Fotorrelato: las comidas y costumbres gastronómicas asiáticas que más extraño

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Pienso en Asia y pienso en comida. ¿Te acordás de la vez que volviste a Malasia solo para comer más roti canai? ¿Y del postre de mango por el que te tomaste como tres combis y atravesaste Jakarta? Y el pan de sal de Filipinas, por favor ese pan. Perá, ¿y el pad thai que te prepararon en la estación de tren de Bangkok? Uff, el mejor de mi vida y solo por 20 baht (0.50 usd, en ese momento). ¿Y las comidas comunitarias en China? Ese tofu, por dios. Como viajé sola, estas conversaciones las tengo conmigo misma. No se preocupen que estoy bien. Bah, más o menos, cada vez que veo fotos de la comida asiática considero la posibilidad seria de volver, instalarme y dedicarme a ser tester de sabores.

Cuando me dijeron, antes de viajar, que lo mejor de Asia era la comida sentí que ese no iba a ser un aspecto muy relevante en mi viaje. Antes de Asia yo no comía nada con picante, casi no usaba pimienta y la variedad de comidas que había probado no era demasiado amplia. Siempre me gustó comer, pero no pensé que podía hacerlo con tanto fanatismo y entusiasmo como en el Sudeste Asiático: cada día era una oportunidad para probar un plato distinto. “Acá todo tiene que ver con comida”, me dijeron malayos, filipinos, indonesios, tailandeses, chinos. It’s all about food. Y es cierto: cualquier excusa es buena para reunirse con amigos o familia a comer. La comida se cocina en la calle y hay puestos en todas partes, así que es imposible no tentarse. Pasé casi un año y medio viviendo y viajando por Asia, así que probé más platos de los que recuerdo. Estos son algunos de los que más extraño. Casi no puedo ver estas fotos: se me hace agua la boca.

* Pollo thai con baby corn (Tailandia)

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No sé si el de la foto es la versión original y completa de este plato. El Gai Pad Yod Khao Podchicken thai with baby corn es un plato simple y rápido: en un wok se saltea el pollo y se le agrega cebolla y ajo, después, con el fuego un poco más bajo, se le pone el baby corn (los mini-choclos), hongos, salsa de pescado (o de ostras), azucar y pimienta. Se sirve con arroz.

* Char Kway Teow (Malasia y Singapur)

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Este es uno de mis platos preferidos y uno de los más populares de Malasia, si bien también se prepara en Singapur, Brunei e Indonesia. Char kway teow viene del Hokkien —dialecto hablado por inmigrantes chinos en muchos lugares del Sudeste Asiático— y significa “tiras de pastel de arroz rehogadas”. Los ingredientes: fideos de arroz, salsa de soja, ají, gambas, berberechos, brotes de soja, cebolla china y huevos. Es un plato barato y se consigue en todos lados. Si lo habré comido.

* Laksa (Singapur)

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Ohpordios las sopas. Ohpordios los noodles. Esta foto la saqué en Singapur, pero el origen del plato es malayo y es uno de los más populares de la cocina peranakan —la fusión de cocina malaya y china—. Tiene un montón de variantes, aunque a grandes rasgos hay tres tipos:

1. Curry laksa: sopa de curry con leche de coco, tofu, bastones de pescado, gambas, berberechos y noodles. Se sirve con una cucharada de sambal —pasta de chili— y hojas de coriandro.

2. Asam Laksa: sopa a base de pescado con tamarindo, pescado, vegetales, menta, gengibre, fideos de arroz fino y pasta de gambas.

3. Sarawak Laksa: sopa sin curry con tamarindo, ajo, limón, leche de coco, tiras de pollo, camarones, coriandro y lima. Esta versión proviene de Sarawak, en la isla de Borneo.

* Roti canai (Malasia)

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Debo haber comido dos, a veces tres, por día mientras estaba en Malasia, y no exagero. Podría vivir a base de esto. Se pronuncia roti chanai y se sirve en todos los mamak stalls de Malasia —los mamak son los tamiles musulmanes malayos, descendientes de los indios que emigraron del sur—. Es un tipo de pan indio que se sirve con dhal —una salsa de lentejas— y otros tipos de curry. Se come con la mano y es ideal para el desayuno o como snack nocturno. Yo lo comería todo el día.

* El plato indio del día, servido sobre hojas de planta de banana

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Hablando de comer con la mano, extraño los comedores indios de Malasia —no digo de India porque no estuve por allá aún— donde por pocos ringgits te servían las verduras del día y te dejaban repetir todas las veces que quisieras. A veces las salsas eran tan picantes que se me caían las lágrimas mientras comía y eso me generaba ganas de comer más y más. Les habrá pasado.

* Bah, cualquier plato indio me viene bien

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Como este que comí en Singapur. Por algo es una de mis gastronomías preferidas.

* La comida Padang y la comida vegana (Indonesia)

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Me costó adaptarme a la comida indonesia: al principio me parecía demasiado picante y no tan variada como la malaya. De a poco fui encontrando mi huequito gastronómico. Si están en Indonesia les recomiendo que prueben la comida Padang: es la que aparece puesta sobre una pirámide de platos en la vidriera del restaurante. Suelen ser buffets, podés servirte lo que quieras y hay varios rangos de picante. Si van a Yogyakarta y quieren probar algo distinto a lo habitual —o son vegetarianos— pregunten por los puestos de comida vegana.

* El tofu en todas sus formas

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Me encariñé con el tofu, y allá lo cocinan tan bien. El tofu es algo así como un queso a base de leche de soja. Tiene una textura firme, aunque más blanda que el queso, es color crema y suele aparecer en el plato en cubos. Es originario de China aunque también se usa mucho en Japón y Corea, tiene muy pocas calorías, bastante proteína y hierro y casi nada de grasa: es una comida muy sana y un buen sustituto de la carne. En ningún lugar del mundo lo probé cocinado tan rico como en los restaurantes chinos.

* Las mezclas agridulces

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En Argentina suelen mirarme raro por comer pizza con ananá. No me importa: también como arroz con mango, arroz con ananá, arroz con pollo y pepino y todo lo que tenga sabores opuestos. Una de las mejores cosas de las gastronomías asiáticas es esa mezcla de gustos. Este es un plato indonesio muy sencillo: arroz, pollo, cebolla y pepino.

* El Pad Thai o su versión laosiana: el Pad Lao

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El plato de cabecera de la cocina tailandesa y uno de los más ricos que probé. Fideos de arroz salteados con huevo, salsa de pescado, salsa de tamarindo, pimiento rojo y brotes de soja, gambas, pollo o tofu, con un toque final de maní picado, cilantro y una rodaja de lima. Basta, se me hace agua la boca. La foto la saqué en Laos así que es una versión quizá alaosiada (?) del pad thai.

* Los noodles en todas sus formas

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No puedo no amar los noodles: son perfectos. ¿Qué son los noodles? Para simplificar digamos que es una pasta fina que puede estar hecha a base de arroz, harina o huevo y que se puede hervir, freír o cocinar en sopas y acompañar con todo lo que se les ocurra. Su origen es chino —dicen que existen hace más de 4000 años— pero todos los países asiáticos los usan entre sus ingredientes y lo adaptan a su paladar. A mí me gustan todos: en sopas, en ramen, con huevo, salteados, con pollo, picantes, al wok, con salsa de soja, instantáneos. Y lo que más me gusta: comerlos con palitos.

* Hablando de China, otras dos cosas que extraño: el arroz y las comidas comunitarias

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En este post cuento con mucho más detalle cómo es comer en China, pero si hay dos cosas que destaco y que extraño son el arroz y los platos compartidos. El arroz en Argentina no es muy popular: debe ser porque el arroz asiático casi no llega. En Asia hay decenas de variedades de arroz y las comidas no son comidas si no hay arroz en la mesa. Además, la gente se sienta a comer en grupo, por eso lo normal es pedir varios platos, ponerlos en el centro y probar de todo un poco. Con las chinas de la foto, tan amigas como nos ven, no fui capaz de cruzar ni una palabra, pero viajamos tres días juntas, comimos y paseamos como si fuésemos íntimas. La historia, junto con la de mi mes de viaje por China, está en este capítulo de mi libro.

* El ritual del té

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En China aprendí a tomar té sin azúcar y nunca más di marcha atrás. Ahí el té acompaña a todas las comidas y prepararlo es un ritual que tiene sus pasos e instrumentos. Una de las costumbres que más me gusta de las rondas de té es el golpecito que se da sobre la mesa con los dedos índice y medio para expresar agradecimiento a quien está sirviendo las tazas. Se cree que la costumbre se originó durante la Dinastía Qing, cuando el emperador Qian Long viajaba de incógnito por el imperio y los sirvientes tenían prohibido revelar su identidad. Una vez, en un restaurante, el emperador se sirvió una taza de té y llenó también la taza de su sirviente, este quiso arrodillarse y agradecerle pero al no poder hacerlo puso los dedos sobre la mesa y los dobló en señal de respeto, como si se estuviese arrodillando. Ese gesto se convirtió en un golpecito de agradecimiento.

* El pandesal (Filipinas)

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Todavía me acuerdo del día que probé el pandesal en Filipinas. No me lo esperaba, ya me había acostumbrado a pasar meses enteros sin comer pan —algo que en Argentina hacía todos los días— y había perdido un poco la fe: Asia tiene una gastronomía deliciosa, pero el pan casi no aparece. Filipinas, al haber sido colonia española y estadounidense —y un país que parece salido de otra región del mundo— tiene una gastronomía más parecida a la nuestra: pan, pastas, pizza, flan. Y pan. El pandesal (“pan de sal”) está hecho con harina, huevos, levadura, azúcar y sal, es blandito, es más dulce que salado y es una de las mejores cosas que me pasó después de meses sin pan.

* Parece pan pero no es pan: el onde-onde (Indonesia)

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Vamos pasando a lo dulce. Así de chiquita como la ven, esta bolita de onde-onde es un bocadito de felicidad. Es un dulce frito de origen chino que se hace a base de harina de arroz glutinoso —el arroz pegajoso—, se llena con pasta dulce de beans —nunca sé cómo traducir beans: ¿garbanzos? ¿habichuelas?— rojas o negras y se cubre con semillas de sésamo. Es crujiente por fuera y un poco gomoso por dentro. Lo amo. Se consigue en China, Japón, Indonesia, Malasia, Filipinas y Vietnam.

* Las galletitas de almendra de Macau

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Bueno, ahora sí estoy en mi salsa. Soy muy dulcera y todo lo que tenga almendras me puede —hola mazapán, hola macarons—. Las almond cookies o almond cakes son uno de los emblemas de Macau, una región china que fue colonia portuguesa. Casi todos los negocios del centro, cerca de las ruinas de la Catedral de St Paul, las venden como souvenirs. Les voy a confesar algo: pasé tardes enteras entrando a cada uno de esos negocios solo para probar las muestras gratis. No me pude controlar. Es una adicción. Soy adicta a las almendras.

* Y las egg-tarts (también en Macau)

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Macau, como les dije, fue colonia portuguesa hasta 1999 y una de las huellas más interesantes que quedó fue la gastronomía. La cocina macanese es una fusión de comida china y portuguesa, con sabores del Sudeste Asiático y América Latina, que solo existe en Macau. Y estas egg tarts que ven en la foto son la adaptación local de los pastéis de nata: un dulce de huevo típico de Portugal. Otra perdición. 

* Este postre taiwanés (probado en Kuala Lumpur, Malasia)

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Si me preguntan qué es esto les digo no sé. Una mezcla de hielo picado, azúcar y cosas dulces y blanditas. Se llama Bao Bing y tiene red azuki beans, mung beans, taro balls endulzado con azúcar o leche condensada. Seguro que así les queda mucho más claro. No importa, no hay que entender a la comida, solo disfrutarla.

* El mango lo (Kuala Lumpur)

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No sé si lo notaron, pero uno de mis países preferidos para comer es Malasia. Este postre lo comí varias veces en Kuala Lumpur: hielo picado, mango fresco y unas bolitas de gelatina. Sin son fanáticos del mango como yo es uno de los postres más deliciosos y refrescantes. Y barato, toda la comida callejera en Malasia es barata.

* El sumun: coconut milk sticky rice con mango (Laos)

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Este postre tiene todo lo que me gusta: sticky rice —el arroz pegajoso—, leche de coco, mango fresco y maní. Los laosianos comen arroz glutinoso como parte de su dieta principal: lo llaman khao niao, lo cocinan al vapor en canastos de bambú y lo usan para platos salados y dulces.

* Las frutas

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El Sudeste Asiático es un paraíso de frutas tropicales. Ahí probé algunas que ni sabía que existían y que pasaron a ser mis preferidas como estas dos: la fruta del dragón y el mangosteem. La fruta del dragón promete desde afuera: es rosa, parece una flor, es intrigante. Adentro es blanca —también hay una variedad violeta— y tiene un montón de semillitas negras. Tiene la contextura como de una pera mezclada con manzana. El mangosteem, en cambio, no dice mucho: tiene una cáscara dura y no es muy llamativo, pero no me da miedo decir que es la fruta más rica que probé en Asia. Le dicen la reina de las frutas por su sabor y su frescura. Por favor, si andan por allá, coman por mí.

En este post intenté describirle ambas frutas a una amiga que nunca las había probado: A qué se parece.

* Y otras cositas de colores

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Como estos helados.

