Qué es la economía colaborativa y cómo te puede ayudar en tus viajes

Durante mi viaje de casi un año y medio por Asia dormí de manera gratuita en casas de familias locales con las que entré en contacto a través de internet. Recorrí gran parte de Europa usando el sistema de carpooling: pagué por viajar en el auto de alguien que hacía el mismo trayecto que yo y me costó mucho menos que si lo hacía en tren, avión o autobús. En América Latina intercambié libros para no cargar tanto peso en la mochila. En Tokio hicimos housesitting: cuidamos la casa y mascotas de una pareja australiana mientras ellos estaban de viaje. Recorrimos casi todo Japón alquilando cuartos en casas de familia (por casi la mitad de lo que cuesta un hostel u hotel). En Bali nos hicimos socios de un espacio de coworking y compartimos oficina con otros nómadas digitales. En París hice un viaje de inmersión lingüística para mejorar mi francés: viví en la casa de una francesa y estuve obligada a hablar ese idioma durante una semana.

Estos son ejemplos de economía colaborativa o sharing economy y en todos los casos los elegí por alguna de las siguientes razones:

a) me ayudaron a ahorrar
b) me permitieron entrar en contacto con la gente local y tener experiencias que de otra manera no hubiese vivido
c) me permitieron conocer un lugar de manera “alternativa”, sin necesidad de usar o depender de los servicios turísticos tradicionales

Qué es la economía colaborativa

Si bien el término economía colaborativa es bastante amplio y tiene muchos matices, se usa para referirse a transacciones o intercambios que se hacen de persona a persona (peer-to-peer, en vez de persona-empresa), gracias a una plataforma online que las conecta, y en las que puede o no haber dinero de por medio. Es la economía del trueque, de compartir, de “lo mío es tuyo” o de “consumir juntos”. En la economía colaborativa:

– se comparten cosas que de otra manera quedarían en desuso (una cama de más en una casa, un libro que ya no voy a leer) o se consume algo de manera compartida (un viaje en auto a un mismo destino),

– a veces hay dinero de por medio y a veces no (hay quien cobra por alquilar una habitación extra de su casa y quien prefiere ceder el espacio a cambio de, por ejemplo, trabajo o prácticas de idioma),

– el intermediario entre una persona y otra es una página de internet o app (hay webs que cobran por ese servicio de “puente” y otras que no),

– una misma persona puede ser proveedor y usuario (los roles no son fijos: puedo ser huésped o anfitrión, puedo enseñar o aprender),

– suele haber un sistema de referencias para generar confianza y toda una comunidad de usuarios por detrás que avala la plataforma.

economia colaborativa viajes ahorrar

Webs de economía colaborativa que te pueden servir durante tus viajes:

Estas son algunas webs de economía colaborativa que podés usar durante tus viajes para ahorrar, entrar en contacto con la gente local y/o tener experiencias por fuera del circuito turístico tradicional. No es una lista exhaustiva, ya que existen muchas más. Estas son las que uso en mis viajes, las que me recomendaron y las que quiero probar. Los invito a compartir sus experiencias en los comentarios para hacer crecer este post, yo también iré agregando webs a medida que las conozca.

I. Alojamiento

economía colaborativa

Haciendo Airbnb en Kuala Lumpur

a) Intercambio de hospitalidad (servicios gratuitos):

* Couchsurfing, Bewelcome, Hospitality Club. Webs de intercambio de hospitalidad que conectan a viajeros con gente dispuesta a alojarlos de manera gratuita en sus casas. En este post cuento qué es y cómo funciona Couchsurfing y comparto algunas experiencias de mis estadías en casas de familia (uso este sistema hace más de 7 años).

* Warm showers. El Couchsurfing para ciclistas viajeros.

b) Alojamiento y comida a cambio de trabajo (en general gratuitos, aunque algunos cobran membresía):

* HelpX. Voluntariados cortos en casas particulares, granjas, hostels y barcos a cambio de comida y alojamiento. En general piden de 2 a 6 hs de trabajo diario.

* WWOOF. Voluntariados en granjas orgánicas a cambio de alojamiento y comida. No lo hice pero conozco mucha gente que sí y en general escuché cosas buenas.

* Workaway. Voluntariados, trabajo e intercambio cultural en más de 155 países del mundo. El concepto es el mismo: se trabajan varias horas por día a cambio de la estadía. El tipo de trabajo depende de las necesidades del dueño de casa.

* Skill stay. Intercambio de habilidades: quedate en la casa de alguien a cambio de compartir tus habilidades (enseñar un idioma, cuidar un jardín, cocinar, etc).

* Find a crew. Web para conseguir trabajo como tripulación en barcos.

c) Intercambio de casas, cuidado de casas y mascotas (algunos pagos y otros gratuitos):

* Home Exchange y Love Home Swap. Webs para intercambiar casas con otra persona o familia durante unos días y alojarte gratis en otra ciudad o país. (Algún día lo haré!)

* Housesitting y petsitting. Cuidado de casas y/o mascotas (te quedás en una casa mientras los dueños no están y no pagás alquiler, pero a cambio cuidás el lugar y a sus mascotas). Hay varias webs que conectan dueños con sitters y todas suelen cobrar una tarifa anual (de entre 50 y 100 usd). En este post les cuento nuestra experiencia haciendo housesitting en Japón. Pueden buscar oportunidades en TrustedHousesitters (20% de descuento en el primer año si se suscriben a través de este enlace), Mind my house, Dogvacay y Nomador.

* Trampolinn. Intercambio de noches: alojá gente en tu casa para sumar noches y canjearlas por estadías en las casas de otros miembros.

d) Alquileres directos (pagos):

* Airbnb y Wimdu. Webs para alquilar un cuarto en la casa de una familia local o un departamento entero. Es algo así como un punto intermedio entre Couchsurfing y un guesthouse. (Les dejo un cupón con $39 de descuento para su primera reserva en Airbnb)

* Antlos. Web para hacer estadías y viajes en barcos con el capitán y/o la tripulación (como si fuese un Couchsurfing pago de barco)

* GetMyBoat. Alquiler de barcos privados (como un Airbnb de barcos).

* Glamping. La fusión de glamour y camping, Glamping es una web para hacer estadías en casas exóticas o de lujo en la naturaleza.

* Camp in my garden. Web para acampar en el jardín de una casa por un precio muy bajo.

* RV with me. Para quienes viajan en casa rodante y no encuentran dónde estacionar, esta web los conecta con gente que les “alquila” un pedacito de su propiedad para que estacionen ahí.

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II. Transporte:

a) de larga distancia

* Blablacar. Web de carpooling o sistema de coches compartidos: viajá a un destino con un conductor que ya tenía planeado hacer ese trayecto y compartí los gastos. Lo uso mucho en Europa (incluso para viajar de un país a otro) y casi siempre es la opción más económica. Otra opción es Amovens: a diferencia de Blablacar, la web no cobra comisión y se le puede pagar en efectivo al conductor en el momento.

b) dentro de la ciudad

* Uber. Sistema de conductores privados. Solemos usarlo para ir del aeropuerto a la ciudad cuando no hay opciones económicas o de transporte público. Se pide y se paga a través de la app, es más barato que un taxi y, en algunos países, tiene una modalidad compartida que es todavía más barata. Lyft es una app similar.

* Get around. Poné tu auto en alquiler cuando no lo estás usando o alquilá el auto de una persona por horas.

III. Comida:

* Meal Sharing. Web de home cooking: comé en la casa de gente local u organizá cenas en tu casa para desconocidos. No lo probé aún, pero por lo que estuve viendo, el anfitrión no ofrece solo la comida, sino la experiencia de probar un plato típico (y casero) en su casa con música tradicional o alguna actividad extra. (Cada anfitrión pone su precio por comensal).

* With Locals. Similar a Meal Sharing, web que conecta a viajeros con familias locales para que puedan ir a cenar a sus casas. Suele ser más barato que ir a comer a un restaurante y la experiencia es muy distinta. Tampoco probé esta web, pero tengo ganas.

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IV. Otros (algunos pagos y otros gratuitos):

* Abroadwith. Viajes de inmersión para aprender o practicar un idioma haciendo una estadía con una familia local. Yo lo hice en París y me gustó mucho (pronto subo el post de la experiencia). Hay varias opciones: estadía normal (te quedás en una casa de familia y aprendés el idioma con ellos), estadía tándem (aprendés el idioma de tu familia anfitriona y a la vez les enseñás el tuyo) y estadía con profesor.

* Duolingo. Aplicación para aprender idiomas de manera gratuita y colaborativa (la misma comunidad de alumnos va sugiriendo correcciones para mejorar la app). La usé bastante para aprender francés, es útil para empezar a familiarizarte con un idioma.

* Skillshare. Plataforma de cursos online en video, con clases de ilustración, diseño, comunicación, marketing, fotografía, productividad y más. Esta es la web que uso para aprender mientras estoy viajando y es un ejemplo de educación colaborativa, ya que los videos los puede hacer cualquier persona que quiera compartir una habilidad (skill). [eafl id=”21181″ name=”Skillshare – 1er mes gratis” text=”Si se suscriben a través de este enlace, el primer mes es gratuito.”]

* Creative Bug. Otra plataforma de cursos en video que uso mucho, orientada al arte y el crafting. Al igual que Skillshare, no está directamente relacionada con los viajes, pero es otra buena opción para seguir estudiando a distancia y para aprender cosas que después podés aplicar en tus viajes (en mi caso, el dibujo). [eafl id=”21182″ name=”Creative Bug – 1er mes gratis” text=”Si se suscriben a través de este enlace, el primer mes cuesta un dólar.”]

* MeetupWeb para reunirte con gente con los mismos intereses que vos en distintas ciudades del mundo.

* Vayable. Web que te permite vivir experiencias en distintas ciudades del mundo de la mano de un local experto en el tema.

* Mi nube. Tips de destinos (info de hoteles, vuelos y cosas para ver) compartidos por otros viajeros.

* Piggy Bee. Web de crowdshipping. Este me parece un concepto muy interesante: ¿necesitás mandar algo a otro país y los costos son muy altos? Encontrá a un viajero que lo lleve por vos y dale una recompensa (o dinero) a cambio.

* idea.me. Web de crowdfunding. Si tenés un proyecto (o un viaje con un proyecto social) que querés concretar pero no tenés los fondos suficientes, podés apelar a la financiación colectiva: definí el monto total de dinero que necesitás y ofrecé recompensas a quienes te ayuden a financiarlo. Idea.me está orientado a los proyectos artísticos (libros, discos, fotografía) y también a los viajes. Si bien no utilicé idea.me sino mi propia plataforma, así fue como financié la producción de mis libros de relatos de viajes.

¿Conocen y/o probaron otras webs de economía colaborativa? Dejen sus experiencias en los comentarios. ¡Gracias!


 

 

Gira mágica y misteriosa por Liverpool

Antes que nada, esto:

Ahora sí.

*

Liverpool is the centre of the consciousness of the human universe
(Liverpool es el centro de la conciencia del universo humano)
Allen Ginsberg (poeta estadounidense), 1965

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“¿Para qué vas a ir a Liverpool?”, me preguntó M. con cara de ¿hace falta dejar Londres para ir a una ciudad en la que no hay nada? Es que no puedo estar en Inglaterra y no ir a Liverpool. Ya sé: Los Beatles ya no están ahí, todo lo que voy a encontrar va a ser el post-marketing de una banda que ya no existe en la vida real, no me voy a cruzar ni con Paul ni con Ringo ni con sus familiares o ex novias, no va a ser más que una ciudad que alguna vez fue la cuna de mis artistas preferidos. Pero no puedo no ir. Uno de los mandamientos beatles es irás a Liverpool al menos una vez en tu vida. Para nosotros es como hacer la peregrinación a la Meca. Así que entendeme: Liverpool me espera desde que nací.

Mentiría si digo que no fui con expectativas. Fui con todas las expectativas del mundo: no tanto de ver o hacer o encontrar algo en particular, sino de estar en el mismo espacio físico que alguna vez estuvieron ellos. Porque si los Beatles surgieron en Liverpool fue por algo: no surgieron en Buenos Aires ni en Tokio, sino en esa ciudad industrial inglesa que fue el lugar justo en el momento indicado. Porque en realidad no es que Los Beatles nacieron en Liverpool: Liverpool (al menos para mí) nació en Los Beatles.

Réplica de The Cavern en el museo Beatle's Story de Liverpool

Réplica de The Cavern en el museo Beatle’s Story de Liverpool

Tomé un bus desde Londres y casi seis horas después me bajé en la terminal de Liverpool y me encontré con Greg y Emilie, los chicos que me recibirían en su casa. Nos subimos a un tren urbano y unos siete minutos después aparecimos en las afueras, en una zona de fábricas, espacios abiertos y casas puestas en fila como fichas de dominó. En el camino vi una bicicleta BMX rota, tirada en medio de una calle vacía. Volví a verla los tres días que pasé por ahí, inmóvil. Greg —entremedio de su humor tan inglés, muy ocurrente pero siempre dicho en tono serio— me dijo algo que me quedó grabado: “Liverpool is raw” (Liverpool es un lugar crudo). “Esta ciudad tuvo muchos problemas sociales y de desempleo, pero hace un tiempo que está mejorando. No tiene nada que ver con Londres, yo me vine a vivir acá porque me parece más real y tiene mucha movida cultural. La gente no quiere quedar bien con nadie, pero a la vez es amigable. Ya vas a ver”.

