Les presento “Usted está aquí”, mi nuevo libro, pensado para leer y completar durante un viaje

“Usted está aquí” es un libro para leer y completar: tiene relatos de mis 10 años de viajes por el mundo, así como preguntas, consignas y sugerencias para que vos lo completes mientras viajás. Es una invitación a reconectar con el papel, a dejar de lado las pantallas y a vivir el viaje con todos los sentidos (y emociones). En este post te cuento cómo surgió, cómo lo fui armando y dónde se consigue.

No recuerdo en qué parte de Buenos Aires estábamos —no sé por qué se me viene  a la cabeza Puerto Madero— ni qué día era —inicios de 2017. Recuerdo que estábamos sentadas al aire libre, recuerdo el cielo azul intenso y el brillo del sol rebotando sobre una hoja de mi cuaderno. Recuerdo a mi amiga Estefi diciéndome: “Quiero que hagas un libro donde en cada doble página haya de un lado un relato tuyo y del otro una consigna para completar. Se lo voy a proponer a la editorial”. Recuerdo que me volví a casa pensando: “No puedo esperar para empezar ese proyecto”.

Los journals (o, dicho correctamente, los guided-journals) son libros que empezaron a hacerse conocidos gracias a “Wreck this journal” de Keri Smith. Son libros interactivos, guiados, en los que el autor propone y el lector completa. En general tienen consignas de escritura, dibujo, fotografía, ceatividad y/o preguntas de autoconocimiento. Por eso, cada ejemplar terminado es único y refleja la personalidad e intereses del lector, quien lo llena a su manera. En un journal no existen respuestas correctas o incorrectas.

Descubrí los guided-journals en el 2014, cuando viajé a Liverpool (para saciar mi Beatlemanía), entré a la tienda de un museo y me encontré con lo que llamé un libro-cuaderno titulado “642 things to write about”. Pesaba como medio kilo y tenía las páginas casi en blanco, y en cada una había 1-4 consignas de textos para escribir. Me lo llevé y lo cargué durante meses en mi supuesta mochila minimalista (“los libros no pesan” era mi mantra). A partir de ese momento me volví fan de los journals y empecé a comprar todos los que se me cruzaron en el camino.

Mis dos compañeros de viaje offline por Moscú (2018): mi journal “Mapa subjetivo de viaje” y un cuaderno en blanco

Unos años después, en el 2017, decidí crear “Mapa subjetivo de viaje”, mi primer journal. Lo hice por necesidad: no había encontrado un diario interactivo para usar durante un viaje, y por eso hice el mío, casi a medida. Unos meses después, cuando la editorial en la que trabajaba Estefi aprobó su idea, nos pusimos a trabajar en el que luego sería “Usted está aquí. Un diario para explorar el mundo”. Formamos equipo: Estefi como editora, Vero Gatti como ilustradora y diseñadora y yo como autora de los textos y las consignas.

Lo que más tiempo me llevó (y una de las cosas que más disfruté) fue encontrarle la estructura interna al libro. Sabíamos esto:

  • Queríamos que el libro hiciese un recorrido escrito por mis 10 años de viajes (es decir, que tuviese relatos en primera persona en casi todas sus páginas)
  • Queríamos que cualquier persona se lo pudiese llevar de viaje y completarlo, sin necesidad de irse de viaje durante meses o años (es decir, que tuviese preguntas y propuestas aplicables a cualquier viaje)

Algunos de mis cuadernos de viajes

Una de las primeras cosas que hice fue releer mis cuadernos de viaje. Eso me ayudó a ponerme en el lugar de mi yo del pasado, a recordar qué pensaba y sentía cuando empecé a soñar con viajar, qué miedos tenía, qué preguntas me daban vueltas por la cabeza. Quería descubrir qué de todo lo que había vivido viajando podía pasarle a cualquiera que se fuese de viaje. Pensé en las etapas que atravesé, pensé en las emociones que sentí, en las preguntas, los descubrimientos, las dudas, las desilusiones, las vueltas, los aprendizajes. Pensé mis viajes en verbos, y terminé con esta lista como guía:

Etapa 1: planear / soñar
Etapa 2: llegar / sorprenderse / descubrir
Etapa 3: adaptarse
Etapa 4: preguntarse / desilusionarse / sentir
Etapa 5: aceptar / apropiarse
Etapa 6: volver / aprender

En un viaje, por más corto o largo que fuese, casi siempre había pasado por esas etapas internas. Así que ordené los futuros relatos del libro en torno a ese eje: el viaje interior.

Finalmente, cada capítulo quedó así:

📍La primera parte es puro wanderlust: el deseo de viajar, las ganas de irse a otro lado, los planes, las decisiones, los miedos, las certezas.

📍La segunda parte tiene que ver con las primeras impresiones, la llegada a un lugar desconocido, los sentidos que se activan, el estado de asombro y sorpresa constante.

📍La tercera parte es la adaptación a rutinas ajenas: comer, dormir, transportarse en una cultura distinta, y todas las reflexiones e historias que esas actividades tan cotidianas pueden generar.

📍La cuarta parte es el lado B, las desilusiones, las preguntas, las dudas existenciales, lo que no sale como esperábamos.

📍La quinta parte es cuando aceptamos, cuando nos apropiamos del viaje, nos olvidamos de lo que “deberíamos estar haciendo” y lo vivimos a nuestra manera, siguiendo nuestros deseos personales.

📍Y la sexta parte es el regreso a casa y todos los aprendizajes con los que volvemos.

Este es el mini escritorio en Biarritz en el que escribí este libro

Escribí los textos y pensé las consignas todavía en Biarritz, a lo largo del invierno (dos de mis libros salieron de inviernos vascos), y Vero fue diseñando e ilustrando cada capítulo a medida que se los entregaba (todo desde su interpretación personal, la parte visual fue creada desde cero por ella). El proceso completo (hasta que tuvimos el libro impreso en las manos) duró dos años. Cuando el libro por fin estuvo listo para entrar a imprenta, la editorial argentina que iba a publicarlo entró en crisis y el proyecto se canceló. El plan original era que el libro estuviese disponible en todas las librerías, quioscos de revistas y (tal vez) aeropuertos de Argentina. Con la rescisión del contrato, eso cambió. Finalmente, Vero y yo decidimos publicarlo de manera independiente, al igual que el resto de mis libros.

¿Por qué lo titulamos “Usted está aquí”?

El objetivo de este libro es invitarte a estar presente, a vivir el aquí y ahora de un viaje.

Cuando no viajábamos con tecnología era más fácil (no quedaba otra), pero ahora la hiperconectividad, las transmisiones en vivo y la foto para Instagram pueden hacernos perder el foco de lo importante. Por eso, este libro te invita a desconectarte de la pantalla, a reconectar con los sentidos y a registrar el viaje (y lo que sentís) en papel, solo para vos.

¿Qué diferencias (y similitudes) tiene con “Mapa subjetivo de viaje”?

  • El eje es distinto: “Mapa subjetivo de viaje – Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes” es un journal creativo pensado para completar antes, durante y después de un viaje. El diario te invita a olvidarte de “los imperdibles” y de “lo que hay que hacer” y a viajar a tu ritmo, en torno a tus intereses y gustos personales. “Usted está aquí. Un diario para explorar el mundo” hace un recorrido por las distintas etapas y momentos internos de un viaje: los planes, los miedos, el asombro, la adaptación, las desilusiones, las preguntas, los aprendizajes, y te invita a ponerte en contacto con todo lo que te pasa por dentro mientras viajás. Si “Mapa subjetivo de viaje” invita a mirar hacia afuera, “Usted está aquí” invita a mirar hacia adentro.
  • Cantidad de consignas: “Mapa subjetivo de viaje” tiene más de más de 70 consignas creativas para completar con textos, imágenes o collages, y el objetivo es que cada uno lo llene de sus historias personales, emociones y momentos vividos. “Usted está aquí” tiene más de 50 consignas para completar, la mayoría de ellas para escribir.
  • El contenido es distinto: “Mapa subjetivo de viaje” no tiene relatos, yo casi no aparezco como autora (excepto en el Manifiesto inicial). “Usted está aquí”, en cambio, tiene relatos escritos en primera persona por mí a lo largo de casi todas sus páginas.
  • Las ilustraciones son distintas: “Mapa subjetivo de viaje” está ilustrado por María Luque, y “Usted está aquí” por Vero Gatti.
  • El objetivo es el mismo: ambos diarios nacieron como un homenaje a los viajes offline, slow y de autoconocimiento. Mi objetivo es que cada persona llene las consignas como quiera, cree un ejemplar único de cada diario y, a la vez, se conozca mejor, reconecte con el papel y explore el mundo (o su ciudad) desde su óptica personal.

Son diarios que se complementan. :)

[box type=star] Ficha técnica:

Título: Usted está aquí – Un diario para explorar el mundo
Escrito por: Aniko Villalba
Ilustrado y diseñado por: Vero Gatti
Editado por: Estefanía Romano
Género: libro de relatos ilustrado, con consignas para completar por el lector
Temáticas: viajes, creatividad, slow travel, mindfulness
Páginas: 168
Interior: dos colores (amarillo y negro), papel de 120 gr.
Tamaño: 20 x 14 cm
ISBN: 9789878609829
País: Argentina, 2019, publicación independiente

En todas sus páginas hay:
📍relatos de los 10 años de viajes de Aniko Villalba
📍ilustraciones de Vero Gatti
📍consignas y ejercicios creativos para que el lector complete durante su viaje

Por ser una edición independiente y autogestionada por las autoras, el libro NO se consigue en librerías, solamente a través de estos puntos de venta:

Pedilo ahora desde acá. Y, si querés compartir alguna de sus páginas o seguir su recorrido en redes, podés usar el hashtag #UstedEstaAquiDiario

Mini vacaciones en Lausanne en 3 actos

Acto 1: por qué de repente aparecí en Suiza

Hace cuatro meses me recetaron vacaciones.

Fue un lunes a la mañana. Me había sentado frente a la computadora para empezar a trabajar en mis múltiples proyectos (#WorkaholicEnRecuperación) y mi cuerpo no me dejó seguir. Me sentí tan abrumada por todo lo que tenía que hacer que no pude parar de llorar durante todo el día. A eso se le sumó una migraña que se activaba cada vez que miraba una pantalla, palpitaciones, insomnio, dificultad para tomar decisiones, olvidos constantes. Diagnóstico: burnout. Cura: vacaciones, entre muchas otras cosas (meditación, mindfulness, pantalla cero, valeriana, magnesio, naturaleza y terapia).

Durante los meses siguientes me dediqué a bajar el nivel de estrés: salí a caminar por los parques de Ámsterdam y a mirar a los patos, casi no usé el teléfono ni la compu, hice mucho journaling y scrapbooking, me leí como veinte libros, empecé a nadar cuatro veces por semana y nos fuimos unos días a Biarritz a ver amigos y el mar. Recién después de 10 años de viajes entendí la importancia de tomarse vacaciones, de irse de viaje solo con el fin de descansar y desconectar.

Casi en la etapa final de este proceso (la recuperación es larga, y todavía necesito controlarme para no pasarme con las autoexigencias) me llegó una invitación para ir de viaje de prensa a Lausanne, en Suiza, por tres días. Lausanne (o Lausana) es la cuarta ciudad más poblada de Suiza, después de Zurich, Ginebra y Basilea. Tiene 139.000 habitantes, y forma parte de Romandía, la Suiza francesa. Sé que suena lindo, pero irse de viaje de prensa equivale a irse de viaje de trabajo. Sin embargo, cuando vi en el programa que haríamos stand-up paddle, nadaríamos en el lago y aprenderíamos a hacer animalitos de chocolate dije sí. Eso para mí son vacaciones. Y así como siempre digo que cada uno tiene que viajar a su medida, también creo que cada cual tiene que armarse sus vacaciones en torno a lo que le gusta y le interesa.

Antes de planear un viaje (sea de descanso o de exploración), puede ser una buena idea hacer una lista de palabras que te gustaría que estén presentes durante esos días. Podés pensar en verbos o sensaciones que te gustaría hacer/experimentar en ese viaje. Las mías en general son: nadar, caminar, leer, dormir, música, cuaderno, comer, bosque. En la escapada a Lausanne tuve un poco de todo.

La vista del lago Lemán desde el avión

Las calles empinadas del centro de Lausanne

Caminata por los viñedos de Grandvaux

Stand-up paddle en el lago

Acto 2: #myLausanne (o cómo mi viaje estuvo hecho de mini sensaciones subjetivas)

En un viaje de prensa, como en un viaje organizado, hay un itinerario que seguir. Los días suelen estar cargados de actividades, paisajes, datos, comidas. Pero al final, cuando el viaje pasa y decanta, lo que queda son sensaciones. Igual que meses después de leer un buen libro: no recordamos tanto la trama ni cada detalle de los personajes, sino cómo nos sentimos mientras lo leíamos. Estas son algunas de las sensaciones que me quedan de esos tres días en Lausanne, sin un orden particular.

▸ El lago es como la Mona Lisa. Salí un viernes a la mañana de Ámsterdam, una hora y diez de vuelo, equipaje de mano. Unos minutos antes de aterrizar en Ginebra, vi el lago desde arriba. Me apoyé contra el respaldo de adelante para poder ver el paisaje a través del hueco que dejaba mi vecino de asiento. “La vista linda es del otro lado”, me dijo antes de volver a ponerse los auriculares, como si ese campo emparchado de verde y amarillo frente al agua turquesa no fuese especial. El lago Lemán es el más grande de Europa occidental, y está compartido por Suiza y Francia. Durante los tres días de viaje por Lausanne, siempre estuvo presente: como una franja en el horizonte, como vista desde un ventanal, como sostén de nuestras tablas de stand-up paddle. El lago Lemán es como la Mona Lisa : siempre te está mirando, por más que cambies de ángulo.

▸ Fondo de pantalla a gran escala. En el grupo éramos ocho: seis bloggers/instagrammers (Marion y Julienne de Francia, Marco de Italia, Julia de Alemania, Roselinde de Holanda, y yo), Aurore (de We like travel, quien nos invitó) y Sébastien (de Lausanne Tourisme). Compartimos tres días, brunchs, almuerzos, cenas, actividades y caminatas en grupo. El segundo día de viaje nos fuimos en tren a Grandvaux, a 10 minutos del centro de Lausanne, para caminar por los viñedos a orillas del lago y probar los vinos locales. Mientras bordeamos el lago desde arriba, yo solo pensaba en una cosa: acá es que sacaron las fotos de los salvapantallas que se usaban en las computadoras de los noventa. Prolijo como paisaje suizo. “¿Y se puede cruzar nadando?”, pregunté mientras miraba las montañas de Evián, del lado de enfrente. “Son 14 kilómetros pero es más peligroso de lo que parece, tiene mucha corriente”. El lago, mientras tanto, estaba inmóvil como una alfombra.

▸ Cada huequito lleva maracuyá. El maestro chocolatero agarró un molde rectangular con 24 huequitos ordenados en filas de 3 x 8. Cada huequito parecía hecho a medida del caparazón de un caracol. Puso el molde debajo de una canilla de chocolate negro (dijo que ese chocolate es más sano que el blanco o el chocolate con leche) hasta que se llenó, lo dio vuelta para que solo quedara una capa fina de chocolate pegada al interior de cada hueco y sacó el excedente con una espátula, como cuando te sirven una cerveza tirada y le cortan la espuma con un cuchillo. Puso el molde en el freezer por cinco minutos y lo volvió a traer para que rellenásemos cada futuro bombón con una mezcla de caramel y maracuyá. Todo el proceso me pareció uno de esos videos de ASMR para relajar el cerebro.

 

▸ Primero me temblaron las piernas. Dije que sí al viaje, más que nada, porque quería volver a hacer stand-up paddle. Lo probé en Sicilia, el año pasado, cuando fui a dictar el taller de escritura al barco, y recuerdo que pasé cada mañana dando vueltas en círculo alrededor del catamarán. Hace unos años intenté con el surf tradicional, pero no es lo mío. En el stand-up paddle encontré una combinación muy zen de estar en el agua, remar, hacer equilibrio y dejarme llevar. Esta vez me tocó hacerlo en un lago. Cuando me dieron la tabla me alejé de la costa sentada, remando como si estuviese en una canoa aplastada. Cuando me paré me temblaron los cuádriceps. Es un tembleque muy específico el del stand-up paddle, hace que la cadera baile un meneaito involuntario que puede hacerte caer al agua. Cuando por fin me estabilicé y empecé a remar pensé en comprarme uno para usar en los canales de Ámsterdam.

▸ El viento a vapor. Nunca me gustó el aire acondicionado. Tampoco soy muy fan de los ventiladores. Me gusta el viento natural, el que entra por la ventana de cualquier vehículo en movimiento, o el que me da en la cara cuando ando en bici o navego (en Ámsterdam tengo viento de sobra, a medida). Después de pasear por los viñedos y hacer stand-up paddle, volvimos de Cully —otra localidad frente al lago— a Lausanne en un barco a vapor. Nos instalamos en el segundo piso, cerca de la proa, y nos dejamos llevar mientras los pueblitos de las montañas se alejaban por los costados y el viento nos despeinaba. El capitán tocó el claxon cada vez que dejamos un puerto y todos nos sobresaltamos un poco (ese sonido nunca mejor descripto por David Foster Wallace en su ensayo acerca de los cruceros de lujo: “una flatulencia de los dioses”).

▸ El mapa engañoso de la ciudad-escalera. Lausanne está asentada sobre una pendiente y atravesada por cuatro ríos. Su centro está construido sobre tres colinas conectadas por puentes, y la ciudad tiene un desnivel de 500 metros. Eso quiere decir que un recorrido que parece directo puede convertirse en un trekking en dirección vertical. Sin embargo, caminar sigue siendo una buena opción —o subirse al metro que se maneja solo—. Lo bueno de las ciudades en escalera son las vistas: cada pocos metros hay una panorámica con vista al lago.

Barco a vapor

▸ Mientras mi libro se va a imprenta me tomo una cerveza en la terraza de moda. Suena mucho más glamoroso de lo que en realidad fue. No es que me fui a la terraza más cool a festejar, sino que el horario argentino de la entrega a imprenta del pdf de “Usted está aquí” (mi libro nuevo, hecho en conjunto con Vero Gatti) coincidió justo con el horario suizo en el que el itinerario marcaba un apero en el bar de moda de Lausanne. Dos años de trabajo para que justo todo se superponga así. Mientras traían otra ronda de IPAs y Aperol, tuve que revisar en la pantalla del teléfono que todo estuviese perfectísimo para dar el ok final. Ya había revisado todo cientoveinte veces antes, pero hay algo de ir a imprenta que me hace creer que tengo que mirar todo otra vez de cero.

▸ La flor falsa del día. Las flores son la brillantina de la naturaleza (?). Cada espacio público de Lausanne tiene alguna flor y olerlas hace bien. Resulta que yo con las flores no soy muy culta: me encantan pero no me sé los nombres de todas y muchas veces fui engañada (de lejos) por flores de plástico. Por eso cuando le pregunté al barman en uno de los puestos callejeros del Festival de la Cité (un festival callejero gratuito de música y comida) qué flor era esa que tenía en la barra y me dijo “la flor falsa del día” primero le creí, después me desilusioné y después supe que mentía. Hice un análisis minucioso del tallo, que no parecía falso, y de los pétalos, que no parecían de plástico, y llegué a la conclusión de que una parte del ramo era falsa y la otra era real.

▸ En unos minutos dejás de sentir el olor a queso. Cuando entramos al restaurante pensé que no iba a aguantar. Me preguntaron si había comido fondue antes y dije que no, creo que hubiese recordado ese olor (por fin entendí por qué le decimos “olor a queso” al olor de los pies). Es parte de la experiencia, me explicaron: “Lo vas a dejar de sentir en unos minutos, pero se te va a quedar impregnado en el pelo”. La fondue es una comida típica de Suiza, nació en el norte de los Alpes, cerca de la frontera franco-suizo-italiana. Al parecer los pastores y montañeros tenían la costumbre de calentar los pedazos de queso viejo para ablandarlos y comer algo caliente. La fondue de queso (porque también hay de chocolate) se prepara derritiendo una mezcla de quesos como el gruyere, comté, emmental y tomme de Savoie en vino blanco aromatizado. Para comerla, se hunden pedazos de pan sostenidos por un pincho de dos o tres puntas y se remueve formando un ocho para que la fusión de quesos no se corte (algo que yo no sabía, ya que moví el pincho formando cincos, sietes y noventa y nueves).

Las supuestas flores falsas

▸ Todavía me cuesta el francés. Hace cinco años que convivo con un francés (L) y todavía no puedo hablar bien su idioma. Lo leo, lo escucho, lo entiendo, pero cuando tengo que decir algo me trabo, no sé qué letras se pronuncian y cuáles no, me cuesta el sonido nasal y la erre gutural, siento que todos me van a burlar y me doy un poco por vencida antes de tiempo. En Francia soy la mudita (por eso le caigo tan bien a mi suegra, y eso me exime de la obligación de tener que hacer small talk). En Lausanne también hablan francés, pero las veces que les hablé inglés me respondieron sin problema. En un restaurante me hice la canchera y cuando me preguntaron si quería el menú en francés o en inglés dije en français y cuando llegó no entendí nada. Creo que era el equivalente suizo de esos lugares que sirven “deconstrucción de maracuyá con finas lonjas arboreas y pétalos aromatizados con salsa salvaje a base de aceto añejo y simulación de oliva”.

▸ Yo también me emocioné. El domingo, último día del viaje, fuimos a visitar el Museo Olímpico. La verdad —prejuicios míos— no tenía demasiadas expectativas. La muestra hace un recorrido por la historia de los Juegos Olímpicos: hay artefactos, la colección de antorchas, ropa, fotos, juegos. Hay varias salas con videos: en una muestran una compilación de los shows de apertura de distintos JJOO, y no sé si es porque la pantalla es gigante y la música muy emotiva, pero fue difícil no lagrimear al ver al mundo unido gracias al deporte. (Más tarde, yendo al aeropuerto, una de mis compañeras de viaje me confesó que ella también se emocionó con ese video, pero como estaba oscuro disimuló porque creyó que era la única).

▸ El escalón con moho. La última actividad del viaje fue ir a un bar frente al lago a tomar sol y nadar. Caminé descalza por el asfalto hasta el muelle, bajé por una escalera de metal, patinosa por el moho, me puse las antiparras (goggles) y me dejé caer al agua. Estaba a 22 grados: un microsegundo de impacto frío, después maridaje perfecto con los más de 30 grados del exterior. Nadé paralelo a la costa, esquivando colchonetas inflables. No se veía el fondo, solo unas algas de tres o cuatro metros que parecían lianas invertidas. Sin querer tragué agua y creo que me sorprendió que fuera dulce. El lago Lemán parece un mar. En el avión de vuelta le pedí consejos a la blogger holandesa acerca de lugares en los que nadar en aguas abiertas en Ámsterdam (una semana después se me dio: hubo ola de calor y me tiré al río en medio de la ciudad).

▸ Paraíso para los introvertidos. Leí que Lausanne (¿y Suiza, tal vez?) es un paraíso para los introvertidos, ya que hay muchas actividades para hacer en la naturaleza y en silencio. Si llegan a ir y se suben a un tren, no se pongan a leer ni se distraigan. Miren por la ventana. No se pierdan los paisajes. Me fui con un libro en la mochila (“Pájaros en la boca”, de Samanta Schweblin), con el plan de terminarlo en los transportes, y ni lo toqué.

 

Acto 3: info útil para tu viaje a Lausanne

Lausanne es un buen lugar para visitar si buscan vida al aire libre (el lago en verano me pareció un gran plan), buena gastronomía y vinos, una ciudad caminable y muchos pueblos cerca para visitar. Si van en verano, tiene el plus de poder disfrutar del Festival de la Cité, que es gratuito. Les dejo algunos datos útiles, basados en nuestro viaje de tres días por Lausanne.