O como este dulce de Singapur que siempre recordaré como “la goma de borrar color arco iris”:

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Me parece que voy a tener que volver para escribir la segunda parte de este post.

[box type=”star”]Si este fotorrelato te gustó, podés ver más acá. O si querés saber un poco más de cada gastronomía, te invito a pasar por algunos capítulos de “Comiendo por ahí”: Tailandia, Malasia, China, Indonesia. ¿Qué comidas asiáticas te gustan? Contame en los comentarios![/box]

Vuelve “Viajando en una foto”

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, Viajando por ahí solía tener una sección llamada “Viajando en una foto”.

Era una sección que escribía cada vez que estaba de “no-viaje” (es decir, instalada en alguna ciudad) y que cumplía la función de lo que vulgarmente se conoce como “relleno”, cual jamón y queso de la empanada de este blog (?). Se trataba, básicamente, de postear una “foto del día” y escribir unas pocas lineas al respecto (ya sea la historia o backstage, la cadena de casualidades que me llevó a esa imagen o una simple reflexión derivada de ella).

Últimamente me está pasando algo que me dice que tengo que reinaugurar esta sección: cada vez que reviso mi archivo de fotos (extenso, muy extenso), me encuentro con imágenes que ni recordaba que había sacado y que me sorprenden, me transportan o me hacen preguntarme: “Ay… ¿te acordás de cuando estuviste ahí?” :). Entonces pienso, ¿por qué no compartir estas imágenes sueltas en el blog? ¿Por qué no usar estos meses de quietud (estaré unos meses en Buenos Aires) como excusa para compartir fotos que no tienen que ver con nada (pero que tienen que ver con mis viajes)?

Así que en este solemne acto declaro reabierta la sección Viajando en una foto y me comprometo a compartir mis fotos preferidas (no por eso “las mejores”, sino las que más me gustan y sorprenden) con todos ustedes. Intentaré subir aunque sea una foto por día o cada dos días, como para no perder el espíritu viajero. E intentaré, también, sorprenderlos con fotos que no haya subido nunca a este blog. Esta sección empezó con un bigote, así que quién sabe con qué aparecerá mañana.

Y para reinaugurar, lo hago con mi foto “preferidísima”, con una imagen que tengo impresa y colgada en mi casa y que nunca pero nunca deja de hipnotizarme. Fue una de las primeras fotos que saqué con una reflex. La capturé en las afueras de Kuala Lumpur (Malasia), allá por abril de 2010, cuando recién empezaba mi viaje por Asia. ¿Qué me gusta de esta foto? Esa mirada. Esos ojos negros me transportan inmediatamente a ese templo hindú, a esas escaleras, a esa madre, a mí misma diciéndole “She’s so beautiful! May I take a picture?”, y al click que inmortalizó esas caras. Podré estar en mi casa en Buenos Aires, pero miro esta foto y viajo.

Historias minimalistas de Malasia (VI): sobre las cuatro estaciones y las diferencias al hervir un huevo en verano o en invierno

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Después de pasar 12 días en Malasia, me despido del país con un roti canai (quien haya estado acá sabe que estos “panqueques con curry” son adictivos) y me subo al skybus, el colectivo que me llevará al aeropuerto de Kuala Lumpur por 10 ringgit (3.5 dólares) para tomar el vuelo de vuelta a Indonesia.

Está repleto. Me siento contra la ventana e inmediatamente una mujer china-malaya se sienta al lado mío. Tendrá unos 65 años. Me mira, me sonríe y me pregunta a qué país me voy. Le respondo que voy a Indonesia y nos ponemos a charlar, le cuento que me vine a Malasia porque se me había vencido la visa, que soy de Argentina, que escribo, que me gusta viajar.

Inevitablemente, hablamos de comida. Pareciera que en Malasia todos hablan de comida. Le digo que nunca vi semejante variedad de comida como en Malasia: acá tenés comida malay, comida china, comida india, comida india-malay, comida china-malay, comida “occidental”, comida de Medio Oriente, carne de Australia y Nueva Zelanda, pescado de Japón, postres italianos, panaderías francesas. En fin. Para todos los gustos.

Me dice que de Argentina todo lo que sabe es fútbol, No llores por mí Argentina, vino y asado. Me pregunta qué clima hay en Argentina y le cuento acerca de las cuatro estaciones. Hablo acerca de la primavera y el otoño, mis dos estaciones preferidas, que tanta falta me hacen en este clima tropical inmutable. Le pregunto si ellos sienten la necesidad del frío o si están completamente acostumbrados al calor constante.

—En realidad acá en KL no estamos tan acostumbrados: si te fijás, hay aire acondicionado en todos lados, en las casas, en las oficinas, en los transportes públicos, en los shopping. Tratamos de no salir mucho. Y cuando necesitamos invierno, nos vamos a Cameron Highlands.

Cameron Highlands es una zona montañosa y “fría” de Malasia, un lugar que conocí en mi primer paso por el país y que llamé “el Disney de las frutillas”. Igual, frío frío no hacía, pero estaba lindo para escapar un poco del calor agobiante.

Mientras ella (su nombre es Jo Ann, perdón por no haberla presentado antes) me habla acerca de la comida que cocina cada vez que va con su familia a Cameron Highlands, yo pienso en esto de las cuatro estaciones vs. una estación. Yo estoy acostumbrada al cambio de estaciones, a que el año esté dividido en cuatro, al ciclo “calor → menos calor → frío → menos frío → calor otra vez”, y es algo que me gusta muchísimo, tal vez por su sentido metafórico: eso de que todo en esta vida son ciclos, como la misma naturaleza. Me da cierta esperanza saber que todo lo malo va a desaparecer una vez que empiece la primavera, que después del frío siempre nacen flores y sale el sol. Y me pregunto qué sentirá la gente que nació en zonas del mundo donde las estaciones jamás cambian, donde hay un clima constante a lo largo del año y de la vida. ¿Necesitarán un cambio? ¿o esa “inmovilidad climática” los hará creer, a la vez, que nada en la vida puede cambiar, que la realidad es única e inmutable y que el estado de las cosas siempre será el mismo?

Mientras me cuestiono estas diferencias, Jo Ann afirma:

—… porque no es lo mismo hervir un huevo en Cameron Highlands que hervir un huevo en Kuala Lumpur.

—¿Qué? ¿Cómo es eso?

—Claro, en Kuala Lumpur si querés cocinar un huevo “semi-duro” lo ponés seis minutos en agua hirviendo y, gracias al calor que hace, queda perfecto; pero en Cameron Highlands, el frío hace que el huevo se cocine de otra manera. A mis hijos no les gusta, dicen que queda raro. Probalo, tratá de hervir un huevo en verano y otro en invierno y vas a ver.

Juro que lo voy a hacer. Tal vez esa sea la respuesta a todos mis planteos filosóficos.

La foto es de un huevo que “balancee” en la mitad del mundo (Ecuador), donde me aseguraron que por el choque de fuerzas contrarias y la falta de gravedad (o algo así) era posible parar un huevo sobre la cabeza de un clavo. El huevo no deja de sorprenderme por su participación en planteos metafóricos, metafísicos y existencialistas.

Otoño en el Delta argentino (foto sacada en el 2008 o 2009, ya ni me acuerdo)

Soy una melancólica del otoño, es una de las cosas que más extraño cuando estoy de viaje

Historias minimalistas de Malasia (V): dentista

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Afuera hacía tanto calor que decidí volver al hostel sin culpa. No me gusta caminar a la una del mediodía bajo el sol asiático ecuatorial, la luz tampoco es buena para sacar fotos, así que me pareció el mejor momento para descansar sin remordimiento.

Me acosté en una de las diez camas del dormitorio compartido del hostel donde estaba alojándome en Melaka (4 dólares la cama, por si se lo estaban preguntando) y me puse a trabajar con la computadora como si el mundo exterior no existiera (tengo ese problema, cuando me pongo a escribir, todo a mi alrededor desaparece). Estaba sumergida en mi mundo cuando alguien rompió la burbuja con el clásico “Where are you from?” (“¿De dónde sos?”), la pregunta que, al viajar, es necesaria, inevitable y perfecta para iniciar cualquier tipo de conversación entre dos desconocidos que claramente son extranjeros.

Era una mochilera suiza que estaba viajando con su novio por Asia por primera vez. Le dije que era argentina y vi que miró la computadora y me miró a mí con cara de “¿qué hacés frente a la computadora en este lugar del mundo y a esta hora del día?”, pero no dijo nada y yo tampoco me justifiqué. Y arrancó el interrogatorio (simpático, obvio) de siempre, al que cada día me cuesta más responder (por un tema de tiempo, ya que todos los días me preguntan lo mismo y a veces me da pereza extenderme y explicar bien “qué es lo que hago en esta vida y en esta parte del mundo”): ¿Hace mucho que estás viajando? ¿A qué te dedicás “en Argentina”? (pareciera que todavía es difícil concebir que alguien pueda viajar y trabajar a la vez) ¿Viajás sola? ¿Y cuándo volvés a Argentina? ¿Y qué vas a hacer cuando vuelvas? ¡Ah! Sos escritora de viajes, ¡qué buen trabajo! Sí, es un buen trabajo pero no tan glamoroso como parece de afuera… pero, ¿para qué entrar en detalles?

Estas preguntas son tan fáciles que podría responderlas con monosílabos, pero en el fondo son armas de doble filo. La persona que pregunta se irá feliz con su colección de respuestas y con la versión simplificada que se lleva de la persona a la que acaba de conocer, pero la persona que “es preguntada” (en este caso, yo) puede sentirse un poco confundida durante el resto del día. Ese “¿y qué hacés de tu vida?”, una pregunta disfrazada de simpleza, es mucho más compleja de lo que parece, y si te la hacen en uno de esos días en los que te planteas el significado de la vida y tu objetivo en este mundo, chau. Cuestionamiento interno, dudas y miedos por una semana, mínimo.

Melaka, con iglesia de fondo

… templos…

La mezquita a pocos metros de mi hostel

La mezquita a pocos metros de mi hostel

Cuando el sol empezó a bajar salí a caminar por ahí. Los fines de semana Melaka se llena de gente: es una ciudad colonial que queda a menos de dos horas de Kuala Lumpur, es abarcable a pie y en menos de dos días, tiene un mercado nocturno interesante, la comida es riquísima y barata y los conductores de rickshaw esperan en cada esquina en sus bicicletas cubiertas de flores para llevarte a pasear entre iglesias y ríos. Un pueblito de esos que llaman “pintorescos”.

A la espera de pasajeros

Me alejé un poco de las calles principales (ni siquiera cambié de barrio, sino que caminé por callecitas paralelas) y no encontré a ningún turista. Encontré, en cambio, una ciudad vacía y adormecida, con detalles que le otorgaban personalidad. Me hice amiga de un gato callejero que se me colgó de las zapatillas suplicando que jugara con él, me crucé con un chino que iba en bicicleta y me preguntó de dónde era (cuando le respondí argentina me dijo, muy seguro de sí mismo, “No, you are American, you have American accent”), espié a un hombre que se quedó dormido frente a su negocio y a una mujer india que estaba cocinando en la entrada de su casa. Encontré altares silenciosos en las columnas y en las esquinas, observé rituales religiosos en los templos y mezquitas y presencié rituales gastronómicos en el mercado (como el simpático chino que apretaba los noodles con una mano). Caminé, anónima una vez más, entre gente a la que jamás volvería a ver.

Esta señora estaba asomada a la ventana de su casa, charlando con la gente que pasaba por ahí

El que se durmió

Lavando los platos en la puerta (a esto le llamo cultura callejera)

Fogata en la entrada

¿Qué esperará?

Un altar chino

Helados de colores!

Esa noche, mientras leía El Gran Bazar del Ferrocarril, de Paul Theroux, me encontré con el siguiente fragmento:

[quote style=”boxed”]“Rashid, el conductor del coche-cama, me ayudó a encontrar mi compartimento y tras dudar unos segundos, me pidió que revisara su diente. Le estaba causando mucho dolor, dijo. La solicitud no era impertinente. Yo le había dicho que era dentista. Me estaba cansando de la inquisición asiática: ¿De dónde vienes? ¿Qué haces? ¿Casado o soltero? ¿Hijos?”[/quote]

Y sentí, como muchas veces nos pasa a los lectores, que Theroux había escrito esas palabras para que yo las leyera casi 40 años después, sentada sobre la cama en un hostel de Malasia, tras cuestionarme el tema de mi/nuestra identidad y mi/nuestra misión en este mundo.

Y pensé, Theroux estuvo bien. De ahora en más voy a decir que soy dentista y me estoy tomando un año sabático en Asia.

¿Alguien necesita que le revise la muela?

Historias minimalistas de Malasia (IV): Torero

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Voy en el asiento de atrás del auto de Tippi. Ella, su amigo y yo vamos rumbo a Georgetown, el barrio histórico de la isla de Penang (Malasia), para caminar un rato y comer en nuestro restaurante de comida india preferido.