Calle típica de los suburbios de Liverpool

Calle típica de los suburbios de Liverpool

Primeras imágenes de Liverpool.

Primeras imágenes de Liverpool.

Liverpool es una ciudad más linda e importante de lo que esperaba: tiene más de 800 años, varias zonas son Patrimonio de la Humanidad, fue nombrada la capital del pop y al ser una ciudad portuaria recibe inmigrantes de todas partes del mundo.

Liverpool es una ciudad más linda e importante de lo que esperaba: tiene más de 800 años, varias zonas son Patrimonio de la Humanidad, fue nombrada la capital del pop y al ser una ciudad portuaria recibe inmigrantes de todas partes del mundo.

Después de dejar las cosas en la casa, pensé: “No voy a ir hoy mismo a ver The Cavern, tuve un viaje largo y quiero descansar…” (nota: The Cavern es el bar donde tocaron Los Beatles durante sus inicios y donde fueron descubiertos por Brian Epstein, quien luego sería su manager). PF, QUÉ NO. “Por favor no me pidas que vaya a ver las atracciones beatles con vos, ya fui muchas veces con otros huéspedes y no es algo que me interese”, me dijo Greg. Enterado y entendido. Miré los precios de los tours Beatles —hay, como se imaginarán, todo tipo de tours en todo tipo de vehículos— pero me parecieron muy caros (por un momento tuve una lucha entre pero si ya estás acá no seas rata y pagá vs. estaré en Liverpool pero no voy a pagar por algo que puedo hacer sola), así que decidí hacer un recorrido temático autogestionado: sí, la gira mágica y misteriosa por Liverpool tenía que ser por mi cuenta.

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[highlight]* Primera parada: Matthew Street. “Vendí todos mis álbumes: no los quiero escuchar más”.[/highlight]

Cuando llegué al centro me recibió una gaviota. Cierto que esta es una ciudad portuaria, pensé, y ya me cayó bien la gaviota. A primera vista, me pareció una ciudad muy poco pretenciosa, y eso me gustó.

Fui derecho a Matthew Street, lo que debe ser la calle más comercial de la ciudad pero por una buena razón: ahí está ubicado The Cavern. Y cuando me encontré cara a cara con la escalera que bajaba al club donde tantas veces tocaron los Beatles sentí una emoción que hacía tiempo no sentía por nada. Bajé saltando, sonriendo, temblando y me encontré con ese escenario de techo redondo tan reconocible, que vi tantas veces en fotos y en videos en blanco y negro. Había un hombre tocando temas de los Beatles (obvio): The Cavern tiene música en vivo todos los días casi a toda hora. Si son fans de los Beatles vayan a The Cavern (segundo mandamiento beatle: entrarás a The Cavern y te quedarás escuchando a la banda que esté tocando). Mi visita a Liverpool valió la pena solo por ese momento, pero todavía faltaban más cosas.

Matthew Street.

Matthew Street.

Emoción!

Emoción!

El señor que estaba tocando temas de los Beatles

El señor que estaba tocando temas de los Beatles

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Estatua de John Lennon

Estatua de John Lennon

Y la estatua de Eleanor Rigby

Y la estatua de Eleanor Rigby

Salí a la calle y entré al primer beatle shop que vi: Bueno, acá es donde pierdo todo tipo de razón y me vuelvo una potencial compradora compulsiva de cosas que no me van a servir pero sin las que no sé cómo viví todos estos años. El lugar era una sobredosis de estímulos: Ahhhh! Un vestido con dibujos de Yellow Submarine. Ahh! Cajitas de lata con las tapas de los discos. Ahhh! Fotos de la época. AAAHHH! Muñequitos delantales valijitas botas imanes libros remeras tasas cajas más muñequitos tantas cosaaaas. Agarré, toqué, sacudí, miré, fotografíe y me probé todo lo que pude, pero lo único que me compré (no sé cómo me contuve) fue una cajita de lata con la tapa de Yellow Submarine. De fondo, no sé si hace falta decirlo, sonaban los Beatles.

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Sí, estos lugares son lo más comercial que hay, pero yo no puedo resistirme.

Se vende de todo.

Se vende de todo.

Las botas!

Las botas!

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Me puse a charlar con el vendedor. Me contó que trabajaba ahí desde 1985 (toda mi vida), es decir que hace casi 30 años que escucha a los Beatles todos los días.

It’s just background noise now. A few months after working here I sold all my Beatles records, I don’t want to listen to them at home. I don’t have any Beatles stuff, they were never my favourite band. (Son sólo ruido de fondo para mí. Unos meses después de empezar a trabajar acá vendí todos mis discos, no quería escucharlos más en casa. No tengo nada de los Beatles, nunca fueron mi banda preferida.)

Y sí, cualquier cosa en exceso termina saturando, supongo. Yo no sé si soportaría 30 años escuchando la misma música en repeat (por más que sean Los Beatles). Aunque a la vez se me vino la frase de la película El secreto de sus ojos: “Podes cambiar de vida, de casa, de novia, de familia o religion. Pero hay una cosa de la que nadie puede cambiar: de pasión”. Habría que ver qué pasa después de 10 950 días escuchando las mismas canciones.

Tuve que contenerme para no comprarme este bolso.

Tuve que contenerme para no comprarme este bolso.

[highlight]* Segunda parada: Strawberry Field. “¡Rejas de mierda!”[/highlight]

Al día siguiente busqué Strawberry Field en el mapa y seguí las indicaciones: tomé el tren a West Allerton y caminé media hora hasta las rejas. ¿Qué es Strawberry Field? Además de una de las canciones más conocidas de los Beatles (“Strawberry Fields Forever”), Strawberry Field era un hogar de niños del Ejército de Salvación, ubicado en uno de los suburbios de Liverpool, muy cerca de la casa de John Lennon. Parece que de chico, John jugaba con sus amigos en el parque detrás del edificio, e iba todos los veranos a la fiesta que organizaba el Ejército de Salvación en el jardín del lugar. De esas memorias surgió la canción. Strawberry Field cerró en el 2005 y hoy quedan las réplicas de las rejas de entrada.

Por acá caminé media hora

Por acá caminé media hora

Vi cosas en las ventanas.

Vi cosas en las ventanas.

Pasé por parques

Pasé por parques

Y llegué a las rejas de Strawberry Field

Y llegué a las rejas de Strawberry Field

:)

:)

Cuando llegué a las rejas me encontré con el Magical Mystery Tour bus, un bus que replica al de la película y hace un tour por los atractivos beatles de Liverpool. Cuando el bus y sus pasajeros se fueron, las rejas quedaron solo para mí. La vándala que tengo adentro quiso treparse y pasar al otro lado, pero mientras lo pensaba pasó un auto a toda velocidad y alguien desde adentro me gritó: “Shit gates!” (que sonó como shit gueeeeeeeitsss), es decir: rejas de mierda. Puede ser, si no fuese por los Beatles no me interesarían en lo más mínimo. Me reí sola.

El bus

El bus

Y pasé por este lugar que no recuerdo cómo se llama.

Y pasé por este lugar que no recuerdo cómo se llama.

De ahí me fui caminando hasta Penny Lane (sí, esa, la de la canción). En alguna parte del trayecto pasé por al lado de una cancha de fútbol donde un montón de pibes jugaban un partido. Seguí de largo y escuché: “Hey, pretty!” (“Ey, linda!”), y pensé: no debe ser para mí. Aunque no había nadie más. Seguí caminando y otra vez, con más fuerza: “Hey, pretty!”. Yo nada. Y no se daba por vencido: “HEY, pretty!”. Si hay algo que me causa gracia (y me encanta) es el acento de los scouser (así se le dice a la gente de Liverpool). Si escucharon a cualquiera de los Beatles hablar, ya lo conocen, y sino tengan en cuenta esto: se escribe Liverpool pero se pronuncia algo así como “livapu”.

Mensaje scouser que encontré en el tren.

Mensaje scouser que encontré en el tren.

[highlight]* Tercera parada: Penny Lane. “No vas a encontrar a los Beatles acá”.[/highlight]

Y llegué, por fin, a Penny Lane.

https://www.youtube.com/watch?v=62s-Jier2yI

Debe ser, junto con Abbey Road, una de las calles más famosas del mundo, pero lo que me gustó es que no había nadie cruzando el paso de cebra ni haciendo fila para sacar una foto. Era una calle común y corriente. La caminé de punta a punta; en el medio encontré un centro comunitario y entré. La mujer que estaba detrás del escritorio me preguntó si podía ayudarla a rotar un PDF en la compu, le dije que sí y lo hice. “Por ayudarme, te voy a mostrar las fotos de un proyecto en el que estamos trabajando”. Y estuvimos como una hora mirando fotos de Penny Lane, esa misma calle, a lo largo del tiempo, antes y después de los Beatles.

Se robaron tantas veces este cartel que ya no lo ponen empotrado a la pared.

Se robaron tantas veces este cartel que ya no lo ponen empotrado a la pared sino así como lo ven.

Esta es Penny Lane

Esta es Penny Lane

En la entrada del centro comunitario Penny Lane.

En la entrada del centro comunitario Penny Lane.

En el patio del centro comunitario

En el patio del centro comunitario

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Salí, caminé hasta la esquina, y me encontré con un policía vestido de naranja que estaba cortando el (poco) tráfico para que los chicos que acababan de salir del colegio pudieran cruzar. Inferí (porque era obvio, por la ubicación) que ese debía ser el colegio al que había ido John Lennon, así que fui a mirar. No me generó nada (supongo que lo mismo que si hubiese ido a ver los hospitales donde nacieron), pero fue un detalle de color. Volví a la esquina donde estaba el policía y él solo me empezó a hablar. Me preguntó si estaba buscando algo en particular, le dije que estaba haciendo un walking tour independiente de los Beatles. Me hizo señas de que me pusiera al lado de él (en medio de la calle, mientras cortaba el tráfico), extendió el brazo y empezó a señalar:

—So you see there, that’s the shelter in the middle of a roundabout. Down the road there’s St Barnabas Church, where Paul McCartney sung as a choir boy and then stood as best man when his brother got married. And that way, you already saw, is where John Lennon went to school. (Ves allá, ese es el refugio en el medio de la rotonda —nota: en inglés, esas son las palabras exactas que aparecen en el tema Penny Lane. Más allá está la iglesia St Barnabas, donde Paul McCartney cantó en el coro juvenil y luego fue padrino en el casamiento de su hermano. Y allá, de donde venís, está el colegio al que fue John Lennon).

Y agregó:

—Paul and John used to meet at the bus stop here to go together to the center of the town. But you won’t find the Beatles here anymore! (Paul y John se encontraban en la parada del bus para ir al centro de la ciudad. ¡Pero ya no vas a encontrar a los Beatles acá!)

No. Pero puedo seguir escuchando sus letras, y esta vez en el lugar donde surgieron…

El policía simpático que me hizo un free standing tour.

El policía simpático que me hizo un free standing tour.

Más negocios de Penny Lane

Más negocios de Penny Lane

Y la iglesia

Y la iglesia

Penny Lane is in my ears and in my eyes

There beneath the blue suburban skies.

Así era el cartel anterior (este está adentro de un bar9

Así era el cartel anterior (este está adentro de un bar)

[highlight]* Cuarta parada: una caminata por el centro. En busca de los seres mitológicos.[/highlight]

Más allá de tour Beatle —que seguí al día siguiente con la visita al museo Beatle’s Story, donde hay réplicas a tamaño real de The Cavern, el estudio de grabación de Imagine, el submarino amarillo, la tapa de Sgt. Pepper, entre otras cosas—, Liverpool me gustó mucho. Me pareció una ciudad bien inglesa, real, con mucho arte y gente amable. Tal como me había dicho Greg. Mi anfitrión, además, me propuso un desafío: “Hay unas criaturas mitológicas en Liverpool, no se sabe si existen o no. Emilie dice que las vio una vez. Son las roller girls, chicas que salen de su casa muy bien vestidas y con los ruleros puestos. Si llegas a ver alguna por favor decímelo”.

Todo lo que vi caminando por el centro de Liverpool.

Todo lo que vi caminando por el centro de Liverpool.

La zona del puerto.

La zona del puerto.

Una princesa

Una princesa

Dentro del museo Beatle's Story

Dentro del museo Beatle’s Story

El submarino amarillo

El submarino amarillo

Imagine

Imagine

Una calle de Liverpool

Una calle de Liverpool

Y otra.

Y otra.

Y otra...

Y otra…

Y un mensaje.

Y un mensaje.

