Asia de la “A” a la “Z”: P de Palitos

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

P de Palitos

Cuando llegué a Asia no sabía comer con palitos. En Buenos Aires me había rendido después de varios intentos de agarrar piezas de sushi y pensé que jamás iba a lograr dominarlos.

Tampoco sabía comer con la mano. Mejor dicho, SABÍA comer con la mano (me pasé la vida comiendo empanadas, hamburguesas, pizza y demás con la mano), pero no al estilo musulmán o indio.

Aprendí a comer con palitos en Malasia, gracias a varias amigas asiáticas que me enseñaron con distintas técnicas. Journey (mi amiga china) siempre me decía: “¡Pero es tan fácil comer con palitos! Tenés que agarrarlos así y así”, hasta que de a poco me fue saliendo. Obviamente en cada intento se me patinaba la comida o lograba agarrar de a un noodle por vez. Jolene, una amiga china-malaya, me obligó a aprender de la manera más drástica: me cocinó un almuerzo y me dijo que solamente me iba a dar palitos para comerlo. Jamás comí tan lento y haciendo tanto esfuerzo como aquella vez. Pero después de un tiempo lo dominé.

Aprendí a comer con la mano en Indonesia, cuando Rheden, mi amigo couchsurfer de Jakarta me llevó a comer pollo con arroz y me aseguró: “La mejor manera de disfrutarlo es comerlo con la mano”. Parece fácil pero no lo es. En la cultura musulmana se usa solamente la mano derecha para comer (ya que la izquierda se reserva para todo lo que sea “sucio”), o sea que hay que pelar y cortar la comida con una sola mano. Y ni les cuento lo que me costó aprender a agarrar el arroz para que no me cayera entre los dedos. Con el tiempo perfeccioné mi técnica comiendo mucha comida india, ya que ellos también comen solamente con la mano derecha. :D

Aprendí a comer con cuchara y tenedor en Tailandia, apenas llegué a Asia. Algo que me parecía raro antes (esto de comer con cuchara) ahora me parece muy normal: fueron muy pocas las veces que tuve la necesidad de usar un cuchillo en Asia. Acá la carne siempre viene cortada o se corta con la mano, y en general ningún restaurante o puesto de comida tiene cuchillos, los utensilios básicos son la cuchara, el tenedor y los palitos.

En China aprendí a pelar un camarón usando una cuchara y los palitos (sin tocar el camarón con la mano). Juro que fue uno de los desafíos más difíciles de todos.

Un día en Malasia salí a comer comida india con un grupo de couchsurfers. Nuestra anfitriona, una china-malaya, nos estaba enseñando a comer con la mano de la manera más correcta posible: “.. hay que formar una pelota de arroz para que no se caiga para todos lados y tienen que usar el dedo gordo como una especie de pinza para empujar la comida hacia adentro de la boca…”. Y me dijo una frase que me quedó resonando hasta hoy: “Cada comida tiene su manera particular de comerse —alguna con la mano, otra con palitos, otra con cubiertos— y esa manera siempre será la mejor, la que permita disfrutar esa comida en especial al máximo”. No hay nada mejor que comer la comida india con la mano, la comida china con palitos y un buen asado con tenedor y cuchillo.

El plato de la foto fue uno de los primeros que intenté comer con palitos en Malasia. No solo fallé en mi intento sino que me salpiqué toda la remera porque se me patinaba la comida.

Asia de la “A” a la “Z”: L de Lluvia

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L de Lluvia

En el Sudeste Asiático, al igual que en cualquier región tropical del mundo, la lluvia es parte de la rutina cotidiana. Para empezar, el año no se divide en cuatro estaciones sino en dos épocas: la de lluvias y la de “menos lluvias” (o “sequía”).

Como viajera, la lluvia es mi peor enemiga. Quienes hayan viajado y les llovió todos los días sabrán a qué me refiero. No hay nada peor que estar en un lugar con los días contados y no poder disfrutar por culpa de la lluvia.

Y acá, cuando empieza, no para.

Mis peores encuentros cara a cara con la lluvia fueron dos: en Vietnam y en China. En un viaje tan largo, era imposible que la lluvia no me sorprendiera en algún país. Y en cada lugar me generó una emoción distinta.

En Vietnam, el mal humor. Nunca estuve tan pasada por agua como en Vietnam. Me acuerdo cuando llegué a Hue, la antigua capital imperial del país, y no pude ver casi nada porque no paró de llover JAMÁS. Y cuando no había lluvia, estaba todo tan inundado que me era imposible caminar con la mochila sin el riesgo de patinarme y bucear en alguna vereda. Lo mismo en Hoi An, en Sapa, en Hanoi: lluvia, lluvia y más lluvia a toda hora.

En China, la melancolía y la resignación. Juro que la lluvia me persiguió de una provincia a otra, y eso que China es grande eh. En Kunming, la “Ciudad de la Eterna Primavera”, no sólo llovió sino que NEVÓ. Insólito. Cuando llegué a Guilin y Yangshuo, dos de mis últimas paradas en el país, dije ya fue, un poco de agua no le hace mal a nadie, y salí a caminar igual. Pero no contaba con el frío, que combinado con la lluvia no es nada agradable.

Sin embargo hay algo de la lluvia en Asia que me gusta, y es ver cómo se las ingenia la gente local para seguir con su rutina como si nada a pesar del agua:

  • Todos los que andan en moto pelan un poncho multicolor tan grande que alcanza para cubrirlos a ellos y a la moto (y al acompañante)
  • Los vendedores ambulantes improvisan paraguas con plásticos sobre la cabeza.
  • Los puestos callejeros se protegen debajo de carpas fabricadas con bolsas o lonas y las frutas o verduras se tapan con un plástico (pero la venta sigue).
  • Los bici-taxis hacen techitos con bolsas de plástico o pilotos para proteger al pasajero.
  • Los vendedores de paraguas y ponchos hacen negocio con los turistas (si habré comprado ponchos por 50 centavos que no sirven para más de una lluvia).
  • Los peatones sacan el paraguas o el piloto (que tenían previamente preparado) de la cartera y siguen caminando como si nada.
  • Y otros, como el amigo vietnamita de la foto, se sientan a tomar una cerveza en plena inundación. Esa es la actitud.

Asia de la “A” a la “Z”: F de Fotografía

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F de Fotogenica

No sabía el significado de “fotografía” en Asia hasta que vine a Asia.

Acá, por lo menos en el Sudeste Asiático, las fotos forman parte de la vida cotidiana. Son fundamentales para documentar el día a día, diría que son casi esenciales en la vida de toda persona.

Para empezar, “todos”(los que pueden) tienen una cámara: desde una más simple en el celular (nunca vi tantos iPhone como acá) hasta monstruos con lentes de 2 metros de diámetro y 5 metros de largo que se ven en cualquier monumento mínimamente turístico. ¿Creías que tenías lo último en fotografía? Andá a Angkor Wat y vas a ver cámaras que tienen ruedas especialmente fabricadas para transportar las lentes, cámaras tan potentes que van a hacer que a la tuya le de vergüenza salir del estuche.

Y los que no tienen cámara, aman posar. Estás caminando por una aldea china, te cruzás con un nene tan chiquito que todavía ni habla, pero cuando ve tu cámara enseguida se pone los dos dedos haciendo la “V” invertida a 45 grados sobre un ojo y posa con el clásico gestito asiático. Estás en medio de una plantación de arroz, ves a una mujer con su vestimenta típica, tímidamente le hacés señas como pidiéndole permiso para sacarle una foto y no solo acepta, sino que posa “haciéndose la natural” y después te hace señas de que le muestres cómo salió.

Cada vez que un grupo de amigos se junta, alguno lleva la cámara y todos se sacan fotos mirando para allá, mirando para acá, con esa fuente en el fondo, con algún extranjero desprevenido, con los platos de comida, en fila, de espaldas, de frente, de arriba. Las opciones son infinitas.

Acá la discusión Nikon vs. Canon es polémica. Cada vez que ven mi Nikon me preguntan, horrorizados, “¡¿Por qué no usás Canon?!”. Yo no soy ni pro-Canon ni pro-Nikon, las dos me parecen excelentes cámaras, pero según dicen acá, “los asiáticos salen mejor fotografiados con Canon y los occidentales salen mejor con Nikon”. Por una cuestión de colores, dicen.

Lo que más me gusta de la fotografía en Asia es que es un ida y vuelta: nosotros, occidentales/extranjeros/visitantes les sacamos fotos a ellos porque nos resultan extremadamente fotogénicos y extremadamente exóticos. Y ellos, asiáticos, nos sacan fotos… ¡por las mismas razones! En Indonesia cualquier extranjero es una estrella de cine y aparecerá en la foto de perfil de Facebook de más de uno, en la India, según me contaron, prefieren sacarse fotos con los extranjeros que con los paisajes, ruinas o monumentos. Y eso me encanta, porque nosotros nos llevamos algo de ellos y ellos se quedan con algo nuestro. Aunque sea algo tan efímero como una imagen que en algún momento fue real.

Asia es fotogénica, su gente es fotogénica, sus paisajes son fotogénicos, sus colores son fotogénicos… Ahora entiendo por qué tantos fotógrafos se enamoran de este continente y dedican su carrera a esta zona del mundo.

*Esta foto la saqué en Macau, ciudad colonial portuguesa de China.

Asia de la “A” a la “Z”: E de Etnias

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Pensar que a la distancia todo se ve tan homogéneo… Sé que una de las primeras asociaciones que hacemos al escuchar el término “asiáticos” es pensar en chinos, como si ellos solos ocuparan todo el continente. Y cuando hablamos de Sudeste Asiático, muchos no saben qué tipo de gente imaginarse, y vuelven a pensar en chinos.

Si bien la influencia china es fuerte en toda la región, existen cientos, tal vez miles de comunidades étnicas distintas en este lado del mundo. Algunas están adaptadas a cierta geografía, otras a determinado clima; algunos grupos son nómades y otros son urbanos; hay quienes siguen cierta religión y quienes crearon otra. Cada grupo, por más de pertenecer a cierta nacionalidad, conserva sus tradiciones, su cultura, sus rituales y, casi siempre, su idioma.

En China, solamente en China, hay 56 grupos étnicos oficialmente reconocidos por el gobierno. Así que cuando piensen en asiáticos=chinos, van a escuchar mi voz preguntándoles ¿pero a qué tipo de chinos se refieren? Porque están los Han, los Zhuang, los Manchu, los Mosuo, los Yi, los Li, los Sui, los Tibetanos… y cada grupo es tan distinto que creo que se sentirían ofendidos si los metemos a todos en la misma bolsa.

Esta homogeneización, sin embargo, ocurre en todas partes del mundo. Acá, por ejemplo, creen que todos los latinoamericanos usan un sombrero mexicano y bailan como Shakira. O que todos los que son medianamente rubios provienen de Estados Unidos.

Estas generalizaciones son nuestra manera de comprender un mundo que es por demás complejo. Lo malo es que muchas veces se convierten en prejuicios y pasan a ser “totalitarias”: “todos los asiáticos son chinos y todos los chinos son [inserte-adjetivo-aquí]”. Y después de aceptar esa idea como “real”, hay gente que no logra ver más allá.

Lo bueno de viajar, en mi opinión, es que nos permite derribar estos prejuicios y conocer, en primera persona, los miles de matices que diferencian a cada comunidad que habita en este planeta.

* La foto fue sacada en el lago Lugu (China), donde vive la comunidad matrilineal de los Mosuo. Lo que se ve es una peluca que imita el peinado y los adornos típicos de las mujeres Mosuo, las jefas del hogar en esa comunidad.

** Viajeros asiáticos, ¿qué comunidad étnica les fascinó cuando estuvieron por acá?

El día que me invitaron a un casamiento chino

Cuando uno viaja, da lo mismo que sea “lunes”, “miércoles” o “domingo”. Cuando uno viaja los días dejan de ser una etiqueta y un número y pasan a ser “el día que me perdí en China y tuve encuentros inesperados”, “el día que me robaron la cámara y la computadora y me devolvieron todo”, “el día que conocí a mi compañera de viajes en Tailandia”, “el día que probé la comida india por primera vez y me enamoré de su gastronomía”, “el (triste) día que me rechazaron la visa para ir a la India”, “el día que…”.

En un viaje no importa qué día de la semana es, sino que importa el contenido, los hechos vividos en esas 24 horas. Así que cuando, aún estando en China, mi amiga Tippi me dijo que estábamos invitadas a un casamiento en una de las aldeas en las afueras de Lijiang (ciudad histórica de la provincia de Yunnan, China), dije que sí inmediatamente y pensé: quiero tener “el día que me invitaron a un casamiento chino” entre mi colección de días viajeros.

Confieso que por un ratito pensé “pero… ¿qué me voy a poner?”, aunque cinco minutos después esa pregunta quedó eclipsada por “¿cómo será un casamiento chino?”. Y ojo que no iba a ser cualquier casamiento, sino el casamiento de dos personas pertenecientes a uno de los tantos grupos minoritarios de China. Acostumbrada a los casamientos argentinos, también me pregunté  ¿qué música pasarán? ¿cómo estarán vestidos? ¿será muy formal? ¿habrá carnaval carioca-chino? :)

El gran día fue jueves. El novio de Tippi se fue temprano para filmar el casamiento que había empezado a eso de las 9 de la mañana. Nosotras teníamos planeado ir a la tarde, pero él nos llamó por teléfono y nos dijo que nos apuráramos porque nos íbamos a quedar sin comida. Así que nos fuimos a la aldea, a 15/20 minutos de la ciudad de Lijiang, después del mediodía. Yo me puse una pollera larga con estampado de la India que me había comprado en Malasia, pero estábamos las dos bastante informales.

Cuando llegamos a la aldea, lo primero que vimos fue a un grupo de mujeres sentadas afuera de un quiosquito jugando a las cartas con un mazo que jamás vi en mi vida. Nos invitaron a sentarnos con ellas y una le dijo a Tippi que me quería presentar a su hijo para que me quedara a vivir en la aldea. Yo tenía unas ganas de llevarme una de esas cartas, sola una, de souvenir…

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Caminamos un poco y reconocimos cuál era la casa donde se festejaba el casamiento porque vimos el auto de la novia estacionado en la puerta (una rara mezcla entre tradiciones occidentales y casamiento oriental) y muchísimos autos desparramados en el camino de tierra.

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Entramos sin permiso como quien entra a su propia casa y lo primero que vi fue gente comiendo desaforada y hablando a los gritos. Tippi me explicó que estábamos en la casa de los padres de la novia, ya que la primera parte del casamiento se celebraba ahí y la segunda parte sería en la casa de los padres del novio, donde ambos (marido y mujer) vivirían de ahí en más.

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En ese casamiento vi mujeres vestidas con su ropa minoritaria, algunos hombres de jean, unos pocos de traje, muchísimos platos de comida circulando entre las mesas, semillas de girasol desparramadas por el piso, mazos de cartas olvidados en un rincón, vasitos de plástico pisados, mujeres cocinando al aire libre, mujeres lavando los platos en la puerta de la casa.

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Y por fin, a los novios:

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El vestido blanco fue una sorpresa inesperada, yo pensé que ella iba a estar vestida con la ropa tradicional y no con el vestido occidental, aunque en la segunda parte del casamiento (en la casa de los padres de él), se puso un vestido rojo tradicional chino.

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Las mujeres nos invitaron a sentarnos y nos sirvieron montones de comida. Me señalaron que probara todo y que comiera hasta reventar. Y así como la comida llegó de golpe, se fue. Después de haber almorzado a más no poder, era momento de trasladarnos a la casa del novio.