Tippi prende su iPod y escucho, a todo volumen: Toreeeeeeeero, eres la violencia en televisión, toreeeero, eres asesino por vocación, toreeeeeeerooo… ¡¿Qué?! ¿¿¿Mi amiga china escuchando Ska-p en Malasia??? ¡Qué momento que jamás pensé que iba a existir! Me empiezo a reír y le pregunto si sabe lo que dicen las canciones, me responde que no tiene ni idea, pero que un alemán le copió algunos temas en su computadora y los escuchas porque le gusta cómo suena. Me pongo a traducir las letras y el resultado es cómico: “…esta habla acerca de los toreros; en esta critican al gobierno, a Estados Unidos, a todas las instituciones que se les ocurra; en esta comparan al Papa con una mosca (¿cómo traducir “cojonera”?); en esta dicen que McDonald’s es una…”

Me doy cuenta de que por más que les explique las letras, hay ciertos aspectos culturales que son muy difíciles de traducir. Supongo que es como cuando escucho las canciones de L’arc en Ciel, una banda de rock-pop japonesa: me gusta cómo suena pero no tengo idea de lo que dicen, y por más que traduzca el contenido, hay muchos significados culturales intrínsecos que jamás voy a captar.

Seguimos charlando en el auto y sale el tema de mi blog. Tippi, siempre tan pragmática ella, me dice que “lo mejor” es que de ahora en más empiece a escribir en chino mandarín o algún idioma indio, ya que más de un quinto de la población mundial proviene de esos países. Sí, como poder podría agarrar el Google translate, traducir todo y promocionarme en la blogósfera india (?) pero dudo que tenga éxito, ya que es como intentar traducir las canciones de Ska-p al inglés. Hay cosas que son intraducibles.

Esa tarde, mientras caminaba por Georgetown, me encontré con estas postales cotidianas esperando ser fotografiadas. Y me di cuenta de una de las expresiones verdaderamente universal es la imagen, por eso la fotografía es un arte que llega a tanta gente sin importar el idioma o el contexto cultural.

Así que pongo estas fotos acá en mi blog, con la esperanza de que algún chino o indio las vea y catapulte mi blog a la fama en sus países. Ni traductor voy a necesitar.

Historias minimalistas de Malasia (III): Sobre naranjas caras

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

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Tras pasar doce días en Malasia me di cuenta de algo. Como ya es la cuarta o quinta vez que paso por ese país (por un tema de visas y vuelos baratos), mi mirada cambió: en vez de quedarme boquiabierta con los paisajes y la arquitectura, esta vez me dediqué a “observar” a (y ser observada por) la gente. Lo hice sin darme cuenta, pero lo noto ahora, sentada frente a la computadora, mientras recuerdo todos los diálogos espontáneos en los que participé y todas las situaciones en las que aparecí sin planearlo.

Lo malo de viajar solo, dirán algunos, es justamente la soledad. Lo bueno de viajar sola, digo yo, es que uno está muchísimo más receptivo ante el mundo y las personas. Cada vez que estoy sola en algún lugar del mundo no pasan más de unos minutos hasta que alguien se me acerca y me pregunta, con curiosidad, quién soy, de dónde vengo y adónde voy. Cómo cambia el concepto de normalidad, ¿no? Si en nuestra ciudad alguien se acerca para preguntarnos todas estas cosas, tal vez nos resulte “medio raro” o sospechoso semejante interrogatorio. Pero de viaje, es una situación normal y totalmente esperable.

Me encanta conocer gente. Lo bueno de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas todos los días. Lo malo de los viajes largos es que uno conoce a muchísimas personas especiales a las que tal vez nunca volverá a ver. Tras leer el blog de un inglés que también se la pasa haciendo viajes largos comprobé que no soy la única que a veces se siente cansada de repetir el mismo discurso, una y otra vez, todos los días, a personas a las que no volverá a ver: “quéhago-quiénsoy-dedóndevengo-aquémededico-dóndeestuve-adóndevoy”. Sin embargo, uno nunca sabe qué rumbo pueden tomar las conversaciones.

Hacía tiempo que no me alojaba en hostels, ya que siempre me quedo con amigos o en casas de familia, pero esta vez decidí hacerlo, más que nada por falta de planificación y “para estar un poco sola”.

La noche de la bolsa marrón llegué a mi hostel dispuesta a irme a dormir, pero me interceptó un chino-malayo que se estaba quedando en el mismo lugar y me hizo el interrogatorio de rigor. Cuando le dije que era de Argentina se puso feliz: “¡Sos la primera argentina que conozco en mi vida!”. Y por unos microsegundos me vi convertida en figurita, completando un álbum de nacionalidades de un desconocido. Me preguntó de todo: qué se puede ver en Argentina, qué se come, cuánto cuesta viajar, qué se puede hacer, cuáles son los lugares más lindos. Después se despidió y se fue a dormir.

A la mañana siguiente me lo crucé rumbo al baño. Me dijo que había estado hablando con un estadounidense y que aquel viajero le aseguró que lo mejor de Argentina “eran las mujeres”. Ajá. Al rato me buscó y me regaló una naranja antes de irse: “Es para tu viaje, que la disfrutes, mirá que es una naranja muy cara eh”. En la cultura china se regalan naranjas entre amigos y parientes para demostrar respeto y desear buena suerte, especialmente durante el Año Nuevo Chino. Así que la acepté como un lindo gesto.

Guardé la naranja cara dentro de la bolsa marrón (que todavía tenía los Cabsha y alfajores) y me fui rumbo a Penang a visitar a mi amiga Tippi. Y durante las seis horas de viaje pensé que puede que en unos días no recuerde ni las caras ni los nombres de todas estas personas que pasan unos minutos por mi vida, pero todas quedan como parte del paisaje de mis viajes. Por eso, mirar a la gente también es una forma de mirar a un país.

Y pensar que toda este reflexión surgió por una naranja cara que me regaló un chino-malayo en un hostel de Kuala Lumpur.

Historias minimalistas de Malasia: la bolsa marrón

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Me comí el primer Cabsha en el monorriel.

Miré el fondo de la bolsa marrón con respeto. Desde abajo me miraban, impasibles, dos alfajores Cachafaz, tres Cabsha, una oblea Bon o Bon y un mini potecito de dulce de leche Ilolay. Tanto lo pedí que al final se cumplió: después de 14 meses en Asia sin probar nada que se parezca ni remotamente a un alfajor, Marina, una argentina que vive en Kuala Lumpur, me preparó esta sorpresa.

Tras nuestra cena de comida india en la capital de Malasia, me subí al monorriel con la bolsa casi atada a los dedos: que a nadie se le ocurriera arrebatarme mi bolsa marrón. La bolsa o la vida. Espié: todo seguía ahí. ¿Por cuál empezar? Y agarré un Cabsha.

Lo abrí como si estuviese llevando a cabo una ceremonia o ritual: con cuidado, con dedicación, con respeto. Me lo comí.

Tenía sabor a Argentina.

Dejé el resto para más tarde, tal vez con ansias de que esa bolsa durara para siempre.

El monorriel… ¡con la publicidad de Sugus!

Mientras el monorriel me llevaba de KL Sentral (la estación central de Kuala Lumpur, capital de Malasia) hasta la estación Imbi (donde está mi guesthouse) miré a los pasajeros. Al lado tenía un indio malayo que se movía sobre el asiento con impaciencia, más allá, uno de nacionalidad desconocida (para mí tenía cara de iraní) iba en musculosa, con los pelos que se le escapaban por todos lados y una expresión de estar soñando despierto. En el asiento de enfrente, tres adolescentes: dos chinas malayas que hablaban inglés con el típico acento malayo y un chico rubio (parecía australiano o tal vez estadounidense) que también hablaba inglés con el típico acento malayo. ¿Hijo de expatriado tal vez? A mi costado, tres indios malayos pre-adolescentes iban vestidos muy punk y (probablemente para ellos) muy cool. Nadie me prestó atención. Acá los occidentales no son un elemento raro ni exótico.

De lejos, por la ventana del monorriel, vi a las Torres Petronas iluminadas. Ah sí, las Petronas, lindas. Y me di cuenta de que ya vine tantas veces a Kuala Lumpur, que empecé a mirar todo con otros ojos: con los ojos de la normalidad. Hoy mi realidad es Asia: las veredas llenas de puestos de comida, las motos, la comida india servida sobre hojas de planta de banana, las torres gemelas más altas del mundo, los templos y las mezquitas. Y es una realidad que me gusta, que me hace sentir cómoda, me hace sentir en el contexto adecuado.

Madre e hija mirando por la ventana del monorriel (la foto la saqué durante el día, claramente)

Lo único que me recuerda que no soy de acá es la bolsa marrón que llevo entre las manos.

Vengo de un lugar muy lejano donde se comen alfajores y dulce de leche. Y no es lo mismo comer un Cabsha en un monorriel en Kuala Lumpur que comer un Cabsha en la línea D (o C, o B, o la que sea) o en cualquier colectivo de Argentina. Allá el Cabsha es algo tan normal que pasa desapercibido, nadie se plantea teorías acerca de la inmortalidad del Cabsha. Acá, el susodicho bocadito es un elemento metafórico que me recuerda que vengo de otra realidad.

Si este Cabsha supiera la cantidad de significados que carga

Me bajé del monorriel, caminé la cuadra y media hasta mi guesthouse tranquila, sabiendo que aunque fueran las 11 de la noche era muy improbable que alguien quisiera robarme. Era viernes y todos estaban sentados al aire libre en los kopitiam (restaurantes locales), tomando teh tarik (té con leche), comiendo un roti canai y charlando en Manglish, una simpática mezcla de inglés y malayo, lah.

Esa noche soñé que el embajador de Argentina en Kuala Lumpur se comía mis alfajores sin permiso adentro de una mezquita. Y yo le decía, casi llorando, “No, no, por favor, dejame algo, ¿sabés hace cuanto que no como un alfajor?”.

Un experimento minimalista: a Malasia con mochila de mano

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie Historias minimalistas de Malasia: un intento de viajar liviana, solo con mochila de mano, y de fijarme en los detalles, en las historias chiquitas. Después de cinco visitas a ese país, me pareció bueno cambiar de perspectiva.[/box]

Hace poco me enganché con un blog minimalista: se llama miss minimalist y está escrito por una mujer que decidió, junto a su marido, vivir una vida minimalista con la menor cantidad de objetos posible. Su filosofía es que la excesiva cantidad de “cosas” que la sociedad nos obliga a adquirir se terminan apropiando de nosotros: cuantas más cosas tenés, mayores serán tus preocupaciones (desde esa presión por “comprar el último modelo” hasta la “necesidad” de asegurar tu casa contra robos y desvelarte pensando que un día alguien puede entrar y llevarse todo).

Esta pareja decidió mudarse de Estados Unidos a Inglaterra y aprovechó la oportunidad para deshacerse de todos los objetos “innecesarios” que había acumulado tras varios años de convivencia. Llevaron a cabo una limpieza, vendieron y donaron casi todas sus pertenencias y su mudaron a Inglaterra solamente con dos bolsos de mano.

Es un blog muy inspirador para quienes quieren vivir con menos ataduras hacia lo material, con más espacio “en blanco” y más orden mental. Uno de los posts que más me gustó (y me motivó) fue el de “viajes minimalistas”: cuando viajan, ya sea por dos semanas o tres meses, no llevan más que una mochila de mano con lo indispensable.

No hay nada peor (para mí) que viajar con mucho equipaje. Ustedes dirán: todo depende del tipo de viaje que se haga. Puede ser, cada cual sabe qué necesidades tiene cuando viaja, pero para mí, que me gusta ir de un lado a otro, viajar varios meses y recorrer más de un país en un mismo viaje, no hay nada más agotador (y desmotivador) que llevar kilos de más.

Y en este último tiempo comprobé que más de 8 kilos ya es demasiado.

Si bien desde el principio intenté empacar “liviano” (abajo de los 10 kilos), con los meses el peso de mi mochila fue aumentando: regalo por acá, regalo por allá, este souvenir para no se quién, este recuerdo de tal lugar, todos estos libros que no pude evitar comprar (siempre termino con la mochila llena de libros, es de lo que más me cuesta desprenderme), guías de viaje, cuadernitos “tan lindos” que me enamoraron, remeras y zapatillas de más. Al principio lo cargué, sin pensarlo demasiado, pero con el paso de los meses me di cuenta de que el exceso de equipaje me estaba sacando las ganas de moverme de un lado a otro (cada vez que estaba por cambiar de ciudad pensaba “uff… otra vez a empacar, otra vez a caminar con la maldita mochila”). Al viajar con mochila, todo se carga en la espalda, no hay carritos, no hay servicios de valet (?), no hay taxis privados que te lleven todo al hotel (¿qué hotel?), no hay nadie que te ayude a cargar todo el peso que llevás encima.

Hace unos días tuve que dejar Indonesia porque se me vencía la visa, así que me vine a Malasia con el objetivo de concretar un experimento minimalista que venía pensando hace tiempo: viajar (ultra) liviana. Doné mucha ropa, dejé libros en Indonesia y me traje solamente la mochila de mano para un viaje de casi dos semanas. Ustedes dirán, dos semanas no es nada. Bueno, ahora piensen en esas familias/parejas que se van “una quincena” de vacaciones y se llevan dos valijas repletas per cápita. Ahí está: mochila de mano vs. valijas, mochila de mano vs. mochila grande. Ganó la mochila de mano.

Esto fue lo que me traje para mis dos semanas en Malasia

Empaqué lo necesario e indispensable: algo de ropa (da lo mismo traer tres remeras que traer cinco, en algún momento habrá que lavarlas), un mini botiquín (acá en Malasia se consigue de todo), un cuaderno y una birome, mp3, zapatillas, un par de ojotas, documentos y plata. Tengo dos pesos de los cuales no puedo desprenderme: la cámara y la computadora. Y entre ambas deben pesar alrededor de 4 kilos (incluyendo cargadores, lentes y accesorios). Si no fuese por eso, viajaría recontra liviana.

