la M va para ellos.

Cuando viajé por Latinoamérica creí que lo había visto todo (en cuanto a mercados), pero acá encontré aún más, y cada cual con su personalidad. En el Sudeste Asiático los hay de todo tipo: callejeros, en carpas, en las veredas, bajo techo, en lugares cerrados, nocturnos, diurnos, cien por ciento turísticos, cien por ciento locales.

Los mercados turísticos son lo más ordenaditos, los que venden los cuadernos de papel reciclado con los dibujos pintados a mano, los que ofrecen telas típicas y ropa de todos los colores (a precios más elevados), los que tienen Budas de todos los tamaños y lámparas con motivos chinos, los que exhiben cuadros con paisajes típicos, postales, libros que hablan de Asia, trabajos hechos en madera, pashminas y chales de la India.

Pero mis mercados preferidos son los locales, los que no están pensados para el turista sino que forman parte de la vida diaria de los asiáticos.

En estos lugares siempre hay ruido y movimiento, motos que avanzan entre las carpas, hombres que venden sus productos sobre alfombras al pie de un auto, mujeres que cortan las cabezas de los pescados sin piedad, chicas que cocinan sopa de noodles en las cacerolas y las sirven de desayuno, señoras que eligen los tomates más rojos y los chilis más verdes para el almuerzo, gallinas que revolean las alas mientras un hombre las degolla a sangre fría, bananas y frutas tropicales que cuelgan con cables y ganchos del techo, nenes que corren entre las mesas. Se venden frutas, verduras, flores, arroz, frutas secas, ropa, velos, gorros, zapatos, celulares, accesorios para celulares, animales vivos, animales muertos, comida recién hecha, comida cruda, pan, roti, pececitos embolsados, conejos, antigüedades, novedades. Hay colores, olores, sonidos, velocidad, voces, gritos, barullo.

Pero lo que más me gusta de estos mercados es que en cada país adquieren personalidad propia, de acuerdo al modo de ser de su gente.

Cuando fui a un mercado local en un pueblo de China nadie me prestó demasiada atención ni me miró dos veces, estaban todos concentradísimos haciendo las compras semanales y buscando las mejores ofertas (probablemente regateando a lo loco).

El mercado local en Hoi An (Vietnam) me pareció aceleradísimo: repleto de gente, con mujeres que gritaban a todo volumen y hombres que hacían zig-zag entre las mesas con un canasto lleno de baguettes en la moto.

En Laos, el mercado me pareció tranquiiilo y silencioso, los vendedores estaban sentados en sillitas o en el piso relajadísimos (a veces ni estaban, desaparecían por media hora y dejaban el local vacío) y respondían a todo con sonrisas tímidas y serenidad.

Y en el mercado de Jakarta (Indonesia), generé una mini-revolución (ya hablé muchas veces acerca de lo que significa ser una bule —mujer occidental “blanca” y “rubia”— en Indonesia… bueno, ahora imaginen a una bule en un mercado local donde no se ven muchas bule por día: revuelo). Todos los carniceros (no sé por qué pero justo fueron los carniceros) me saludaron de lejos, dejaron lo que estaban haciendo y posaron contentísimos. Como el de la foto.

Ah, y por si quieren aprender, acá en Indonesia carnicero se dice orang penjual daging (literalmente “persona que vende carne”).

Asia de la “A” a la “Z”: J de Juventud

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J de Juventud

Cuando estoy por viajar a un país, o simplemente cuando sueño con viajar a algún lugar del mundo, no puedo evitar preguntarme cómo será “la juventud” del país en cuestión. Quiero decir, qué características tendrá la generación de los veintipico.

