Guía de viajes para humanos

[box type=”star”]Si sos humano (y no Google o un robot), esta guía es para vos. Es un único volumen: te sirve para viajes de cualquier duración y a cualquier lugar del mundo. Y es gratis. [/box]

Ya no uso la Lonely Planet. Me hace sentir culpable. Cada vez que leo todo lo que debería ver recorrer hacer probar olfatear me abrumo y pienso en todo lo que no voy a poder ver recorrer hacer probar olfatear. Las guías de ese estilo son muy útiles, pero a veces siento que están escritas para superviajeros: no sé si existe alguien capaz de ver todo lo que proponen. En estos nueve meses por Europa no usé ninguna, así que decidí hacer de cuenta que no existen. Soy feliz así, con mi slow travel. Y se me ocurrió hacer una guía alternativa para humanos que quieran viajar sin las guías tradicionales. Acá va.

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Guía de viajes para humanos

 

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Una vidente brasilera

Si, siete años atrás, una vidente me hubiese leído la mano y me hubiese contado cómo iba a ser mi vida hoy, no sé si le hubiese creído.

Visto desde afuera, el viaje a Brasil (del que acabo de volver) fue lo que se conoce como una “vacación”. Reposeras en la playa, milhos y sucos de maracujá a toda hora, sandwiches a la espera en la heladerita, récord de paleta (120 pases sin que se nos caiga), paseos por el centro de Canasvieiras y horas bien gastadas en el mar. Durante casi 15 días ni me moví de la isla de Florianópolis, no saqué más de cien fotos y no hice Couchsurfing, sino que me dediqué a nadar, a comer, a descansar en la hamaca paraguaya, a leer (estuve más lectora que nunca) y a escribir (estuve, también, más escritora que nunca). La escritura (la invisible, esa que ustedes no ven porque existe en mis cuadernos, en el borrador de mi libro, en las notas que escribo para revistas) me fluyó como nunca. Tener el mar tan cerca ayudó muchísimo (algún día viviré frente a él, lo sé).

[singlepic id=6707 w=625 float=center] Escribía con esta vista de fondo de pantalla…

[singlepic id=6685 w=625 float=center] Rodeada de naturaleza

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Y visto desde adentro (desde mi interior), siento que este viaje fue un regreso al pasado, un flashback que me ayudó a comprender y reforzar mi presente.

Durante mi infancia me fui de vacaciones decenas de veces. A veces una semana, a veces 15 días, a veces con suerte un mes. Casi siempre al mar, pocas veces a las montañas, nunca a la nieve. Nos quedábamos en hoteles, cabañas o posadas, a veces teníamos el desayuno incluido, otras veces cocinábamos nosotros. Nunca hicimos un tour y la mayoría de las veces teníamos un vehículo propio que nos permitía movernos con libertad. Éramos mi mamá, mi papá y yo: un equipo viajero perfecto (y ahora que lo pienso, ellos tienen gran parte de la culpa de que a mí me encante viajar). Para mí, ese modo de viajar era el normal: había 15 días al año que estaban reservados para irse a la mierda visitar lugares desconocidos usando el dinero ahorrado durante el año laboral. “Viajar” era sinónimo de “irse de vacaciones” y así lo entendí y lo viví durante los primeros 22 años de mi vida.

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Desde que empecé a viajar (y a trabajar de escritora y de fotógrafa durante mis viajes) en el 2008, nunca más volví a irme de vacaciones. Desde que empecé a vivir viajando, el estilo de vida viajero pasó a ser “el normal” para mí. Fui creando una rutina basada en la “no-rutina”, pero rutina al fin: un viaje atrás de otro, comidas nuevas, viajar en bus de un lado para el otro, conocer gente en la calle, comer en la calle, escribir un blog, escribir artículos, escribir un futuro libro, sacar fotos, vender fotos, exponer fotos, salir a caminar, averiguar precios, mandar solicitudes de couch, conocer personas nuevas todos los días, despedidas y reencuentros constantes. Pero recién ahora, en Brasil, me di cuenta de cuán extra-ordinaria (palabra entendida como “fuera de lo ordinario, de lo considerado normal”) pasó a ser mi vida en estos últimos años.

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Durante estos días en la playa brasilera volví, como en un círculo, al inicio de todo y me reencontré con mi versión pre-2008. Vi a esa chica que soñaba con viajar y vivir de eso pero no se animaba porque no creía que fuera posible. Vi a la realidad que me rodeó durante muchos años y que me hizo creer que una vida así demandaba muchísimo dinero. Vi a toda esa gente que me encontraba 15 días al año, durante cada vacación, en la misma playa. Me vi a mí misma con ganas de extender esos 15 días a 365, con el enorme anhelo de ser escritora y de dar a conocer culturas y lugares a través de las palabras. Me vi a mí misma fingiendo tener un sueño más común, como casarme o tener hijos, cuando en realidad secretamente soñaba con ser viajera y recorrer el mundo entero. Me vi a mí misma incomprendida, rodeada de personas que me trataban de loca, de vaga, de mantenida. Me vi sola, con miedo y a la vez con determinación.

[singlepic id=6694 h=625 float=center] Algunas imágenes de Floria

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Y lo más lindo de esta vacación fue que me di cuenta de que yo ya no pertenezco a esa playa, ni a esos 15 días, ni a ese modo de viajar. Fue como si hubiese vuelto a los 20 y una vidente brasilera me hubiese leído la mano en la playa y me hubiese dicho: “Querida, no sufras, dentro de unos años tu vida va a ser totalmente distinta, te lo aseguro”. (Aunque en portuñol sonaría algo así: “Minina, voce nao tem que sofrir mais, em unos anos sua vida sera totalmenchi distincha, eu te asseuro!” :D) (Portugueses: autorización para corregirme, otorgada).

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Me di cuenta, también, de por qué muchos me trataron de loca cuando empecé: porque hay gente —y lo digo sin juzgar— que no entiende que “viajar” pueda ser distinto a “irse de vacaciones”. No lo entiende porque tal vez nunca se lo preguntó. O no lo entiende porque tal vez un día se lo preguntó y como todos le aseguraron que no era posible, lo creyó imposible. O no lo entiende porque es lo que nos hacen creer desde que nacemos. O no lo entiende porque es feliz así, viajando dos semanas al año, y eso es totalmente respetable. No todos son enfermos de los viajes como nosotros (Viajeros Anónimos, ejem…). Lo que pasa es que “irse de vacaciones” implica separar nuestra vida en dos planos: el del trabajo (8 horas por día, 5 días por semana, 50 semanas al año) y el del ocio (fines de semanas y 15/30 días anuales de vacaciones); y “viajar”, en cambio, es un 2 en 1, y eso puede ser difícil de entender. Desde que empecé a viajar nunca más pude separar los viajes del trabajo. ¿Cómo hago, entonces, para irme de vacaciones, si el trabajo es parte de mí y mi vida diaria ya es lo que otros consideran “vacaciones”?

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Este viaje a Brasil fue un desenchufe raro. Por un lado descansé un montón, no puedo negarlo. El mar me devolvió el alma al cuerpo, necesitaba zambullirme en el agua. Y por otro, escribí más que nunca. Me sentí muy inspirada con el mar tan cerca, con la naturaleza a mi alrededor, con la arena en los pies y el aire alegre de Brasil. Y me di cuenta de que a la vidente brasilera le faltó decirme algo: “Minina, tu existencia va a ser distinta porque nunca más vas a poder separar la escritura de los viajes ni los viajes de la vida. Voce nunca más se irá de vacaciones, voce trabajará constantemente”.

  [singlepic id=6713 w=625 float=center] Una foto que me sacaron mientras descansaba

 [singlepic id=6697 w=625 float=center] Me pescaron durmiendo en un bondi

 [singlepic id=6715 w=625 float=center] Tomando sol en la ventana

 [singlepic id=6698 h=625 float=center] Y haciendo surf.

Y seguramente fue esa misma vidente brasilera la que me empujó a entrar a un kiosco de revistas en Canasvieiras (en busca de la revista de La Nación, donde había salido la primera de mis notas) y revisar la selección de libros en castellano (como si ya no tuviese suficientes cosas que leer) y encontrarme con una contratapa que me hablaba directamente a mí (“Este es un libro dedicado a los viajeros, a quienes entienden el viaje no como huida sino como un modo de conocerse a sí mismos; a quienes creen que a viajar se aprende, como se aprende a leer, a amar, a morir”) y comprar el libro aunque estuviese cerrado con un plástico y algo “oxidado” por la humedad, comprarlo aunque no conociese al autor ni de nombre (Cees Nooteboom, holandés, lo recomiendo mucho) y ponerme a leer en la playa y asentir cada cinco minutos sintiéndome totalmente de acuerdo con cada una de sus palabras y descubrir que en realidad siempre supe lo que quería ser cuando fuera grande y que no era solamente escritora, viajera y todas esas cosas imposibles, sino una profesión aún más interesante. Etnóloga.

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“Los etnólogos existen para dar testimonio de que nuestro modo de vida no es el único posible, de que hay otros modos que han permitido a los seres humanos llevar una vida feliz. Los etnólogos nos invitan a moderar nuestra presunción, a respetar otros modos de vida. Las comunidades investigadas por los etnólogos contienen lecciones que vale la pena escuchar. Son comunidades que han sabido hallar un equilibrio entre el hombre y el medio natural, un equilibrio cuyo sentido y misterio hoy ignoramos” (Lévi-Strauss, citado por Cees Nooteboom en su libro Hotel Nómada)

“Minina, cuando sea grande, voce será etnóloga”, tendría que haberme dicho la vidente. Y ahí yo le hubiese dicho: “¡Déjeme en paz, vidente loca! No sé de qué me está hablando. Yo lo único que quiero es viajar.”