Me bajé del avión con mi mochila de mano y un bolsito donde llevo la cámara y salí del aeropuerto feliz, ya que ni siquiera tuve que ir a la cinta a esperar el equipaje. Caminé tranquila, casi sin sentir el peso de todas mis pertenencias en la espalda. La vez anterior que vine a Kuala Lumpur mi mochila estaba pesadísima y me acuerdo de cómo sufrí y maldije al calor tropical (mochila pesada + humedad NO es una buena combinación). Y me prometí a mi misma: cuando vaya a la India (o al destino que sea) quiero viajar así, con lo mínimo indispensable y solamente con mochila de mano, aunque sean varios meses de viaje.

Creo que el viajar liviano es parte de un aprendizaje y siento que de a poco logro desprenderme de más y más cosas que no necesito (y que tal vez a otros sí les son útiles).

Así que desde hoy me propongo ser una viajera minimalista.

***

Ustedes, ¿cuánto equipaje llevan cuando se van de viaje? (¡seguro que los hombres llevan mucho menos! los envidio)

¿Qué cosas no pueden dejar en casa? ¿Qué son las cosas de las que prescinden en un viaje?

Ojalá pudiese viajar sin cámara y computadora… me sacaría varios kilos de encima. Pero no puedo, para mi viajar también implica fotografiar y escribir… ¡necesito mis herramientas!

Asia de la “A” a la “Z”: P de Palitos

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

P de Palitos

Cuando llegué a Asia no sabía comer con palitos. En Buenos Aires me había rendido después de varios intentos de agarrar piezas de sushi y pensé que jamás iba a lograr dominarlos.

Tampoco sabía comer con la mano. Mejor dicho, SABÍA comer con la mano (me pasé la vida comiendo empanadas, hamburguesas, pizza y demás con la mano), pero no al estilo musulmán o indio.

Aprendí a comer con palitos en Malasia, gracias a varias amigas asiáticas que me enseñaron con distintas técnicas. Journey (mi amiga china) siempre me decía: “¡Pero es tan fácil comer con palitos! Tenés que agarrarlos así y así”, hasta que de a poco me fue saliendo. Obviamente en cada intento se me patinaba la comida o lograba agarrar de a un noodle por vez. Jolene, una amiga china-malaya, me obligó a aprender de la manera más drástica: me cocinó un almuerzo y me dijo que solamente me iba a dar palitos para comerlo. Jamás comí tan lento y haciendo tanto esfuerzo como aquella vez. Pero después de un tiempo lo dominé.

Aprendí a comer con la mano en Indonesia, cuando Rheden, mi amigo couchsurfer de Jakarta me llevó a comer pollo con arroz y me aseguró: “La mejor manera de disfrutarlo es comerlo con la mano”. Parece fácil pero no lo es. En la cultura musulmana se usa solamente la mano derecha para comer (ya que la izquierda se reserva para todo lo que sea “sucio”), o sea que hay que pelar y cortar la comida con una sola mano. Y ni les cuento lo que me costó aprender a agarrar el arroz para que no me cayera entre los dedos. Con el tiempo perfeccioné mi técnica comiendo mucha comida india, ya que ellos también comen solamente con la mano derecha. :D

Aprendí a comer con cuchara y tenedor en Tailandia, apenas llegué a Asia. Algo que me parecía raro antes (esto de comer con cuchara) ahora me parece muy normal: fueron muy pocas las veces que tuve la necesidad de usar un cuchillo en Asia. Acá la carne siempre viene cortada o se corta con la mano, y en general ningún restaurante o puesto de comida tiene cuchillos, los utensilios básicos son la cuchara, el tenedor y los palitos.

En China aprendí a pelar un camarón usando una cuchara y los palitos (sin tocar el camarón con la mano). Juro que fue uno de los desafíos más difíciles de todos.

Un día en Malasia salí a comer comida india con un grupo de couchsurfers. Nuestra anfitriona, una china-malaya, nos estaba enseñando a comer con la mano de la manera más correcta posible: “.. hay que formar una pelota de arroz para que no se caiga para todos lados y tienen que usar el dedo gordo como una especie de pinza para empujar la comida hacia adentro de la boca…”. Y me dijo una frase que me quedó resonando hasta hoy: “Cada comida tiene su manera particular de comerse —alguna con la mano, otra con palitos, otra con cubiertos— y esa manera siempre será la mejor, la que permita disfrutar esa comida en especial al máximo”. No hay nada mejor que comer la comida india con la mano, la comida china con palitos y un buen asado con tenedor y cuchillo.

El plato de la foto fue uno de los primeros que intenté comer con palitos en Malasia. No solo fallé en mi intento sino que me salpiqué toda la remera porque se me patinaba la comida.

Asia de la “A” a la “Z”: K de Kek Lok Si

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

K de Kek Lok Si

Creo que para cualquiera que viaje a Asia, la pregunta será inevitable: y… ¿cuál te gustó más?

Y la respuesta, obligada. Hay que elegir uno.

Por más que acá se repitan a montones —al igual que las iglesias en América latina— siempre habrá alguno que nos llamará más la atención por su arquitectura, su paz, sus estatuas, sus detalles, sus personas, su historia.

En mi caso, encontré varios que aún recuerdo “a la perfección” (tengan en cuenta que debo haber entrado a unos cien, mínimo), que me gustaron por su silencio y su ambiente de meditación.

Pero este, el de la foto, fue todo lo opuesto.

Alguien me lo describió como “el Disney de las luces y los Budas”.

Es que durante el Año Nuevo Chino lo decoran con 10.000 luces azules, verdes, violetas y lámparas amarillas y rojas.

A las 10.000 lámparas sumenle la Pagoda de los 10.000 Budas, una estatua de bronce de más de 30 metros de alto, familias tirando monedas contra algún Buda, mujeres rezando frente a la velas y ¡ta-dá! ¡Disney!

Así que si me preguntan ya saben la respuesta.

Uno de mis templos preferidos de Asia es Kek Lok Si.

Pero no por su olor a Disney, sino porque ahí pude ver, bien de cerca, cómo se festeja el “lado religioso” del Año Nuevo Chino.

Bueno, y las lámparas de colores también me gustaron. :)

El templo Kek Lok Si está ubicado en un cerro en Penang (Malasia). Su nombre significa “Templo de la Felicidad Suprema” o “Templo de Sukhavati”. Es el mayor templo budista del Sudeste Asiático y un lugar donde se puede ver la mezcla entre el Budismo Mahayana y los rituales chinos tradicionales. Se construyó en 1890 y cada Año Nuevo Chino es decorado con más de 10.000 luces durante 30 días.

 

Comiendo por ahí | Capítulo 2: Malasia

No se puede hablar de Malasia sin hablar de comida.

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Malasia es un país al que siempre vuelvo. No lo hago a propósito. Es que desde Kuala Lumpur salen los vuelos más baratos de AirAsia hacia/desde Indonesia (y hacia/desde cualquier destino del Sudeste Asiático). Ya pasé tres veces por acá y jamás deja de sorprenderme.

Algo que me encanta y que siempre destaco cuando me preguntan acerca de este país es la mezcla de culturas que conforma la demografía del lugar. La sociedad de Malasia está constituida, a grandes rasgos, por una mayoría malay (65%) de religión musulmana (por ley deben ser musulmanes), una gran minoría china (23%) (que emigraron de China hace unos siglos) y  una minoría india (7%). También hay Sijs, expatriados, westerners, inmigrantes asiáticos, de todo un poco. Y la mezcla se ve en la calle, en los templos, en los mercados, en las celebraciones… Y especialmente en la comida.

[singlepic id=1894 w=800] Comida china

[singlepic id=1898 w=800] Comida malay

[singlepic id=1909 w=800] Comida india

¿Ya mencioné lo que siento cada vez que aterrizo en Malasia no?

Me vuelvo loca, siento que la comida me persigue y no sé por dónde empezar: pretzels de queso parmesano, helado de maracuyá, roti canai por 1 ringgit, frutas tropicales, hot-pot, dim sum (comida china)… En fin, me descontrolo. No sólo hay una enorme oferta y variedad de comidas, sino que en Malasia todo tiene que ver con la comida.

Cada vez que me reúno con algún amigo/a local, ¿qué hacemos? Nos vamos a comer malaysian-style: mucho y repetidas veces. Cuando estoy sola, lo mismo: salgo a la calle y hay tantos puestos de comida que es imposible resistir la tentación de comprarme “un snack” (así le digo para no sentirme tan descontrolada) y otro, y otro, y otro. Entro a un shopping y veo un local de postres taiwaneses que es un furor entre la gente de KL y digo “y daaaale, vamos a ver de qué se trata esto”.  A la noche vuelvo caminando, paso de casualidad frente a un puesto de comida india y pienso “un roti canai no le hace mal a nadie”. Y si de noche me agarra algún antojo, seguramente habrá un 7-Eleven, un mamak stall (comida india-musulmana) o un carrito callejero a menos de dos cuadras de distancia y abierto las 24 hs. Lo peor (o mejor) de todo: si al final del día hago cuentas, seguramente no gasté más de 10 dólares en comida (a veces mucho menos).

[singlepic id=1932 w=800] Tippi, mi amiga china, y yo comiendo por ahí…

[singlepic id=1927 w=800] Char Kway Teow: plato muy popular en Malasia, Indonesia, Brunei y Singapore. Son noodles chatos con brotes de soja, salsa de soja, camarones, berberechos y algunas verduras chinas. Delicioso.

[singlepic id=1930 w=800] El postre taiwanés tan popular: hielo picado y otras cosas que no sé bien qué son (pero lo promocionan como calabaza, batata y legumbres dulces). Es más rico de lo que suena.

[singlepic id=1931 w=800] Hay un restaurante en KL donde se come sobre inodoros y las mesas son bañaderas cubiertas con vidrio.

[singlepic id=1928 w=800] La comida me persigue…

Algunas ideas que vienen al caso:

1. En las ciudades como Kuala Lumpur, Melaka, Penang, los puestos de comida forman parte del paisaje: en cada cuadra hay carritos de comida, patios de comida cerrados/al aire libre, mercados grandes y chiquitos, restaurantes, kopitiam (coffee shops), mesitas en la vereda. Se dan una idea ¿no? En Malasia la comida no sólo te persigue sino que te alcanza. Y por lo que veo, la mayoría de la gente local come siempre afuera en vez de cocinar en su casa. ¿Por qué? Es más fácil, más rápido y mucho más barato.

[singlepic id=1899 w=800] Pescado al paso

[singlepic id=1922 w=800] En cada esquina de Penang…

[singlepic id=1904 w=800] A la mañana: Nasi Kandar (arroz con lo que quieras del buffet)

[singlepic id=1907 w=800] Frente al mar

[singlepic id=1908 w=800] Frente a la parada del colectivo

[singlepic id=1891 w=800] Patio de comidas al aire libre

[singlepic id=1934 w=800] En la vereda

2. En Malasia, el comer es un acto cultural. Cada comunidad tiene sus reglas, sus ingredientes, sus sabores. La comida china se come con palitos y, en general, en una comida grupal se piden varios platos para compartir entre todos los comensales. La comida malay se come con la mano derecha (solamente la derecha) y la comida india se sirve, en muchos casos, sobre hojas de planta de banana (y también se come solamente con la mano derecha). Aunque si uno quiere comer con tenedor y cuchara (acá el cuchillo casi no existe) nadie lo prohibe. Cada cual elige la forma que más lo haga disfrutar. Porque es así: la comida en Malasia se disfruta.

[singlepic id=1897 w=800] Comida china: todo se comparte

[singlepic id=1892 w=800] El hot-pot o steambot chino: la comida se elige de un buffet y se cocina en la mesa

[singlepic id=1924 w=800] Restaurante de hot pot (precio por persona: 7 dólares por all you can eat)

[singlepic id=1925 w=800] El buffet del hot-pot

[singlepic id=1893 w=800] Cocinando sate, una de las comidas malay más populares: brochette de pollo asado con arroz y salsa de maní con ají

3. Los festivales religiosos y las celebraciones culturales también incluyen la comida como parte del programa. Durante el Año Nuevo Chino, por ejemplo, se hacen los chinese open house (literalmente “casa abierta”) para celebrar: el anfitrión prepara muchísima comida e invita a sus familiares, amigos y conocidos a comer a su casa. Los invitados llevan algún regalo como agradecimiento (generalmente comida y mandarinas). Uno de los rituales de los chinese open house de Malasia consiste en pararse alrededor de un plato con distintos tipos de ingredientes (preparado especialmente para el año nuevo chino) y mezclar, entre todos, la comida con los palitos mientras se desea feliz año nuevo.

[singlepic id=1915 w=800] Este es el plato que se mezcla entre todos con los palitos.

[singlepic id=1913 w=800] Un chinese open house en una casa de KL

4. Penang es conocida como la Capital gastronómica de Malasia o el Paraíso de la comida. Y lo es. Debe haber más oferta de comida de la que se pueda comer. ¿Cómo surgieron los carritos de comida, parte del paisaje callejero de Penang? Hace 300 años, cuando los primeros inmigrantes chinos e indios llegaron a la isla se dieron cuenta de que una de las maneras más fáciles y eficientes para sobrevivir en el nuevo territorio era cocinar y vender comida de manera ambulante. Pasaron a ser parte inseparable de la rutina de los habitantes, la gente local podía sabe qué hora del día era al ver qué vendedor ambulante pasaba por la puerta de su casa. Con el paso del tiempo los carritos/motos/bicis echaron raíces y quedaron plantados en un solo lugar.