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Aunque primero las amigas y los amigos de la novia cumplieron con el ritual: ella se metió en su cuarto con todas sus amigas y cerró la puerta, unos minutos más tarde, los hombres golpearon haciendo muchísimo ruido, abrieron y sacaron a la novia. Con eso simbolizaron el pasaje de vivir en la casa de sus padres a irse a vivir con su flamante marido en otra casa.

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Así que después de eso nos fuimos todos en auto a la aldea del marido, a unos 15 minutos de distancia, y llegamos otra vez a una casa de familia llena de mesas.

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Mientras la gente iba llegando, Tippi y yo subimos a la terraza y nos quedamos mirando hipnotizadas un partido de mahjong, el dominó chino en el que se apuesta hasta lo que no se tiene. Las reglas son bastante simples, pero lo importante es pensar rápido.

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Y después, aunque eran las 4 de la tarde: ¡a comer otra vez!

Nos sentamos en una mesa llena de nenes muy simpáticos e hicimos lo mismo que todos los invitados: seguir comiendo.

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El momento surrealista fue cuando una mujer pasó ofreciendo un plato de cigarrillos, una muestra de qué fumadores fanáticos son los chinos.

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Dos mini-personajes destacados:

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Esta nena, la encargada de llevarle la cola del vestido a la novia, que me mostró muchísimas veces, con orgullo, su ropa tradicional.

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Y este nene, con la sonrisa más grande y la risa más pegajosa de todo el casamiento.

Como verán, en esta celebración no hubo DJ, no hubo lista para entrar ni lista de regalos, no hubo vestidos carísimos, no hubo maquillaje ni peluquería (excluyendo a la novia, por supuesto), no hubo fotógrafos profesionales, no hubo mesas asignadas, no hubo mesa de postres (¡ufa!), no hubo video, no hubo vals, no hubo discursos, no hubo carnaval carioca, no hubo barra libre (aunque bastante cerveza), no hubo trencito. Y sin embargo el resultado fue el mismo: dos personas se casaron.

La única ausencia que noté fue la música.

Y cuando le pregunté a Tippi si en un casamiento chino era normal poner música y bailar me dijo que no. En un casamiento chino, lo normal es realizar una sola actividad: comer.

Comiendo por ahí | Capítulo 3: China

Algunas aclaraciones antes de empezar esta aventura culinaria (?) por China:

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1. No probé perro, ni rata, ni cerebro de mono, ni patita de gallo, ni estómago de gato ni nada de todo eso que inmediatamente asociaron con China.

2. Cada provincia y región de China tiene una gastronomía (totalmente) distinta, así que las comidas que voy a mencionar acá deben ser una milésima parte de lo que entra dentro del término “comida china”. Además, en cada lugar probé algunas cosas, no todo, y muchas veces repetí el mismo plato, lo que achica aún más el ámbito de investigación de este post.

3. Sí, se come arroz con casi todo, pero no como plato principal sino como acompañamiento, así como nosotros mezclamos todo con pan, grisines, tostaditas o galletitas.

4. Si piensan viajar a China vayan practicando su destreza con los palitos. Todo se come con palitos y/o con cuchara.

5. Más que un post sobre platos de comida, quiero hablar sobre el comer en China como un ritual social.

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***

Cuando llegué a China pensé que ya sabía todo acerca de la comida china. Buenos Aires está lleno de deliveries chinos que te mandan esas tapers descartables gigantescos de chaw fan que parecen no vaciarse nunca y sobreviven dentro de la heladera por semanas. En (casi) todos los países del Sudeste Asiático que visité la comida china forma parte muy importante de la dieta, especialmente en lugares como Malasia y Singapur donde hay comunidades chinas muy grandes. Así que pensé que había probado todo.

Estaba equivocada.

Cuando llegué a Chengdú, primera ciudad que visité en China, capital de la provincia de Sichuan, sufrí el SCC: Shock Cultural Culinario.

* El desayuno misterioso:

En Chengdú viví cuatro días en la casa de una familia china. La primera mañana me encontré con un desayuno que no sabía cómo comer: un pan cocinado al vapor relleno de cerdo y ají, un huevo duro sin pelar y un bol lleno de leche. Cuando me senté a la mesa no sabía qué hacer. ¿Meto el huevo en la leche? ¿Eso es leche, no? ¿será de vaca o de cabra? ¿Me como el huevo así como viene? ¿Para pelarlo lo golpeo sobre la mesa o eso será mala educación?  Pará, ¿pero es un huevo duro, no? ¿o estará crudo?  Mirá si lo golpeo sobre la mesa y resulta que no está cocido… ¿La leche la tomo fría? ¿Le pongo café? ¿Me animo a pedir azúcar? ¿Como el pan con palitos o con la mano? Imagínense: primer día en la casa de una familia china súper tradicional, no quería hacer nada fuera de lugar. Además pensé: estoy en China, en la antípoda de mi país, seguro que acá se hace todo al revés que en Argentina. Así que metí el huevo en una servilleta y lo golpeé contra el piso, abrí el pan, le saqué el relleno, mezclé todo en la leche, hice un bollo con la mano, lo puse en el plato y me lo comí. MENTIRA. Le pregunté a Susie, mi anfitriona, cómo comer todo eso y fue exactamente como pensaba: mezclé la leche con café, me comí el pan con la mano, pelé el huevo duro, me lo comí. Fácil.

[singlepic id=2366 w=800] Lo que me encontré fue algo así aunque con el huevo duro en vez de frito

* El balde de noodles y las porciones XL:

Ese mismo día fui al supermercado para comprarme unos noodles (fideos) instantáneos y vi algo que me sonó raro. En Indonesia (o en cualquier otro país asiático) el contenedor de noodles deshidratados es un “vasito” de tamaño normal al que se le agrega algo así como 300 cc de agua caliente, en China el “vasito” tiene el tamaño de un balde de juguete y requiere algo así como medio litro de agua caliente. Y todo el packaging está escrito en chino, obvio. Así que hice ta-te-ti me compré el verde (adiviné bien, el único no picante en una provincia famosa por su gastronomía picante) y obviamente no lo pude terminar.

Esa misma noche, Susie (mi couch china) me llevó a comer a un restaurante. La pregunta fue: ¿pido un plato small o large? Como éramos dos le dije que pidiera algo small nomás, cualquier cosa si nos quedábamos con hambre podíamos pedir más. Cuando llegó el plato la miré con cara de que se habían equivocado y nos habían traído el extra-large. El plato ni siquiera era un plato sino casi una cacerola y tenía el diámetro de un disco de vinilo. Señoras y señores, eso es un plato tamaño small en China. Todas las porciones son ENORMES (al igual que todo en Chengdu). Más tarde me explicaron: en China la comida es una actividad grupal y todas las porciones están pensadas para compartir con varios comensales/amigos.

[singlepic id=2354 w=800] Uno de los platos que nos sirvieron (tofu).
Si bien en la foto no se percibe del todo el tamaño, les aseguro que era grande.

[singlepic id=2345 w=800] Las porciones están pensadas para compartir.
Y lo gracioso es que si vas a un restaurante SOLO, igual te sirven una montaña de comida.

* Dumplings y pan relleno al paso:

Caminando por Chengdú descubrí algunos de los desayunos típicos de la zona. Temprano a la mañana es muy común ver contenedores redondos como los de la foto, apilados uno encima del otro, con entre cinco y diez panes rellenos cocinados al vapor o dumplings (algo así como capelettis al vapor rellenos de carne de cerdo o pescado) adentro. Estos panes y dumplings se compran calentitos, recién hechos, y se comen en el momento. Una bolsita cuesta menos de un dólar y un pan relleno solo (un poco más grande que los pancitos) cuesta alrededor de 1 yuan (un dólar equivale a 7 yuans). Hay otra versión de dumplings que son los fritos y se preparan sobre una sartén-wok enorme.

[singlepic id=2353 w=800] Esta foto la saque una mañana en Dali (provincia de Yunnan)

[singlepic id=2362 w=800] Los pancitos rellenos calentitos

[singlepic id=2335 w=800] Este lugar lo encontré dentro del mercado de Kaili (provincia de Guangxi). Lo que se ve en la sartén son los dumplings fritos.

[singlepic id=2352 w=800] En Dali también probé este pan recién cocinado, sin relleno, solo pan.

* Sopa de arroz y sopa de noodles

En Kangding, allá donde conocí a las mujeres chinas de la minoría Yi, desayuné por primera vez la sopa de arroz junto con Eva y su mamá. Ya había probado el famoso porridge de arroz (parecido al arroz con leche), pero nunca como el de China. Este, lamento decirlo, me pareció un poco aguado y sin gusto, así que le puse azúcar y quedó mejor. Y por más habilidad que tuviera con los palitos, tuve que pedir una cuchara porque me resultó muy difícil y lento tomarme esta sopa agarrando granito por granito de arroz. Cometí el “error” de decirle a Eva que tenía “mucha” hambre: en China “mucha” significa MUCHA. Así que no solamente me pidió el bol de arroz y cuatro panes rellenos, sino que agregó también una enorme sopa de noodles que tampoco pude terminarme. Todo a las 8 de la mañana, aunque ya me acostumbré a comer este tipo de comida a esa hora.

[singlepic id=2355 w=800] La sopa de arroz…

[singlepic id=2340 w=800] y la sopa de noodles: un clásico de la mañana

* La importancia del arroz

En el lago Lugu, cuando viajé con las tres chicas chinas que no hablaban inglés, aprendí acerca de la importancia del arroz en las comidas. En los almuerzos/cenas, en general, no hay un plato principal sino que hay varios platos con distintos tipos de comida (tres o cuatro vegetales, dos o tres tipos de carne, una sopa). Cada comensal tiene su bol personal donde se sirve el arroz, y los 5-8 platos de comida se ponen en el medio y se comparten entre todos, no existe eso de “esto es mío, eso es tuyo”. El bol de arroz se sostiene sobre la palma de la mano izquierda y la comida se va sacando de los platos con los palitos; cada uno solamente “toca” la comida que va a comer, ya que con los palitos es más fácil agarrar cada pedacito de comida con precisión, sin tocar el resto. La comida levantada se pone dentro del bol de arroz y se come desde ahí con los palitos. La cuenta se divide en partes iguales entre todos, aunque en la cultura china es muy común que todos “se peleen” por pagar y uno termine pagando todo (a ellos les da “prestigio” ser quien paga).

[singlepic id=2333 w=800] Esta fue una comida en Lijiang, con mi amiga Tippi y la familia de su novio

[singlepic id=2337 w=800] Más comidas en Lijiang

Una vez cometí el error de pedirme un plato “para mí sola”. El colectivo había frenado al costado de la ruta y nos bajamos para almorzar. Yo seguía “viajando” (si puede llamarse así) con las tres chinas que no hablaban inglés, aunque ese era nuestro último viaje en bus juntas. Estaba muerta de hambre y como sabía exactamente qué quería comer, me pedí dos platos “de acompañamiento” para mí sola: tomate con huevo revuelto y papa cortada en tiritas con morrón. Estaba por atacar cuando una de las chinas me frenó y me hizo señas con desesperación: ¡te falta el arroz! Negué con la cabeza, no quería arroz, y me puse a comer. Error tras error. Primero, comí SIN arroz, algo rarísimo para la cultura china (tal vez para nosotros sería como comerse los rellenos del sandwich sin el pan) y segundo, me comí YO SOLA dos platos que en teoría deberían compartirse. Cuando me di cuenta ya era tarde. Pero qué rico que estaba.

[singlepic id=2363 w=800] El plato infame que devoré sola

[singlepic id=2361 h=800] Una de las tres chinas sirviendo arroz en otra de nuestras comidas

* Señalar la comida

Los primeros días en China no sólo me costó viajar sino que también me costó comer. No porque no me gustara la comida, para nada, sino porque no sabía cómo pedirla. Todos los menúes estaban en chino, la mayoría no traía fotos y en general nadie hablaba inglés. Así que sobreviví a base de dumplings y noodles instantáneos hasta que me explicaron cómo hacer. Cuando los chinos llegan a un restaurante o puestito de comida dispuestos a almorzar o cenar, siempre hay alguien del grupo que se mete sin ningún tipo de permiso ni pudor en la cocina, analiza todos los ingredientes y le dice a la cocinera exactamente lo que quiere. Así que empecé a practicar el arte de señalar la comida. Cada vez que fui a comer sola y el menú no tenía fotos, me acerqué a la cocina, miré lo que había y marqué con el dedo: quiero eso (el tomate con el huevo), eso (las papas) y eso (arroz). Y listo.

[singlepic id=2336 w=800] Este lugar fue mi paraíso. Ni recuerdo el nombre del pueblito, pero había una cuadra cerca de la estación donde todos los restaurantes tenían este “buffet” en el que uno juntaba todo lo que quería comer en un plato y el cocinero lo preparaba en el momento. Qué delicia fue esa cena, y creo que no pagué más de un dólar con cincuenta. Me acuerdo incluso que cuando terminé de poner en mi plato todo lo que quería comer, una de las mujeres me miró, me sacó el plato y triplicó las cantidades de cada cosa. No fuera a ser que me quedaba con hambre.

[singlepic id=2364 w=800] Este puestito estaba en el lago Lugu, famoso por sus papas y pescados. Ahí fue fácil, directamente nos sentamos, comimos lo que quisimos y pagamos al final.

* Comiendo por ahí con amigos

Tengo que reconocer que las mejores comidas las probé con mis amigos locales. Por varios motivos: uno, porque ellos conocen bien la comida de su región y saben exactamente dónde se come bien y barato; dos, porque al ser más cantidad de personas, habrá más variedad de comidas.

En Lijiang comí como nunca. Me quedé en lo de una amiga de Tippi (mi amiga china) que nos hospedó gratis; todos los días, la cocinera del lugar nos preparaba desayuno, almuerzo y cena. Carne saltada con verduras, papa picante, brócoli con una salsita, sopa de vegetales, pollo, brotes de soja, tofu, chauchas, tomate con huevo revuelto (un clásico allá)… Me acuerdo y me da hambre.

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[singlepic id=2339 w=800] Crocante para acompañar

* Y por último, el té

En China, el té no puede faltar. Se toma antes y después de cada comida, se toma a media mañana y a media tarde en las casas de té, en casas de amigos y en la calle. La primera vez que probé el verdadero té chino fue en Hong Kong y mi primera reacción fue: ¡pero a esto le falta azúcar! Así es, el té chino jamás se toma con azúcar y después de acostumbrar el paladar uno se da cuenta de que agregarle azúcar sería un crimen. Hay que disfrutarlo como viene. Y el ritual que acompaña a la preparación del té es uno de los más interesantes de ver. Mi amiga Tippi tiene un set de té conocido como “kungfu tea” y antes de servir el té en pocillos tiene que seguir varios pasos obligatorios como lavar la mesita de té con agua hirviendo, lavar el té, tirar agua para acá, tirar agua para allá, prepararlo, colarlo y servirlo.