  • Dormimos en: Hotel des Voyageurs, un hotel muy bien ubicado en el centro y con un buffet de desayuno muy completo.
  • Para movernos dentro de Lausanne usamos la Lausanne Transport Card (provista por el hotel). Con la tarjeta podés usar todos los medios de transporte público de manera gratuita. La solicitás al hacer tu reserva de hotel.
  • Para movernos de una ciudad a otra usamos el Swiss Travel Pass, un pase ilimitado y todo en uno que te permite viajar en tren, barco y buses en más de 90 ciudades y pueblos de Suiza y te da acceso gratuito a más de 500 museos.
  • La moneda es el franco suizo (CHF), que vale casi igual que el euro. Y sí, ¡Lausanne es caro! Suiza es un país caro en general, más que el resto de Europa. Si vas con poco presupuesto, podés buscar alternativas como hacer Couchsurfing, ir a meetups y hacer actividades gratuitas.

Actividades que hicimos durante nuestro viaje y que recomiendo:

    • Visitar la chocolatería Durig y hacer un taller de animalitos de chocolate.
    • Tomar un aperitivo al atardecer en The Great Escape, la terraza más popular de la ciudad (con muy buenas vistas).
    • Probar la fondue de queso en Pinte Besson, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad.
    • Pasear por el mercado matutino de frutas, verduras y flores de la Place de la Rippone (todos los miércoles y sábados del año)
    • Tomar el tren a Grandvaux y caminar por los viñedos de Lavaux hasta Cully, con vista al lago. Si te gusta el vino, hacer un wine tasting en la terraza de Domaine de la Croix Duplex.
    • Hacer stand-up paddle en el lago Lemán (podés alquilarlo en AlohaSup).
    • Tomar el barco de vapor de Cully a Lausanne (más info: http://www.cgn.ch)
    • Disfrutar el Festival de la Cité (si vas en julio), un festival callejero gratuito con música, espectáculos, teatro y comida.
    • Visitar el Museo Olímpico, dedicado a la historia de los Juegos Olímpicos (¡muy recomendado!).
    • Brunch en The Lacustre, con vista al lago.
    • Tomar algo, sentarte al sol o nadar en el lago a la altura de La Jetee de la Compagnie.

Mucha más información de Lausanne y todas sus actividades en www.lausanne-tourisme.ch

¡Muchas gracias Lausanne Tourisme y We Live Travel por la invitación!

Viajar en tren por Europa: datos útiles y consejos

Una de las cosas que más me gusta de vivir en/viajar por Europa es que se puede llegar en tren a todas partes.

Es el medio de transporte más extendido y, personalmente, mi preferido para recorrer el continente.

En este post responderé las consultas más frecuentes que me llegan acerca de viajar en tren por Europa: ¿dónde compro los boletos? ¿me conviene sacar un pase? ¿cómo consulto los horarios? ¿puedo cruzar de un país a otro? ¿cómo son los trenes nocturnos? 

Estación en Serbia

* ¿Por qué elegir el tren?

El tren es el medio de transporte más extendido en Europa, aunque no el más barato.

También hay aerolíneas de bajo costo, buses, carpooling y la opción de alquilar un coche, viajar en bici o hacer autostop.

En mi caso, como no manejo descarto la opción del coche (aunque sí hago mucho carpooling, como pasajera), y como no me gusta volar, en lo posible intento no tomarme aviones.

Los trenes, para mí son la opción más cómoda: salen del centro de la ciudad, llegan al centro de la ciudad siguiente, son puntuales, tienen mucha frecuencia (salen varias veces por día), son amplios y confortables y van por paisajes por los que ningún otro medio de transporte terrestre pasa.

Viajar en tren tiene una magia especial.

Túnel en San Pol de Mar (Cataluña)

* Cómo consultar los horarios y precios de los trenes europeos

Si bien toda Europa está unida por una red de trenes muy extensa (imaginen un gran sistema de metro, como el de cualquier capital, pero con paradas en toda Europa), cada país tiene su empresa ferroviaria y, por lo tanto, su página web con horarios y tarifas. 

-> Si querés viajar en tren dentro de un mismo país, sin cruzar ninguna frontera, te recomiendo entrar directamente a la web de la empresa nacional de trenes (SNCF en Francia, Renfe en España, DB en Alemania, Trenitalia en Italia, etc).

Si no sabés cuál es, Google te dará la respuesta.

Casi todas las webs tienen una versión en inglés, así que es fácil navegarlas y consultar los horarios.

-> Si querés viajar en tren de un país a otro (siempre dentro de Europa), te recomiendo hacer la búsqueda del trayecto en alguna app como GoEuro o Trainline (esas son las dos que uso siempre: Trainline solo te muestra trayectos en tren, mientras que GoEuro te compara cuánto cuesta hacer el trayecto en tren, avión y bus), o en la web de la empresa de trenes del país de salida. 

* Dónde, cuándo y cómo conviene comprar los pasajes de tren

Algunos pasajes de tren (sobre todo los de alta velocidad y los que unen capitales o grandes ciudades) suelen subir de precio cuando se acerca la fecha de salida, hay otros (los trenes locales y los que unen ciudades cercanas) que mantienen siempre el mismo precio. Si vas a viajar de capital en capital, lo mejor es que compres el pasaje con algunas semanas de anticipación para conseguir el mejor precio.

Hay dos maneras de comprar los pasajes:

– A través de la web: en mi experiencia, cualquier pasaje de tren europeo se puede comprar online. Es lo más rápido y cómodo. En general se puede pagar con tarjeta o PayPal. Yo suelo comprar a través de las webs de trenes de cada país, o sino a través de las apps que les mencioné antes.

– En la estación: también se puede ir a la estación y comprar el pasaje en la ventanilla o, en algunos casos, a través de máquinas. En Rusia, por ejemplo, terminé comprando algunos pasajes en las estaciones porque la web de trenes me rebotaba la tarjeta de crédito.

-> ¿Hace falta imprimir el pasaje si lo compro online? En mi experiencia, no. Si los comprás a través de las apps (muchas empresas de trenes europeas tienen su propia app también), se te genera un boleto electrónico con un código QR para que le muestres al controlador desde la pantalla de tu teléfono. El único pasaje que tuve que imprimir de manera obligatoria fue el del tren París – Moscú, pero lo hice un rato antes de que saliera el tren, a través de las máquinas de la estación.

* Cómo llegar a la estación

Lo bueno de viajar en tren es que las estaciones suelen estar en el centro de las ciudades y son fácilmente accesibles en metro, bus o a pie. No hace falta viajar una hora como para ir a un aeropuerto (a menos que estés en las afueras de la ciudad, aunque en general nunca se tarda tanto). Si viajás con poco equipaje, podés ir en transporte público. Si vas muy cargado, tal vez un taxi sea la mejor opción (aunque puede que ese taxi te cueste más caro que el viaje en tren!).

No está de más decirlo: hay ciudades que tienen varias estaciones de tren (por ejemplo, París) así que siempre fijate bien de cuál sale tu tren. A veces puede pasar que tengas que hacer trasbordo de una estación a otra (si es así, estará indicado en tu boleto, el tiempo de viaje entre estaciones estará contemplado en tu pasaje y tendrás, por ejemplo, una hora y media para ir de una estación a otra, lo cual suele ser suficiente).

Estación en Budapest

* Cómo encontrar tu tren en la estación

En las estaciones de tren hay pantallas que indican las salidas y llegadas. Ahí podrás ver desde qué andén sale tu tren y si está demorado (lo reconocés por el horario y el número de tren). Las estaciones de los pueblos tienen de dos a seis andenes, las estaciones de las ciudades grandes pueden tener entre diez y veinte andenes.

Si tenés un asiento y vagón asignado en tu boleto, respetalo. (Me pasó una vez de subirme al vagón incorrecto, por llegar apurada, y enterarme en mitad del viaje que en la siguiente estación el tren se separaba y una parte se iba a un lado y la otra a otro, por eso es importante subirte al vagón que corresponde).

* Los trenes europeos son muy puntuales

Los trenes europeos salen en el minuto exacto (a menos que haya una demora por alguna razón climática). Te recomiendo llegar a la estación unos 15-20 minutos antes, por cualquier cosa (para subirse a algunos trenes hay que pasar por seguridad y si hay mucha gente podés perderlo). Tené en cuenta que hay trenes que son larguísimos y, si tu vagón es, por ejemplo, el 18, vas a tener que caminar bastante para llegar al final del andén (me pasó varias veces de terminar corriendo para no perder el tren).

Las paradas entre una ciudad y otra no suelen durar más de unos minutos. Si tomás el tren en la primera estación, en general podés subirte unos 10 minutos antes de que salga. Si te subís en alguna estación intermedia, asegurate de estar parado en el andén correcto unos minutos antes de que llegue.

* Al subirte al tren: validar el pasaje, tener el pase a mano o comprar un boleto adentro

  • Si estás viajando con un pase (abajo hablo más acerca de los pases), tendrás que anotar la fecha y trayecto en el espacio dispuestos para eso y tener a mano tu pasaporte para mostrarle ambas cosas al controlador cuando pase por tu asiento.
  • Si acabás de comprar el boleto en la estación y lo tenés impreso, puede que tengas que validarlo antes de subir (en Francia, por ejemplo, siempre hay que validar los boletos en papel). Cuando es así, verás unas máquinas cerca de los andenes que sirven para eso. Si no las encontrás, no te preocupes, cuando el controlador pase por tu asiento tenés una segunda oportunidad para hacer la validación.
  • Si te subiste sin boleto porque, supongamos, llegaste con el tiempo justo y no pudiste comprarlo, lo mejor es que busques al controlador, le expliques la situación y se lo compres a él en el momento. Ojo que puede que solo acepten efectivo y que sea más caro que en la estación. Si el controlador pasa por tu asiento y no tenés tu boleto, te cobrará una multa.

* Otras cuestiones:

  • Comer en el tren. Si vas a hacer un viaje de varias horas, pasá por el supermercado más cercano a la estación y hacete un sandwich o llevate algo preparado para comer en el viaje. Muchos trenes tienen un vagón comedor que te puede salvar del apuro, aunque son bastante caros. 
  • ¿Hay baños? Todos (o casi todos) los trenes tienen baños en su interior. Hasta ahora no me subí a uno que no tuviera, pero puede que exista.
  • El equipaje. A diferencia del avión, en el tren no hace falta que despaches el equipaje. Podés llevar todo con vos y no tenés que pagar extra. Hay espacio para guardar las cosas debajo de los asientos, arriba o en el fondo del vagón.
  • Los trenes nocturnos. Dormir en el tren es una buena opción para ahorrar el costo de una noche de alojamiento (y despertarte en una ciudad nueva!). Los trenes nocturnos se reservan con anticipación y tienen varias opciones de cabinas: sleepers (cabinas privadas con 2 o 4 camas), couchettes (cabinas compartidas, con hasta seis camas) o asientos reclinables. En mi experiencia, son cómodos y se duerme bien.
  • Los cruces de frontera. Si estás viajando dentro del Espacio Schengen, lo más probable es que cruces la frontera y ni te enteres. Si salís de Schengen, entonces los oficiales de migraciones de cada país se subirán al tren para sellarte la salida y la entrada en el pasaporte.

* ¿Conviene comprar un pase de tren? 

Los pases de tren de Eurail pueden ser una buena opción para quienes quieran recorrer gran parte de Europa en tren en pocos días. El pase es un billete prepago que te permite hacer todos los viajes en tren que quieras dentro de un período de tiempo y en determinados países. Se compra antes de viajar y existen varios tipos, como por ejemplo:

– el pase global de 15 días continuos te permite subirte a todos los trenes que quieras durante 15 días seguidos
– el pase global de 15 días dentro de dos meses te permite viajar de manera ilimitada durante 15 días no consecutivos, distribuidos en el rango de dos meses

Es importante que sepas que hay ciertos trayectos que requieren una reserva obligatoria aunque tengas el pase, como por ejemplo los trenes nocturnos, los trenes de alta velocidad y los trenes internacionales. Esta reserva se puede hacer desde noventa días antes por internet, o hasta unas horas antes en la estación de tren. El monto extra a pagar depende del recorrido. Sin embargo, si no tenés apuro, podés evitar el tren de alta velocidad, tomar los trenes locales y olvidarte de las reservas.

Entonces, ¿conviene o no conviene comprarlo? En mi experiencia, si querés recorrer varios países en pocos días, el pase puede ser una buena opción. Pero si tenés planeado viajar por un solo país, quedarte bastante tiempo en cada lugar y hacer tramos cortos, seguramente te convenga comprar los boletos por separado. Para estar seguro, lo mejor es que hagas cuentas: buscá los precios de los tramos que tenés pensado hacer y compará el total con el costo del pase.

(Si alguien usó uno de estos pases, por favor comparta su experiencia en los comentarios!)

Bélgica desde la ventana

* ¿Los trenes son caros? ¿No me conviene tomar un vuelo low-cost o ir en bus?

Moverse en Europa de por sí es caro y los trenes no suelen ser la opción más barata, aunque los precios varían según el país. Yo me moví bastante por Francia y, por ejemplo, llegué a conseguir el tramo Biarritz – París (4 horas en el tren de alta velocidad) por €40 (suele costar entre 60 y 100) y muchos trayectos de 10/15 minutos me costaron unos €5. En general lo más caro es ir de una capital a otra en tren

Si querés gastar lo menos posible, lo mejor será que compares las opciones disponibles para hacer ese trayecto y que tomes la decisión en base a tus preferencias: 

  • Carpooling. Compartir coche (a través de webs como Blablacar) suele ser la opción más barata para moverse por Europa. Yo lo uso mucho. La contra es que a veces no es fácil conseguir el viaje que estás buscando, ya que en ciertos lugares no hay tanta oferta.
  • Vuelos low-cost. Europa tiene muchas aerolíneas low cost que ofrecen vuelos muy baratos (una vez volamos de Biarritz, Francia, a Londres por €10 ida y vuelta). Sin embargo, las low-cost suelen tener costos ocultos que aumentan el precio final del pasaje: el transporte desde y hasta el aeropuerto (en general los aeropuertos de los vuelos de bajo costo están afuera de la ciudad —o en otra ciudad— y no se puede llegar en metro, hay que ir en bus o taxi), el costo por despachar el equipaje (esto puede costar unos 25 euros más), la comida (que no está incluida) y el tiempo que lleva tomar un vuelo (hay que estar una hora y media antes aprox, más el tiempo que lleva llegar al aeropuerto). A veces termina costando lo mismo ir en tren, y a veces sigue siendo más barato volar, así que es cuestión de comparar en cada caso. Para distancias muy largas, el avión suele ser más económico.
  • Buses. Hay varias empresas de bus que recorren Europa y que unen capitales o ciudades dentro del mismo país. En términos generales, son más baratos que los trenes, aunque pueden tardar dos o tres veces más, tienen menos frecuencia y no son tan cómodos. Si viajás con poco presupuesto y no tenés apuro, quizá sea una mejor opción.

Estas son algunas de las historias que escribí acerca de mis viajes en tren por Europa:


¿Cuál es su medio de transporte preferido para recorrer Europa? ¿Hicieron algún trayecto en tren en particular que les haya encantado? ¿Hay alguno que no recomendarían? ¿Usaron el pase de Eurail?

Diario de viaje offline: de París a Moscú en tren

Cuando me despierto de la siesta es de noche. Veo el techo cerca de mi nariz, como si mi cama estuviese levitando, y por unos segundos no me acuerdo dónde estoy. Vuelvo a ser consciente del movimiento y de los sonidos y me doy cuenta de que las dos señoras rusas no pararon de hablar desde que me dormí, fueron la voz en off de mi siesta. Me gusta escucharlas sin entender. El ruso me suena, de ratos, parecido al portugués en su manera suave de pronunciar las cosas. A veces capto alguna de las palabras que dicen, como Estambul, Anna Frank, baguette, frenchis y algo que suena como hokus pokus. El resto del tiempo es como escuchar una canción que no conozco pero que por algún motivo me reconforta. Read More

Cómo hacer un diario de viajes: ideas y herramientas para documentar tus viajes en papel

[box style=star] ⭐ NOVEDAD 2020: si te gusta llenar cuadernos, te invito a conocer mi Taller online de journaling: “Documentar la vida cotidiana”. Está grabado en video y tiene un montón de ejercicios para que llenes cuadernos, diarios y libretas con fragmentos de tu vida cotidiana (y de tus viajes). Usá el código de cupón VIAJANDOPORAHI al hacer el checkout para tener un 15% de descuento por ser lector de este blog.[/box]

* La importancia del cuaderno de viaje

Hace unos años visité a una de mis mejores amigas en un pueblo costero al sur de Lima. En aquel entonces, su hijo Nicolás tenía 5 años. Íbamos juntos a la playa casi todos los días y nos quedábamos construyendo castillos de arena, tratando de ver delfines a lo lejos y jugando frente al mar. Nico llevaba sus baldes y palitas para la arena y yo, mi libreta verde y una lapicera.

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De América a Europa en barco: información útil para cruzar en transatlántico

En mayo del 2017 crucé de Puerto Limón (Costa Rica) a Lisboa (Portugal) en el Monarch, un crucero transatlántico de la empresa española Pullmantur. Relaté el viaje en tiempo real por Instagram (pueden leerlo acá). En este post responderé a las preguntas más frecuentes que me hicieron con respecto a este cruce (me enfocaré en los servicios de Pullmantur, ya que tuve la experiencia con ellos, aunque no es la única empresa que hace este recorrido).

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Pensamientos en el tren de Barcelona a Lyon

“I have seldom heard a train go by and not wished I was on it.”
Paul Theroux

Foto: Renfe-SNCF

Cuando el tren sale de la estación Barcelona Sants todavía es de noche. No me hace falta mirar el reloj: sé que son las 7:20 AM en punto. Los trenes europeos —al igual que los japoneses— arrancan en el minuto exacto. Me acomodo en el asiento y miro por la ventana como quien llega al cine temprano: con ganas de que empiece la película. Por el altoparlante nos dan la bienvenida y nos desean buen viaje en español. En unos kilómetros la misma voz pasará al francés con una facilidad que envidio. Estos trenes internacionales son como las radios de frontera en los que los idiomas vecinos se encuentran, se superponen y se separan. Mientras el tren aumenta la velocidad, Barcelona queda atrás, se va haciendo chiquita y se convierte en un punto en el mapa, en la estación inicial de este “viaje en metro” de un país a otro.

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Les presento mi primer journal: “Mapa subjetivo de viaje”, un diario para que ustedes completen durante sus viajes

¡Por fin! Estaba ansiosa por mostrárselos. Lo empecé a idear hace casi un año, en Bali, y después de mucho trabajo ya está listo. Con ustedes, mi primer journal creativo: Mapa subjetivo de viaje – Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes”.

¿Qué es un journal?

Sé que para muchos la palabra “journal” es una incógnita, así que les cuento de qué se trata. En inglés, journal significa “diario”, y se puede usar para referirse a un cuaderno en blanco o a un libro/cuaderno interactivo con consignas creativas para que el lector complete (como estos, por ejemplo: “Lista de journals para disparar la creatividad” y estos: “Journals para llevarse de viaje”). Los más conocidos en español son los de Keri Smith (autora de “Destroza este diario”), “Esto no es solo un diario” de Adam JK y la colección “642 cosas para escribir” de Chronicle Books. Yo soy muy pero muy fan de este género, y después de comprarlos y completarlos durante tres años decidí empezar a crearlos.

Mapa subjetivo de viaje es un diario interactivo con consignas y disparadores creativos, pensado para que te lo lleves de viaje y lo completes antes, durante y después de tu recorrido. ¿Por qué se llama “mapa subjetivo”? Porque así como yo una vez construí mi Mapa subjetivo de Biarritz, ahora les propongo a ustedes que llenen este diario de experiencias, historias, sensaciones y pensamientos y que llenen los mapas de cada lugar de significados personales y únicos.

¿Cómo se usa?

  1. Viajá. Cerca, lejos, por unos días, sin fecha de vuelta, a un lugar nuevo o a uno que conozcas de memoria. El destino es lo de menos. 
  2. Documentá: escribí, dibujá o inventá técnicas nuevas de documentación para llenar sus páginas. Las consignas son solo sugerencias, si alguna no te inspira, inventate otra. No hace falta que seas escritor ni dibujante ni fotógrafo, solo que tengas muchas ganas de dejar un registro visual y/o escrito de tus viajes.

 

Ejemplo de una doble página

 

Mapa subjetivo de viaje está dividido en 4 partes:

  1. El plan (mapa imaginario) -> con consignas y disparadores para que dejes por escrito todo lo que te pasa antes de salir de viaje
  2. El viaje (mapa de exploraciones) -> para registrar todo lo que vivís, pensás y sentís durante tu recorrido
  3. La vuelta (mapa de emociones) -> para seguir documentando una vez que volviste a tu casa
  4. Notas y recortes -> espacio vacío para que lo llenes de boletos, papeles, anotaciones, dibujos o lo que vos quieras guardar

Carátula de la parte 2

Este es su Manifiesto:

Y estas son algunas páginas del interior (que es a todo color! – hacé click para agrandar):

 

Las ilustraciones son de María Luque, una artista argentina que admiro mucho y que supo capturar desde el principio el espíritu del libro. ¡Gracias, María!

Gracias también a Vero Gatti, que me asesoró mucho en el diseño editorial, y a mi mamá que se encargó de que saliera súper bien impreso. ¡Ustedes lo van a ver en papel antes que yo! (Los ejemplares están en Bs As y yo en Francia).

Este es un libro muy especial para mí: es el primero que sale publicado bajo el sello editorial “Viajando por ahí” y el primero de una colección de journals para disparar la creatividad, ya sea de viaje o en casa.

Espero que los inspire a viajar a su ritmo, a observar todo, a coleccionar historias y momentos, a jugar, a divertirse y a hacer de su viaje algo único e irrepetible. Pueden compartir sus páginas en redes con el hashtag #mapasubjetivodeviaje. Y si saben de alguien que se esté por ir de viaje y a quien le pueda gustar completarlo, es una linda opción para regalar. <3 Apenas tenga el mío empezaré a completarlo!

[box type=info] Ficha del libro

Mapa subjetivo de viaje
{ Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes }

Género: journal de viajes (diario con consignas creativas)
Creado por: Aniko Villalba
Ilustrado por: María Luque
Páginas: 128
Interior: a color
Editorial: Viajando por ahí
Colección: Journals creativos
Edición exclusiva para Argentina[/box]

[box type=star] ¿Dónde se consigue?

Por el momento, “Mapa subjetivo de viaje” solo está a la venta en Argentina (ya que es la edición escrita en “argentino”, pronto haré la edición “neutra”) y se consigue a través de mi Tienda online (pronto estará disponible para el resto del mundo).

Si estás en CABA: podemos coordinar para que pases por nuestro domicilio a una cuadra del Alto Palermo (para eso, escribinos a tienda@anikovillalba.com).