[singlepic id=1920 w=800] Comida bicivoladora

[singlepic id=1935 w=800] Motodelivery

[singlepic id=1906 w=800] El mítico carrito

[singlepic id=1905 w=800] Ice Kacang: postre refrescante y muy popular en Penang

[singlepic id=1937 w=800] Vendedor callejero de Penang

5. Y por último algo que tiene que ver conmigo. En este viaje aprendí varias cosas: primero, a comer con palitos chinos (en Argentina no podía usarlos ni aunque me los atara a los dedos); segundo, a comer con la mano (no es tan fácil como parece, hay que usar solamente la derecha para agarrar y cortar la comida y hay que llevarse el arroz a la boca sin que se caiga para todos lados); tercero, cuando salgo a comer con amigos locales, dejo la elección de la comida en sus manos (es decir que confío y me atengo a lo que venga); y cuarto, algo de lo cual me siento orgullosa, mi nivel de tolerancia al picante subió. Antes no podía comer ni pimienta, ahora disfruto el curry indio. Aunque el chili todavía me cuesta, lo admito.

[singlepic id=1929 w=800] Uno de mis postres preferidos: mango-lo (hielo picado con pedacitos de mango natural y una especie de jarabe de mango).

[singlepic id=1919 w=800] Dim sum, uno de los desayunos más populares entre la comunidad china: es masa rellena de carne, pescado o vegetales, hervida al vapor

[singlepic id=1917 w=600] Delicia china

[singlepic id=1910 w=800] Chicken rice, plato muy popular en Penang

[singlepic id=1912 w=800] Banana leaf set: comida india servida sobre hojas de la planta de banana

[singlepic id=1903 w=800] El famoso roti canai: “panqueque” con curry. Se come de desayuno o a la noche.

[singlepic id=1916 w=800] Nasi kandar: arroz con carne y verdura (a elección)

[singlepic id=1926 w=800] Nada de chili por favor…

La mirada asiática IV: Observar (por segunda vez y desde otro punto de vista)

[box type=”star”]Este post pertenece a la serie “La mirada asiática”. Porque mi viaje por Asia tuvo mucho que ver con la mirada: ojos que me inspeccionaban con curiosidad, etiquetas que me adjudicaban por ser argentina, lugares que miré dos veces, y esa mirada fija que recibí tantas veces mientras viajaba en los transportes locales.[/box]

Estoy en la isla de Penang (Malasia) por segunda vez en este viaje. Como tuve que esperar 12 días para la respuesta de la visa de la India, preferí quedarme acá, en la casa de mi amiga Tippi, antes que en Kuala Lumpur. No tengo nada en contra de KL, al contrario, me encanta pero me genera un desenfreno consumista alimenticio que no sé si mi bolsillo y mi cuerpo pueden soportar. Además necesitaba trabajar con mis artículos y Penang tiene toda la tranquilidad que busco.

O al menos eso creía. ERROR. El problema de Penang es que siempre hay algo nuevo para hacer: probar una comida nueva, asistir a algún festejo por el año nuevo chino, salir a pasear por la playa o por el casco histórico, irse a la otra punta de la isla…

Penang es uno de mis lugares preferidos del Sudeste Asiático. Entre la vez anterior y esta, debo haber pasado 25 días en esta isla.

Cada vez que vuelvo por segunda vez a una ciudad o país me pasan varias cosas. Una es que siento que “técnicamente” no estoy viajando, sino que estoy repitiendo algo que ya vi, entonces me cuesta volver a escribir acerca de ese lugar “viejo” o “ya visto”. Cuando llego a un lugar desconocido, en cambio, todo es nuevo, absorbo paisajes, palabras y personas como una esponja. Pero ¿cómo mirar un lugar donde ya estuve antes?

Y a la vez me pasa que descubro muchas cosas nuevas, distintas, que la otra vez se me habían escapado. Volver a un lugar por segunda vez me sirve para profundizar. Y estos días, caminando por la isla, me encontré con todas estas cosas que no había visto la vez anterior:

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La ciudad vista desde acá, con barquitos y cuervos.

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La mezquita flotante

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Las tres culturas de Malasia (chinos, indios y malayos) charlando en la vereda.

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Los preparativos para la celebración del año nuevo lunar chino.

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Una figura en una puerta.

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Este pequeño altar chino.

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Las aldeas de pescadores chinos en el sur de la isla.

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Una malaya musulmana probándose la cabeza del león (utilizada en el Lion Dance tradicional chino), en un templo chino.

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Este hombre con barba.

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Este templo chino, patrimonio de la humanidad de la UNESCO, escondido en medio del barrio histórico de Georgetown.

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El templo por dentro.

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Los clan jetties, las casas donde se asentaron los primeros inmigrantes chinos hace unos siglos.
Y este hombre pintando el piso de su casa de arco iris.

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Mujeres de regreso de las cascadas.

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El parque de las mariposas.

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El museo del juguete más importante del mundo (el dueño tiene 100.800 juguetes en su colección).

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Un pescador.

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Dos pescadores.

Penang es un mundo.

Estoy viviendo en el departamento de Tippi, una chica china (amiga de mi gran amiga china Journey), que ya me alojó en abril del año pasado, sin conocerme, solamente porque yo también era amiga de Journey. Buscando gente de Couchsurfing que pudiera alojarme para esta visita, “nos reencontramos”: ella se unió hace poco a esta comunidad y, cuando le escribí para saludarla, me invitó a quedarme con ella otra vez.

Esta vez nos hicimos amigas y probablemente viajemos juntas en algún trayecto en China, cuando ella tenga sus vacaciones en marzo. Tippi aloja a tres o cuatro personas por día, así que siempre hay algún europeo, algún asiático, algún “americano” (cómo odio este término) algún freak (los hay, siempre los hay) y yo. Lo bueno es que las charlas de té (no de café, sino alrededor de la mesa de té) siempre son memorables.

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Hace unos días, Tippi y yo hablamos acerca de las relaciones humanas y de las famosas “diferencias culturales” que la gente se esmera en remarcar cuando dos personas de nacionalidades distintas tienen una relación. Y me dijo algo que me dejó pensando. Ella y su novio son de China, pero vienen de dos ciudades con costumbres y tradiciones tan distintas, que, citando sus palabras, “podrían ser dos países distintos”. En un país tan grande y diverso como China, donde cada región tiene su idioma y sus costumbres, es posible que dos personas sufran ese abismo cultural que muchos creen exclusivo de aquellos que pertenecen a países o continentes distintos. Interesante.

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Tippi

(Estoy en la cuenta regresiva para el post número 100… voy por el 95. ¿Hago un mix al estilo capítulo número 100 de los Simpsons?)

Viajando en una foto: Olvidada en la escalera

Mi viaje empezaba a ir sobre ruedas.

Estaba en Penang, una de las ciudades más importantes de Malasia, con Journey (para quienes vienen siguiendo mis historias, personaje ya conocido a esta altura), una chica de China que conocí en Tailandia de casualidad y con quien viajaría por varias ciudades más adelante.

Además me había animado a hacer Couchsurfing por primera vez: estaba viviendo en la casa de Chin Chin, una mujer china-malaya muy hospitalaria.

Un domingo, Chin Chin me hizo levantarme a las 5 de la mañana para ver cómo se despertaba la ciudad de Penang; así que salimos en su auto, ella, Journey y yo y nos fuimos de paseo.

La primera parada fue en uno de los parques de la isla, una especie de Rosedal porteño donde la gente estaba haciendo deporte desde temprano y practicando tai-chi.

Me sorprendí al ver la cantidad de facilidades gratuitas que ofrecía el parque: pileta de natación, aparatos para hacer gimnasia, paz y silencio.

Más tarde fuimos al mercado chino para tomar el desayuno, probar frutas y comprar varios snacks, y por último fuimos a conocer Kek Lok Si, el templo budista más grande de Malasia, construido en un monte.

Chin Chin nos dejó en la puerta y prometió pasar a buscarnos más tarde.

Journey fue al baño y yo me quedé esperándola al lado del negocio de souvenirs.

Me senté y la vi ahí, olvidada en la escalera, con una pose sumamente fotogénica y una luz tenue muy tentadora.

La tarjetita del Buda me estaba rogando que le sacara una foto.

Le saqué varias, desde varios ángulos, hasta que conseguí la que más me gustó.

Ni la toqué; era obvio que alguien la había dejado abandonada u olvidada ahí, aunque desconozco con qué fin.

No sé qué habrá sido de su vida, tal vez la tiraron a la basura, tal vez alguien la tiene ahora en su billetera, tal vez su dueño volvió desesperado a buscarla.

Sea lo que sea, mi blog se la apropió y se convirtió en uno de los íconos de Viajando por ahí.

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De Melaka a Singapur, del pueblito colonial a la ciudad supersónica

Menos mal que no le hago caso a las opiniones de la gente y sigo mi instinto, si hubiese creído a quien me aseguró que “en Melaka no hay nada para ver” me hubiese perdido de conocer una de las ciudades más interesantes de Malasia.

Si alguien me dijera que en realidad Melaka es el set de filmación de una película colonial-romántica, lo creo sin dudarlo.

Tiene un aura similar al de Colonia del Sacramento (Uruguay), de casitas bajas y antiguas, colores y luces suaves, ruinas y pedazos de historia desparramados por toda la ciudad.

De día los visitantes caminan por las placitas, iglesias, ruinas y templos; los locales cruzan los puentes en bicicleta y comen en los mercados; las mujeres chinas caminan bajo el sol protegidas bajo sus sombrillas; niños musulmanes salen del colegio y corren a comprar comida a un vendedor callejero mientras esperan el colectivo que los llevará de vuelta a su casa; los conductores de los rickshaws (transporte típico de esta ciudad: carritos-bicicleta decorados con flores) dan vueltas en busca de turistas y hacen sonar música en sus radios.

La religión está muy presente, como en toda Malasia: los católicos se reúnen en las iglesias para escuchar el sermón y cantan canciones, los musulmanes esperan el canto de la mezquita para arrodillarse a rezar mirando hacia La Meca, los taoístas prenden incienso en sus templos y dejan ofrendas de frutas y flores, los hindúes ofrecen comida y veneran a alguno de sus dioses en uno de sus tantos templos.

Mientras tanto, los extranjeros se reúnen en la fuente de la plaza principal y se sacan fotos grupales.

De noche, cuando los autos dejan de circular, las callecitas de tierra se vuelven desiertas, muchas casas cierran sus puertas y apagan todas las luces, las mesas ocupan las veredas, los restaurantes y templos prenden luces y faroles, las flores de los rickshaws se iluminan.

En algún restaurante chino, un hombre canta a karaoke un tema de Bryan Adams; al lado del río, una banda de música portuguesa-malaya ensaya su show y toca para quienes quieran sentarse a escucharlos; cerca del shopping, un festival de música metal atrae a los más jóvenes.

Y de día todo vuelve a empezar, aunque con un detalle que derrite todo tipo de clima poético: el terrible calor que aumenta a medida que me acerco al Ecuador.

No me imaginé que podía existir más humedad que en Kuala Lumpur.

Pero si uno intenta olvidarse de la transpiración y meterse en la Historia, con sólo caminar (porque Melaka es una ciudad para caminar), se pueden descubrir todas las influencias que fueron dando personalidad a este pequeño lugar al sur de Malasia.

Melaka (o Malacca) fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y en su territorio se resumen siglos: fue la capital del Sultanato de Melaka y el centro más importante de los malays durante los siglos 15 y 16, luego fue colonizada por los portugueses, los holandeses y los británicos y recibió gran influencia china también.

Y lo más interesante es que esta historia es totalmente palpable: aún quedan fortificaciones portuguesas, cementerios holandeses, construcciones musulmanas, templos chinos.

Y también se ve perfectamente la mezcla de culturas que caracteriza tanto a Malasia: hay mezquitas con arquitectura china, comida portuguesa-malaya, restaurantes hindú-malayos, iglesias católicas (primera vez que veo en Malasia), iglesia metodista-tamil, templos chinos taoístas.

Melaka es mi última ciudad de Malasia, país en el que estuve unas tres semanas y al que volveré algún día.

Me da nostalgia irme y dejar atrás a todos los amigos que conocí, pero tengo que seguir viaje. 

Tan sólo cuatro horas después, llego a Singapur.

WOW.

Por si no sabían, Singapur es una ciudad-estado independiente de Malasia (a pesar de que están separados únicamente por un puente) y uno de los países más pequeños y avanzados de Asia.

El cambio es rotundo: siento que entré al país de los Supersónicos.

El edificio de inmigración parece un aeropuerto europeo, todo el equipaje pasa por rayos equis, la policía me dice que no puedo estar parada al lado de la oficina de inmigración, tengo que seguir caminando, tampoco se puede escupir ni sacar fotos o filmar. Las calles son limpias, bien iluminadas, es viernes a la noche y todos están afuera. La mayoría de los habitantes que conforman Singapur son chinos, aunque sigue existiendo la minoría de malays e hindúes al igual que en Malasia.

Tengo que tomar el MRT (subte) hasta la casa de Kuni, el japonés que me alojará en esta ciudad.