¿Serán idealistas? ¿Lucharán por alguna causa en especial? ¿Estarán politizados? ¿Qué tipo de arte harán para expresarse? ¿Qué autores leerán? ¿Leerán, harán arte? ¿Qué estará de moda? ¿Qué estará de moda en el circuito under? ¿Qué tipo de música escucharán? ¿Qué música harán? ¿Cuáles serán sus preocupaciones? ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Cuál será su rutina? ¿Sentirán descreimiento ante el mundo a causa de la historia o la realidad de su país? ¿o estarán luchando para crear un lugar mejor? ¿Serán pesimistas u optimistas? ¿Se organizarán bajo tribus urbanas? ¿Qué pensarán de los extranjeros? ¿Tendrán deseos de viajar? ¿Serán receptivos ante los viajeros? ¿O estarán completamente metidos en su mundo?

Antes de viajar a Asia no tenía idea con qué tipo de “juventud” iría a encontrarme acá. Incluso antes de irme de viaje por América latina no sabía qué imaginarme y me sorprendí al descubrir qué parecidos que somos a los peruanos, a los colombianos, a los ecuatorianos, a todas las generaciones de los veintipico del continente. Pero pensé que tal vez América latina, por tener un idioma y una historia en común, era una cosa y que Asia, que ante mis ojos se presentaba como “un mundo aparte”, sería otra. Temía que fuese un lugar tan distinto que haría que me resultara imposible conectarme con la gente de mi generación.

Pero no fue así, aunque en algunos países fue más difícil que en otros. Hay países donde siento que la juventud está exponenciada (o más a la vista), lugares como Malasia, Singapur, Hong Kong, Macau, China, Indonesia donde es más fácil “verlos”, ver cómo se visten, qué comen, a dónde salen, a qué se dedican; pero hay otros lugares donde me resultó más difícil entrar en contacto con ellos, como por ejemplo Camboya (que es, justamente, uno de los países con la población más joven) o Laos, porque no estaban “mostrándose” tanto. Sin embargo esa fue mi experiencia particular y puede que estuviera menos receptiva en algunos países y más abierta en otros.

Lo que me di cuenta es que lo que varía entre la gente joven de un país y la gente joven de otro son las formas: todos se expresan, pero algunos lo hacen a través del cine, otros de la fotografía, otros de la música, otros del baile; todos se reúnen, algunos con la excusa de comer, otros con la excusa de cantar, otros con la excusa de bailar; todos tienen sueños, expectativas, frustraciones, alegrías y tristezas; todos se enamoran, son felices y sufren; todos tienen intereses, ocupaciones, rutinas, planes, ideas, sueños, deseos.

Y ahora que descubrí que acá no son marcianos :P me intriga mucho conocer a la “juventud árabe” y a la “juventud africana”. En este momento siento lo mismo que sentía antes de venirme a Asia: que tal vez nuestras realidades sean tan distintas que no podré encontrar un punto de contacto con ellos. Aunque sospecho que no es así, pero lo comprobaré el día que esté allá.

Esta foto la saqué en Yogyakarta (Indonesia), la ciudad con más arte callejero que conocí hasta ahora en Asia. Me gusta usar algo que llamo el índice graffiti para ver cómo se expresa la gente joven, con qué fuerza lo hace y qué mensaje intenta transmitir. Y en Yogyakarta vi muchísimos murales ecologistas pidiendo “Salvemos al futuro, salvemos al mundo”.

 

Asia de la “A” a la “Z”: I de Idiomas

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I de Idiomas

Acá, que alguien hable más de tres idiomas, es considerado normal.

Un indonesio “común” es capaz de hablar hasta cinco idiomas: primero, el bahasa indonesio (el idioma oficial del país), segundo, el idioma de su isla (si el indonesio es de la isla de Java, hablará también Javanese), tercero, el árabe (en el caso de que sea musulmán, ya que los rezos siempre son en árabe), cuarto, el bahasa melayu o idioma malayo (el indonesio proviene del malayo y ambos son idiomas “hermanos”, así que un indonesio y un malayo pueden comunicarse perfectamente bien, cada cual usando su idioma), y, por último, el inglés (que no todos lo hablan pero muchos lo intentan).