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BIS: Algunos unos tips para comer en China

– Nunca jamás claven los palitos en posición vertical dentro del bol de arroz ya que eso simboliza la muerte y significa que se le está deseando la muerte a alguien que está en la mesa.
– Si no quieren que les sirvan más arroz, dejen un poco en el fondo del bol. Sino, cada vez que el bol está vacío, alguien inmediatamente se los llenará de arroz.
– Una buena opción para comer comida sana y menos grasosa en China son los restaurantes musulmanes (y este tip me lo dio una china misma): como siguen las reglas halal, uno puede estar seguro de que la cocina es súper limpia y de que no hay cerdo en la comida (para quienes no les guste ese tipo de carne).
– Para los argentinos, “carne” es sinónimo de vaca, para los chinos, “carne” es sinónimo de cerdo. Todo lo que venga relleno de “carne” viene con cerdo.
– Al comer la sopa es de mala educación NO hacer ruido: hay que “sorber” la sopa con exageración para demostrarle al anfitrión que su comida es deliciosa.
– No es de mala educación eruptar.
– Si los invitan a comer a una casa de familia local, lo más educado es probar todas las comidas que preparó la anfitriona, aunque no sean de su agrado. Si no les gusta lo esconden debajo de la montaña de arroz en el fondo del bol. Pero prueben.

Ayudenme a completar el post: si tienen más tips o comidas chinas que les hayan gustado, ¡compartan!

Ah, y por último, para no defraudarlos:

[singlepic id=2356 w=800] Bichitos comestibles. Pero confieso que no los probé.

Macau en LOMO! – parte II

Hay lugares en los que me dedico a coleccionar momentos. O tal vez los momentos vienen a mí. Pero en Macau siempre me pasa lo mismo: más que el lugar, lo que me llevo son las personas y las experiencias (que, tras ser vividas, se convierten inmediatamente en recuerdos). Podría decir que viajar es (también) coleccionar momentos, guardar historias, aprender algo de cada persona que uno se cruza, inspirarse por las vivencias de otros viajeros…

Cada una de estas fotos en “versión LOMO” (trucha, porque no tengo una cámara Lomo —ojalá que sea “por ahora”—, pero tal vez esté desarrollando mi mirada Lomo) tiene una historia detrás. Pero no son grandes historias, sino pedacitos de la vida cotidiana de Macau, momentos fugaces de mis días en esa región del mundo.

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Journey y yo íbamos caminando por la calle y vimos, desde abajo, a estas dos mujeres que miraban —concentradísimas— cómo arreglaban un farol. Me puse en una posición estratégica para que no me vieran y les saqué la foto.

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Como conté en la parte I, Macau es famosa por ser “Las Vegas del Oriente” y mucha gente va a pasar el fin de semana solamente para encerrarse en los casinos. Este, el Grand Lisboa, es uno de los más famosos y un “landmark” en Macau: es imposible no verlo, es el edificio más alto y pomposo de Macau.

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Pero Macau, a la vez, es una ciudad que fue colonia portuguesa y que desborda de iglesias (algo poco visto en Asia, con excepción de Filipinas). Esta iglesia está en Coloane, el sector más tranquilo de Macau, un área que me hizo sentirme en algún pueblito  perdido de Brasil.

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Lo interesante es ver cómo se mezclan ambos mundos. Por más que uno viaje a Macau sin la intención de meterse en los casinos, es difícil escapar de la publicidad y la parafernalia casinesca (?) (si es que existe un término así). Por todos lados hay stickers, carteles, anuncios, souvenirs de los casinos, y cada vez que uno mira hacia el horizonte, algún casino corta la mirada.

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Igualmente, les cuento, Journey y yo nos dedicamos a hacer un poco de casino-tour (sin apostar nada, claro). Me intrigaba mucho ver estos lugares por dentro y presenciar la locura de la gente que apuesta miles de dólares y no para hasta ganar o hasta haber perdido todo. Esta foto es en el casino Venetian (el que quiere ser una réplica de plástico de Venecia); ahí la gente tira monedas en “el canal” por donde pasan las góndolas (¿traerá buena suerte?).

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No permiten sacar fotos adentro de los casinos, pero tuve la suerte de encontrar esta máquina tragamonedas… en la calle. Para el que se quedó con ganas y con plata. Ah, y les cuento que en un casino, a Journey y a mí nos pidieron el documento para probar que somos mayores de 18 (!!!). Cuando el guardia de seguridad leyó “1985” en el mío medio que se asustó, me miró y me dejó pasar. No me sentí halagada, sepanlo!

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El Grand Lisboa es famoso no solamente por su “arquitectura” (visto de lejos, es una hoja gigante) sino también por sus “chicas”…

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Cuando salimos de uno de los casinos hacía tanto calor que decidimos sentarnos en una plaza a mirar el show de la fuente: cada 15 minutos, sonaba una canción en plena calle (entre ellas, El Rock del Reloj, Pocahontas, O Sole Mio y otras) y la fuente que ven en la foto hacía una coreografía acuática con mangueras y bolas de fuego. Vimos como cuatro (más que nada porque no teníamos ganas de movernos), y este arco iris apareció varias veces.

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Cuando nos aburrimos del casino, nos fuimos en busca de las galletitas. Estas “almond cookies” son las galletitas típicas de Macau: toooodos los negocios del centro histórico las producen y ofrecen muestras gratis. Así que abusamos del sistema, entramos a cada negocio y comimos por lo menos dos en cada lugar. Tarde gratis de galletitas de almendra.

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Caminando por la aldea histórica de Taipa (Macau se divide en tres regiones: Macau, Taipa y Coloane), llegamos a este parque lleno de flores de todos los colores. Y ahí caí: ¡claro! ¡acá está empezando la primavera! Hace cuánto que no veía una primavera…

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Más tarde, nos bajamos del colectivo y nos chocamos con este mural. Obviamente las dos, Journey y yo, frenamos a la misma vez para sacarle una foto. Y Journey, para no ser menos personaje de lo que es, dijo, feliz, “oh, shit! I love shit!”. Esta mujer no puede ser tan bizarra y no puede caerme tan bien.

Estas dos mujeres estaban charlando como locas, a los gritos, sobre… no sé, tendré que usar la imaginación. Tal vez discutían, indignadas, el precio de las verduras, o hablaban de que la vecina se fue con otro, o recordaban historias de cuando eran jóvenes, o se quejaban de esta juventud china de hoy…

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Caminando vi, a lo lejos, este metegol y fui corriendo a sacarle una foto. ¿Cómo digo metegol en inglés? No sé por qué pero jamás imaginé encontrar un metegol en China.

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Ellos son Clancy y su novia Ritchy. Clancy fue quien me alojó la primera vez que vine a Macau, lo conocí a través de Couchsurfing y nos hicimos buenos amigos. Esta vez, me alojó en el departamento que acaba de comprar con su novia. Clancy tiene planeado un gran viaje: cruzar de Asia a Europa en bicicleta en siete meses. Si tuviese estado físico, juro que lo haría. O tal vez en moto :D (La foto la sacó Journey con su iPod y su aplicación LOMO, para seguir en la misma onda).

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Y por último, Kit, un nene filipino PERSONAJE. No tiene ni dos años y ya es un personaje. Habla filipino e inglés y es demasiado inteligente y adorable.

Macau en LOMO! – parte I

Así como Hong Kong apareció ante mis ojos en blanco y negro, Macau, la otra “Región Administrativa Especial” de China, apareció llena de color, como vista a través de una cámara LOMO. Estas camaras son famosas por generar imágenes con viñetas, saturadas y… espectaculares. Ojalá tuviera una. Mientras tanto habrá que conformarse con Photoshop y seguir mirando el mundo con ojos de LOMO. Así todo se ve más lindo.

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Macau y Hong Kong fueron las únicas regiones de China colonizadas por Europa: Hong Kong estuvo bajo dominio británico durante 150 años y Macau fue colonia de Portugal desde el siglo 16 hasta 1999. Macau mezcla arquitectura colonial portuguesa con edificios modernos, iglesias católicas centenarias con templos chinos. Es un lugar único y uno de mis preferidos y es, además, el único lugar de China donde puedo leer todos los carteles y encontrar las calles (ya que todo está en chino y en portugués).

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Pero más que por su pasado y arquitectura colonial, Macau es famosa por ser “Las Vegas del Oriente”. Sí, esta península tiene más de 30 casinos, recibe más de 20 millones de visitantes por año (un gran número si se tiene en cuenta que la población local apenas llega a 500.000 habitantes) y es la ciudad-casino que más ingresos anuales genera (¡más que Las Vegas!). El Casino Venetian es el más grande y uno de los más famosos de la isla: como su nombre lo indica, por dentro intenta ser una réplica de Venecia (con canales, puentes, góndolas, cantantes de ópera… y negocios de lujo, máquinas tragamonedas, apuestas apuestas y apuestas).

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Él es mi amigo Dan, uno de los tantos filipinos que dejaron su país para conseguir mejores oportunidades y trabajos en Hong Kong y en Macau. Él trabaja(ba) en el aeropuerto de Macau. Lo conocí la vez anterior, cuando visité Macau por primera vez en junio del 2010, en una cena de Couchsurfing, y enseguida charlamos de la vida como si hubiésemos sido amigos desde siempre. Esta vez, llegué justo para su despedida: Dan dejó Macau y se fue a trabajar a Europa.

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Mi amiga Journey ya es figurita repetida en este blog, pero ¿qué sería un viaje sin buenos amigos? Ella es de China, la conocí en Tailandia apenas empezó mi viaje, en abril del 2010, y nos reencontramos varias veces en distintas partes de Asia. Cuando le dije que iba a volver a Hong Kong y a Macau y le pedí que me acompañara me dijo que no sabía porque estaba medio engripada y bla bla. Pero la conozco, Journey se prende en todas. La visité en su ciudad de China (Foshan), nos encontramos unos días después en Hong Kong y nos vinimos juntas a Macau. Y mañana es su cumpleaños, así que, aunque ella no quiera, vamos a celebrar.

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Macau es un lugar seguro, con buena calidad de vida. Al menos eso siento yo cada vez que vengo. En todos los sectores públicos hay máquinas gratuitas para hacer ejercicio, en todas las plazas hay hombres y mujeres caminando, sentados, escuchando música, charlando. Cada vez que Journey y yo encontramos alguna de estas máquinas, instantáneamente nos convertimos en dos nenas, dejamos todo en el piso y corremos para subirnos y divertirnos un rato.

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Macau es, también, uno de los lugares con mayor densidad de población del mundo: en esta pequeña península conviven 18.500 habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, no se nota tanto como en Hong Kong, donde los edificios están tan pegados que casi no se ve el cielo. Macau siempre me parece más vacío, aunque cada vez que entro a un edificio y veo los 200 buzones de correo, uno al lado del otro, caigo en la cuenta de la cantidad de gente que vive ahí.

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El Centro Histórico de Macau fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por sus construcciones coloniales bien preservadas y su herencia histórica. Me encanta caminar entre casitas de colores pasteles, iglesias (aunque confieso que después de ver tantas en Latinoamérica, estas no me parecen gran cosa), callecitas empedradas, farolitos, ventanitas y balconcitos (todo así, chiquito, porque las ciudades coloniales me resultan muy tiernas). A veces me siento de vuelta en Latinoamérica, o tal vez en algún pueblito de Europa que aún no conocí (nunca fui a Europa).

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Pero detrás de la fachada colonial prolija, hay casas con paredes descascaradas y más venidas abajo. Esas son las que más me gustan…

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Caminando con Journey llegamos a una casa colonial con un jardín muy bien cuidado. Al pasar por la entrada, vacía, el guardia de seguridad nos hizo señas desde lejos para que dejáramos por escrito nuestro nombre y nacionalidad en un cuadernito. Miré las entradas anteriores y solamente encontré taiwaneses, chinos, europeos… ¿algún argentino estuvo por acá?

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Es muy común ver inciensos, ofrendas de comida o estatuitas como estas en las esquinas, casi ocultas. Y siento que por más iglesias que haya, los chinos de Macau siempre siguieron siendo fieles a su religión…

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A veces siento que ciertas escenas fueron puestas ahí apropósito, preparadas para que yo pase y les saque una foto. Como esta, con esa combinación de colores.

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En Macau encontré hojitas que quieren escapar del encierro…

… y flores que no se averguenzan de mostrarse con su mejor perfil.

En el próximo post, más pedacitos de Macau en versión LOMO.

Llueve en China

Llueve en China. Y a mí me cuesta escribir. Imaginen esa escena trillada de película donde la lluvia cae y la protagonista mira por la ventana hacia afuera, con expresión melancólica, mientras apoya el codo sobre el marco de la ventana y la pera sobre la palma de la mano. Así estuve esta última semana, aunque sin la parte de mirar por la ventana. Con escuchar la lluvia me alcanza.

Podría contarles todo lo que no pude ver por culpa de la lluvia, pero no quiero pensarlo demasiado. Me siento en Vietnam parte II, otra vez los días grises. Porque un día de lluvia, cuando uno está viajando con los días contados (por una visa, por un pasaje de vuelta o por la razón que sea), es un día perdido y por ende un día gris, casi negro. Desde que me nevó en Kunming (digo “me nevó” porque estoy segura que esa nieve me la dedicó Dios, ya que Kunming es famosa por ser la ciudad “de la eterna primavera”) la lluvia no paró.

[singlepic id=2230 w=800] En Guilin, donde la lluvia y la niebla no me dejó ver demasiado lejos…

De Xijiang, aquel ex pueblito sin nombre, me fui a Congjiang, también en la provincia de Guizhou, con el plan de hacer village-hopping como le dicen. Ir de aldea a aldea. Caminar por pueblitos entre terrazas de arroz. Conocer a la gente local. Ah, pero la lluvia, la bendita lluvia. Ustedes pensarán que un poco de agua no le hace mal a nadie, pero acá el agua trae dos cosas: frío y niebla. O sea que por más impermeable que me ponga, es imposible ver el paisaje. Y la verdad es que para eso vine, en busca de paisajes. Así que me perdí varios lugares “espectaculares” que quería ver. Siempre me digo, para consolarme, “será la próxima”, pero ¿habrá próxima? Uno nunca sabe. Ojalá que sí.

De Congjiang me tomé el colectivo a Guilin, en la provincia de Guangxi, y pensé: Quiero volver al ex pueblito sin nombre, donde había turistas pero nadie me daba demasiada bola. Guilin es un lugar extremadamente turístico y la banda sonora callejera es algo así: lady! lady! hello, motorbike, lady, here lady, bamboo boat, lady lady where you go, cheap tour for you, lady, leiidiii !! Ponganlo en repeat y se darán una idea de lo que significa caminar por la calle siendo extranjera. Cansa, les juro que después de un año cansa.

[singlepic id=2219 w=800] “A picture with the birds, lady?”

[singlepic id=2220 w=800] La calle turística en Yangshuo, al sur de Guilin

[singlepic id=2237 h=800] Messi presente (creo que si no fuese por él, nadie nos ubicaría en el mapa)

[singlepic id=2231 w=800] McDonald’s presente…. creo que esta foto representa muy bien cómo un pueblito pasa a ser un destino turístico internacional.

Hacer viajes largos tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Las buenas, ya saben, conocer conocer y conocer. Las malas, que a veces todo parece repetirse, o mejor dicho, aparece esa sensación de “¿realmente quiero ver otro templo/río/mercado/buda/whatever?” Y a veces la respuesta es no. Pero un viaje (largo o corto) tiene algo que me gusta, eso de “no me importa si no veo tal o cual lugar, porque en Laos —ejemplo— conocí a los monjes budistas más buena onda del mundo o porque en China —otro ejemplo— tomé el té con las mujeres de una minoría. Y eso no se compra con ningún tour.

Así que para cerrar el viaje por el sur de China me fui a Yangshuo, a una hora y media de Guilin. Y si este lugar tiene fama, es por algo. Estuve cuatro días y solamente me llovió uno, así que me alquilé una bici y me fui a andar sin rumbo a orillas del río, entre montañas y por el barro de las plantaciones de arroz. Me embarré completamente, me perdí entre aldeas, obvio (creo que “viajar es perderse por el mundo”) y, como siempre, aparecieron esas personas caídas del cielo que me mostraron el camino. En chino y todo.