Si sos del Interior: lo comprás a través de mi Tienda y te lo enviamos por correo (trabajamos con MercadoEnvíos, que llega en unos 3-5 días hábiles a tu casa). [/box]

Un viaje de inmersión lingüística (o la semana que me sentí como una estudiante de intercambio en París)

* Ilustración: Luna Portnoi

Julie me llama por teléfono cuando el tren está pasando por Bruselas. Estoy viajando sola de Amsterdam a París, voy sentada al lado de una francesa con la que crucé algunas palabras en inglés, tengo abiertos mis cuadernos de apuntes de francés y los leo a toda velocidad como quien estudia a último momento para un final. El teléfono sigue sonando, ya no puedo evitar esta llamada. Julie es la directora de un centro de enseñanza de francés y, como me viene diciendo hace días por mail, quiere hablar por teléfono conmigo para evaluar mi nivel y asignarme una profesora para la semana que pasaré en París. Estoy volviendo a la capital francesa con un objetivo: hacer un viaje de inmersión lingüística para mejorar mi francés. Voy a tomar clases particulares todos los días y voy a vivir en la casa de Florence, una señora francesa con quien me conecté a través de Abroadwith y con quien tendré que practicar el idioma. No me va a quedar otra que animarme a hablar, pero ahora mismo la idea de tener esta evaluación de nivel —telefónica, encima— me aterroriza: seguro que, por haber aprendido el idioma de manera autodidacta, hay un montón de cosas básicas que no sé.

viaje de inmersión lingüística en París

Quién hubiese dicho que iba a volver tantas veces a París

viaje de inmersión lingüística en París

Atiendo y hablo bajito, con la cabeza pegada a la ventana y la mano sobre la boca para que mi vecina de asiento no escuche cómo destruyo su idioma con mis erres demasiado enruladas y mis es todas dichas iguales —se me viene a la mente el juego Fruit Ninja porque eso es lo que me imagino cuando hablo francés: que destrozo palabras como frutas—. Siempre me llamó la atención lo silenciosos que son los trenes franceses, no podría haber peor lugar para tener esta llamada. Julie me pregunta dónde estoy, de dónde vengo y adónde voy para evaluar mi uso de los tiempos verbales. Quiere saber cuál es mi objetivo con el idioma y no me animo a decirle que no quiero que la gente se ría de mí cuando hablo, así que le digo que quiero sentirme cómoda teniendo conversaciones, lo cual también es cierto. Ya le expliqué por mail —y ahora me da vergüenza el exceso de detalles personales e historia de vida, pero no me sale explicar las cosas de otra manera— que estoy casada con un francés, que aprendí el idioma por mi cuenta con libros y aplicaciones, que puedo leer, que entiendo casi todo pero que me falta mucho de gramática y me cuesta hablar sin ponerme nerviosa. Tras diez minutos de charla, su veredicto es el clásico pas mal” francés: “Tu pronunciación no es tan terrible, escuché peores”. Mis clases empiezan mañana, superé la primera prueba. Ahora se viene el desafío mayor: comunicarme con Florence, mi anfitriona, con quien solamente podré hablar en francés. Esta vez no hay inglés o español que me salve.

En mi imaginación, hablo francés como una nativa (?)

Cuando lo conocí a L, en el 2014, las únicas dos palabras que sabía decir en francés eran bonjour y merci. Como él no hablaba español, durante los primeros meses nos comunicamos solamente en inglés (ahora hablamos una mezcla medio deforme de los tres idiomas combinados con sonidos guturales franceses). Cuando nos quedamos a vivir en Francia me puse a estudiar francés por mi cuenta. Si bien el inglés nos permitía comunicarnos casi sin malentendidos, no dejaba de ser un idioma ajeno a ambos, así que me propuse aprender su idioma y, de paso, meterme más en su cultura. De a poco empecé a ser capaz de leer revistas, cómics y libros infantiles. Aprendí escuchando música y mirando películas con subtítulos en francés. El idioma escrito no me parecía tan difícil y había mucho que podía inferir por cercanía con el español, pero enseguida me di cuenta de que mi mayor desafío iba a ser hablarlo. El problema del francés es que no importa qué tan bien lo leas, lo escribas y lo entiendas, si al hablar no lo pronunciás correctamente —lo cual no es nada fácil— pueden pasar varias cosas: que no te entiendan, que no se esfuercen por entenderte, que te respondan en inglés o que se rían. Y ahí hay dos tipos de personas: las que lo siguen hablando como si nada —envidio ese carácter—, o las que, como yo, se inhiben, se ponen más nerviosas y terminan enmudeciendo.

La primera vez que me animé a decir una frase en francés enfrente de varias personas, L me burló tanto que me traumó y durante mucho tiempo no lo volví a intentar. Unos meses después, cuando por fin me animé a decirle algo a mis suegros por skype, la situación fue la misma: los vi conteniendo la risa del otro lado de la pantalla hasta que no pudieron disimular más y se empezaron a reír todos, en familia, desde Francia hasta Buenos Aires. Durante mucho tiempo me lo tomé como algo personal y me avergoncé de mi acento latino, hasta que tuve un quiebre la última vez que vine a París, cuando el tío de L se rió de mi manera de pronunciar cafe au lait y entendí que la burla es un rasgo francés, que no me queda otra que aceptar que siempre tendré acento extranjero y que si no me animo a hablar nunca voy a mejorar. Y entendí, también, que hay cosas que es mejor aprender con gente “de afuera” y no con la familia.

El tren llega a París en hora pico, me bajo en Gare du Nord y me sumo al apuro para no perder mi conexión. Esa es otra cosa que me impresiona de las estaciones parisinas: la velocidad de desplazamiento de la gente. Media hora después estoy en Maisons-Laffitte, la comuna en los suburbios de París donde viviré. Camino unas cuadras hasta la casa de Florence, mi anfitriona, siguiendo las indicaciones que me mandó por escrito. Nuestro primer contacto por mail fue muy formal, los franceses suelen tratarse de vous (“usted”) en una primera instancia, incluso entre personas de la misma edad. El problema es que yo solo sé hablar de tu así que no sé por cuánto tiempo voy a ser capaz de sostener el vous. Entro a la residencia con la clave —otra cosa que me sorprendió mucho la primera vez que vine a Francia: las puertas de los edificios se abren con clave— y camino hasta la casa del fondo. Florence me ve llegar, abre la puerta y lo primero que me pregunta es: “¿Nos tratamos de vous o de tu?”. Me siento aliviada. Nos salteamos las formalidades y empezamos a hablar como si ya nos conociéramos. Bah, ella habla más que yo, así que me aseguro de decirle que entiendo todo pero no hablo muy bien. “Bueno, para eso estás acá”, me dice con una sonrisa.

Florence me muestra la casa, me presenta a sus tres gatos —Zelda, Link y Vendetta— y me lleva a los cuartos para que elija en cuál me quiero quedar. Hay uno más grande, en el piso de abajo, y uno chiquito arriba, “la petite chambre”. Subimos la escalera y cuando abre la puerta me encuentro con un cuartito blanco, con el techo inclinado siguiendo la forma de la casa, una cama de una plaza, un escritorio con una máquina de escribir y una ventana con vista al jardín. Es el cuarto de una de sus hijas, que ya no vive ahí. Quiero este. Nunca tuve la experiencia de hacer una intercambio en otro país pero de repente me siento como la estudiante extranjera que acaba de llegar de su país de origen a la casa de su nueva familia. Me faltó la valijita vintage. “Ponete cómoda”, me dice Florence, “c’est chez toi” (“Es tu casa”). Esta es una de las expresiones francesas que más me gusta. Hace poco aprendí que también usan chez moi o chez nous (“mi casa”, “nuestra casa”) para referirse a Francia, al país como un hogar.

La petite chambre <3

Material de estudio

Más tarde bajo al living para cenar y charlar un rato. La estadía con un anfitrión local tiene un objetivo muy claro: practicar el idioma en situaciones cotidianas y, a la vez, sumergirte en la cultura del lugar. Lo que no me imaginé es que, durante los días siguientes, además de charlas cotidianas trataríamos temas metafísicos, astrológicos, religiosos y existenciales. Un curso avanzado de francecismo. Si L me viera ahora, asintiendo a todo como una experta. Florence me muestra fotos de sus hijas, me habla acerca de los hábitos de sus gatos, me cuenta de su trabajo. Dice que, para ella, los parisinos tienen un acento “puntiagudo” y que no le entiende nada a los quebequenses. Yo, que nunca los escuché hablar francés, busco un video y pienso que el francés-canadiense es un curso aparte. Al igual que me pasó cuando aprendí húngaro —que ya olvidé, por no practicarlo—, siento que estoy adquiriendo ojos nuevos.

Me acostumbro rápido a mi rutina de estudiante. Todas las mañanas me despierto temprano, tomo el tren a París, el metro a Tulerias y me encuentro con Marion, mi profesora, en el café de un hotel. También empezamos hablando de vous, aunque debemos tener la misma edad. Una de las primeras cosas que me pregunta es a qué me dedico. Cómo lo explico en francés. Cada vez que respondo construyo frases como quien va levantando cajas pesadas de a una: tengo que pensar bien cada palabra que voy a decir y siento que se me notan los engranajes del idioma y del cerebro. Es como si estuviese aprendiendo a hablar otra vez. Marion tiene mucha paciencia, me corrige y me incentiva. Me doy cuenta de que sé bastante argot (slang, lunfardo, jerga) pero no me sé bien los verbos ni las conjugaciones. Cada día nos enfocamos en un tema —el pasado, el futuro, la pronunciación— y en cada encuentro siento un progreso enorme. Nuestras clases están centradas más que nada en la conversación. Me pide que le cuente historias de mes voyages y le cuento, como puedo, de la vez que me perdí en China y terminé tomando el té en la casa de 4 mujeres de una minoría étnica y de la vez que robaron y me devolvieron todo en Indonesia.

Ella va tomando nota de las palabras nuevas en su computadora para mandármelas más tarde, me muestra videos que hablan de costumbres francesas y me pide que le diga qué fue lo que entendí o qué pienso al respecto, me enseña a pronunciar con algunos trucos mnemotécnicos, me da ejercicios escritos y una tarea final: escribir un petit texte acerca de Buenos Aires. Me gusta esta manera de aprender, basada en la vida real y no en situaciones hipotéticas. Me causa gracia ver que muchos de los ejercicios de compresión de texto son pequeñas historias de amor, del estilo Marc conoce a Claire en una fiesta y desde ese día no se separan, o “mi amor, todos los transportes están en huelga, pero no importa, esperame, voy a buscarte en caballo o en monopatín”. Todo muy francés, todo muy romántico. Me acuerdo de cuando L y yo nos conocimos en Biarritz, de que esa primera noche, cuando quedamos solos después de una cena en lo de sus amigos, él agarró una guitarra y me cantó “Les oiseaux de passage”. Yo no le dije nada, pero en ese momento me enamoré un poco, y él me confesó mucho tiempo después que era la primera vez que se animaba a cantar para alguien. Me acuerdo de que los días siguientes me mandó poemas por whatsapp y días después ya me estaba enseñando palabras en francés en su auto mientras nos refugiábamos de la lluvia. (Sí, todo muy lindo hasta que unos meses después me empezó a burlar y me traumó.) :D

Mi profe de francés

viaje de inmersión lingüística en París

Empieza la primavera en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

viaje de inmersión lingüística en París

“Hay que desconfiar de las palabras”

Cada día termino mis clases con une promenade (paseo) por París. Me gusta sentir que viajo sola por un rato. El viernes, para festejar el fin de mis clases, camino al borde del Sena hasta la Torre Eiffel. Tengo la cabeza cansada, nunca hablé tantas horas seguidas de francés, pero estoy contenta y con ganas de más. Ya me propuse, cuando volvamos a Francia en unos meses (el plan es instalarnos en julio de este año), seguir tomando clases. Todavía me cuesta creer que este país sea parte de mi vida, sobre todo cuando el francés como idioma no me gustaba para nada y Francia no me atraía. Lo llamo por teléfono a L, que está con su familia en Estrasburgo, para mostrarle mis avances. Está orgulloso aunque se sigue riendo, pero ya no me importa (tanto): haber sido capaz de arreglarme sola en francés durante toda esta semana me hace sentir poderosa. Un rato después le mando el texto que escribí en francés acerca de Buenos Aires y me dice que de repente le dieron ganas de estudiar español. Mi plan maestro funcionó.

Más tarde cuando voy en el metro escucho un oh la la épico (suena como jolalalalalalá). Lo dijo una señora que se puso de mal humor porque subieron músicos callejeros al vagón. Yo disfruto la música y canto bajito “perhaps, perhaps, perhaps”Vuelvo a lo de Florence y cenamos juntas por última vez. Le cuento de mis clases, de mis mini avances, de que ya no me da tanta vergüenza comunicarme en su idioma, aunque sé que me queda muchísimo por aprender y, sobre todo, por practicar. Hablamos de viajes, me cuenta de la vez que estuvo en Grecia, de las palabras que aprendió, de cuando durmió en casas de gente. Nos despedimos esa noche, mañana me voy muy temprano a Estrasburgo a reencontrarme con L. Hay un libro que se llama “Lost in translation” y es una recopilación de palabras intraducibles de distintos idiomas del mundo. No sé si esta palabra está ni si califica, pero en francés hay un verbo (“rentrer”) que tiene varias acepciones y una de las más usadas significa “volver a casa”. Me gusta pensar que existe un idioma en el que puedo decir eso en una sola palabra.

*

[box type=star] Esta experiencia fue posible gracias a Abroadwith.

Abroadwith es una plataforma de intercambio idiomático y cultural para aprender idiomas en el extranjero. Su filosofía es que una lengua y una cultura no se pueden experimentar detrás de una pantalla, por eso se enfocan en el elemento humano para aprender un idioma. La web te permite buscar anfitriones locales por ciudad (hay en varios países, para aprender distintos idiomas, no solo francés) y elegir con quién querés vivir y por cuánto tiempo. En general las estadías son semanales y hay tres tipos de programas de inmersión: estándar (hacé una estadía con anfitriones locales en otro país y aprendé su idioma y su cultura), tandem (viví con anfitriones locales, aprendé su idioma y su cultura y a la vez enseñales tu idioma) y con profesor (viví con un profesor certificado y tomá clases con él). Se define la cantidad de horas de conversación que tendrás que tus anfitriones y también existe la opción de complementar la estadía con un curso de idiomas cerca de tu nuevo hogar, como hice yo.

Por mi experiencia, mi recomendación es que si sabés algo del idioma pero nunca tomaste clases formales, hagas la estadía y el curso de idiomas (yo necesitaba las dos cosas: un poco de teoría y gramática y mucha práctica). Si ya tomaste clases con profesor y sabés bastante, quizá solo necesites la parte práctica y con la estadía sea suficiente. Más información en Abroadwith.[/box]

[box type=star] Links y descuentos e información para que disfrutes de tu viaje

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[wc_fa icon=”ticket” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Mi página favorita para encontrar los mejores vuelos hacia París es Skyscanner. Acá te cuento cómo podés encontrar los vuelos más baratos.

[wc_fa icon=”book” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] ¿Querés leer algo inspirador antes de viajar o llevarte un libro o guía a tu viaje? ¡Pedilo por Book Depository! (el envío es gratis a cualquier lugar del mundo) O leé alguno de mis libros ;)

[wc_fa icon=”pencil” margin_left=”” margin_right=”” class=””][/wc_fa] Si querés abrir un blog de viajes para contar tu aventura y buscás hosting te recomiendo Siteground. Y si querés aprender sobre escritura de viajes, ¡sumate a alguno de mis talleres de escritura y creatividad

*La lindísima ilustración de portada, hecha especialmente para este post, es de LuNa Portnoi. Luna es una artista visual e ilustradora de Buenos Aires. Su trabajo se encuentra en conexión con la naturaleza, el color, la magia y las emociones y sus ilustraciones tienen un gran nivel de detalle. Tiene dos libros para colorear, “Los sueños de Luna” y “La magia de Luna”. Podés seguirla en su Instagram, Facebook y canal de You Tube, donde da tutoriales artísticos en video.[/box]

Pequeños momentos cotidianos de nuestros 40 días en Bali

How we spend our days is, of course, how we spend our lives.
What we do with this hour, and that one, is what we are doing.
(Annie Dillard)

Parte 1: 10 días en Seminyak

Llegamos a Indonesia a fines de diciembre. Cuando empezamos a descender sobre el aeropuerto de Denpasar le pregunté a L si el avión se estaba cayendo. Yo no quería viajar a Bali. La primera vez que vine, en el 2010, no me gustó. La segunda vez que vine, en el 2011, tampoco me gustó. Pero acepté volver porque L ama el surf y yo amo a L —lo cual no quiere decir que no haya elaborado teorías conspirativas acerca de todas las cosas horrorosas que nos iban a pasar en Bali, incluyendo dengue, estafas, accidentes aéreos y tiburones asesinos. En el aeropuerto nuestro equipaje tardó más de una hora en aparecer, no aceptaron mi billete de 100 dólares porque era “muy antiguo” y tuvimos que empezar a regatear apenas salimos a la calle. Nos pedían 250.000 rupias por un viaje que, según nos había dicho la dueña del guesthouse donde nos quedaríamos los primeros días, no costaba más de 80.000. Cerramos con un conductor por 150.000 y en el trayecto nos contó que había vivido diez años en Estados Unidos, trabajando en cruceros, pero decidió volver a Bali por homesickness: extrañaba su isla. “Aunque esto cambió mucho en los últimos años”, nos dijo.

Bali tiene una cultura muy distinta al resto de Indonesia, debido a su historia y religión (les recomiendo mucho leer al respecto). Pero, a la vez, es uno de los destinos más turísticos del mundo, y eso tiene sus efectos.

Estuvimos 10 días en un guesthouse en Seminyak, cerca de Kuta, zona a la que me había prometido no volver jamás. La dueña era una javanesa casada con un francés, a quien queríamos conocer pero nunca vimos. “Está en Francia, no sé cuándo va a volver”, nos dijo ella, y no me animé a preguntar más. Una mañana, una de sus hijitas franco-indonesias me agarró la mano y me llevó a dar vueltas por el jardín. Le dije hello y no contestó, le dije bonjour y se hizo la tonta, le pregunté “bahasa?” (¿indonesio?) y me respondió “yaaa!” (sí) como queriendo decir por fin le acertaste al idioma. Después entró a nuestra casa y se quiso llevar todas mis washi tapes. Se me subió a upa —me sorprendió lo livianita que era— y me indicó con el dedo hacia dónde debía moverme para transportarla. A la mamá le dio vergüenza y le dijo que se baje. Me preguntó si teníamos hijos. Le dije que no. “Mejor esperen”.

Todos los días caminamos veinte minutos hasta la playa siguiendo una vereda que dibujaba una S. Una vereda: algo raro en Indonesia, donde la gente va en moto a cualquier lugar que quede a más de cincuenta metros. En el camino veíamos restaurantes de western foodwarungs (puestos de comida local), ofrendas pisoteadas, resorts all inclusive, villas con cuartos en alquiler, templos entre medio de las casas y estatuas cubiertas con sarongs cuadriculados. Íbamos esquivando motos, vendedores y perros. Al llegar a la playa nos sacábamos las ojotas y la arena nos quemaba los pies. El mar estaba más caliente que el aire. Los días de marea baja, el agua se llenaba de plásticos y papeles que se me enganchaban en las piernas y me hacían pensar, por unos segundos, que un pez me había tocado. Yo me quedaba nadando una media hora y salía, me acostaba en la arena y lo esperaba a L mientras bajaba el sol. Vimos el atardecer 10 días seguidos y nunca dejó de impresionarme el color rosa del cielo y la consistencia firme de las nubes. Aparecieron barcos-barriletes y los dibujé mentalmente mientras comía arroz con tofu en un paquetito armado con papel madera. Fueron días de andar sin teléfono, de leer revistas en la playa y quedarnos dormidos sobre la arena mientras se hacía de noche y sentíamos las pisadas de la gente que llegaba para ir a alguno de los bares de la costa.

El barco pirata barrilete.

Festejamos año nuevo caminando sin rumbo por las calles de Seminyak hasta las 2 de la mañana. Vimos grupos de extranjeros bailando canciones de Katy Perry en la calle frente a algún bar y le dije a L, con tono de documental: “Aquí podemos observar las tradiciones típicas de la isla de Bali”. Contamos la cantidad de veces que alguien nos dijo “yes, motorbike?” y al número 30 nos cansamos. El primero de enero fue domingo y la playa estaba llena de vendedores ambulantes de cornetas con forma de dragón y de familias reunidas frente al agua. Hubo fuegos artificiales durante el día y música electrónica desde temprano. L me contó que en las discotecas de St. Tropez hay gente que compra botellas de champagne de 10.000 euros y el mozo las trae en una bandeja con velas-bengala mientras el dj corta la música y pone una canción especial. Nos divertimos imitando ese momento. Me metí al mar con ropa porque me sentí muy observada, había mujeres nadando con el velo. Vi cómo un nene le pegaba arena en la cola a su mamá mientras ella hablaba con una amiga. Vi el mar sin olas. Esa noche volvimos caminando, frenamos a comprar comida y el dueño de un restaurante me regaló un vaso de jugo de sandía mientras esperaba mi nasi campur. Sentí que empezaba a reconciliarme con Bali, que ya no le pedía tanto y, a cambio de eso, la isla me daba más.

Durante esos días soñé mucho y muy vívido. Soñé que en Bali había vendedores ambulantes de lápices de colores y que el aire acondicionado se desprendía de la pared y se caía sobre una mesa. Una mañana salí a buscar la ropa que habíamos dejado en el laundry y a mitad de camino me di cuenta de que me había olvidado dónde era. Volví al guesthouse y le pregunté a la dueña si conocía una lavandería cerca, no estaba segura pero me subió a su moto y salimos a buscarla. Creo que es por ahí, le dije cuando me pareció reconocer una calle entre tantas calles iguales. Era tan angosta que no había espacio para un peatón y una moto a la vez. Muy cerca las ramas de un árbol formaban una cortina que caía sobre el camino de tierra. Se volvía a cumplir la teoría: basta con salir de las calles principales para descubrir que Bali es, en realidad, un lugar muy tranquilo. Nuestra bolsa de ropa era una de las 200 bolsas que debía haber en ese lugar, que parecía un pelotero de bollos de sábanas.

Nos mudamos a otra casa que habíamos alquilado por internet y nos dimos cuenta de que fue un error reservar sin ver. Habíamos venido a Seminyak porque al parecer había buenas olas, pero no había. Decretamos que era momento de irnos de esa zona cuando, a la mañana siguiente, un coro de mujeres que repetía “yes hello massaaaage?” cada cinco minutos me despertó, como si hubiese apretado el botón de snooze. Nos quedaba un mes antes de que saliera el avión a París y decidimos ir a Canggu, un lugar que conocí leyendo un blog. Alquilamos una moto, manejamos una hora por un tráfico complicadísimo que parecía de un videojuego de realidad virtual y cuando llegamos entendimos todo. Era ahí, era ahí donde teníamos que estar. Canggu nos pareció un paraíso, casi como un fragmento de una publicidad engañosa de esas que quieren convencerte de que mudarte a este barrio privado puede ser lo mejor que te pase en la vida. Había olas, surf, pelos al viento, terrazas de arroz, poco tráfico y un espacio de coworking que parecía salido de la fantasía de cualquier nómada digital, con pileta, un gato y muchos enchufes. Fue bastante incómodo cancelar la reserva de Seminyak pero la dueña entendió y llegamos a un acuerdo. Al día siguiente nos mudamos. Antes de dejar Seminyak, L fue a sacar plata del cajero. Cuando volvió me dijo que le habían pasado dos cosas: un tipo intentó distraerlo con el cuento de la moto y una mujer le ofreció massage with happy ending por 7 dólares.

“Venga a vivir a Canggu”

Parte 2: 30 días de quietud en Canggu

Alquilamos un cuartito a 200 metros de la playa y no nos movimos de Canggu por un mes. Recuperé —o creé— rutinas que el movimiento no me permitía tener y encontré pequeños momentos de felicidad en esas repeticiones cotidianas: nadar, caminar, ir al coworking, hacer journaling, leer. Repeat. Escribí todos los días las cuatro escenas en mi cuaderno, como quien está a cargo de la bitácora de un transatlántico, y fui armando mis scrapbooks de momentos, fotos, dibujos y frases.

Llenar cuadernos me salva.