Entonces, durante el día, este indonesio usará por lo menos tres idiomas: Javanese para hablar con su familia, Indonesio para hablar con la gente en la calle (ya que es el único idioma comprendido por todos), Árabe para rezar cinco veces al día, Inglés para trabajar (en el caso de que trabaje en una empresa internacional o en el sector turístico) y slang (o lunfardo) para hablar informalmente con sus amigos.

Esto es algo que nunca deja de sorprenderme.

Esta variedad de lenguajes tiene mucho que ver con la historia de cada país, con las conquistas coloniales, con las corrientes inmigratorias y, sobre todo, con la variedad de culturas, etnias y comunidades que habitan esta región del mundo.

En Malasia, por ejemplo, se habla malayo (el idioma oficial), inglés (el país fue colonia británica y hoy el inglés es casi más usado que el malayo), chino mandarín, chino cantonés, chino hokkien, chino hakka, tamil… por mencionar algunos. Todo depende de qué familia provenga el malayo en cuestión: un chino-malayo (descendiente de los chinos que emigraron a Malasia en el pasado y hoy son la minoría más grande del país) hablará malayo para comunicarse con la comunidad malay, inglés para comunicarse con los extranjeros o con los indios-malayos y el dialecto chino que le corresponda para comunicarse con su familia. Y probablemente también hable Manglish, esa graciosa combinación entre malayo e inglés (algo así como nuestro Spanglish o Portuñol).

Y eso es lo que me resulta más interesante aún, las mezclas que se generan entre idiomas.

En Filipinas, por ejemplo, ya casi nadie habla español (a pesar de que el país fue colonia española durante 300 años), pero sin saberlo mezclan palabras en español en su idioma oficial, el Tagalog. Me resultó muy gracioso estar en Filipinas y que me dijeran “We are going alastres” (así como leen) o escucharlos hablando en Tagalog y pescar palabras como longaniza, flan, seguro (que significa “puede ser”), visita, como está (aunque lo pronuncian kumustá) y puto (para referirse a un postre de arroz, no sean malpensados).

Y acá en Asia no sólo es normal hablar el idioma del país, de la isla, de la etnia, de la comunidad y/o de la religión, sino que también es muy común… ¡estudiar aún más idiomas!

Esta foto la saqué en Penang (Malasia). Un solo cartel demuestra la variedad de idiomas que se hablan en el país: en la foto el mismo mensaje de “multa por tirar basura” aparece en malayo, tamil, inglés y chino.

Asia de la “A” a la “Z”: F de Fotografía

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F de Fotogenica

No sabía el significado de “fotografía” en Asia hasta que vine a Asia.

Acá, por lo menos en el Sudeste Asiático, las fotos forman parte de la vida cotidiana. Son fundamentales para documentar el día a día, diría que son casi esenciales en la vida de toda persona.

Para empezar, “todos”(los que pueden) tienen una cámara: desde una más simple en el celular (nunca vi tantos iPhone como acá) hasta monstruos con lentes de 2 metros de diámetro y 5 metros de largo que se ven en cualquier monumento mínimamente turístico. ¿Creías que tenías lo último en fotografía? Andá a Angkor Wat y vas a ver cámaras que tienen ruedas especialmente fabricadas para transportar las lentes, cámaras tan potentes que van a hacer que a la tuya le de vergüenza salir del estuche.

Y los que no tienen cámara, aman posar. Estás caminando por una aldea china, te cruzás con un nene tan chiquito que todavía ni habla, pero cuando ve tu cámara enseguida se pone los dos dedos haciendo la “V” invertida a 45 grados sobre un ojo y posa con el clásico gestito asiático. Estás en medio de una plantación de arroz, ves a una mujer con su vestimenta típica, tímidamente le hacés señas como pidiéndole permiso para sacarle una foto y no solo acepta, sino que posa “haciéndose la natural” y después te hace señas de que le muestres cómo salió.

Cada vez que un grupo de amigos se junta, alguno lleva la cámara y todos se sacan fotos mirando para allá, mirando para acá, con esa fuente en el fondo, con algún extranjero desprevenido, con los platos de comida, en fila, de espaldas, de frente, de arriba. Las opciones son infinitas.