Dediqué mi último día a caminar por el centro y alrededores. Fui al puerto, al museo y en general deambulé por ahí. Me llamó la atención que había grupos de gente muy bien vestida (como si estuvieran yendo a una fiesta de casamiento), y después me enteré que estaban yendo a ver las carreras de caballos (un deporte, para ellos, tan importante como el fútbol). Cuando se hizo de noche fui a tomar el tren para volver a lo de Greg, y mientras esperaba en el andén los vi: ruleros que se asomaban, con orgullo —como diciendo sí, acá estamos, no queremos escondernos ni quedarnos en casa—, del pelo de una chica. Y de otra. Y de otra más. Avistamiento de tres figuras mitológicas en un mismo lugar y a la misma hora. Enseguida le mandé un mensaje a Greg: “Existen. Acabo de ver tres”.

Y, satisfecha, me subí al tren que me llevaría de vuelta a los suburbios de Liverpool.

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[box border=”full”]Algunas cosas al respecto de Liverpool:

  • Si son fans de los Beatles, vayan, por el amor de dios, vayan. 
  • Van a ver que hay un montón de tours y visitas guiadas por la ciudad y por los atractivos beatles (incluyendo las antiguas casas de algunos de ellos). Los buenos tours me parecieron muy caros, y los baratos no tenían buenas referencias. Así que investiguen. Hay guías especializados en los Beatles que pueden contarles y mostrarles un montón de cosas que de otra manera se perderían, pero son caros, sobre todo si están solos (para grupos es más barato). Lo bueno es que se puede hacer un tour independiente: usen google maps y caminen mucho.
  • Tienen que ver Magical Mystery Tour, por más que sea una de las películas más bizarras, de momentos mala y la menos popular de los Beatles, tienen que verla (déjense llevar, aunque no entiendan nada de lo que está pasando, y escuchen esa música). En realidad tienen que ver todas (a mí me encanta Help!).
  • Un buen libro para leer durante este viaje es [eafl id=”21083″ name=”El elemento” text=”‘El elemento'”], de Ken Robinson (uno de los educadores y oradores más importantes e influyentes de la actualidad, nacido también en Liverpool). Si bien no tiene nada que ver con los Beatles (o sí, porque pone de ejemplo a Paul McCartney, entre otros), el libro de Ken Robinson los hará pensar en ese talento que todos cargamos y que tenemos que escuchar (¿qué hubiese pasado si los Beatles le hubiesen hecho caso a algún profesor o pariente que les dijo que nunca iban a poder dedicarse a la música?). Léanlo. [/box]

La hospitalidad del desierto de Marruecos

Probablemente imaginemos el desierto como uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Y si nos remitimos a los hechos, puede que sea cierto: en el desierto casi no existe la sombra (al menos no “natural”), en verano la temperatura puede llegar a los 60ºC, en invierno la noche se vuelve tan fría que cala los huesos (y mucho más a personas que están acostumbradas a vivir con un promedio de 30ºC), no hay agua (a la vista, aunque esta se esconde bajo la arena), en medio de las dunas no hay electricidad ni mucho menos internet ni mucho menos aire acondicionado o calefacción. Sin embargo, en el desierto encontré a las personas más hospitalarias de Marruecos. Y me pregunto: ¿por qué será? ¿Será que cuanto más “hostil” o difícil es el medio, más hospitalaria es su gente? ¿Será que como ellos saben lo difícil que es adaptarse a una geografía así, quieren recibir de la mejor manera posible a quienes se animan a visitarlos? En el desierto, además, encontré los colores más intensos e hipnotizantes. Así que este post fotográfico es un homenaje a ellos dos: los colores y la gente de Erg Chebbi.

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* Alí

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Él es Alí. Lo conocimos uno de los primeros días. Estábamos sentados sobre una de las dunas de Erg Chebbi, hablando acerca del desierto y la nada, y a lo lejos apareció un misterioso hombre con capucha. Caminó hacia nosotros con tranquilidad y cuando lo vimos de cerca nos dimos cuenta de que estaba usando cuatro capas de ropa (contamos cuatro capuchas). Era plena tarde, el sol estaba alto y debía hacer por lo menos 25ºC, pero Alí tenía mucho frío. Se sentó con nosotros y tímidamente sacó fósiles de su cartera y nos los mostró. Le dijimos que no podíamos comprarle nada ya que viajábamos con mochila y los fósiles nos agregarían mucho peso, nos dijo que no había problema y se quedó ahí sentado conversando un largo rato con nosotros. Nos contó que es uno de los pocos que aún vive como nómada en el desierto (la mayoría de la gente ya se estableció definitivamente en Merzouga o Hassi Labiad, en la entrada de las dunas), que su papá se dedica a recolectar fósiles y él los vende. Le pedimos permiso para fotografiarlo y aceptó, nuevamente con cierta timidez. Antes de irse nos escribió su mail en la arena para que le mandáramos las fotos.

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Estas fotos las sacó Andi mientras Alí y yo charlábamos y nos sacábamos fotos uno a otro (él también me fotografió a mí).

* Marrón

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En las afueras del desierto, toda la gama de marrones está presente. El marrón de la tierra. El marrón del polvo que se levanta cada vez que pasa una 4×4 a toda velocidad. El marrón de las rutas y de los caminos. El marrón de las casas de adobe que construyeron las familias nómadas cuando dejaron de ser nómadas y se asentaron en un lugar definitivo. El marrón de las jaimas (carpas) de aquellos que siguen viviendo como nómadas en medio de las dunas. El marrón de mis zapatillas, antes negras. El marrón de mis medias, antes negras también. El marrón de toda mi ropa, que quedó impregnada de polvo y tierra. El marrón de todos los camellos que viven en el Sahara marroquí. El marrón de la paja de la que se alimentan. El marrón de la piel de los marroquíes, curtidos por el sol. El marrón de sus djellabas (esos tapados con capuchas que usan todos por estas latitudes), que combina con todo lo anterior. El marrón de Merzouga y Hassi Labied, dos pueblos que en mi cabeza quedaron definidos por ese color.

* Azul

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Dicen que los nómadas son “los hombres azules”. Se los ve a lo lejos con sus turbantes azules, con sus djellabas azules, con sus detalles azules. El turbante azul los protege del viento, de la arena, del sol. El azul de su ropa, al parecer, se destiñe sobre su piel y les da un tinte azulado (por eso lo de “hombres azules”). El azul, en el desierto, es la opción más acertada y no sólo por una cuestión de frescura: es que ese color combina a la perfección con ese cielo tan intenso que tienen en aquella zona del mundo.

* Said

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En Hassi y Merzouga está lleno de Couchsurfers (personas que ofrecen un lugar donde dormir en sus casas). Cuando me puse a mirar posibles anfitriones (creyendo que no encontraría a nadie) me apareció una lista interminable de perfiles. Todos decían lo mismo: “Bienvenidos” (palabra célebre que no dejarán de escuchar ni un día de su estadía en Marruecos) y daban su número de teléfono para que los contactaran sin tanta web de por medio. Es curioso: en las grandes ciudades es muy raro que un couchsurfer ponga su número de celular en su perfil, a la vista de todos. En las grandes ciudades, tan aceleradas ellas, para hacer Couchsurfing hay que pasar por un proceso lento: buscar potenciales anfitriones, escribirles uno por uno, esperar a que se conecten y respondan, coordinar un horario exacto para encontrarse, llegar a tiempo, ajustarse a la (seguramente) ajustada agenda del anfitrión… En Merzouga y Hassi Labied, en cambio, la gente da su número de celular sin problemas. En Merzouga y Hassi, pueblos tan lentos y tranquilos, nadie siente desconfianza hacia el otro, todos viven con las puertas abiertas y con los celulares en los perfiles de Couchsurfing. Yo contacté a cuatro couchsurfers, les pasé mi número y todos me llamaron casi en el acto o ese mismo día.

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Finalmente decidimos quedarnos con Said, un chico de 23 años y uno de los couchsurfers más conocidos de la zona. Estaba alojando, también, a un austríaco y a una china, así que compartimos un atardecer, un tajine, varios partidos de cartas (de un juego que ya ni recuerdo cómo se llama y casi que ni recuerdo cómo se juega, pero en el que perdí repetidas veces) y dos días de nuestras vidas. Él es silencioso y sonriente, amable y simpático. El último día, antes de despedirnos, me contó que tiene una amiga argentina con la que habla por internet; al parecer él le pasó mi blog y ella le dijo que ya lo conocía. (Si estás por ahí, Amiga de Said: ¡Hola! :) ). Estamos todos conectados, de Buenos Aires a Hassi Labied.

* Rojo

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El desierto no siempre es amarillo. Durante unos minutos, cuando el sol pega de costado, las dunas de Erg Chebbi toman un tinte rojizo…

* Amarillo – dorado – naranja

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Y durante el resto del día, pasan por un arco iris de amarillos, naranjas y dorados.

* Verde

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¿Quién dijo que en el desierto no hay verde? Los oasis también existen… Y para muchas mujeres, son lugares de reunión.

* Ellos y Ellas

Y después están todos ellos, algunos anónimos, algunos fugaces, con quienes compartimos un té, una sonrisa al pasar, una tarde, una foto, un “salam aleikum” (el saludo árabe), un “bonjour” (los marroquíes también hablan francés), una risa.

[singlepic id=4167 w=800 float=center] Como la hermana de Moha (el chico del relato anterior, “Nómada”), con quien no pude hablar (por las barreras idiomáticas de siempre), pero se divirtió poniéndome un pañuelo bereber en la cabeza. Parecemos dos nenas jugando…

[singlepic id=4238 h=800 float=center] Como otro Moha, a quien apodamos “Mohita” por su corta edad (15 años, aunque no lo parezca). Íbamos bastante a la tienda de su hermano a comprar comida y siempre nos atendía con risa, quién sabe por qué. Yo le dije: Moha, hacé de cuenta que estás hablando por teléfono. Y sin que se lo pidiera dos veces, agarró el tubo e hizo su performance.

[singlepic id=4187 w=800 float=center] Estos niños se divertían siendo llevados por los más grandes en carreta.

[singlepic id=4190 w=800 float=center] Y “los grandes” se divertían jugando al fútbol, deporte universal.

[singlepic id=4221 w=800 float=center] Mustapha (uno de los encargados del albergue donde nos quedamos varios días) mostrando su destreza con el “whisky bereber” (el té)

[singlepic id=4247 w=800 float=center] Moha número tres (ya les dije que Mohamed es el nombre más común del mundo…), el otro guía con quien pasamos un día en el desierto. Tiene 18 años y casi no habla inglés ni español, así que nos limitamos a compartir tés, fotos y sonrisas… Lo de siempre.

[singlepic id=4177 w=800 float=center] Y todas esas personas que nos cruzamos en el pueblo. Cada cual, seguramente, tendrá su historia.

* Alí (bis)

El último día en Erg Chebbi, después de una jornada de filmación y de nuestra aparición como extras en una película hollywoodense/francesa, nos fuimos nuevamente a las dunas para ver el último atardecer en el desierto. Andi se fue primero y, cuando lo alcancé, estaba hablando con alguien. Me dijo, con muchísima alegría: “¡Mirá a quién me encontré!”. Y agregó: “¿Quién es la única persona que puede estar usando cuatro capuchas con este calor?”. ¡Alí!

Alí estaba igual de feliz que nosotros por el reencuentro. No lo habíamos planeado, pero nos habíamos vuelto a encontrar (y ni siquiera fue en el mismo lugar donde nos conocimos, así que la casualidad fue aún mayor). Hablamos, nos volvimos a sacar fotos todos juntos y, antes de despedirnos, Alí nos dijo: “Amigos, hoy cenan en mi casa”. “Bueno Alí, pero ¿dónde es tu casa?”, le preguntamos (como para saber si nos adentraríamos en el desierto o cenaríamos en el pueblo). “No pregunten, sólo vengan, hoy cenan conmigo”, nos dijo con la mirada cálida y la sonrisa tímida que tanto lo caracterizan. Así que a las 8.30 de la noche nos encontramos con él en Hassi Labied (el pueblito donde nos estábamos quedando) y nos fuimos juntos la casa donde vive con su tía y su abuela cuando no está en el desierto (también en ese pueblo). Nos agasajaron con dulces, tés, dátiles y un enorme cous cous de verduras y pollo. Alí, que siempre se había mostrado tímido, no paró de hablarnos: nos contó que fue camellero, que también fue cocinero, que trabajó en la construcción y que ahora vende fósiles. Nos contó también que es vegetariano, que ama a los animales y que aprendió español gracias a internet (chateando y hablando por Skype). Nos dijo que él no quiere un matrimonio arreglado, quiere amor de verdad, no quiere que sus padres le busquen una mujer como todavía es costumbre en algunos sectores del país. Nos contó que estuvo enfermo por culpa del agua del desierto, que se volvió “loco” y estuvo internado por un año. Nos contó que quiere irse a otro país, conocer lugares fuera de África. Nos contó de todo hasta que se hizo tarde y nos despedimos. Nos acompañó hasta mitad de camino al albergue y se fue a usar internet.

Alí es una de las personas más lindas, simples y sinceras que conocí en este viaje por Marruecos. Una de esas personas que hace que viajar valga la pena. A aquellos que tienen miedo de viajar o que creen que el mundo está poblado de gente “mala” les digo: Alí es un claro ejemplo de la hospitalidad que define al ser humano. Esto es lo que pasa cuando uno sale a conocer el mundo y sus culturas: se encuentra con gente buena, se encuentra con personas que tienen tanta curiosidad y ganas de entablar una conexión con el que viene de lejos como uno. No hay que tenerle miedo a lo desconocido, a las culturas diferentes, a quienes hablan otros idiomas. Les aseguro que nuestra humanidad va más allá de cualquier raza, religión o nacionalidad.