 [singlepic id=6710 w=625 float=center] Estas son las dos primeras notas de mi serie de “Viajes extraordinarios” para la La Nación Revista. ¡Por primera vez una nota mía salió en la tapa! Esta es la revista que buscaba cuando entré al puestito en Canas Vieiras y me encontré con el libro.

 [singlepic id=6716 w=625 float=center] Gracias Brasil por existir. Nos vemos pronto!

“¿A qué tengo que dedicarme para poder viajar?”

Últimamente estoy recibiendo distintas versiones de la misma pregunta: “¿Qué tengo que estudiar para poder viajar?”, “¿La clave para viajar mucho es estudiar Comunicación Social como vos?”, “¿Qué trabajo me recomendás hacer durante un viaje?”. Algunos me dicen, incluso: “No sé escribir bien y la fotografía no me apasiona, pero si vos lo estudiaste y con eso viajás, entonces yo también lo haré”.

(Aclaración: la pregunta no tiene qué ver con “cómo aprender a ser un viajero” —está claro que eso se aprende de una sola forma: viajando— sino con “qué carrera o profesión me puede dar la oportunidad de viajar” y “a qué puedo dedicarme durante un viaje”.)

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Tengo varias respuestas. Primero, al parecer Viajando por ahí se convirtió en un diván para consultas psicológicas de viajeros. :D Como les digo cada vez que respondo a uno de estos mails, yo no tengo las respuestas a las dudas existenciales de nadie (casi que ni tengo respuestas para mí). Lo que sí puedo decirles es lo que NO tienen que hacer: NO tienen que estudiar lo mismo que yo estudié para hacer lo que yo hago (es decir, viajar). Tampoco tienen que dedicarse a lo mismo que yo. No es la idea ni lo que quiero transmitirles. Ese sería el camino fácil y lo más probable es (si no les gusta la Comunicación ni la escritura ni la fotografía) que no sea la solución ni la respuesta a sus vidas. ¿Quieren dedicarse a algo que no les gusta pero que les permita viajar? Es como trabajar de algo que no les apasiona solamente para ganar plata. Mi consejo es no lo hagan.

[singlepic id=5728 w=800 float=center] Sería una solución efímera como este panadero…

No existe una carrera universitaria de Viajero (por ahora…), tal vez algún día fundemos nuestra propia Universidad de la Vida (¿se imaginan? “Sí, yo soy Doctor en Viajes, me recibí en la UV”), pero por el momento ser viajero no tiene que estar ligado a una carrera específica, sino a otra cosa, a algo muy importante en nuestras vidas: nuestro talento. Ser viajero tiene que ser un complemento a nuestro talento, una manera de llevar nuestro talento por el mundo.

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El camino “para ser viajero”, creo yo, consiste en descubrir tu talento y buscar la manera de combinarlo con los viajes. Todos nacemos con un talento, de eso sí estoy segura. Puede ser un talento chiquito, puede ser un talento descomunal, puede ser algo que ustedes ven como “hobby”… Muchos lo conocen, pero muchísimas personas no indagan ni se lo preguntan. Hablen con ustedes mismos: ¿qué es aquello que los apasiona? Aquello que hacen sintiendo que “no trabajan”. Esa actividad que los hace olvidarse del mundo y sentirse felices. Probablemente sea algo en lo que son buenos o en lo que quisieran perfeccionarse a lo largo de su vida. Y después pregúntense: ¿cómo hago para combinar ese talento/pasión con los viajes? No me digan que la única opción para viajar es ser escritor y/o fotógrafo porque no es cierto. Creo que cualquier profesión puede combinarse con los viajes: hay médicos viajeros, músicos viajeros, cocineros viajeros, artistas viajeros, diseñadores gráficos viajeros, ingenieros viajeros, actores viajeros, arqueólogos viajeros, sociólogos viajeros… Algunas profesiones pueden parecer difíciles de combinar con los viajes, y por eso los invito a pensar, a usar la creatividad, a soñar, a imaginar cómo pueden combinar eso que hacen y que tanto les gusta con los viajes por el mundo. Yo, como les dije, no tengo la respuesta.

[singlepic id=5723 w=800 float=center] Hay cocineras viajeras

[singlepic id=5732 h=800 float=center] Pescadores viajeros

[singlepic id=5716 w=800 float=center] Y muchas ganas de viajar

Si hay algo que aprendí en estos años es que viajar por viajar es lindo (es extremadamente lindo), pero cuando uno dedica todos los días de su vida a eso, viajar por viajar no es suficiente. Tenemos que aprovechar esa “movilidad”, ese desplazamiento constante, para llevar algo alrededor del mundo (algo además de nuestra propia persona): un mensaje, un objeto, una idea, una enseñanza, una receta, una canción, un juego, una cura, una locura, un baile, una interpretación, una sonrisa, un abrazo, un ejemplo, un sentimiento, una técnica, un cuento, un film, una poesía, una imagen, una palabra, un truco de magia, un programa de radio…

[singlepic id=5719 h=800 float=center] Hay que dejar una huella…

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Si bien considero que ya estoy llevando algo (o por lo menos estoy “trayendo” mis relatos y fotos para compartir con ustedes), quisiera empezar a “dejar” algo en cada lugar al que voy. Por eso otro de mis proyectos a futuro (además de tener una casa rodante o kombi hippie, escribir varios libros y construir un Centro Cultural de Viajeros en algún lugar frente al mar) es viajar llevando “algo” a cada lugar que voy. Hay varios proyectos de viajeros amigos que me inspiran muchísimo: el Proyecto Educativo Nómada de Lau y Juan (los Acróbatas del Camino), el Proyecto Mágico de Dino y Aldana (Magia en el Camino), la radio itinerante de la Kombi Rutera… Creo que no hay nada más lindo que viajar y además dejar una huella, tanto en los que se quedan en casa, como en los que se van cruzando por nuestro camino. Es una manera de darle algo a cambio al mundo, de aportar un granito de arena en pos de la felicidad mundial.

[singlepic id=5729 w=800 float=center] Encontré la kombi de mis sueños, estacionada en Buenos Aires…

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[singlepic id=5724 w=800 float=center] Niños saliendo del colegio en Jakarta. ¿Habrá algún futuro viajero entre ellos?

Y la respuesta que les puedo dar a su pregunta inicial, entonces, es que para “ser viajero” no existen carreras universitarias correctas o incorrectas. Tampoco existen profesiones más o menos viajeras. Pueden estudiar Turismo, pueden estudiar Fotografía, pueden estudiar Antropología, pueden estudiar Gastronomía, pueden estudiar Diseño Gráfico, pueden estudiar Geografía, pueden ser autodidactas, pueden hacer cursos, pueden no estudiar (pero siempre aprender)… Lo importante es que descubran qué es lo que les apasiona (además de viajar), se dediquen de lleno a eso y busquen la manera de potenciar ese talento/vocación/pasión y combinarlo con los viajes.

Si hacen lo que les gusta van a sentir esa necesidad de compartirlo con el mundo y qué mejor que irse por ahí con la pasión en la mochila.

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***

Les dejo algunos videítos que me gustan y que hablan del cambio de paradigma educativo y laboral que estamos viviendo.

[highlight]1) “School kills creativity”[/highlight], (“La escuela mata la creatividad”), excelente charla de Ken Robinson

Parte 2 de esta charla: “Bring on the learning revolution” (“Que empiece la revolución de la educación”), dada por Sir Ken Robinson cuatro años después

***

[box] Este post pertenece a la sección Preguntas Frecuentes. Estas son algunas de las preguntas que me hacen siempre y que tal vez vos también querías hacerme:

“¿Cómo hago para dejar todo e irme de viaje por el mundo?”

“¿Cómo empezaste? ¿Cómo trabajás? ¿Cómo te financiás?” (3 en 1)

“¿Es peligroso viajar sola?”

“Quiero viajar pero no sé cómo empezar”

“¿Qué llevás en tu mochila?”

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?”

“¿Cómo hago para comprar vuelos baratos por internet?”

“¿Qué es Couchsurfing y cómo funciona?”

“Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero”

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes)

“¿A qué tengo que dedicarme para poder viajar?” [/box]

Viajeros Anónimos
(El primer grupo de autoayuda para adictos a los viajes)

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Hola todos, me llamo Aniko y soy adicta a los viajes.

Vengo acá porque ya no sé con quién hablar. Hace veinte días toqué fondo. La abstinencia me estaba matando, me sentía mal, me dolía la cabeza, me iba a dormir a cualquier hora, todo me parecía gris… Así que tuve que hacerlo. Una noche estaba chateando con mis amigos bloggers de viaje (sí, porque ahora la mayoría de mis amigos son bloggers y/o viajeros, y con casi todos chateo porque somos muy geeks) y alguno (puede que haya sido yo, puede que no, aunque yo siempre hago estas cosas) propuso aprovechar el feriado del 9 de julio e irnos de viaje todos juntos. Tiramos ideas, alguno dijo Mendoza, otro dijo Uruguay, alguien dijo Tandil. Finalmente decidimos que lo mejor era ir a Uruguay, y la charla siguió así:

(Pongo las iniciales de los involucrados para proteger su intimidad, aunque estoy segura de que cuando lean esto se van a sumar al grupo V.A., que by the way, tiene mis iniciales invertidas)

M:

definamos fecha

S:

Dale 

Aniko:

yo me puedo ir YA

jajajaaj

los espero allá

internada en cabo polonio

vamos lo antes posible

yo necesito mi dosissss (de viaje)

estoy sufriendo la abstinencia

M:

la idea sería el Viernes 6/7 al 9/7

hay precio en la web de colonia desde 98 pesos ARGENTINOS

Aniko:

no pueden quedarse más?

esaaaa

compremos yaaa

M:

salida 9hs y regreso 20:45hs

por si se quiere aprovechar al máximo

S:

Na recien veo q tengo mesa en uade

El viernes

Pero tipo 13 estoy off

Aniko:

yo salgo a las 9

ya fue

pasá el link

así comprooo

S:

Pará nena

Aniko:

jajajaja

me voy igual

si no vienen

S:

Viajandorapidoporahi

JP:

tiene abstinencia!