Acá la discusión Nikon vs. Canon es polémica. Cada vez que ven mi Nikon me preguntan, horrorizados, “¡¿Por qué no usás Canon?!”. Yo no soy ni pro-Canon ni pro-Nikon, las dos me parecen excelentes cámaras, pero según dicen acá, “los asiáticos salen mejor fotografiados con Canon y los occidentales salen mejor con Nikon”. Por una cuestión de colores, dicen.

Lo que más me gusta de la fotografía en Asia es que es un ida y vuelta: nosotros, occidentales/extranjeros/visitantes les sacamos fotos a ellos porque nos resultan extremadamente fotogénicos y extremadamente exóticos. Y ellos, asiáticos, nos sacan fotos… ¡por las mismas razones! En Indonesia cualquier extranjero es una estrella de cine y aparecerá en la foto de perfil de Facebook de más de uno, en la India, según me contaron, prefieren sacarse fotos con los extranjeros que con los paisajes, ruinas o monumentos. Y eso me encanta, porque nosotros nos llevamos algo de ellos y ellos se quedan con algo nuestro. Aunque sea algo tan efímero como una imagen que en algún momento fue real.

Asia es fotogénica, su gente es fotogénica, sus paisajes son fotogénicos, sus colores son fotogénicos… Ahora entiendo por qué tantos fotógrafos se enamoran de este continente y dedican su carrera a esta zona del mundo.

*Esta foto la saqué en Macau, ciudad colonial portuguesa de China.

Asia de la “A” a la “Z”: D de Durian

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Lo llaman El Rey de las Frutas (The King of Fruits) por su tamaño, por su corteza, por su sabor… y por su olor.

Pesa entre entre uno y tres kilos y tiene una cáscara muy gruesa cubierta de “pinches”.

Lo venden en mercados y supermercados, también en puestos callejeros y en la parte de atrás de los camiones.

Para encontrarlo basta con usar el olfato: el olor del durian es tan fuerte que penetra la cáscara aún cuando está intacta.

Algunos dicen que tiene olor a queso mezclado con almendra mezclado con cebolla mezclado con pata (de “olor a pata”). Hay quienes fruncen la nariz cuando lo huelen y hay quienes sienten la tentación de comer uno apenas perciben su aroma.

Por dentro, la fruta tiene una consistencia cremosa y pesada. Es rara. También tiene semillas grandes que se pueden usar para cocinar.

El durian crece en Brunei, Indonesia y Malasia y forma parte del imaginario popular de todos los países del Sudeste Asiático.

En Singapur te multan si entrás con uno al subte. En esa ciudad, además, hay una construcción llamada The Big Durian porque parece un durian gigantesco puesto en medio de la calle.

En la isla de Java se cree que el durian tiene propiedades afrodisíacas. En Indonesia también se dice que el durian tiene ojos, ya que jamás cae de los árboles sobre la cabeza de algún distraído.

En Hong Kong y Singapur se hicieron películas y programas de televisión con el nombre de este fruta. Algunos dicen que el durian es el símbolo de la belleza y de lo feo, ya que estas cualidades, al igual que el sabor de la fruta, son decisiones subjetivas de cada persona.

El durian divide opiniones, es una fruta extrema. La amás o la odiás.

Una actividad que divierte mucho a los asiáticos es llevar a los extranjeros a comer durian. Les encanta. ¿Ya probaste el durian?, es su pregunta predilecta. Y cuando te llevan a comerlo por primera vez, te advierten: mirá que no hay punto medio eh, con el durian no hay opiniones diplomáticas, te va a parecer lo más rico o lo más feo del mundo. Y después sacan la cámara o el celular para filmar tu cara y no olvidar el momento de asco o placer que vas a pasar.

El durian es una fruta polémica, pero dicen que si no lo probás, tu viaje por el Sudeste Asiático no está completo.