En nuestros 30 días de quietud en Bali:

guardé las zapatillas debajo de la cama y anduve todo el mes en ojotas o descalza,

nadé todas las mañanas y trabajé todas las tardes,

me hice socia de un coworking por primera vez en mi vida y fui todos los días a la oficina por caminos rodeados de plantaciones de arroz,

me propuse ser más productiva y más agradecida, y empecé a dibujar tomates para contabilizar mis horas de trabajo,

incursioné en el bullet journaling y cuando me di cuenta estaba escribiendo mi vida en tres cuadernos a la vez, otra vez (¿cuándo fue que volví a dividirme?),

una noche alguien se confundió y se llevó mis ojotas de la puerta del coworking y yo supongo que me llevé las suyas (al día siguiente las trajo e hicimos el intercambio sin vernos),

me reencontré de a poco con Indonesia, fui recordando palabras en bahasa como quien encuentra cajas con cosas que alguna vez le pertenecieron y de las que no tenía registro mental,

de a ratos me sentí más en Java que en Bali, sobre todo cuando fuimos para el sur y escuché —o me pareció escuchar— el canto de una mezquita, y pensé en lo curioso de que el destino me hubiese traído a Indonesia otra vez,

alquilamos una moto y descubrimos el rice field shortcut por el que va todo el mundo para acortar camino —y una vez lo vimos lleno de patos—,

fui a la playa todas las mañanas y tuve que acostumbrarme a entrar corriendo al mar en el momento exacto, como quien se mete a saltar una soga que ya está en movimiento, para que las olas no me rompieran encima —descubrí que para esto es mucho mejor la malla entera que la bikini—,

también tuve que acostumbrarme a hacer la plancha entre surfers, a nadar entre olas desordenadas y a salir del mar sin anteojos y tener que adivinar, por los contornos del paisaje, dónde había dejado mis cosas —una señora que atendía en un warung me vio achinando los ojos y me hizo señas de que mi toalla y mis ojotas estaban allá, mientras se reía a carcajadas y le contaba a sus amigas—,

googleé: can sharks smell my period and will they eat me? —no—,

vino a visitarnos Nita, una amiga Indonesia, y festejamos mis nueve años de viajera en una playa con agua transparente a la que llegamos por una autopista que iba sobre el mar —después de nadar en ese mar no quise volver al nuestro, revuelto y oscuro—,

La playa de Nusa Dua

empezó a obsesionarme una pregunta: ¿dónde vamos a vivir?, ¿cuándo nos vamos a establecer?, ¿y si nos quedamos en Bali?

una noche empezó la lluvia y L me despertó para mostrarme que en el techo de nuestro baño había un gecko pegado cabeza abajo,

a partir de ese día llovió todos los días y yo aproveché para trabajar más,

todo se llenó de olor a humedad, la ropa dejó de estar seca,

varias veces caminé los 15 minutos de trayecto al coworking bajo la lluvia y, como los impermeables se agotaron rápido en todos los minimercados del pueblo, volví al guesthouse tapada con una bolsa de consorcio, como un fantasma negro por las calles de tierra, iluminada por la linterna de mi teléfono,

en alguna de esas caminatas a oscuras me pregunté cómo sería el mundo si viajar fuese obligatorio,

El coworking

fui a una charla de salud mental para nómadas digitales y me dieron ganas de apropiarme del micrófono y preguntar si a alguien le habían pasado las mismas cosas que a mí, pero no me animé —la charla no profundizó demasiado—,

anoté esta frase de una charla TED en mi cuaderno: “Life does not give you what you ask for. It gives you the people, places and situations to develop what you ask for”,

acariciamos vacas, vimos mariposas, un cachorrito abandonado nos llenó de besos —una familia lo adoptó—, los tres perros del guesthouse se metieron casi todas las tardes debajo de nuestra cama, un cangrejo negro quiso entrar a nuestro cuarto y le bloqueé el paso, un ratón se escondió debajo de un trapo en el jardín, vi al gato del coworking tomando agua de los vasos de gente distraída, nos mostraron un perrito bebé que cabía en la palma de la mano, vimos un pececito negro con puntos naranjas debajo de una piedra en el fondo del mar,

seguí soñando mucho: soñé que alguien me daba una bola de cristal con Minions adentro, soñé con “el colectivo en el que se escapan los maridos” (L aprovechaba que yo bajaba en una estación de servicio para ir al baño y el colectivo seguía camino sin mí, directo a Francia, con otros maridos que también huían),

pensé espontáneamente en un payaso,

cargamos nafta en botellas de Absolut y fui capaz de decirle a una señora, en indonesio, que nos diera una más,

no volví a escuchar “yes, motorbike?” cada 5 metros,

encontré un rey de trébol abandonado,

escuché todos los días a la dueña del guesthouse preguntarme: “Aniko, where you go?” cada vez que me veía salir, tomamos una cerveza en su warung en la playa, fuimos al cumpleaños de una de sus hijas y la vimos armar las ofrendas cada mañana —me abrazó fuerte cuando nos fuimos y me hizo prometerle que volveríamos en junio—,

vi pasar un camión bajo la lluvia con un grupo de balineses haciendo música en el acoplado, debajo de lonas,

oímos música nocturna en los templos y vimos pequeñas celebraciones ocasionales,

escuchamos el sonido de los geckos y el croar de los sapos antes de la lluvia,

festejamos el cumple de 30 de una chica alemana del guesthouse y cuando los mozos del restaurante le cantaron el feliz cumpleaños en indonesio me dieron ganas de llorar,

el agente que nos renovó la visa miraba muy intenso a los ojos, como con intenciones de hipnotizador, pero tardó tanto en hacer el trámite que casi nos vamos del país sin pasaporte,

El feliz cumpleaños en indonesio

en el coworking me vi rodeada de gente como yo, nómadas digitales de todas partes del mundo, personas que también combinan viajes y trabajo, y sentí que por primera vez en mucho tiempo pertenecía a algo que no era virtual,

entendí que viajar por Bali y vivir en Bali son dos experiencias muy distintas, que vine con tan pocas expectativas que esta visita superó a las anteriores, que el viaje siempre es subjetivo y esta vez descubrí mucho aunque no haya recorrido nada —”I’m not a good tourist”, nos dijo un esloveno que solo vino a Bali a surfear—,

pensé que todos mis días en Bali habían sido más o menos parecidos hasta que releí mis cuadernos y me encontré con este álbum de figuritas de cotidianidad y entendí que estar quieta también es estar en movimiento.

[box type=star] Algunos datos y consejos para visitar Bali:

  • Bali me parece un muy buen lugar para nómadas digitales. Hay espacios de coworking en Canggu y en Ubud y una comunidad de gente muy interesante. Canggu está en la costa y es más de surfers, Ubud está en la montaña y es más de yoga. No les recomiendo Kuta, Seminyak hasta ahí, pero no volvería a quedarme en esa zona, hay lugares mucho más tranquilos, baratos y menos turísticos.
  • Se consigue alojamiento mensual desde 4.500.000 rupias/mes/habitación (aprox. 335 usd por un cuarto para dos personas). Alquilar una moto cuesta unas 750.000 RP por mes (55 usd). El coworking al que fuimos cuesta 100 usd por mes, aunque hay planes más caros y más baratos. Comer puede ser barato o muy barato, según el tipo de comida que elijan: por un plato en un warung solíamos pagar unas 20.000-35.000 rp (1.50 a 2.50 usd), en un restaurante entre 50 y 100.000 (3.50 – 7.50 usd).
  • Consulten si necesitan más info y, si veo que hay muchos interesados, armaré una mini guía práctica de Bali. [/box]

Lo más raro, divertido y curioso que encontré durante mi viaje por Japón

Unos meses antes de viajar a Japón escribí una lista en mi cuaderno. La titulé “Búsqueda del tesoro bizarra” e incluí todas las cosas raras que quería encontrar en Japón. Algunas salieron de mi imaginario popular japonés, otras de lo que me fue diciendo la gente, otras de lo que leí en internet. Vista desde Buenos Aires y, sin haber viajado nunca a Japón, me parecía una lista bastante exhaustiva. Daba por sentado que no iba a encontrar cosas más raras que esas (y tal vez ni esas). Ja. Me alcanzaron unos días en Tokio para darme cuenta de que Japón parece un país salido de otro planeta y allá la normalidad es muy distinta a la que conozco. Les dejo algunas fotos de las cosas más raras, divertidas y curiosas que encontré durante mi viaje de tres meses por Japón, uno de los países más fascinantes que conocí hasta ahora. Seguramente me falten un montón de cosas más porque Japón es una fuente inagotable de sorpresas (me las cuentan en los comentarios).

Esta era la lista inicial, armada con ideas propias y de mis amigos. Encontré más pero me faltó tildarlas.

 

Y todo esto es lo que encontré:

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Paraguas secándose en las veredas de Tokio (algo que no pensaba encontrar en una ciudad de 38 millones de habitantes). Me dijeron, además, que hay muchos paraguas “públicos” que se pueden usar y después devolver en el mismo lugar.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Paraguas mágicos. No vi el “superparaguas” ni los paraguas para los zapatos ni el paraguas al revés, pero entremedio de miles de paraguas transparentes (los más típicos en Japón) encontré algunos muy coloridos, como este. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Esponja para lavar los platos con cara de osito. Lo kawai (cute) está por todas partes, incluso en lo más cotidiano. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Manteca de cacao sabor a Fanta naranja. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Kit-kats y Oreos de té verde (el matcha o té verde es un clásico en Japón).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una especie de selfie-stick para dar el pronóstico del tiempo (visto en una tele que parecía un portarretratos). Unos días después lo encontré a la venta, o sea que debe ser más común de lo que pensaba.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Máquinas para pedir la comida. Japón es el país más automatizado del mundo y las máquinas se usan, incluso, para pedir la comida en los lugares más tradicionales (marcás tu pedido en la botonera, se te imprime una especie de boleto con la orden y se lo das al cocinero).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un auto muy compacto. Los autos japoneses son más chiquitos que los que se ven en Occidente, este es un caso extremo.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Caritas anti estrés (son adictivas). También vi con forma de baguette, banana, medialunas…

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Inodoros supersónicos. Es verdad: los inodoros japoneses están enchufados a la pared, tienen botoneras para controlar las distintas funciones, a veces se abren solos cuando te ven llegar y siempre tienen la tabla calentita. Todavía no saludan… creo.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Máquinas para pescar peluches, muñecos, electrónica, chocolate y otras cosas. Están por todas partes (y siempre se ve gente tratando de sacar algo, sobre todo hombres de saco y corbata).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Perversiones.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Comida en miniatura (hay una obsesión con eso, lo vi a la venta en todas partes).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Espacio público libre de humo. En Japón no se puede fumar en espacios públicos (excepto en las áreas asignadas), pero sí se puede fumar en los restaurantes. Una de las tantas contradicciones japonesas, en mi opinión.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sandalias con medias. Una vez un amigo chino me vio ponerme ojotas (sandalias) con medias (calcetines) y me dijo: “That’s so Japanese!”. Acá un primer plano de nuestro amigo Joji, que nos llevó a comer ramen en Tokio con este calzado.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¿Un bar donde te blanquean los dientes? ¿Servirán tragos con lavandina? Ni me animé a preguntar.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cat cafés. Lugares donde podés ir a acariciar gatos, hamsters, conejos, serpientes y búhos. (Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Tamagotchis! Siguen existiendo y seguramente son más avanzandos que los que conocí. Tuve uno en los noventa y lo ahogué en el bebedero del colegio (era de una amiga, la obligaron a desconectarlo y como no se podía apagar intentamos con otros métodos).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Caca y sangre de plástico para hacer jodas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Chicos volviendo solos del colegio (andan solos por la calle desde los 6 años, incluso en una ciudad gigante como Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] “Print yourself in 3D” (Imprimite en 3D). Tampoco me animé a preguntar. Además, una vez que te imprimiste, ¿qué hacés con la copia? ¿La ponés de adorno?

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La mopa-zapatilla. Caminá y limpiá a la misma vez.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Animé sexy.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Monedas en una fuente. Ya sé que tirar monedas en las fuentes trae buena suerte, pero esto enceguecía.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] “Cosito” para calcar el relieve de las hojas (seguro que alguna vez lo hicieron con una moneda) (Nara)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Arte en las tapas de alcantarillas (con motivos típicos de cada ciudad). Esta la vi en Nara.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Máquinas expendedoras (en todas partes). Hay más de 6 millones en todo el país, esta la vi en Nara Park.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Ciervos cruzando la calle (en rojo!), en Nara.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El canasto-minion.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Carteles con animales como protagonistas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El doble budín, souvenir típico de Osaka.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Detalles argentinos, en Osaka.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Carteras con caras (ni sé qué personaje es, que alguien me ilumine). (Osaka)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Réplicas gigantes en los frentes de los restaurantes de Osaka.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La entrada al país de las maravillas (en Osaka).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Comida kawai (porque en Japón todo puede ser aún más tierno).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Lámpara hecha de ositos Yummy.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un show de baile de robots (en Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Godzilla. Está en Tokio y es ciudadano oficial de Japón.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cuchillos del tamaño de un nene (en el mercado de pescado de Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Jardines en los entrepisos de los edificios (este estaba en un cuarto o quinto piso de Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Carteles en formato cómic.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Ronald McDonald mandando mensajes de texto frente a su local (capaz estaba poniendo un punto de encuentro). Fue el día de Halloween, vi a varios por la ciudad.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cosplay en Harajuku (Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una ceremonia tradicional (en Yoyogi Park).


[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El techo loco (es la entrada a un shopping en Tokio)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El pasajero misterioso (en el metro de Tokio).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Réplicas de comida en la entrada o vidriera de los restaurantes.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sellos coleccionables en las estaciones de metro, lugares turísticos y otros puntos de la ciudad.

 

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Traducciones muy cómicas de Google Translate.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una alerta de emergencia que casi me da un paro cardíaco (vi esto en la pantalla de mi teléfono, seguido por el ruido de una alarma, y pensé que se venía un tsunami o terremoto. Al final era un simulacro, lo dice como siete veces en japonés, pero podrían haberlo puesto en inglés también!).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Media Coca-Cola.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sushi de goma (dentro de una máquina de pescar muñecos).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Hotel de cápsulas (Tokio). No lo vi por dentro, pero cada rectángulo corresponde a una cápsula.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La escalera mecánica más corta del mundo (en Kawasaki). Tiene cinco escalones y no cumple ninguna función de accesibilidad, ya que justo después hay que seguir bajando por una escalera normal.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Hello Kitty hasta en la sopa (o, en este caso, cumpliendo funciones reflectantes, para avisar que hay una obra en construcción).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Fotos de actores en las máquinas expendedoras.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Remolinos de noodles (en el aeropuerto de Haneda).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Objetos perdidos (puestos donde se le cayeron al dueño, para que vuelva sobre sus pasos y los pueda encontrar)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El Kentucky Fried Chicken como lugar de celebración de Navidad (en Japón la Navidad es una fiesta romántica, medio similar a San Valentín).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Dinosaurios fabricados con cacharros.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Kadocchi, uno de los íconos de los domingos en Harajuku (Tokio). Forma parte del grupo de cosplay Hanmyo Project (me enteré de todo esto después de sacarle una foto, porque cuando lo vi no entendí quién o qué era).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un minion en Yoyogi Park.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Perros con ropita.



[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Los Elvis de Yoyogi Park, japoneses que se juntan a bailar rockabilly todos los domingos.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Spiderman manejando un karting (cerca del Monte Fuji). También vi a Mario y Luigi. Pasó demasiado rápido.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Yoshi en un camión de basura (los camiones de basura son un tema aparte, van por la ciudad haciendo música, parecen camiones de helados).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un parque de diversiones abandonado en Nara (se llamaba Nara Dreamland, estuvo abandonado diez años, pero cuando llegamos lo estaban demoliendo y había mucha seguridad, así que no pudimos entrar)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Traducciones un poco sugestivas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Inodoro y lavatorio integrado (cuando tirás la cadena sale agua de la canilla).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este señor con su valijita (en Osaka).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Exceso de packaging. Todo viene muy envuelto, la primera vez que compré un paquete de galletitas me encontré con que cada galletita estaba envuelta por separado.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Detalles tiernos en los tranvías.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una calabaza gigante frente al mar. Es en Naoshima, una isla repleta de museos de arte contemporáneo e instalaciones artísticas, y es obra de Yayoi Kusama.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sandwich de noodles. Paso.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Detalles tiernos en los trenes. Como ya dije más arriba, en Japón todo se puede enternecer aún más.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un corazón.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una especie de cinta transportadora para subir las bicicletas con facilidad.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una isla habitada por más de mil conejos.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Cenicero de bolsillo.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Una escalera mecánica con curvas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Especie de galletita rellena con forma de hoja (souvenir tradicional de Miyajima).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¿Mosquiteros? ¿Tules?

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] La cara de Obama hecha con grullas (en Hiroshima).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este edificio (en Osaka).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un parque de monos (en Kyoto).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Helado de té verde (en Kyoto).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Revistas para adultos en los 7-Eleven.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un mapa del otoño (en Kyoto). Lo vimos en una de las estaciones de metro. Lo actualizaban cada día!

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El gato sorprendido.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] “Tokyo banana”. Un dulce de banana con forma de banana relleno de… banana.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Kit-kat de melón (no encontré los melones de cientos de dólares).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Las publicidades más raras, divertidas y/o indescifrables.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un mapa del baño.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Esto.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Espantapájaros.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Lectoras de mi blog! Son mexicanas, me vieron caminando por Yoyogi Park y se acercaron a saludarme. Nunca jamás en mi vida pensé que me iba a encontrar lectores en Tokio.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Mi lector japonés! Cuando me mandó un mail diciéndome que me leía desde Osaka casi colapso. No pensé que tenía lectores japoneses!! Habla muy bien español y me dijo que practica mirando mis charlas (ya veo que se le pega el acento!).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este muñeco.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Snacks típicos japoneses.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Un cine erótico (así, tranquilísimo, en las calles de Osaka)


[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] El colegiala de Osaka.


[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Onsen (baños comunes con aguas termales). Son muy comunes en Japón y siempre hay uno para hombres y otro para mujeres. La primera vez que fui no sabía bien qué hacer, ya que hay un montón de reglas a seguir para asegurar la higiene del lugar (deberían adjuntar el manual de instrucciones con la entrada).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sumo (no lo vimos en vivo pero sí todos los días en algún televisor que nos cruzábamos)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Baldes anti-incendios en las entradas de las casas (según leí, están solo en Kyoto, donde hay muchas construcciones de madera).

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Sandalias para la casa y para el baño. Los japoneses se sacan los zapatos antes de entrar a la casa y tienen dos sandalias: para usar en la casa y para usar solamente en el baño.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Autoservicio (dejás ¥100 en la caja y sacás un poco de comida para los peces). Esto demuestra la confianza y seguridad que hay en Japón.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Prohibiciones de cosas que nunca se me hubiese ocurrido hacer pero que después de ver me dieron ganas.

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] ¡Los expendedores de bombachas (ropa interior femenina) usadas! ¡No eran un mito! Los encontramos el último día en Tokio, en el subsuelo de un sex shop en Akihabara (lo que había en ese sex shop da para una parte 2)

[wc_fa icon=”check-square-o”][/wc_fa] Este videoclip que es furor en Japón (yo tampoco entiendo lo que acabo de ver, pero no me lo puedo sacar de la cabeza).

*

No encontré sandías cuadradas, no vi los ventiladores para enfriar los fideos, no fui a la isla de los gatos, no pude ver al abuelo colegiala que pasea por Yoyogi Park ni conocí a nadie que hubiese sufrido el síndrome de París (aunque con tanto fanatismo por lo francés, ya no me parece un síndrome tan raro). Tampoco caminé por el bosque de los suicidios ni me separé de L cuando visitamos la zona de Arashiyama (al parecer las parejas van ahí para terminar sus relaciones). No entramos a los maid-cafes ni a los butler-cafesNo coleccioné las firmas de los monjes ni fui a la estación de tren donde el “station master” es un gato. Pero encontré estos detalles y momentos que me llamaron la atención y me permitieron seguir armando el rompecabezas infinito que es Japón. Lo mejor de todo, es que si googlean “weird Japan” van a encontrar un montón de cosas más (les recomiendo la guía “Hidden Japan” de Atlas Obscura). Esto es solo la punta del iceberg de una de las culturas, para mí, más complejas y fascinantes del mundo.

¿Qué fue lo más raro que viste o te gustaría ver en Japón?

Los expedientes X de Viajando por ahí: el lado bizarro de tener un blog de viajes

El 2016 debe haber sido uno de los años más bizarros de los últimos tiempos y quiero despedirlo abriendo la caja de pandora de mi blog. Hoy quiero compartir el lado B (de Bizarro) de ser blogger de viajes. Bienvenidos a los expedientes X de Viajando por ahí. Quemar después de leer.

Aclaración: en Argentina usamos la palabra “bizarro” para decir que algo es muy raro.

*

En el 2010 me hice una pregunta con más inocencia que Heidi: voy a abrirme un blog de viajes, ¿qué es lo peor que puede pasar? Respuesta corta: gente que cree que soy una agencia de viajes y que tramito visas, otros que piensan que soy flogger y no entienden cómo puedo vivir de esto, comentarios haters acerca de mis cuadernos y mis washi tapes, plagios de otros bloggers y acusaciones de que en realidad yo los plagié a ellos, lectores enojados cuando hago algo distinto, puteadas por no responder un mail, pedidos constantes de difusión, propuestas laborales que parecen serias y terminan rozando lo turbio, tener un troll que también trollea a otras (nunca pensé que podía llegar a ponerme celosa por algo así).

A los 6 años de vivir viajando me di cuenta de que no todo era perfecto e ideal y les conté acerca del lado oscuro de los viajes. Ahora, a casi 7 años de tener Viajando por ahí, entendí que un blog también tiene sus facetas oscuras y desconocidas para el público general (y bastante impredecibles para quienes estamos del otro lado) y sentí que era momento de compartir todo esto con ustedes. Estoy llegando a la conclusión de que el mundo virtual es mucho más desquiciado que el real y que el anonimato de la pantalla hace que la gente actúe de maneras inexplicables.

Estas son algunas de las cosas más bizarras que me pasaron desde que tengo un blog de viajes. Si alguien me las hubiese anticipado, no sé si le hubiese creído.

  • Casi todos los días recibo mails de gente pidiendo que les arme un itinerario, les reserve un pasaje o les dé los nombres de todos los hostels en los que me quedé entre 2008 y 2012 (#nosoyunaagenciadeviajes)

  • Desde que publiqué un post acerca de visas, recibo consultas desesperadas al estilo “soy belga, mi marido es de Mozambique, vivimos en Australia, queremos viajar a Canadá, ¿necesitamos visa?” (¡no sé! #tampocosoyunaembajada #tepresentoaGoogle)

Todos los mails son reales.

  • Me llegan pedidos de difusión (o publicidad encubierta) casi todos los días (eso sí, disfrazados bajo el manto de “tengo algo que le va a interesar mucho a tus seguidores” seguido de un guiño de ojo), pero lo más cómico es que en general lo que quieren difundir/vender no tiene nada que ver con mi blog ni con mis intereses (como ofrecer los ventiladores a energía solar, por ejemplo… ¿O alguien andaba buscando eso?).

Auspicia este segmento.

  • Este año me llegaron propuestas de trabajo rarísimas, como: “importante revista” que tendrá una gran tirada en “importantes mercados” (?) quiere que esté presente como representante de marca en su evento de lanzamiento (que escriba para ustedes ni hablar, ¿no?).

¿Usted viene con la revista?

  • Cada vez que publico algo relacionado con la papelería y con mi amor por los cuadernos y washi tapes recibo algún comentario hater (qué paaaasaaa con el stationery). Hubo uno que me dijo que se le caía el alma a los pies de pensar que las papelerías eran mi alternativa a los museos (sí y qué) y que si quería encontrar temas interesantes acerca de los que escribir mejor hiciera otra cosa en vez de irme de shopping.

Siempre con nombres truchos, obviamente, pero con el IP puedo saber exactamente desde dónde me escribe… muejejeje

#TeMetésConLasWashiTapesTeMetésConmigo
*larga a los perros*

  • Me mato por hacer contenido de calidad, me paso días pensando, recopilando material, sacando fotos, escribiendo y editando un post, para que la gente llegue a mi blog buscando cosas como: 

¿Pero la conociste viajando?