[singlepic id=2223 w=800] Andar en bici por medio de este paisaje “no tiene precio” (o sí, 10-20 yuan por el alquiler de la bici, pero el paisaje no se paga)

[singlepic id=2232 w=800] Tras 45 minutos de pedalear y pedir indicaciones, llegué a esta montaña conocida como Moon Hill, subí unos 800 escalones y me choqué con esta vista…

[singlepic id=2234 w=800] Más tarde frené al costado de la ruta y me encontré con este amigo que me miraba (soy búfalo en el horóscopo chino, ¿tendrá que ver?)

[singlepic id=2236 w=800] El camino me llevó entre casitas y plantaciones de arroz

[singlepic id=2226 w=800] Cada vez que veo una casita así, en medio de la naturaleza, me pregunto: ¿y si me quedo acá para siempre?

[singlepic id=2227 w=800] O tal vez largo todo y me pongo a cosechar arroz…

[singlepic id=2238 h=800] Caí en esta aldea histórica de casualidad. No había ni un solo turista ni tampoco la encontré en el mapa…

[singlepic id=2225 w=800] Seguí pedaleando en busca del río Yulong y me perdí. Le pedí indicaciones a esta mujer (le mostré un papelito en chino donde decía “dónde está el Yulong River” y me hizo señas de que la siguiera. Me guió durante unos 10 minutos con su bici y sus bebé en la espalda. Pasamos por unos paisajes irreales, llenos de árboles otoñales y hojitas por el piso, pero no pude frenar para sacar fotos porque tenía miedo de perderla (y de perderme otra vez).

[singlepic id=2233 w=800] Un poco más adelante apareció este hombre que me señaló dónde quedaba el río y me cruzó en su balsa de bambú hacia la otra orilla.

[singlepic id=2235 w=800] Y, por fin, el río.

Hoy pasé mi último día en lo que se conoce como mainland China (toda China sin incluir Hong Kong ni Macau) con mi querida amiga Journey en Foshan, su ciudad natal, a dos horas y media de la frontera con Hong Kong y Macau. Me llevó a conocer la atracción principal de Foshan (escuchen esta): The Toilet Waterfall (“La cascada de inodoros”). Cuando me adelantó que me iba a llevar al “Toilet World” pensé que íbamos a ver precios de artefactos de baño en un símil Easy Home o Barugel, ¡jamás me imaginé esto! Creo que ahora entiendo por qué Journey es tan personaje: ¡viene de una ciudad donde hay inodoros en cascada!

[singlepic id=2228 w=800] Journey frente a la cascada de inodoros (Foshan es famosa en China por sus trabajos en porcelana y cerámica… y por sus inodoros, bidets, bañaderas y lavatorios).

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[singlepic id=2229 w=800] Ver para creer. Me hizo reir muchísimo.

Fue un gran epílogo para este mes de travesía por China.

Y hoy, en este día gris de marzo, les confieso que estoy un poco cansada de tanto ir y venir. Un poquito nomás eh, no estoy diciendo que esto se termina. Quiero que mi vida sea un viaje constante, pero con algunas pausas en el medio como para “recobrar el aliento”, ahorrar y seguir disfrutando y conociendo.

No va a haber China parte dos, no en este momento. No me da el presupuesto ni la energía para seguir viajando ahora. Así que me quedo diez días en Macau, con mis amigos, y después vuelvo a Indonesia para quedarme allá un tiempo. Igualmente sigan atentos, que tengo muchas cosas para escribir y contar. Como dije, esto no termina acá.

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[box]Datos útiles para visitar Yangshuo:

  • Colectivo de Guilin a Yangshuo: ¥18 (aprox 3 USD), sale cada media hora y el viaje dura una hora y veinte.
  • Alojamiento: una cama en un dormitorio compartido cuesta ¥20 (3.5 USD), un cuarto privado en un hostel desde ¥60.
  • Alquiler de bicicleta: desde ¥10 (USD 1.5) por día.
  • Comida: depende dónde y qué se coma, pero entre ¥5 (un plato de noodles) y ¥15 (verduras con arroz), de ¥20 para arriba si es con carne. Botella de agua de medio litro: ¥2.[/box]

ex pueblito sin nombre

Mientras iba en el tren de Kunming (capital de la provincia de Yunnan) a Kaili (en la provincia vecina de Guizhou) pensaba: En pocas horas voy a estar en un pueblito en medio de las montañas, en uno de esos lugares ocultos que pocos conocen, donde voy a caminar sin turistas a la vista por medio de las terrazas de arroz, donde la gente local me va a mirar sorprendida (¿qué hace una extranjera por acá? ¿cómo nos encontró?) y las mujeres me van a invitar a tomar el té.

Qué ingenua.

El tren llegó a Kaili antes de lo prometido. Trece horas que se me pasaron demasiado rápido. Debo haber dormido por lo menos once horas seguidas, iba tan cómoda y calentita que, después de la nevada sorpresiva de Kunming, casi no me quise bajar. Kaili no me pareció especial así que me fui derecho a la estación de colectivos de larga distancia (en el transporte público, ya aprendí todas las mímicas necesarias para preguntar si este colectivo me lleva a donde quiero ir, soy una genia) (?) y me tomé el minibus a Xijiang, dicho pueblito escondido a dos horas de distancia.

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En este viaje a China decidí prescindir de la Lonely Planet en versión papel. Primero, porque es demasiado pesada y grandota para estar cargando de un lado a otro (por no decir que es un bodoque y yo ya no tengo espacio en la mochila); segundo, porque la tengo en pdf y la leo en la computadora, aunque no es lo mismo que tenerla en la mano en las situaciones complicadas. Pero sobrevivo. El tema es que la que tengo en pdf es del 2007, así que mucha información está bastante desactualizada. SIN EMBARGO (para no sentirme tan mal), en el hostel de Kunming encontré una copia de la última versión y la consulté también, para ver si seguía diciendo lo mismo acerca de este pueblito. Sí, algo así como “vas a ser el único extranjero en este pueblo divino, bla bla”. Así que decidí ir.

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La provincia de Guizhou es una de las más pobres del país y una de las menos visitadas por los turistas extranjeros; sin embargo, tiene una riqueza cultural enorme, ya que en este territorio conviven más de treinta grupos minoritarios, cada cual con sus vestimentas típicas, festivales, mercados, comidas, costumbres. Alrededor de Kaili hay muchísimas aldeas minoritarias que se pueden visitar, pero como yo tengo poco tiempo, decidí elegir Xi Jiang por esto de que es “una joya oculta”.

Pero apenas llegué me encontré con otra cosa.

Prueba #1 de que a Xi Jiang ya lo conocen todos: en el acceso principal a la aldea hay un puestito con una barrera donde cobran 60 yuan (casi 10 dólares) de entrada a los visitantes.

Prueba #2 de que a Xi Jiang llegan decenas (o tal vez cientos) de turistas todos los días: apenas te bajás del colectivo tenés que, obligatoriamente, cruzar un puente. Y ahí te espera la fiesta: hombres y mujeres Miao (la minoría que habita esta aldea) vestidos con sus ropas tradicionales te reciben con música y cantos y no te dejan pasar a menos que te tomes dos shot del alcohol que producen en la aldea: el primero te lo ofrece un hombre en un cuenco y el segundo te lo da una mujer servido en un cuerno de búfalo. Igualmente con el frío que hace no viene mal.

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Prueba #3 de que Xi Jiang ya no es lo que era: todos los días en el centro de la aldea, hombres y mujeres locales hacen un show de tambores, cantos, bailes y entretenimiento para los turistas que se congregan a mirar. Incluso invitan a dos hombres de la audiencia a que se disfracen y se sumen al show.

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Prueba #4 de que Xi Jiang crece cada vez más como destino turístico alternativo: vi varios hoteles y guesthouses pero lo que más me llamó la atención fue que la calle principal tiene SOLAMENTE negocios de souvenirs. Cuadras y cuadras de souvenirs y nada más. Y además hay un transporte especial para llevar grupos de turistas de un lado a otro (como un carrito de golf pero para 10-15 personas).

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Según lo que leí, este desarrollo turístico es muy positivo para la aldea. En años anteriores, muchos Miao emigraron a las grandes ciudades chinas y se terminaron acoplando a la mayoría Han (a la que pertenece más del 90 por ciento de la población) y por ende perdieron sus tradiciones y su cultura. La llegada de los turistas a Xi Jiang no sólo los ayuda a sobrevivir, sino que los incentiva a cuidar sus tradiciones y a utilizarlas como atractivo turístico. Por un lado me parece muy bien, pero por otro me pregunto: ¿el turismo les hace perder autenticidad? o, al contrario ¿el turismo “potencia” su autenticidad? Todavía no me decido.

En mi caso, ver tanto turista en este pueblito que alguna vez fue tan genuino me reforzó una certeza: viajo en busca de lo auténtico, de lo que se esconde detrás de escena, de los momentos naturales y espontáneos. No viajo para ver máscaras, sino para ver las caras que se ocultan debajo. Y a veces las encuentro y otras veces no.

***
Cosas que me gustaron de Xi Jiang:

– caminar entre medio de las terrazas de arroz

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– ver a esta nena sirviéndole pepsi al papá en una tapita

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– cruzarme con búfalos y caballos en medio del pueblo

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– ver a los hombres concentradísimos jugando a las cartas (y descuidando sus negocios)

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– ver trabajar al peluquero barbudo en la vereda (parecía sacado de una película)

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– ver todo el pueblo iluminado de noche

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– ver a los hombres con sus gorros de piel y sus pipas sentados en la calle

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– sentarme en un puesto de comida local, pedir noodles con algo que, a simple vista, pensé que era queso, para darme cuenta de que era todo menos queso (todavía no descifro exactamente de qué se trataba: visto de afuera parece queso cremoso, pero la consistencia es muy blanda para ser queso y el sabor… no es sabor a queso).

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– ver el nene con el pantalón abierto (así lo usan todos los nenes acá, para hacer sus necesidades en la calle más fácilmente)

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– y encontrar un ejemplar del “pato-cartera”: cuando estaba en el mercado local escuché varias veces un CUAC CUAC CUAC desesperado cerca mío. Primero pensé que era un sonido de mentira, un juguete (como el sonido a gato que hacen en la calle Florida en Buenos Aires), pero cuando miré hacia abajo lo vi: el pobre pato iba colgado cual cartera de la mano de esta mujer que hacía las compras con la compañía de su mascota patuna.

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Xijiang puede estar turistizado… pero no fue tan terrible después de todo. Por suerte, incluso en el lugar más turístico, siempre existirán estos momentos espontáneos.

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Viajar a China: sobre la Gran Muralla de Fuego, QQ, precios y demases

1. Sobre la Gran Muralla de Fuego

No hace falta que explique qué es la Gran Muralla China, ¿no? (En inglés conocida como The Great Wall). Es mundialmente archifamosa.

¿Pero sabían acerca de la Gran Muralla de Fuego de China? (En inglés conocida como The Great Firewall)

Desde que llegué a China, recibí muchísimas veces la misma pregunta: Do you have QQ? ¡¿Si tengo qué qué?! ¿Se acuerdan del ICQ? Bueno el QQ nació en 1998 en Shenzhen (China) como un programa de chat y hoy en día es la comunidad social con mayor cantidad de usuarios del mundo: tiene más de 630 millones. QQ es un programa de chat, email y un perfil online: es algo así como tener MSN, gmail/hotmail/yahoo y facebook todo en uno, con el mismo número de usuario. Es muy común escuchar los ruiditos del QQ (similar a los del viejo ICQ) en la calle, en los negocios, en los colectivos (lo usan en el celular y todo). Al parecer, cada día, hay 100 millones de usuarios online a la misma vez.

A qué viene esto, a que la mayoría de las páginas que nosotros, en el otro lado del mundo, consideramos “indispensables”, acá en China están bloqueadas por el gobierno (por ende el nombre Great Fire Wall). Facebook, Twitter, blogspot, wordpress, youtube, IMDB, linkedin, Flickr, wikileaks, ONGs como Amnesty International, algunos medios internacionales, algunos artículos de Wikipedia. Y parece que Google está en lista de espera. Pero los chinos tienen páginas alternativas para todo, como el famoso QQ y el buscador “Baidu”, y  varios sitios bloqueados se pueden acceder mediante proxies o programas especiales, aunque el gobierno también los está bloqueando de a poco.

Esta es la parte de China que me complica un poco la vida.

Ah, y cada vez que me preguntan si tengo QQ digo no, “I have Facebook”, y me miran: Facewhat?


Este pingüinito es el símbolo de QQ y está hasta bordado en las medias.

2. Sobre precios y trenes

Hoy me di cuenta de que ya pasaron tres semanas de mi estadía en China y todavía no hablé de precios para aquellos que estén planeando viajar a China de manera independiente. No es fácil dar un panorama general ya que China es tan inmenso, hay tantas ciudades, pueblos, aldeas, hoteles, hostels, alojamientos, restaurantes, puestitos de comida que es imposible decir “en China vas a gastar esto”. Pero intentaré darles una idea.

El transporte

Lo que más caro me resulta hasta ahora (siempre hablando en comparación con el Sudeste Asiático) es el precio de los transportes de larga distancia (trenes y colectivos). Esto debe ser también porque las distancias a cubrir son enormes. Mínimo por viaje: 8 horas.

El yuan (o RMB), moneda china, está 6.5 a 1 con el dólar.

Todos los colectivos de larga distancia que me tomé hasta ahora me costaron, en promedio, 100 yuans  (+/- 20 yuans) (algo así como 15 dólares por viajes de 8 horas, aproximadamente 2 dólares por cada hora de viaje).

Una de las mejores maneras de transportarse de una ciudad/provincia a otra es tomarse el tren. Hay muchísimas lineas, tienen horarios fijos, hasta ahora siempre salieron puntuales y llegaron incluso antes de tiempo. Dentro del tren hay varias clases: asientos, cama hard-sleeper, cama soft-sleeper. Para los viajes nocturnos me fui en el hard sleeper: la cama es cómoda, el colchón es duro pero soportable y se puede elegir entre lower berth (la cama de abajo, la más cara porque tiene más espacio hacia arriba), middle berth (la cama del medio, un poquito más barata y con menos espacio) y upper berth (la cama de arriba en la que vas cara a cara con el techo del vagón). Tuve la suerte (?) de viajar en la de arriba de todo porque el resto estaba agotado. Creo que lo más gracioso para los pasajeros chinos debe ser verme intentando escalar con mis mochilas hacia la cama superior.

Esta foto la saqué con el celular desde arriba de mi cama en el tren. No me daba el ángulo para sacar algo mejor

Un viaje de 9 horas, de Lijiang a Kunming, en el hard sleeper upper berth me costó 142 yuan (21 dólares: 2.33 dólares por hora).

El viaje que me toca esta noche, de Kunming a Kaili (en otra provincia) me costó 195 yuan (30 dólares por 13 horas de viaje: otra vez, 2.3 por hora).

El transporte público, en cambio, me resulta barato. En las ciudades más grandes, un viaje en colectivo a cualquier parte de la ciudad cuesta entre 1 y 2 yuans (entre 15 y 30 centavos de dólar por boleto). Los colectivos no tienen “cobrador” ni máquina para las monedas: muchos usan una tarjeta magnética recargable y los que pagan en efectivo deben poner el cambio exacto en una cajita, ya que no se da vuelto.