Y el desierto es uno de esos lugares que siempre quedarán en mí, por más lejos que esté. Mientras toda esta gente lo siga habitando, será uno de mis lugares en el mundo.

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El ceviche y los recuerdos

Cuando nos trajeron el plato de ceviche a la mesa quedé hipnotizada, no me animaba a empezarlo por miedo a que se terminara demasiado rápido. Apenas probé el primer bocado de lenguado con camote recordé cuánto me gustaba esta comida; y, en menos de un segundo, me transporté al 2008.

Me acordé de la vez que Vicky, mi amiga y compañera de viajes argentina, me quiso hacer probar el ceviche en Arequipa (Perú) y no me animé (me daba un poco de nosequé que fuera pescado crudo). En aquella época (principios de mi viaje, 2008), todavía no me animaba a probar tantas comidas nuevas.

Me acordé, también, de la vez que Fabricio, un amigo peruano, me llevó a comer ceviche por primera vez. Fuimos a uno de los lugares más emblemáticos de Lima (“El verídico de Fidel”), cerca del estadio de Alianza Lima. Fidel, el dueño de aquel restaurante, había empezado su “carrera” de cevichero vendiendo ceviche a los futbolistas en un carrito a la salida del estadio; con el tiempo su puestito se hizo tan popular que terminó poniendo un restaurante (considerado uno de los mejores de Lima). Ahí, el plato de ceviche cuesta alrededor de 30 soles (11 dólares).

Me acordé, además, de la vez que Mirla, la hermana de Fabricio, me compró una bandejita de ceviche en el Puente Atocongo por 2 soles (menos de un dólar) y lo comimos en la combi camino a Punta Negra. Según mi amiga Olga, comer un ceviche en ese puente es como comprarse un choripán de dudosa procedencia por 2 pesos debajo de alguna autopista. Estaba buenísimo.

También me transporté a Singapur: hace unos meses me alojé en la casa de Kuni, un couchsurfer japonés, junto con un boliviano, un peruano, un colombiano y dos mexicanos. Kuni preparó, en nuestro honor, una cena latinoamericana: había empanadas, lomo saltado y… ceviche. Fue lo más cerca de Perú (y de América latina) que estuve en Asia.

Y me acordé de la última vez que lo comí, en el 2009, en un restaurante peruano en Buenos Aires.

Cebiche en Singapur preparado por Jennifer, una couchsurfer de Singapur

La cena latina en Singapur

La primera vez que viajé a Perú no sabía muy bien qué era el ceviche (aunque después de probarlo, juro que jamás lo olvidé). Como algunos restaurantes ofrecían ceviche, otros cebiche y algunos hasta “seviche”, pensé que cada nombre correspondía a una forma diferente de preparar el plato. Después descubrí que así como no existe una única receta, tampoco hay diferencia entre escribirlo con B y con V.

¿Por qué se llama “ceviche”? Algunos creen que el término “ceviche” proviene de Sea Beach, que era la expresión utilizada por los marineros ingleses para pedir este plato en los puertos peruanos; hay quienes aseguran que esta palabra tiene su origen en el término árabe sibesh y otros dicen que proviene de la palabra quechua siwichi, que significa pescado fresco o tierno. Tal vez alguno de mis amigos/lectores peruanos pueda orientarme al respecto. :)

¿Cuáles son sus ingredientes? Pescado fresco crudo (generalmente se hace con lenguado), limón, cebolla roja, ají, ajo y sal. Para prepararlo, los ingredientes se mezclan y se dejan marinar en el limón; luego a eso se le puede agregar mariscos, choclo, papa, camote, pulpo o cualquier acompañamiento a gusto. Es el plato nacional de Perú; un orgullo tan grande que fue nombrado Patrimonio Cultural de la Nación.

Y, confieso, es uno de mis platos preferidos en el mundo…  

Con canchita serrana (un tipo de choclo seco y frito) para acompañar

“Ani, ¡estás como en limbo!”, me dijo Olga mientras comía el ceviche en estado de éxtasis.

 Y sí, es increíble cómo un sabor puede traerme tantos recuerdos.

Asia de la “A” a la “Z”: Z de Zapatos

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

Z de Zapatos

Este post es simplemente un bis, un epílogo, un añadido, ya que considero que concluí el abecedario en el post anterior.

Sin embargo, la Z también existe y viene bien para hablar acerca de una de las costumbres asiáticas que más me gustan: la de sacarse los zapatos antes de entrar a cualquier lugar que no sea “la calle”.

Entrar sin zapatos a los hogares, a muchos negocios y a (la mayoría de) los templos es una regla cultural intrínseca, algo que cada asiático aprende desde chico y que sigue respetando de grande. Los pies son lo más bajo y por ende lo más “sucio” del cuerpo, y toda la suciedad que se acumula en los zapatos no tiene por qué entrar a las casas.

Por eso en la entrada de cada vivienda hay una alfombra, un huequito, una estantería o un placard para dejar los zapatos. NADIE entra con zapatos a un hogar: ni los dueños, ni los visitantes, ni los trabajadores que van a arreglar algún artefacto o a instalar algún servicio. Si hay una fiesta o reunión, lo mismo: todos los zapatos afuera. Y, en mi experiencia, no hay ladrones de zapatos.

Los envidio, juro que en esto los envidio. Yo estoy a favor del no usar zapatos adentro de la casa desde muy chica. Si pudiese andar descalza por la vida lo haría, no hay nada que me guste más que caminar con los pies libres. Pero en Occidente esta costumbre no está muy expandida, es más, los que piden que por favor se saquen los zapatos antes de entrar a su hogar son tildados de “new age”, “raros” o “quisquillosos”. ¿Por qué? Si es muchísimo más limpio entrar sin zapatos, sin la basura acumulada en la suela, sin la contaminación de la calle. El piso se mantiene limpio y el hogar pasa a ser un lugar un poquito más “inmaculado”.

Quiero fundar el movimiento Sacate-los-zapatos-antes-de-entrar-a-mi-casa y que no me miren con cara rara. Ya me imagino las reacciones de mis amigos y familiares: “Claro, ahora te hacés la asiática” :D, o me veo pidiéndolo al fumigador con timidez: “Señor, por favor ¿se saca los zapatos antes de entrar? Es que acabo de volver de Asia…”, o llamando al delivery: “Hola qué tal, mandame una grande de muzzarella y decile al chico que por favor entre a mi casa sin zapatos o se traiga unas pantuflas en la mochila, sino no le pago el pedido”. Me van a tildar de loca, pero no me importa, voy a tener la casa limpia.

¿Tendré éxito en mi iniciativa?

Lo primero que voy a hacer es implementarla yo misma: zapatos adentro de mi casa, NUNCA MÁS.

Firmen abajo los que quieran unirse al movimiento anti-zapatos en el hogar. Juntos podemos erradicarlos. Luchemos por un piso más limpio.

En la foto pueden ver la puerta de entrada de un departamento en Singapur. Adentro había una reunión de couchsurfers de todo el mundo y a ninguno le pareció raro sacarse los zapatos antes de entrar.

Asia de la “A” a la “Z”: H de Hospitalidad

[box type=”star”]Este post forma parte de la serie “Asia de la A a la Z”, un abecedario personal de mis experiencias en Asia. [/box]

H de Hospitalidad

Soy de las que creen que el ser humano es, por naturaleza, hospitalario.

Sin embargo, observo que cuando alguien cuenta que viajó “a Mongolia”, “a Fidji” o “a la Polinesia” (por decir lugares lejanos, desconocidos y exóticos) y que fue recibido muy cálidamente por la gente local, la reacción más común es la sorpresa (o el descreimiento: “tuviste suerte”).

Lamentablemente las noticias que leemos en los medios casi nunca hablan acerca de la bondad del ser humano, sino acerca de la maldad de unos pocos. Esto genera prejuicios y generalizaciones y hace que esa maldad que es exclusiva de un grupo o persona sea traspasada a toda la sociedad que los rodea. Por culpa de esto, ante los ojos de algunos, todos los [insertar-nacionalidad-aquí] terminan siendo “malos”.

Esta supuesta maldad genera miedo, especialmente ante la gente que vive en países lejanos de los que no se sabe más que las malas noticias.

Cuando, en el 2008, anuncié que me iba de mochilera por América latina (¡mujer y sola!) me dijeron de todo: que la guerrilla me iba a secuestrar, que los narcotraficantes me iban a asesinar, que los quién-sabe-qué me iban a vender al mercado de trata de blancas. No solo sobreviví sino que me hice excelentes amigos en todos los países que visité, fui alojada por familias locales (todavía sin Couchsurfing de por medio) y no tuve más que experiencias positivas.

Cuando, en el 2010, anuncié que me iba a Asia (¡otra vez sola y al otro lado del mundo!), me volvieron a repetir el discurso: vas a ser raptada/violada/apedreada/vendida/etc/etc. ¿Y qué me pasó en Asia? Fui recibida con una hospitalidad que superó cualquier tipo de expectativas.

Uno de los países que mejor me recibió, desde el momento que bajé del avión, fue Indonesia. Y una de las comunidades más hospitalarias que conocí en todo el Sudeste Asiático fue la musulmana.

Algo que me encanta de la hospitalidad asiática es que la comida es de suma importancia: si estás viviendo en la casa de alguien (o incluso si vas solamente de visita), te van a alimentar hasta que no pases por la puerta. Y como acá es de mala educación rechazar la comida, no queda otra que aceptar… :D

Algún viajero me dijo que me envidiaba por ser mujer, ya que, según él, las mujeres viajeras son recibidas por la gente local con incluso más calidez que los hombres y son cuidadas de manera especial.

Y es cierto, cada vez que estoy viajando sola por ahí siento que tengo miles de angelitos que, disfrazados de gente local, me cuidan durante el camino.

—-

* Esta foto la saqué la primera noche de mi primera visita a Jakarta (Indonesia). Ellos son Rheden (el indonesio de Couchsurfing que me alojó en su casa) su mamá y su sobrino. Cuando le escribí la solicitud vía Couchsurfing preguntándole si podían alojarme, Rheden no solamente me respondió que sí, sino que me escribió emocionadísimo: “¡por favor quedate con nosotros, toda mi familia quiere conocerte!” y, para sobornarme: “¡mi mamá es la mejor cocinera del barrio!”. Y ellos fueron una de las tantas familias que marcaron mi viaje y que me demostraron que un hotel puede ser “cómodo” o “acogedor”, pero que la verdadera hospitalidad está en los hogares. Experiencias como esta refuerzan mi idea de que no es lo mismo ser un turista que ser un viajero.

¿Puedo dormir en tu sofá?
(o Todo lo que querías saber acerca de Couchsurfing)

Mi primera experiencia con Couchsurfing fue tragicómica.

Llegué a Penang, ciudad de Malasia donde iba a hacer Couchsurfing por primera vez en mi vida, de noche, con lluvia, sin crédito en el celular, sin efectivo y sin poder sacar plata del cajero quién sabe por qué. Como si fuera poco, el número de teléfono de mi host, la mujer china-malaya que iba a alojarme en su casa, era inexistente y no tenía manera de comunicarme con ella. Sin un plan B, esa noche pensé que iba a dormir en la calle… pero todo se resolvió de la manera más increible, gracias a una familia indonesia que me ayudó (pueden leer la historia completa acá).

Algunos estarán pensando, ¿ibas a hacer couch-qué?

Paso a contarles.

Existe el preconcepto de que viajar es “carísimo”. Sí, para quienes se alojan en hoteles de tres estrellas para arriba, el presupuesto diario será altísimo y el contacto con la cultura local, bastante más acotado. ¿Nunca pensaron “Qué bueno sería tener conocidos en todas partes del mundo, para pedirles que me hagan un lugarcito en el sillón del living y/o me lleven a conocer los mejores rincones de su ciudad”? He aquí Couchsurfing.

“Couchsurfing” significa, literalmente, “surfear en el sofá”. Esto puede sonar medio raro en castellano, así que les traduzco. Couchsurfing (de ahora en más, CS) es una comunidad de hospitalidad global con más de 2.5 millones de usuarios en 245 países y territorios del mundo. Cada miembro está registrado en el sitio web de CS, tiene un perfil propio con fotos e información y está dispuesto a:

a) alojar a uno o más viajeros en su casa por unos días (en caso de ser el host o anfitrión) o quedarse en la casa de una persona/familia local (en caso de ser el guest o huésped)
b) salir a tomar un café/comer/recorrer la ciudad con el extranjero, o
c) reunirse periódicamente con la comunidad de couchsurfers de su área

En CS no hay ni debe haber dinero de por medio, pero esto no significa que deba ser entendido como “un hotel gratis”. CS fue creado para fomentar el encuentro cultural y mejorar el entendimiento mundial: quedarse en la casa de una persona local no significa “dormir gratis”, sino que significa conocer la cultura desde adentro, ver cómo se vive en otros lugares del mundo y poder entrar en contacto con la gente local sin intermediarios ni intereses económicos.