Al de 80 lo banco!! Espero que hayas empezado a viajar. La consulta del doctor me preocupa.

 

Esto podría ser un sueño mío.

 

Depende en qué vayas…

  • Hay lectores que no toleran el cambio y se enojan cuando escribo algo distinto a lo de siempre / cuando no hablo de viajes / cuando viajo de manera distinta / cuando freno / cuando me tomo un café / cuando vuelvo / cuando me voy / etc y, antes de anunciarme que se van de mi blog para no volver jamás, me acusan de haber perdido mi esencia. Supongo que es como cuando un músico cambia de instrumento o saca un disco nuevo (“yo lo seguía desde el principio, ya no es lo que era”). #SeLlamaCrecer #LosBloggersTambiénTenemosSentimientos #EsenciaDeMaracuyá

Ohhh, bueno, seré tu blogger esclava y me dedicaré a hacer posts que te hagan feliz!

 

  • Tomo café de toda la vida, viaje o no viaje, pero la primera vez que subí una foto de una taza de café durante un viaje se armó revuelo como si hubiese estado comiendo una bandeja de sushi en un jacuzzi del hotel más caro de Europa (el café era más barato que en Buenos Aires):

  • Hay gente que cree que regalo cosas: una pareja me pidió una cámara de fotos para empezar a viajar y una chica me pidió que hiciera una colecta entre mis lectores para comprarle un pasaje a España y evitar que se suicidara. AJÁ…

  • Una chica me dijo que me fuera a la puta que me parió (literalmente) porque nunca le respondí su mail (no, mi marido y yo no queremos viajar con vos y me da miedo que me digas “decime donde estás que voy para allá”). Recomiendo leer este texto: “How to contact the author”.
  • Otra chica me dijo que mi libro le había parecido una mierda (“es lo más egocéntrico que leí, solo hablás de vos”) (no recuerdo si usó la palabra mierda, pero fue lo que me quedó en la cabeza). Creo que fue el único comentario que me hizo llorar (estaba pasando por un momento de mucha depresión y bueno… *se acuerda y llora otra vez*)

#I’veGotHurtFeelings #yalosuperé #nomedigancosasfeasporfavor

  • Un blogger de gastronomía me acusó de viajar financiada por el ex gobierno argentino. (?)

  • A veces las empresas me mandan propuestas copy-paste y me ponen otro nombre o se olvidan de “insertar-título-de-post-al-azar-aquí”

  • Hay gente que cree que porque mi blog es gratis yo trabajo gratis (estoy cansada de leer “no tenemos presupuesto para los escritores / oradores / bloggers” o “trabajar para nosotros te dará mucha exposición”).

  • Varias veces me copiaron posts enteros, conceptos, series, títulos y hasta contratapas (en general me entero porque me avisa algún lector). Cuando se lo hice notar amablemente a una de estas personas, me dijo que sentía que yo entraba todos los días a su blog para encontrar alguna similitud y acusarla. Tuve que aprender a tomarme la copia como una suma de homenaje y falta de creatividad, y seguir concentrándome en producir mejores cosas. Pero que me indigné, me indigné.

  • Una vez un post mío (“El día que me invitaron a un casamiento chino”) apareció subido a Taringa y el “autor” respondía los comentarios como si lo hubiese escrito él (aparecían las marcas de agua de mis fotos, pero él insistía con que la había pasado bárbaro en el casamiento con mi amiga Tippi).

Primer mail

Segundo mail. Sí, llamame cuando quieras así también te paso la info de las mejores pizzerías de Jakarta.

  • A veces me escriben lectores enojados preguntándome por qué no fui a su país (lo tomo como una demostración de amor).

Está entre los más de 150 países que me falta conocer, aunque México tiene prioridad porque fue el país al que quise llegar durante mi primer viaje y que al final no conocí.

  • Me han llegado a decir “Doctora”, “Profesora” y “Dibujante” al comienzo de algún mail. También me dijeron que querían que yo sea su musa.

Qué tierno! Aunque no sé en qué consistirá el rol de musa.

¡Eres una estafadora! No sé por qué me gasto en tapar los nombres si estos comentarios siempre vienen de perfiles falsos… Al menos decímelo en la cara, che! Capaz podemos terminar siendo amigos y podés aparecer en alguna de mis fotos.

  • Hace unos meses me hicieron una nota muy linda en Infobae, fueron a mi casa a filmar mis cuadernos, mis libros, mi espacio de trabajo. Cuando salió publicada entré a leerla, llegué a los comentarios y vi que el primero decía, con un uso magistral del idioma español y una amplia demostración de las capacidades bilingües de esta persona: “Torta detected”. Creo que escupí el té de la risa. Además, a cada mujer que comentaba, este usuario (falso, como siempre) le preguntaba si estaba enamorada de mí. Lamentablemente borraron su comentario inicial, pero todavía quedan algunas de sus respuestas. Fue el hazmerreír de mis alumnos durante la última clase del taller de documentación creativa.

  • Tengo un troll que suele aparecer de vez en cuando para decirme que deje de vender humo, que viajar es solo para los nenes de papá, que estoy vendiendo una vida que no existe y cosas así. Un día me di cuenta de que hacía mucho que no me comentaba y me pareció raro. Unas semanas después, de casualidad, lo vi comentando (a modo troll también) en el blog de otra viajera. ¡Me cambió por otra! ¡Pensé que lo nuestro era especial!

  • Varias veces me escribieron lectores diciéndome que estaban desilusionados: uno porque dije que me había cansado de viajar, otro porque me vio en un video y yo no era como se imaginaba (ouch). Tuve que aprender a no hacerme cargo de las expectativas ajenas y aceptar la regla del 30%: al 30% de la gente le gusta lo que hago, al 30% no, y al otro 30% ni le importa. Creo que ese fue uno de los desafíos más grandes que me trajo esto de compartir mi trabajo con tanta gente.

  • El spam es un mundo aparte. A veces miro los comentarios que entran a la carpeta de spam y encuentro joyitas como esta:

Le pueden escribir a su mail.

  • Y para cerrar con moño: descubrí que un ex se quería levantar a mis lectoras por Facebook (y les hablaba mal de mí, además, todo mientras estábamos juntos). Muy Black Mirror (gran serie que les recomiendo). Un divino. Me enteré porque una de ellas me mandó el chat (le estaré eternamente agradecida).

A todo esto, sumémosle que WordPress (o el hosting, o Google, o algo) siempre falla en los momentos más inoportunos (le encanta tirar errores el día de mi cumpleaños, por ejemplo, o justo cuando había dejado todo listo para desconectarme durante unos días), que hay hackers rusos capaces de generarme ataques de ansiedad desde la comodidad de su cama en Moscú, que me convertí en mi propia secretaria y que es mentira que no tengo jefe: hoy en día, cualquiera que trabaje en internet tiene que obedecerle, quiera o no, a las leyes y algoritmos cambiantes de San Google, que en cualquier momento va a ser más poderoso que todos los presidentes juntos.

Ahora, hablando en serio, esta bizarreada debe ser el 1% por ciento de lo que me llega todos los días a través de mails y redes sociales. En este mundo virtual tan desquiciado me siento muy afortunada de recibir tantos comentarios lindos, cartas y palabras de agradecimiento. Así que va mi GRACIAS para ustedes, los que están del otro lado y me siguen y me apoyan y me leen aunque sepan que soy una veleta y que cambio de planes cada dos minutos. Pongo todo mi amor y esfuerzo en lo que hago, y tal vez el precio de hacer y mostrar un trabajo tan personal sea recibir bizarreadas como estas (que me alegran el día, igualmente), pero el premio es poder conectar con gente que tiene los mismos sueños, pensamientos o ideas que yo y sentirme un poco menos sola en mis elecciones de vida. Y sin este blog nunca lo hubiese logrado.

Les deseo un 2017 lleno de sueños cumplidos o por cumplir.

Este año, Viajando por ahí tuvo más de 1 millón de visitas. ¡Gracias!

PD: lo mejor fue estar escribiendo este post y recibir un mensaje hater!

Una divina, ya le pregunté si está bien, me preocupa tanta bronca. Igualmente tendría que agradecerle porque fue gracias a ella que decidí armar este compilado. Feliz año, Valen!

PD2: decidí editar una parte de este post porque generó un conflicto con un lector y no fue mi intención ofender a nadie, así que le pido disculpas por eso.

PD3: una perlita que encontré medio tarde, pero que no quería dejar de poner acá:

Esperamos tu libro de historias viejeras entonces! besis!!

Si lo que no te mata te fortalece, tener un blog me hizo más fuerte que haberme ido de viaje sola por más de 40 países. ¿Algún blogger del otro lado? ¿Qué fue lo más bizarro que les llegó a través del blog?

Un corazón de washi tape (o Redescubrir obsesiones en Japón)

“Aniko-san, do you like masking tape?”, me pregunta la chica que nos recibe en el hostel de Okayama.

Le pido que me repita la pregunta porque no sé si escuché bien. ¿Me está preguntando si me gusta la masking tape? (también conocida como washi tape) ¿Sabrá que las washi tapes son mi nueva obsesión japonesa? ¿Se imaginará cuántos rollos estoy cargando en la mochila? ¿Será que L la mandó para hacerme un chiste? ¿O será una pregunta estándar para hacer el check-in? Es casi como si me hubiese preguntado: “Aniko-san, ¿te gusta pegar cosas en tus cuadernos, jugar al Super Mario, comer maracuyá puro, nadar en el mar, mirar videos de stand-up hasta cualquier hora, recibir libros por correo, salir a caminar y acariciar gatos?”. No me dio ni tiempo a dejar la mochila en el piso y ya me está haciendo preguntas existenciales. Que si me gusta la washi tape…

“Sí, ¿por qué?”, le respondo, haciéndome un poco la desinteresada.

“Porque a quince minutos de acá está la fábrica.”

Por si se están preguntando qué demonios es la washi tape, acá van algunas fotos. Es como una cinta scotch hecha de un tipo de papel que se llama “washi” que se puede pegar y despegar fácilmente.

La washi tape (o masking tape) surgió en Japón y se hizo famosa entre los crafters de todo el mundo. Viene en varios tamaños, colores y dibujos y se consigue en todas partes (en Japón).

Un rollo puede costar entre 1 y 5 usd (en general el promedio es de 2-3 dólares) y mide unos 10 metros.

¿Para qué sirve? Para decorar, para pegar en el cuaderno, para embellecer. Es ideal para quienes hacen scrapbooking o journaling.

*

Empecé a interesarme por la papelería mucho antes que por los viajes. Lleno cuadernos desde que aprendí a escribir: primero usé los diarios íntimos de hojas de colores, borde dorado y candadito, después me pasé a las agendas y, cuando empecé a viajar, a los cuadernos. Yo era de las que juntaba figuritas: tenía álbumes en blanco —con tapas de Disney y hojas plastificadas— y los llenaba con los stickers de peluche que me compraba mi mamá en la librería de mi barrio o con las calcomanías medio metalizadas que sacaba de máquinas por un peso (¿qué fue de esas máquinas? Solían estar en los peloteros, supongo que fue algo muy de los noventa). También coleccionaba de los otros álbumes, los que eran temáticos y venían con los espacios rectangulares en blanco para llenar con las figuritas numeradas que se compraban en sobres en los quioscos. Hasta me había hecho socia del Club Panini, que era la marca que los comercializaba, para que los álbumes nuevos me llegaran por correo antes de que estuvieran a la venta.

En los cajones de mi escritorio había gomas de borrar con forma de animales y olor a tutti frutti, cartucheras de lata con dibujos de Garfield, sellitos de esos redondos que venían con tapa, biromes de gel de colores pasteles. Una de mis posesiones más valiosas era mi caja de cartón con papeles de carta. Tenía con motivos de flores, de animales, de dibujos animados. Los intercambiaba con mis compañeras de colegio y los que más se cotizaban eran los que tenían perfume. En ese papel le escribía cartas a mis amigas, a mi mamá, a chicas que contactaba por medio de revistas como Billiken o Mickey Total y a Lauren, una estadounidense que había conocido en la pileta de un hotel durante un viaje con mi familia. Una vez cada dos meses, más o menos, aparecía en el felpudo de nuestro departamento una carta de Lauren, que con su letra grande y redonda me contaba qué había estado haciendo en Ohio y me mandaba fotos de la nieve. Guardo todas esas cartas, aunque Lauren y yo nunca más nos vimos ni tampoco nos agregamos en Facebook. Ese intercambio de correspondencia fue mi primera conexión entre los viajes y la papelería.

Cuaderno visto en Japón

Durante mis primeros diez o doce años, además de pasarme los días leyendo, una de mis actividades preferidas era hacer libros artesanales. En las hojas rayadas de mi carpeta escolar escribía cuentos y cartas con biromes de colores, también hacía collages, copiaba canciones o poemas y pegaba fotos. Después fabricaba las tapas con cartulina de color, las perforaba, ataba todo con un hilo grueso y le hacía un moño a modo de cierre para que nadie pudiera espiar sin permiso. Durante varios años les regalé esos libros a mi mamá y a mi papá para cada cumpleaños. Uno de los mejores y peores momentos del año era febrero: lo único bueno de que se terminaran las vacaciones era que teníamos una visita obligada a la librería-papelería para comprar los útiles escolares antes de que empezaran las clases (y ahí se terminaba mi felicidad, porque ir al colegio fue una de las cosas que menos disfruté en mi vida).

No sé si hay algo que me haya apasionado más que la papelería pero, aún así, en algún momento dejé todo ese mundo de lado. Supongo que fue cuando entré en la adolescencia. No iba a estar cargando costumbres de nena en una edad en la que quería parecer lo menos infantil posible, así que mis tesoros fueron a parar a cajas, a manos de otras nenas o —quisiera no pensarlo— a la basura. Me desprendí de biromes, papeles de carta, stickers, sellitos, cartucheras y me quedé con lo más serio, que era la escritura, y la convertí en un medio para hablar(me) de los chicos que me hacían sufrir y de todos los temas que podían preocuparme a esa edad. De esa época de primeros amores y desilusiones me quedan agendas de Maitena que me da vergüenza releer pero que no puedo tirar a la basura.

Cuando empecé la facultad dejé las agendas y pasé a los cuadernos. En el 2008, cuando me fui de viaje por América Latina, me llevé un cuaderno rayado A4 de espirales para usarlo a modo de bitácora. No lo elegí por nada en especial, creo que arrastré la costumbre universitaria de escribir en hojas grandes. En nueve meses completé dos. En Asia fue algo parecido: habré llenado tres cuadernos A4 en 16 meses de viaje. Todo cambió cuando viajé a Europa. En Barcelona, un lector me regaló una moleskine —libretas a las que siempre había mirado con un poco de desconfianza por ser “innecesariamente caras”, según yo— y despertó a la loca de los cuadernos que llevaba en mí. Empecé a escribir a mano y a llenar cuadernos como nunca antes. Cuando me quedé a vivir en Biarritz me desaté: durante ese año me la pasé llenando cuadernos y journals —que no me pesaban en la mochila porque no tenía la mochila esperándome para ir a ninguna parte— y abrí escribir.me, un blog dedicado a la escritura creativa y la papelería. Fue mi manera de aceptar (acá me gustaría usar la palabra embrace) mi pasión por el papel y todo lo relacionado con la escritura y de darle un espacio propio a esos intereses. Aniko viajera por un lado, Aniko stationery fan por otro.

Aunque yo sea una sumatoria de las dos cosas…

Y como si hubiese tenido la necesidad de cerrar el círculo papelería-viajes-papelería y de unir mis dos facetas en una, en septiembre nos fuimos a Japón y todo confluyó. Si ser adicta a la papelería fuese algo peligroso, en Tokio me hubiesen internado. Nunca vi una ciudad (y un país entero) con tanto amor por el papel, las agendas, las biromes, los lápices, los marcadores, los post-its, los stickers (¡los stickers!) y lo “cute”. Pasé horas revolviendo agendas, mirando stickers, probando lapiceras y sellos, tocando papeles y eligiendo washi tapes, que fue lo que más me enloqueció de la papelería japonesa. No pienso confesar cuántas me compré, solo diré que ya tengo una pequeña (ejem) colección y que me la pasaré pegando washi tape en cualquier superficie lisa y distraída que encuentre.

*

La fábrica a la que se refiere la chica del hostel es la de mt (una de las marcas más conocidas) y está en Kurashiki, ciudad donde nació la washi tape, pero solo abre para visitas una vez al año y ya perdí mi oportunidad. De todas maneras quiero ir a conocer el lugar donde se inventó una de mis obsesiones.

El casco antiguo de Kurashiki

Viajo a Kurashiki en tren y descubro que, además de tener negocios de washi tapes, la ciudad tiene canales y garzas y peces y góndolas y un casco antiguo muy bien preservado. Me quedo varias horas.

Paso un día repleto de pequeños momentos:

una japonesa me da una muestra gratis de algo y antes de abrirla le pregunto si es comestible,

la que atiende en uno de los negocios de washi tapes no puede creer que soy argentina y para asegurarse googlea una foto de la bandera y me pregunta si soy de ahí,

en un negocio me dejan hacer un testeo gratis de washi tapes por 10 minutos y ponen un reloj de arena para medir el tiempo mientras yo corto y pego pedazos de washi tape enloquecida,

dos japonesas que hacen el testeo conmigo me preguntan de dónde soy y tampoco pueden creer que vengo desde Argentina,

me siento en el borde del canal a mirar a una garza durante al menos veinte minutos,

saludo con la mano a los que pasan en góndola,

veo a un hombre alimentar a los peces,

encuentro un corazón hecho con washi tape.

No sabía si esto se comía o no.

Los canales de Kurashiki

Las calles de Kurashiki

La garza de Kurashiki

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Y sí, hay dos negocios que venden washi tapes

Veo este corazón en Okayama, al salir del hostel.

Y cuando me acerco me di cuenta de que estaba hecho con pedacitos de washi tape.

En el camino de Okayama a Kurashiki veo otro corazón

Este siempre será el hostel en el que me preguntaron si me gustaba la masking tape

El castillo de Okayama

Los árboles que empezaban a pelarse

Pienso en que desde que estamos en Japón, todos los días tengo un momento de puro presente, un instante en el que soy plenamente consciente de que estoy en Japón y de que me encanta estar acá. Dura pocos segundos pero aparece casi todos los días en los momentos más cotidianos: cuando estoy cruzando la calle, cuando me encuentro con una tapa de alcantarilla pintada, cuando me siento a mirar algo, cuando veo a un japonés hacer lo que para él es lo más normal del mundo. Japón me parece un país muy especial y a veces tengo la sensación de que estoy en otro planeta, o en la Tierra de un universo paralelo. Me costó dejar mi casa para venir hasta acá pero ahora entiendo que por algo tenía que hacerlo. Japón me conectó con un lado infantil que no me había animado a dejar salir del todo, me dio permiso para volver a mi amor por la papelería (y para ser fan, algo que acá es muy común), me demostró que hay muchísima gente con esta misma pasión por el mundo del stationery y que no soy la única loca que siente ataques de felicidad cada vez que entra a una librería. Japón me permitió convertirme en la viajera que lleva una colección de washi tapes en la mochila.

[box type=star]Info útil para viajar a Okayama y Kurashiki:

Okayama está a mitad de camino entre Hiroshima y Osaka y es una buena ciudad para hacer base e ir a conocer islas y pueblos cercanos. Desde ahí pueden ir a Okunoshima, la isla de los conejos, y a Naoshima, la isla de los artistas. Además están a 15 minutos en tren de Kurashiki, la ciudad de las washi tapes, los canales y las góndolas (le dicen “La Venecia de Japón”, aunque su centro histórico es muy chiquito).

Transporte: les recomiendo usar Hyperdia para ver los horarios y costos de los tren en Japón. Algunos precios: Okayama – Kurashiki ¥320 (usd 2.70, 17 minutos), Okayama – Hiroshima en el tren de alta velocidad desde ¥5500 (usd 47, 1 hora), Okayama – Osaka desde ¥3000 (25 usd) en trenes locales.

Alojamiento: nosotros nos quedamos en Kamp, un guesthouse con restaurante y música en vivo. Tiene dormitorios compartidos (¥3000 / usd 25 por persona) y cuartos privados para dos personas (¥3500 / usd 30 por persona) y está muy cerca de la estación.

Washi tape: Y por si les interesa, hay dos negocios de washi tapes en Kurashiki: Nyochiku (web | mapa) y 612 Factory Shop (mapa). Al parecer, cuando abren la fábrica de mt para visitas, toda la ciudad se llena de masking tape… Me lo perdí. [/box]

El día que fui a Okunoshima, la isla de los conejos en Japón

[box type=info] Atención: este post tiene un alto contenido de cuteness. Si sos sensible a este tipo de imágenes, te recomiendo que no sigas leyendo.[/box]

Cuando, hace unos meses, empezó a circular la noticia de que en Japón había una isla con más gatos que personas pensé que era demasiado bueno para ser cierto. Japón estaba cumpliendo mis sueños más delirantes a la distancia: “La isla de los gatos” me parecía algo sacado de un libro de Murakami.  ¿Qué amante de los gatos no soñó con vivir en una isla repleta de felinos? Lo más cerca que estuve de eso fue cuando cuidé a los 13 gatos de una de mis mejores amiga en Lima y me volví loca tratando de mantener todo bajo control (fue muy difícil desayunar, porque mientras impedía que tres gatos se subieran a la mesa, uno aprovechaba para lamer la manteca de mi tostada y otro intentaba escaparse por la ventana). Anoté la isla de los gatos en mi lista mental de lugares para ir alguna vez en la vida (o lugar donde quedarme para siempre, incluso) mucho antes de saber que nos íbamos a Japón. Si Valparaíso me pareció la sede de gobierno de los gatos, aquella isla sería algo así como el primer foco revolucionario de la dominancia mundial gatuna.

Cuando llegamos a Japón me puse a investigar y me enteré de que no hay una sola isla habitada por gatos: hay once. Y también hay una isla de conejos, una aldea de zorros, una isla de tiburones y muchos cafés donde ir a acariciar gatos, hamsters, búhos, serpientes y conejos. En un principio, nuestro plan era estar tres meses quietos en dos o tres lugares de Japón, al menos un mes en Tokio y dos meses en otro lugar. Pero al final terminamos recorriendo mucho más de lo pensábamos y cuando llegó el momento de elegir a qué isla de animales ir, optamos por Okunoshima, la isla de los conejos. Lo malo de viajar por Japón es que trasladarse es muy caro (sea en tren o en bus) y para ir a la isla de los gatos de Ehime (la que salió en las noticias) desde Kansai íbamos a tener que gastarnos entre 200 y 400 dólares cada uno (en trenes de ida y vuelta + ferry + alojamiento + comida). La isla de los conejos, en cambio, nos quedaba de paso en nuestro trayecto de Hiroshima a Okayama. Además, estos videos me convencieron:

La noche anterior casi no pude dormir de la ansiedad. Ya me veía haciendo angelitos de nieve entre cientos de conejos (eso no pasó, claramente) y revoleando conejos por los aires como un Susano tirando los cupones para elegir al ganador de un sorteo (tampoco pasó). ¿Los conejos se me acercarían? ¿Podría acariciarlos? ¿Se me subirían encima? ¿Me querrían más si les llevaba zanahorias y repollo? ¿Sería un hit entre los conejos y todos los nenes me tendrían envidia? Por unas horas, esas fueron mis únicas preocupaciones en el mundo.