También existen las combis que van hacia sectores en las afueras donde los colectivos no llegan, generalmente a las aldeas vecinas. Estos son un poco más caros y pueden costar entre 5 y 15 yuans (desde 80 centavos de dólar hasta 2.20) por persona por trayectos de 15-30 minutos.

Alquilar una bicicleta, por lo que vi, está entre 20 y 40 yuans por día (entre 3 y 6 dólares). Allá en el Sudeste Asiático quedó la gloriosa bicicleta a un dólar el día.

Una buena opción para moverse de una provincia a otra: tomar los vuelos internos. Hay muchas ofertas y los precios empiezan en 200 yuans + impuestos (30 dólares + impuestos).

El alojamiento

Lo voy a decir. China tiene los hostels más lindos, limpios y cuidados que vi hasta ahora. Y en las ciudades turísticas o en las capitales provinciales, hay bastante competencia. Una cama en un dormitorio compartido con 4-8 personas está entre 25 y 35 yuans (3.80 a 5.30 dólares) y en general todos los hostels tienen wi-fi, lavandería, información turística, alquiler de bicis (y algunos hasta restaurante).

En las ciudades donde hay más turismo interno que internacional, no hay hostels y los hoteles más baratos empiezan en 60 yuans por habitación simple con baño (9 dólares).

Desde acá les escribo… el hostel en Kunming

La comida

Acá sí que es muy difícil dar números. Cuando termine mi viaje por China quiero hacer un especial de “Comiendo por ahí en China” para que vean la cantidad de opciones de comida que hay y cómo se come, culturalmente, en este país. Hay panes rellenos por 1 yuan, dumplings (masa rellena de carne y verduras, cocinada al vapor) por 5 yuans los siete dumplings; hay platos de noodle soup por 5-10 yuans según el tamaño, platos de verduras para acompañar con arroz por 8-12 yuans. Así que esto depende bastante de los gustos personales, de si se come solo o en grupo, del tamaño de la porción, etc. Pero, en promedio, comiendo barato, entre 20 y 40 yuans por día (de 3 a 6 dólares).

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3. Sobre mi itinerario de los próximos días

Para terminar este post les cuento mis planes de acá a diez días.

El 24 de marzo se me vence la visa y tengo que salir del país. Podría extenderla para seguir otro mes más, pero decidí ir a Macau, que si bien es parte de China, es considerada “región administrativa especial” y es como salir de China. Voy a visitar a mis amigos, a revivir los Momentos Macau del año pasado, a escapar unos días del frío, a descansar de tanto viaje en tren, a pedir una visa nueva y a planear mi itinerario para la segunda parte de China: la costa este (Shanghai, Beijing, etc).

Así que mientras tanto, estos diez días voy a viajar por lugares que no son tan turísticos y por otros que sí. Acá va el mapa y, próximamente, fotos y relatos.

Las chinas y yo

Me parece que todo empezó en abril del año pasado, cuando caminaba perdida por el laberinto que es la isla Ko Phi Phi, en Tailandia, y me la crucé de casualidad: Journey, la primera amiga china que me hice en Asia. Aunque para ser sincera, todo debe haber empezado cuando tenía unos ¿siete? años y la conocí a Jenni, mi primera amiguita china del colegio. Me acuerdo que vivía en frente de mi casa y siempre me invitaba a jugar y a tomar la merienda. Su cuarto era un paraíso de Hello Kitties, cositas rosas y peluches adorables. Su hermana mayor era lo más, siempre andaba por ahí, tocando el piano o haciendo dibujos para nosotras. No sé por qué me acuerdo de ella, si después de aquel año se mudó, se cambió de colegio y nunca más la vi (ni sé si sigue en Argentina o si, tal vez, me la crucé en las calles de China y no nos reconocimos…). Momento Gente que Busca Gente: Jenni, si estás por ahí y todavía te acordás de mí, ¡mandame un mail! Juro que si estuviese en mi casa escanearía una foto de Jenni y yo y la subiría.

Lo que quiero decir es que siempre tuve buena onda con las chinas (no como mi amiga Olga que siempre se pelea con la del supermercado porque no le lleva cambio). Desde chica tuve un feeling especial con ellas, pero no lo descubrí hasta que llegué a China.

[singlepic id=2179 w=800] Journey y yo en Macau

Como decía, durante la primera semana de mi viaje, en abril de 2010, la conocí a Journey en Tailandia y viajamos juntas por Malasia y (unos meses después) Hong Kong y Macau. En este viaje conocí a mucha gente con la que pegué buena onda por un rato, pero con Journey fue distinto: nos hicimos amigas en el acto. Es viajera también, vivió en Lhasa (Tibet), se conoce gran parte del Sudeste Asiático, tiene rastas y es bajita, tan bajita que le debo sacar una cabeza y media. Y aunque muchos digan que no tiene más de 22, ella tiene 30 años. Cuando intenta “insultarme” en castellano me dice ESTÚPILA y se ríe.

Gracias a Journey conocí a mi segunda amiga china, Tippi, de quien ya hablé en posts anteriores y con quien estoy viajando ahora en Lijiang (provincia de Yunnan, en China).

[singlepic id=2182 w=800] Tippi entre flores

Una aclaración antes de seguir: Journey y Tippi son sus “English names”, la mayoría de los chinos jóvenes (hombres y mujeres) se ponen nombres en inglés y son los que dan a conocer a los extranjeros (yo jamás las llamé por sus nombres reales). En general eligen este nombre en el colegio, algunos se autonombran y otros son bautizados por profesoras o amigos. Journey recibió su nombre de una amiga, pero Tippi se bautizó a sí misma en honor a una mujer llamada Tippi que, al parecer, tenía la capacidad de hablar con los animales. Y según me contó, los nombres más comunes que se ponen las chinas son Candy, Cookie, Sugar, Sweet y algunas/os hasta se hacen llamar Wind, Leaf, Knife, Sky, Eagle, Panda, Piano, Honda (sí, el auto), Ferrari

En fin, a Tippi la conocí en Malasia y viví bastante tiempo en su casa, en dos ocasiones distintas, y nos hicimos muy buenas amigas. Ella vive en Penang y trabaja de profesora de matemática en un colegio internacional, además está en Couchsurfing y aloja a cinco o seis personas por noche en su departamento divino frente al mar. Y es un personaje. Pero pensé que como las había conocido afuera de China, eso no contaba, así que las tomé como “mis amigas viajeras que además son chinas”.

[singlepic id=2176 w=800] Haciendo pavadas con Journey en Hong Kong
[singlepic id=2180 w=800] Tippi y Buda (?)

Ser mujer y viajar sola no es lo mismo que ser hombre y viajar solo. Desde que llegué a China sentí una conexión especial con las mujeres de acá, hablen inglés o no, sean nenas, adultas o ancianas. No sé muy bien cómo describirlo, tal vez será que me ven solas y me quieren proteger, o les caigo bien, no lo sé. Y esto no es algo que me haya pasado en todos los países. Pero en China, vaya a donde vaya, si una mujer me ve, me sonríe cálidamente, una sonrisa sincera, y mueve la cabeza como diciendo hola. Especialmente en las aldeas más chiquitas: cada vez que veo una mujer a la que quiero fotografiar, le hago un gesto con la cámara como preguntándole si puedo sacarle una foto y enseguida me sonríe y posa, dura como una estatua (y después me hace gestos para que le muestre la foto y se ríe cuando se ve en la pantalla de la cámara). Nunca una mujer me dijo que no podía fotografiarla, nunca me pidieron plata por sacar una foto, nunca me pusieron mala cara. Al contrario, sospecho que les gusta, porque siempre posan “haciéndose las naturales”.

[singlepic id=2188 h=800] Esta mujer, por ejemplo, nos atendió en su restaurante en Shuanglang y cuando le pedí permiso para sacarle fotos se puso así, mirando al horizonte. Cuando vio que terminé de sacarle, volvió a la normalidad y me pidió que le mostrara.

[singlepic id=2189 h=800] Al rato, la misma mujer me vio sacándole fotos a la tortuguita que tiene (o tenía) en la pecera al lado de la cocina, se acercó, la sacó del agua, se la puso en la palma de la mano y hasta le dio un beso (¡lástima que no pude enganchar ese momento!).

[singlepic id=2183 h=800] Me crucé con esta mujer en una aldea cerca de Lijiang y cuando le pedí permiso para la foto se puso así, “haciendo que trabajaba”. Son muy vivas estas, eh.

Si estoy viajando en colectivo, siempre hay alguna mujer que me da comida, me llena de manzanas, me ofrece maní. Tal vez sea parte de la cultura, tal vez sea su amabilidad, tal vez esto me esté pasando solamente a mí… Quisiera saber qué experiencia tiene un hombre que viaja solo en China, tal vez tenga “buena onda” con los hombres y no con las mujeres. ¿Será que esta conexión será exclusiva de mujeres con mujeres? ¿O será como en la astrología, que los opuestos son los que mejor se llevan? (Recuerden que Argentina y China están en el lado exactamente opuesto del mundo).

En el tiempo que me queda acá voy a intentar profundizar, quiero saber cuál es la raíz de todo esto. Mientras tanto, les dejo fotos de algunas chinas que me fui cruzando (y el recuerdo de otras a quienes no pude sacarles fotos).

[singlepic id=2177 w=800] Esta mujer fue una de las más graciosas y personajes que encontré en Chengdú. Una tarde me senté a tomar un café en una mesita en la vereda, y en la mesa de enfrente estaba sentada esta mujer. Mientras se comía las sobras de la gente que se había ido dos minutos antes, le decía cosas en chino (en voz muy alta) a cada extranjero que pasaba, seguidas de un “OK BYE BYE TAKE CARE” y un saludo con la mano. Cuando no pasaba ningún extranjero nuevo, me miraba a mí, me sonreía y me decía cosas en chino. Yo asentía como si entendiera. Cuando terminó de comer se acercó a mi mesa, me hizo señas de que comiera, hundió los cachetes, se tocó la cara y me señaló: “comé que estás flaca”. No pude evitar estallar y ella me vio y se rió conmigo.

[singlepic id=2186 w=800] Estas son dos de las tres chicas que me adoptaron de compañera de viaje durante dos días, con el pequeño detalle de que ellas no hablaban inglés y yo no hablo mandarín. Pero nos llevamos como amigas del alma.

[singlepic id=2187 h=800] Caminando por los pueblitos de Lugu Lake con una de las tres chinas, llegamos a la casa de esta mujer Mosuo (la minoría que vive en el lago). Nos invitó a sentarnos con ella mientras trabajaba, nos dio de probar las barritas a base de maíz que producen y nos “obligó” a tomar varios vasos del alcohol local que también producen ellas. Cuando nos fuimos, me regaló una bolsita con comida.

[singlepic id=2185 h=800] Estaba sacando fotos de un templo en Lugu Lake cuando vi que esta nena posaba, a lo lejos, para mis fotos. Me acerqué y salió corriendo, muerta de risa, así que durante un rato jugamos a las escondidas: yo la buscaba atrás de una piedra y ella corría y gritaba. Muy cerca de ella había un monje al que yo me moría por sacarle una foto, pero no quería faltarle el respeto. La nena, como intuyendo esto, corrió y se sentó en la falda del monje, y los dos se quedaron sonriéndome para que les sacara todas las fotos que quisiera.

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Ayer Tippi me llevó a un casamiento tradicional en una de las aldeas en las afueras del centro histórico de Lijiang. Salimos a caminar y nos encontramos con un grupo de mujeres jugando a las cartas.

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Una me invitó a sentarme al lado de ella, y cuando vio que Tippi quería sacarme una foto, puso su brazo sobre mi hombro y posó así:

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Todas las mujeres que conocí en ese casamiento me sonrieron, me hablaron en su dialecto (que ni Tippi entiende) y pusieron cara de foto.

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Y, por último, la que me rogó que le sacara ochenta fotos fue esta nena, quien le llevaba la cola al vestido de la novia y estaba vestida de manera tradicional para la ocasión.

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China: pensamientos desde el colectivo

No me di cuenta de lo grande e inabarcable que es China hasta que empecé a viajar en colectivo de un pueblo/ciudad a otro/a. Cada viaje que hice hasta ahora me llevó, como mínimo, ocho horas. Ocho horas en las que, estando sentada en un colectivo, aprendí y descubrí cosas sobre este inmenso país de Asia.

Esta es la ruta que hice hasta ahora:

Aterricé en Chengdu, capital de la provincia de Sichuan, y me fui hacia el sur. Mi plan era ir a algunos lugares que quedan al norte, pero cuando hice la ecuación “cuanto más al norte más frío hace” y me di cuenta de que para llegar a donde quería ir necesitaba unas 20 horas de viaje, pensé no gracias, en este momento no estoy como para ir a lugares que estan tapados de hielo y con temperaturas bajo cero. Así que me fui hacia el sur. Primero, Kangding, ciudad donde me perdí y me encontraron. Después, Xichang, ciudad de la eterna primavera. En tercer lugar, Luguhu o Lago Lugu, pequeño paraíso habitado por una sociedad matriarcal. Y por último, desde donde escribo, Lijiang, ciudad histórica de la provincia de Yunnan.

Lo primero que me deslumbró de todos estos eternos viajes en colectivo fueron los paisajes. Nunca vi imágenes tan perfectas por la ventana, nunca me quedé con la boca abierta frente al paisaje visto al pasar desde un colectivo en medio de la nada (generalmente estoy acostumbrada a ver paisajes imponentes al llegar a destino, pero no tanto en el medio), nunca tuve que luchar por no quedarme dormida solamente para admirar la vista. Cada viaje en colectivo es como sentarse frente a una pantalla de cine donde pasan documentales mudos de la National Geographic. O algo así. Vean estas imágenes sino:

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[singlepic id=2072 w=800] En la ruta de Chengdu a Kangding

[singlepic id=2170 w=800] En la ruta de Lugu a Lijiang

Creo que entiendo por qué hay tanto turismo interno en China y por qué mucha gente jamás sale del país (teniendo la posibilidad de hacerlo): acá tienen todo, por lo menos en cuanto a paisajes, historia, templos. Cada región, cada ciudad, cada pueblo parece ser un país distinto, y supongo que voy a ir viendo esto con más fuerza a medida que avance de una provincia a otra. Y juro que cada vez que paso por al lado de un pueblito perdido me dan ganas de intercambiar papeles con un habitante local y quedarme a vivir un tiempo en medio del verde y amarillo de las plantaciones de arroz.

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[singlepic id=2073 w=800] En las afueras de Xichang

Cada vez que me subo al colectivo me pasa lo mismo: todos me miran. Acá siempre soy minoría, el país es tan grande que los viajeros están muy dispersados y pocas veces tuve otro extranjero en el mismo colectivo que yo. Si la mirada de los asiáticos es penetrante, la de los chinos directamente me atraviesa. Me miran me miran me miran y no bajan la mirada. Pero les sonrío y me sonríen. Y después me miran un rato más. ¿Pensarán que vengo de otra galaxia?

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Los colectivos no tienen baño, así que cada dos horas el conductor hace una parada obligatoria. Mujeres, les aviso: en China, los baños públicos que están al costado de la ruta no tiene puertas (algunos ni tienen paredes). Así es, se trata de varios agujeros en el piso donde cada una debe hacer sus necesidades en público. Pero el lado positivo de esto es que como es algo tan común, nadie se averguenza ni mira con curiosidad. Y si uno está en China, habrá que actuar como los chinos nomás.

La parada obligatoria número dos es para comer, y en cada viaje se hacen dos o tres paradas.