Aniko:

jajajaja

viajandoporahiconabstinencia

M:

se puso loooooca

Aniko:

no puedo más

no puedo máaaaaasssshfjdhsfjdhsjk

S:

Ponganle clase turista o discovery a ver si se calma

Aniko:

pasame la jeringa que me inyecto un pasaje

M:

na, a todos nos pasa igual

S:

Easy easy aqui tenes una lonely planet

M:

no puedo ver la torre eiffel… no puedo ver nada de Europa que me pongo mal

bueno, me voy a cenar…

me avisan lo que definieron

S:

Aniko ya viajó, esta escribiendo desde el bote

Aniko:

JAJAJJA

transmitiendo en vivo desde el colonia express

ya estoy en pto madero

S:

Bue loco este foro es un quilombo

Aniko:

jejejej

me cago de risa

bueno, vamos?

compramos?

(…)

COMPROOOO

yo me quedo más días

voy con uds y me quedo

estoy sacadaaaaa

S:

Conozco un grupo de gente que te puede ayudar

Aniko:

jajajaja

S:

Los bloggeadores

Aniko:

Viajeros Anónimos?

S:

No, los simuladores del blog

Aniko:

jajajaj

vienen acá y me hacen creer que en realidad estoy de viaje?

me despierto con la casa escenografiada con escenas de machu picchu y la polinesia?

S:

Claro, arman un escenario distinto de tu casa todos los dias

Aniko:

qué lindoooo

S:

Con gente, comida, ruido y olores. Todo el combo

Aniko:

bueno comprooooo ya

no saben la alegría que siento en este momento

me quedo en uru después así que no vuelvo con uds

S:

Jaja, drogonaaa

(de viajes)

Aniko:

siiiii

estoy felizzzz

en un mes estaré en uruguay

listoooo! compré para el 6 a las 9 am

SOY FELIZ

[singlepic id=5372 w=625 float=center] Colonia, allá voy

No pude evitarlo. Una cosa llevó a la otra. Estaba a un click del desastre, y lo hice: compré un pasaje por internet a Colonia. Intenté contenerme pero no pude. Venía bien, casi dos meses sin viajar, pero fue más fuerte que yo, estaba cegada por la abstinencia así que lo compré de una, sin pensarlo. Y lo peor es que ni siquiera respeté la fecha establecida: la idea era irnos todos juntos por cuatro días y yo saqué pasaje para irme 15. Y si saqué ida y vuelta es para estar, por lo menos esta vez, en el cumple de mi hermana. Si no capaz que ni volvía.

[singlepic id=5374 w=625 float=center] Vuelvo por ella :)

El clímax de esa noche fue cuando recibí la confirmación de la compra por mail. Me puse a saltar. A cantar. A gritar. No podía parar de sonreír. Casi lloro y todo. De repente todo dejó de importarme: lo único que sentía era la felicidad de saber que se aproximaba un nuevo viaje (aunque faltara un mes). Ahí fue cuando me di cuenta de que necesitaba ayuda, de que mi adicción había ido demasiado lejos, de que estaba (estoy) atrapada en las garras de los viajes. Pero no quiero dejarlos. No puedo. Ya son parte de mi vida. Además tener un blog de viajes no ayuda: es como ser adicto al chocolate y tener una bombonería. Toda mi vida ronda alrededor de los viajes.

[singlepic id=5357 w=625 float=center] Viajes en 202

[singlepic id=5378 w=625 float=center] Viajes en burbuja

Cada persona que conozco me habla de viajar. Me invitan a la radio y me entrevistan acerca de mis viajes. Me invitan a la tele y me entrevistan acerca de mi blog (de viajes). Los lectores me escriben mails hablándome de viajes. Me invitan a tomar cafés y hablamos de sus futuros (o pasados) viajes (y a mí me dan más ganas de viajar). Escribo notas para revistas acerca de viajes (lo cual hace que vuelva a viajar a través de las fotos y de las palabras). Tengo una columna de viajes en un programa de radio. Leo literatura y revistas y blogs de viajes. Veo películas de viajes. Escucho música que me transporta a momentos vividos en mis viajes. Me voy a La Plata y hago de cuenta que estoy viajando al exterior (estoy muy mal, claramente). Hago muestras de fotos de viajes. Sueño con viajes. Si no hablo de viajes me aburro. Hasta me deprimo. Además la gente me ve e inmediatamente prende su switch viajero y me habla de viajes. Debo tener un cartel pegado en la frente: VIAJERA. Si cada persona tuviera un hashtag en la vida real, el mío sería #viajes (y soy tan geek que hablo de hashtags en la vida real, pero eso tengo que ir a tratarlo a Ciberadictos Anónimos). Siento que todos los caminos (y todas las personas) me conducen a un viaje.

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[singlepic id=5354 h=625 float=center] y cada viaje me conduce de vuelta a Buenos Aires…

Cuando recién empezaba a “ser viajera”, cada vez que volvía a Buenos Aires la gente me preguntaba “Y… ¿ya está, no?”, como diciéndome “Ya te sacaste las ganas de viajar, me imagino”. No, cómo explicarles que no, que son ganas que no se van a terminar nunca. O me decían “Hacelo ahora que podés, después viene la familia, las obligaciones, los ruleros, te vas a poner vieja (de “vieja” a “viaje” hay dos vocales invertidas, les cuento), no vas a querer viajar más”. Imposible. Cada vez quiero más. Dudo que pueda frenar. Por eso acepto —hoy 21 de junio, formalmente y frente a este grupo— mi adicción incurable a los viajes. Y confieso también que me volví una fundamentalista de los viajes como educación para la vida. Creo que debería haber una ley mundial que obligue a todos los habitantes de la Tierra a viajar durante un año de sus vidas. Al terminar el colegio, por ejemplo. “Según la Ley V.I.A.J.E.” en algún momento de tu vida te va a tocar y no te va a quedar otra que viajar: como un servicio militar obligatorio pero sin la parte de militar. Un ejército de viajeros. Creo que todos nos conoceríamos muchísimo más (a nosotros mismos) y veríamos el mundo de otra forma, habría menos prejuicios, menos guerras, más felicidad, más entendimiento. El mundo sería un poquito mejor si todos nos dedicáramos, por lo menos durante unos meses de nuestras vidas, a ver y entender cómo viven otros en otras partes del planeta.

[singlepic id=5373 w=625 float=center] Con Alí, un amigo nómada, en el desierto, sacándonos fotos

[singlepic id=5379 h=625 float=center] Mirando el mundo por la ventana…

[singlepic id=5380 w=625 float=center] Así deberíamos ver el mundo, con asombro

[singlepic id=5359 h=625 float=center] En este mundo hay de todo, y hay niños que se hacen los cancheros, como él (muy simpático con su chupete)

[singlepic id=5386 h=625 float=center] Y chicas que se esconden…

No sé si a ustedes les pasa, pero no hay cosa que me genere más rabia que la frase “Bienvenida de vuelta a la realidad”. Es lo que me decían (ahora cada vez menos) muchas personas cada vez que volvía a Buenos Aires después de un viaje. Es la típica frase que sólo es capaz de decir un no-viajero, porque cualquiera que haya viajado sabe que la realidad no es (solamente) esta, que la realidad está allá afuera, en cada pueblito, en cada islita, en cada ciudad, en cada mirada, en cada persona que muestra su lugar a través de sus ojos. La realidad es el mundo entero. La realidad no puede ser solamente Buenos Aires (o la ciudad desde la que me estén leyendo), es muy egoísta creer que la realidad se puede reducir solamente a lo que nos rodea. La realidad es que en este planeta convive gente que vive de mil maneras distintas (y no solamente de la manera que nosotros conocemos y que creemos “única” o “mejor”), todas igual de válidas, pero distintas. Cada vez que veo que muchas personas siguen rigiendo su vida en base al consumo, al querer más para comprar más, al comprar más para ser “más felices”, me desespero. ¡No! ¿no ven que nadie se va a la tumba con objetos? ¿No ven que no importa quién tiene el auto más nuevo, la casa más grande, el sueldo más alto? ¿No ven que tenemos muchísimas menos necesidades de las que nos hacen creer? ¿No se dan cuenta de que lo único que hay que coleccionar en esta vida son momentos? ¿No escucharon esa frase tan sabia que dice “Travel is the only thing you buy that makes you richer”? ¿No ven que lo más valioso son los sentimientos, la conexión con el otro, la felicidad?

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Hace unos meses empecé a sentir que generé un monstruo, que creé algo que creció tanto que ya me supera, que va más allá de mí. Este blog ya no es solo mío, porque ya no soy la única que lo lee ni la única que viaja a través de él. Lo que me parece más loco es que ahora, cada vez que vuelvo a Buenos Aires, la gente que me conoce me pregunta “¿Cuándo te vas?” (en vez del ya pasado de moda “¿terminaste de viajar, no?”). Mi respuesta siempre es la misma —“no sé, en cualquier momento”—, pero lo lindo, en el fondo, es que ya se dieron cuenta de que no puedo quedarme quieta, de que no voy a quedarme quieta. La adicción pegó fuerte y no hay cura a la vista.