Llegamos a Tadanoumi, el puerto desde donde sale el ferry a la isla, a eso de las 10.30 de la mañana y ya había gente haciendo fila, sobre todo muchas familias con chicos chiquitos. Pensé que la isla era un lugar medio secreto y que al ser un día de semana no habría nadie, después me enteré de que era feriado y la isla es más popular de lo que pensaba. Viven más de mil conejos super fluffly y adorables y es un lugar que trae buena suerte y fertilidad, y en una sociedad amante de lo kawaii (tierno) como la japonesa, una isla así es un hit. Mejor que nadie se interponga entre los conejitos y yo porque los tackleo a todos (tanta ternura me violenta). Como estábamos en camino a Okayama, dejamos todo el equipaje en los lockers y llevamos solamente la comida para los conejos y la cámara de fotos. Compramos el ticket en una máquina, nos subimos al barco y quince minutos de navegación después nos bajamos en la isla y vimos a los primeros conejos acercarse en busca de comida.

Esperando a que llegara el ferry

La pregunta es: ¿de dónde salieron todos estos conejos y por qué viven acá? Hay dos teorías y un pasado oscuro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla de Okunoshima funcionó como una fábrica secreta de armas químicas donde se produjo el gas venenoso que Japón usó para atacar en China. Los conejos fueron llevados a la isla para probar los efectos del gas y, cuando la guerra terminó, los trabajadores de las fábricas los liberaron. Algunos creen que los conejos que viven en Okunoshima hoy en día son los descendientes de ese primer grupo, aunque otros lo niegan.

Actualmente, en la isla todavía se pueden ver las ruinas de las fábricas de gas (el acceso está prohibido) y visitar el Museo del gas venenoso, establecido en 1988 con el objetivo de “mostrarle a la mayor cantidad de gente posible las horribles verdades del gas venenoso”. Su curador le dijo al New York Times: “Mi esperanza es que la gente visite el museo de Hiroshima y este para ver que los japoneses fuimos tanto víctimas como agresores durante la guerra. Espero que la gente vea ambas facetas y reconozca la importancia de la paz”.

La segunda teoría, más al estilo Bart Simpson y su rana en Australia, es que los conejos son descendientes de 8 conejos que fueron liberados en la isla por un grupo de alumnos durante una excursión escolar en 1971. Ninguna de las dos está comprobada.

Esa patita!

El repollo fue un éxito, me lo querían robar!

Pasamos varias horas en la isla dándole de comer a los conejos y acariciándolos, aunque algunos se dejaban más que otros. No se me cumplió el sueño de ser perseguida por una estampida de conejos como la chica del video (había demasiada gente para eso, me parece, y la atención de los conejos estaba dividida), pero escucharlos masticar zanahoria en un lugar tan silencioso fue casi hipnótico. Varias veces los tuve que perseguir porque me robaban la bolsa de comida y, en general, tuve la sensación de estar en un lugar irreal. Me pasó lo que suele pasarme en lugares que me gustan mucho: ni nos habíamos ido y ya tenía ganas de volver. Creo que me japonicé porque cualquier cosa tierna me enloquece más de lo normal. L y yo prometimos volver algún día a Japón (y a esta isla, y a la de los gatos) con nuestros hijos. Abajo les dejo info por si quieren visitar Okunoshima.

Cuando vi a estas dos bolitas de peluche me puse a gritar (entiendanme, nunca tuve mascotas)

La isla en sí es muy linda para caminar (lástima que nos tocó un día de muchísimo viento y frío)

En verano se puede nadar

Los conejos están por todas partes y viven en estado salvaje, aunque están acostumbrados a la gente y se acercan enseguida.

Esta es una de las ruinas de las fábricas químicas.

[box type=star] Info útil para ir a Okunoshima, la isla de los conejos, en Japón:

  • Cómo llegar a Okunoshima: tienen que tomar un tren a la estación Tadanoumi (Prefectura de Hiroshima). Desde Hiroshima hay un tren rápido que tarda una hora (con transbordo en Mihara) y cuesta ¥3540 (30 usd al cambio del 14/12/16) o un tren que tarda dos horas y cuesta ¥1320 (11 usd, con transbordo en Hiro). Ambos salen varias veces al día. Pueden ver los horarios, combinaciones y precios para ir desde otras ciudades en Hyperdia.
  • Desde la estación de tren de Tadanoumi hay que ir hasta la estación fluvial, que está a unos 5 minutos de caminata (el camino está indicado en carteles en la estación de tren, abajo les dejo una foto del mapa). Ahí compran el boleto para ir al puerto de Okuno (¥620 ida y vuelta – aprox. 5 usd). Tarda 15 minutos y sale varias veces al día, abajo les dejo una foto con los horarios vigentes en noviembre de 2016 (cuidado porque hay algunos horarios que no son válidos para noviembre – enero y hay ciertos horarios que solamente son válidos para los fines de semana). Lo mejor es llegar temprano.
  • Si tienen equipaje, pueden dejarlo en los lockers de la estación fluvial para no cargarlo mientras visitan la isla. Cobran ¥500 (aprox. 4 usd) por bulto por día.
  • En la estación fluvial venden bolsitas con alimento para conejos a ¥100. En la isla no se vende comida para conejos, así que si quieren darles de comer tienen que comprarla ahí (o comprar verduras frescas en un supermercado). Recuerden no dejar basura en la isla.
  • Más información: esta web japonesa tiene muy buena info para visitar la isla de los conejos y las islas de los gatos, por si se quedan con ganas (fue la única info certera y completa que encontré en internet).[/box]

En busca de las hojas de otoño en Osaka, Nara y Kyoto

Cuando me di cuenta de que ya estábamos en noviembre y no habíamos visto ni una hoja de otoño me empecé a desilusionar. En Tokio la temperatura había bajado pero los árboles seguían verdes y sin intenciones de cambiar de color. Me surgieron preguntas paranoicas del estilo ¿y si este año no hay otoño en Japón? ¿Y si las fotos de “Autumn leaves” que se ven en internet son todas photoshopeadas? ¿y si el “koyo” (las hojas que cambian de color en otoño) es un mito?

El otoño y la primavera son mis estaciones preferidas, espero que nunca me hagan elegir porque no sé con cuál me quedo, aunque hay algo de la melancolía del otoño que me encanta:
las hojas cambian de color, cubren el asfalto y hacen ruido cuando las pisás,
empieza la época de los tés calentitos, las medias gruesas, la lectura con frazada y las bufandas,
la luz matutina que entra por la ventana tiene otra consistencia,
el clima es perfecto para quienes no soportamos el frío ni el calor intenso.

(Mientras escribo esto suena “What a wonderful world” de Louis Armstrong de fondo y pienso en que hay canciones que son otoñales, como esa).

Después de casi dos meses atrapados en Tokio y sin ver el koyo (el cambio de color de las hojas) japonés seguimos camino hacia la región de Kansai, en el centro del país, con la ilusión de ver al menos una hojita seca. Esto fue lo que encontramos.

* Verde en Osaka

Las hojas de Osaka estaban queriendo cambiar de color.

Las hojas de Osaka estaban queriendo cambiar de color.

Lo primero que me llamó la atención de Osaka fue que la gente se paraba del lado derecho en la escalera mecánica y no del izquierdo como en Tokio. Es un detalle que puede parecer insignificante pero que en un país tan lleno de reglas y rituales no es azaroso. En Japón se maneja por la izquierda, se camina por la izquierda y se espera por la izquierda, así que verlos parados del lado derecho con tanta seguridad me hizo acordar a lo que me habían dicho antes de llegar: “Los de Osaka son los rebeldes de Japón”. Osaka fue la primera ciudad que visitamos después de Tokio y, si bien es de las más grandes de Japón, nos pareció mucho más abarcable que la capital.

Durante nuestros seis días en Osaka vimos:
dos señores paseando a sus iguanas,
un hombre vestido de colegiala,
las uñas postizas de una japonesa que viajó de mochilera por Argentina y toma mate,
una réplica de cangrejo gigante montado sobre el frente de un restaurante,
un grupo de pop japonés femenino cantando en vivo frente al canal,
los fans del grupo japonés bailando y aplaudiendo (en su mayoría, hombres grandes),
un hombre de traje arrastrando una valijita rosa de Hello Kitty,
stickers con la cara de Maradona,
carteles de prohibido hacer cosas protagonizados por gatitos,
a mi fan japonés (!),
hojas verdes que querían empezar a ponerse rojas.

El otoño todavía estaba en los camarines, esperando a que alguien le diera la orden de salir al escenario. O quizá se había tomado el tren bala a Tokio y nos habíamos cruzado en alguna estación yendo en direcciones opuestas.

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Osaka estaba más verde que otra cosa

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Este es el castillo de Osaka, que solo miramos desde afuera

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Así estaban los árboles.

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Esto fue lo más otoñal que encontré.

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A la derecha, el grupo de J-Pop, a la izquierda, sus fans.

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Dicen que Osaka tiene la mejor comida de la región (y del país, quizá). Muchos frentes de los restaurantes tienen decoraciones de este estilo.

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Como muchos lugares de Japón, Osaka es una mezcla de modernidad y tradición.

* Naranja y amarillo en Nara

En el parque central de Nara vimos a un ciervo hacerle una reverencia a una chica. Al principio pensé que me lo estaba imaginando y que los ciervos mueven el cuello de una manera que se parece a una reverencia, pero después leí que algunos de los ciervos de Nara aprendieron a hacer reverencias después (o antes) de recibir una galletita. En Nara viven más de 1200 ciervos y todos andan libres por Nara Park, el parque central de la ciudad. Nara fue una de las capitales imperiales de Japón hace más de 1300 años y de esa época quedan las construcciones históricas y los ciervos, que son considerados mensajeros de dios y se enloquecen si te ven con una galletita o cualquier cosa comestible en la mano.

Después de varios días de frío, en Nara tuvimos un fin de semana de sol, con más de 18 grados, y vimos unos colores que casi me hacen llorar de emoción. “Hace dos años que no teníamos otoño”, me dijo L. Y nuestro último otoño no fue colorido. Esto era todo lo que necesitaba, un otoño así.

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Así estaban los árboles en Nara Park.

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Dentro del Isuien Garden

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Le estaba sacando fotos a una hojita de otoño y...

Le estaba sacando fotos a una hojita de otoño y…

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Nara Park es enorme y tiene varias zonas, algunas más boscosas que otras.

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Tranquilos, cruzando en rojo xD

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Los japoneses no pueden ser más adorables.

 * Y rojo en Kyoto

Lo primero que vimos cuando nos bajamos del tren en Kyoto fue un mapa del otoño pegado en la pared de la estación. En el plano se veía el recorrido de trenes y stickers que marcaban dónde estaban las hojas de otoño y de qué color eran. Japón es el país de los mapas, hay mapas que muestran hasta dónde están ubicados los inodoros en los baños públicos, pero ver estas cosas me sigue sorprendiendo. El mapa del otoño se actualizaba a diario y, por lo que vimos, los colores de las hojas cambiaban bastante rápido.

Salimos de la estación y el mapa no mentía: nos encontramos con una ciudad repleta de amarillo, naranja y rojo. Kyoto fue la exageración en todo sentido: querías otoño, tomá otoño. ¿No querías turistas? Tomá turistas igual. Hay algo de Japón que no me imaginaba al ver las fotos y es que cualquier lugar mínimamente lindo (es decir, casi todo el país) está repleto de turistas, sobre todo de turistas japoneses. Y no hablo de grupos reducidos, son hordas de gente y selfie sticks que avanzan por los jardines, los templos y los bosques. Es muy difícil sacar una foto sin personas o encontrar un lugar “vacío”, al menos en una ciudad tan turística como Kyoto y sobre todo en una época tan colorida y especial como el otoño. A pesar de las masas de gente —de las que también formamos parte— disfrutamos mucho los días y las caminatas en Kyoto. Les dejo algunas fotos de las hojas de otoño y les ruego que si viajan a Japón no se pierdan esta época. Nunca vi un otoño tan cuidado como este.

El mapa del otoño

El mapa del otoño

Primera vista de las calles de Kyoto.

Primera vista de las calles de Kyoto.

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El primer día llovió

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Los días siguientes hizo buen clima y aprovechamos para caminar mucho.

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Kyoto es la ciudad de los templos y los jardines.

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Esta vista era más linda de lo que sale en la foto.

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Hicimos un paseo que se llama “Philosopher’s Walk” y que va de un templo a otro.

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En los jardines imperiales encontramos esto que no sé cómo se llama pero me recordó a lo que hacía con las monedas cuando era chica: les ponía un papel encima y pintaba con lápiz para que se marcara el relieve de los números.

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Templo y gente al atardecer

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El Fushimi Inari Taisha es uno de los templos más famosos de Japón. Tiene miles de torii (los arcos rojos) donados por distintas empresas japonesas.

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Tuve que esperar un rato para poder sacar una foto sin gente.

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En Kyoto se ven muchas chicas vestidas con kimono.

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Algunos templos y/o jardines cobran entrada, como este.

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Hasta los peces tienen los colores del otoño

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En Arashiyama, una zona de río y bosques en el oeste de Kyoto, hay un Monkey Park en la cima de un monte.

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Esto también es en Arashiyama.

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Y el famoso bosque de bambú.

Volvimos a pasar por Nara a fines de noviembre y ya no había colores.

Volvimos a pasar por Nara a fines de noviembre y ya no había colores.

Conozco ciudades de la eterna primavera pero no del otoño eterno. Yo le pondría pausa a estos colores y me quedaría para siempre en esta época.

*

[box type=star] Info útil para visitar la región de Kansai durante el otoño (Osaka, Kyoto, Nara):

  • Mejor época para el momijigari (“mirar hojas de otoño”): de mediados de noviembre a principios de diciembre, dependiendo del lugar. Nosotros estuvimos en Kansai del 6 al 18 de noviembre, vimos las primeras hojas de otoño el 12 de noviembre en Nara y del 14 al 18 de noviembre en Kyoto. Volvimos a pasar por Nara el 29 de noviembre y ya no había colores, así que se ve que el koyo dura muy pocos días.

Alojamiento: 

  • Como en Tokio, en la región de Kansai existen varias opciones de alojamiento de distintos precios: guesthouses, hoteles, alquiler de departamentos, hostels, business hotels, ryokans (alojamientos japoneses tradicionales). Calculen que van a gastar, como mínimo, entre 20-40 dólares por noche por persona, dependiendo de si se quedan en un dormi, en un cuarto privado o en un departamento entero. A veces los precios no son del todo lógicos, porque por quedarnos en un departamento entero en Kyoto pagamos 15 usd la noche cada uno (+ costos de limpieza y servicio) y por una habitación privada pagamos casi el doble. Todo depende de lo que esté disponible: Japón tiene muy poco alojamiento (en comparación con la cantidad de turistas que recibe) y los cuartos se ocupan enseguida así que les recomiendo que reserven con tiempo (al menos una semana o 10 días antes, aunque si buscan con más anticipación seguramente encontrarán mejores opciones).
  • En Osaka nos quedamos en Osaka Guesthouse Nest (un hostel con habitaciones compartidas y privadas, cocina y un staff con muy buena onda) y en LNK Osaka (un guesthouse muy nuevo, todo hecho en madera, que parece una cabaña en la montaña pero en la ciudad). Ambos tenían wifi incluido, como todos los lugares en los que nos alojamos en Japón.
  • En Nara alquilamos un cuarto en la casa de una señora y en Kyoto un departamento entero (por el mismo precio), ambos a través de Airbnb. Lo bueno de Airbnb es por el precio de dos camas de dormi  tenés un cuarto privado o un departamento entero, lo malo es que el check-in suele ser muy tarde (al menos acá en Japón podés entrar recién a las 16 hs y tenés que irte a las 10 am).

Transporte:

  • Ir de Tokio a Osaka cuesta ¥14.250 (unos 125 dólares al cambio del 7/12/16) por un viaje de casi 3 horas en tren bala, pero existe un pasaje con descuento para viajar en el Kodama Shinkansen que tarda 4 horas y cuesta ¥10.300 (90 usd). Lo tienen que comprar personalmente en la oficina de JR Tours de Tokyo Station al menos un día antes de viajar y solo sirve para una fecha y horario específico, si pierden el tren no hay cambio ni devolución. Si tienen el JR Pass no hace falta que compren nada.
  • También hay colectivos (buses) que van de Tokio a Osaka y son un poco más baratos que el tren, pero tardan 8 horas. Una de las empresas más usadas es Willer Express, hay colectivos nocturnos desde ¥6800 yenes (60 usd) y diurnos desde ¥5400 (48 usd).
  • Dentro de Kansai, ir de una ciudad a otra en tren no es caro y es rápido, ya que todo está cerca. Kyoto-Nara cuesta unos ¥700 (una hora de viaje), Kyoto-Osaka cuesta ¥560 (45 minutos) y Osaka-Nara ¥800 (una hora). Les recomiendo Hyperdia para consultar precios y horarios de trenes.
  • Dentro de cada ciudad pueden moverse caminando (todo queda relativamente cerca), en bici (varios lugares alquilan por día o por estadía) o en metro/tren.

Qué ver y hacer – Algunas sugerencias:

  • En Osaka: comer, comer, comer. La comida en Osaka es deliciosa y está por todos lados. Caminar hasta el castillo (nosotros no entramos), pasear por el canal Dōtonbori y pararse en algún puente a mirar el cartel de Glico (que por alguna razón es uno de los íconos de la ciudad) y a la gente.
  • En Nara: caminar por Nara Park, darle de comer y/o acariciar a los ciervos, andar en bici por la ciudad. Nosotros pasamos la mayor parte del tiempo en Nara Park, que es enorme y tiene varios templos y jardines adentro. Uno de los jardines que más nos gustó fue el Isuien Garden (la entrada cuesta ¥900 y en otoño es lindísimo).
  • En Kyoto: hacer el “Philoshoper’s Path” (una caminata que pasa por varios templos), caminar entre los torii de Fushimi Inari Taisha, pasear por el bosque de bambú, ir a la región de Arashiyama, ver alguna geisha en Gion (el barrio de las geishas). Caminar, en general. [/box]

Nuestra primera experiencia de housesitting en Tokio

Vi el anuncio de Amanda la misma tarde en la que casi compro dos pasajes de Tokio a París. Un poco harta de los precios del alojamiento en Japón, se me ocurrió mirar cuánto costaba un pasaje de escape a Europa y cuando encontré un vuelo directo a Francia por menos de 300 dólares lo pensé. No es que Francia sea mucho más barata, pero nuestro plan con L es volver a Biarritz dentro de unos meses, buscar casa para hacer base —cómo necesito una casa— y quedarnos un largo rato allá, así que se me ocurrió que podíamos adelantar la partida. Vivir en Japón es caro, pero nuestro plan era estar tres meses y todavía nos quedaban dos, así que en vez de dar por terminado el viaje antes de tiempo decidimos buscar otras opciones que nos permitieran ahorrar.

Entré a la web de housesitting en la que nos habíamos hecho un perfil hacía unas semanas y vi que Amanda buscaba a alguien que cuidara su casa y a sus dos perras en Tokio durante cinco días mientras ella y su marido se iban de viaje al Monte Fuji. Le escribí enseguida, le dije que estábamos en Tokio, que nos encantan los animales, que trabajamos desde casa, que estábamos disponibles. Unas horas después teníamos una respuesta positiva: “Quiero conocerlos con las chicas, encontrémonos en la estación Yoyogi-Uehara a las 8 de la noche”. “Las chicas” eran Doris y Lucy, dos perras australianas de raza labradoodle, mezcla de labrador y poodle (caniche), de 3 y 5 años, que apenas nos vieron llegar se nos acercaron corriendo y nos llenaron de besos. Ellas ya nos habían aceptado como sus petsitters. Amanda y Andrew, su marido, nos llevaron a conocer la casa, nos explicaron cómo funcionaba todo, nos enseñaron a separar la basura, nos dieron las instrucciones para cuidar a las perras y nos dijeron que volviéramos en dos días para instalarnos durante las cinco noches siguientes.

Ellas son Lucy y Doris

Ellas son Lucy y Doris

Housesitting, que significa “cuidado de casas” en inglés, es un sistema de economía colaborativa: un dueño (houseowner) se va de viaje y, como no quiere dejar su casa y/o mascotas sola(s), busca a un cuidador (housesitter/petsitter) que pueda quedarse durante ese período de tiempo y hacerse cargo del mantenimiento de la casa y el cuidado del jardín y/o los animales. No hay plata de por medio pero ambos salen beneficiados: la casa y/o mascotas no quedan sola(s) y el cuidador no paga alquiler. Es un sistema que cada vez más viajeros eligen y hay varias webs que ponen en contacto a los dueños con potenciales cuidadores (al final del post les dejo algunas). No me acuerdo cómo descubrí housesitting, probablemente fue a través de Maga, que viajó durante dos años sin pagar una noche de alojamiento usando esta modalidad. Al igual que cuando descubrí Couchsurfing, me pareció demasiado bueno para ser cierto y durante mucho tiempo no me animé a abrirme un perfil. ¿Viajar y tener una casa y mascotas a la misma vez? Es mi sueño y se alinea mucho con lo que busco ahora: un hogar en distintas partes del mundo. 

El ventanal de nuestra nueva casa

El ventanal de nuestra nueva casa

Dos días después del encuentro con Amanda y las perras nos mudamos a la casa en nuestro nuevo rol de cuidadores. “No puedo creer que vamos a tener cocina y heladera propia, tampoco puedo creer la casa que nos tocó: deben caber seis o siete departamentos japoneses adentro”, pensé. Tokio es la ciudad más poblada del mundo —tiene casi la misma población que toda Argentina— y los espacios son muy reducidos. Hasta ese momento nos habíamos estado quedando en cuartitos o en dormitorios compartidos, así que tener tantos metros cuadrados solo para nosotros iba a ser un lujo. Amanda y Andrew son de Australia pero ella está trabajando en Tokio y la empresa les da esta mansión. La casa tiene un jardín que parece un bosque privado, tiene sillones enormes para acostarse a mirar películas, tiene música, tiene una mesa donde podemos trabajar, tiene una cocina gigante con más de una hornalla, tiene la cama más cómoda que probé. Lo único malo fue que la estadía haya sido tan corta.

Descansando en el sillón

Descansando en el sillón

El jardín

El jardín

Lucy a mis pies

Lucy a mis pies

Pasamos la primera noche en la casa con los dueños, que se fueron de viaje a la mañana siguiente. Apenas quedamos solos, las perras se mudaron a nuestro cuarto, se subieron a nuestra cama y no se nos despegaron más (sobre todo de L, que tiene un imán para los animales). Dormimos los cuatro juntos: Lucy se enroscó sobre mi cabeza, Doris se estiró en diagonal en el medio y nosotros nos acomodamos en los huecos. A las siete de la mañana del día siguiente sonó la alarma perruna: Lucy nos sacudió y Doris golpeó el piso con las patas como si estuviera bailando tap. Les di de comer, las dejé salir al jardín y me acordé de todo lo que nos había dicho Andrew: si Doris se baja de la cama en mitad de la noche y hace ruido decile que se vuelva a subir, si Lucy se para al lado de la ventana del living quiere decir que tiene que ir al baño, denles de comer dos veces al día, Doris come más porque es más grande pero Lucy va más veces al baño, sáquenles las lagañas a la mañana porque sino se endurecen y les pueden lastimar los ojos, acá cerca hay un parque donde las llevo todos los días a jugar, junten la caca en una bolsa y tírenla en este tacho, si salen al jardín y está embarrado límpienles las patas antes de volver a entrar, si salen de noche pónganles los collares luminosos, que no corran en esta parte de la casa porque patina. Nunca tuve mascotas —más allá de un pato durante unos días y algunos animales que cuidé en casas de amigos— así que hice todo con extremada cautela.