Confieso que durante los primeros viajes en colectivo no quería llegar a destino. Mejor dicho, quería llegar y no. Llegar a un nuevo pueblo o ciudad implica poner todas mis energías en no perderme y pedir indicaciones por medio de señas. Pero después de la experiencia tan positiva en Kangding, pensé: Ya está, que fluya, de ahora en más me dejo llevar. Y me siguieron pasando cosas increíbles.

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Llegué a Xichang sin hostel, sin mapa, sin idea de nada. Fui ahí solamente porque era una parada necesaria para poder seguir avanzando hacia el sur y decidí quedarme dos noches para descansar y explorar un poco la ciudad y sus alrededores. Tenía escrito el nombre de un posible hotel (en Xichang no hay hostels ni guesthouses y todos los hoteles son bastante caros) y el número de colectivo que me llevaba hasta el centro. Así que apenas me bajé en la plaza principal me puse a buscar el hotel. Como no lo encontré, pedí indicaciones (por señas, siempre). Nadie sabía, hasta que apareció un hombre que me indicó que lo siguiera.

Caminamos hacia un edificio de oficinas, tocó el timbre en uno de los departamentos y voilá, se abrió la puerta y vi, en el fondo, iluminado cual aparición de dios, un pelo rubio. Se dio vuelta y sí, era un expatriado estadounidense que está trabajando en Xichang hace dos años, una persona que hablaba inglés en China. “Hoy este hombre estaba trabajando abajo de la ventana de la oficina, me vio asomado, me saludó y se ve que por eso te trajo acá”, me dijo. Me acompañó caminando a buscar un hotel barato y gracias a él lo encontré y encima me hicieron descuento (cada noche, 9 dólares). Mientras caminamos me contó acerca de la ciudad, me dio todas las indicaciones sobre qué ver, cómo llegar, dónde comer y después volvió a la oficina a trabajar. A veces no puedo creer la suerte que tengo en ciertas situaciones.

Xichang, además, me encantó. El clima es primaveral y está repleto de cerezos en flor, la ciudad es abarcable y fácil de caminar, hay una parte histórica que no quiere ser turística, sino que es totalmente auténtica, hay un lago a veinte minutos del centro que puede ser recorrido en su totalidad en transporte público, hay una montaña al lado del lago poblada de templos milenarios. Y Xichang es la capital del territorio autónomo de la minoría Yi. Mucho más de lo que me esperaba.

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De Xichang me fui a Lugu Lake: conjunto de pueblos a orillas de un lago, conformados por la minoría Mosuo. Y antes de bajarme del colectivo volvió a pasarme algo impensado. Tres chicas chinas que estaban viajando como yo me vieron sola y me adoptaron de amiga y de compañera de viaje por dos días. Pequeño detalle: ellas no hablaban inglés y yo no hablo chino, así que nos entendimos mediante señas, mímica, traductor, google translate y la ayuda de mi amigo de Macau, Clancy, y de mi amiga Tippi que les hablaron por teléfono varias veces y me tradujeron lo que me querían decir. Y el resto del tiempo, nos la pasamos recorriendo, comiendo y sacando fotos juntas como amigas del alma.

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La primera noche,  después de cenar, me llevaron a ver un espectáculo de danzas típicas de las mujeres Mosuo. Un show que, por lo que inferí, era “muy exclusivo”: fue en el hotel más lujoso y estaba lleno de seguridad, por lo que supuse que los invitados eran “gente importante”. Jamás entendí cómo llegamos ahí, pero (me parece) que nos colamos y entramos a ver el show, algo que jamás hubiese presenciado si no hubiese conocido a estas chicas.

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Al día siguiente “alquilamos” un combi y dimos toda la vuelta al lago, parando en todos lados para sacar fotos. Mientras dos de las chicas se subieron al teleférico, la tercera chica y yo nos fuimos a caminar por uno de los pueblitos. Llegamos a la entrada de una casa y la mujer Mosuo que estaba trabajando sentada en el piso nos invitó a acompañarla. Estaba sacando los pescados de la red y poniéndolos al sol para secar y poder venderlos. Nos trajo comidas para probar, nos invitó a tomar el alcohol que se produce localmente y hasta me regaló snacks para la tarde.

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Y ayer, por fin, llegué a Lijiang y me reencontré con Tippi, mi amiga china que vive en Malasia y está acá visitando al novio.

Espero ansiosa mi próximo viaje en colectivo. No tengo idea qué me deparará, y eso es lo que está haciendo que en este viaje por China me pasen cosas inesperadas todos los días…

Cuando te perdés en China nunca sabés quién te puede encontrar…

Breve introducción: Este es el post número 100 de Viajando por ahí. Tenía pensado hacer “algo especial” para celebrar (?), como escribir un capítulo remixado, un “post aniversario”, un backstage, algo distinto. Pero estos días me sentí tan perdida en China que no tenía mucho ánimo para hacer nada. Hasta que esta tarde, de la nada, pasó lo que pasó: una de las mejores experiencias de mi viaje, caída del cielo para compartir con ustedes en este post número cien.

***

Primera parte: Perdida entre caracteres

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Mis primeros días en China no fueron (ni son) nada fáciles. Cada vez que salgo a la calle o llego a un lugar desconocido me siento, a la misma vez, frustrada, emocionada, feliz, triste, enojada, impotente y completamente perdida. Me resulta imposible leer, por ejemplo, los horarios de los colectivos en la estación, ya que todos los nombres de las ciudades están en caracteres chinos. No puedo preguntar “qué me tomo para ir a tal lado”, porque nadie me entiende (o mejor dicho porque yo no entiendo a nadie). No puedo pedir indicaciones en la calle más que por señas o mostrando el mapa. Pierdo horas (literalmente) buscando el hostel que dice estar a 15 minutos de la estación o buscando ese templo o callecita que debería estar ahí.

Muchas veces durante este viaje me preguntaron si había tenido alguna dificultad para comunicarme con la gente local y mi respuesta siempre había sido “casi nunca”. Tuve pequeñas excepciones, sí, pero las resolví dirigiéndome a otra persona que hablara algo de inglés, apelando al dígalo con mímica o leyendo algunas frases o palabras en el idioma local. En el Sudeste Asiático se habla bastante inglés: en Malasia y Singapur es uno de los idiomas oficiales, Tailandia y Vietnam son tan turísticos que es muy fácil comunicarse o leer los carteles, en Indonesia no se habla tanto pero el indonesio es un idioma simple y entendible (y los indonesios se desviven por hablar aunque sea un poquito de inglés). Pero China es otra cosa. O por lo menos lo poco que conocí hasta ahora.

Por primera vez me siento completamente impotente frente a la barrera idiomática. Por un lado me encanta: tanto que buscaba “lo auténtico”, acá lo tengo. Estoy en un lugar del mundo que aún se mantiene “intacto” en ciertas regiones. Pero por otro lado, se me hace muy difícil viajar sola y siempre dependo de la ayuda de alguien (o por lo menos del diccionario inglés-chino que descubrí que tengo en mi celular). Sé que soy yo la que debería hablar el idioma y creanme que si pudiese hacer un curso aceleradísimo de mandarín lo haría ya mismo. Por el momento me manejo con el traductor, con papelitos escritos en chino y con mi instinto. Y estoy aprendiendo —o intentando al menos— algunas palabras y expresiones básicas.

Segunda parte: Las cartas no se equivocan

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Ayer domingo llegué (después de un viaje en colectivo de 7 horas por las montañas) a Kangding, la ciudad más grande de lo que se conoce como la Ruta Tibetana (Tibetan Highway) en la provincia de Sichuan. Mi plan era quedarme una noche ahí y viajar el día siguiente hacia Dao Cheng, un lugar con paisajes imponentes según dicen. Llegué a la estación, pedí un pasaje para Dao Cheng y lo único que me respondió la mujer del mostrador fue “no bus no bus!!” y me fletó. La llamé a Susie, la chica que me había alojado en Chengdu, para pedirle que hablara con esta mujer: al parecer estaba todo agotado hasta dentro de una semana. Así que decidí dejar lo del pasaje para más tarde e ir en busca del hostel.

Me perdí. Kanding es una ciudad que se puede recorrer de punta a punta a pie, pero yo me perdí. Obvio que iba enojadísima conmigo misma, hablando en voz alta, quién me manda a venir a este lugar, cómo puede ser que no sea capaz de leer un mapa y todo eso. Hasta que las vi. Llevaba mucho tiempo sin encontrarlas: cartas (naipes) tiradas en el piso. Un doce de trébol, un seis de diamantes, un siete de corazones, tirados en la vereda, al lado del puente. Empecé a juntar cartas abandonadas hace un tiempo, en Laos, y juro que en cada ciudad o pueblo donde encontré una tuve experiencias demasiado buenas. Las llamo las cartas del buen agüero: si aparece una es porque algo bueno me va a pasar.

Seguí caminando, igual de perdida, sin poder pedirle indicaciones a nadie. Decidí llamar al número de teléfono que había sacado de la página de internet del hostel, pero estaba fuera de servicio así que llamé a un celular que también figuraba ahí y me atendió una chica china que hablaba inglés. Le pedí indicaciones para llegar, pensando que ella trabajaba ahí, y seguí caminando por donde me dijo. A los cinco minutos, esta chica apareció enfrente mío: “you just called me” (“vos me acabás de llamar”) (no debo ser difícil de localizar: soy la única extranjera del pueblo, lo juro). Me indicó el camino otra vez, en persona, y desapareció. Y cuando le pregunté si ella trabajaba en ese hostel, me dijo que no… Qué cosa rara.

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[singlepic id=2018 w=800] Este es el “cuadrado” central de la ciudad donde, cada noche, la gente local se reúne a bailar…

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Seguí caminando, me perdí otra vez y me senté a descansar. Se me acercó una mujer muy vieja que caminaba con bastón y me empezó a hablar. Al no entender las palabras, lo que intento hacer es leer el lenguaje corporal de las personas e inferir qué me están diciendo (o por lo menos en qué tono). Esta mujer me sonrió cálidamente, me habló un poco más, me sonrió de nuevo y se fue, así que supuse que fue algo bueno. Como media hora más tarde (yo seguía buscando el hostel) me la volví a cruzar en otra parte de la ciudad. Me reconoció, se acercó y vio mi cara de estoy perdida y voy a llorar. Yo estaba sentada sobre una escalera, ella acercó su mano a mi rodilla y me hizo un gesto de “no te preocupes que todo va a estar bien”, al menos yo lo sentí así. Después me hizo señas de que durmiera y se fue.  Enseguida apareció un hombre que sabía dónde quedaba mi hostel y me indicó perfectamente. Estas personas me iluminan el día.

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Tercera parte: Encontrada por Eva y su familia

Anoche, con ayuda de un chico que hablaba inglés y el dueño del hostel, me armé una nueva ruta para llegar a donde quiero ir. El chico me escribió todas las indicaciones y detalles en chino y en inglés, así que esta mañana fui con ese papelito en mano a la estación, medio resignada a no conseguir nada. Mientras estaba haciendo la fila, apareció una chica china atrás mío que me miró y me preguntó, en inglés, a dónde quería ir. Le dije y me ayudó a sacar el pasaje. Salí sola de la estación y escuché una voz que me dijo, a lo lejos, “hello hello!”, era esta chica, Eva, que venía corriendo atrás mío junto con su mamá. Caminamos juntas toda la mañana, la mamá me cuestionó en chino y ella tradujo: de dónde sos, cuántos años tenés, estás casada, viajás sola, tenés que viajar con alguien, tené cuidado. Después Eva y yo nos fuimos a desayunar y me enseñó los nombres de algunos platos para poder pedirlos en el futuro (sí, otro detalle, todos los menúes en chino y sin fotos). Más tarde nos separamos y quedamos en encontrarnos a las 6.

A eso de las 3 de la tarde salí a caminar y sacar fotos. A las cuatro cuadras una mujer me hizo señas, emocionadísima: ni hao, ni hao! Era la mamá de Eva que estaba sentada en la plaza principal charlando con su mejor amiga. Me senté con ellas y tuvimos una no-conversación. La madre me hizo señas de que Eva se había ido a cortar el pelo y después entre ella y la amiga me hablaron como locas en chino, me hicieron preguntas, se rieron, me hablaron un poco más y yo, impotente, solamente podía repetirles wǒ bù míngbai (no entiendo). La llamé a Eva para contarle que estaba con su mamá en la plaza y apareció enseguida: estaba a pocos metros de distancia. Me dijo que la amiga de su mamá quería invitarme a su casa  a comer, así que nos fuimos las cuatro al departamento.

[singlepic id=2008 w=800] En la casa de la amiga

[singlepic id=2004 w=800] Dulces y té para empezar

[singlepic id=2019 w=800] Arroz con verduras y cerdo de plato principal

En la casa estaba la abuela de Eva, una mujer de 80 años que pertenece a la minoría Yi o Yizu. Los Yi viven en las areas rurales del sur de China, Vietnam y Tailandia. Hablan su propio dialecto, un idioma tibetano-birmano, y son, en su mayoría, pastores o cazadores nómades. Tiene su propia religión animista y muchos historiadores creen que son ancestros de los tibetanos, de los naxi y de los qiang. Y no sólo la abuela es de la minoría Yi, Eva y su mamá también lo son.

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Prepararon comida para mí y me siguieron charlando alegremente en chino, la abuela incluida. Me sirvieron una taza de té tras otras y me “obligaron” a comer mucho. La madre me repitió ochenta veces que viajara con alguien y no sola, me preguntó acerca de mi familia, de mi novio, de mi país. Creo que hace mucho no me sentía tan emocionada y feliz. Por más que no entendiera palabra, me hicieron sentir muy cómoda. Le pedí permiso a Eva para sacar fotos, con miedo de que me dijera que no (uno nunca sabe, en ciertas culturas las fotos “roban parte del alma”) y se armó la sesión de fotos. La abuela, cuando vio mi cámara, se fue disparando para el otro cuarto. Yo pensé que tal vez se había ofendido y no iba a salir más de ahí. Pero no, fue a ponerse linda. Buscó su saco, se arregló el gorro y posó para mí con su vestimenta tradicional. Y durante un rato, todas nos sacamos fotos con todas.

[singlepic id=2009 w=800] Eva y su mamá

[singlepic id=2005 w=800] La mamá y su amiga

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[singlepic id=2011 h=800] La abuela

Cuando me fui me saludaron emocionadísimas: que volviera cuando quisiera, que siempre era bienvenida, que las visitara en su pueblo (Eva y su mamá estaban de visita en Kangding), que me cuidara, que no viajara sola. Madre, amiga y abuela me saludaron desde la puerta y Eva y yo nos fuimos a caminar un rato más.

Ahora entiendo por qué fui a Kangding.

***

China es, para mí, un desafío. El desafío de buscar un lenguaje común, universal, para entenderme con personas que hablan otro idioma. Y lo mejor de todo es que cuesta, pero se puede. Estas cuatro mujeres que conocí hoy me demostraron que, a veces, las palabras no son necesarias.

Chengdu, ciudad XL

Lo primero que me llamó la atención de Chengdu —primera ciudad de China que conozco, así que todavía no puedo hablar del país en general— es el tamaño de las cosas: todo es ENORME.