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[singlepic id=5371 h=625 float=center] Dos esquinas que me gustan

Lo peor es cuando me reúno con mis amigos blogger/viajeros. Ahí sí me descarrilo. Me vuelvo una máquina de contar y escuchar anécdotas e historias de viajes. Además también hablamos de blogtrips, de wordpress, de plug-ins, de SEO, de posts, de likes, de followers, de check-ins... Son la peor influencia que puedo tener, pero en el fondo no sé qué haría sin ellos. Me contienen. Me hacen sentir menos rara, menos loca. Y cada vez que me meto más y más en esto de los viajes descubro que somos varios los locos que estamos en la misma, lo que pasa es que como buenos adictos que somos, estamos dispersados por el mundo: algunos van en kombi, otros en bici, otros a dedo, otros en barco, van por la Panamericana, por la Ruta 40, por la Ruta de la Seda, por el Banana Pancake Trail, por los caminos de Europa, llegan a Alaska, a Nueva Zelanda, a Kenya. Con muchos no nos conocemos en persona, pero nos sentimos unidos a la distancia (o por lo menos yo me siento unida a ellos). Somos muchos viajeros y nos damos fuerzas: a través de nuestros viajes nos damos fuerza como grupo, como comunidad, como locos soñadores que somos. Porque todos, en el fondo, estamos haciendo aquello que siempre soñamos y que nos hace más felices, y todos sabemos que viajar (como forma de vida) es muy fácil pero que a la vez implica muchos esfuerzos. Pero lo más importante es que estamos siendo felices, y que esa felicidad es compartida.

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[singlepic id=5351 w=625 float=center] Con los Rodando Ando y mr. TrancaroLing

[singlepic id=5350 w=625 float=center] (viajaré con ellos en esta foto)

[singlepic id=5355 w=625 float=center] Algunas de las cositas que me mandaron ustedes por correo (o que me dieron por ahí) y que tengo pegadas en mi puerta…

Cuando no estoy con mis amigos bloggers, estoy con gente peor: con los couchsurfers. Argentinos, extranjeros, de todas partes. Ellos son los mayores culpables, los que traen un pedacito de su cultura a mi casa o a mi ciudad y me inspiran a querer irme aún más. Aunque pensándolo bien, creo que no hay nadie que me inspire más a viajar que los que están a punto de irse por primera vez. O, por lo menos, los que tienen planeado un primer viaje “grande” para dentro de unos días, meses o años. Ellos me cuentan acerca de sus planes de dejar todo y empezar a viajar y no se dan cuenta, pero mientras me hablan, sus ojos brillan. Brillan tanto y tan fuerte que puedo ver cómo la ruta que todavía no transitaron se empieza a dibujar en sus pupilas. Mientras los escucho puedo sentir el miedo y la emoción que genera salir por primera vez, puedo sentir la felicidad que significa saber que se acerca un viaje. Y mientras me hablan con ansiedad, con emoción, con miedos y, sobre todo, con certezas, yo sonrío por dentro y pienso: uno más que cae. Cada vez somos más.

Y antes de que empiecen a viajar, quiero decirles una sola cosa: no saben en lo que se están metiendo. Esto es un camino de ida. Sino, mírenme a mí. Ya más de cuatro años y ningún plan de frenar. Ya no puedo frenar. Ni quiero.

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Bueno, creo que ya hablé demasiado por hoy. Me encantaría escucharlos a ustedes, así que dejo fundado este grupo de autoayuda para que nos descarguemos y hagamos catarsis cuando sea necesario (por eso empecé a escribir yo hoy… por pura necesidad de hacer catarsis). Gracias a todos los viajeros (futuros, potenciales, experimentados, principiantes, soñadores) por existir. Nos vemos en la próxima sesión (o en el próximo viaje).

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[singlepic id=5362 w=625 float=center] (ya tendré mi gatito viajero)

Asia de la “A” a la “Z”: E de Etnias

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Pensar que a la distancia todo se ve tan homogéneo… Sé que una de las primeras asociaciones que hacemos al escuchar el término “asiáticos” es pensar en chinos, como si ellos solos ocuparan todo el continente. Y cuando hablamos de Sudeste Asiático, muchos no saben qué tipo de gente imaginarse, y vuelven a pensar en chinos.

Si bien la influencia china es fuerte en toda la región, existen cientos, tal vez miles de comunidades étnicas distintas en este lado del mundo. Algunas están adaptadas a cierta geografía, otras a determinado clima; algunos grupos son nómades y otros son urbanos; hay quienes siguen cierta religión y quienes crearon otra. Cada grupo, por más de pertenecer a cierta nacionalidad, conserva sus tradiciones, su cultura, sus rituales y, casi siempre, su idioma.

En China, solamente en China, hay 56 grupos étnicos oficialmente reconocidos por el gobierno. Así que cuando piensen en asiáticos=chinos, van a escuchar mi voz preguntándoles ¿pero a qué tipo de chinos se refieren? Porque están los Han, los Zhuang, los Manchu, los Mosuo, los Yi, los Li, los Sui, los Tibetanos… y cada grupo es tan distinto que creo que se sentirían ofendidos si los metemos a todos en la misma bolsa.

Esta homogeneización, sin embargo, ocurre en todas partes del mundo. Acá, por ejemplo, creen que todos los latinoamericanos usan un sombrero mexicano y bailan como Shakira. O que todos los que son medianamente rubios provienen de Estados Unidos.

Estas generalizaciones son nuestra manera de comprender un mundo que es por demás complejo. Lo malo es que muchas veces se convierten en prejuicios y pasan a ser “totalitarias”: “todos los asiáticos son chinos y todos los chinos son [inserte-adjetivo-aquí]”. Y después de aceptar esa idea como “real”, hay gente que no logra ver más allá.

Lo bueno de viajar, en mi opinión, es que nos permite derribar estos prejuicios y conocer, en primera persona, los miles de matices que diferencian a cada comunidad que habita en este planeta.

* La foto fue sacada en el lago Lugu (China), donde vive la comunidad matrilineal de los Mosuo. Lo que se ve es una peluca que imita el peinado y los adornos típicos de las mujeres Mosuo, las jefas del hogar en esa comunidad.

** Viajeros asiáticos, ¿qué comunidad étnica les fascinó cuando estuvieron por acá?

Viajando en una foto: minuto cero, pensamientos antes de salir

Prólogo:

Un blog de viajes nace para contar experiencias de viajes.

No importa si se viaja a un lugar lejano o cercano, mientras quien lo escribe se mueva de ciudad en ciudad y de un país a otro, el blog funciona normalmente, sin cuestionamientos.

El tema es cuando el autor (en este caso la autora) aprieta pausa y frena la travesía por unos meses o semanas y se mete de lleno en la rutina de una ciudad.

Ahí es cuando el blog comienza a tener problemas de identidad y a hacerse preguntas existenciales: ¿Y ahora, para qué sirvo? ¿Quién me va a querer? ¿Qué sentido tiene seguir online? ¿Cuál es mi misión en la blogósfera?

Como saben (o no) estoy viviendo en Yogyakarta (Indonesia) hace ya más de dos meses por temas “personales” (ejem).

El 17 de octubre se me vence la visa y vuelvo a las pistas.

Mi próximo destino es desconocido.

Lo único que sé es que vuelo a Kuala Lumpur y de ahí comenzaré a viajar hacia Vietnam o hacia Nepal.

Cuando vuelva a estar en movimiento, este blog va a recuperar su razón de ser, va a desbordar de palabras y fotos nuevas.

Mientras tanto, decidí proponerme una “actividad” con beneficios tanto para ustedes como para mí.

Se llama Viajando en una foto, aunque el nombre está por verse, si aparece uno mejor, se cambia (con razón este blog tiene crisis de identidad).

Todos los días voy a subir una foto de mi viaje por Asia, tal vez de una persona, de un lugar, de una situación, de un detalle, de una comida.

Y voy a contar brevemente la historia que la acompaña.

Ustedes podrán conocer y coleccionar más piezas de este rompecabezas asiático, y a mí me servirá para redescubrir imágenes y momentos de mi viaje y para no abandonar a mi pobre blog.

Dejo prometido acá, una foto por día.

Va la primera

Minuto Cero

Bigote volador en el avión de Buenos Aires a Frankfurt

Orson Welles dice, en una de sus frases célebres, que solamente existen dos emociones en el avión: aburrimiento y terror.

Yo agrego que la diversión también es posible si uno de los pasajeros (o pasajeras) se dedica a pegar bigotes en la ventanilla y observar la reacción de la gente.

Yo lo hice pero nadie me dio mucha bola, el de al lado me miró con cara rara y nada más.

Al parecer a la gente ya no le sorprende nada.

Yo, en cambio, decidí tomar el avión a Asia cargando un par de cosas y dejando otras en mi casa:

  • Capacidad de asombro: viene conmigo
  • Imaginación para divertirme con pavadas en los momentos más aburridos: ya está en mi mochila
  • Preconcepto de que todos los asiáticos son chinos: se queda en Buenos Aires,
  • Miedo a lo desconocid0: fuera
  • Temor a que me roben/maten: no vale la pena cargar con eso
  • Curiosidad y ganas de escribir y fotografiar todo lo que me cruce: viene conmigo
  • Bigotes falsos para usar en los momentos menos esperados, guardados en mi mochila (y por esto tengo que agradecer a mi amigo Ariel, quien me hizo este regalo tan original y bizarro para llevarme por el mundo).

También pienso, tal vez a diferencia de muchos, que el viaje empieza mucho antes de llegar al primer destino: el viaje empieza en los preparativos, en el auto camino al aeropuerto, en el aeropuerto mismo, en la gente que conocemos en la sala de espera, en el avión, en las escalas.