***

Al margen, quiero saber si alguno de ustedes probó el durian y cuál es su opinión al respecto. Yo lo probé, y…

Asia de la “A” a la “Z”: C de Cultura Callejera

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En el Sudeste Asiático la vida transcurre en la calle.

O tal vez podría decir: en el Sudeste Asiático, lo privado se traspasa al ámbito público.

O incluso: lo que en otras partes del mundo se considera “privado”, en el Sudeste Asiático es indiscutiblemente “público”.

Los oficios se realizan en las veredas, al aire libre. La comida se cocina en carritos y se come en sillitas puestas frente a las casas.

Las viviendas no tienen rejas y casi siempre tienen alguna ventana o puerta abierta. Es común ver los zapatos amontonados en la puerta de entrada y darse una idea de cuánta gente hay adentro.

Los negocios, en general, ni siquiera tienen pared de frente, sino que tienen un hueco que invita a pasar sin tener que abrir ninguna puerta, sin trasladarse del “afuera” al “adentro”. Tienen un hueco que permite espiar desde la calle y saludar. Tienen un hueco que solamente se cierra de noche con una persiana o con una reja del tipo puerta manual de ascensor.

Para la gente grande, las veredas se convierten en restaurantes, cocinas, negocios, lugares de reunión, lavaderos, estacionamientos, lugares de descanso. A veces hasta en baños.

Para los chicos, las veredas son canchas de fútbol, pistas de bicicleta, bosques, castillos, supermercados, playas. Las veredas son el lugar donde correr, donde saltar, donde reírse, donde jugar, donde aprender.

En el Sudeste Asiático la cultura callejera es algo compartido. Acá lo privado pasa a ser de todos y nadie se avergüenza de realizar esas actividades, tan básicas de los seres humanos, frente a la mirada de los demás.

 

Asia de la “A” a la “Z”: B de Buda

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Antes de viajar a Asia, ya había oído hablar de él.

Lo había visto replicado en estatuitas de madera en locales de decoración de moda.

También me lo había cruzado en varios hogares New Age.

Había leído algunas de sus enseñanzas y recuerdo haber copiado sus Cuatro Nobles Verdades en un cuadernito para no olvidármelas nunca.

No sabía más de Buda que palabras sueltas, fragmentos de su vida.

En realidad no sabía nada.

Sin embargo siempre sentí un extraño deseo de encerrarme en un templo budista, aprender a meditar y olvidarme del mundo.
De viajar solamente por mi mente.

Y ahora que estoy en Asia, no puedo decir que sepa mucho más acerca de Buda que antes. Pero este viaje me permitió ver,
con mis propios ojos, qué rol cumplen Buda y sus enseñanzas en la vida cotidiana de las personas.

Entré a todos los templos que me crucé y siempre me encontré con gente rezando de rodillas o de pie,
sosteniendo los sahumerios con las dos manos frente al pecho, agachando la cabeza y realizando todo tipo de ofrendas.

Vi mujeres solas, hombres con amigos, madres con sus hijos, ancianos. Todos dirigiendo sus rezos y agradecimientos a la imagen de Buda.

Por primera vez conocí y hablé con monjes budistas; me los crucé descalzos, pidiendo donaciones; los vi de todas las edades y con distintos colores de vestimenta. Conocí también a monjas budistas y aunque las miré de lejos, no pude evitar sentir intriga por su vida y ganas de aprender de ellas.

Conocí a Buda en sus distintos estados: sentado, acostado, con la mano levantada, con las manos sobre las piernas, riéndose.

Lo encontré en todo tipo de situaciones: en parques, en hogares, en templos, en montañas.

Vi algunos de los Budas más grandes del mundo e incluso al más chiquito a través de una lupa.

En este año de viaje debo haber entrado a más de cien templos y jamás me aburrí.

Y si aprendí algo, es que acá Buda no es un adorno ni un elemento de decoración.

Buda es parte de la vida de las personas.

Pero como el mundo es mundo, a la salida de muchos grandes templos hay negocios,

y en esos negocios,

Buda no es más que un simple souvenir.

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