CS suscita muchas preguntas más que lógicas y entendibles que paso a responder.

[singlepic id=2371 w=800] Got couch? (¿Tenés sofá?), la remera de uno de los miembros de la comunidad CS en Malasia

¿Qué requisitos tengo que cumplir para ser miembro?

CS no pide ningún requisito en especial para formar parte de la comunidad, pero todos los miembros comparten un interés común: las ganas de entrar en contacto con personas de otras culturas (especialmente viajeros), ya sea dándoles un espacio donde dormir o reuniéndose con ellos en algún punto de la ciudad. No es necesario tener una casa enorme ni habitaciones de lujo, en CS no importa si se duerme sobre un sillón, en una colchoneta, en una bolsa de dormir en el piso o con la carpa en el jardín. Tampoco es obligatorio alojar a nadie; cada miembro especificará en su perfil si tiene un couch (“sillón” o lugar donde dormir) para ofrecer o si simplemente quiere reunirse a tomar un café o pasear por la ciudad.

¿Después de registrarme qué hago?

Una vez que uno se hace miembro, es necesario crearse un perfil personal que sea lo más completo posible: hay que hablar de uno mismo, contar a qué se dedica, cuál es su misión en esta vida, a qué lugares viajó, a dónde quiere viajar, a dónde tiene planeado viajar, cuáles son sus gustos e intereses, qué experiencias tuvo con CS. Y, sí o sí, poner una o más fotos de perfil (nadie quiere quedarse en la casa del hombre invisible).

Cuando viajo a otra ciudad, ¿cómo me contacto con alguien que pueda alojarme?

La web de CS tiene una sección de búsqueda de couch por ciudad, pueblo y país. Supongamos que vamos a viajar a Cusco (Perú) y queremos que alguien nos aloje en su casa para conocer la cultura local desde otra perspectiva. Entramos a la sección de búsqueda llamada “Couchsearch”, seleccionamos Sudamérica > Perú > Cusco de la lista y en la página siguiente aparecerá el listado de perfiles de toooodos los que ofrecen un lugarcito en su casa. Es posible refinar la búsqueda especificando si se busca espacio para una o más personas, o si se quiere que el anfitrión tenga determinada edad, sea un usuario verificado, sea un “embajador” (algo así como el “representante” de la ciudad en la comunidad), entre otras opciones. Hay ciudades donde habrá cientos de perfiles disponibles y otras donde tal vez tres sean demasiado.

Una vez que tengo la lista de perfiles, ¿cómo elijo a un host (anfitrión)?

Lo más recomendable es tener más de una opción de anfitrión y mandarles la solicitud con por lo menos una semana de anticipación, para darles tiempo de organizarse. ¿Cómo elegir anfitrión? Esto depende de varios factores, entre ellos el feeling y la intuición. Lo mejor es abrir los perfiles que nos llaman la atención (ya sea por la foto, por la “misión” de la persona, por el breve resumen de sí mismo) y leerlos por completo. Si uno siente que los intereses o la personalidad de la persona coinciden con los propios, entonces el siguiente paso será mandarles un mensaje personalizado presentándose, especificando la fecha de viaje y los planes en la ciudad del host. No vale hacer copy-paste y mandar 30 solicitudes a 30 personas como si se estuviese mandando una reserva de hotel. ¿Por qué? Porque el copy-paste (al estilo “hola! viajo a cusco del 10 al 15 de abril, ¿tenés lugar para mí? saludos!”) es tan evidente que juega en contra y hace mucho más difícil conseguir una respuesta positiva. Nadie quiere ser tratado como un hostel. Una vez enviados los mensajes, no queda más que esperar la respuesta del host; si es positiva, enviará también la dirección y las indicaciones de cómo llegar a su casa; si es negativa, a seguir buscando.

¿Es obligatorio llevarle un regalo a mi host?

No, no es obligatorio, pero un gesto de agradecimiento siempre es recomendable. Si alguien es tan generoso como para permitirnos dormir en su casa, no cuesta nada llevarle un chocolate, un vino, un libro, un imán para la heladera, un dibujo, un cd con música de nuestro país… lo que se les ocurra. Conocí varios host que tienen la heladera repleta de imanes y postales de todas partes del mundo. Si tienen un presupuesto muy acotado, entonces pueden agradecerles con algún gesto como ayudar con algo de la casa (lavar los platos por ejemplo) o cocinar alguna comida típica.

¿Es seguro dejar que un extraño duerma en mi casa? o ¿Es seguro dormir en la casa de alguien que no conozco?

Para eso existe el sistema de referencias en CS. Después de ser alojado, de alojar o de encontrarse con otro couchsurfer, es casi obligatorio dejarse una referencia mutua diciendo si la experiencia fue “positiva”, “neutral” o “negativa” y una breve descripción de la estadía y de la persona. Todas las referencias aparecen en los perfiles de los usuarios y cuantas más referencias positivas, más confiable es la persona a los ojos de la comunidad de couchsurfers.

También existen los vouch: si considero que una persona de CS es muy confiable, le doy mi vouch para demostrar que confío plenamente en él o ella. Cuantos más vouch tiene la persona, más confiable será para toda la comunidad.

Hay algunos casos de experiencias negativas, pero son muchísimas más las positivas. Sino Couchsurfing no seguiría existiendo y creciendo día a día.

¿Qué pasa si mi host “desaparece” el día que debía alojarme?

Puede pasar que el host tenga un problema y nos diga a último momento que no puede alojarnos. A mí me pasó la primera vez que viajé a Kuala Lumpur: la chica que me iba a alojar tuvo que ser internada por una operación de emergencia y, obviamente, me canceló. Por suerte tenía un backup plan, otra persona con quien ya había hablado y que accedió a alojarme a último minuto. Todas las grandes ciudades tienen un grupo llamado “Last Minute Couch” (sofá de último minuto) donde se puede postear un mensaje pidiendo “alojamiento de emergencia”, aunque tal vez no siempre se consiga una respuesta positiva. Recomiendo tener el número de teléfono y dirección de algún hostel en la zona para dormir ahí si todo falla.

¿Qué pasa si mi huésped jamás aparece en mi casa el día que yo lo estaba esperando?

Si el que no aparece es el huésped, cada cual decidirá qué hacer. Hay gente que advierte en su perfil de antemano: “Si no venís a mi casa el día que habíamos quedado y no llamás ni das ningún tipo de explicación, te pondré una referencia negativa”. Yo todavía no fui anfitriona, siempre fui huesped, pero entiendo lo frustrante que debe ser para alguien estar esperando en su casa a una persona que nunca aparece. Si el huesped da una explicación, entonces supongo que la situación no será tan trágica, pero si el couchsurfer no aparece, habrá que decidir si olvidarse de la situación o dejar una referencia neutral o negativa.

Una vez que vuelvo a mi país, ¿estoy obligado a alojar para devolver el favor?

No, no es obligatorio alojar a nadie ni tampoco es obligatorio alojar a quien nos alojó en su país (en el caso de que viaje a nuestra ciudad). Sin embargo, CS es una comunidad de hospitalidad con la filosofía de “pasar el favor hacia adelante”. Lo más probable es que no volvamos a ver a nuestros host (es raro, por ejemplo, que una familia indonesia viaje a Argentina de vacaciones), entonces no será posible “devolverles” a ellos lo que hicieron por nosotros, pero si seguimos participando en CS tenemos la posibilidad de pasar el favor y, por ejemplo, encontrarnos con algún viajero para tomar un café o llevarlo a recorrer la ciudad (y más adelante, ese viajero devolverá el favor alojando a otra persona en su casa, y esa otra persona tal vez alojará a otra y así sucesivamente…). En CS todo lo que va, vuelve multiplicado.

Y si todavía son escépticos, les cuento que Buenos Aires tiene una de las comunidades más grandes y más activas de couchsurfers del mundo.

[singlepic id=2369 w=800] Y Malasia también tiene una comunidad enorme y muy activa.

***

Cosas lindas que me pasaron haciendo couchsurfing:

– el couchsurfer que me alojó en Jakarta (Indonesia) me fue a buscar al aeropuerto y me hizo sentirme menos perdida en un país nuevo. Me alojó con su familia, la madre no hablaba inglés pero estaba feliz de tener huéspedes extranjeros.

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Gracias a él conocí a todos estos chicos, sus vecinos, que posaron divertidísimos para mis fotos durante horas

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– Ella fue mi anfitriona en Penang (con quien no me pude comunicar la noche que llegué pero sí al día siguiente), una mujer china-malaya que me llevó de paseo por todos lados.

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– En Penang me invitaron al festival de los Sijs, una de las minorías indias de Malasia (si no formara parte de CS, tal vez nunca me hubiese enterado). Ahí conocí a un montón de viajeros, entre ellos a una banda de música llamada Love Bus que también andaba viajando por Asia.

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– En mi primer día “oficial” como couchsurfer en Malasia, un chico local nos llevó a mi y a un amigo mexicano al barrio musulmán de Penang. Caímos en una celebración “de barrio” donde nos invitaron a probar la gastronomía malaya y nos recibieron con alegría.

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– Un couchsurfer chino-malayo me llevó a una aldea de pescadores chinos donde me senté a charlar con la gente, tomé el té y caminé por un lugar que los turistas ni saben que existe.

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– Gracias a la comunidad de CS, fui invitada a las celebraciones por el año nuevo Chino en Malasia y pude ver shows que no estaban abiertos al público en general.

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– En Jepara (Indonesia), una pareja me recibió en su casa después de haber viajado toda la noche en colectivo, con té frío y todo tipo de snacks indonesios.

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– Gracias al couchsurfer que me alojó en Jakarta, me enteré acerca de un viaje para mochileros indonesios a las islas Karimunjawa. Fui la única extranjera entre 30 indonesios y fueron los mejores cuatro días de mi viaje (¿por qué será…?).

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– Mi primera mañana en Vietnam viajé por el caos matutino de Saigón en moto con Kristine, mi host vietnamita. Esa misma noche, me llevó a comer a los restaurantes locales y a probar el famoso ca phe (el café de Vietnam)

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– En Singapur me invitaron a una reunión en la terraza de uno de los edificios más altos desde donde pude ver el imponente skyline de aquel pequeño y ordenado país.

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– En Singapur me quedé con Kuni, un japonés que ya alojó a más de 700 personas en su casa (y jamás le faltó absolutamente nada ni tuvo ninguna experiencia negativa). Y festejé mi primer año en Asia en su casa con una gran sorpresa: una cena de couchsurfers latinoamericanos. Dos mexicanos, un boliviano, un peruano, un brasilero, un colombiano, dos singapurenses, Kuni y yo cenamos cebiche, lomo saltado, empanadas, pisco sour y vino tinto en pleno Sudeste Asiático.

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Y como si fuera poco, en este año que llevo de couchsurfer me invitaron a fiestas (como la del semáforo en Kuala Lumpur), a recitales de jazz (como uno en Yogyakarta), a conciertos sinfónicos (en Penang), a cenas (en todos lados). Conocí lo que deben ser todos los mercados matutinos y nocturnos del Sudeste Asiático, probé comidas que ni sabía que existían, viví con familias locales con las cuales me comuniqué por señas, dormí en sillones, en colchonetas en el piso, en camas, en colchones… Y jamás tuve una experiencia que no haya sido positiva. CS me demostró que la hospitalidad humana es más fuerte que las “diferencias” o la “maldad” que nos quieren hacer creer que abunda en las culturas distintas a las nuestras.

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y para hacerse miembros: www.couchsurfing.org

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[box] Este post pertenece a la sección FAQs o “Preguntas Frecuentes”. Estas son algunas de las preguntas que me hacen siempre y que tal vez vos también querías hacerme:

“¿Cómo hago para dejar todo e irme de viaje por el mundo?”

“¿Cómo empezaste? ¿Cómo trabajás? ¿Cómo te financiás?” (3 en 1)

“¿Es peligroso viajar sola?”

“Quiero viajar pero no sé cómo empezar”

“¿Qué llevás en tu mochila?”

“¿Me recomendás viajar con seguro médico?”

“¿Cómo hago para comprar vuelos baratos por internet?”

“¿Qué es Couchsurfing y cómo funciona?”

“Mitos y verdades acerca de viajar como mochilero”

20 respuestas (a una entrevista hecha por ustedes) [/box]

Vietnam: amor a primera vista

Lo confieso: salí de Camboya rumbo a Vietnam con una idea “poco positiva” acerca del país y de la gente.

Siempre digo que no me guío por opiniones ajenas ya que cada cual lo cuenta según cómo fue su viaje, pero muchos viajeros “respetados” (?) me dijeron que Vietnam no les había gustado nada por la actitud de la gente local, por el acoso hacia el turista, por el caos y por los robos.

Y me lo dijeron con tanta convicción que hasta me asustaron un poco (no mucho) y pensé: debe ser que a Vietnam lo amás o lo odiás.

¿Qué sentiré frente a este país que siempre quise conocer?

Mis últimos días en Camboya fueron una mezcla poco balanceada de estrés y tranquilidad.

Phnom Penh, la capital, es, para decirlo en porteño, un quilombo.