Mirar por la ventana del avión cómo se achica la ciudad que acabo de dejar atrás es, para mí, una de las mejores sensaciones: es el minuto cero del verdadero viaje, ese momento en el que sabemos lo que estamos dejando atrás pero no tenemos ni idea con qué nos encontraremos más adelante.

Y si la ventana tiene un bigote, les aseguro que el vuelo no será aburrido.

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Estadísticas de abril

Abril se termina en pocos días, así como mi primer mes de viaje por Asia. Quiero compartir algunas estadísticas y datos interesantes de estos días con ustedes.

  • Kilómetros recorridos: 16.864 (Buenos Aires – Bangkok) +  1185 (Bangkok – Kuala Lumpur) = 18.049
  • Países visitados: 2 (Tailandia y Malasia)
  • Ciudades: 3 (Bangkok, Penang, Kuala Lumpur)
  • Islas: 2 (Ko Panghan, Ko Phi Phi)
  • Kilos que aumentó mi mochila:  me atrevo a decir 800 gr – 1 kg
  • Kilos que aumenté yo: ns/nc
  • Libros leídos: 0.9
  • Cosas que perdí: mi gorra
  • Cosas que desaparecieron misteriosamente: mi par de ojotas de la puerta de un hostel
  • Cosas que compré: un pañuelo, dos vestidos, un par de anteojos retro, ojotas
  • Cosas que me regalaron: un set de cubiertos para viaje, el Qorán en miniatura, un chip de Malasia para mi celular
  • Cantidad de veces que hablé español: 3 (con un mexicano, con una argentina, con una española)
  • Días de lluvia: 2
  • Picaduras de mosquitos: pocas, casi nulas
  • Palabras nuevas que aprendí: Sawatdee (hola en thai), Apakhabar (cómo te va en Bahasa), xie xie (gracias en chino mandarín)
  • Dato inútil: los japoneses usan una toalla alrededor del cuello los días de calor y una toalla en la cabeza si llueve
  • Cantidad de veces que me cobraron de más: probablemente varias (especialmente en Tailandia)
  • Cantidad de veces que me cobraron de menos: ojalá que hayan sido muchas, incontables
  • Cantidad de veces que canté mentalmente la canción Julia de los Beatles mientras caminaba por Chulia Street: 99% de las veces
  • Sueño más raro: que me despertaba y tenía dos sanguijuelas pegadas en el tobillo
  • Interpretación de mis sueños más acertada: no vayas a la selva en época de lluvia
  • Cantidad de fotos que saqué: 1842 (sic)
  • Palabras del mes: couchsurfing, cheap, guesthouse, arshentina
  • Promedio de veces que comí arroz/fideos por día: 2
  • Descubrimiento culinario del mes: sticky rice
  • Personaje del mes: Ang Huah
  • Promedio de veces que me bañé por día: 1.5
  • Cantidad de argentinos que me crucé: 2
  • Cantidad de veces que me crucé argentinos y simulé ser de otro continente y no hablar español: 1 (el “mirá boludo” fue más fuerte que yo)
  • Cantidad de veces que me preguntaron si era francesa: 3
  • Cantidad de veces que me aseguraron que era holandesa: 2
  • Cantidad de veces que me dijeron “Argentina, football!”: un 95.6% de las veces que dije que era argentina
  • Qué aprendí este mes: a comer con palitos chinos
  • Cantidad de datos falseados en esta estadística: 1 (todavía me cuesta el tema de los palitos)
  • Descubrimiento del mes: acá todos recuerdan mi nombre porque parece… ¡JAPONÉS!

Todos los datos son 99% reales y fueron corroborados por el staff de Viajando por ahí (o sea yo). Cada mes habrá más estadísticas. Se aceptan todo tipo de sugerencias. Gracias.

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Y de repente, empieza el viaje (o mi primera experiencia fallida de Couchsurfing)

Dicen (digo) que cuando uno entra en el clima del viaje, todo empieza a pasar (mucho) más rápido. Yo entré en clima de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado eufórico de quieroseguirviajandomásmásymás y de quieroconocermásgentemáslocalesmáslugares y de, tal vez, noquierovolverhastahaberrecorridoelmundoentero.

Viajar es un camino de ida, definitivamente.

Mis días en Tailandia fueron tranquilos, por momentos solitarios.

Me dediqué a escribir, a caminar, a nadar, a comer, a mirar. Tengo que confesar que me costó empezar: fue difícil pasar de los 20 grados de abril de Buenos Aires a los 40 grados de abril de Bangkok, fue difícil acordarme de pedir en cada comida not spicy please, fue difícil (y algo cansador) pasar de hablar castellano cotidianamente a comunicarme y pensar constantemente en inglés.

Fue difícil, también, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos para calcular mis gastos, fue difícil no tener un cuaderno para escribir a mano (hasta que decidí comprarme el primero que encontré porque extrañaba demasiado el hábito), fue difícil cargar la mochila llena de ropa sucia todos los días. Pero siento que todo cambió.

Desde que entré a Malasia, mi viaje empezó a acelerarse, a tomar forma y color. Todo se volvió mucho más interesante.

¿Cómo fue qué pasó? Creo que los planetas se alinearon para que mi llegada a Penang, isla ubicada en la costa oeste de Malasia, no pudiese ser peor. Primero, otra vez eso de subirse a un barco, bajarse, subirse a un taxi, bajarse, subirse a una minivan, bajarse, esperar, subirse a otra minivan y tomar la ruta. Trece largas horas de esto, con mucho aire acondicionado (tanto que el conductor, en vez de apagarlo o bajarlo, decidió abrigarse con una campera), cero farangs y mucha lluvia, mi primera lluvia desde que llegué a Asia.

Mi plan era llegar a Penang a eso de las 8 de la noche, llamar a Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing que me iba a alojar, e ir para su casa. Pero mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal, tomarme el ferry para cruzar de Butterworth a la isla (remarco lo de ISLA) de Penang, bajarme en la estación de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona.

Tenía todo calculado.

Entonces cuando el conductor de la minivan frenó frente a un local de comida china, en medio de la inundación provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en tailandés que me bajara, empecé a sospechar que algo no andaba bien. ¿Será que me quedé dormida y cruzamos en el ferry arriba de la camioneta? ¿Tengo que hacer noche acá, quién sabe dónde, y seguir mañana hacia Penang? ¿Quizás el pasaje que compré en Tailandia ya no sirve acá? ¿O acaso estamos en Malasia o nos desviamos y caímos en China?

¿Dónde estoy?

El conductor no supo responderme, todo lo que me decía era “This is your stop, you get down here“. Claro, en medio de la lluvia, de noche, rodeada de gente que tal vez ni habla inglés, sin saber dónde estoy. No señor, no me bajo nada.

Pero los ángeles existen… O al menos creo que what goes around comes around (lo que va, vuelve)

Volviendo a la escena, ahí estoy, en medio de alguna ciudad (todavía en la minivan porque me negué a bajarme), sin manera de poder comunicarme con Chin Chin y sin un peso malayo encima (estaba en Malasia, eso sí, porque me sellaron el pasaporte, pero hasta ahí sabía).

En la misma camioneta que yo viajaba una familia de Indonesia: un chico, sus padres, sus abuelos. Habían venido a Malasia para recibir atención médica, iban a pasar la noche en Penang y al día siguiente volarían de regreso hacia Jakarta. Vieron la situación y me ayudaron: el papá me prestó su celular para que llamara a mi host (anfitriona en el lenguaje Couchsurfing), pero como no pude comunicarme me dijeron que me bajara con ellos en la parada de su hotel para no quedarme sola de noche en la ciudad (estaba en Penang, sí, me lo confirmaron, pero en qué parte, cerca o lejos de lo de Chin Chin, nadie sabía).

Intenté comunicarme otra vez con Chin Chin (que, by the way, es china-malaya), pero me atendía un contestador que me decía muy amablemente que el celular al que estaba llamando le faltaba un número.

El último colectivo público hacia su casa salía a las 22.30 y ya eran las 22. Un taxi hasta su casa me costaría unos 45 ringgits (13 dólares), pero tenía miedo de llegar y que no estuviera ahí, o que Couchsurfing (CS) fuese en realidad una organización internacional de venta de órganos y yo una inocente víctima.

Nos bajamos de la combi y Van Kenny, el chico indonesio, me acompañó al shopping al lado de su hotel para cambiar plata: todas las casas de cambio estaban cerradas.

Fuimos al cajero: no me aceptaba la tarjeta.

Volví a llamar a Chin Chin: me faltaba un número para poder comunicarme.

Quería ir a un hostel: no tenía idea de dónde estaba parada ni adónde podía ir.

Quería tomarme un colectivo: ¿monedas? menos que en Buenos Aires.

Quería tomarme un taxi: me dijeron que por las dudas no me tomara un taxi sola de noche.

Listo, ¿podré dormir en la puerta de su cuarto? ¿o encima de la alfombra del baño?

Van Kenny sacó 50 ringgit y me los dio.

– Mañana me vuelvo a Indonesia, esta plata ya no me sirve, quedatela.

– No, te la cambio por dólares.

– No, por favor.

-Bueno, cuando esté en Jakarta los invito a todos a cenar.

Mientras decidía mentalmente qué iba a hacer de mi vida aquella noche, me invitaron a cenar con ellos al mercado local. Los indonesios y yo: esa loca que andaba con cara de perdida por algún lugar de Asia. Comimos algo muy rico, que jamás sabré qué era. Les conté que era de Argentina, que escribía un blog. Todos en ronda empezaron a decirme sus nombres, “para que nos menciones en tu blog“. Llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me llevara en su auto a buscar alojamiento barato. Así que me despedí y nos fuimos, la indonesia y yo: esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia de Indonesia.