Doris

Doris

Lucy y su mirada humana

Lucy y su mirada humana

Durante los días siguientes nos fuimos turnando. A veces L y yo las sacamos a pasear juntos, a veces fuimos solos con las dos perras. Me gustó conocer la ciudad desde la cotidianidad y la óptica de dos animales. Cada vez que íbamos al parque olían todo lo que encontraban en el camino, casi siempre nos cruzábamos con otros perros e intercambiábamos saludos con sus dueños. Arriba (al parque se sube por una escalera) les podíamos sacar las correas y dejarlas correr alrededor de la cancha de baseball. Demostraron ser perras muy obedientes y de a poco fuimos conociendo su personalidad: a Lucy, la más chica, le encanta esconderse entre los arbustos, Doris es experta en desenterrar pelotas de baseball. Como son perros grandes, cuando los nenes japoneses las veían correr hacia ellos se ponían a gritar y se subían a los bancos. Después se daban cuenta de que eran muy amorosas y se les iba el miedo. Con Doris jugamos al interminable “tirame la pelota que la agarro y te la traigo para que la vuelvas a tirar” y Lucy aprovechó las distracciones para esconderse por ahí. Repetimos el ritual del paseo dos veces por día y me gustó tener esos cortes obligatorios durante mis horas de trabajo.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

En realidad está prohibido que los perros entren a la cancha de baseball, pero ellas aprovecharon una distracción nuestra para entrar por la reja y correr en círculos.

Jugando.

Jugando.

Los nenes del parque

Los nenes del parque

Todavía no empezó el otoño

Todavía no empezó el otoño

El último día las llevamos a Yoyogi Park, uno de los parques urbanos más grandes de Tokio, a un kilómetro de la casa. Dentro del parque, una mujer anunció por altoparlante, en varios idiomas, que no estaba permitido que los perros fueran sin correa, pero al rato encontramos un espacio off-leash (libre de correas) y las dejamos correr ahí adentro. Se hizo de noche rápido, a las cinco de la tarde ya estaba oscuro, así que les pusimos los collares luminosos para no perderlas de vista y seguimos jugando a la pelota hasta que otro perro nos la robó. Me agaché a buscar la linterna del teléfono en la mochila y un galgo me dio un cabezazo (?).

Volvimos a la casa un rato antes de que llegaran los dueños. Yo que soy bastante obsesiva del orden y la limpieza intenté dejar todo impecable: pasé la aspiradora, limpié la cocina, ordené el living y por poco lustré y perfumé a los perros. Me preocupaba haber separado bien la basura, que en Japón es muy importante porque el camión de basura junta una categoría distinta por día, y no haber dejado nada fuera de lugar. Todo salió bien. Amanda y Andrew llegaron y se encontraron con la casa en orden y dos mascotas felices, y para el dueño eso es lo importante.

La entrada a Yoyogi Park.

La entrada a Yoyogi Park.

Yoyogi Park visto de arriba

Yoyogi Park visto de arriba

Algunas reflexiones acerca de housesitting:

* Como primera experiencia me gustó pero quisiera hacer estadías más largas, cuidar una casa al menos un mes, tener más tiempo de acomodarnos, generar rutinas, disfrutar la casa y vivir el lugar.

* Hacer petsitting es mucho más demandante de lo que pensé, tal vez porque nunca tuve mascotas y no sabía el trabajo que implica cuidarlas. Además, como fue la primera vez que estuvimos a cargo de animales ajenos por tantos días, me preocupé más de la cuenta, pero supongo que es normal. Cuidar mascotas es una responsabilidad enorme.

* Me gusta que exista un intercambio así y que todo esté basado en la confianza: no debe ser fácil para un dueño dejar a su casa y a sus mascotas en manos de desconocidos, pero mientras haya confianza de parte de ellos y responsabilidad y honestidad de parte nuestra, todo funciona.

* Cuidar una casa (y mascotas, sobre todo) es un trabajo que demandará varias horas de tu día. Si bien tendrás un lugar gratis donde dormir, también tendrás tareas diarias que te obligarán a cambiar el ritmo del viaje, así que tené eso en cuenta si decidís usar esta modalidad. Me parece que es ideal para viajeros que quieren quedarse quietos por un tiempo.

* En mi opinión, housesitting es para vos si: querés practicar slow travel, no necesitás tener mucha vida social o salir mucho, te gusta estar en casa y hacerte cargo del mantenimiento (limpieza, jardín, correspondencia, etc), trabajás a distancia, querés pasar mucho tiempo en un mismo lugar, te gustan los animales, podés pasar períodos de tiempo largos en casas alejadas (muchas de las casas que se ofrecen para cuidar están en el campo)

* y housesitting NO es para vos si: estás en un lugar exclusivamente para hacer turismo (no podés irte todo el día si estás a cargo de cuidar mascotas), te vas de viaje y ya tenés un itinerario armado o poco tiempo, querés moverte rápido de un lugar a otro, no estás preparado para dedicar gran parte del día al cuidado de la casa y de sus mascotas.

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Info útil para hacer housesitting:

  • Hay varias webs que conectan owners con sitters. Las más conocidas y usadas son:
    • trustedhousesitters.com (cobran una membresía anual de 99 dólares, que se amortiza rápido cuando conseguís tu primera casa, y es una de las webs con mayor cantidad de ofertas.)
    • mindmyhouse.com (online desde el 2005, cobran una membresía anual de 20 dólares)
    • housecarers.com (online desde el 2000, cobran una membresía anual de 50 dólares y te dan un período de 30 días gratis de prueba)
  • Lamentablemente, housesitting no es una modalidad que esté expandida en todo el mundo. Las oportunidades están principalmente en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y algunos países de Europa. Y como hay muchos más sitters que casas, la competencia es alta. Así que si estás pensando seriamente en convertirte en housesitter y viajar usando esta modalidad, te recomiendo que leas La guía de House Sitting – Descubre cómo viajar gratis alrededor del mundo cuidando casas, escrita por Magalí Vidoz. Ahí está todo explicado: qué es el housesitting, en qué países se puede hacer, qué webs usar, cómo ser un buen sitter, cómo armar tu perfil, cómo postularte para una casa, qué hacer si te aceptan, qué información pedirle a los dueños, qué hacer frente a una situación negativa y muchas cosas más. Yo la leí antes de viajar y me ayudó mucho. [/box]

6 cosas para salir a buscar (gratis) por Tokio

Tokio es enorme y tiene mucho para ver y hacer. En mi experiencia, lo mejor es elegir un barrio, caminar y explorar con tranquilidad, sino la gran cantidad de opciones puede ser un poco abrumadora. En este post les propongo seis cosas para salir a buscar por Tokio: son gratis, están por todas partes y las encuentran caminando, aunque algunas son más fáciles que otras. Pueden sacarle fotos a sus hallazgos, imprimirlas en cualquier máquina de Tokio y armarse un álbum personal de su viaje por la capital japonesa.

1. Sellos

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Este dato se lo tengo que agradecer a Sol, una lectora, que me mandó un mail para contarme que en las estaciones de tren y en los lugares turísticos de Tokio (y de Japón, en general) hay sellos dispuestos para que la gente los use y los coleccione. Cada sello es distinto y tiene un motivo que representa a la zona, estación, barrio o atractivo en el que se encuentra. Suelen estar puestos en una mesa junto con la tinta, papel (a veces) y un cartel explicativo en japonés. Son muy detallados, con dibujos y diseños complejos, y algunos son más fáciles de encontrar que otros. Los sellos son parte muy importante de la cultura japonesa, los hanko son los sellos personales y los eki stamp son los sellos de las estaciones. Las familias suelen organizar stamp rallys para juntar sellos con sus hijos los fines de semana o en fiestas como Halloween. Son un lindísimo souvenir de Tokio y son gratis. A nosotros se nos volvió vicio, siempre estamos mirando dónde puede haber un sello y cada vez que entramos a una estación jugamos a nuestra versión inventada del StampGO: a ver quién encuentra el sello primero.

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Ejemplo de un sello de una de las estaciones de JR Yamamote (me salió medio mal!)

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Nosotros ponemos los sellos en mi cuaderno y después escribimos el nombre de la estación. A veces hay sellos especiales, como el redondo del medio.

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Este fue el primero que encontramos.

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Suelen estar en una mesa así. En el cartel se ven los sellos de todas las estaciones de la línea Yamanote del JR.

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Dónde encontrarlos: en las estaciones del JR (una de las líneas de tren), por ejemplo, están siempre del lado de afuera, antes de pasar por los molinetes de entrada, es decir que no tienen que pagar el viaje para juntarlos (pero tampoco pueden tomarte un tren y bajar en cada estación para juntar el sello, porque tendrían que pagar cada vez que salen y vuelven a entrar). Una buena opción es caminar de una estación a otra e ir coleccionándolos (las distancias son de más o menos un kilómetro). Si no están puestos en la mesita, suelen estar en las Station office o en manos de algún guardia, generalmente de los que están detrás del vidrio al lado de los molinetes. Preguntenles, no les va a parecer raro! En los lugares turísticos, consúltenle a alguien de seguridad o de información, ya que a veces están medio escondidos.

Tip: en las papelerías venden cuadernos especiales para coleccionar estos sellos. Si los quieren juntar en serio, quizá les convenga comprar una almohadilla de tinta ya que en muchas estaciones la que hay está muy gastada y los sellos no se marcan bien. La consiguen en cualquier papelería por unos ¥500 o 5 usd (dependiendo del tamaño). [/box]

2. Carteles

Las calles de Tokio están llenas de carteles, algunas están tan cargadas que rozan el spam visual. Es que en Japón todo está explicado, y para eso se usan carteles, cartelitos, afiches y papeles con textos y dibujos. Si entendiera japonés me la tendría que pasar leyendo, como no entiendo me la paso adivinando. Un día empecé a prestarle atención a los carteles y desde ahí no pude parar, le debo sacar fotos a tres o cuatro por día: hay carteles que parecen sacados de un cómic, otros con ilustraciones que parecen de película, otros muy bizarros, otros que no sé cómo interpretar. Así que la próxima vez que caminen por Tokio préstenle atención a los carteles e intenten descifrarlos.

Yo no me animo a usar ese shampú.

Yo no me animo a usar ese shampú.

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sí, bueno, lamentablemente pasa. por eso en Japón no dejan sacar fotos con el celular sin sonido.

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y se ven cosas así por la calle, también.

3. Vistas panorámicas

Tokio es la ciudad más poblada del mundo, pero a veces es difícil tomar noción de su tamaño. Hay varios puntos de la ciudad desde los que pueden verla desde lo alto (y gratis!):

* Tokyo Metropolitan Government Building Observatory (Shinjuku)

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Dónde queda: 2-8-1 Nishishinjuku, Shinjuku (ver en Google Maps)
Horarios: de lunes a viernes de 8 a 18.45.
Son dos torres, pueden subir a cualquiera de las dos y ver las vistas desde el piso 45. Si el cielo está claro, se puede ver el Monte Fuji. TIP: ¡hay sello para coleccionar!

* Hotel Excel (Shibuya)

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El famoso cruce de Shibuya, el más transitado del mundo, desde el hotel Excel.

Técnicamente esta vista es solo para huéspedes, pero nadie va a decir nada si entran, toman el ascensor hasta el piso 25 y se acercan a la ventana. Desde ahí van a tener las mejores vistas del cruce de Shibuya, el más transitado del mundo. Si no se animan, tienen la opción B de ir segundo piso del Starbucks que está frente al cruce y mirar desde ahí, pero no es lo mismo.

Dónde queda: Dogenzaka 1-12-2, Shibuya-ku (ver en Google Maps)

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Vista desde el piso 46 del shopping Shiodome

* Shopping Caretta Shiodome (Minato)

Tomen el ascensor de vidrio al Sky Restaurant (piso 46) y disfruten las vistas de los jardines Hamarikyu, Odaiba y el río. Hay un ventanal donde se pueden sentar a descansar y mirar. Esta es una de mis vistas preferidas de Tokio.

Dónde queda: 1-8-2 Higashi Shimbashi, Minato (ver en Google Maps)
Horario: lunes a viernes de 11 a 18.30, sábado y domingo de 11 a 16.30

[box type=star]Otras vistas de Tokio (gratis y pagas):

  • Asakusa Culture and Tourism Center (Taito). Vistas del Tokyo Skytree, la construcción más alta de Japón, y del templo Senso-Ji.
  • Mori Art Museum (Roppongi). Vistas a Tokyo Tower. Entrada: ¥1800 (18 usd).
  • Tokyo Tower (Minato). Vistas a la isla de Odaiba, Tokyo Tower es la segunda estructura más alta de Japón. Entrada: ¥900.
  • Tokyo Skytree (Sumida). Esta torre de televisión mide 634 metros y es la construcción más alta de Japón. En días despejados, se ve el Monte Fuji. La entrada cuesta ¥2060 (20 usd). [/box]

 

4. Arte en el piso

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En Tokio hay arte hasta en los lugares más inesperados y cotidianos: en los carteles, en el packaging y… en el piso. Cuando caminen miren de vez en cuando para abajo, seguro se encuentran con algo interesante.

 

5. Personajes

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No pensé que festejaban Halloween en Japón. Cuando llegamos, en septiembre, ya estaba todo decorado con calabazas, brujas y fantasmas y me pareció un poco raro… Hasta que conocí a los japoneses. “Acá Halloween es más importante que Navidad”, nos contó Joji, un tokiota. “Para nosotros Navidad es una fiesta romántica, en la que buscamos tener una cita, nadie reza ni hace cosas religiosas. En Halloween todos se disfrazan y salen a la calle”. Los festejos duraron tres días, hubo desfiles callejeros, fiestas al aire libre y personajes dando vueltas por todos lados. Vi a Ronald McDonald (varios, uno mandaba mensajes de texto frente al McDonald’s), Batman, Spiderman, zombies, Alicias en el País de las Maravillas, vampiros, Blancanieves y otros personajes que no conocía. El único que no quiso que le sacara una foto fue uno que estaba vestido de oso (no se le veían ni los ojos). Todos los demás aceptaron contentos.

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Esto va más allá de Halloween, es cosplay.

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Fuimos al mercado Tsujiki y este señor insistió en ponerse al cangrejo para la foto.

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TIP: No hace falta ir durante Halloween para ver gente disfrazada. Todos los domingos, si caminan por Takeshita Street, en Harajuku pueden ver cosplayersgente que se viste como sus personajes favoritos del manga, animé, videojuegos, cine, libros o cómics y que los interpreta de manera física y dramática. En Yoyogi Park, al lado de Harajuku, pueden ver a los Rockabilly (también llamados los Elvis): japoneses que se visten con el look rockero de los 50, como salidos de la película Grease, y se reúnen a bailar todos los domingos a la tarde. Dando vueltas por el parque pueden encontrarse al famoso “abuelo colegiala”. Yo todavía no lo vi. No hace falta que se los describa, lo van a reconocer. [/box]

 

6. Algo kawaii

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Esto va a ser fácil porque Japón es la tierra de lo kawaii (cute). En todos lados hay peluches, gatitos, cosas de Snoopy, Hello Kitty, dibujitos, muñequitos blanditos para estrujar y coleccionar, comida en miniatura, pokemones y detalles demasiado tiernos y abrazables. ¿Cómo puede ser que este fanatismo por lo kawaii esté tan extendido en una sociedad? Me quiero comprar todo.

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+1 BONUS TRACK: papelerías

Japón es el reino de lo kawaii y es el paraíso de las papelerías. Si son fans de todo lo que está hecho en papel, les recomiendo que no se pierdan los stationery stores de Tokio. No sé si hay otros así en el mundo. En escribir.me, mi blog de escritura, pueden encontrar “La ruta de las papelerías en Tokio”. No me echen la culpa si se gastan todo en papel de carta y washi tapes! Si saben de otras cosas para ver/hacer/buscar gratis en Tokio, déjenlas en los comentarios.

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“¿Qué vamos a hacer diez días acá?” – Prácticas de slow travel en Kujukuri

“La gente viene a Japón y recorre la isla… ¿ustedes por qué están quietos acá?”, nos pregunta Qiang, el dueño del hotel en el que vamos a quedarnos diez días. Estamos sentados en un escalón en la entrada del restaurante, frente a la calle de tierra. El cocinero chino nos acaba de invitar dos bowls de noodles, son las seis de la tarde y ya es de noche. Somos los únicos comensales, somos los únicos huéspedes del hotel y me animo a decir que somos los únicos extranjeros del pueblo. Kujukuri, un pueblo de surfers y pescadores ubicado a 60 kilómetros del centro de Tokio, en la prefectura de Chiba, está fuera de temporada. Las leyes del turismo racionalista y práctico indican que no tenemos nada que ver ni hacer acá, que elegimos mal, que estamos por perder nuestro tiempo limitado de estadía en Japón. “Nos gusta pasar varios días o semanas en un mismo lugar, además los dos trabajamos todos los días por internet así que necesitamos estar quietos”, le decimos a Qiang.

Kujukuri

Kujukuri

Vinimos a Kujukuri porque leímos que es lo más parecido a Hawaii cerca de Tokio y su playa forma parte de una de las costas más extensas de Japón: 66 kilómetros de océano Pacífico sin interrupciones, resorts ni condominios. Salimos a caminar por la orilla, que nos queda a una cuadra de nuestro cuarto. La arena es oscura, marrón. El mar también es marrón. La costa está llena de botellas, zapatillas perdidas, vidrios, cartones y peces muertos. Solo vemos a un pescador en bicicleta, hay muchas rocas, hay viento, está fresco, está nublado. Salimos y caminamos por una de las calles principales, paralela al mar. Los pocos lugares que hay para comer están cerrados, la opción más cercana y barata es el Family Mart, un minimercado con bandejas de comida preparada. No hay transporte público. Hay pachinko (algo así como el casino japonés). La zona está rodeada de bosque, caminamos esquivando las arañas mutantes que aparecen colgadas en mitad del aire. Son más grandes que la palma de mi mano, tienen rayas o puntitos amarillos y me retrotraen a mis fobias infantiles. No sabíamos que Japón era el país de los insectos-monstruo. Ya pagamos la reserva de diez días y no hay devolución. La chica urbana que tengo adentro se pregunta qué vamos a hacer diez días en un pueblo donde no hay nada para hacer.

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El pachinko del pueblo (hasta eso estaba cerrado)

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los "conbini" son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

El Family Mart Restaurant, como decimos con L. Los “conbini” son los minimercados japoneses, abiertos las 24 hs, donde se consigue la comida preparada más barata.

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato)

Estas son las bandejitas de comida lista (tip por si viajan a Japón y quieren comer barato, por 3 – 6 usd)

Algún lugar de Kujukuri

Algún lugar de Kujukuri

Y una casa

Y una casa

Es mi lucha interna de siempre. En el 2010, en Malasia, conocí a un francés que vivía viajando hacía cuatro años. En alguna charla me contó que había pasado varias semanas en Agra pero no había visto el Taj Mahal. Yo no podía entender. ¿Y para qué fuiste entonces? “No me interesa, busco otras cosas”, creo que me dijo. En ese momento yo viajaba para ver lo que había que ver: si estaba en Camboya, iba a Angkor, si estaba en Perú, iba a Machu Picchu, si estaba en Francia, iba a París. No sé si era lo que quería o no, pero me daba culpa no hacerlo y me sentía menos si no tachaba esos lugares de mi lista. Después pasaron muchas cosas: me aburrí de lo turístico, me cansé de viajar rápido, me cansé de viajar en general, me empezó a gustar más pasar el tiempo en librerías, papelerías y cafés, o paseando por los parques, o viviendo en la casa de alguien, o mirando la vida desde una vereda, o caminando sin rumbo que yendo de un museo, templo, ruina y monumento a otro. Dejé salir a la slow traveler que siempre había estado ahí y acepté que lo mío era viajar para vivir lo cotidiano en otras partes del mundo, no para tener grandes aventuras.

Fue un proceso largo el de entender que nadie me obliga a conocer los lugares más famosos, que no tengo por qué irme de viaje con una lista de imperdibles ajenos, que si voy a tal ciudad y no visito su atractivo principal no quiere decir que no haya conocido nada, que si voy a un país y decido quedarme tres meses en un solo lugar no quiere decir que no haya aprovechado bien el tiempo. Lo sé, lo acepto, lo entiendo, lo elijo y lo practico, pero a veces, todavía, a veces, me agarra la culpa y la ansiedad de hay mucho para ver, no me va a dar el tiempo, no sé qué hago en este lugar mientras debería estar viendo tal cosa en otro. Como si todos los lugares tuvieran que ser productivos o como si ver “lo que hay que ver” fuese sinónimo de “viajé a tal lugar”.

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A pesar de que la primera impresión no es la que esperábamos, nos quedamos en Kujukuri y al día siguiente decidimos darle una oportunidad al mar. Hay sol, me pongo la bikini, armo mi mochila de playa —armo mochilas hasta para ir al baño—, me llevo la libreta amarilla, la cartuchera, algunas washi tapes (mi nueva adicción, son como cinta scotchs con dibujos) y a Cookie Monster (lo rescatamos de una máquina de pescar peluches). Meto los pies en el mar, esperando que esté helado, y no me parece frío. Afuera hay bastante viento y no hace más de 18 grados, pleno otoño japonés, y yo, que soy muy friolenta, empiezo a avanzar por el agua, voy saltando las olas y termino metida adentro. Me sale un grito de alegría: “¡Estamos en el mar!”, salto entre la espuma, me sumerjo cuando pasa una ola, floto, nado. La oceanitis tiene una sola cura posible y es esta, catar mares. A mi alrededor los surfers atraviesan las olas con sus tablas y me acuerdo de la vez que me enamoré del surf y me esguincé la mano derecha la segunda clase. Desde ese día quedé un poco asustada, pero quiero darle otra oportunidad al surf. De golpe siento que está bueno haber salido un poco de la ciudad, volver a la naturaleza, bajar el ritmo, disminuir los estímulos.

Cookie buscando galletitas

Cookie buscando galletitas

Cookie se relaja

Cookie se relaja

Hago un poco de journaling

Hago un poco de journaling (eso con ven con una ballena es una washi tape!)

L se queda en el mar y yo camino por la orilla. Está lleno de almejas. Entremedio encuentro algo que no sé cómo se llama pero que ya vi una vez, en Indonesia, y que tengo guardado en mi cajita de tesoros recolectados durante mis viajes, en Buenos Aires. No sé si es un caracol o una piedra. Tiene dibujada una flor. Volvemos y googleo. No es fácil encontrarlo: “caracol con estrella”, “piedra con dibujo de flor”, “estrella de mar en una piedra” no me tiran los resultados que busco. De pronto aparece. Se llama sand dollar, sea biscuit o galleta de mar y es un animal de la familia de los erizos. Lo que tengo en mi mano es el esqueleto. Se les dice sand dollars porque parecen monedas antiguas, son fundamentales para el ecosistema marino y, cuando mueren, el mar los suele dejar en la costa. Es mi tesoro de Kujukuri.

Al final Cookie encontró su galletita de mar

Al final Cookie encontró su galletita de mar

El resto de los días son más o menos iguales: amanece a las 5 am, se escucha el ruido de la obra de enfrente, pasan pocos autos, miramos el mar por la ventana, vamos al mar, L se mete y yo me vuelvo enseguida porque hace frío, caminamos al Family Mart y comemos sentados en el estacionamiento, extraño tener cocina, extraño tener una casa, pasa alguien en bici, esquivamos arañas, trabajamos, pasa el camión de basura haciendo música, anochece a las 5 pm, me da sueño a las 9, me quedo dormida sobre el tatami mientras miro el capítulo de alguna serie.

Desde nuestra ventana

Desde nuestra ventana

Pero siempre hay un detalle cotidiano que hace la diferencia. Y los recopilo todos en mi cuaderno.