No hace falta que te bajes del colectivo ni que salgas de tu hostel: los mototaxistas y conductores de tuk-tuk te van a encontrar. Así que no corras porque no hay dónde esconderse.

– Miss Miss, you want motorbike? le decís que no al primero y aparece el segundo (que estaba frenado al lado y vio que dijiste no) y te ofrece nuevamente “motorbike” pensando que tal vez a él le vas a decir que sí porque te cayó mejor que el anterior.

Cruzás la calle (intentando que no te atropellen y caminando por la franja angostísima de vereda como si fuese un acantilado) y te persigue el conductor de tuk-tuk:

– Hello Sir! (ni siquiera lady)

– Where you want to go? Tuk-tuk?

– No, no, gracias.

Pero ser amable no sirve y tampoco entienden que quieras caminar.

– I take you miss, OK I take you later, I take you tomorrow, I take you next week!

Si los ignorás, te gritan cosas poco felices en inglés y en khmer (camboyano).

Así que cuando no pude más opté por dos vías: hablar en castellano o ser irónica en inglés.

– Miss Miss, tuk-tuk, you want? No entiendo lo que me decís, no hablo inglés. Ahí se desconciertan.

– Tuk-tuk?

– Cheap?

Y la otra, cuando estuve a punto de mandar a todo el gremio a freír arroz:

– Miss! Where are you going? Motorbike!

– Oh, ok, I need to cross the street, you take me? (Oh, sí, necesito cruzar la calle, ¿me llevarías?)

Templo en Phnom Penh

Los típicos “kioskos móviles” del Sudeste Asiático (este en Phnom Penh)

Templo en Phnom Penh

Casitas típicas de la capital de Camboya

Panadería a la calle (Phnom Penh)

No sé si Phnom Penh vale la pena, no es tan malo como suena, pero yo personalmente preferí los pueblos del interior de Camboya antes que la capital.

Igualmente tuve que quedarme tres días para tramitar la visa de Vietnam, así que aproveché para visitar las Killing Fields, el museo del genocidio, el palacio del rey y caminar un poco por ahí.

Después pasé mis últimos tres días en el país en Kampot, pueblito al sur a orillas del río, con una temperatura mucho más agradable y una paz que necesitaba.

Kampot

Chicos camboyanos que posaron para la foto

El boliche de Kampot (?)

Cosas que se ven en la ruta (Camboya)

El lunes a las 7 AM tomé el colectivo que me llevaría de Kampot a Ho Chi Minh City (ciudad más conocida como Saigón, antigua capital de Vietnam del sur y de la colonia francesa de la Cochinchina) pensando que me iba a encontrar con algo parecido a Phnom Penh (algo así como un pueblo grande que se cree ciudad) y con gente que me iba a mirar mal o con resentimiento por la guerra pensando que era yanqui.

Tuve que hacer trasbordo en Phnom Penh (no hay manera de escaparle a esta ciudad) y cuando me subí al segundo colectivo (que ya estaba repleto), miré las caras y pensé:

– Momento, acá hay algo raro, ellos no son camboyanos, tienen los ojos más achinados (sí, hay grados de achinamiento de ojos), ellos son vietnamitas.

Y así era: un grupo turístico de 35 vietnamitas de 45 años para arriba, todos cargando bolsas y bolsas de souvenirs y frutas, hablando y riéndose a lo loco cual colectivo a Bariloche en pleno viaje de egresados.

La mujer vietnamita que estaba en el primer asiento me miró y me sonrió de una forma que me dieron ganas de abrazarla y adoptarla como abuela.

Qué calidez por favor.

Vietnam 1, Viajeros Respetados O.

Me tocó el asiento del fondo, al lado del baño, de un camboyano y de un vietnamita. El camboyano ni bola, pero el vietnamita me ofreció comida, agua y hasta se bajó del colectivo para comprarme una SIM card cuando le dije que necesitaba mandar un mensaje de texto.

Vietnam 2, Viajeros Respetados O.

En el mismo viaje me puse a charlar con una mujer de Washington DC y le pregunté acerca de Vietnam.

Me habló maravillas y hasta me armó el itinerario detallado.

A todo esto mi “miedo” y desconfianza hacia Vietnam se desvanecían rápidamente.

El colectivo feliz

En algún momento del viaje el colectivo se subió a un barco y cruzamos el río.

No sé por qué “supuse” que ese cruce de río equivalía al cruce de frontera (el “staff” del colectivo ya había recolectado nuestros pasaportes y yo “supuse”, otra vez, que ellos harían los trámites correspondientes y que, por ende, ni nos enteraríamos que habíamos cambiado de país).

Entonces me puse a mirar todo con ojos de Ya llegué a Vietnam.

Mientras íbamos en el barco, nenes sin manos golpearon las ventanas del colectivo, se señalaron los muñones y rogaron plata.

Pensé que eran los hijos de los ex combatientes de la guerra.

Después, otra vez en la ruta, vi carteles escritos en khmer y pensé que como era un pueblo de frontera debía haber carteles en ambos idiomas.

Más adelante vi un monje budista y pensé que el monje también vivía Vietnam.

Y después vi… la bandera de Camboya.

Y ahí apareció una voz en mi cabeza que me dijo “pero vos tenés un pedo atravesado“.

Debe ser la falta de sueño y el calor.

Finalmente cruzamos la frontera (a pie, y cada cual hizo el trámite correspondiente antes de volver al colectivo) y ahí sí que el paisaje cambió.

O tal vez no el paisaje en sí, pero mi feeling fue distinto.

De repente vi que las calles tenían veredas anchas (y veredas de verdad, no de tierra), que las casas estaban más separadas entre sí, que la gente cenaba en la calle, que había tranquilidad.

Llegamos a Saigón a las 8 PM y quedé anonadada a primera vista.

Kristine, la couchsurfer vietnamita que me está alojando, me pasó a buscar en su moto y me llevó a su casa.

En el camino vi edificios, luces, modernidad.

¡Esto es una ciudad de verdad!

Mientras cenábamos pho, la sopa típica de Vietnam, le pregunté cuál era la actitud de la gente local frente a los extranjeros y especialmente frente a los estadounidenses.

Me dijo que no tenían resentimiento, que ellos miran hacia adelante ya que quieren crecer como país, que la gente es muy amable y todos sonríen.

Al día siguiente salimos a las 7 de la mañana de su casa, Kristine me dejó en el centro y se fue a trabajar.

Caminé durante todo el día y sentí una alegría que no pensé que iba a sentir: ya me encanta este país, me encanta la gente, todos me sonríen, los taxistas no me acosan (hasta diría que son tímidos y respetuosos, les decís que no y es no), la ciudad es muy linda.

Tiene sectores llenos de árboles que me hace acordar a San Isidro, barcitos y cafés que son muy Buenos Aires, calles más tranquilas que parecen Montevideo… y los vendedores ambulantes, mesitas y comida en la calle y el caos de motos que me recuerda que estoy en el Sudeste Asiático.

Ahora me acuerdo por qué me gusta tanto viajar.

PD: (Gracias a todos los que votaron para que viniera a Vietnam… ¡den la cara!)

Pleno centro, cerca de la catedral

La Catedral de Notre Dame

Barriendo la vereda

Kristine (izq.) y su amiga, tomando un café en Saigón

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“Miss, photo, photo!” (o En Indonesia soy famosa)

Estoy en mi salsa.

Hay países y culturas que son extremadamente fotografiables, por los lugares, por los colores, por las construcciones y especialmente por la gente.

Llevo tres días en Indonesia y no pasaron cinco minutos sin que alguien me frenara en la calle para pedirme que le sacara una foto.

Me ven caminando, me miran, me sonríen y me hacen señas para que me acerque, enseguida se forma un grupo de cinco o seis personas (a veces muchas más) que se unen, se abrazan, sonríen con su mejor cara y posan para la foto.

No importa la edad ni el sexo: grandes, chicos, madres, ancianos, todos quieren entrar en mi lente. Me preguntan de dónde soy y cuando digo Argentina siempre me responden “OH FOOTBALL!”, un indonesio incluso me empezó a hablar en español (algo muy poco común, ya que la mayoría no habla inglés) porque vivió unos años en Argentina y Chile.

Pero la cosa no termina ahí: lo más gracioso es que se mueren por sacarse fotos conmigo (o con cualquier extranjero) cual estrella de Hollywood.

Si estoy en un monumento turístico, paso a ser la atracción principal. Si me cruzo con un grupo de chicas y miro a una, se pone a saltar y a gritar diciendo “me miró, me miró”.

Durante todo el día viví situaciones como ésta: una chica indonesia me mira e intenta sacarme una foto con su celular sin que me de cuenta, obviamente la veo y sonrío, enseguida se pone a gritar de alegría, llama a sus amigas y todas corren a abrazarme para salir en la foto conmigo.

Estoy caminando y una chica musulmana me dice tímidamente y de lejos:

-Miss… Foto…

Cuando ve que acepto (me divierte muchísimo posar para ellas), treinta musulmanas salen de abajo de las baldosas y me rodean emocionadísimas. Cuando termina la sesión (no solamente sacan fotos con sus cámaras, sino que se acerca más gente de afuera que también quiere retratar el momento), todas me dan la mano y me dicen “Thank you” o “Terima Kasih” (en bahasa indonesio) y se ríen felices.

Con muchas musulmanas

Nunca pensé que iba a llegar a un país donde la gente me ruega que le saque fotos.

No tenía demasiadas expectativas con respecto a Indonesia, generalmente viajo a todos lados sin esperar demasiado para dejarme sorprender.

La verdad es que casi no llego a Indonesia porque estuve a punto de perder el vuelo desde Singapur. Llegué al aeropuerto aproximadamente una hora y media antes de que saliera el avión, me acerqué al mostrador de Tiger Airways y además de pedirme el pasaporte, me pidieron el pasaje de salida de Indonesia (¿qué cosa?) y me dijeron que si no tenía un pasaje de salida, cuando llegara a Jakarta me iban a mandar de vuelta a Singapur sin escalas.

Ajá…

Pregunté en el mostrador de otra aerolínea cuánto costaba comprar un pasaje de vuelta a Singapur (hay que tener en cuenta que es un vuelo de no más de una hora y media, es muy cerca):

– Tan sólo… 500 dólares.

– ¡QUÉEE!

No, gracias, pagué menos de 60 dólares para volar de Singapur a Jakarta, ¡No voy a pagar 500 para volver!

Así que la situación era ésa:

– Mostrame un pasaje de salida de Indonesia o no te dejo subirte al avión, tenés diez minutos empezando YA.

Qué hacer…

¿Pierdo el vuelo? ¿Saco un pasaje cualquiera bien barato a donde sea? ¿Saco finalmente mi pasaje a Filipinas? ¿No compro nada y falsifico un pasaje? ¿Me arriesgo a volar sin pasaje de salida? ¿Me amotino en el aeropuerto de Singapur, fabrico una pancarta e intento cambiar las leyes?

Abrí mi laptop, me conecté al wi-fi del aeropuerto (toda una hazaña, me pedían todo tipo de datos), entré a la página de Air Asia (aerolínea que tiene los vuelos más baratos) y oh… como están vendiendo pasajes en promoción, la página estaba demasiado congestionada y no funcionaba.

Generalmente me gusta tomarme mi tiempo, comparar precios, buscar ofertas, ver cuál es la mejor ruta, decidir tranquilamente cuál será mi próximo destino…

Pero esta vez no había tiempo para pensar: tenía que solucionarlo ya.

Así que finalmente compré el pasaje más barato que encontré a Manila, Filipinas, para el 17 de junio.

Cuando terminé con el trámite online (por suerte tenía mi computadora porque no había ningún “ciber” cerca), me llevaron a una oficina para que imprimiera el comprobante y cuando volví con todos los papeles, el mostrador de Tiger Airways ya había cerrado. Por suerte siempre hay un mostrador para los que llegan tarde, así que me aceptaron, despaché la mochila, corrí a migraciones, me sellaron el pasaporte, corrí hacia el avión, me senté y a los diez minutos despegó.

Un poquito estresante nomás…

Obviamente cuando llegué a Indonesia no me pidieron ningún comprobante de nada, pero igualmente si no compraba el pasaje no me iban a dejar salir de Singapur.

La visa para entrar a Indonesia cuesta 25 dólares y es de treinta días: lo justo, puedo quedarme en el país hasta el 17 de junio, fecha de mi vuelo a Filipinas.

Rheden, su mama y su sobrino Aldi

Pero juro que todo el mal humor que pude haber juntado por la situación del aeropuerto desapareció en el acto cuando conocí a Rheden y su familia, los indonesios que me recibieron en su casa de Jakarta (la capital de Indonesia, en la isla de Java).

Rheden tiene 24 años, es musulmán, profesor de matemática y couchsurfer.

Cuando le escribí una solicitud para quedarme en su casa me contestó con tanta emoción (“por favor por favor vení a mi casa que mi familia se muere por hospedarte“) que no lo dudé y lo elegí como anfitrión (tuve respuestas positivas de otras personas también).