Finalmente encontré un lugar decente y barato manejado por un hindú. Chinos, hindúes, indonesios…

Estoy en Malasia, ¿no? Por ahora no vi ningún malayo… Creo.

Desensillé en el cuarto, me conecté a internet y todo se solucionó.

Encontré el número que le faltaba al celular de Chin Chin, la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y dormí con todo el agotamiento del mundo. A la mañana siguiente vino a buscarme Julio, un chico mexicano que también se estaba quedando en lo de Chin Chin, junto con Rizuan, un malayo musulmán, que nos llevó a recorrer toda la isla en su auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó a una reunión de musulmanes en su barrio, nos infiltró en el mercado local, nos hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presento a un hindú-malayo que baila salsa cubana…

¿No les digo que cuando un viaje se pone bueno, todo empieza a pasar mucho más rápido?

Con Van Kenny, mi nuevo amigo indonesio, cenando en el mercado de Penang

Con Julio, mi amigo mexicano, comiendo durién en el mercado local

Julio y yo en un almuerzo musulmán

Rizuan y su amigo en el mercado

Linggish, el indio que baila salsa, tomando un té con nosotros

 

Cenando con couchsurfers

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Bangkok en diez palabras – parte II

[box type=”star”]Podés leer la primera parte de este post acá: Bangkok en diez palabras – parte I [/box]

6. SPICY

Me lo dijeron antes de viajar: siempre pedí la comida not spicy, porque le ponen un picante que nos mata, y aunque les digas no spicy, siempre algo picante va a estar. Por ahora tuve suerte, me animé a la comida tailandesa y es… deliciosa! Me encanta la mezcla agridulce que tiene. Por ejemplo hoy almorcé un arroz con pollo, camarón y ananá (más una salsa misteriosa que jamás descifraré). Lo bueno es que los menúes casi siempre vienen con fotos o con una breve descripción de cada plato en inglés, así por lo menos uno tiene una idea más o menos remota de lo que le van a servir.

Es imposible no comer en Bangkok, la comida te persigue, los vendedores ambulantes están en todas las veredas, repito: en todas. La cosa se volvió tan sofisticada que incluso ponen mesitas en la calle para que los comensales descansen y se coman un plato de arroz. Debe haber unos diez restaurantes por cuadra e igual cantidad de carritos. Desde la madrugada, hombres y mujeres fríen pollos, cortan frutas en pedacitos, sirven té y café y preparan comidas al paso en la calle.


7. WAT

Pero los carritos no son la única decoración callejera. Hay un elemento que probablemente nos llame más la atención a nosotros (por nosotros me refiero a los occidentales): cada pocas cuadras hay desde enormes templos (wats) hasta pequeños altares abajo de un árbol. Los tailandeses se toman unos minutos de su rutina para frenar, agradecer y realizar alguna ofrenda. Casi el 95 por ciento de la población es budista practicante y es muy común cruzarse con monjes en cualquier parte de la ciudad. Ellos tienen ciertos lugares reservados en los trenes, subtes y barcos y, según tengo entendido, una mujer no debe sentarse al lado de un monje. En Bangkok hay todavía mucha evidencia del antiguo reino de Siam, especialmente templos, palacios y Budas. Actualmente el país es una monarquía constitucional: el rey Bhumibol Adulyadej está en el trono desde 1946.

8. PIES

Para los tailandeses, la cabeza de las personas es sagrada y los pies son lo más bajo y sucio, por lo tanto es de mala educación tocarle la cabeza a alguien o señalar algo con los pies. Además, cada vez que se entra a un templo o a una casa es necesario descalzarse: en los templos hay carteles que piden a los turistas que se saquen los zapatos y estantes ubicados especialmente para dejar el calzado. Otra cosa que llama la atención con respecto a los pies es la cantidad de lugares que ofrecen masajes y reflexología, hay por lo menos una o dos de estos “salones de belleza” por cuadra.

9. TUK-TUK

“Tuk tuk lady? Where you go?”, probablemente es una de las primeras frases que aprenden los conductores de tuk tuks cuando sacan el registro. Si bien los vendedores ambulantes tailandeses no acosan a los turistas (es más, creo que ni les llaman la atención), los conductores de estos peculiares taxis se acercan a cualquier extranjero que vean. Puede parecer divertido subirse a estos autitos mezcla de moto con carroza, pero si hay algo que los tailandeses les dicen a los turistas es no se suban a los tuk tuks. Es verdad que cobran menos que un taxi normal, pero generalmente lo que hacen es pasearte, decirte que el lugar que querés visitar está cerrado y llevarte al negocio de ropa o joyas que maneja la cuñada para que compres souvenirs. Uno de los scams (engaños) más comunes es que te ofrezcan un tour por distintos puntos de la ciudad a un precio muy barato y te terminen llevando a donde se les cante (probablemente a lugares donde les den una comisión por llevar turistas). Otro engaño bastante común según leí es la venta de piedras preciosas: alguien se te acerca y te ofrece piedras preciosas a un valor muy bajo y te asegura que las vas a poder vender en tu país a un precio altísimo, en ese momento interfiere alguien que dice ser del gobierno, te muestra su identificación (trucha) y te sella un papel donde promete devolverte la plata en caso de inconvenientes. Obviamente todo está armado. Más allá de esto, es muy raro que quieran robarte o lastimarte.

10. CALOR

¿Ya dije que hace 40 grados a la sombra, no? Esta palabra se ganó dos apariciones en mi top ten de Bangkok porque el calor es tan pero tan insoportable que no dan ganas de salir de los lugares que tienen aire acondicionado. Lo que no entiendo es cómo hacen las tailandesas para estar impecables: ni una gota de transpiración, ni un pelo fuera de lugar. Que alguien me indique dónde compro lo que sea que usen para estar así. ¿Será cierto eso de que se bañan tres veces por día?

Decidí huir de la ciudad e ir hacia la playa, ya que esta es la mejor época para ir al mar. Además en unos días empiezan las vacaciones acá en Tailandia y los festejos de año nuevo, así que va a haber una gran movilización de gente.

Me voy a las islas de Ko Pha Ngan y tal vez Ko Samui, al sur del país, en breve escribo desde allá.

¿Querés saber cuáles son las primeras cinco palabras? Lee este post!

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Bangkok en diez palabras – parte I

1. CALOR

¿Soy yo, o hace (demasiado) calor? Para los que crean que no hay nada peor que quedarse en Buenos Aires en enero y caminar por Microcentro a la una del mediodía, les cuento que para mí estar ahí sería un alivio. Ustedes no saben la humedad, EL CALOR, que hace en esta ciudad. Claro, me olvido de que estoy en medio de los trópicos, a la misma altura que ciudad de Guatemala. (Casi) Todos los hostels, negocios, restaurantes, farmacias, transportes tienen el aire acondicionado puesto en cero grados, entonces cuesta salir a la calle y enfrentarse al sol que te da en la nuca estés donde estés. Juro que nunca pasé tanto calor como acá, o sí, pero la diferencia es que acá no hay playa como para internarse en el mar y olvidarse de todo. Esto es una ciudad con miles de lugares y barrios para conocer, una ciudad para caminar de un lado a otro, una ciudad para descubrir… y todo a pie, porque meterse en el tráfico sería directamente un suicidio.

2. CÁOS

El mapa turístico de Bangkok debería venir con un manual: Aprenda a cruzar la calle en quince pasos sencillos. Primero, mire hacia ambos lados, segundo, mire hacia arriba, hacia abajo y hacia aquella calle sin salida, tercero, vuelva a mirar hacia los costados, cuarto, busque algún semáforo, cinco, siga buscando ese semáforo que ya va a aparecer, seis, deje que pase esa moto que viene quién sabe de dónde, deje que doble ese colectivo y que cruce el tuk-tuk, siete, siga esperando con paciencia que el tráfico en algún momento va a disminuir… quince, tome aire y corra lo más rápido que pueda hacia la vereda de enfrente. Consejo de Violeta en los comentarios (¡una genia!): “Yo aprendí el truco para cruzar la calle, siempre esperaba que lo hiciese un thai y lo seguía”. ¿Qué tal?

3. ORDEN

La calle en Bangkok es caótica, es cierto, pero a la vez todo es eficiente, el transporte funciona y las veredas están limpias. En estos pocos días que llevo acá, ya usé el subte, el skytrain (el tren que va por arriba) y el barco para ir de un lugar a otro, y estoy fascinada con lo bien que funciona todo. Mi primer encuentro con el skytrain fue complicado. Me acerqué a la ventanilla donde decía Tickets y pedí uno hasta la estación Saphan Taksin (me cuesta mucho memorizarme estos nombres), el chico que me atendió pronunció un número inentendible, yo le ofrecí todo los baht (pesos tailandeses) que tenía, me sacó un billete de 20, me lo cambió por dos monedas de 10 y me señaló una máquina. Al parecer su función solamente era darme cambio en monedas, ya que el pasaje se saca a través de la maquinita. Por suerte las instrucciones están en thai y en inglés. Hay que marcar el destino y poner las monedas, tan simple como eso. Para el subte, en cambio, hay que acercarse a la ventanilla y cambiar los baht por una especie de moneda de plástico que servirá para abrir el molinete y pasar a la estación. Tanto el subte como el skytrain tienen aire acondicionado y están impecables, viajé en hora pico y nada de amontonamiento.