Una mañana, por ejemplo, nos despertamos a las 8 por una alarma rarísima que suena en el cuarto. Me doy cuenta de que es mi teléfono, lo agarro pensando que no puse ninguna alarma anoche y en la pantalla veo que dice “⚠️ Emergency Alert” y un montón de texto en japonés. Dos días atrás hubo un temblor de 5.3 grados y el cuarto se sacudió como una caja de cartón. Salto de la cama, grito “¡terremoto, terremoto!” por segunda vez en este viaje y con las manos temblando googleo Japan Emergency Alert iPhone. Al parecer, la Agencia Meteorológica de Japón desarrolló un sistema que te avisa por teléfono dos minutos antes de un terremoto o tsunami inminente. Japón es el país de los terremotos y es el país del orden, así que si avisan es porque se viene uno grande. Mi primer impulso es empacar mi cuaderno y las washi tapes (Save the washi tapes!). Digo: “No puedo creer que vinimos hasta Japón para estar en un terremoto”. La alarma vuelve a sonar y tengo miedo. Bajamos a la recepción, le mostramos el teléfono a uno de los que trabaja ahí pero es chino y no entiende el idioma. A todo esto ya pasaron más de dos minutos y la tierra no se mueve, no hay pánico en las calles, los surfers siguen entrando al mar, no hay olas, no hay animales corriendo hacia lugares altos, Kujukuri sigue inmóvil. Se me ocurre traducir el texto de la notificación y veo que dice, como seis veces, “simulacro”.

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

¿No se infartarían si se despiertan con esto?

Una noche, buscando dónde comer, entramos a un restaurante al borde de la ruta. Esto no es Tokio y acá no hay nada señalizado en inglés, así que muchas veces tenemos que adivinar carteles, abrir puertas y rogar que no estemos entrando a una propiedad privada por error. El cocinero nos pregunta de dónde somos, cuando le digo Argentina hace una pausa, sonríe y pregunta “Argenchin?! OHHH, Argenchin! Maradona!”. Enseguida se acerca un señor que está cenando con su mujer y nos dice que su inglés no es bueno pero que quiere hacernos un regalo: un plato de ostras fritas. “Present from us, welcome to Japan”. Otra tarde volvemos a abrir una puerta sin saber si estamos entrando a un restaurante o a una casa y nos encontramos con una mezcla de ambos. Pido un plato de ramen desesperada, harta de tanta bandejita FamilyMartera. La señora que cocina se nos acerca a charlar y nos pregunta “Umi?” varias veces. Pongo umi en el traductor y descubro que significa mar en japonés.

El restaurante mezcla de cocina y de casa

El restaurante mezcla de cocina y de casa

Detalles del restaurante de la señora

Detalles del restaurante de la señora

¿Ven las arañas?

¿Ven las arañas?

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Una sola vez me doy este gusto

Una sola vez me doy este gusto

Y además:
aprovecho estos días tranquilos y sin tentaciones urbanas para trabajar,
procrastino textos urgentes y rediseño mi blog,
veo a un hombre de traje caminando por la playa,
me como un plato de fideos calentados en el microondas del 7-Eleven mientras camino por la calle (esta debe ser mi postal típica de Japón),
me canso de las bandejitas de comida del minimercado y me pido un set-o menu con todo: arroz, sopa, camarones gigantes fritos y cosas que no sé qué son (no quiero ni mirar la cuenta),
me la paso traduciendo menúes y etiquetas con la función fotográfica de Google Translate (gracias por existir, aunque a veces hagas traducciones rarísimas),
escuchamos gente hablando francés debajo de nuestra ventana y gritamos bonjour, pero nadie responde,
siento muchos deseos de tener una casa propia, de volver a nuestra vida en Biarritz, de hacer base,
intento meditar frente al mar pero me distraigo,
termino el primer cuaderno del viaje,
veo saltar peces,
me acuerdo de mis tardes de “viajoterapia” en Punta Negra frente al mar
y pienso que la viajoterapia bien podría ser una rama del slow travel.

Kujukuri me ayuda a entender que las ciudades me cargan de energía y los pueblos me ayudan a canalizarla.

En mi libro "El síndrome de París" definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

En mi libro “El síndrome de París” definí las que para mí son las cuatro etapas de la viajoterapia (o de la sanación a través de un viaje)

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

Así quedó mi libreta después de un mes y medio de viaje.

¿Qué es y en qué consiste, entonces, el slow travel?

El slow travel no tiene tanto que ver con la velocidad del transporte que usemos para movernos, sino con la mentalidad con la que nos vamos de viaje. El slow travel propone:

* absorber la atmósfera de un lugar, vivir su cotidianidad de manera relajada, tratar de acercarse a la cultura local en vez de ir corriendo de un atractivo turístico a otro y tachando “imperdibles” de la lista

* dedicar todo el tiempo a un solo lugar o región en vez de tratar de ver la mayor cantidad de atractivos y ciudades en un mismo viaje

* desacelerar, respetar nuestros ritmos internos y no agotarnos mental y físicamente tratando de ver/hacer “todo”

* disfrutar el camino entre el punto A y el punto B y elegir medios de transporte adecuados para eso (“Travel, don’t just arrive”, dice Dan Kieran en su libro The idle traveler)

* tener el coraje de no hacer lo que hacen todos cuando visitan un lugar

* armar el itinerario (o el no-itinerario) en función a nuestros intereses personales y no según lo que la industria turística nos dice que “tenemos que ver”

* no tener todo planeado, dar lugar a la improvisación, estar abierto a experiencias nuevas e inesperadas

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Algunas prácticas de slow travel:

* Mirar lo que ya conocemos como si lo viéramos por primera vez, empezando por nuestra ciudad

* Caminar, andar en bicicleta, usar el transporte local

* Hacer estadías más largas en casas de gente a través de redes como Couchsurfing, Airbnb o Housesitting

* Conocer poco y de a poco

* Aceptar que a veces “no hacer nada” es hacer todo

* Sacarse de encima las culpas y los debería y no escuchar esa voz que nos dice “si estoy en _______ tengo que ir a ver ________”

* Permitir que el lugar decida qué nos quiere mostrar

* Entender que cada cual vive y construye su viaje personal e interior

Vivir.

Vivir.

[box type=”star”]Info útil para visitar Kujukuri y/o hacer slow travel:

  • Transporte: nosotros viajamos en el JR local (tren) desde Tokio hasta Togane, la estación más cercana a Kujukuri. El viaje dura una hora y cuarto y cuesta ¥1140 (11,40 usd). Si están viajando por Japón, la web Hyperdia es muy útil para armar los recorridos en tren.
  • Alojamiento: hicimos Airbnb por ¥2000 (20 usd) la noche cada uno. En Japón es muy difícil conseguir un alojamiento que baje de ese precio por persona. En teoría con Airbnb alquilás un cuarto en una casa de familia o un departamento entero, pero en Japón hay muchos hoteles o guesthouses que también usan esa red. Si se suscriben a Airbnb [eafl id=”21125″ name=”The art of travel” text=”Book Depository”], tendrán usd 33 de descuento en la primera reserva (y a la vez me estarán ayudando a viajar, ya que yo obtendré el mismo descuento).
  • Otra buena opción para practicar slow travel es hacer housesitting o cuidar casas mientras los dueños no están. Si quieren saber más acerca de esta modalidad, les recomiendo La guía de housesitting, la más completa en español. Pronto estaré escribiendo acerca de nuestra primera experiencia ya que acabamos de cuidar una casa en Tokio. Hay muchas redes que conectan cuidadores con dueños, nosotros estamos usando [eafl id=”21134″ name=”Trusted Housesitters” text=”Trustedhousesitters.com”].
  • Libros recomendados acerca de slow travel:
    • “The Idle Traveler”, de Dan Kieran, es uno de mis libros preferidos y resume muy bien la filosofía que implica viajar lento. Lo consiguen a través de [eafl id=”21135″ name=”The idle traveler” text=”Book Depository”] y [eafl id=”21136″ name=”The idle traveler (Amazon)” text=”Amazon”].
    • “The Art of Travel”, de Alain de Botton, es otro libro que habla acerca del lado B de los viajes y cómo todo no siempre sale como esperamos. También se consigue a través de [eafl id=”21125″ name=”The art of travel” text=”Book Depository”] y [eafl id=”21137″ name=”The art of travel (Amazon)” text=”Amazon”].
    • “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré, fue uno de los primeros libros de la movida slow, y si bien no es específicamente de viajes, pone en contexto al slow travel como parte de algo más grande. También se consigue a través de [eafl id=”21138″ name=”Elogio de la lentitud” text=”Book Depository”] y [eafl id=”21139″ name=”Elogio de la lentitud (Amazon)” text=”Amazon”].[/box]

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“El síndrome de París”, mi segundo libro, fue escrito frente al mar y es también una celebración a los viajes lentos, interiores y personales. En mi Tienda está toda la info para conseguirlo.

Catadora de mares en un crucero por el Caribe

La primera vez que me subí a una lancha tenía pocos meses y mis papás dicen que no paré de llorar durante los cuarenta minutos de viaje. Suponían que me molestaba el ruido del motor, porque cuando lo apagaban me quedaba sonriendo tranquila mientras el agua nos mecía. Pasé los fines de semana de mi infancia y adolescencia en una casa frente al río, en el Delta del Paraná, a una hora de Buenos Aires. Ahí aprendí a remar en kayak y canoa, usé una tabla de bodyboard para barrenar las olas marrones de las lanchas colectivas, me animé a nadar sin poder ver lo que había debajo del agua, tomé algunas clases de esquí acuático, aprendí los nudos marineros más fáciles, practiqué saltos acrobáticos desde el muelle, sentí cómo un pescado se me prendía de la rodilla y hasta tuve de mascota a un pato. Pero nunca fui una chica de río. Cuando conocí el mar supe que, de todas las aguas que hay en el mundo, la del océano era mi preferida.

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Con mi papá nadando en el río, a pocos metros del Paraná

Crecí queriendo ser catadora de mares. Mientras durante el año escolar me conformaba con nadar en la pileta cerrada de mi barrio, esperaba ansiosa las siguientes vacaciones en la playa. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina de mar, pero mis papás siempre me llevaron de viaje al mar y yo nunca quise que me llevaran a otro lado. Conocí el mar frío y marrón de la costa argentina y el caliente y turquesa de las zonas tropicales, el mar tipo sopa de ciertas islas caribeñas y las olas energéticas de algunas playas uruguayas. Aún hoy, a mis 31, no sé qué mar gana la pulseada: el estático y transparente o el azul y oleado. Me cuentan que cada vez que íbamos a la playa yo agarraba mi botecito inflable, me sacaba la bikini y entraba al mar desnuda “para que no se me mojara la ropa”. No creo que haya sido un exhibicionismo temprano porque apenas entré en la adolescencia empecé a taparme con todo lo que encontraba, me parece que era un razonamiento típico de la infancia: la ropa de baño no me deja sentir el mar en todo el cuerpo, así que mejor me la saco. Siempre me sentí más en mi hábitat en el agua que sobre la tierra, y si me hubiesen dado la oportunidad de convertirme en sirenita y desaparecer para siempre en el fondo del océano hubiese aceptado. Supongo que fue en esta época cuando se me metió en la cabeza la idea de que algún día viviría frente al mar. Un Inception que empezó a plantarse hace más de 25 años.

Con mi prima Ceci y mi súper tabla en Punta del Diablo, Uruguay.

Con mi prima Ceci y mi tabla de chica mala en Punta del Diablo, Uruguay.

A los 15, cuando me preguntaron si quería fiesta o viaje, elegí viaje sin dudarlo. Fue una decisión muy fácil en una edad llena de decisiones difíciles. Empaqué mis cosas —ya ni recuerdo qué equipaje llevé— y viajé a Disney y a las Bahamas con un grupo de 500 —o mil, tampoco lo recuerdo ya— quinceañeras argentinas. Esa fue la primera vez que me subí a un crucero. Dieciséis años después, las imágenes que se me vienen a la mente son la alfombra mullida que tenía el barco, el ascensor —¡un ascensor que navega!—, el teléfono satelital por el que llamaba a mi casa, el fax que podíamos usar para mandar esa versión primitiva del email, los camarotes sin ventanas y un marinero de ojos celestes, del que todas estábamos enamoradas y que aparece más veces en las fotos que cualquier vista caribeña. Del resto casi no me acuerdo: sé que hubo una fiesta en la cubierta, ¿fuegos artificiales?, una parada en Bahamas, quemaduras de sol, peleas con desconocidas, una que dijo haber besado al marinero de ojos claros.

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

Las fotos del crucero de los 15 están en papel y en Buenos Aires, en mi compu solo encontré esta foto en el Caribe de cuando era chiquita

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Entre los 16 y los 31 seguí teniendo mis contactos esporádicos con el mar. A los 22 crucé de Colombia a Panamá en velero con tormenta eléctrica, tuve que agarrar el timón bajo la lluvia porque el polaco que había quedado a cargo no podía parar de vomitar, me quedé dormida mientras el velero subía y bajaba por olas que parecían montañas y pensé que no volvería a despertarme. Al otro día vimos delfines y entendí que si voy a morir en algún viaje, prefiero que sea sobre el agua y no en el aire. Me subí a otro velero en Rosario, tomé un ferry para ir a Uruguay, hice un recorrido fallido por la bahía de Halong en Vietnam, navegué a las islas Karimunjawa en Indonesia, crucé por agua a Marruecos. No volví a subirme a un crucero hasta Islandia, cuando Lau y yo intentamos irnos de polizonas hasta Groenlandia en un transatlántico que estaba amarrado en el pueblo. Una señora nos vio y nos invitó a bajarnos antes de poder cumplir nuestro plan delirante de hablar con el capitán y convencerlo de que nos lleve. Durante mis viajes metí los pies y nadé en mares y océanos de todas partes del mundo y finalmente me quedé a vivir frente al Atlántico, en Biarritz, con un francés que me explicó que él también necesita el mar para ser feliz. En esa época empecé a obsesionarme con la idea de volver a Argentina en un barco de carga y aprovechar esas tres semanas de desconexión para escribir el inicio de un libro en altamar.

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En el cruce en velero de Colombia a Panamá vimos delfines nadando al lado del barco

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En ese velero consideré la idea de quedarme a trabajar en un barco.

En Japón, a menos de dos semanas de haber empezado el viaje con L, me llegó una invitación de Pullmatur, una empresa española de cruceros, para hacer un viaje de prensa de seis días por el Caribe en el Monarch, uno de sus buques insignia. Lo primero que pensé fue: es muy lejos, voy a tener doble jet-lag y no sé si podré superarlo. Mi cuerpo iba a quedarse rebotando entre husos horarios, confundido entre tanto vuelo de una parte del mundo a la otra, sobre todo porque hacía pocos días habíamos viajado de Nueva York a Tokio y todavía no me había terminado de recuperar de los mareos y el insomnio del cambio horario. Por otro lado en mi cabeza había un minion que ya se había puesto la bikini y el collar de flores y estaba haciendo el hula-hula con un cartel que decía free daikiris. Cuando Lau me dijo que a ella también la habían invitado acepté. El transatlántico groenlandés no sabe lo que se perdió.

El barco que sería nuestro hogar por seis días

El barco que sería nuestro hogar por seis días

Después de 24 horas de aviones y aeropuertos, un piloto que amagó con aterrizar y volvió a despegar porque la pista no estaba libre, un azafato que me contó chismes de avión, familias que lloraban frente a migraciones de México porque estaban por perder su conexión y un sábado vivido dos veces al estilo día de la marmota, llegué a Panamá City y me reencontré con Lau después de casi un año sin vernos. Mi cabeza ya no sabía dónde estaba pero el cuerpo me decía que el mar Caribe estaba ahí nomás. A las catadoras de mares se le erizan los pelos como a un gato cuando sienten la sal en el aire. Embarcamos la mañana siguiente en Colón y formamos clan con Maru Mutti y Adri Herrera, blogueras de viaje también. Así, en un barco-ciudad de 14 pisos, nacieron las #chicasdecrucero.

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

Lau, Maru, Adri y yo en el barco

La vista desde la ventana de mi camarote

La vista desde la ventana de mi camarote

Mi camarote

Mi camarote

Si no escribiera en mi cuaderno todos los días no sé si podría diferenciar esos seis días de navegación en bloques de 24 horas. Subirme al crucero fue entrar a un micromundo flotante donde el tiempo se medía de otras maneras: las primeras horas en que el barco se movía y nos preguntábamos si era normal que el ascensor oscilara hacia los costados tipo péndulo, el simulacro del segundo día donde nos enseñaron qué hacer en caso de emergencia, las piñas coladas y caipiroskas de maracuyá peligrosamente disponibles a toda hora, la pileta vacía a la mañana y repleta al mediodía, el buffet en horario pico de desayuno y mis intentos veloces por servirme omelette antes de que se terminara la bandeja, una chica gritando como cacatúa en el pasillo, nosotras cuatro haciendo journaling con mi cartuchera llena de washi tapes contrabandeadas desde Japón, los pececitos voladores que se veían al atardecer, la ventana del camarote que me recordaba que siempre estábamos en movimiento, irme a dormir y despertarme en otra parte del mapa del mar.

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro "Especies de espacios" de Georges Perec)

El mapa del océano según Lewis Carroll (visto en el libro “Especies de espacios” de Georges Perec)

 

La pileta

La pileta

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

La mesa donde nos sentábamos siempre a desayunar

Un búho misterioso

Un búho misterioso

Sillón con vista a Aruba

Sillón con vista a Aruba

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Escribiendo en nuestros diarios con mucha concentración

Gané al Scrabble

Gané al Scrabble

Los quiebres en el fluir cotidiano del crucero lo marcaron las paradas que hizo el barco durante su recorrido. En este caso hubo dos: en Cartagena de Indias el día 2 y en Aruba el día 4. Volver a Cartagena me hizo acordar al 2008, cuando pasé diez días en Getsemaní, uno de sus barrios, esperando a que saliera algún velero hacia Panamá. Cartagena de Indias fue la ciudad donde festejé, sola, mis primeros cinco meses de viajera y fue, también, uno de los primeros lugares que me puse como meta (“llegar a Cartagena y llegar a México”). Aprovechamos el día libre para caminar por el centro histórico, Lau se comió una arepa con queso, caminamos por la muralla, nos sentamos en sillas en la vereda en Getsemaní y cruzamos pocas palabras con mochileros que estaban a mitad de su viaje por América Latina y que, en otro momento, podríamos haber sido nosotras. A la tarde volvimos a embarcar y junto con nosotras subieron 1500 personas —en su gran mayoría familias— que iniciaban su crucero en Colombia. A un barco así no se va en busca de soledad.

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

Cartagena de Indias y sus paredes de colores

El Casco Histórico

El Casco Histórico

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Nosotras

Nosotras

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En la muralla

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

Qué lindo que está el barrio de Getsemaní, no dejen de ir si pasan por Cartagena

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En el puerto había flamencos

En el puerto había flamencos

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

Última vista de Cartagena antes de volver a embarcar

El jet-lag hizo que me despertara todos los días a las 6 —y que cayera muerta a las 9 de la noche— y pude aprovechar esas mañanas vacías para escribir y mirar el mar. El día 4 me desperté y desde mi cama se veía el centro de Aruba, una construcción que parecía una calesita y un mar turquesa que debería tener su propio color Pantone. Recorrimos los pocos kilómetros de la isla en jeep y vimos sus paisajes volcánicos y de cactus. Aruba es parte del Reino de los Países Bajos junto con Curaçao, Sint Maarten y los Países Bajos y está a 25 kilómetros al noroeste de Venezuela. Se habla papiamento, una lengua creole que proviene del español, portugués, neerlandés, inglés, francés y lenguas africanas. Llegamos un día después de que hubiese pasado el huracán Matthew y, según los locales, ese mar turquesa cristalino que veíamos a la distancia estaba turbio y no tenía su belleza de siempre. Mis antiparras no sirvieron porque, en efecto, no se veía nada, pero las cuatro flotamos felices en el Caribe y volvimos a embarcar con el pelo lleno de sal. Esas horas en Aruba me dejaron con ganas de más.

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El centro de Aruba, mezcla de latino y holandés

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La playa en la que nos bañamos

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Es cierto: lunes en Cartagena y miércoles en Aruba no es mi idea de slow travel ni me da mucho tiempo para conocer un lugar, pero la gracia del crucero, para mí, estuvo en navegar y no en frenar. Seis días viviendo sobre el agua, desayunando con vista al mar, escribiendo con vista al mar, charlando con vista al mar, viendo atardeceres sobre el mar. Ahí está mi slow travel, en hacer este trayecto en barco en vez de solucionarlo en pocas horas de avión. El anteúltimo día nos llevaron a conocer la cabina de mando y fue como entrar al backstage del gigante. Botones, radares, un teléfono rojo, mapas, compases y la bitácora de navegación. Cómo contener ese otro sueño de ser capitana. Desembarcamos en Colón y nos fuimos en auto a Ciudad de Panamá, donde aprovechamos el día para caminar por el Casco Viejo —está muy distinto a como lo recordaba—, comimos ceviche, contamos edificios y fuimos al aeropuerto desde el que cada una volvió al lugar del mundo en el que estaba antes de este paréntesis caribeño. Me pregunto en qué puerto me espera el próximo barco (o en qué orilla el próximo mar).

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La cabina de mando

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Ciudad de Panamá

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Arte callejero en el centro histórico de Panamá

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Me pareció que está todo mucho más restaurado y cuidado que en el 2008.

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Yo sí, y pueden seguirme xD

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Estos chicos me pidieron que les sacara una foto

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Creo que es la misma persona que no tiene Instagram

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Super Mario!

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El viaje en crucero fue cortesía de Pullmantur España.

[box type=”star”]Info útil para irse de crucero:

* Qué incluye un crucero. Pullmantur tiene cruceros por Europa, África, el Caribe y transatlánticos. La duración y costo depende de cada paquete, pero en general al comprar tu pasaje tenés incluido el camarote, la comida y las excursiones de todo el viaje, así como el vuelo hasta el puerto de salida (desde España). Hay cosas que se pagan aparte, como algunos tragos, snacks y bebidas o el wifi (sí, hay wifi, es satelital, un poco lento y caro, pero si necesitás trabajar, responder mails o estar comunicado, sirve).

* Cómo elegir un crucero: yo me inclino por los que duran más días y tienen menos paradas, pero porque me gusta navegar y disfruto estando sobre el crucero en sí. Tené en cuenta que las paradas en las ciudades son cortas, en general de algunas horas o medio día, y no te va a dar el tiempo para recorrer mucho, sino más bien para tener un pantallazo del lugar.

* Para tener en cuenta: cruzar de Europa al Caribe (o al revés) en transatlántico puede ser más barato que hacer el mismo cruce en avión. Además, el viaje dura al menos dos semanas, hace varias paradas e incluye todas las comidas. Eso sí, esta ruta tiene fechas más específicas que el resto de los cruceros. Yo tengo muchas ganas de hacer uno.

* Qué llevar: la ropa que necesites según el clima, abrigo (aunque sea verano, hay mucho aire acondicionado), algún vestido más arreglado (por si hay fiesta en el barco), protector solar, gorro, libros… Dentro del crucero hay algunas tiendas para hacer compras pero suelen ser más free shop que otra cosa. También te conviene llevar dólares o euros en efectivo para usar en las ciudades en las que bajes. [/box]

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De mi infancia en el río salió un cuento, “El pato de la infancia”, que hoy forma parte de la colección “Ríos”, una serie de doce relatos ilustrados y deplegables publicados por la Editorial Furiosa de Rosario, Argentina. Además, tuve la suerte de que mi lo cuento lo ilustrara María Luque. La colección completa se consigue en la tienda de la editorial.

Rompecabezas de Tokio

Cada vez que nos mudamos de zona en Tokio pienso que cambiamos de ciudad. Durante estas tres semanas vivimos en Sumida, Shibuya, Shinagawa y Kawasaki y cada traslado fue como llegar a un destino nuevo. Tal vez esto de pensar que un lugar está desconectado del anterior sea el resultado de viajar bajo tierra o en trenes híper rápidos. El síndrome del metro. Cuando vi Tokio por primera vez, desde la ventana del tren que nos trajo del aeropuerto, me pareció que era todo más o menos igual: cables, edificios, carteles, mucho gris. Al menos desde cierta altura y a toda velocidad se veía así, como el estereotipo de la gran ciudad de cemento. Tampoco sabía qué esperar de una metrópolis donde conviven 39 millones de personas, además de viviendas angostas apiladas una encima de la otra y mucha gente junta.

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