Kuni es couchsurfer, viajó a más de cien países y esta es su manera de retribuir a todas las personas que lo recibieron cuando viajaba. Ya alojó a más de 450 personas en su departamento, a veces hasta cuatro o cinco por noche (!). Tomar el subte es toda una hazaña, por lo organizado, digo.

Finalmente llego, después de hacer varias combinaciones y de pelearme con la máquina que emite los “subtepass”.

Esta es la Asia avanzada que todos imaginamos.

Más detalles, próximamente.

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Frutillas fotogénicas en Cameron Highlands

¿Qué es esto? ¿Cómo fue que pasé de estar rodeada de edificios a estar rodeada de frutillas?

Pista: no estoy en un parque temático frutal al estilo Disneiuor.

Todo empezó cuando decidí (o mejor dicho decreté) que necesitaba huir por unos días del calor (ohh el calor), la humedad y la gran cantidad de actividades y distracciones de Kuala Lumpur. Las capitales siempre me fascinan (será porque soy de una gran ciudad), pero en Kuala Lumpur me era imposible concentrarme y dedicarme a escribir: todos los días había una comida desconocida que probar, un lugar distinto que visitar, una persona nueva que conocer.

Así que decidí pasar de un extremo a otro y me vine a un pueblito recluido en medio de las montañas. Pasé de los 37 grados de temperatura a los 20 grados de “frío” de Cameron Highlands, cambié el ruido de autos por el sonido de la naturaleza, vine en busca de paz y terminé rodeada de… frutillas.

Cameron Highlands queda a cuatro horas de Kuala Lumpur (o cinco y media, si hacen como yo y sacan el pasaje más barato pensando que son re vivos y descubren que se trata de un colectivo que a mitad de camino se transforma en transporte público y para cada cinco minutos a levantar gente en cada pueblo).

Esta zona montañosa de Malasia está conformada por varios pueblitos: el más popular es Tanah Rata, de aproximadamente tres cuadras de largo. ¿Cómo sé que es el más popular? Porque hay un Starbucks en pleno “centro” (no creo que el Sr. Starbucks apueste a un lugar no turístico)… en fin.

Viajé con mi amiga Belinda (local) y su compañera de universidad, Senna, una chica de Finlandia.

Mientras Belinda temblaba de frío con los 20 grados de este lugar, Senna se sentía como en pleno verano finlandés.

Para mí el clima acá es ideal, tan lindo que me gustaría que todo el Sudeste Asiático fuera así.

Apenas llegamos se largó a llover (típico de lugar montañoso), nos bajamos del colectivo y en la terminal un señor nos ofreció un hostel interesante: cuarto privado con baño propio, 60 RM (19 dólares) por las tres. Y la oferta matadora: él nos llevaría hasta ahí en una minivan. Así que nos subimos y una cuadra y media después nos bajamos en la puerta. Volvimos a preguntar el precio y el dueño nos dijo 50 RM por las tres mientras el conductor de la combi puso cara de culpable.

JA!

¿Qué se puede hacer en Cameron Highlands?

  • Podés hacer un tour de un día y visitar las plantaciones de té, los campos de mariposas, la flor más grande del mundo, los cultivos de frutillas, los asentamientos indígenas
  • Podés hacer trekking por la selva, visitar varios tipos de bosques, ver el amanecer y el atardecer desde una montaña, encontrar distintos tipos de árboles y aves…
  • O podés no hacer nada de esto y pasarte las horas caminando por ahí y sacándole fotos a las frutillas.

El tema es así.

Hay ciertos lugares que son conocidos por “algo”: el volcán más furioso, la montaña más verde, las cataratas más prolijas, la comida más engordante, los festivales más bizarros, la música más tranquilizadora.

Y hay lugares como Cameron Highlands que son famosos por sus frutillas.

O por lo menos yo siempre recordaré este rincón de Malasia no por sus campos cultivados de frutillas de calidad, sino por su merchandising ingenioso y abrumador.

La consigna es: encontremos aquello que nos represente como lugar y llevémoslo al extremo.

Entonces si uno viene como visitante a este valle y camina por los mercados o calles principales de cualquiera de los pueblitos que lo conforman, se encontrará con: relojes con forma de frutilla, llaveros con forma de frutilla, almohadones con forma de frutilla, aritos con forma de frutilla, bolsos con estampado de frutilla, ojotas con detalles de frutilla, gorros con dibujos de frutillas, toallones con motivos de frutilla, pantuflas con peluche de frutilla.

Y tampoco sería raro que le ofrezcan: té de frutilla, licuado de frutilla, helado de frutilla, torta de frutilla, ensalada de frutilla, mousse de frutilla, frutillas secas, chocolate con frutilla, frutillas con crema, frutillas.

¿Qué puedo decir?

Mis días en Tanah Rata fueron muy relajantes… Cuando Belinda y Senna se fueron, llegó Journey, mi amiga china.

Por suerte somos bastante parecidas en cuanto a actividades que nos gusta o no hacer, y como ella tampoco tenía ganas de sumarse a ningún tour (y gastar 30 dólares), diseñamos nuestro propio trekking: caminamos de mercado en mercado y de restaurante en restaurante.

La pregunta más recurrente de estos días fue: ¿adónde vamos a comer?

Así que desayunamos un cheese naan (algo así como un panqueque con queso) y un masala tea (té indio de especias) en el local de comida india, almorzamos Fried Kuay Teow (fideos chatos fritos con pollo y verdura) en el lugar de comida china, tomamos café en un barcito, cenamos una sopa y más comida china, y así sucesivamente. Por suerte este sector de Malasia es barato: una cama en un dormitorio compartido, 3 dólares, un almuerzo abundante, 2-4 dólares, una remera que dice I love Cameron Highlands, 1.50 dólares. Kuala Lumpur es un poco más caro: una cama en un hostel, 8 dólares, un almuerzo, 3-6 dólares, una remera que dice I love KL, 5 dólares.

A pesar de que puedo quedarme hasta tres meses en Malasia, estos son mis últimos días ya que tengo que seguir camino.

Mi próxima parada será Melaka, ciudad colonial de Malasia, y después de eso, Singapur, uno de los países más avanzados del Sudeste Asiático.

Y después, Indonesia, y después, Filipinas, y después y después y después.

Mejor disfruto que todavía estoy acá y me tomo un té de frutilla mientras miro cómo llueve en este pueblito en plena montaña en algún lugar del mundo.

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Elige tu propia historia asiática

Como no es fácil complacer a todo el mundo, el staff de VPA (es decir quien escribe) les ha preparado una selección de historias para que cada cual lea la que más le interese y en el orden que le plazca. Las opciones son:

A. Sobre los distintos significados de la palabra semáforo: ver apartado I

B. Un día en Kuala Lumpur con Stanley, el beisbolista que vive dentro de un sobre: ver apartado II

C. Crónica de un corte de pelo: ver apartado III

D. Amores orientales: ver apartado IV

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I. EL SEMÁFORO Y SUS SIGNIFICADOS

i) semáforo: objeto de señalización vial que se utiliza en las esquinas para organizar el tráfico e indicar a los peatones cuándo pueden cruzar y cuándo no

ii) semáforo kuala-lumpurense: objeto decorativo que no cumple ningún fin más que confundir a los extranjeros que quieren cruzar la calle sin ser atropellados. Acá los semáforos no sirven, avivensé, no importa si está en verde o en rojo (creo que no existe el amarillo), nadie les hará caso. Son los tips que se aprenden al caminar por la ciudad con amigos locales. “El semáforo está en verde, ¿por qué nadie cruza?”, “Ah, eso, acá nadie respeta los semáforos”, de repente se pone en rojo, “Dale, ahora, ¡corré!”, “Pero, pero, no quiero morir!!!”

iii) semáforo, fiesta del. Reunión en la que cada asistente debe vestirse con un color determinado según su estado civil o disponibilidad: rojo para los comprometidos, verde para los solteros, amarillo para los indecisos

Sí señores, me invitaron a la famosa fiesta del semáforo en Kuala Lumpur, un evento organizado por couchsurfers para couchsurfers (muy exclusiva la cosa).

Ahora, quienes hayan ido a alguna de estas celebraciones en Argentina saben más o menos de qué se trata y cómo termina, así que no entraré en detalles, pero voy a contarles cómo es la fiesta del semáforo en Kuala Lumpur.

Según la invitación que recibí vía Couchsurfing, la fiesta comenzaría a las 16 hs (sic) y se llevaría a cabo en un centro cultural. Invitados confirmados: 20. Una reunión chiquita. Yo llegué a eso de las 21.30, después de cenar con Mooi (mi anfitriona de Couchsurfing), Journey (mi amiga china) y Shirley (su amiga china).

Se preguntarán de qué color fui: fui vestida de mochilera que no tiene más que ropa blanca y sucia, así que mantuve el misterio.

Llegué al lugar, ubicado a unos 40 minutos de la ciudad, en un tercer piso, y había algo así como cinco personas: tres de ellos vestidos de un verde furioso. Nos sentamos en la cocina (¿por qué será que las charlas interesantes siempre son en la cocina?), nos presentamos, y a hablar nomás.

¿Bebidas? Nada de barra, cada cual se compró lo suyo: cerveza “Tiger” por 12 RM (4 dólares) el litro, algunos licores, un vino blanco argentino. Nada de excesos, todos bebieron con moderación (será porque el alcohol es muy caro, tal vez, será porque es otra cultura, quizá).

A lo largo de la noche fueron cayendo más viajeros que jamás recordaré por su nombre pero sí por su nacionalidad: polaca, polaca, inglesa, finlandés, malayo, malaya, hindú-malayo, chino-malayo, malayo musulmán x 3, china-malaya, australiano, alemán, hindú-malayo again. ¿Colores? Algunos verdes, algunos rojos, uno rojo-amarillo-verde (gorro-camisa-pantalón), muchos de negro, otros de blanco. ¿Parejas formadas? Me atrevo a decir cero, aunque me fui un rato antes de que terminara así que no sé con certeza.

Conclusión: reunión muy divertida en la que se usó el semáforo de excusa para juntarse, conocerse, charlar y pasar un buen sábado en Kuala Lumpur. Ah, y el post-fiesta fue en un Mamak Stall, un puesto de comida india-malaya: mis amigos locales comieron arrozconalgo y yo me pedí un panqueque dulce.

Semáforo en KL

Semáforo, fiesta del

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II. UN DÍA CON STANLEY

Stanley es muy blanco y flaquito, tanto que es capaz de vivir dentro un sobre. Además, no tiene nariz ni ombligo y juega al béisbol. Stanley nació en Estados Unidos y regresará a su ciudad de origen en menos de dos semanas. Llegó a Kuala Lumpur en su sobre papel madera y volverá dentro de la valija de Isaac, su dueño temporario. Pero antes de abandonar Malasia, Stanley debe visitar los principales puntos turísticos de KL y sacarse fotos para subir a su blog. Todos en Estados Unidos quieren saber en qué anda.

Este es Stanley bajo las Torres Petronas

Stanley, Isaac y yo comenzamos nuestro “walking-day-tour” por Kuala Lumpur en Lake Gardens, un gran espacio verde en medio de la ciudad. Caminamos, visitamos el Planetario, pasamos delante del Butterfly Garden, del Bird Garden, del Deer Garden, pero no entramos a ninguno de esos (Stanley no era lo suficientemente alto para entrar).

Desde ahí, nos dirigimos a almorzar a Little India, pequeño distrito a “15 minutos” de donde estábamos.

Nota importante: acá, cuando uno pregunta distancias, jamás le dirán que tal o cual lugar queda a equis cantidad de cuadras, acá no existen las cuadras, sino que la cercanía o lejanía de un punto se mide en cantidad de minutos de caminata. Por suerte, Isaac es local y conoce las rutas más cortas para ir de un lugar a otro, porque si fuera por mí y mi mapa, todo quedaría a dos horas de distancia.

Después de caminar por el mercado de Little India fuimos a hacia KLCC, el parque ubicado en la base de las Torres Petronas.

Stanley posó para la foto y nos fuimos a Bukit Bintang, el distrito top de shoppings y mercados locales de Kuala Lumpur.

Ahí se nos unió Belinda, otra amiga local, couchsurfer también.

Empezó a llover, como todas las tardes que llevo en Kuala Lumpur, así que nos refugiamos en el monorriel (como el de Los Simpsons) y seguimos camino hacia la reunión de couchsurfing de todos los miércoles. Generalmente, todas las ciudades del mundo tienen un grupo estable de couchsurfers locales que se reúnen cada semana para cenar e invitan a todos los viajeros a unirse.

El miércoles pasado fuimos como 30, esta vez, alrededor de 12 personas: un irlandés, un estadounidense, un alemán, una estadounidense, un inglés y el resto locales. Imagínense la cara de sopresa de la gente cuando Stanley hizo su aparición y salió del sobre para sacarse una foto con la comida. Nadie entendía nada.

El irlandés miraba a Stanley y miraba a Isaac, volvía a mirar a Stanley, me miraba a mí y lo miraba a Isaac otra vez. “I have childhood issues (tengo temas de la infancia no resueltos)”, fue la explicación de su dueño. Aunque después el misterio se develó: “Mi primo de ocho años lo hizo y me lo mandó desde EEUU, tengo que sacarle fotos en todos lados y escribir sobre su día como parte de una tarea del colegio de mi primo“. Ahh… ahora entendemos todo. Yo prometí dibujarle una novia antes de irme.

Para terminar el día, Isaac, Belinda, Stanley y yo nos fuimos a comer un postre bien malayo: Mango-loh, me atrevo a decir que fue el mejor postre que comí en mi viaje. Fue un día productivo. Stanley es lo más.