El barco es genial. Bangkok tiene un río en el lado este de la ciudad y en su orilla hay varios lugares muy interesantes para conocer, así que hay un sistema de transporte fluvial también muy desarrollado. Mi primer encuentro con los barcos también fue complicado ya que no tenía ni la más mínima idea cuál debía tomarme para llegar a donde quería. Le pregunté a un guardia y tuvimos una conversación así:

Yo: – Boat to Khao san?
Él: – Yes, yes, Olan Fla
Yo: – What?
Él: – Olan, olan fla
Yo: …
Él: – You know olan, the color, olan?
Yo: – Ahh, orange! sí!
Él: – Olan Fla
A lo que deducí que tenía que tomarme el de la bandera naranja. A partir de ahí me la pasé viajando todo el día en barco. Ya soy experta (?).

  

4. FARANG (ฝรั่ง)

Y estamos nosotros, los farang (extranjeros de origen europeo) que andan por toda la ciudad con mapas y cara de no entender nada. Los tailandeses serán exóticos para nosotros, pero les aseguro que ellos deben matarse de risa cada vez que intentamos comunicarnos mediante señas y palabras mal pronunciadas en thai. El alfabeto tailandés es muy difícil de aprender para nosotros ya que tiene 28 consonantes, 15 símbolos que forman unas 28 vocales y cinco tonos o maneras distintas de pronunciar, es decir que una palabra puede escribirse de cierta manera, pero si no se pronuncia en el tono adecuado pasa a significar lo opuesto, lo cual puede generar malentendidos y frases ridículas. Así que todos los que venimos de países occidentales estamos en la misma: comunicación por señas o en un inglés básico pero eficiente.

Hoy iba caminando por alguna calle (no recuerdo el nombre) cuando un tailandés me frenó y me dijo: “These girls are students and they need your help”. Yo pensé: si me quieren robar, no tengo demasiado para que se lleven… o tal vez quieren darme algún mensaje importante para que mande a los medios de mi país (?). Así que me acerqué a las chicas. Enseguida me hicieron señas de que me sentara en una escalera, una se sentó al lado mío, otra sacó una filmadora y la tercera se paró a un costado con carteles en thai y en inglés. Me entrevistaron para un trabajo de inglés de la facultad: dije mi nombre, hace cuánto estaba en Tailandia, de dónde venía, cómo llegué al país, a dónde iba después, dónde me estaba quedando, cuánto tiempo, qué recomendaba para ver en mi país. Fue una charla muy simpática, cuando terminamos, las tres chicas me saludaron haciendo una reverencia. Así que mi video aparecerá en alguna clase de inglés de alguna universidad de Bangkok. Fue una caminata productiva. Más tarde vi a un nene que lloraba histéricamente, la mamá me miró, le dijo algo, el nene me miró y lloró más fuerte. Tal vez la madre lo amenazó con que si no le hacía caso, la farang lo iba a raptar. Quién sabe cuáles serán los mitos urbanos para asustar a los chicos acá.

5. BAHT

La moneda oficial es el baht, un dólar equivale a unos 32 baht. Un cuarto compartido en un hostel está alrededor de 300 baht, el pasaje en skytrain y subte entre 15 y 25 baht, una botella de medio litro de agua entre 7 y 10 baht, un almuerzo entre 50 y 200 baht. Lo que me llama la atención (para bien) es que incluso los puestos callejeros tienen escritos los precios de todos los productos que venden, osea que no hay manera de que quieran cobrarte más “por la cara” (acá es imposible no tener cara de extranjero, por lo que estaríamos todos fritos). Y otra cosa que me llama más la atención (y muy bien) es que los vendedores callejeros usan guantes y barbijo para preparar la comida, ojo, no todos, pero vi varios, y en general nunca tocan la comida con las manos. ¿Qué tal?

¿Querés saber cuáles son las cinco palabras que faltan? Seguí leyendo…

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Volando por ahí: de Buenos Aires a Bangkok

Desde el avión

Llegué, dos aviones, dos días y diez husos horarios después, estoy en Bangkok, Tailandia.

Salí el sábado a las 21 de Argentina y llegué a las 14 hs del lunes 5 de Tailandia (algo así como a las 4 de la mañana del lunes de Argentina). Unas 32 horas de viaje en bruto.

Me hice la canchera y pensé que no tenía jet-lag, pero apenas caminé un rato por la ciudad tuve que volver al hostel porque me caía de sueño y sentía como si estuviese caminando sobre la cubierta de un velero en medio de una tormenta. Así que dormí 13 horas de sueño reparador y acá estoy. Hoy es martes y son casi las 9 de la mañana: les estoy hablando desde el futuro.

Pero hablemos del pasado.

El primer vuelo fue de Ezeiza a Frankfurt, 13 horas de avión que se me pasaron… quiero decir volando pero es medio obvio, ¿no?

Así que el domingo pisé Europa por primera vez (y de ahora en más, cuando me pregunten si conozco este continente diré Sí, hice escala cuando viajé a Asia…). Llegué a la tierra de Uter con unas ocho horas de espera por delante ya que el vuelo hacia Bangkok salía recién a la noche.

El aeropuerto de Frankfurt es enorme, como me dijeron, pero una vez que uno se queda cerca del lugar donde tiene que hacer la conexión, los límites se achican. Así que di un par de vueltas y me fui sentando en sectores distintos para mirar a la gente que pasaba desde varias perspectivas. En el aeropuerto de Frankfurt se realizan conexiones entre todos los continentes, así que vi gente de todas partes, ojos grandes y achinados, burkas y no burkas, y escuché todo tipo de idiomas.

“La vida es como un aeropuerto”, me dijo Mohammed, un chico marroquí-canadiense con el que charlé las últimas dos horas de espera. “Uno conoce personas, comparte momentos, y después cada cual toma su avión y sigue su camino…”. Así es… En pocos minutos charlamos de su cultura, de nuestros países, de los viajes. Sin que yo le preguntara, me dijo que no veía diferencia entre las personas, más allá de su manera de vestirse, de hablar, de comer, ya que en el fondo todos somos iguales. Hablamos de los prejuicios, de los estereotipos, de los preconceptos. Y me dijo algo que no me había puesto a pensar, pero que es muy cierto: “Cuando vuelvas de este viaje, vas a conocer perfectamente las diferencias entre tailandeses, malayos, indonesios, filipinos…”. Tendemos a englobar a todos bajo una misma denominación, pero es verdad, en algunos meses voy a conocer a cada cultura por separado.

El segundo avión salió con un poco de lluvia y frío, “típico clima de abril en Frankfurt”. Durante las diez horas de vuelo, en la pantalla se veía un mapa en el que se iba marcando el recorrido del avión: sobrevolé Ankara, Delhi y otras ciudades que espero algún día conocer por tierra y no sólo desde el cielo. Nos regalaron un conejito de chocolate a cada uno y nos repitieron los mensajes en alemán, inglés y (supongo) tailandés.

Ahora sí, estoy en Asia. De a poco voy cayendo.

El avión aterrizó de día sobre Bangkok.

El aeropuerto queda a 20 km de la ciudad, así que no pude ver mucho desde el cielo, solamente gran cantidad de ríos y muchos autos fucsias (después descubrí que son taxis).

Temperatura: 35 grados, “típico clima de abril en Bangkok”. Salí del avión y la humedad me pegó en la cara. Cuando llegué a migraciones, el tailandés que me atendió me dijo “Argentina, doctor, doctor”. Me costó entender el mensaje, pero otro argentino me dijo que tenía que ir al “centro médico” del aeropuerto para un “chequeo”. El único chequeo que hicieron fue el de mi certificado de vacunación contra la Fiebre Amarilla. Un sello y adentro. Una chica de migraciones me preguntó, con sonrisas y curiosidad, “You come alone to Thailand? You have friends in Thailand? Where are you staying?”, a lo que le respondí Yes, not yet y near Lumphini. “Ohh Lumphini, rich people”. Al parecer mi hostel está en un área muy comercial de la ciudad, así que me quedaré acá uno o dos días y tal vez me cambie de barrio, ya veré.

Dejé las cosas en el hostel (“Take a nap Hostel”) y me fui a conocer el famoso Lumphini, un parque al estilo Rosedal porteño en medio del cáos de Bangkok. Cruzar la calle sin que te atropellen es un desafío, si en Buenos Aires hay muchas motos, acá debería haber calles exclusivas para los cientos de motociclistas que andan en sus Vespas por la ciudad.

Llegué al Lumphini Park y empecé a caminar entre la gente y a sacar fotos como si nada. Tardé unos cinco minutos en darme cuenta de que todos estaban inmóviles, yo era la única que estaba caminando dentro del parque, alguien había apretado Pausa en el control remoto. Frené en el acto y escuché una música que salía de los altoparlantes: todos habían parado para escuchar la música —me atrevo a decir que era el himno nacional—. Cuando terminó, algunos hicieron una pequeña reverencia y el movimiento se reestableció, cada cual siguió su camino. Las mujeres siguieron con su clase de aerobics, los hombres continuaron su trote y los chicos reanudaron sus partidos de ¿tenis?

Ya caí: estoy en Asia.

  

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Viajar liviana: el dilema de los cinco kilos

Finalmente, después de meditarlo con mi almohada y de largas noche de insomnio (?), decidí inclinarme una vez más por la mochila.

Valija: no gracias, demasiado grande e incómoda, además por lo poco que llevo sería un karma.

Carrito: mano a mano con la mochila. Ventajas: las rueditas mágicas, no cargo el peso en la espalda. Desventajas: incómodo para llevar por calles de tierra, para subir y bajar escaleras, para andar por la arena, para subir montañas, para ir a la selva (pienso hacer todo eso).

Carrito-mochila: muy buena opción, PERO, los modelos son muy chiquitos o demasiado grandotes, no hay un punto medio (como en todo).

Así que finalmente la ganadora fue mi mochila fiel, la que me acompañó por Latinoamérica y tiene más millas que una azafata. Se las presento: Chaltén, ustedes; ustedes, Chaltén.