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Las cuadras son larguísimas (sospecho que tienen entre 200 y 400 metros de largo), las calles son extremadamente anchas (como cruzar por Av. Libertador o Figueroa Alcorta todo el tiempo), las veredas en sí ya son unas cinco veces más anchas que en Buenos Aires (muy cómodas para caminar, eso sí). Los edificios no sólo son altos, sino que son grandotes, cuadrados, enormes, monumentales. Los templos son impresionantes (los del Sudeste Asiático, un poroto, sin desmerecerlos) y ni hablar de la estatua de Mao erigida en el centro de la ciudad. Los platos de comida “chiquitos” ya son el triple de grandes que cualquier plato que me hayan servido en cualquier país del Sudeste Asiático (o diría del mundo). Los supermercados tienen una cantidad de stock de cada producto que me supera en peso y tamaño (en las góndolas debe haber mil ejemplares de cada cosa). Todo viene en cantidades industriales y en proporciones descomunales. Será que China es así (signo de pregunta).

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[singlepic id=1954 w=800]

[singlepic id=1952 w=800]

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[singlepic id=1971 h=800]

Ubicarse en esta ciudad no es nada fácil: las calles cambian de nombre a cada cuadra, la numeración no sigue un orden lógico y el mapa hace que la ciudad parezca mucho más chiquita de lo que es. La disposición de las calles es, además, distinta de cualquier ciudad que conocí hasta ahora: visto desde arriba, la ciudad está conformada por cinco círculos concéntricos y callecitas que salen de ahí. Esto hace que me pierda constantemente y que no pueda llegar a ningún lugar caminando.

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Chengdu es una ciudad gris en la que el sol no logra traspasar la niebla (¿o la contaminación?) y se ve, de día, como una luna un poquito más amarilla o roja (según la hora). Ver los árboles pelados me hace sentir que a esta ciudad, el invierno le queda bien. Tal vez si hubiese llegado en verano diría otra cosa, pero siento que Chengdu combina con invierno. Es una ciudad que me parece silenciosa: será que al ser tan grande los ruidos se pierden enseguida, o será porque todos andan con motos eléctricas que pasan desapercibidas (no tienen sonido). La gente está en la suya: muchos juegan a las cartas o al mahjong en la vereda, otros escuchan música sentados en las plazas, muchos se van de shopping (nunca vi tan ropa tan linda y TAN BARATA), pero la mayoría vive una vida como en cualquier ciudad: de casa a la universidad o de casa al trabajo. La comida es famosa por ser picante y los programas más populares son sentarse a tomar el té en una “tea house” o ir a comer hot-pot con amigos.

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[singlepic id=1964 w=800] Limpiadores profesionales de orejas

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Con sus 11 millones de habitantes, Chengdu es una de las cinco ciudades más grandes de China, una de las que tiene mejor calidad de vida y un lugar no demasiado turístico. Muchos usan Chengdu como punto de partida para viajar al Tíbet, o (como yo) para ir a Lijiang, pero no sé si hay gente que viaje exclusivamente a esta ciudad. Sin embargo, como introducción, me gustó.

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[singlepic id=1958 w=800] Mezquita con estilo chino

[singlepic id=1957 w=800] Barrio islámico (chinos musulmanes!)

[singlepic id=1960 w=800] El barrio tibetano… me encanta

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[singlepic id=1962 w=800] Mujeres conductoras de colectivo!

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[singlepic id=1965 w=800] Che Guevara presente

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[singlepic id=1968 h=800] Pandas y más pandas

就在中国旅游 (Viajando por ahí en China)

I. Los no-preparativos

Saqué el pasaje sin pensarlo. Estaba en Penang (Malasia) con mi amiga china Tippi al lado, mirando los precios de AirAsia en internet. Había decidido ir a China hacía pocos días y ella fue la que me dijo Andá a Chengdu así nos encontramos una semana después en Lijiang, que está cerca. Perfecto. Saqué el pasaje para Chengdu nomás, sin tener ni idea del lugar en el que iba a aterrizar.

Los días previos no planee demasiado. Voy a ser sincera: no planee nada. Leí un poco acerca de Chengdu y nada más. Estaba tan concentrada escribiendo artículos y disfrutando los días con Delfi, mi amiga argentina con la que pasé una semana en Malasia, que no tuve tiempo de nada y el día llegó demasiado rápido. Me dejaré sorprender, pensé confiada y canchera.

(Al margen: cuanto más viajo más me pasa lo siguiente: ¿cómo planear un viaje cuando ese viaje ya no es un paréntesis sino parte de mi vida cotidiana? Sería como querer planear con anticipación lo que quiero hacer durante dos meses en Buenos Aires, salvando las distancias.)

Pocos días antes de tomar el avión me fui enterando de algunos datos y empecé a caer en la magnitud que implica viajar a China. Primero, temperatura en Chengdu: 5 grados. Bárbaro, después de un año ininterrumpido de verano y humedad, un poco de frío no viene mal, aunque lo de 5 grados fue medio shock. Pero bien, Tippi me prestó ropa de invierno y me compré unas medias largas (?). Otro día, una mujer que acababa de volver de Chengdu me dijo así al pasar “…es una ciudad de más de 10 millones de habitantes…”. Y yo, QUÉ. Y mi amiga Delfi me dijo una gran certeza: acostumbrate, es China, todo va a venir en grandes cantidades. Ajá.

II. Volando por ahí

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Llegué al aeropuerto de Kuala Lumpur tranquila. Aunque en la sala de embarque empecé a caer. Entraron unos 400 chinos en malón (tantos, que pensé que Air Asia iba a poner dos o tres aviones para el vuelo), hablando fuertísimo, riéndose, peleándose (o no, a veces uno no sabe en qué tono se están tratando). 400 chinos y yo. Si había cinco extranjeros más era mucho.

El avión de Air Asia era un Xtra-Large (así lo llaman), con espacio para 400 chinos. Y yo. Nunca, juro que nunca, vi gente tan (perdón pero necesito el término argentino) quilombera como los chinos con los que compartí el avión. Hablaron a los gritos durante las 4 horas de vuelo, algunos incluso se levantaron del asiento mientras el avión despegaba (las azafatas se hartaron de rogarles educadamente y los hicieron sentar a la fuerza), el capitán tuvo que pedirles por los altoparlantes que se quedaran sentados porque había turbulencia. Tremendo. Agitaron como locos. Faltaba que se tiraran papelitos y tizas de un asiento al otro.

Apenas aterrizamos salieron todos abalanzados. Nunca vi semejante velocidad.

Hice la fila para tomar uno de los taxis oficiales del aeropuerto hacia la casa de Susie, la chica de Couchsurfing que me está alojando, y ahí empezó la historia.

Taxista: —我们去哪儿?(apelo a Google Translate para lograr más efecto, no tengo idea qué me dijo el hombre)
Le muestro mi ipod con la dirección de Susie escrita en chino.
—完美,让?
—Yes.
Y pienso: sí, supongo que sí. A rezar.

Susie me había dicho que fuese hasta la puerta principal de la Universidad Tecnológica de Chengdu y que la llamara para que me buscara ahí, ya que su casa está adentro del complejo universitario y es difícil de encontrar. Detalle: me subo al taxi, intento llamarla con mi número de Malasia y una voz en chino me dice:  对不起,没有这个通话信用. No tengo más crédito. Es la 1 de la mañana y no tengo manera de avisarle a Susie que ya llegué y que tiene que buscarme en la puerta. Esta noche duermo afuera.

El taxista me deja en la puerta de la Universidad, pero yo pienso: No me bajo de acá sin haber llamado a Susie. “Charla” entre el taxista y yo:

—English?
—不,不,我不明白
—I need to call my friend (podría haberlo dicho en castellano que daba igual)
—我们到达时,得到
—My friend, call.
Y le señalo mi celular desesperada.
—是的,大学就在这里
Se me ocurre hacerle escuchar la grabación que dice que no tengo más crédito.
—啊!但你有没有更多的功劳!
Le señalo su celular. Y me lo presta. VAMOS TODAVÍA. La llamo a Susie y le aviso que estoy.
—xie xie (gracias), le digo al taxista (lo único que sé decir en chino)
—欢迎你

Sospecho que me paseó pero lo perdono porque me prestó el celular y me salvó la vida.

Llega Susie y nos vamos a su casa. Me voy a dormir, por fin. Y la mañana siguiente me despierto… en China, en una ciudad donde nadie habla inglés, en el país con mayor cantidad de habitantes del mundo, en el corazón de Asia.

Todavía no termino de caer.

***

Primeras imágenes de Chengdu

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¿China 2011?

(nota: todas las fotos son de pedacitos de China que fui encontrando en el Sudeste Asiático)

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Al pensar en o imaginar Asia desde Argentina (sin haber viajado jamás para este lado del mundo) es difícil no caer en el preconcepto ese de que “todos los asiáticos son chinos”.

Cuando, hace un año, anuncié que me iba a Asia (lugar que siempre me atrajo, más que cualquier otro continente), me cansé de escuchar: “¡¿A Asia?! ¿Para ir a ver chinos?”. Como si acá no existiesen otras nacionalidades o como si, incluso, todos los chinos fuesen creados con un solo molde. Yo creo que la culpable de esto es la distancia: Argentina está en las antípodas de China. Es decir que si caváramos un pozo en linea recta hacia abajo, atravesáramos todas las cortezas, el centro de la tierra, y siguiésemos cavando, apareceríamos en China (Como la en la película argentina Básicamente un pozo, no sé si la vieron). Argentina y China no podrían estar más lejos.

Desde que llegué al Sudeste Asiático, China estuvo presente en todo. Mejor dicho, China e India, las dos grandes potencias que más influencia tienen sobre esta región del mundo, estuvieron presentes en muchos aspectos: la comida, las comunidades, los templos, las costumbres, las mezclas. Pero claro, yo solamente tenía ojos para India. A veces uno no ve más que lo que está buscando, y el resto, por más interesante que sea, pasa a ser un elemento más dentro del paisaje.

[singlepic id=1854 w=800] Templo chino

[singlepic id=1857 w=800] Ang, uno de mis amigos chino-malayos, mostrándome en qué consiste el Lion Dance chino

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[singlepic id=1861 w=800] Medicina china

[singlepic id=1867 w=800] Hong Kong

Durante estos 10 meses solamente vi/probé/escuché el curry, los templos hindúes, las películas de Bollywood, la música india. Será porque la India está aún más lejos de nuestra realidad que China. En Buenos Aires debo tener cinco supermercados chinos en la misma manzana de mi casa y varios deliverys, pero ¿supermercados indios? nunca vi. En Malasia decidí que estaba lista para irme a conocer este país que tanto me intriga y me intimida, pero las trabas burocráticas me lo impidieron. Visa para la India: rechazada. ¿Por qué? “Sacala en tu país de origen”. Listo.

Y dije sin pensarlo (o mejor dicho pensé sin decirlo) (?): a China me voy entonces.

[singlepic id=1855 w=800] Hong Kong, mi primer encuentro cercano con China…

[singlepic id=1860 w=800] Macau, mi segundo encuentro cercano con China

[singlepic id=1887 w=800] Journey, mi primera amiga china, en Tailandia

[singlepic id=1888 w=800] Reencuentro con Journey en Hong Kong

[singlepic id=1886 w=800] Cuando recién aprendía a comer con los palitos

[singlepic id=1885 w=800] Mao, presente

[singlepic id=1877 w=800] Gran templo chino en Indonesia

Y hoy, mientras comía comida china en Penang, por vez número veinte en el mismo restaurante chino que me encanta, con Tippi, mi amiga china, me di cuenta. Estoy tan metida en la cultura china que ya me resulta parte normal de mi realidad. El vamos a comer comida china no me llama la atención (es más, diría que es parte normal de mi dieta asiática), los festejos por el año nuevo chino me parecen de lo más lógico (claro, si empieza el año del conejo, ¿cómo no festejar?), las comunidades chino-malayas, chino-indonesias, chino-etc me parecen obvias (acá también hay inmigración china, ¿qué creían?). Fui absorbiendo esta cultura en cada país, tan de a poco y de manera tan constante, que no me di cuenta de todo lo que fui aprendiendo acerca de ellos.

Y llámenlo karma, suerte, energía, sanata, lo que sea, pero tal vez este no era mi momento de ir a la India, tal vez estoy más preparada para China… Y (si todo sale bien con el tema VISA), estaré allá en muy muy poco tiempo… No voy a dar más detalles hasta no tener la visa aprobada. A prenderle inciensos a Buda entonces.

[singlepic id=1889 w=800] Esto es una señal

[singlepic id=1890 w=800] Templo chino en Penang (Malasia)

[singlepic id=1881 h=800] Té chino

[singlepic id=1880 w=800] Tippi, mi amiga china, con Leonardo

[singlepic id=1878 w=800] Lámparas para las decoraciones de año nuevo chino

[singlepic id=1879 w=800] Casa china en Penang

[singlepic id=1872 w=800] Show de ópera china

[singlepic id=1873 w=800] Ópera china

[singlepic id=1883 h=800] Templo chino en Vietnam

[singlepic id=1884 h=800] Tribu Hmong, viven en Vietnam y también en China

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[singlepic id=1866 w=800]

[singlepic id=1871 w=800] El china-phone (versión barata del iPhone)

[singlepic id=1870 w=800] Vendedor callejero en Singapur (ciudad formada por mayoría china)

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Viajando en una foto: Burbujas en Hong Kong

Un domingo, Journey, su amiga Polly y yo decidimos huir de la locura del centro de Hong Kong y nos fuimos a pasar el día a Stanley, un pueblito ubicado en la costa sudeste de la isla de Hong Kong.

Caminamos por la rambla, investigamos los puestos callejeros y los negocios con remeras en oferta (no importa en qué parte de Hong Kong se esté, uno nunca puede huir del shopping, deporte nacional de esta isla), compramos galletas con formas de animalitos, vimos una sesión de fotos pre-casamiento, aprendimos a tocar temas con un ukelele rojo, visitamos un templo budista, nos sentamos en el muelle a ver cómo los pescadores no sacaban nada del mar, aprendimos a posar para las fotos “Hong Kong style”, sufrimos el terrible calor y la terrible humedad de esta región del mundo, nos tomamos una cerveza fría frente al mar y miramos el atardecer.

En algún momento del día, entremedio de todas estas “actividades”, Journey y Polly me dejaron un rato sola mientras ellas iban al baño y esta nena se puso a hacer burbujas enfrente mío.

Al parecer las buenas fotos aparecen cuando la gente me deja para ir al baño.

No sé por qué pero esta foto me atrae mucho. Se convirtió en una de mis preferidas.

Tal vez es la atmósfera, tal vez son los recuerdos, tal vez son los colores… yo creo que son las burbujas.

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Momentos Macau

Mi mamá siempre lo dice: Cada cual lo cuenta según cómo pasó la fiesta, viste.

Por eso estoy aprendiendo a no guiarme por las opiniones de los demás en cuanto a la escala de valores que va de “aburrimiento” a “diversión” que un lugar tiene para ofrecer.

-¡¿Seis días en Macau?! Es demasiado, es un lugar muy chico y no hay nada para hacer… Salvo ir al casino, me dijeron muchas personas en distintas situaciones cuando les comenté cuál era mi próximo destino.

Sin embargo yo no fui a jugar al casino y seis días en Macau me parecieron muy poco.

Hay ciertos lugares del mundo que cobran un aura especial no por el paisaje, ni por la comida, ni por la cultura, sino por los momentos vividos con determinadas personas (poner Brillante sobre el mic de Fito Páez o In my life de los Beatles de fondo por favor).

Son lugares en los que el tiempo se congela y todo se reduce al micromundo construido con los (nuevos o viejos) amigos.

Y, a mí, esto me pasa en los momentos menos esperados, cuando llego a esos lugares a los que no sé muy bien por qué elegí ir.

¿Por qué decidí ir a Macau?

Por lo mismo que decido ir a todos los lugares a los que voy: por qué no.