Este es Stanley comiendo Mango-loh

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III. CRÓNICA DE UN CORTE DE PELO

Hay una escena en The Truman Show en la que Truman entra a la fuerza a la sala de operaciones del hospital donde “trabaja” su mujer, y los “médicos” deben hacer de cuenta que están llevando a cabo una cirugía para que Truman no sospeche que en realidad son actores que no tienen idea de lo que están haciendo. ¿Se acuerdan?

Algo así sentí cuando me senté en la peluquería dispuesta a someterme a la tijera asiática.

El lugar quedaba en un shopping/galería al estilo Bond Street, y me lo recomendó una amiga local (con un corte de pelo decente, así que confié en ella). Me dieron la opción de que me cortara un peluquero “senior” o un peluquero “pro”: 25 pe contra 50 pe. Senior de una, no pienso pagar 50 pesos para que mi cabeza quede, tal vez, desastrosa. Así que me senté sabiendo que, a partir de ese momento, existía la posibilidad de no poder subir fotos mías a internet durante por lo menos dos meses.

Mi peluquero, jovencito, con un corte “canchero”, me preguntó qué quería hacerme. Le expliqué en inglés, claramente: THE SAME STYLE, ONLY SHORTER, JUST A TRIM, PLEASE, NOTHING DIFFERENT.

Así que agarró el peine y estuvo como cinco minutos peinándome los pelos de la nuca (¿con qué fin, por dios?), cuando terminó, agarró la tijera y muy tímidamente me cortó un poquito de pelo de atrás (poquito poquito) y me mostró con el espejo: “Is ok?”.

-Sí…

En ese momento los único que pensé fue: odio a todos mis amigos de Facebook que votaron para que me sometiera a esto, LOS ODIO. Cada vez que el pobre pibe levantaba la tijera, yo le daba una nueva orden: NOT STRAIGHT EH, I WANT IT LIKE THIS y le hacía señas con la mano para que no me lo cortara recto sino más desmechado (que alguien me diga cómo se dice desmechado en inglés porque no tengo idea).

Él asentía como diciendo “no soy estúpido”, pero creo que le di un poco de miedo, porque cada vez que me hacía algo, me mostraba con el espejo cómo iba quedando. Casi le digo que prefería no ver. Le pedí que me sacara unas ondulaciones que se me hacen en las puntas y que no me gustan, pero el atrevido me dijo: NO NO, IF I CUT NOT NICE, YOUR HAIR IS LIKE THAT, I LEAVE IT LIKE THAT.

-Ok…

También me dijo que mi hair estaba very dry, y que si no quería ponerme cera en las puntas.

Después de veinte minutos de cortarme cual nena que le corta el pelo a su Barbi, me mostró el espejo otra vez, y finalmente me explicó: OK, THIS LONG, NOW I STYLE.

Y ahí le dio un poco más de onda al corte y me dejó el pelo bastante mejor de lo que pensé que me iba a quedar.

Así que para ustedes, las fotos.

Antes

Después

Dentro de todo, bien

Después después

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IV. AMORES ORIENTALES

Error: este apartado es FALSO.

Yo sabía, SABÍA, que se iban a saltear todas las historias e iban a empezar por ésta.

Esto confirma mi teoría de que tengo amigas muy chusmas. Procedo a dar nombres y que cada cual se haga cargo, corríjanme si me equivoco (o procedan a agregarse a la lista si empezaron por acá): María P, María G, Dafne B, Belén M, Sofi F…

¿Por qué no me sorprende encontrarlas por acá en busca de historias de amor? JAJAJA lo lamento mucho, tendrán que leer el resto de los apartados y prender la tele si quieren culebrones.

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte II

6. AIR-CON

Siento que soy la única que sufre realmente los cambios drásticos de temperatura que hay en esta ciudad.

Apenas salgo a la calle, el calor húmedo y sofocante me pega en la cara y en ese momento pienso dos veces si de verdad quiero salir de mi hostel a caminar o no.

Estoy en Asia, no puedo no salir a conocer.

Así que pongo un pie en la vereda y ya perdí como tres litros de transpiración.

Hola malayos, ¿me explican cómo hacen para no sufrir este calor de perros? ¿Por qué están siempre tan impecables y me hacen quedar tan desastrosa en comparación? Al rato, después de unos minutos de caminata, entro a un lugar cualquiera, tal vez un shopping, tal vez un 7-Eleven, tal vez un restaurante y bum: frío polar. Y los peores son los colectivos de corta y larga distancia: tengo que vestirme como para ir a la montaña. ¿Soy la única que se está congelando en este lugar? ¿Cómo hace, señor, para no sentir frío estando en camisa y short, cuando la temperatura no supera los 10 grados? ¿Por qué nadie pide amablemente que apaguen el aire acondicionado?

¿Por qué te crees que salimos con campera a todos lados? me dice una amiga malaya.

Jamás pediremos que bajen el aire, simplemente aceptamos el estado de las cosas y sabemos que cuando vamos a tomar un colectivo de larga distancia, tenemos que llevar guantes y bufanda, me explica otro local.

Yo creo que en el fondo hay cierto deseo de hacer de cuenta que en algunos metros cuadrados de Kuala Lumpur, el invierno existe.

7. MAPA

Una estadounidense me lo advirtió en Penang: el mapa de Kuala Lumpur es extremadamente engañoso, uno cree que puede unir dos puntos de la ciudad mediante una caminata siguiendo una simple línea recta, pero no señor, en medio de esa línea aparecerán calles que no figuran en el mapa ni de casualidad y que harán que uno se desvíe y termine en cualquier otro lugar.

Y si decidimos tomarnos u taxi o colectivo, peor aún: estaremos por lo menos media hora atascados en el tráfico.

Así que esta es una de las grandes decisiones que hay que tomar al enfrentarse a esta ciudad: si camino voy a llegar a destino más rápido pero probablemente me pierda varias veces, y si tomo un transporte, llegaré seguro, pero mucho después de lo previsto.

Por suerte tengo la ayuda de mis amigos locales que siempre saben cómo llegar: ellos jamás usan el mapa, les parece muy confuso, así que simplemente buscan algún edificio con la mirada, lo toman como referencia, y caminan hacia esa dirección.

8. MASJID (mezquitas)

Cuando viajé por América latina, los dos elementos que aparecían en todas las ciudades eran los museos y las iglesias.

Visité tantos que llegó un momento en el que solamente dediqué mi tiempo a aquellos que fueran distintos o especiales porque, seamos sinceros, en algún punto se vuelve un poco tedioso o aburrido mirar siempre las mismas construcciones.

Acá, en cambio, para mí todo es nuevo, y cada vez que veo un templo chino o hindú o alguna mezquita, entro sin pensarlo. Para la gente local, los templos son lo más aburrido del mundo, para mí, son fascinantes. Esos colores, ese mármol, ese estilo, esos detalles…

Entré por primera vez a una mezquita en Penang y realmente me sorprendió: son lugares que transmiten mucha paz, además de ser arquitectónicamente impresionantes. En todas las mezquitas hay un guardarropas con túnicas para que las mujeres extranjeras o no musulmanas se tapen y sólo muestren las manos, los pies y la cara. Al entrar, siempre hay algún voluntario dispuesto a recibir a los visitantes y explicarles acerca de su religión.

Me parece muy interesante poder aprender de primera mano acerca de esta religión de la que se habla tanto.

Un dato que aprendí en Malasia: acá, todos los malays (no los chinos-malayos ni los hindú-malayos, sino los que acá se denominan malays a diferencia de los malaysians que son todos los habitantes del país) son musulmanes por ley. Las mujeres eligen si quieren cubrirse o no, hay algunas que no lo hacen, y tienen prohibido taparse toda la cara, solamente se cubren el pelo. Las mujeres que se ven en la ciudad vestidas totalmente de negro y que solamente dejan ver los ojos y las manos son de otros países como Arabia Saudita.

9. EXPATS

Incluso tienen una revista propia, acá los expats (extranjeros que decidieron instalarse en Malasia) son una gran comunidad.

En Penang, por ejemplo, conocí a un grupo de profesores de China y Gran Bretaña que viven en la isla y enseñan materias en inglés, ya que en los colegios de Malasia hay ciertas materias que deben ser dictadas obligatoriamente en inglés, como Math o Science.

¿Por qué eligen venir acá? Tipi, una chica china de 25 años, me lo resumió de manera muy simple: Acá gano más de lo que ganaría en China haciendo el mismo trabajo. Juan, un neoyorquino hijo de portorriqueños, me contó que está viviendo hace cuatro meses en KL porque quiere triunfar como DJ de salsa, pero todavía no tuvo mucho éxito. Chris, un alemán, está en KL porque la empresa en la que trabaja (Google, no sé si la ubican) lo transfirió a la central de Malasia.

Algunos se sienten atraídos por la cultura, la comida y la gente de Malasia, otros vienen por un tema de sueldo o experiencia, pero lo cierto es que es muy fácil sentirse cómodo en este país: el lenguaje no es una barrera, la gente es muy cálida y curiosa y la comida es excelente y muy barata.

10. DIFERENCIAS

Me costó entrar en clima en KL. Los primeros días me sentí un poco perdida en la gran ciudad y pensé en volver lo antes posible a Penang.

Pero no, tengo que seguir avanzando.

Y ahora, claro, no quiero dejar KL.

Es una ciudad de grandes contrastes: edificios altísimos e imponentes, baches en las calles, gran cantidad de opciones de transporte público, embotellamientos y veredas casi inexistentes, comida de primer nivel, cuervos y ratas en las calles.

Pero lo mejor, como siempre, es la gente. Es lo que hace que un país, pueblo o ciudad sea lo que es.

¿Te molesta que acá todos te miren fijo? me pregunta una amiga local.

Para nada, le respondo.

Es que para nosotros sos muy exótica, y además sos la primera argentina que conozco, al igual que muchos.

Es curioso: para nosotros los asiáticos son raros, distintos, desconocidos, y para ellos nosotros, “White western people”, somos raros, distintos, desconocidos.

Y apenas nos ponemos a charlar nos damos cuenta de que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post

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Kuala Lumpur en diez palabras – parte I

1. TRÁFICO (a.k.a. traffic jam)

He aquí mi primer grato encuentro con Kuala Lumpur.

Son las 12.30, estoy viajando tranquilamente en el colectivo desde la apacible isla de Penang hacia la ciudad capital del país.

A qué hora llegaremos, le pregunto al conductor.

A las 5 pm, me asegura.

Qué bien, qué puntualidad, pienso.

De repente, son las 6.30 pm y el colectivo avanza a dos por hora bajo la lluvia y cada vez que le pregunto al pasajero de adelante cuánto falta, mira su reloj, hace algunos cálculos mentales y promete: 15 minutos.

Creo que tardé más tiempo en llegar desde la entrada de KL a la terminal, que desde Penang hasta KL.

Así es: bienvenidos a Kuala Lumpur, ciudad donde, tarde o temprano, todos seremos víctimas del tráfico. Los malayos mismos lo dicen: hay dos maneras de calcular el tiempo de viaje en KL, “con traffic jam” y “sin traffic jam”. Y estos atascamientos de autos, colectivos, motos y taxis son tan comunes y están tan aceptados como algo normal dentro de la rutina diaria, que nadie se molesta en tocar bocina ni quejarse en voz alta y todos salen de sus casas por lo menos 40 minutos o una hora antes de lo previsto para llegar a tiempo.

Es así, si vas a salir con ruedas, bancate el embotellamiento.

Juro que un colectivo que me tomé estuvo parado en un ¿semáforo? durante 15 minutos y nadie dijo nada, todos siguieron mirando televisión tranquilamente (hay tv en el transporte público).

2. PROHIBIDO

Malasia es un país musulmán y como tal tiene varias restricciones… algunas bastante cómicas.

Enamorados, cuidado: nada de besarse ni demostrar cariño en público. Masca-chicles, ojo: está prohibido subir a las Torres Petronas comiendo chicle. Comunidad gay, lo lamento: nada de salir del clóset. Bebedores de cerveza, preparen sus bolsillos: el alcohol cuesta el triple por la cantidad de impuestos. Nada de portarse mal, que la Policía Moral está mirando y las multas serán jugosas.

3. ROMPERÉCORDS (o Malaysia Boleh!)

Aunque ostentan el mástil más alto del mundo, el shopping más grande de Asia y dos torres que en su momento fueron las más altas, para los malayos nada de eso es noticia.

En este país hay todo tipo de récords, probablemente más de uno nuevo cada día: la mayor cantidad de ancianos en un circo, la rana más pequeña del mundo, la mayor cantidad de cabezas lavadas con shampú en un solo día en un shopping (exactamente 1068), la subida de escalones más alta realizada de espaldas (2058 peldaños), el padrino (best man) más frecuente en los casamientos (apareció en 1069 festejos), el primer abogado ciego del mundo…

Más de 1300 hazañas documentadas en el popular Malaysian Book of Records: hechos insólitos, cómicos y bizarros que demuestran que Malaysia Boleh! (Malasia Puede).

¿Y de dónde surgió este afán de romper récords? Del antiguo primer ministro Mahatir Mohamad, quien decidió incentivar a los malayos para que se superaran día a día y convirtieran su país en una nación asiática avanzada.

Ah, y él también ostenta un récord: fue el Primer Ministro que más tiempo estuvo en el poder en Malasia (22 años).