Redhen vive a unas dos horas del aeropuerto, en las afueras de Jakarta, en un conjunto de viviendas en medio de plantaciones de palmeras y caminos de tierra. Que llegue un extranjero es todo un acontecimiento para ellos: todos los vecinos se enteran y quieren espiar, los chicos se sienten privilegiados de poder jugar con una persona tan exótica, los padres cocinan comida típica y reciben a los huéspedes “como les gustaría que reciban a sus hijos si ellos viajan“.

La hermana de Rheden nos cedió su casa (no su cama ni su cuarto, sino su casa) para que estuviéramos más cómodos y ella se fue a dormir con su bebé a la casa de su mamá (a muy pocos metros de distancia).

Aldi, sobrino de Rheden, no se nos despegó, e incluso aprendió mi nombre, dijo algunas frases en inglés y posó para todas las fotos que le saqué.

Creo que no tengo palabras para expresar los lindos días que pasé en Jakarta con esta gente.

Casi no fui a los puntos “turísticos”, sino que me la pasé visitando lugares locales, aprendiendo bahasa (idioma de Indonesia, muy similar al de Malasia), sacándome fotos con los chicos, sacándole fotos a todos los vecinos, probando todo tipo de comidas típicas, viajando en los transportes más locales.

Fui furor en el barrio: todos los chicos me rogaron que les sacara fotos (no exagero, debo haberles sacado unas 300 fotos, no se cansaban de posar y hacer caras), una mujer embarazada me pidió que por favor la dejara tocarme la nariz para que su hija tenga la misma nariz que yo (pobre), me divertí sacándole fotos a Aldi Superstar (el sobrino de Rheden que AMA posar), aprendí a cocinar plátano frito.

Este viaje se pone cada vez mejor, cada país que voy conociendo me gusta más que el anterior.

¡Me siento muy feliz de no haber perdido mi vuelo!

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Con Rheden y toda su familia

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Penang: lugares-cebolla

Creo que existe cierto feeling entre el viajero y el pueblo o ciudad a la que llega. Por eso no me guío mucho por lo que me dice la gente: un lugar al que a una persona le puede fascinar, a otra puede transmitirle mala vibra o directamente aburrirle.

Cada cual lo cuenta según cómo lo vivió, y siempre habrá tantas opiniones como personas.

En mi caso, hay lugares del mundo que me atrapan.

Me pasó en Copacabana (Bolivia), me pasó en Lima (Perú), me pasó en Montañita (Ecuador), me pasó en San Blas (Panamá) y me pasa acá, en la isla de Penang (Malasia).

Son lugares que, para mí, merecen su tiempo para ser descubiertos. Lugares-cebolla, tal vez, en los que hay que ir pelando una a una las capas que conforman el todo para llegar al centro de la cuestión. Y cuando encuentro un lugar en el que siento esto, perdón, pero voy a tardar más tiempo en escribir al respecto.

Hay otros lugares, en cambio, que me gustan, me entretienen, me interesan, pero no me generan ningún tipo de sentimiento.

Son lugares por los que paso tres o cuatro días y siento que ya encontré todo lo que tenía para ofrecerme, le saqué la ficha al instante, capté la atmósfera desde el primer día. Es una sensación, nada más, y puramente subjetiva, claro, como cuando conocemos a una persona nueva.

Sé que ni en un vida se puede terminar de conocer la complejidad o simpleza de un lugar del mundo, pero hay pueblos/ciudades por las que paso corriendo y otras por las que paso gateando, mirando todo con asombro.

Mercado musulmán

¿Qué sabemos de Malasia?

Yo, por lo menos, no tenía ninguna imagen mental definida de este país. Me imaginaba… nada.

Muchos orientales, mucho calor, muchas mujeres con burka. ¿Qué me fueron diciendo en Tailandia? Que es un país muy caro, que es un país fascinante, que es un país aburrido, que es un país barato, que es un país así o asá… Hay que tomar cada declaración como de quien viene. Por eso en general prefiero no investigar demasiado sobre el lugar al que voy a ir, me gusta dejarme sorprender e ir aprendiendo a medida que voy conociendo.

¿Se imaginaban, por ejemplo, que en Penang (y en Malasia) conviven tres grandes comunidades?

Los malayos (musulmanes por ley y más de la mitad de la población del país), los chinos y los hindúes.

Cada grupo mantiene sus tradiciones, su religión, su idioma, su comida, sus festejos, sus templos, sus construcciones y sus costumbres. Los habitantes de las tres comunidades conviven en un mismo territorio, en general todos hablan varios idiomas y dialectos (bahasa, mandarín, cantonés, tamil, inglés), trabajan juntos, comen juntos, son amigos, socios, colegas, compañeros de colegio o de universidad, pero jamás se casan entre grupos distintos. Por eso no se ve la mezcla en las caras y es muy fácil saber quién es chino, quién es hindú y quién es malayo.

Las personas de alrededor de 40 años pertenecen a la tercera o cuarta generación de su familia, es decir que sus abuelos o tatarabuelos fueron los que llegaron a Malasia de China o de la India hace varias décadas y se establecieron en Georgetown, capital de la isla. Y ellos son chinos e indios, pero a la vez no lo son: son chinos-malayos e indios-malayos, personas que serían tratadas como extranjeras si fuesen de visita a sus respectivos países de origen.

Same same but different, dirían los tailandeses para referirse a algo que es parecido pero que no llega a ser lo mismo.

Y si un lugar así nos resulta exótico a nosotros, imagínense cuando ellos conocen a alguien de Sudamérica, de aquel continente que está tan lejos de su realidad.

Aunque, tal vez no lo van a creer, pero sacando la comida, la religión, la vestimenta, veo más similitudes que diferencias entre estos dos mundos que creemos opuestos.

Los malayos (sin importar a qué comunidad pertenezcan) son curiosos y siempre me preguntan de dónde soy. Cuando digo Argentina me responden una de dos: “Ohh Argentina! Good football! Messi” o, en su defecto, me cantan “Don’t cry for me, Arshentiiina” (vaya uno a saber por qué, pero la película es muy famosa acá, al igual que Lady Gaga que no para de sonar en las radios).

En estos días que estuve en la isla intenté conocer por lo menos a un miembro de cada comunidad, para ver Penang desde tres (o más) ángulos distintos.

Chin Chin y yo en el mercado

Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing, es profesora de Física en un colegio, tiene 50 años, es casada y tiene dos hijas y un hijo que vive y estudia en Singapur. Ella me recibió en su casa de la manera más hospitalaria posible: me preparó un cuarto para mí, me cocinó comida china típica, me llevó a pasear, me hizo mil y un preguntas de Argentina y me contó mil y un cosas de Malasia.

Que los malayos reciben muchos más beneficios de parte del gobierno, que los chinos son los profesores y médicos más prestigiosos y los que ostentan el verdadero poder económico, que para los chinos la educación es lo más importante, que los indios reciben un salario menor que el resto, que en Penang es más barato comer afuera que comprar la comida en el supermercado y prepararla, que la comida de Penang es la mejor del país y por eso se la pasan comiendo a toda hora.

Ang Huah y su remera, sólo para entendidos

Ang Huah, uno de los “líderes” de Couchsurfing en Penang (con más de 150 huéspedes de todo el mundo en su historial), también es chino-malayo y es famoso en otras ciudades por ser LA persona que  más sabe de la cultura china de Penang.

Ang tiene una táctica para que los couchsurfers lo reconozcan: simplemente se para en algún lugar estratégico con su remera negra que dice “Got couch?” sin decir una palabra. Los que saben, entienden el mensaje. Según me cuenta, lo de Couchsurfing es algo “part-time” para él, ya que se dedica a muchas (muchísimas) otras actividades: es profesor de kung fu, organizador de eventos de la comunidad china, estudiante de tai-chi, voluntario en un hogar de gente discapacitada, vendedor de terrenos, escritor. Pero se lo ve rodeado de extranjeros todos los días y a toda hora.

Ang aprovecha Couchsurfing para hacer una investigación para su próximo libro: quiere saber por qué los extranjeros eligen viajar a Penang, qué buscan, qué intereses tienen, cuál es su misión. A sus 50 años, tiene una energía envidiable y una personalidad tan hiperquinética que resulta graciosa y tierna: Ang es capaz de estar en tres conversaciones a la vez, es común que se excuse por “10 minutos” y vuelva tres cuartos de hora después tras haber terminado su clase de tai-chi.

Tiene la capacidad de organizar la agenda de cualquiera de la manera más eficiente posible, porque según él, el tiempo es lo más valioso que tiene y no quiere andar por ahí desperdiciándolo, aunque es normal que cambie de planes constantemente.

Así que el día que me llevó a ver un espectáculo local de ópera china, nuestro itinerario, en principio, iba a ser así: a las 18.30 nos encontraríamos en la puerta del templo para ir a la ópera a las 19, el show terminaría a eso de las 21 así que nos íbamos a quedar hasta el final para poder ir al backstage a sacar fotos.

Pero las cosas sucedieron así: yo llegué temprano al templo y me crucé con un amigo indio de Ang que me pidió que lo acompañara a que una mujer china le leyera la fortuna, después me invitó a tomar Masala Chai, un café de especias y hierbas aromáticas típico del sur de su país, hablamos de la India y me explicó cómo tenía que vestirme cuando viajara para allá para simular que soy una mujer casada; cuando volvimos al templo me encontré con Ang que estaba con una chica de Turquía y un amigo Sikh así que nos fuimos los cuatro a tomar un té chino de hierbas; después de eso me fui con Ang a ver la ópera a eso de las 19.30. A las 20 ya había escuchado algo de ópera, ya había estado en el backstage, ya me había sacado fotos con los actores, ya había tomado otro té y a las 20.30 Ang me acompañó a tomarme el colectivo y se fue de karaoke con sus amigos.

Leyéndole la fortuna a mi amigo…

Ópera china

Así son los días en Penang, no planeo demasiado y las cosas surgen solas.

El día que llegué, como conté, me fui a recorrer la isla en auto con Julio, un mexicano, y Rizuan, un malayo-musulmán que nos llevó a un almuerzo musulmán y nos habló acerca de su religión.

Otro día fui con Journey (mi amiga china), Tipi (su amiga china), el novio australiano de su amiga, una familia de Indonesia, una pareja de Sudáfrica y EEUU, una mujer india-malaya, a comer al hot-pot de Georgetown. El hot-pot es el mejor invento chino que conozco: se trata de un buffet en el que, por aproximadamente 20 pesos argentinos, uno puede comer hasta reventar. Lo divertido es que la comida está cruda y cada cual la prepara en el “hot-pot” (olla caliente) de su mesa: una especie de cacerola dividida en dos con sopa de pollo o sopa de especias en donde se sumerge y cocina la comida.

Al día siguiente fui con Journey y Chin Chin a conocer “el mercado más local” de Penang, varios templos y parques; a la noche fuimos al festival de la comunidad Sikh y terminamos bailando con todos los extranjeros en medio de un grupo de treinta hindúes al ritmo de la música sikh.

Después nos encontramos con el grupo de couchsurfers y una banda de músicos franceses, británicos y españoles y nos fuimos caminando por Georgetown mientras uno de los chicos tocaba el acordeón… Y mañana, quién sabe cómo será mi día.

Es cierto, cuando uno viaja, el tiempo pasa a ser totalmente relativo: los amigos de hace pocas horas ya parecen de toda la vida, una semana es como un mes y la edad, raza o nacionalidad de las personas que uno va conociendo es lo de menos.

Mientras esté acá, no importa cuántos días sean, me seguiré dedicando a pelar esta cebolla de la que se asoman personajes nuevos a cada momento.

Ah, sí, y a comer: cada comunidad mantiene su propia comida y todos quieren que uno pruebe sus platos típicos, así que en Penang, una de las actividades más comunes y que más estuve praticando es comer a toda hora y en todo lugar.

Cualquier excusa es buena para probar algo nuevo.

El hot-pot chino: elegís tu comida (cruda) y la cocinás en tu propia cacerolita en medio de la mesa

Probando comida típica en el festival de los Sikh

Con Couchsurfers de alrededor del mundo

Un almuerzo musulmán en el barrio

Georgetown

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Y de repente, empieza el viaje (o mi primera experiencia fallida de Couchsurfing)

Dicen (digo) que cuando uno entra en el clima del viaje, todo empieza a pasar (mucho) más rápido. Yo entré en clima de golpe, sin aviso, sin saber que estaba ingresando en ese estado eufórico de quieroseguirviajandomásmásymás y de quieroconocermásgentemáslocalesmáslugares y de, tal vez, noquierovolverhastahaberrecorridoelmundoentero.

Viajar es un camino de ida, definitivamente.

Mis días en Tailandia fueron tranquilos, por momentos solitarios.

Me dediqué a escribir, a caminar, a nadar, a comer, a mirar. Tengo que confesar que me costó empezar: fue difícil pasar de los 20 grados de abril de Buenos Aires a los 40 grados de abril de Bangkok, fue difícil acordarme de pedir en cada comida not spicy please, fue difícil (y algo cansador) pasar de hablar castellano cotidianamente a comunicarme y pensar constantemente en inglés.

Fue difícil, también, tener que convertir mentalmente los precios a dólares y de ahí a pesos para calcular mis gastos, fue difícil no tener un cuaderno para escribir a mano (hasta que decidí comprarme el primero que encontré porque extrañaba demasiado el hábito), fue difícil cargar la mochila llena de ropa sucia todos los días. Pero siento que todo cambió.