Fui a Hong Kong porque conseguí —de casualidad— un pasaje de avión en oferta desde Filipinas y pensé, me voy a Hong Kong nomás. Y una vez en Hong Kong pensé, si la isla de Macau queda a una hora de esta ciudad y tampoco necesito visa china para entrar, ¿por qué perdérmela? Solamente me separa una hora en barco y unos 15 dólares de pasaje.

Así que partí rumbo a Macau sabiendo algunas cositas básicas:

  • Es una península y otra de las “regiones especiales” de China y por lo tanto goza de cierta autonomía política
  • Fue colonia portuguesa hasta fines de los 90 y es patrimonio de la humanidad de la UNESCO
  • Una vez que logró ser independiente de Portugal se convirtió en casinoland, una especie de Las Vegas asiática
  • Es “un poco más barato que Hong Kong
  • Es un lugar “muy chiquito”, “tan chiquito que podés recorrerlo en un día”

Esto debe haber provocado el siguiente sueño en mi cabeza un par de noches antes de viajar: llegaba a la terminal fluvial, me bajaba del barco y Macau no era más que una maqueta por la que podía caminar de una punta a la otra en menos de tres minutos.

Y llegué a Macau sabiendo que me esperaba lo siguiente: Journey, mi amiga china, que había tenido que viajar la noche anterior porque su permiso de siete días en Hong Kong se vencía; Clancy, un local de Macau y miembro de Couchsurfing que accedió con la mejor onda a alojarnos en su casa; los “free casino shuttle-buses”, combis gratuitas que recorren la ciudad de casino en casino; y “macanese food”, una fusión de comida china y portuguesa ¡ex-qui-si-ta!

No me imaginé, por ejemplo, que iba a encontrarme con carteles escritos en portugués en plena ciudad asiática.

Ya sé, ya sé, si Macau fue colonia portuguesa, es más que lógico encontrar leyendas en portugués… ¿Pero es lógico encontrarlas aún cuando ningún “macaense” habla más que cantonés y tal vez algo de inglés? ¿Es lógico que los nombres de las calles estén completamente en portugués (“Avenida Da Praia Grande” o “Passagem de las lindas”) y que ningún local recuerde las recuerde ni remotamente? ¿Es lógico que muchos anuncios públicos estén en cantonés y en portugués, cuando la mayoría de los turistas solamente habla inglés?

No lo sé… ¡pero me encanta!

Es lo que hace que un lugar sea más interesante.

Y nada mejor que descubrir la lógica interna de cada ciudad: como en Macau, por ejemplo, donde la gente no se guía por los mapas sino por los casinos.

¿Alguien fue a Las Vegas?

Yo no, pero me imagino que Macau es como un Las Vegas metido dentro de un escenario colonial.

Por un lado tenés callecitas de piedra, farolitos con filetes, casas bajas pintadas de amarillo pastel y salmón, construcciones con columnas blancas, iglesias y teatros, fuentes y placitas… pero si mirás un poco más allá, te chocás con los casinos más grandes, más dorados, más luminosos, más kitsch que viste en tu vida.

Creo que esto genera cierta dinámica que muchos turistas siguen: día uno, a recorrer el centro histórico de Macau, día dos, a jugar al casino, día tres, de vuelta a casa.

Pero por suerte a Journey y a mí no nos gusta seguir la lógica.

Por algo es la compañera de viaje ideal, la versión asiática de mis dos compañeras de viaje argentinas.

Con los días, sin planearlo, formamos una banda de personajes: Journey, “Spy Girl”, y su cámara de fotos que parece registrarlo todo; Luky, alias “The Kid”, un indonesio muy teenager que ya viaja solo a sus 17 años y le emociona más comprar souvenirs o dormirse en los lugares con aire acondicionado que ir a los puntos turísticos; Clancy, el dueño de casa, un fotógrafo que está planeando hacer un viaje en bici desde Macau hasta Europa pasando por Asia Central; Dan, “Filipino Boy”, un chico que trabaja en la seguridad del aeropuerto de Macau y no para de hacer chistes y reírse.

Esa gente que vale la pena conocer y de la que cuesta despedirse.

¿Cómo pasamos los días?

Recorrimos el centro histórico de Macau de noche, momento del día en que el calor es “un poco menos” sofocante y no hay que abrirse camino a codazos entre la gente que camina por el centro.

Fuimos a los casinos pretendiendo ser personas con mucha plata solamente para usar el aire acondicionado, sacarnos fotos frente a los espejos, aprovechar los tragos gratis de Ladies’ Night y escuchar bandas en vivo.

Comimos en todo lugar y a toda hora: comida china, comida portugesa, comida “macanesa” (fusión), helados, postres, dulces, frutas, jugos, verduras, pescado, tartas portuguesas, lo que venga.

Hasta reventar.

Nos sacamos fotos en todos lados, posando, naturales, desde esta perspectiva, desde esta otra, de lejos, de cerca.

Nos perdimos caminando por ahí, volvimos a ubicarnos gracias a los casinos.

Visitamos localidades cercanas y playas, aprovechamos para seguir probando comida.

Nos sentamos al lado del lago de noche y nos reímos como estúpidos hablando de la vida.

Fuimos todos juntos al aeropuerto cuando me tocó tomar el avión a Indonesia…

Qué difícil es despedirse de ciertas personas.

Pero hay que seguir.

Y tengo la certeza de que voy a volver a Macau y a Hong Kong, cada vez siento con más fuerza que Asia va más conmigo, cada vez tengo más ganas de quedarme acá, de apostar cien por ciento a la escritura (de viajes, de historias, de pensamientos, de sueños) y postergar mi vuelta a Argentina… quién sabe para cuándo.

Seré poco nacionalista, pero siempre tuve este pensamiento: así como uno no elige en qué época nacer ni en qué familia, tampoco elige en qué lugar del mundo, por eso no considero que mi lugar de nacimiento tenga que ser mi lugar de residencia permanente.

Además el hecho de que sea argentina es una gran coincidencia, ya que si mi mamá y mis abuelos nunca hubiesen emigrado de Hungría por la guerra, yo sería europea oriental.

Y tal vez, aún así, tampoco sentiría que Europa del Este sea mi lugar.

Por eso no veo los viajes como una “escapatoria”, sino como una búsqueda.

Una búsqueda de un lugar en este mundo donde me sienta feliz…

Seis de estadía en Macau y dos aviones después, volví a Indonesia.

Caminando por el centro histórico de noche…

… y de día

En busca de comida entremedio de callejones

Comida típica portuguesa hecha con huevo

Elegí qué querés comer y ella te lo cocina en el acto

Voce fala portugueis?

Calles, ventanitas, espejos

nenas cargando bolsas

Qué doradez

Qué kitsch

Dorado por dentro y por fuera

Las Ruinas de St Paul

Como siempre, los asiáticos adoran la cámara

Una mezcla de la torre de Kuala Lumpur con el puente de San Francisco

Cenando con amigos de CS

Journey y Clancy

Paredes de esas que me gustan

Finalmente carteles en Asia que puedo entender!

La Banda

 

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Hong Kong en 10 palabras – parte II

 

6. OCTOPUS

Los tiempos de coleccionarlas y esconderlas, de tener que ir a los quioscos para rogar que me dieran alguna, de sacarlas de la “caja secreta” de mi mamá, de guardarlas como oro… esos tiempos quedaron atrás.

Me refiero a las monedas en Buenos Aires.

El “no tengo monedas para el bondi” no aplica en Hong Kong.

Acá existe la maravillosa Octopus Card: una pequeña tarjeta magnética que sirve para pagar en todos los colectivos, subtes, barcos, quioscos, 7-Eleven y derivados, e incluso en algunos restaurantes y negocios de Hong Kong.

La única condición es cargarle un mínimo de 50 HKD (unos 7 USD) y está lista para usar.

Journey me prestó la tarjeta de su hermano y cuando la cargué por primera vez le pedí a la chica que me atendió que solamente acreditara 50 HKD de los 100 que le estaba dando, pero se ve que mi chino no es claro (mentira, no hablo chino) y me acreditó los 100 HKD de una.

Pensé: no hay manera de que gaste 100 HKD (14 USD) en tan poco tiempo.

ERROR.

Se ve que sigo acostumbrada a los países súper baratos, esos que me gustan tanto, donde un viaje en transporte público te cuesta unos 20 centavos de dólar (obviamente sin ningún tipo de “comodidad”).

Hong Kong es “caro”, obviamente siempre “en comparación con”.

En comparación con los países que visité antes (Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas), Hong Kong es caro.

En comparación con Argentina, no estoy totalmente al tanto de los precios actuales, pero Hong Kong no es TAN caro.

En comparación con Europa, Hong Kong sigue siendo barato.

Un viaje en colectivo: de 6 a 14 HKD (un dólar estadounidense equivale a 7 dólares de HK); un viaje en subte (según la distancia): entre 4 y 25 HKD; un almuerzo/cena baratísimo/a: 25-40 HKD (de 3 a 7 USD); un almuerzo/cena normal: 45-100 HKD (de 7 USD para arriba); un café latte en Starbucks: 38 HKD (casi 6 USD); un combo de McDonald’s: desde 35 HKD; una remera: de 25 HKD (baratísima) para arriba.

Algunos dirán qué caro, otros dirán qué barato.

Todo depende desde qué rincón del mundo y situación me lean.

7. CHINA-PHONE

Como estuve considerando la posibilidad de comprarme un celular en Hong Kong, no pude evitar notar que acá todo el mundo se la pasa pegado a la pantallita de sus teléfonos súper tecnológicos.

Es como las mujeres embarazadas que solamente ven embarazadas por la calle, o los enyesados que encuentran colegas por todas las plazas.

Yo solamente veía celulares de todos los tamaños y colores (algunos incluso tuneados con carcasas) por todos lados.

Mi pobre Nokia parece prehistórico al lado de las naves espaciales que vi a la gente usando en los subtes y colectivos.

Todos tienen internet, juegos, camaritas, 3G, 4G, GSM y esas letras que no sé muy bien qué significan.

Dicen que Hong Kong es uno de los lugares más baratos para comprar el iPhone desbloqueado, así que Journey, que la tiene clarísima con el tema de comprar cosas baratas, me llevó a Mong Kok, uno de los mercados más grandes y baratos de HongKong.

Hay un shopping donde solamente se venden celulares, aunque hay que tener cuidado porque hay mucho trucho “made in China”.

El iPhone 4 todavía no salió oficialmente enHongKong, pero ya circula por el mercado negro, aunque el precio es bastante saladito: 7000 HKD (1000 USD).

El iPhone 3Gs liberado cuesta desde 5000 HKD (700 USD), lo cual también me pareció demasiado así que desistí.

Me quedaba otra opción: el China-Phone, una copia “física” del iPhone.

De afuera, es igual, pero creo que cuando lo prendés con suerte podés hacer un par de llamadas antes de que se autodestruya.

Es muy barato.

No gracias, para recuerdos inservibles de China mejor me compro un imán para la heladera.

Nétese la falta de “i” antes de la palabra Phone

8. OCCIDENTE

Hong Kong es una región de Asia bastante “occidentalizada”, es cierto.

Primero porque fue colonia británica hasta hace poco tiempo y uno de sus idiomas oficiales es el inglés.

Segundo porque es una ciudad de negocios sumamente internacional con residentes y visitantes de todas partes del mundo.

Tercero porque a pesar de formar parte de China, tiene su propio gobierno cuasi independiente del poder chino.

Es la ciudad más abierta al capitalismo y a las influencias externas de las que visité hasta ahora.

Un desfile de marcas internacionales: Prada, Gucci, Tiffany’s, Ermenegildo Zegna, Louis Vuitton, Dior.

Un lugar sumamente a la moda donde hombres y mujeres se acoplan a las tendencias de Italia y Francia.

Una isla donde residen grandes empresarios europeos, japoneses, estadounidenses en sus casas más que lujosas.

Una isla donde el metro cuadrado es el más caro del mundo después de Nueva York.

En HongKong, locales y extranjeros se reúnen a tomar un café en Starbucks o en Pacific Cafe, comen en restaurantes de “western food” (comida italiana, francesa, española), acompañan con cerveza o vinos chilenos y franceses, toman su Haagen Dasz de postre.

Todos los locales están “on sale”, las remeras están estampadas con fotos de Los Beatles y con frases ingeniosas/divertidas en inglés.

Las calles están limpias, los baños son un lujo, todo el transporte público tiene aire acondicionado, la comida es excelente incluso en los locales dentro de las estaciones de subte, el wi-fi gratuito está disponible en muchísimos sectores de la ciudad, hay internet gratis en las estaciones de subte (con computadoras y todo).

En fin… la ciudad megahipersónica.

9. ORIENTE

Sin embargo, Hong Kong sigue siendo parte de un país asiático.

Detrás de los altísimos edificios y de los negocios de primeras marcas, todavía se esconden templos budistas y taoístas, mercados locales, pequeños altares en la calle, puestos de comida con el menú solamente en cantonés.

Los fideos y el arroz siguen siendo parte de la dieta diaria.

Las pequeñas islas que rodean a la isla de Hong Kong (que es la mayor de las islas que conforman lo que se conoce como Hong Kong Special Region) no tienen ese desfile de marcas ni esa arquitectura tan modernista, sino que son ciudades más chicas, pueblos de pescadores, lugares con más naturaleza.

En Lanthau Island está erigida la mayor estatua de Buda al aire libre del mundo.

Cerca, en Tao-i, se puede caminar entre casas construidas sobre palitos (sic) a orillas del agua.

En Lamma se pueden elegir pescados y mariscos (aún vivos, metidos en peceras) para comer hasta reventar.

El glamour, por así decirlo, está solamente en una pequeña parte de la región de Hong Kong.

Los hongkoneses siguen siendo asiáticos después de todo (y están orgullosos de serlo).

Sin generalizar, después de este tiempo puedo afirmar que a los asiáticos les encanta sacar fotos y posar para la cámara. Aquel estereotipo que tenemos de los turistas chinos/japoneses en Argentina con sus cámaras de foto último modelo colgadas al cuello tiene algo de cierto.

Un dato curioso: según me dice mucha gente que me cruzo, los occidentales prefieren Nikon y los orientales son fans de Canon. Al parecer es un tema de piel y colores: los occidentales salen mejor fotografiados en la lente Nikon y los orientales aman los retratos de Canon.

No olvidar que estamos en Asia

10. MEZCLA

Nada mejor que la mezcla: eso de Oriente se encuentra con Occidente, de mujer asiática que se casa con hombre occidental y viceversa, de cocina fusión italiana-china, de templos y edificios conviviendo en armonía.

Pero lo interesante descubrí es la mezcla de Oriente con Oriente: lo que acá se conoce como Style.

Ejemplo: sacarse una foto haciendo una V con dos dedos al lado de los ojos es muy “japanese style”, usar el pelo planchado y una toalla en el cuello también es “japanese style”, ciertos platos de comida son “korean style”, algunos programas de televisión son “taiwanese style”.

Me encanta ir descubriendo estos detalles, aunque necesito la ayuda de mis “traductoras” para darme cuenta de qué país proviene cada tendencia.

Los asiáticos toman algo de cada país vecino y lo adaptan a su ciudad, aunque siempre remarcando de dónde proviene: “This is korean/taiwanese/japanese/chinese/etc style”, me explican mis amigos.

Una vez, en la casa de un amigo chino, me puse las ojotas con medias y le dije:

– Esto es Uruguay-style.

Y él me respondió:

– ¡No, eso es Japanese style!.

Saquen sus propias conclusiones.

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