Capacidad: 60 litros. Ideal (si quieren más info sobre mochilas, no dejen de leer este post super completo y actualizado al respecto).

Ahora el dilema es: qué llevo y qué no.

Cómo te preparás para un viaje tan largo, me preguntan. Y yo digo la verdad: no hay manera de anticipar lo que pueda pasar de acá a diez meses o un año y tampoco tengo manera de saber qué cosas fuera de lo común voy a necesitar. Supongo que me iré dando cuenta a lo largo del camino.

Así que llevo lo básico, lo que no puede faltar en un viaje de esta índole: ropa, botiquín, un libro, un cuadernito, la cámara, la compu, los documentos, la Lonely Planet. Mi objetivo es no superar los cinco kilos de peso, sé que es algo (extremadamente) difícil, más que nada porque la compu y la cámara juntas ya pesan como cuatro kilos. Pero ellas van en la mochila de mano y esa es otra historia.

Mi plan es llevar poca ropa, allá hace mucho calor, cuando sienta frío, me compraré una campera o lo que necesite. Además llevo un solo libro que pienso intercambiar por otro, y por otro, y por otro, y por otro, y así sucesivamente (¿sabías que hay algo que se llama BookCrossing, y que se trata justamente de liberar libros alrededor del mundo?).

En mi viaje pasado llegué a cargar ocho (8) libros en la mochila, 15 kilos en mi espalda.

Esta vez no, es hora de ir liviana, menos ropa, menos pelo, menos preconceptos.

Escucho sugerencias, si las hay, de cosas que no puedo dejar de llevar o de objetos que puedo dejar en BA.

***Actualización, dos sugerencias interesantes:

A la hora de controlar el peso de tu mochila tenés dos opciones, por un lado ir a tu amigo farmacéutico (y que te mire extrañado) o comprarte una de [eafl id=”22526″ name=”Balanza para valijas” text=”estas minibalancitas para valijas”]. Parece algo tonto, pero si tu idea es encontrar vuelos baratos y viajar liviano, esa pequeña balanza te ahorrará muchísimos problemas (¡gracias Pablo por la idea!)

Germán nos cuenta que su manera de llevar muchos libros sin cargar el peso de estos, es mediante un [eafl id=”22527″ name=”Ereader” text=”eReader”]. Chiquito, liviano, la batería dura mucho (si no abusas del wifi) y tiene una pantalla especial que te permite leerlo con cualquier luz (nota personal: soy lectora fiel a los libros de papel, pero es cierto que al estar viaje sin billete de regreso llevar demasiados libros puede tener incluso un costo físico, así que para aquellos que se animan a dar el salto… ¡es perfecto!)

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Hacia Asia: preparativos para mi viaje de ida al Sudeste Asiático

Los preparativos de un viaje agotan. No sólo físicamente, sino más bien mentalmente.

La primera pregunta es —suponiendo que pudiéramos viajar a cualquier destino del mundo, más allá de las limitaciones económicas—: ¿A dónde voy? Algunos optan por los lugares “conocidos”, otros por los lugares “seguros” (vaya uno a saber qué significado le da esta gente a estos términos), muchos prefieren ir cerca, algunos buscan lo exótico e impredecible, otros —aunque usted no lo crea— no sienten el impulso ni la necesidad de moverse de los metros cuadrados de La Tierra que le pertenecen (aunque sea una pertenencia efímera). Lamentablemente (para algunos, no para mí), nací con alma nómade y no puedo estar quieta; además, siempre pienso en grande: yo no quiero conocer un país, quiero conocer El Mundo, así, con mayúsculas.

Esta vez decidí optar por un continente que me atrae hace tiempo: ASIA. No se aceptan las preguntas del tipo ¿Hacia dónde vas? seguidas de una sonrisa que demuestra la supuesta creatividad del juego de palabras. Asia dónde voy querés saber. Fijate.

Una vez elegido el destino, empieza la investigación. A menos, claro, que uno contrate un paquete turístico que incluya, a saber: traslados aéreos, traslado terrestre desde el aeropuerto hasta el hotel (cinco estrellas, of course), alfombra roja hasta la playa, tours en combi con aire acondicionado por la ciudad, botones que lleve las valijas y abanique a los visitantes, espectáculos prearmados, escenografía para fotos típicas, encuentros casuales con los locales en lugares predeterminados, papel higiénico y cepillo de dientes.

Exagero, sí, un poco, pero es más la cantidad de gente que no sabe nada acerca del lugar al que va, que la que se toma el tiempo de investigar algo acerca de la historia, cultura y lenguaje del país o región. Tengo un amigo para presentarles: se llama Lonely Planet. Es una de las biblias de los viajeros  AUNQUE, como todo libro sagrado, no hay que creer todo lo que dice ni tampoco seguir sus preceptos al pie de la letra. Nació como una guía y morirá como una guía, no como un único camino hacia la salvación. Segundo mejor amigo: los foros de viajeros. Y los amigos, conocidos, amigosde, que viajaron y están dispuestos a contar todo.

Bien. Ya sabemos ubicar nuestro futuro viaje en el mapa. Incluso estamos tentados de trazar una linea de puntos de una ciudad a otra, indicando el camino a recorrer. Pero lo más probable es, si hacemos el viaje sin limitaciones de tiempo, que el recorrido se vaya modificando (incluso definiendo) a medida que caminemos.

Caminante no hay camino, dicen.

Ahora empieza la tortura mental.

Es una tortura de esas que no duelen, pero que tampoco conoce horas de descanso.

Una vez que tenemos toda la información necesaria, que sabemos decir hola, gracias, por favor, cómoleva en los quince dialectos del país, que nos aprendimos de memoria los milímetros de lluvia que caen cada mes, que somos capaces de nombrar, sin repetir y sin soplar, los ingredientes de las comidas típicas de cada pueblo, preparense, porque ahí empiezan las preguntas.

Cada noche me voy a dormir con un nuevo dilema existencial: ¿Mochila o carrito? ¿Efectivo, tarjeta o traveller’s checks? ¿Ropa de abrigo? ¿Hará frío en un lugar tan tropical? Seguro que voy y llueve, y yo sin paraguas. ¿Voy lo más liviana posible y me compro la ropa allá? ¿En qué país empiezo el recorrido? Viajando por Latinoamérica tenía un camino, digamos, “lógico”: siempre hacia el norte. Pero ahora, ¿cómo uno esta cantidad de países dispersados que no siguen ningún orden aparente? ¿Tibet o no Tibet? ¿Hablar o no hablar de Myanmar? ¿A la India sola o acompañada? Cada día, una nueva pregunta.

Un lugar por el que hay que pasar obligatoriamente antes de partir: vacuNation.

Según me dijeron, por lo menos diez pinchazos. A los miedosos les digo, lo lamento, pero no pueden abstenerse. La salud ante todo. Es como llenar un álbum de figuritas: Hepatitis A, late, Hepatitis B, late, Fiebre Amarilla, late, Fiebre Tifoidea, late, Polio, late, Meningitis, late, Tétanos-Difteria, late, Rabia, nola, Encefalitis Japonesa, nola (dicen que es la difícil, no se consigue en Argentina). Me faltan dos de nueve, nada mal. Lástima que no son intercambiables, cada cual tiene que completar su propio álbum.

Y después, la tarea más desafiante: hacer la mochila, lo más completa y liviana posible. Dos términos difíciles de conciliar, especialmente por lo de liviana. Pero es así, nada mejor que viajar lo menos cargado posible. Cuantos menos objetos, menos preocupaciones y más lugar para guardar experiencias e historias.

Ya falta poco. A tachar los días nomás.

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Tres maneras de viajar

Después de haber viajado durante unos meses puedo afirmar que existen varios circuitos turísticos que no son reconocidos como tales.

Primero, el más obvio y del que huyo, el turismo-cine: aquel donde todo, absolutamente todo está perfectamente armado y guionado de antemano, y la película se repite una y otra vez, sin cambios ni posibilidad de interacción, para los recién llegados. Es el caso, por ejemplo, de aquellos turistas que llegan a una ciudad cualquiera, por más pobre o rica que sea, y la recorren dentro de sus colectivos o combis con aire acondicionado/calefacción mientras un guía decreta desde la autoridad de su micrófono qué es lo que tienen que ver por la ventana y desde qué ángulo.

En segundo lugar descubrí que existe el turismo-teatro: es aquel en que el viajero cree que realmente está fuera del circuito turístico y en contacto directo y real con la cultura y la gente del país. A pesar de que hay cierta interacción con los locales y una absorción más sincera del lugar, en general el viajero sigue siendo víctima de una actuación —más improvisada y flexible, sí, pero actuación al fin—. Una especie de circuito under (a diferencia del primero que vendría a ser mainstream). Es el caso de los gringos y europeos que cumplen al pie de la letra lo que pregonan sus biblias (a saber: el Lonely Planet, Footprint y derivados) y van todos a las mismas ciudades, a los mismos hostels, a los mismos restaurantes, a los mismos bares y no hacen más que seguir hablando su propio idioma y manteniendo su cultura cual secta perdida en país ajeno.

Por último, está el turismo sin pantallas ni escenografía o turismo-realidad, aunque más que turismo debería llamarse travesía o recorrido, y está reservado para aquellos viajeros independientes y un poco locos. Estas personas se dedican a conocer (aquí es muy importante remarcar el término conocer) cada pueblo, cada ciudad y cada ser humano que se cruza en su camino. Son los que espían detrás de escena, los que miran más allá de las pantallas, los que preguntan todo el tiempo por qué, los que son felices solamente por compartir unos minutos de su vida con una de esas personas que tan lejos vive de su realidad pero tan cerca está de su humanidad.

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