Desde que entré a Malasia, mi viaje empezó a acelerarse, a tomar forma y color. Todo se volvió mucho más interesante.

¿Cómo fue qué pasó? Creo que los planetas se alinearon para que mi llegada a Penang, isla ubicada en la costa oeste de Malasia, no pudiese ser peor. Primero, otra vez eso de subirse a un barco, bajarse, subirse a un taxi, bajarse, subirse a una minivan, bajarse, esperar, subirse a otra minivan y tomar la ruta. Trece largas horas de esto, con mucho aire acondicionado (tanto que el conductor, en vez de apagarlo o bajarlo, decidió abrigarse con una campera), cero farangs y mucha lluvia, mi primera lluvia desde que llegué a Asia.

Mi plan era llegar a Penang a eso de las 8 de la noche, llamar a Chin Chin, mi anfitriona de Couchsurfing que me iba a alojar, e ir para su casa. Pero mi plan incluía bajarme de la combi en la terminal, tomarme el ferry para cruzar de Butterworth a la isla (remarco lo de ISLA) de Penang, bajarme en la estación de Georgetown (el centro histórico de Penang) y de ahí tomarme el transporte público a lo de mi anfitriona.

Tenía todo calculado.

Entonces cuando el conductor de la minivan frenó frente a un local de comida china, en medio de la inundación provocada por la lluvia, me abrió la puerta y me dijo en tailandés que me bajara, empecé a sospechar que algo no andaba bien. ¿Será que me quedé dormida y cruzamos en el ferry arriba de la camioneta? ¿Tengo que hacer noche acá, quién sabe dónde, y seguir mañana hacia Penang? ¿Quizás el pasaje que compré en Tailandia ya no sirve acá? ¿O acaso estamos en Malasia o nos desviamos y caímos en China?

¿Dónde estoy?

El conductor no supo responderme, todo lo que me decía era “This is your stop, you get down here“. Claro, en medio de la lluvia, de noche, rodeada de gente que tal vez ni habla inglés, sin saber dónde estoy. No señor, no me bajo nada.

Pero los ángeles existen… O al menos creo que what goes around comes around (lo que va, vuelve)

Volviendo a la escena, ahí estoy, en medio de alguna ciudad (todavía en la minivan porque me negué a bajarme), sin manera de poder comunicarme con Chin Chin y sin un peso malayo encima (estaba en Malasia, eso sí, porque me sellaron el pasaporte, pero hasta ahí sabía).

En la misma camioneta que yo viajaba una familia de Indonesia: un chico, sus padres, sus abuelos. Habían venido a Malasia para recibir atención médica, iban a pasar la noche en Penang y al día siguiente volarían de regreso hacia Jakarta. Vieron la situación y me ayudaron: el papá me prestó su celular para que llamara a mi host (anfitriona en el lenguaje Couchsurfing), pero como no pude comunicarme me dijeron que me bajara con ellos en la parada de su hotel para no quedarme sola de noche en la ciudad (estaba en Penang, sí, me lo confirmaron, pero en qué parte, cerca o lejos de lo de Chin Chin, nadie sabía).

Intenté comunicarme otra vez con Chin Chin (que, by the way, es china-malaya), pero me atendía un contestador que me decía muy amablemente que el celular al que estaba llamando le faltaba un número.

El último colectivo público hacia su casa salía a las 22.30 y ya eran las 22. Un taxi hasta su casa me costaría unos 45 ringgits (13 dólares), pero tenía miedo de llegar y que no estuviera ahí, o que Couchsurfing (CS) fuese en realidad una organización internacional de venta de órganos y yo una inocente víctima.

Nos bajamos de la combi y Van Kenny, el chico indonesio, me acompañó al shopping al lado de su hotel para cambiar plata: todas las casas de cambio estaban cerradas.

Fuimos al cajero: no me aceptaba la tarjeta.

Volví a llamar a Chin Chin: me faltaba un número para poder comunicarme.

Quería ir a un hostel: no tenía idea de dónde estaba parada ni adónde podía ir.

Quería tomarme un colectivo: ¿monedas? menos que en Buenos Aires.

Quería tomarme un taxi: me dijeron que por las dudas no me tomara un taxi sola de noche.

Listo, ¿podré dormir en la puerta de su cuarto? ¿o encima de la alfombra del baño?

Van Kenny sacó 50 ringgit y me los dio.

– Mañana me vuelvo a Indonesia, esta plata ya no me sirve, quedatela.

– No, te la cambio por dólares.

– No, por favor.

-Bueno, cuando esté en Jakarta los invito a todos a cenar.

Mientras decidía mentalmente qué iba a hacer de mi vida aquella noche, me invitaron a cenar con ellos al mercado local. Los indonesios y yo: esa loca que andaba con cara de perdida por algún lugar de Asia. Comimos algo muy rico, que jamás sabré qué era. Les conté que era de Argentina, que escribía un blog. Todos en ronda empezaron a decirme sus nombres, “para que nos menciones en tu blog“. Llamaron por teléfono a una amiga indonesia que vivía en Penang para que me llevara en su auto a buscar alojamiento barato. Así que me despedí y nos fuimos, la indonesia y yo: esa argentina que no tenía dónde quedarse una noche de lluvia en una isla de Malasia y confió en una familia de Indonesia.

Finalmente encontré un lugar decente y barato manejado por un hindú. Chinos, hindúes, indonesios…

Estoy en Malasia, ¿no? Por ahora no vi ningún malayo… Creo.

Desensillé en el cuarto, me conecté a internet y todo se solucionó.

Encontré el número que le faltaba al celular de Chin Chin, la llamé para avisarle que iría a su casa el día siguiente y dormí con todo el agotamiento del mundo. A la mañana siguiente vino a buscarme Julio, un chico mexicano que también se estaba quedando en lo de Chin Chin, junto con Rizuan, un malayo musulmán, que nos llevó a recorrer toda la isla en su auto, nos presentó a sus amigos chinos y malayos, nos invitó a una reunión de musulmanes en su barrio, nos infiltró en el mercado local, nos hizo probar todas las comidas típicas en un solo almuerzo, nos sugirió que nos contactáramos con otro couchsurfer malayo-chino, quien a su vez nos presento a un hindú-malayo que baila salsa cubana…

¿No les digo que cuando un viaje se pone bueno, todo empieza a pasar mucho más rápido?

Con Van Kenny, mi nuevo amigo indonesio, cenando en el mercado de Penang

Con Julio, mi amigo mexicano, comiendo durién en el mercado local

Julio y yo en un almuerzo musulmán

Rizuan y su amigo en el mercado

Linggish, el indio que baila salsa, tomando un té con nosotros

 

Cenando con couchsurfers

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Ko Phi Phi: hacer turismo vs. viajar como un local

Dejé atrás Ko Phangan, el paraíso de los israelíes y los ravers, y llegué a mini Europa.

Esta vez, la estadística poblacional de Ko Phi Phi sería la siguiente: de cada 100 personas, 40 son tailandeses, 35 son europeos/australianos, 20 son asiáticos, 5 son latinoamericanos. El pueblo de la isla es mínimo y obviamente jamás logré orientarme del todo bien. Llegué sin hostel y encontré uno por 250 baht la cama (casi 8 dólares), el más barato de la isla.

Dejé mis cosas, me fui a dar una vuelta y cuando quise volver al hostel tardé unos 40 minutos en encontrar la calle. Ríanse de mí, este es el mapa del pueblo:

En mi defensa, quisiera aclarar que ninguna calle tiene nombre, todas son iguales y tienen los mismos restaurantes y locales de ropa, mi hostel no figura en ningún mapa y nadie es capaz de dar una buena indicación.

Cada vez que preguntaba cómo llegar a Anita’s Guesthouse me miraban y me decían “Oh yes, Oasis Bungalows, come with me“.

Una tarde estaba caminando por el pueblo y una chica de China me preguntó si sabía de algún alojamiento barato. Sí, si estás dispuesta a caminar hasta que encuentre mi hostel, te llevo… Y en ese largo trayecto en el que intenté disimular mi falta de orientación nos hicimos amigas. ¿Tenés Facebook? No, en China está prohibido. ¿Usás You Tube? Tampoco, pero tenemos una web que es una copia exacta. ¿Comiste rata alguna vez? ¡No! (con cara de asco). ¿China es caro o barato? China is so cheap! ¿Cómo te llamás? Journey. Y así estuvimos, derribando mitos y descubriendo nuestras respectivas culturas durante nuestros días en la isla.

Como nunca logré orientarme visualmente, desarrollé una capacidad auditiva interesante. Podría decir que el camino del hostel a TonSai Bay (una de las dos playas) estaba puntuado por voces. Ticket, ticket, where you go miss?, me decía el de la agencia de viajes de la esquina cada vez que pasaba por la puerta; Hello beautiful lady, would you like to try some delicious indian food (pronunciado más o menos así: Jalooou biutiful lei-di, wud iu laik to trai some delishios indian fuud), me preguntaba un hindú cada vez que doblaba la esquina y me chocaba con su restaurante; Thai masaaaash… come in…, me ofrecían las mujeres en la puerta de sus “peluquerías” de masajes, y eso me indicaba que tenía que doblar a la izquierda; Hey, want a thai tattoo?, intentaban convencerme los tailandeses, tatuados y llenos de aros, tengo que seguir derecho; Snorkeling tour lady, me estoy acercando al muelle; Kha – kha (yes yes), escuchaba a las tailandesas almorzando en el mercado local, ya falta poco; Care to dive while you’re here, mate?, repetían incansablemente los australianos a cargo de un dive shop, ya casi estoy en la playa; Boat-boat, Long Beach, where to?, ah… llegué.

Y de noche, alguien daba vuelta el casette y los sonidos cambiaban, guiando a la gente hacia la otra orilla. Pi Pi!, decían los tailandeses que andaban en bici y no tenían bocina para pedir permiso y pasar entre la gente; Hey ladies, if you come to our bar, free buckets at 10.30, intentaban reclutar los británicos para un bar; Free drinks with this flyer, 2 for 1 all night guys, Ladies night and fire show at Carlito’s, ofrecían acá y allá; I can give you real thai massage, seducían los tailandeses; I gotta feeling, that tonight’s gonna be a good night… I’m coming out of my cage and I’ve been doing just fine… My humps my humps my humps… I’m on tonight because my hips don’t lie…, música, estoy cerca de la playa nocturna. Y a lo lejos, el aro de fuego. Llegué a LohDaLum Bay, acá está la acción.

Como notarán, en Ko Phi Phi (o “PP”) el idioma oficial es el inglés. Nada de español, ¿qué es eso? Mucho sawatdee, mucho khob-kun-Ka (hola y gracias en thai) y demasiado English. Es el precio de ser un destino turístico tan popular, quiérase o no, la autenticidad se pierde y todo pasa a ser para el turista. Así que decidí incursionar en el maravilloso mundo de Couchsurfing.

Para quienes no conocen esta organización, paso a explicar.

Couchsurfing es una comunidad online conformada por casi 2 millones de personas provenientes de 237 países y territorios. ¿De qué se trata? Quien quiera participar tiene que registrarse, abrir una cuenta y escribir su perfil: es importante hablar de uno mismo, contar de dónde viene, qué hace, dónde vive, por dónde viajó, a dónde quiere viajar, cuáles son sus objetivos de vida y estar dispuesto a ofrecer su “couch” (sofá) a los viajeros o su tiempo para llevarlos a conocer su pueblo o ciudad.

Se trata de un intercambio de hospitalidad, de un encuentro de culturas y de personas y no de “una noche de hotel gratis” como muchos puedan pensar.Todas las personas que se alojen en la casa de otro couchsurfer o que se encuentren para tomar un café deben dejar una referencia acerca del otro, para que toda la comunidad pueda tener la seguridad de que la persona es de confianza y de que la experiencia fue positiva.

Me parece que la característica más valiosa de esta comunidad es que permite conocer los lugares a través de los ojos de un local: no es lo mismo dormir en un hotel, comer en un restaurante turístico y hacer un tour que hospedarse en una casa de familia, comer en los mercados o bares locales y salir a caminar con un nativo.

Yo estaba registrada hacia tiempo en esta comunidad pero nunca la había explorado demasiado. Después de pasar varios días como una turista en Tailandia decidí que quería empezar a conocer los lugares desde adentro, así que me dediqué a completar mi perfil y a contactar gente en Malasia (mi próximo destino).

Descubrí que hay personas que fueron hospedadas más de cien veces en decenas de países, hay otros que recibieron a más de 500 viajeros en sus casas, hay algunos que fueron nombrados “embajadores” de su ciudad y en general todas las referencias que leí son extremadamente positivas.

Argentina está número 19 en la lista de países más activos en CS (los top 3 son Estados Unidos, Alemania y Francia) y las ciudades más populares para realizar este intercambio son Londres, París y Berlín.

Así que Couchsurfing, bienvenido a mi viaje. Mi primera experiencia, en el próximo capítulo.

Actualización: después de muchos viajes me decidí a escribir una Guía de Couchsurfing con toda la info recopilada.

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