4. LAH

Come on, lah! We’re gonna be late, lah! Hurry up, lah!

Una de las palabras más escuchadas de boca de los malayos, sin importar si son hindúes, chinos o musulmanes, es el simpático “lah” que todos repiten para enfatizar su discurso.Y, por si se lo estaban preguntando, acá todos hablan inglés, uno de los idiomas oficiales del país junto con el bahasa malayo (hay malayos que solamente hablan estos dos idiomas y no los dialectos que corresponden a su raza).

Afortunadamente para nosotros, viajeros que desconocemos el lenguaje del lugar al que vamos, acá todos entienden el inglés a la fuerza, y si no pueden hablarlo con propiedad, lo mezclan con bahasa y forman el Manglish.

Y si entrenamos el oído, terminaremos escuchando frases como bladibarsket (bloody bastard), mamak stall (restaurante hindú) y Got question? (alguna pregunta?). Ni intenten descifrar un cartel en bahasa, es completamente imposible y las palabras, aunque son simples de leer, no se parecen a ningún término que nos suene relativamente conocido: terkenal es alguien famoso, mat salleh es un extranjero, jalan es una calle y Terima kasih es gracias. Queridos lectores: Selamat sejahtera. Nama saya Aniko, Apa khabar? Saya tidak faham bahasa, selamat malam!

5. MALAYSIAN STYLE

En ciudades asiáticas caóticas como Bangkok o Kuala Lumpur, en las que es casi imposible cruzar la calle sin ser atropellado, no queda otra que aprender la técnica de los locales para realizar semejante hazaña.

Cuando llegué a Bangkok y me enfrenté a la vereda por primera vez, casi decido visitar solamente los lugares que se encontraran en el radio de la manzana de mi hostel, lo que fuera con tal de no cruzar.

Como peatona en la capital tailandesa, esta fue mi primera impresión: bien, estoy parada frente al semáforo como corresponde, esperando que cambie la luz para cruzar, como corresponde. De repente la luz cambia, uno de los cinco semáforos que funciona para alguna de las cinco esquinas que confluyen acá acaba de ponerse en rojo, lo que quiere decir que algún auto tiene que frenar obligatoriamente y dejarme el paso.

ERROR.

Algunos autos frenarán, sí, pero de la nada aparecerán (de una dirección desconocida) veinte autos a toda velocidad con prioridad para doblar (esto de tener los lados invertidos para el manejo me sigue confundiendo).

Confieso que hubo veces que llegué a estar parada diez minutos en el mismo lugar, intentando frenar el tráfico con la mirada. Pero logré cruzar: cada vez que aparecía un local dispuesto a cruzar (con suma tranquilidad, porque para ellos la hazaña no es tan grande), disimuladamente me ponía al lado y caminaba hacia la vereda de enfrente a la par. Y en Malasia aprendí a cruzar Malaysian Style: mi amiga Belinda, ciudadana de KL, me explicó que en esta ciudad nadie respeta las sendas peatonales, cada cual cruza dónde, cuándo y cómo quiere.

Eso sí, hay una regla: una vez que empezaste a cruzar la calle, jamás te arrepientas ni vuelvas hacia atrás.

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que siguen? Lee la parte II acá!

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Penang: lugares-cebolla

Creo que existe cierto feeling entre el viajero y el pueblo o ciudad a la que llega. Por eso no me guío mucho por lo que me dice la gente: un lugar al que a una persona le puede fascinar, a otra puede transmitirle mala vibra o directamente aburrirle.

Cada cual lo cuenta según cómo lo vivió, y siempre habrá tantas opiniones como personas.

En mi caso, hay lugares del mundo que me atrapan.

Me pasó en Copacabana (Bolivia), me pasó en Lima (Perú), me pasó en Montañita (Ecuador), me pasó en San Blas (Panamá) y me pasa acá, en la isla de Penang (Malasia).

Son lugares que, para mí, merecen su tiempo para ser descubiertos. Lugares-cebolla, tal vez, en los que hay que ir pelando una a una las capas que conforman el todo para llegar al centro de la cuestión. Y cuando encuentro un lugar en el que siento esto, perdón, pero voy a tardar más tiempo en escribir al respecto.

Hay otros lugares, en cambio, que me gustan, me entretienen, me interesan, pero no me generan ningún tipo de sentimiento.

Son lugares por los que paso tres o cuatro días y siento que ya encontré todo lo que tenía para ofrecerme, le saqué la ficha al instante, capté la atmósfera desde el primer día. Es una sensación, nada más, y puramente subjetiva, claro, como cuando conocemos a una persona nueva.

Sé que ni en un vida se puede terminar de conocer la complejidad o simpleza de un lugar del mundo, pero hay pueblos/ciudades por las que paso corriendo y otras por las que paso gateando, mirando todo con asombro.

Mercado musulmán

¿Qué sabemos de Malasia?

Yo, por lo menos, no tenía ninguna imagen mental definida de este país. Me imaginaba… nada.

Muchos orientales, mucho calor, muchas mujeres con burka. ¿Qué me fueron diciendo en Tailandia? Que es un país muy caro, que es un país fascinante, que es un país aburrido, que es un país barato, que es un país así o asá… Hay que tomar cada declaración como de quien viene. Por eso en general prefiero no investigar demasiado sobre el lugar al que voy a ir, me gusta dejarme sorprender e ir aprendiendo a medida que voy conociendo.

¿Se imaginaban, por ejemplo, que en Penang (y en Malasia) conviven tres grandes comunidades?

Los malayos (musulmanes por ley y más de la mitad de la población del país), los chinos y los hindúes.

Cada grupo mantiene sus tradiciones, su religión, su idioma, su comida, sus festejos, sus templos, sus construcciones y sus costumbres. Los habitantes de las tres comunidades conviven en un mismo territorio, en general todos hablan varios idiomas y dialectos (bahasa, mandarín, cantonés, tamil, inglés), trabajan juntos, comen juntos, son amigos, socios, colegas, compañeros de colegio o de universidad, pero jamás se casan entre grupos distintos. Por eso no se ve la mezcla en las caras y es muy fácil saber quién es chino, quién es hindú y quién es malayo.

Las personas de alrededor de 40 años pertenecen a la tercera o cuarta generación de su familia, es decir que sus abuelos o tatarabuelos fueron los que llegaron a Malasia de China o de la India hace varias décadas y se establecieron en Georgetown, capital de la isla. Y ellos son chinos e indios, pero a la vez no lo son: son chinos-malayos e indios-malayos, personas que serían tratadas como extranjeras si fuesen de visita a sus respectivos países de origen.

Same same but different, dirían los tailandeses para referirse a algo que es parecido pero que no llega a ser lo mismo.

Y si un lugar así nos resulta exótico a nosotros, imagínense cuando ellos conocen a alguien de Sudamérica, de aquel continente que está tan lejos de su realidad.

Aunque, tal vez no lo van a creer, pero sacando la comida, la religión, la vestimenta, veo más similitudes que diferencias entre estos dos mundos que creemos opuestos.

Los malayos (sin importar a qué comunidad pertenezcan) son curiosos y siempre me preguntan de dónde soy. Cuando digo Argentina me responden una de dos: “Ohh Argentina! Good football! Messi” o, en su defecto, me cantan “Don’t cry for me, Arshentiiina” (vaya uno a saber por qué, pero la película es muy famosa acá, al igual que Lady Gaga que no para de sonar en las radios).

En estos días que estuve en la isla intenté conocer por lo menos a un miembro de cada comunidad, para ver Penang desde tres (o más) ángulos distintos.

Chin Chin y yo en el mercado

Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing, es profesora de Física en un colegio, tiene 50 años, es casada y tiene dos hijas y un hijo que vive y estudia en Singapur. Ella me recibió en su casa de la manera más hospitalaria posible: me preparó un cuarto para mí, me cocinó comida china típica, me llevó a pasear, me hizo mil y un preguntas de Argentina y me contó mil y un cosas de Malasia.

Que los malayos reciben muchos más beneficios de parte del gobierno, que los chinos son los profesores y médicos más prestigiosos y los que ostentan el verdadero poder económico, que para los chinos la educación es lo más importante, que los indios reciben un salario menor que el resto, que en Penang es más barato comer afuera que comprar la comida en el supermercado y prepararla, que la comida de Penang es la mejor del país y por eso se la pasan comiendo a toda hora.

Ang Huah y su remera, sólo para entendidos

Ang Huah, uno de los “líderes” de Couchsurfing en Penang (con más de 150 huéspedes de todo el mundo en su historial), también es chino-malayo y es famoso en otras ciudades por ser LA persona que  más sabe de la cultura china de Penang.

Ang tiene una táctica para que los couchsurfers lo reconozcan: simplemente se para en algún lugar estratégico con su remera negra que dice “Got couch?” sin decir una palabra. Los que saben, entienden el mensaje. Según me cuenta, lo de Couchsurfing es algo “part-time” para él, ya que se dedica a muchas (muchísimas) otras actividades: es profesor de kung fu, organizador de eventos de la comunidad china, estudiante de tai-chi, voluntario en un hogar de gente discapacitada, vendedor de terrenos, escritor. Pero se lo ve rodeado de extranjeros todos los días y a toda hora.

Ang aprovecha Couchsurfing para hacer una investigación para su próximo libro: quiere saber por qué los extranjeros eligen viajar a Penang, qué buscan, qué intereses tienen, cuál es su misión. A sus 50 años, tiene una energía envidiable y una personalidad tan hiperquinética que resulta graciosa y tierna: Ang es capaz de estar en tres conversaciones a la vez, es común que se excuse por “10 minutos” y vuelva tres cuartos de hora después tras haber terminado su clase de tai-chi.

Tiene la capacidad de organizar la agenda de cualquiera de la manera más eficiente posible, porque según él, el tiempo es lo más valioso que tiene y no quiere andar por ahí desperdiciándolo, aunque es normal que cambie de planes constantemente.

Así que el día que me llevó a ver un espectáculo local de ópera china, nuestro itinerario, en principio, iba a ser así: a las 18.30 nos encontraríamos en la puerta del templo para ir a la ópera a las 19, el show terminaría a eso de las 21 así que nos íbamos a quedar hasta el final para poder ir al backstage a sacar fotos.

Pero las cosas sucedieron así: yo llegué temprano al templo y me crucé con un amigo indio de Ang que me pidió que lo acompañara a que una mujer china le leyera la fortuna, después me invitó a tomar Masala Chai, un café de especias y hierbas aromáticas típico del sur de su país, hablamos de la India y me explicó cómo tenía que vestirme cuando viajara para allá para simular que soy una mujer casada; cuando volvimos al templo me encontré con Ang que estaba con una chica de Turquía y un amigo Sikh así que nos fuimos los cuatro a tomar un té chino de hierbas; después de eso me fui con Ang a ver la ópera a eso de las 19.30. A las 20 ya había escuchado algo de ópera, ya había estado en el backstage, ya me había sacado fotos con los actores, ya había tomado otro té y a las 20.30 Ang me acompañó a tomarme el colectivo y se fue de karaoke con sus amigos.

Leyéndole la fortuna a mi amigo…

Ópera china

Así son los días en Penang, no planeo demasiado y las cosas surgen solas.

El día que llegué, como conté, me fui a recorrer la isla en auto con Julio, un mexicano, y Rizuan, un malayo-musulmán que nos llevó a un almuerzo musulmán y nos habló acerca de su religión.

Otro día fui con Journey (mi amiga china), Tipi (su amiga china), el novio australiano de su amiga, una familia de Indonesia, una pareja de Sudáfrica y EEUU, una mujer india-malaya, a comer al hot-pot de Georgetown. El hot-pot es el mejor invento chino que conozco: se trata de un buffet en el que, por aproximadamente 20 pesos argentinos, uno puede comer hasta reventar. Lo divertido es que la comida está cruda y cada cual la prepara en el “hot-pot” (olla caliente) de su mesa: una especie de cacerola dividida en dos con sopa de pollo o sopa de especias en donde se sumerge y cocina la comida.

Al día siguiente fui con Journey y Chin Chin a conocer “el mercado más local” de Penang, varios templos y parques; a la noche fuimos al festival de la comunidad Sikh y terminamos bailando con todos los extranjeros en medio de un grupo de treinta hindúes al ritmo de la música sikh.

Después nos encontramos con el grupo de couchsurfers y una banda de músicos franceses, británicos y españoles y nos fuimos caminando por Georgetown mientras uno de los chicos tocaba el acordeón… Y mañana, quién sabe cómo será mi día.

Es cierto, cuando uno viaja, el tiempo pasa a ser totalmente relativo: los amigos de hace pocas horas ya parecen de toda la vida, una semana es como un mes y la edad, raza o nacionalidad de las personas que uno va conociendo es lo de menos.

Mientras esté acá, no importa cuántos días sean, me seguiré dedicando a pelar esta cebolla de la que se asoman personajes nuevos a cada momento.

Ah, sí, y a comer: cada comunidad mantiene su propia comida y todos quieren que uno pruebe sus platos típicos, así que en Penang, una de las actividades más comunes y que más estuve praticando es comer a toda hora y en todo lugar.

Cualquier excusa es buena para probar algo nuevo.

El hot-pot chino: elegís tu comida (cruda) y la cocinás en tu propia cacerolita en medio de la mesa

Probando comida típica en el festival de los Sikh

Con Couchsurfers de alrededor del mundo

Un almuerzo musulmán en el barrio

Georgetown

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